Se lo había prometido a alguno de
los lectores habituales de este blog y voy a tratar de cumplir con mi palabra. Acabo de
hacer un viaje de seis días con mi mujer al Principado de Asturias y, aunque de manera
apretada, me propongo contar algunas de mis vivencias. Por razones obvias no puedo
extenderme demasiado, pero trataré de resumir lo que más me haya llamado la
atención.
Como ya he contado en alguna ocasión,
intento salir de vez en vez a recorrer aquellos rincones de España que
nunca había visitado antes o que, de haberlo hecho, fue un poco de
pasada. Entre ellos estaban los Picos de Europa, ese imponente macizo de la
cordillera cantábrica que se asienta sobre tres provincias españolas, las de
León, Asturias y Cantabria. El lugar elegido como campamento base ha sido
el parador de Cangas de Onís, un lugar situado junto al río Sella, abrigado por uno de sus meandros.
El tiempo ha sido bueno, aunque
los nubarrones y las tormentas nos hayan acompañado en ocasiones, pero sin impedirnos
hacer ninguno de los itinerarios programados, entre ellos los desfiladeros del
río Cares y el impresionante Parque Natural de Ponga. En el primero nos
detuvimos en Carreña, un pequeño pueblo perteneciente al concejo de Cabrales, donde hicimos un alto en el camino para comer,
además de darnos tiempo para caer en la tentación de comprar el consabido queso. En el
restaurante, una camarera, a la que empecé tratando de usted, me reprendió por ser tan etiquetoso, cuando yo era mayor que ella. Una curiosa observación que, a partir
de ese momento, me llevó a tutear a todo aquel a quien superara en edad -es decir,
a casi todos-, dejando a un lado mi costumbre de utilizar el usted. El mundo avanza
en una dirección, aunque nos empeñemos en mantenernos en nuestras arraigadas costumbres.
Al Parque Natural de Ponga, un paraje de los que impresionan por su majestuosidad,
llegamos otro día desde Cangas, siguiendo el curso del río Dobra, un afluente del Sella
que desciende majestuoso desde la provincia de León. Una simpática señora, a la
que habíamos conocido dos días antes cuando visitábamos la recóndita aldea de Vis, nos
había explicado que se trata de uno de los ríos mas “verdes” de España, al que
todavía no le llegan vertidos de ningún tipo. Lo cierto es que lo contemplamos
desde alguno de los numerosos miradores por los que pasamos y comprobamos que
la limpieza de sus aguas ofrecía una completa transparencia, sólo rota por la
espuma que se formaba al romper el agua contra las rocas.
En Beleño -la capital del concejo de Ponga-, la responsable del centro de interpretación del parque nos recomendó un par de rutas senderistas, acordes con nuestras ya mermadas capacidades físicas.
Elegimos una de ellas -la del mirador de las Bedulas-, que, a través de una
pista poco recomendable para mi coche, nos llevó a un lugar enclavado entre los
grandes picos del macizo, que ese día se podían contemplar sin que las nubes lo
impidieran. En las praderas que recorrimos a pie durante más de una hora trotaban manadas de caballos salvajes completamente sueltos, retozando
a su antojo sin que nuestra presencia los inquietara, aunque a mi mujer
no le hiciera demasiada gracia la suya.
Otro día, cuando caía la tarde, contemplamos en el
Sella a un grupo de niños que daban clases de piragüismo, si es que así se le
llama a esta afición. El río bajaba caudaloso, aunque con grandes remansos que permitían descender sin demasiados sobresaltos. La presencia de grupos de colegiales en este
viaje ha sido bastante frecuente, lo que demuestra que las actividades
extraescolares cada día están más extendidas. En Covadonga, un enclave entre montañas que navega entre la realidad y el mito, vimos otro grupo de
niños y niñas de 8 o 9 años de edad, absolutamente disciplinados, siguiendo al
pie de la letra las indicaciones de sus profesores. Estas escenas a mí me
llenan de satisfacción, porque me hacen pensar en un futuro esperanzador basado en una educación que vaya más allá del enciclopedismo memorístico. Un tema, por cierto, candente en la actualidad.
Por cierto, en una oquedad dentro de la gruta de Covadonga se puede contemplar la supuesta tumba de don Pelayo, con una inscripción en un castellano arcaico, en la que a trancas y barrancas pude leer que fue quien inicio "la restauración de España". Todos los pueblos del mundo tienen derecho a conservar e incluso a presumir de sus leyendas históricas. Pero lo menos que se puede pedir es que los vestigios que intentan justificarlos contengan un mínimo de rigor. La sepultura de Covadonga espanta por su falsedad. He consultado el origen de la losa y parece que data de finales del XVIII o principios del XIX. Un insulto a la inteligencia de los visitantes.
En este viaje, me ha llamado la atención que en
la mayoría de los restaurantes en los que comimos los camareros fueran casi todos
extranjeros, africanos, sudamericanos o centroeuropeos. Incluso en los pueblos más
apartados, oír acentos o dejes de otras latitudes ha sido una constante. Buenos
profesionales, eso sí, porque, tratándose de un lugar tan turístico, la exigencia
de calidad es extrema. Gente amable, servicial e integrada, otro asunto muy interesante, sobre todo ahora cuando se intenta poner orden en las condiciones laborales de tantos trabajadores de origen extranjero que nos ayudan a crear riqueza.
Aunque tuvimos tiempo para
explorar la costa este del Principado -Rivadesella y Llanes- y la más occidental de Cantabria -San Vicente de la Barquera y Comillas, con
visitas en esta última localidad al antiguo seminario de los jesuitas y a El Capricho de Gaudí, una de sus obras de juventud, hoy no me queda
espacio si quiero cumplir con mis propias restricciones de extensión. Supongo que, como no
me gusta dejarme nada en el tintero, y este viaje ha sido rico en experiencias y descubrimientos, otro día volveré a retomar el hilo. En
cualquier caso, como muestra un botón, al menos de momento.