4 de noviembre de 2015

¿Qué le pasa a la izquierda?


Oí decir el otro día al hijo de un viejo militante republicano, que su padre repetía con cierta frecuencia el viejo tópico de que la izquierda sólo se une cuando está en la cárcel. Es una frase muy gráfica, que si hoy traigo a colación es para referirme a la tradicional división entre las fuerzas progresistas y para tratar de hacer un somero análisis sobre el conocido fenómeno.

Creo que es más fácil alcanzar acuerdos para “conservar” que para “progresar”. Dejar las cosas como están no implica demasiado compromiso, ya que lo único que se precisa es oponerse al cambio o deshacer lo que otros hayan hecho. Aliarse con este propósito no exige excesivos acuerdos. Modificar, avanzar, perfeccionar, modernizar es otra cosa muy distinta, ya que implica elegir un método, un alcance, unos tiempos, manejar un sinfín de parámetros que implican todo un programa de actuaciones.

Aquí, en lo de los programas, es donde está a mi entender el quid de la cuestión. Porque si algunos de izquierdas quisieran desterrar a los banqueros, maniatar a los empresarios, nacionalizar los sistemas de producción, acabar con las alianzas externas, con los compromisos internacionales y, en definitiva, colocar a nuestro país en una órbita distinta de la actual, otros prefieren defender el estado del bienestar y los principios de libertad, justicia y solidaridad dentro del absoluto respeto a la economía de mercado y a la propiedad privada, en un Estado que proteja a los desfavorecidos y al mismo tiempo vigile el comportamiento de las fuerzas que mueven la economía, para corregir y castigar las desviaciones fraudulentas que se produzcan.

Me tengo, ya lo he dicho en este blog en varias ocasiones, por hombre de mentalidad progresista, y me incluyo, sin haber pedido permiso a nadie para ello, en la tendencia socialdemócrata de corte europeo, la de Willy Brandt, Felipe González, Olof Palme, etc., políticos que han sido, en el desarrollo de sus mandatos, capaces de compaginar los principios socialistas con las leyes del libre mercado. Otra cosa es que al no estar solos en el panorama político, no hayan alcanzado en su totalidad las metas que perseguían. Pero eso es algo inherente a la propia democracia, que obliga aún más a los partidos socialistas de ahora a continuar el esfuerzo para seguir avanzando. La labor nunca estará terminada, pero cualquier paso que se dé hacia los objetivos propuestos se convertirá en un logro más en la lucha por alcanzar la justicia social.

Lo decía arriba: los programas de la izquierda pueden ser muy diferentes. No sólo en contenido, también en plazos de consecución, en métodos a utilizar y en visión del encaje de nuestro país en el certamen internacional. Esas diferencias han estado en España -en líneas generales- bastante bien definidas hasta ahora en las dos grandes tendencias progresistas, representadas respectivamente por Izquierda Unida y el PSOE, y en estos momentos por Podemos y el PSOE. Nada nuevo, por tanto, en el panorama político español, al menos con respecto a la izquierda.

Pero volvamos a la unión o, mejor dicho, desunión de las izquierdas. Cuando oigo a algunos confiar en la posible alianza poselectoral de Podemos y el PSOE, me quedo pensativo. Es cierto que si lo que se pretende conseguir es desbancar a la derecha que ahora nos gobierna, el acuerdo entre esas dos fuerzas parecería positivo. Pero, ¿a costa de qué? ¿A costa de menoscabar la economía de mercado? ¿A costa de convertir a España en un elemento extraño dentro de la órbita geoestratégica en la que se mueve actualmente? A mí, y creo que a muchos votantes socialdemócratas, esa perspectiva me intranquiliza. No por temor a fantasmas, sino por miedo a que las esencias en las que se basa mi ideario se diluyan en un maremagno incontrolable.

Mucho me temo que los deslizamientos de la izquierda moderada hacia Ciudadanos se deban a ese miedo. Como también me preocupa el otro movimiento, el de los que están abandonando la confianza en el PSOE para abrazar directamente las ideas que defiende Podemos, tenga esta deserción origen en un desacuerdo con las ideas socialdemócratas o en una radicalización de  las mismas, por desencanto o por  mutación ideológica.

Lo decía hace unos días: para que la izquierda vuelva a gobernar en España es necesario que el PSOE consiga un abultado número de escaños en el Congreso, lo que le permitiría constituir mayoría sin merma de sus esencias. Lo demás es darle paso franco a la derecha de siempre.

31 de octubre de 2015

La derecha avanza, la izquierda se duerme


Decía el otro día que aún es pronto para hacer conjeturas con respecto a la composición del Congreso que resulte tras las próximas elecciones generales. Sin embargo, las piezas sobre el tablero han empezado a moverse muy deprisa, hasta el punto de que quizá pudiera atreverme a aventurar alguna hipótesis, aunque no sea más que para hacer un ejercicio de profecía.

Mariano Rajoy, que se ha pasado la legislatura ensimismado e inmerso en esa actitud displicente que le caracteriza, como un don Tancredo en mitad del ruedo que ignorara los pitones del morlaco, parece como si de repente hubiera salido de su aletargamiento y quisiera recuperar el tiempo perdido. Desde hace unos días se le puede ver a todas horas en los medios de comunicación, algunos afines a sus pretensiones electorales, como TVE, y otros no tanto, como el programa matutino de la SER que dirige la veterana periodista Pepa Bueno, intervención que tuve ocasión de oír hace unos días en directo. Además, un cierre de legislatura en el Congreso de los Diputados, convertido en mitin electoral por su partido, y una declaración institucional para salir al paso del galopante desafío independentista catalán, bajo el eslogan “mientras yo esté aquí” Cataluña no se separará de España. Todo un alarde de comunicación, auténtico “sprint final” de un corredor de fondo convertido en velocista por arte de birlibirloque.

Quizá en otra ocasión me decida a valorar estas actuaciones, a comentar la desfachatez con la que el gobierno está utilizando los medios de comunicación públicos y a examinar la falta de sentido de Estado que implica arrogarse la defensa de la unidad de España en primera persona. ¡Nada más y nada menos! Pero hoy sólo pretendo centrarme en los hechos y en sus posibles consecuencias electorales, porque me gusten o no sus métodos, el Presidente del Gobierno se ha decidido a dar la batalla mediática, utilizando todas las bazas que le ofrece la coyuntura, sin tapujos ni disimulos. Y eso es algo que a estas alturas de la contienda electoral puede producirle buenos réditos electorales.

Mientras tanto Ciudadanos se afianza como una segunda fuerza conservadora en España, a la que el PP critican sin levantar demasiado la voz, además de enviarle descarados guiños con pretensiones poselectorales. Para los populares está claro que si Albert Rivera quita votos a su partido, al fin y al cabo todo se queda en casa.  Pero si además se los quita al PSOE, miel sobre hojuelas.

El partido socialista, que encarna en España la izquierda moderada de corte socialdemócrata, se encuentra incrustrado entre una posible alianza conservadora, por un lado, y una izquierda desordenada, inexperta y utópica, por el otro. Los socialistas, con este panorama, son conscientes de que para gobernar necesitarían una mayoría abultada, un número de escaños que les diera fuerza para liderar una oferta alternativa al PP. Podemos, a medida que pasa el tiempo, pierde fuelle, entre otras cosa porque no acaba de encontrar un discurso constructivo. En política, como en otros aspectos de la vida, es fácil criticar lo existente, pero no tanto plantear alternativas. Cuesta poco erigirse como el único partido capaz de acabar con los problemas estructurales del país, pero ese es un mensaje que cada vez convencerá a menos, si no va acompañado de propuestas viables y realistas.

Como consecuencia de todo lo anterior, la derecha, aunque con un ligero deslizamiento en su conjunto hacia el centro, continúa manteniendo posiciones suficientes para seguir gobernando. Mientras que el partido socialista, el único capaz de constituir una alternativa de gobierno, aunque también mantiene posiciones relativas, no va a encontrar apoyos suficientes a su izquierda. Pero esto es algo bien sabido en nuestro país, muchos de cuyos votantes progresistas olvidan con frecuencia quién es el verdadero rival a batir en las urnas y se dedican a fomentar divisiones, muchas veces esperpénticas. Ignoran por completo eso que se ha dado en llamar el voto útil.

Pero queda mucho tiempo todavía  hasta las próximas elecciones, de manera que mis impresiones de hoy quizá puedan variar mañana.

26 de octubre de 2015

¿Qué va a pasar en las próximas eleciones? ¿Gobernará el partido más votado?

Dentro de muy poco, menos de dos meses, tendremos unas nuevas elecciones generales en España. La batalla ha empezado ya hace tiempo, pero pudiera considerarse que tras la última Sesión de Control del Gobierno, convertida por la bancada conservadora en un auténtico mitin electoral, se ha levantado definitivamente el banderín de salida. Los electores meditamos nuestras preferencias y los políticos se afanan en pregonar las cualidades que los envuelven y en echar por tierra las que adornan a sus rivales. En definitiva, nada que no hayamos visto antes tantas veces desde que la democracia existe.

Sin embargo, sí hay cosas diferentes, novedades dignas de tener en cuenta a las que me gustaría dedicar en estas páginas un poco de atención. Es posible que se trate sólo de ligeros matices –al fin y al cabo en el acontecer político poca variedad cabe-, pero al menos a mí me merece la pena fijarme en ellos.

La principal diferencia con respecto a comicios anteriores es la irrupción en escena de dos nuevos partidos, Ciudadanos y Podemos, que vienen a quebrar en cierto modo la tranquilidad y el sosiego en el que hasta ahora estaban instalados los dos partidos de la alternancia tradicional, el PP y el PSOE. Aunque las nuevas formaciones ya no resulten una novedad para los votantes españoles, porque han estado presentes en varias elecciones de carácter europeo, autonómico y local, esta vez debutarán a nivel nacional: los dos presentan sus respectivos candidatos a presidir el gobierno de la nación.

La presencia de estos partidos, a los que, superado un cierto desconcierto inicial como consecuencia de su rápido ascenso en las encuestas primero y en los resultados electorales después, los españoles ya conocemos mejor, introduce un importante grado de incertidumbre en la previsión que se haga con respeto a los próximos resultados. Simplificando mucho, podría decirse que uno de ellos, Podemos, ha dividido aún más a la izquierda, y que el otro, Ciudadanos, supone una escisión de la hasta ahora monolítica derecha.

He dicho simplificando, porque en realidad las cosas son bastante más complejas que suponer a estos partidos simples cuñas incrustadas en el espectro político. Podemos aglutina la rebeldía de ciertos sectores del electorado de izquierdas contra la que consideran inoperancia de los partidos progresistas existentes hasta ahora, hasta el punto de que puede acabar con la presencia de Izquierda Unida en el Parlamento, además de captar votos del PSOE. Mientras que Ciudadanos es un partido de corte conservador, que utiliza en sus mensajes un estilo moderado y tranquilizador, muy alejado del triunfalismo del PP y por tanto atractivo para un gran sector de la derecha de nuestro país y quizá para una parte del electorado de la izquierda moderada.

Con este panorama, parece claro que después de las próximas elecciones no van a repetirse mayorías absolutas. La lucha ahora está en conseguir el máximo número de escaños en el Congreso, para que después la aritmética parlamentaria decida quien ha de ser el próximo presidente del gobierno. Porque, no lo olvidemos, nuestro sistema es parlamentario, lo que significa que son los diputados que nosotros elijamos los que  después investirán  al que haya de presidir el consejo de ministros. Recuerdo esto, porque con el sistema actual no funciona eso de que debe gobernar la lista más votada, que algunos intentan defender como si se tratara de un axioma incuestionable.

Es cierto que hasta ahora en España, a lo largo de esta etapa democrática, siempre ha gobernado el partido más votado, o porque había conseguido mayoría absoluta o porque contaba con suficientes apoyos para gobernar. Pero esto es precisamente algo que puede cambiar tras las próximas elecciones. Las opciones que se abren son varias. El PP, que según algunas encuestas –no todas- pudiera resultar la lista más votada, sólo podría gobernar si lo apoyara Ciudadanos, la única de las alianzas a las que desde mi punto de vista puede aspirar. Al PSOE sin embargo, dada su posición centrada, le cabrían dos opciones, gobernar con el apoyo de Ciudadanos o con el de Podemos, algo parecido a lo que sucede con Ciudadanos, que podría acceder al poder de la mano del PSOE o de la del PP. Por último, Podemos sólo podría gobernar si lo apoyara el PSOE. En todo caso, cualquiera de las opciones necesitaría que la suma de diputados superara la mitad más uno de los escaños del congreso.

A partir de aquí se pueden hacer las conjeturas que se quiera. Todo va a depender del apoyo de los ciudadanos que reciba cada partido, con independencia de la posición  relativa que obtenga en la llegada a meta. El primero, el más votado, no podrá cantar victoria si no consigue las alianzas necesarias, porque el segundo, con el respaldo del tercero o del cuarto, le puede arrebatar el triunfo. De ahí que cada uno de ellos sólo quiera hablar de victoria relativa –la absoluta parece imposible- y no conteste a las preguntas sobre posibles acuerdos poselectorales.

Aunque hasta el rabo todo es toro, a medida que avance la campaña quizá podamos ir deshojando la margarita, haciéndonos una idea de qué pude pasar después de las elecciones. De momento una cosa parece clara, que tanto el PSOE como el PP cuentan con el apoyo de sus incondicionales, los primeros con los votos del electorado de la izquierda moderada, a la que no le gustan las aventuras inciertas, y los segundos con los de la derecha de toda la vida, que no confía en políticas moderadas.

Pero, ¿serán esas bases de incondicionales suficientes para mantenerlos en las dos primeras posiciones? A estas alturas es muy difícil asegurarlo.

22 de octubre de 2015

Madrid escenario del mundo. Ensayo de María Guijarro

Hoy voy a escribir sobre un asunto de carácter algo personal, aun a riesgo de que pueda interesar a pocos. O mejor dicho, voy a referirme a un tema muy concreto, para intentar sacar alguna conclusión de carácter más general. Otra cosa será que lo consiga.

Acabo de leer por tercera vez en mi vida un libro escrito por una tía mía (en realidad tía abuela), María Guijarro (1900-1970), un relato que guardo desde hace años en mi librería como oro en paño. Se trata de un ensayo de carácter autobiográfico, escrito durante la Guerra Civil y publicado en 1940, nada más terminar la contienda, bajo el título de “Madrid escenario del mundo” y el subtítulo de “Impresiones de una sitiada”. La autora tenía entonces  36 años de edad, permanecía soltera y vivía en una céntrica calle del barrio de Salamanca de Madrid con un hermano suyo, médico oftalmólogo, y una doméstica. De posición acomodada, en aquella época no trabajaba, si exceptuamos su labor de escritora. Años más tarde, cuando ya había sobrepasado los 50 años, llegó a estrenar en el Maravillas algunas obras de teatro infantil, yo diría que con un éxito más que regular.

A pesar de que llegué a conocerla muy bien y a tratarla con bastante asiduidad (cuando murió yo ya había cumplido los 28 años), no es de su persona de lo que quiero hoy hablar, sino de las impresiones que transmite en su libro. Educada entre algodones, de una gran cultura y no menos sensibilidad humana, la guerra la sorprendió en Madrid, en  zona republicana (la autora se refiere a ella como “zona roja”).  Aunque la palabra burgués esté en desuso, a María Guijarro le hubiera encajado perfectamente este adjetivo. Se trataba de una mujer perteneciente a eso que llamamos clase media alta, atrapada en una ciudad turbulenta, caótica en los primeros momentos de la guerra, cuando las masas incontroladas se lanzaron a la calle en busca de “facciosos”, como sucedía en la otra zona, la “nacional”, con dirigentes sindicales, líderes de partidos de izquierdas o intelectuales de tendencia liberal.

Vivir como vivió ella, inmersa en un ambiente social tan hostil, en el que se mezclaban legítimas reivindicaciones de carácter social con ansias personales de revancha, no debía de ser nada agradable. Cuenta, con cierto gracejo, que tenía que aceptar con la sonrisa en la boca el tuteo y el tratamiento de “compañera” si quería que en las tiendas la atendieran. Explica que el uso de corbatas, de sombreros  o de cualquier manifestación en la vestimenta que reflejara una procedencia, no ya aristocrática, sino simplemente de clase media, era un peligro, por lo que igual que una gran parte de la población se vio obligada a “disfrazarse” de lo que nunca había sido, es decir, a vestir con cierto desaliño para pasar inadvertida por las calles de la ciudad, sin que la detuvieran en alguno de los numerosos controles que se establecían aleatoriamente.

En sus memorias explica cómo algunas personas se vieron obligadas a alojarse en domicilios de amigos o familiares, porque los proyectiles lanzados por los obuses del otro lado no diferenciaban a los amigos de los enemigos. Fue el caso de mi abuelo, uno de sus hermanos, al que más tarde detuvieron y encarcelaron hasta que acabó la guerra, sólo porque era un hombre de ideas conservadoras, que no debía de ocultar. Y cuenta con detalle las carreras precipitadas, escaleras abajo, de todos los vecinos de la casa, cuando a altas horas de la madrugada sonaban las sirenas anunciando la llegada de aviones de los sublevados, para buscar refugio en los sótanos del edificio y permanecer allí, hacinados y muertos de miedo, hasta que desaparecía la alarma.

Según cuenta, pasear por la ciudad era imposible. Los barrios del centro, aledaños a la Gran Vía, se convirtieron en intransitables, porque la metralla de los proyectiles que se lanzaban desde la Casa de Campo lo impedía. Cruzar La Castellana, ese amplio espacio abierto que divide la ciudad en dos, era un peligro, que muchos tenían que soportar a diario, porque pasar de un lado a otro era una necesidad ineludible para ellos. El metro, que durante una gran parte de la guerra sirvió como improvisado refugio antiaéreo, voló un día por los aires, al parecer como consecuencia de un sabotaje de la llamada “quinta columna”.

Y al final de la guerra, la lucha callejera entre los milicianos del Partido Comunista, que querían continuar la contienda hasta el agotamiento, y la recién constituida Junta de Defensa, presidida por Casado, que pretendía alcanzar un acuerdo con los sublevados para acabar con aquella barbaridad de la mejor forma posible, refriega que convirtió a la ciudad de Madrid en un auténtico campo de batalla, con tiroteos de portal a portal e incluso dentro de los edificios.

Es verdad que todo esto lo hemos leído muchas veces en tantos y tantos relatos. Pero puesto en boca de una persona de tu familia, que además de haberlo sufrido fue capaz de escribirlo, aporta un valor añadido, que a mí al menos me ha hecho meditar, con mayor profundidad que en ocasiones anteriores, sobre las consecuencias de vivir en la retaguardia una guerra en general o una guerra civil en particular. Su testimonio tiene para mí la fuerza que otorga haber conocido a la protagonista, saber que en su relato no hay exageraciones, tan sólo el intento de documentar una dolorosa experiencia recién vivida.

Sirvan estas líneas como un pequeño homenaje a mi tía María, escritora de vivencias bélicas, entre otras muchas cosas.

16 de octubre de 2015

Los símbolos nacionales


Las comunidades humanas se han dotado desde tiempos inmemorables de determinados signos externos de identidad colectiva, a los que suele darse el nombre de símbolos nacionales. Entre ellos se encuentran la Bandera, el Escudo, el Himno y la Fiesta Nacional, escritos así, con mayúsculas, para que nos entendamos todos. Se trata por tanto de instrumentos artificiales de carácter simbólico, que nada significarían si no fuera por el valor representativo que se les atribuye. Desprovistos de su alegoría, sólo son una tela multicolor, un símbolo heráldico, una melodía o una festividad de carácter oficial, respectivamente.

La pregunta que uno se hace es por qué han existido a lo largo de la Historia y se mantienen en la actualidad. La respuesta se contesta, creo yo, con facilidad: porque las colectividades humanas han querido dotarse a lo largo de los tiempos de signos identificativos de sus particularidades, mediante instrumentos materiales de referencia que ayudaran a mantener la cohesión social y, también, a diferenciarse de las demás agrupaciones humanas.

Es cierto que hoy en día, en este mundo de globalidad creciente, estos signos ya no serían tan necesarios. Pero por una parte la tradición y por otra la necesidad de mantener una cierta identificación colectiva, mantienen su uso, lo que para muchos no sólo no significa un obstáculo, sino al contrario un conjunto de referencias arraigadas en el subconsciente, que tantas veces despiertan las emociones.

El problema empieza cuando no todos los componentes de una colectividad aceptan los mismos signos de identidad. Algunos, por ejemplo, recuerdan que la bandera bicolor española representa a la monarquía borbónica y prefieren la tricolor republicana. Otros no olvidan que el Himno Nacional fue al fin y al cabo la Marcha Real y preferirían oír otros sones. En cuanto a la fecha elegida para conmemorar la Fiesta Nacional, ahora el 12 de octubre, a determinadas personas no les gusta por muy distintas razones, algunas porque consideran que proceden de regiones que poco tuvieron que ver con el descubrimiento y colonización del Nuevo Mundo y otras porque valoran aquella etapa de nuestra Historia como un atropello a los derechos humanos de los indígenas.

Por otro lado, también están los que se envuelven en las banderas con evidentes intenciones partidistas, se apropian de ellas y terminan expulsando a los demás del afecto a los símbolos que son de todos. Con su afán monopolista consiguen el efecto contrario al que dicen perseguir, la indiferencia de muchos ante los simbolos que los representan, porque su actitud los empuja a identificarlos con opciones de partido que no comparten y como consecuencia a dejar de ver en ellos la representación del país al que pertenecen.

¿Tienen estas controversias solución? Mucho me temo que no. ¿Por qué soy tan tajante en la respuesta? Porque creo que las discrepancias derivan del olvido del auténtico sentido de los símbolos, simples instrumentos, convenciones adoptadas por la sociedad tan sólo con la idea de representar al colectivo en el que están inmersos. Otorgarles un contenido que incite el odio o la división es un error.

He llegado hasta este punto, para opinar sobre algunos comportamientos que se dieron el pasado 12 de octubre, día de la Fiesta Nacional. De la no comparecencia en las celebraciones oficiales de determinados presidentes de Comunidad Autónoma poco voy a decir, sólo recordar que si ocupan tan altas magistraturas es porque forman parte de un Estado que ese día celebraba su Fiesta Nacional, uno más de los símbolos de los que nos hemos dotado. De los que han pretextado su ausencia porque la fecha les recordaba un genocidio, diré que me parece un argumento falaz, no porque vaya yo a negar determinadas atrocidades que se cometieron durante el proceso de colonización, sino porque no creo que encuentren en el calendario ninguna fecha en la que no haya acaecido algún acto de barbarie colectiva, por acción o por omisión, o recuerde alguna inconveniencia.

Tampoco voy a olvidarme de los que hace unos años aprovechaban las concentraciones humanas que se producían alrededor del desfile conmemorativo de la Fiesta Nacional para insultar al presidente del gobierno, vandalismo impropio de los que dicen respetar los símbolos nacionales. Se puede no estar de acuerdo con las políticas gubernamentales de turno, ¡hasta ahí podíamos llegar!, pero manifestar las discrepancias mediante insultos durante la celebración de la Fiesta Nacional es un irresponsable atropello a la convivencia.

Yo mientras tanto, sin necesidad de idolatrar los símbolos, cada vez que los oiga o los vea seguiré sin poder evitar un cierto regusto de emoción en la garganta y algo de humedad incontrolada en los ojos, turbación que me produce recordar que pertenezco a un colectivo humano con el que me siento identificado. Para no olvidarlo, creo yo, se han inventado los símbolos nacionales.

11 de octubre de 2015

Inmigración


El mundo rico, ese que numeramos como el primero de los tres en los que de manera artificial dividimos el mundo, contempla horrorizado la avalancha migratoria que se acumula ante sus fronteras. Europa, incapaz de contener la marea humana, se pregunta qué está sucediendo, cuáles son las causas que motivan la llegada de millones de refugiados. Los gobiernos europeos intentan encontrar una solución, sin lograr ponerse de acuerdo, y las opiniones públicas, completamente desorientadas, se dividen en tendencias que reflejan fielmente el fondo de sus idearios políticos, las conservadoras crispadas ante lo que consideran un ataque a los cimientos de su confortable sociedad,  y las progresistas, más comprensivas con la tragedia humana que acompaña al fenómeno, hacen de tripas corazón, aprietan los dientes, aceptan el reto y defienden que no se cierren las fronteras, que se “haga un hueco” a los que llaman a las puertas de nuestra civilización.

Lo que está sucediendo ahora no es otra cosa que la consecuencia de que el mundo occidental, Europa y Estados Unidos, haya vivido de espaldas al universo de precariedad, miseria y desesperación que lo rodea. Terminada la etapa colonial, se inició la poscolonial, de aspecto si acaso más bondadoso, pero en realidad nada distinta de la anterior. Mientras las cosas iban funcionando, cuando los dictadores colocados en sus poltronas por los que en realidad movían los hilos del mundo -las potencias occidentales- controlaban la situación, parecía que las tensiones provocadas por el desequilibrio entre ricos y pobres no existieran y que nada ni nadie podría romper el estatus alcanzado. La penuria y la indigencia estaban ahí al lado, pero no salpicaban las conciencias colectivas de las sociedades instaladas en el bienestar.

Sin embargo, los dictadores fueron cayendo, unas veces por la mano de los ciudadanos de sus pueblos y otras merced a la intervención de los mismos que los habían alimentado, es decir, los gobiernos del primer mundo. Sobrevinieron entonces luchas internas, el sinfín de guerras civiles que salpica el mundo, alimentadas por el fanatismo religioso, por la intolerancia étnica y racial y, sobre todo, por la miseria, un hervidero de violencia a las puertas de Europa, cuyo riesgo nadie había querido ver hasta ahora, porque resulta mucho más fácil mirar hacia otro lado.

Bumedian, presidente de Argelia desde 1965 hasta su muerte en 1978, dijo en una ocasión: “No existen suficientes bombas atómicas en el mundo para detener la marea formada por los millones de seres humanos que partirán de la parte meridional y pobre del mundo, para irrumpir en los espacios relativamente abiertos del rico hemisferio septentrional en busca de su supervivencia”. Estas palabras, que fueron pronunciadas en 1974, leídas hoy parecen premonitorias, cuando en realidad no son más que la conclusión de un político revolucionario del tercer mundo que conocía muy bien la situación de su pueblo.

Ahora, cuando la olla ha explotado, cuando la migración masiva empieza a cruzar nuestras fronteras, ¿qué se puede hacer? Unos dirán –ya lo están diciendo- que hay que cerrar las puertas a cal y canto, lo que significaría mantener el problema latente algún tiempo más, suponiendo que todavía se esté a tiempo de cerrarlas. Otros, desde mi punto de vista más realistas, propugnan una conducción ordenada del fenómeno, para lo cual hacen falta recursos, qué duda cabe, pero sobre todo solidaridad entre los Estados. Incluso algunos de estos últimos se atreven a pronosticar que la inmigración podría llegar a ser beneficiosa, porque nuestras envejecidas sociedades han llegado al límite de su capacidad de resistencia demográfica, una apreciación nada baladí, a poco que se examine la pirámide de población europea en general y española en particular.

El tema no es fácil, ya lo sé, y por tanto no puede tratarse con ligereza. A nadie, sea cual sea su ideología, le resulta atractiva la idea de acoger a la numerosa población que se está acumulando ante las fronteras europeas, una amalgama de culturas diferentes, cuyo acomodo parece difícil de lograr. La cantidad de inmigrantes que se está discutiendo nada tiene que ver con las que en realidad maneja los que conocen a fondo el problema. No estamos hablando de unos cientos de miles (resulta irrisoria la cifra de algo más de 15.000 asignada a España), sino de millones, cantidades que, a nadie se le escapa, repercutirán en el futuro de las sociedades europeas de forma notable.

Pero la pregunta que hay que hacerse es: ¿se puede soslayar el problema? La contestación que yo doy es un NO tajante. Lo que sí se puede y se debe hacer es reconducirlo con inteligencia, por cauces que terminen favoreciendo a los que llegan y a los que los reciben. De otra forma estaremos agravando el conflicto, convirtiéndolo en una bomba de relojería de efecto retardado que, si no a nosotros, explotará algún día a nuestros hijos o a nuestros nietos.

6 de octubre de 2015

Cataluña en España. ¿Sí o no? (II)



Los comentarios que por uno u otro conducto me han llegado con respeto a mis reflexiones anteriores en este blog sobre el “problema catalán”, me sugieren volver una vez más al mismo tema para ampliar algunas de las ideas expuestas allí, que quizá, dada la brevedad obligada, pudieran estar faltas de clarificación.

Vaya por delante que quien esto escribe no desea que Cataluña se separe del resto de España. Y si no lo desea, no es por un prurito de sentimentalismo patriótico, sino debido al convencimiento de que la escisión supondría un paso atrás en el desarrollo de nuestra sociedad, la española en general y la catalana en particular, una disminución de “masa crítica” que a unos y a otros nos haría perder influencia en el concierto internacional donde estamos obligados a desenvolvernos, además de una pérdida de confianza del mundo hacia nosotros.

Lo que está sucediendo desde mi punto de vista es que dos visiones antagónicas del problema se están enfrentando sin miramientos ni contemplaciones, los unos fomentando la secesión desde Cataluña en beneficio de intereses partidistas y los otros dando lugar a que los primeros vayan ganando terreno poco a poco, incapaces de darle al conflicto un tratamiento adecuado, con la mirada sólo fija en las próximas elecciones generales. Los primeros se apoyan en una hipotética indignación o hartazgo por el trato recibido y a los segundos les ciega la pasión centralista, incapaces de reconocer la realidad de la España plural. Ya lo he dicho en algún lugar: separatistas unos y separadores los otros, dos tendencias que se autoalimentan y nos están llevando al borde de la catástrofe.

Uno de los amables lectores que han dejado su comentario en este blog reflexionaba que a su juicio la situación no tiene remedio, a menos que cambien los políticos que ahora defienden cada una de las dos posiciones. Ojalá fuera tan fácil, pero mucho me temo que lo que tiene que cambiar profundamente es la mentalidad de los españoles que viven a uno y otro lado del conflicto, para lo cual se necesita más pedagogía y menos amenazas, más inteligencia y menos vísceras. Las amenazas asustan a muy pocos, porque a nadie con sentido común se le ocurre pensar que si se produjera la escisión acabaríamos como el Rosario de la Aurora, enemigos irreconciliables los unos de los otros, porque eso significaría ignorar el entramado social y económico que nos entrelaza de forma, me atrevería a decir, irreversible Y la visceralidad sobra, cuando lo que ahora precisamente se necesita es inteligencia y racionalidad.

He intentado no poner nombres de políticos en estas reflexiones, no porque me asuste referirme a ellos, sino porque creo que no son más que parte del problema. Porque el conflicto proviene fundamentalmente de la falta de conocimiento de las realidades española y catalana por parte de muchos, ignorancia que, es verdad, alimentan las arengas separatistas de Artur Mas, con sus consignas victimistas, y la inoperancia centralista de Mariano Rajoy, con su política de aquí no pasa nada. El primero ha convertido un puesto institucional en plataforma de sus interese de partido y el segundo no es capaz de resolver un problema de Estado de esta magnitud. Porque el separatismo en Cataluña siempre ha existido, no lo olvidemos, pero hace mucho tiempo que no alcanzaba cotas tan relevantes.

Sí es cierto que en Cataluña hay un cincuenta por ciento que no está de acuerdo con el curso que siguen últimamente los acontecimientos, pero cuando se les oye hablar manifiestan desilusión, como si se vieran condenados a la separación por falta de entendimiento de los españoles no catalanes. De la misma forma que no es falso que en el resto de España se oyen voces a favor de un entendimiento razonable entre las dos tendencias, pero expresadas con tan poca intensidad, y sobre todo con tan escasa concreción, que se antojan prédicas en el desierto.

Decía en el artículo anterior que prejuzgar los acuerdos que se pudieran alcanzar en una posible negociación para modificar la Constitución es opinar antes de tiempo. Insisto en que defender que los españoles somos todos iguales ante la ley es fácil de pronunciar por pura obviedad. Pero, ¿alguien se ha puesto a pensar en que si Cataluña se separara de España los catalanes dejarían de ser iguales a los españoles ante la ley y ante cualquier otra cosa? Simplemente ya no serían españoles. ¿Es eso lo que queremos? Yo, desde luego, no.

30 de septiembre de 2015

Cataluña en España. ¿Sí o no?


Decía hace unos meses que había decidido tomarme un respiro en los quehaceres del blog. Transcurrido un periodo razonable, y tras vencer a duras penas la pereza que siempre me ocasiona someterme por sistema a una obligación, aquí estoy de nuevo, con la mente quizá algo más despejada, los temas que me preocupan agolpados en la memoria y las ilusiones intactas, aunque confieso que algo vapuleadas por tantos aconteceres a mi alrededor, no siempre conformes con  mis posiciones intelectuales.

Había soñado con iniciar esta nueva andadura mediante alguna consideración banal, incluso frívola, porque el periodo veraniego es rico en anécdotas intrascendentes. Pero la situación de Cataluña, y por ende de España entera, me obliga a ir directamente al grano de la actualidad, aun a rriesgo de que algunos no entiendan mis reflexiones, no ya por dificultad intelectual, sino por discrepancia de pensamiento. Lamentablemente estamos ante un espinoso tema, que está generando vehementes comportamientos, desterrados hace tiempo del panorama social español, cuyo regreso me parece muy peligroso.

No voy a entrar en guerras de cifras para interpretar el resultado de las elecciones plebiscitarias del pasado 27 de septiembre –a estas alturas nadie niega su carácter plebiscitario-, porque la cuestión que me ocupa va mucho más allá del 48 %, del 52 % o de si los votos de determinados partidos deberían inscribirse en una u otra de las tendencias en liza. Voy a centrarme en una sola consideración, más cualitativa que cuantitativa: la sociedad catalana se ha dividido en dos grupos, el formado por los que desean dejar de pertenecer a España y el que agrupa a los que ni por asomo se les ocurre considerar esa posibilidad. Y por encima de estas dos tendencias, otra difícil de adscribir, la de los que piden un nuevo encaje de Cataluña en España, y digo difícil de adscribir porque los que así opinan, muchísimos por cierto entre los electores catalanes, han votado a uno o a otro de los dos grandes bloques, sin que hayan tenido la oportunidad de dejar constancia explícita de sus matizadas inquietudes.

Si partimos de esa realidad, la de que la sociedad catalana se ha escindido en dos grandes tendencias en principio irreconciliables, parecería razonable que se intentase por todos los medios un acercamiento entre ellas, un dialogo inteligente que buscara puntos de encuentro, una negociación de la que no podría en ningún caso estar ausente el resto de España, porque la trascendencia de la ruptura nos afectaría a todos, como nos afectó en su momento la salida ordenada de la dictadura, ya que todos habíamos estado sometidos a ella. Y en aquella ocasión las cosas se hicieron perfectamente desde el punto de vista de los intereses comunes, a pesar de los detractores que ahora surgen por todas partes, algunos de los cuales ni siquiera vivieron aquellos tiempos.

¿Alguien está propiciando ese acercamiento? No, sino todo lo contrario, ni en Cataluña ni en el resto de España. En Cataluña crece día a día la división entre las dos facciones enfrentadas, en cantidad de enfrentados y en calidad del enfrentamiento; y en el resto del país, donde nunca se ha entendido bien -o no se ha querido entender- el hecho diferencial catalán, la animadversión, la desconfianza y el rechazo hacia aquella parte de España aumenta de forma vertiginosa,  hasta el punto de que algunos con sus manifestaciones parecen dar a entender que preferirían que se separaran y los dejaran en paz.

Es evidente que la responsabilidad de que las cosas hayan llegado a esta situación hay que buscarla en los políticos, separatistas o separadores, de aquí y de allí, que al arrimar el ascua a la sardina de sus intereses partidistas, con la visión miope que otorga pensar en lo inmediato y olvidar el futuro más o menos cercano, no hacen nada por evitar el enfrentamiento. A veces se oyen voces, escasas y con poca contundencia desde mi punto de vista, que reclaman la revisión de la Constitución para que España pueda seguir siendo el punto de encuentro de las distintas sensibilidades históricas que la componen, para que ninguna de ellas se sienta incómoda en el conjunto. Pero cuando esas voces se alzan, otras las callan con frases tales como los españoles somos todos iguales ante la ley o aquí no caben privilegios para nadie, consignas fáciles de pronunciar, que prejuzgan los posibles cambios en la norma fundamental y que demuestran el poco interés que algunos tienen en solucionar el problema de la unidad de España.

Lo que está fuera de toda duda es que Cataluña no puede separarse de España en contra de la voluntad de la mitad de los catalanes, so pena de acceder a una situación de inestabilidad insoportable por cualquier sociedad. Pero tampoco es posible que si la otra mitad  no quiere que las cosas continúen como hasta ahora, se pretenda ignorar esa realidad y se mire hacia otro lado. Y si ni lo primero ni lo segundo pueden llevarse adelante sin destrozar la convivencia social, habrá que buscar soluciones intermedias que satisfagan a la mayoría, aunque las dos partes tengan que renunciar a algunas de sus pretensiones, como sucede siempre que se negocia un acuerdo que parte de posiciones divergentes. Las sociedades avanzadas se han construido sobre la base de grandes acuerdos, en momentos a veces de gran perturbación.

Todavía estamos a tiempo de que no se produzca una catástrofe. Pero como unos y otros continúen desoyendo los mensajes que llaman a la negociación política, no tardaremos en encontrarnos ante una situación que nadie, salvo los pescadores en río revuelto, desea. Y eso no se lo merecen los catalanes ni nos lo merecemos el resto de los españoles.

1 de junio de 2015

Un alto en el camino

A finales del año pasado decidí poner en marcha un blog con el propósito de ir plasmando en él cuantas ocurrencias me vinieran a la mente, fueran éstas de carácter social, político, filosófico o simplemente literario, en realidad un revoltijo de ideas tomadas al vuelo de mis vivencias, unas procedentes de la realidad cotidiana y otras extraídas de los pliegues de mis pensamientos.

Ahora, cuando han transcurrido seis meses desde aquel 9 de diciembre de 2014, fecha en la que publiqué mi primera entrada bajo el título de Apertura, he decidido hacer un alto en el camino, sin oír más consejos que los que me dicta mi propia conciencia. Una serie de circunstancias, entre las que figuran por una parte la proximidad de la etapa veraniega y por otra un proyecto literario de más largo recorrido que los que caben en estas páginas, me recomiendan tomarme un respiro. Espero, no obstante, reanudar los escritos en el blog dentro de unos meses, allá por octubre.

Durante este semestre he publicado 80 entradas, casi todas bajo los epígrafes de opinión o pensamiento, aunque debo confesar que algunas veces no tuviera clara la diferencia entre lo que se opina y lo que se piensa. Además, el blog me ha permitido poner a disposición de mis amigos dos relatos de viajes, Viaje al centro de la Historia (Malta) y La sombra del Nilo (Egipto).

Aunque la Estadística constituya esa ciencia por la cual si tú te tomas dos pollos y yo ninguno hemos comido uno cada uno, a veces es bueno utilizar los datos que nos suministra para tener al menos una visión de conjunto de lo que está sucediendo. Durante estos seis meses se han registrado 3.750 visitas al blog, supongo que repartidas entre unos treinta lectores, más o menos asiduos, y otros tantos esporádicos, aunque esta última cifra no tenga más soporte que el de mi propia intuición, basada, eso sí, en el contacto que mantengo con el entorno que me rodea.

Desde mi punto de vista, la experiencia de esta primera etapa ha sido enriquecedora, entre otras cosas porque he recibido muchos comentarios fuera del blog, algunos de coincidencia con mis reflexiones y otros de discrepancia, pero en cualquier caso todos de gran utilidad. Digo fuera del blog, porque dentro figuran cerca de un centenar, lo que se explica fácilmente si se tiene en cuenta que la mayoría de los lectores son poco proclives a expresar sus opiniones en público. Por eso quiero aprovechar para agradecer aquí su aportación a los que por diferentes medios me han hecho llegar sus impresiones, y también, por supuesto, a los que han dejado sus comentarios en el blog.

Nada más, queridos lectores y a pesar de todo amigos. Espero volver a las andadas dentro de unos meses, con la mente más despejada y con un panorama político muy diferente al que dejo ahora, o quizá no tan distinto.

27 de mayo de 2015

Se están quitando la careta

He oído decir esta mañana en la radio que Ciudadanos ha empezado a rebajar el nivel de las exigencias que esgrimía para llegar a pactos con otras formaciones. Parece que la que se refería al requerimiento de celebrar primarias ya no forma parte de su ideario ético, lo que a nadie puede sorprender si se tiene en cuenta que el PP, su más que posible aliado en el futuro inmediato, nunca ha estado por la labor de someter el nombramiento de sus candidatos a la opinión de los militantes, entre otras cosas porque estas maneras de participación interna no forman parte del ADN político de los populares.

Creo, por tanto, que la formación de Albert Rivera empieza a quitarse la careta. En honor a la verdad debería decir que el disfraz centrista con el que se han cubierto durante la campaña electoral ha despistado a pocos. Quienes procedentes de la derecha de toda la vida han votado a esta nueva derecha sabían, en su inmensa mayoría, lo que estaban haciendo. Vaya por delante mi respeto por su decisión, porque tienen derecho a seguir siendo conservadores, aunque le hayan dado la espalda por hartazgo a los que votaban hasta ahora. No me duelen prendas en reconocer que hay maneras y maneras, y desde luego las de Ciudadanos y las del PP son distintas.

Ha habido sin embargo un grupo más reducido de votantes que ha creído ver en este partido emergente una socialdemocracia de carácter moderado, antiguos simpatizantes del PSOE, cansados  de algunos de sus manejos. Éstos sí que se han equivocado, porque han creído que seguían siendo fieles a sus ideas de izquierda y, sin pretenderlo, con su voto están apoyando a la derecha de siempre. Creían que votaban a un centro capaz de llegar a acuerdos con la izquierda moderada, algo que la cruda realidad desmiente minuto a minuto.

Ya he confesado en varias ocasiones mi preferencia intelectual, que no adscripción militante, a la corriente socialdemócrata europea, una ideología que en mi opinión en España encarna el PSOE. El nuevo panorama político, el que han dibujado las elecciones locales en España, parece colocar a este partido en el centro del nuevo espectro político que se acaba de inagurar. Quizá sea pronto para verlo, ya que todavía no se conocen las alianzas a las que pueda llegar el Partido Socialista con Podemos o con sus afines, ese batiburrillo de nombres exóticos, cuyas intenciones programáticas aún no están claras para mí, aunque no ponga en duda, como hacen otros, que encajen perfectamente dentro de la Constitución.

Si el PSOE fuera capaz de aglutinar a su alrededor gobiernos de progreso, sin desviarse de la moderación socialdemócrata, me sentiría satisfecho, porque es la única formación que, desde mi punto de vista, puede poner freno a los abusos del capitalismo galopante y defender, con ciertas probabilidades de éxito, los derechos sociales de los españoles. Pero si la corriente impetuosa de esa nueva izquierda que ha aparecido en España desbordara la moderación y arrastrara al partido de Pedro Sánchez hacia aventuras utópicas, hacia intentos demagógicos de alcanzar lo inalcanzable, me vería obligado a reconocer mi frustración, que estoy seguro compartiría con muchos de los que todavía siguen confiando en la socialdemocracia como solución a las, cada vez mayores,  desigualdades de oportunidades que asolan nuestro país.

Iremos viendo.

26 de mayo de 2015

La Gran Coalición

Acabo de oír en directo a Esperanza Aguirre proponer, para la alcaldía de Madrid, la formación de una gran coalición de centro, constituida por PP, PSOE y Ciudadanos, con el objetivo de desbancar con ella a la candidata Manuela Carmena. Me he quedado perplejo, he subido el volumen del televisor por si el oído me estuviera traicionando, me he pellizcado el antebrazo con la sospecha de que todavía no me hubiera despertado del todo de mi breve siesta y he echado un vistazo a mi alrededor para comprobar que aún seguía en el mundo de los vivos. Después, cuando he reparado en quien estaba proponiendo la genial idea, se ha tranquilizado algo mi desasosegado espíritu y he continuado oyendo con suma atención la rueda de prensa, no sin antes exclamar, porque he sido incapaz de reprimir mis instintos básicos, tiene un morro que se lo pisa.

Yo comprendo que perder las elecciones conlleva un gran disgusto, sobre todo cuando se ha ido a ganarlas con la seguridad que otorga la prepotencia desbocada; sé también que la personalidad de la candidata popular se corresponde con la de una persona que no se da nunca por vencida, y no ignoro que la presidenta del PP madrileño es de las que van por libres, sin respeto ni consideración hacia las directrices de su partido. Por tanto, una vez repuesto de la sorpresa inicial, he sido capaz de entenderlo todo. Lo que no significa que no me haya asaltado una pizca de duda sobre la cordura de la protagonista de la anécdota. Adelanto que Antonio Miguel Carmona, el candidato socialista, parece que ya ha dicho NO a la propuesta de Esperanza Aguirre.

El argumento de la líder popular se basa en que la suma de los votos madrileños procedentes del centro izquierda (PSOE), del centro centro (Ciudadanos) y del centro derecha (PP) es superior a los del partido que quiere romper el sistema democrático en España. Resulta que ahora todos o casi todos somos de centro, con ligeros matices, claro está, pero al fin y al cabo defensores de unos valores constitucionales que nos distinguen de los demás. Hay que tener jeta o, lo que es peor, no se puede estar más lejos de la realidad política española que lo está la señora Aguirre.

Por si fuera poco, en su opinión, si Manuela Carmena fuera alcaldesa de Madrid, convertiría su cargo en un trampolín para que Pablo Iglesias llegara a ser el próximo presidente del gobierno español. No ha explicado cómo, si mediante un golpe de estado o convenciendo a los españoles de que si su opción funciona en Madrid podría funcionar en el resto del país. Ha dicho simplemente, cuidadito que viene el coco, ignorando por completo que los ciudadanos en las urnas ya han demostrado hasta dónde les dan miedo los espíritus malignos y hasta dónde están hartos de políticas antisociales, de corrupción y de mentiras.

Doy por hecho que lo que acabo de contemplar hace un rato en televisión no es más que un esperpento que procede de quien procede. Pero me deja muy preocupado que haya en el actual panorama político español personajes que sigan invocando el miedo y haciendo llamadas a la formación de frentes nacionales. Los ciudadanos españoles, obedientes hasta en la cama, como decía la canción, no nos merecemos que insulten nuestras inteligencias.

25 de mayo de 2015

Vámonos..., vámonos...

Es pronto para entrar en un análisis profundo del resultado de las elecciones autonómicas y municipales que se acaban de celebrar, porque se necesita algún tiempo para digerir la complejidad del mapa político que pueda quedar tras los posibles pactos y cambios de cromos que se avecinan. Sin embargo, como soy amigo de exponer cuanto antes las impresiones que cojo al vuelo, voy a dar unas cuantas aun a riesgo de incurrir en algún error por culpa de la precipitación.

En primer lugar, el vuelco de tendencia tan deseado por la mayoría se ha producido. El Partido Popular, que ha dominado el panorama político durante los últimos años, ha perdido fuelle, por mucho que cacareen sus dirigentes que como son la lista más votada han ganado las elecciones. Ayer le oí decir a uno de ellos que se sentía satisfecho porque uno de cada cuatro ciudadanos les había votado, obviando que tres de cada cuatro no se han dignado otorgarles su confianza. ¿Es eso ganar las elecciones? La corrupción, la prepotencia y las políticas de austeridad están detrás de esta debacle, que no estoy seguro de que el PP sea capaz de reconocer y por tanto de rectificar. ¿Seguirá Mariano Rajoy al frente del partido? Supongo que sí, por eso de que en tiempo de tribulación no hacer mudanza, que aconsejaba Ignacio de Loyola.

La segunda conclusión que saco es que el PSOE ha resistido por encima del nivel en el que algunos situaban  su caída. Como todo es relativo, sus militantes pueden sentirse satisfechos, entre otras cosas porque de momento parecen estar en condiciones de aglutinar a su alrededor gobiernos de izquierdas o de apoyar a otras formaciones para formarlos. Recuperar Extremadura y quizá Castilla-La Mancha es un logro emblemático. Se desplaza al “viajero enamorado” y se sustituye a la polifacética secretaria general del PP. Espero y confío en que Pedro Sánchez sepa administrar bien el resultado y esta situación sea el principio de la recuperación del partido socialdemócrata.

La tercera reflexión es que los partidos emergentes, Podemos y Ciudadanos, se han hecho notar bastante más allá de lo que parecía previsible, los primeros disputándole el voto a la izquierda moderada y a la no tan moderada, y los segundos aglutinando el de la derecha descontenta. En cualquier caso, fuerzas renovadoras, aires frescos, cambio de panorama. El bipartidismo no ha dejado de existir desde un punto de vista global, pero sus cimientos se han puesto a prueba. Habrá que empezar a hablar de partidismo a cuatro bandas, lo que no es malo, sino todo lo contrario.

Lo de Podemos es un fenómeno difícil de catalogar, cuando por ejemplo Manuela Carmena se ha pasado la campaña insistiendo en que ella no era de ese partido, algo que sin duda le ha otorgado el voto de bastantes gente de la izquierda moderada, dicho sea sin menoscabo de su perfil mesurado y su prestigio de persona honrada, que las torpes y malévolas acusaciones de Esperanza Aguirre no han podido destruir. Los ciudadanos han despedido a esta última del panorama político por la puerta grande, a pesar de su invocación al Espíritu Santo, que ese día debía de estar ocupado en menesteres de mayor consideración. O no, porque su casticismo chabacano, tan al gusto de algunos, puede hacerla resucitar cuando menos lo esperemos. De momento parece que continuará al frente del PP de Madrid, que manda huevos, como diría uno de sus ilustres correligionarios.

En cuanto a Ciudadanos, ya va siendo hora de que se quite la máscara progresista y nos muestre sus verdaderas intenciones. A las cosas hay que llamarlas por su nombre y no avergonzarse de ser lo que se es, en este caso un partido de derechas dispuesto, entre otras cosa, a apoyar a Cifuentes para formar gobierno en la Comunidad Autónoma de Madrid. En su derecho está, no seré yo quien lo discuta, pero que enseñe su rostro de una vez, que se deje de milongas progresistas.

Por último, y no menos importante, Izquierda Unida y UPyD no han resistido la convulsión, los primeros debido a su cisma interno y los segundos gracias a las torpezas estratégicas de su líder, Rosa Díez, que abandona por KO técnico, dos situaciones que traen causa de la aparición de Podemos y Ciudadanos respectivamente.

Sólo me queda una cosa por decir, que no me perdonaría dejar en el tintero: la democracia ha ganado por encima de cualquier otra consideración. Podrán gustarme más o menos los resultados, pero de lo que me siento muy satisfecho es de que una vez más los españoles hayamos sido capaces de expresarnos libremente, esta vez ante un panorama de ofertas tan variadas que hasta confundían. Se nota la frescura que ha empezado a orear el panorama político español. Ojalá continúe la catarsis.

24 de mayo de 2015

Conducir en dirección contraria

Nunca he entendido las actitudes misantrópicas, las de aquellas personas que se encuentran a disgusto entre sus conciudadanos, porque se consideran, no sólo diferentes, sino además mejores a los que los rodean. No hablo por supuesto de los que mantienen una actitud crítica frente a las imperfecciones sociales, comportamiento que considero útil, sino que me refiero a los que ven en los otros a sus enemigos. Estoy pensando en aquellos que consideran a los de su entorno gentes que les agreden sólo por el hecho de estar ahí, en los que han llegado al convencimiento de que encarnan las virtudes universales y por tanto creen que el que no opina y no se comporta como ellos está equivocado.

Podría decirse que todos en mayor o menor medida somos algo misántropos, ya que muchas veces preferimos el aislamiento a la compañía. Pero no es a esa característica del ser humano, la introspección ocasional, a la que quiero referirme, sino a uno de sus extremos, en el que figuran los excluyentes, los perfeccionistas, los que ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. No son muchos, es cierto, pero sí llaman la atención, porque se hacen notar; lo que me lleva a pensar que se trata de personas inseguras, que mediante esta actitud, agresiva hacia los demás, intentan reafirmar su propia seguridad.

Los misántropos me recuerdan la historia de aquel conductor que circulaba por una autopista en dirección contraria a la que debía y se sorprendía de que fueran tantos los que se habían equivocado. Tan seguros se encuentran de estar en posesión de la verdad, que no tienen la menor duda de que todos los demás están en el error. Es una actitud de pleno convencimiento de su superioridad, de total desprecio hacia los comportamientos de los demás.

Lo que sucede con estas personas es que no convencen a casi nadie. Es más, suelen granjearse la antipatía y animadversión de sus congéneres, cuando estos comprueban la reiteración de las posiciones de aquellos, siempre o casi siempre encontradas con las de la mayoría. Si el desacuerdo fuera esporádico, la situación entraría en la categoría de lo normal, porque no todos vamos a coincidir en todo. Pero cuando la discrepancia es continua, la sospecha de anormalidad de comportamiento está servida. No se puede estar constantemente en desacuerdo en todo y con todos, no es comprensible que alguien sólo vea las imperfecciones en los demás y ninguna en sí mismo.

Quizá la mejor terapia contra la misantropía sea la autocrítica y, sobre todo, no tomarse muy en serio uno mismo. Cuando se ejerce la censura contra tu propio pensamiento, se descubren en ocasiones los errores en los que se vive. Pero si además se decide enmendarlos y corregirlos, se estará poniendo remedio a uno de los comportamientos humanos más perjudiciales que existen, el de la misantropía, perjudiciales sobre todo para quienes la ejercen. Sí, porque los misántropos, como el conductor que circulaba en dirección contraria a todos los demás, suelen terminar por estrellarse.

20 de mayo de 2015

Las Fuerzas Armadas de hoy (II)

Decía en mi entrada anterior que volvería a hablar de las Fuerzas Armadas, pero en aquel momento  no era consciente de que sería tan pronto. Algunas personas de mi entorno me han comentado sorprendidas mis reflexiones de ese día, supongo que porque no las esperaban. Quizá  pensaran que yo, que me tengo por progresista, debería haber sido crítico con la institución militar y no justificar la necesidad de su existencia, y les haya chocado que por el contrario ponga de manifiesto los sacrificios que sus profesionales están soportando para adaptar los ejércitos a los nuevos tiempos. Debo decir, además, que los comentarios de incomprensión o desacuerdo no me han llegado sólo desde la izquierda del espectro político, también desde la derecha conservadora. Afortunadamente tengo amigos de todos los colores.

Esos comentarios me reafirman en dos cosas: primera que la mayoría de las personas no han seguido la evolución de la institución como para ser capaces de apreciar los cambios que se han producido, y, segunda, que determinados prejuicios adquiridos en otros tiempos son difíciles de erradicar. Es más, precisamente porque sé que las cosas son así me decidí a escribir el artículo anterior. Echo de menos la pedagogía en muchos aspectos de la vida social y éste no es una excepción. Alguno me dirá que se encarguen los militares de ejercerla, pero yo les contestaría que somos los civiles quienes tenemos que valorar su comportamiento y, sobre todo, entender la necesidad de su existencia al servicio de nuestra seguridad.

He oído decir a algunos que para qué están los ejércitos, que ya no son necesarios y acabarán por extinguirse. Tamaño dislate sólo es propio de gentes desactualizadas, que ignoran las amenazas externas a pesar de que están ahí y todos los días nos desayunamos con alguna. También me llegan comentarios de personas que hablan de la institución como si se estuvieran refiriendo a lo que era cuando ellos hicieron la “mili”, como si las cosas no hubieran cambiado desde entonces. Sus puntos de referencia nada tienen que ver con la realidad actual.

Lo que yo trataba de decir el otro día es que, partiendo de la base de que la necesidad de la defensa es un hecho incuestionable, la institución responsable de llevarla a cabo intenta, día a día, con gran sacrificio por parte de sus profesionales, estar a la altura de las circunstancias; y que es difícil encontrar una adaptación mejor a la evolución democrática del país y a las características de las amenazas que nos acechan que la que se ha dado en las Fuerzas Armadas en los últimos años. Negarlo significa o desconocimiento o prejuicio. O las dos cosas a la vez.

Las misiones en el exterior, por ejemplo, no son un capricho, excepción hecha de alguna aventura irresponsable, de la que no me he olvidado, pero prefiero obviar ahora para que las anécdotas no enmascaren la categoría. Lo de Irak del trío de las Azores fue, cuanto menos, una chapuza, de la que ahora no se sabe cómo salir. Sin embargo, pocos conocen la presencia de nuestras Fuerzas Armadas en pequeños destacamentos en la extensa región del Sahel, a pocos kilómetros de distancia de dónde vivimos, que están allí combatiendo la amenaza yihadista. Aunque no haya que darle demasiada publicidad a estas misiones, entre otras cosas por razones de seguridad, me parecería irresponsable ignorar su importancia.

Ésta es la realidad a la que me refería el otro día, a la de una institución que por un lado ha sabido adaptarse a la democracia de una forma modélica y, por otro, modernizar sus estructuras a pasos agigantados, porque los cambios en el escenario geoestratégico así lo exigían; y todo ello con un gran sacrificio personal por parte de sus profesionales.

Me parecería injusto no reconocerlo.

19 de mayo de 2015

Las Fuerzas Armadas de hoy (I)

Siempre me han interesado los asuntos relacionados con las Fuerzas Armadas, dicho sea en cuanto a lo que afecta a su organización y evolución como institución del Estado y no desde el punto de vista de la afición a las armas o a lo bélico. Eso que se ha dado en llamar “militaria”, apego muy extendido en algunos sectores de la población civil, no forma parte de mis aficiones. Debo confesar, además, que nunca tuve vocación militar, más allá de algún brote juvenil que mi carácter y mis inquietudes sofocaron muy pronto, para enfocar mi trayectoria personal hacia la vida civil.

Doy por hecho que mi interés nació como consecuencia de que mi padre era militar de carrera, en la que alcanzó el empleo de general de brigada, lo que significó que durante los primeros años de mi vida viviera rodeado por un ambiente castrense, un mundo entonces muy cerrado, cuya evolución he seguido de cerca desde hace muchos años como simple observador, para comprobar cómo ha ido abriéndose a la sociedad de manera espectacular, mucho más que la mayoría de las restantes instituciones del Estado.

Que lo que en realidad me interese sea el estudio de la evolución de las Fuerzas Armadas como institución no significa, en absoluto, que no sienta un gran respeto por los que visten el uniforme e, incluso, un especial cariño por “lo militar”. Todo ello unido me ha llevado a que, mediante el seguimiento continuo de la situación, haya llegado a adquirir un conocimiento general sobre estos asuntos, que me atrevería a situar por encima de la media que posee la población civil. Los militares con los que hablo, y lo hago con mucha frecuencia porque pongo interés en ello, me confirman con sus apreciaciones que mi presunción no es exagerada.

No era fácil que una institución que había estado directamente comprometida con la dictadura del general Franco, con un pasado golpista que abarcó prácticamente todo el siglo XIX y parte del XX, evolucionara hacia la democracia como lo han hecho las Fuerzas Armadas españolas. El camino ha sido largo, con algunos episodios involucionistas por todos conocidos, pero en la actualidad muy pocos españoles dudan del compromiso de la Fuerzas Armadas con el sistema de libertades.

Quizá el aspecto menos conocido por la mayoría sea el sacrificio que la adaptación de aquellos ejércitos a las necesidades actuales ha supuesto para la inmensa mayoría de los militares de carrera. De unas Fuerzas Armadas de más de medio millón de hombres, mal equipadas y por tanto de dudosa eficacia, se ha pasado a unos ejércitos que apenas suman los ciento treinta mil militares, razonablemente dotados de equipos y sistemas de armas, dentro naturalmente de las limitaciones presupuestarias, que en época de crisis ha llegado a convertirse en una situación difícil de soportar, visto desde la perspectiva de las capacidades operativas.

La carrera militar, antes proyectada por la mayoría de los militares que salían de las academias hacia el generalato, ha cambiado hasta convertir el empleo de coronel en una meta casi inalcanzable, o alcanzable por muy pocos. Los ascensos requieren una serie de prerrequisitos que obligan a un gran esfuerzo personal, tanto en conocimientos como en la obligatoriedad de pasar por determinados destinos, por supuesto nunca cómodos e incluso algunos de riesgo. Me atrevería a decir que el esfuerzo que un militar tiene que hacer hoy en día para promocionarse, o simplemente para mantener con dignidad su estatus en la institución, es superior al que se requiere en el resto de la Administración del Estado. Incluso en las empresas civiles es difícil encontrar un grado de competitividad como el que hoy se da en las Fuerzas Armadas, dicho sea naturalmente desde el punto de vista de la media estadística.

Pero lo cierto es que el colectivo de militares de carrera -oficiales y suboficiales-, a pesar de los enormes sacrificios que ha supuesto para ellos adaptarse a unos nuevos tiempos, componen hoy una institución modélica, en los que los parámetros de su cometido han cambiado, pero la necesidad de su existencia como organización armada al servicio de la defensa de la sociedad continua vigente. Las amenazas ahora son distintas, pero totalmente reales, algo que no deberíamos olvidar nunca los ciudadanos, pero que desgraciadamente a muchos les pasa desapercibido o prefieren ignorar.

Quizá otro día vuelva sobre este asunto, que tanto me interesa y del que tan poco se conoce.

17 de mayo de 2015

Señoras y señores, esto es Europa

La Ópera de Viena
Si algo debería resaltar de mi último viaje a Viena y a Bratislava  porque me haya llamado la atención, es el alto nivel de civismo ciudadano que se respira, un comportamiento que transmite tranquilidad, sosiego y seguridad a quien pasea por sus calles. Es cierto que la cualidad que acabo de señalar no es patrimonio exclusivo de estas dos maravillosas ciudades centroeuropeas, porque la encontraremos en la mayoría de los lugares de Europa, por no decir en todos. Desde mi punto de vista, las excepciones que existen confirman la regla; y hoy prefiero no reparar en ellas, para así centrarme en el asunto que me he propuesto comentar. Ya habrá tiempo para hacerlo en otros artículos de este blog.

No quisiera caer en la petulancia de considerar que Europa es el mejor rincón del planeta, pero la modestia no debería llevarme a subestimar los valores europeos. En nuestro continente, además de cultura, patrimonio e historia, se dan unos parámetros sociales difíciles de encontrar en otras latitudes, desde el respeto institucional a los derechos del hombre, hasta la preocupación por las prestaciones sociales en general, por el nivel de vida de sus ciudadanos. Es verdad que queda mucho camino por recorrer, pero en cualquier comparación que hagamos con otras culturas saldremos beneficiados.

No voy a negar que la renta per cápita ayuda a que las cosas sean así, pero no es la única razón. Quizá haya sido la larga historia de luchas intestinas, de guerras inútiles, de rivalidades sin sentido las circunstancias que hayan logrado que, por contraposición, se haya ido formando a lo largo del tiempo un sentimiento de supranacionalidad europea, capaz de aglutinar a pueblos tan distintos, aunque con un denominador común, la extensión de la cultura entre una amplia parte de su población. Se trata de una realidad tangible, tan evidente que a muchos les lleva a decir con orgullo mal disimulado: “señoras y señores, esto es Europa”.

Digámoslo alto y claro: el conjunto de valores que se dan en nuestro continente es difícil de encontrar en otros lugares. Es cierto que continúa habiendo tensiones entre algunos Estados. Un ejemplo ha sido la secuela de luchas que dejó la desmembración de la antigua Yugoslavia, que ha costado casi dos décadas erradicar; pero lo cierto es que el conflicto ha desaparecido, porque la fuerza de atracción de la Europa institucional ha acabado con ellas. Los croatas primero y ahora los serbios y los bosnios miran a sus vecinos de la Unión Europea como los golosos el escaparate de una pastelería y saben que sus luchas intestinas producen el rechazo de sus potenciales socios.

Esta reflexión nos debería llevar a darle la importancia que la construcción europea, lenta pero segura, se merece. Nunca entenderé a los euroescépticos, a aquellos que se relamen cuando ven dificultades en el progreso hacia la unidad política, a los que magnifican la supremacía de unos Estados frente a otros y la ven como un peligro, a los que rechazan la centralización de ciertas competencias como si les estuvieran quitando parte de su independencia. Nunca los entenderé, porque soy un europeísta convencido.

Europa se ha salvado de la última crisis económica, o se está salvando, porque existe la Unión Europea. De no haber contado con ella, los países europeos hubieran entrado en un largo proceso de recesión, que habría aumentado las diferencias entre unos y otros y dado lugar a un incremento de las tensiones entre  Estados, a un peligroso deterioro del nivel de vida alcanzado en las últimas décadas.

Los viajes siempre inspiran reflexiones, pero éste en concreto a mí me ha reafirmado en mis convicciones europeístas. No ha sido la primera vez que me sucede y confío en que no sea la última. Siempre que visito un país europeo, sea la nórdica Suecia o la mediterránea Malta, la verde Irlanda o la clásica Grecia, me encuentro con los valores que mencionaba al principio, con un comportamiento ciudadano que transmite tranquilidad, sosiego y seguridad, con las diferencias locales, por supuesto, que no invalidan la proposición general.

15 de mayo de 2015

No estamos solos, estamos en la globalidad

Leí hace unos días un interesante artículo del profesor de Derecho Constitucional Francesc de Carreras, en el que entre otras muchas reflexiones, a cuál más interesante, el articulista medita sobre la posibilidad real de ejercer políticas independientes en un país, sin tener en cuenta el entorno geopolítico que lo circunda; y concretamente se refería a Syriza en Grecia, que según él ejemplariza los límites de la autonomía de cualquier iniciativa socioeconómica, si va contra viento y marea de la globalidad en la que se inscribe. El autor del artículo establece juicios de valor, no se limita a constatar un hecho.

La Unión Europea no es una entelequia, sino una organización supranacional que poco a poco va concentrando competencias y adquiriendo más poder. Ignorar esta realidad es suicida, si no torpe; y prometer a los electores reformas que choquen abiertamente con los intereses globales no es ético, en cuanto que supone un brindis al sol, es decir, ofrecer lo que se sabe de imposible cumplimiento. Los votantes a la hora de elegir candidato deberían tener en cuenta esta consideración, para no sentirse después engañados. Pero desgraciadamente muchos caen en las trampas electorales y después se lamentan de sus errores.

Francesc de Carreras pone el siguiente ejemplo en su artículo: Alexis Tsipras en Grecia prometía doblar el salario mínimo, cuando hay países en la UE, como las repúblicas bálticas o Eslovenia, que lo tienen cifrado en la mitad del de los griegos en la actualidad; los ciudadanos de esos países se preguntan si tienen que ayudar a Grecia mientras ellos se sacrifican. Desde mi punto de vista, no es baladí la reflexión.

Las proclamas de Rajoy en su momento, cuando decía que con la confianza que ofrecía el Partido Popular se arreglarían todas las cuitas del país, no tenían fundamento y él lo sabía; y las diatribas de Pablo Iglesias contra los corruptos y sus promesas de regenerar el país con sólo la presencia de Podemos, no se sostienen y también él lo sabe. No estamos solos, estamos sumergidos en una globalidad que condiciona cualquier política, porque no se puede pertenecer a la UE e ir por libres. Rajoy ha tenido que hacer lo que le ordenaban desde Bruselas e Iglesias tendría que contar con los demás partidos si quisiera cambiar las leyes para acabar con la corrupción, y esas leyes no podrían ir en contra de lo que dictan las europeas, que entre otras cosas defienden las de la economía de mercado. Lo demás son falsas promesas, que desgraciadamente engañan a tantos.

Es curioso observar como en España muchos critican la dispersión legal que el Estado de las Autonomías ha traído como consecuencia del mandato constitucional, y sin embargo no aceptan, o aceptan de mala gana, la concentración de poder que impone dotarse de una nueva “nacionalidad” europea. Es una paradoja difícil de entender, o fácil si se echa mano del concepto nacionalismo, que cada uno lo entiende a su medida, unos hacia abajo y otros hacia arriba, los primeros no aceptando que se dispersen sus competencias en entidades menores y los segundos oponiéndose a que sean englobadas en otras de mayor rango. Al fin y al cabo dos nacionalismos de signo contrario, que a veces coinciden en las mismas personas.

Todo esto no significa que a la izquierda no le quede margen de maniobra para combatir las crecientes desigualdades en España, en Europa y en el mundo. Lo que sucede es que hay que hacerlo con inteligencia, sin dar pasos en falso, pisando el suelo, teniendo en cuenta la realidad del entorno, no prometiendo lo inalcanzable. La demagogia es un camino falso que termina volviéndose contra quien la utiliza. La verdadera izquierda, la que quiere acabar con las injusticias sociales, no debería caer en esta trampa.

14 de mayo de 2015

El tercer hombre



Foto del autor
En la vida de las personas hay sucesos que la memoria, esa cualidad del hombre tan engañosa, al cabo de los años acaba convirtiendo en mitos. Se trata de un fenómeno que suele darse a edades tempranas, cuando la mente todavía no se ha endurecido y absorbe las sensaciones que recibe como el papel secante a la tinta. Son recuerdos agigantados y en ocasiones deformados por el paso del tiempo, que terminan cobrando vida propia y convirtiéndose en hitos referenciales de quien los guarda. En mi caso uno de ellos ha sido y sigue siendo la película El tercer hombre, que debí de ver por primera vez cuando tenía catorce años de edad.

Cuento esto porque acabo de pasar unos días en Viena con mi mujer y no he podido resistir la tentación de montar en la famosa noria gigante del Prater -uno de los escenarios de la oscarizada película que dirigió Carol Reed en 1949 y que interpretaron con maestría Orson Welles, Joseph Cotten y la enigmática Alida Valli-, auténtica proeza por mi parte si se tiene en cuenta que padezco de vértigo, que sufro una insoportable fobia a las alturas, limitación que en este caso he sido capaz de superar, sólo por darme la satisfacción de rememorar la famosa escena de El tercer hombre, en la que los dos protagonistas masculinos mantienen el largo diálogo que empieza a desentrañar los enigmas del argumento, mientras la gigantesca rueda de hierro gira lentamente, con la ciudad de Viena como telón de fondo.

Decía antes que la memoria es engañosa, pero en este caso no me había traicionado. Cuando entré en uno de los pequeños vagones de ferrocarril, que funcionan como plataformas giratorias suspendidas en las estructuras metálicas de la gigantesca rueda de sesenta y cuatro metros de diámetro, tuve por un instante la sensación de encontrarme dentro de la película, como si Welles y Cotten fueran a aparecer en cualquier momento. Los busqué con disimulo entre la docena de viajeros que nos acompañaban y hasta creí reconocer sus rostros en un par de encorbatados compañeros de cabina, que con voz pausada comentaban circunspectos en alemán algo para mí ininteligible. Hasta que una joven pareja, a la que no había prestado atención hasta el momento, me señaló de repente su camara y me pidió que les sacara una fotografía, gesto que me devolvió a la realidad. La imaginación no conoce límites, es incontenible.

Foto del autor
Para mi fortuna, en el centro del cubículo había un tosco banco, seguramente colocado allí para mitigar en la medida de lo posible las angustias de los vertiginosos como yo; y ni que decir tiene que nada más entrar me había sentado en él, con ánimo de no moverme de aquel lugar, algo alejado de las ventanillas, durante los quince o veinte minutos que durara el viaje. Pero a medida que la noria fue girando, y por consiguiente nosotros ganando altura, me puse de pie, venciendo mis irracionales temores, y empecé a tomar fotografías de la Viena que iba apareciendo ante nuestras sorprendidas miradas, una ciudad extensa, tachonada de palacios y monumentos y cruzada por el caudaloso Danubio, que desde nuestra perspectiva semejaba un reguero insignificante, en medio de una colosal maqueta urbana.

Debo confesar que lo que me había propuesto hoy al abrir esta página en blanco del blog era escribir algunas impresiones sobre la capital de Austria, una ciudad que puede dar mucho juego a un escritor de impresiones tomadas al vuelo. Pero el recuerdo de El tercer hombre se ha interpuesto en mi camino y me ha obligado a escribir este improvisado artículo. Quizá otro día hable de algunos aspectos de Viena, aunque para mí lo más importante haya quedado dicho en estas líneas. Sólo restaría recomendar a quien todavía no haya visto la película, que la busque en las filmotecas y que no deje de saborearla en todo su esplendor. Seguro que me lo agradecerá y es posible que hasta empiece a preparar una visita a la Wiener Riesenrad.

7 de mayo de 2015

La Décimo Primera Guijarrada

Foto Mariupe Alía
Aunque este blog tenga algo de diario personal, no quiero aburrir a los lectores con historias particulares que sólo interesen a sus protagonistas. Pero como algunos de los que lo leen han participado en nuestra última reunión familiar en Castellote, voy a permitirme contar la experiencia de la Décimo Primera Guijarrada, celebrada hace dos fines de semana.

Esta reunión, a la que en un alarde de originalidad desbordada hemos dado el nombre de Guijarrada, se ha convertido en una especie de asamblea o convención anual de la familia, a la que no debe faltar ninguno de sus miembros, salvo en caso de causa mayor. A ella asistimos los descendientes del matrimonio que formaron en vida Luis Guijarro y Agero y María Jesús Miravete Espinosa, es decir, los cuatro hermanos Guijarro Miravete y nuestras mujeres, nuestros hijos y sus parejas y nuestros nietos, estos últimos, por tanto, biznietos de los cabezas de la estirpe. Este año un total de 28 personas, desde el decano, cuya merecida titularidad ostento, hasta el más pequeño (por ahora), que ronda el año, y con sólo dos ausencias en esta ocasión, por justificadas razones de trabajo.

Como a través de los años las antiguas "cuadras" de la casa se han ido acondicionando hasta constituir un conjunto de bodega, comedor y cocina, completamente equipado y distribuido en tres piezas separadas, el centro de las reuniones se ha trasladado a este lugar, con capacidad suficiente para la  cada vez más numerosa concurrencia. Por tanto es allí donde se celebran las comidas y las cenas, alrededor de una mesa enorme, en la que no falta nada de lo que se necesita. Además, el ajardinado "huerto" aledaño se convierte en un anexo muy a propósito a la hora del aperitivo o durante la copa posterior a las cenas y comidas.

La logística, que puede parecer complicada, se resuelve perfectamente, sin demasiadas complicaciones, gracias a la dedicación de los más abnegados (no doy nombres porque de todos los interesados son conocidos), cocineras y cocineros y proveedores de viandas voluntarios, que se organizan sin que sea necesaria demasiada coordinación (aunque algunos tengan demostradas cualidades coordinadoras), como si todo el mundo supiera qué hay que hacer en cada momento. Cuando llega la hora de las comidas o de las cenas, la mesa está puesta, la comida preparada y los comensales acomodados. Un extraño fenómeno para algunos y el fruto de su esfuerzo para otros.

Brindis por todos (Foto Mariupe Alía)
Durante la cena inaugural del viernes, bienvenida a los recién incorporados a la familia, unas palabritas deslavazadas de algunos (no demasiadas porque no es el estilo de la familia), algún que otro regalo, amenazas con "pasar" por el pilón del abrevadero a los novatos, muchas risas, algún chiste (la familia cuenta con consagrados humoristas en todas las generaciones) e infinidad de ocurrencias. Pero sobre todo un ambiente acogedor, que a mí me sorprende por lo espontáneo y doy por hecho que no soy el único sorprendido.

En la comida del sábado es ya tradicional la paella. Los cocineros para este culinario menester son varios, no siempre los mismos porque todos los años se incorpora algún nuevo voluntario; pero los aplausos a la hora de probar el arroz se mantienen largos y sonoros Guijarrada tras Guijarrada, lo que indica el alto grado de profesionalidad de los “chef” y sus pinches.

Por las noches, después de cenar, la concurrencia se divide por razones de edad. Los jóvenes (la generación intermedia, porque jóvenes somos todos) prolongan la velada hasta altas horas de la madrugada al calor de unas bebidas, mientras que los niños duermen y sus abuelos lo intentan. La hora a la que finalizan las copas es desconocida, porque al día siguiente no hay coincidencia en las versiones.

Quizá uno de los momentos más memorables del día sea la hora de los desayunos, a los que cada uno acude cuando ha logrado despegarse las sábanas. El autoservicio funciona durante varias horas, yo diría que milagrosamente, en este caso en la “cocina aragonesa”, que en ese momento funciona como comedor.

A lo largo del día excursiones no programadas, en pequeños grupos, para visitar cualquiera de los maravillosos rincones que rodean Castellote: subida al castillo (los más valientes), bajada al pantano de Santolea (los más conservadores), paseo a la ermita de la Virgen del Agua (los más píos), visita al torreón templario (los más cultos), etc., siempre cerca del pueblo, porque el apretado programa no permite alejarse demasiado.

Y el domingo por la mañana, caras cansadas, bastante sueño atrasado en algunos, despedidas, besos y abrazos, y cada mochuelo a su olivo. La Guijarrada ha terminado y ya hay que ir pensando en la siguiente.