30 de septiembre de 2016

¿Golpe de estado en el PSOE o chapuza cuartelera?

Los enemigos del PSOE no podrán quejarse de las oportunidades que se les está dando para regodearse un rato largo. Digo  enemigos, porque los adversarios –que es cosa muy distinta- lamentan la situación. Pero vayamos al grano.

Lo que está sucediendo en el seno de la cúpula de la centenaria formación política trae causa de una profunda brecha ideológica. Hablar de luchas por el poder me parece malintencionado, cuando con ello se quiere dar a entender que lo que en el fondo subyace es el personalismo, el amor a la silla o la ambición política desmedida. Puede que algo de ello haya en algunos casos concretos, pero eso no es patrimonio exclusivo del PSOE, sino que está repartido con generosa extensión a su derecha y a su izquierda. Ahora bien, si con la expresión personalismo se quiere decir que detrás de las dos posiciones ideológicas hay personas, con nombres y apellidos, no puedo por menos que estar de acuerdo con la apreciación. Por poner algún ejemplo, Pedro Sánchez no piensa políticamente lo mismo que Susana Díaz, ni Borrell que García Page, ni Alfonso Guerra que Felipe González. Ni piensan igual ni tienen por qué hacerlo. Un partido es el resultante de la convergencia de ideologías afines, pero no una secta.

No voy a caer en la vulgaridad de decir que unos son de izquierdas y que los otros no. Doy por hecho que todos son socialistas convencidos. Las discrepancias están en los matices, tan sutiles que en ocasiones no se perciben. Y en el caso concreto que nos ocupa, en esta situación que ha desembocado en la alborotada y extemporánea dimisión de diecisiete miembros de la Comisión Ejecutiva, no tengo la menor duda de que las diferencias no están tanto en el voto en contra o en la abstención al nombramiento de Rajoy, como en las posibles alianzas para formar un gobierno alternativo que el secretario general está sondeando. Lo demás, esa dignidad política que dicen que les obliga a asumir responsabilidades políticas es una monserga que ni ellos se la creen. ¿Por qué no dimitieron nada más conocerse el resultado electoral del 26 J y han dejado pasar todo el verano y parte del otoño? Ahora los veo en las fotos de familia posteriores al cierre de las urnas y parecen, si no entusiasmados, al menos satisfechos.

Con independencia de cómo acabe esto (espero que haya suficiente inteligencia entre todos para reconducir la situación), lo que han hecho los diecisiete de marras –aleccionados por otros desde la sombra o desde las declaraciones ante los medios- es de una deslealtad que espanta por lo burdo y chapucero. El miedo a que Pedro Sánchez llegara a dominar la situación en la reunión prevista del Comité Federal les ha inspirado una maniobra peligrosísima y han puesto a su partido al borde de la ruptura. Ver al representante del grupo dimisionario, Antonio Pradas, en la puerta de la sede de Ferraz, atacado de los nervios porque no le habían dejado recoger el retrato de su hijo me pareció un esperpento, un insulto a la inteligencia. Debía haber supuesto que el que fue elegido secretario del partido en primarias, refrendado después en un congreso, no se iba a rendir ante la vulgar chapuza que acababa de producirse.

No estoy diciendo que Pedro Sánchez sea el líder que necesita el PSOE en la etapa que se avecina, ni tengo por qué dudar de la talla política de Susana Díaz; simplemente me atengo a un razonamiento muy elemental, el de que las formas son tan importantes, y a veces más, que las razones.

Así no.

27 de septiembre de 2016

Que cada palo aguante sus velas

Como no tengo ninguna vocación ni de analista político ni mucho menos de cronista de la cosa pública, no voy a entrar en grandes profundidades al analizar las causas que en mi opinión han conducido a los resultados electorales del pasado domingo en Galicia y en el País Vasco. Pero no puedo evitar hacer alguna reflexión, aunque no sea más que para ordenar las ideas que bullen en mi cabeza.

Lo primero que se me ocurre es que el electorado ha premiado la estabilidad y ha castigado las derivas partidistas. Tanto ha estado yendo el cántaro a la fuente de las líneas rojas, que al final se ha roto, o parece que se está rompiendo. No voy a negar, porque sería no admitir la evidencia, que Pedro Sánchez y su ejecutiva hayan tenido una gran responsabilidad en los resultados obtenidos por el PSOE, un retroceso histórico en las dos comunidades autónomas, después de que este partido haya sido en ellas, durante mucho tiempo, una opción clara de gobierno. Pero centrar toda la crítica en el secretario general de los socialistas me parecería un error mayúsculo, que tendría desde mi punto de vista la consecuencia de no contemplar el panorama completo de las responsabilidades.

Quien de verdad ha perdido no ha sido el PSOE, sino la izquierda en su conjunto, los votantes de mentalidad progresista. Las peleas de gallos entre los dos principales partido de izquierdas y las luchas intestinas en ellos no son la mejor imagen para un país que necesita, por encima de cualquier otra consideración, normalidad democrática. Es cierto que la corrupción debería haber pasado factura al PP, pero no es menos que el electorado prefiere la corrupción, confiando en que la justicia acabe por poner las cosas en su sitio, que contemplar el espectáculo de las peleas internas y externas de los partidos de la izquierda. En el fondo, la mayoría de los votantes es en cierto modo conservadora, no quiere aventuras de futuro incierto y no confía en redentores de pacotilla. Sólo si ve estabilidad, moderación y propuestas viables confiará en los partidos de la izquierda. Pero lamentablemente llevamos un tiempo en que las formas desdibujan el fondo de las propuestas programáticas.

Mucho me temo que lo peor esté por venir. A Podemos le ha faltado tiempo para romper los pactos que mantenía con el PSOE en Castilla-La Mancha y en Extremadura. Tengo algo más que la sospecha de que no se trata de una improvisación, sino de parte de toda una estrategia inscrita en el acoso y derribo al partido socialista. Lo he dicho ya en alguna ocasión y lo vuelvo a repetir: la irrupción de Podemos en la política o, mejor dicho, el estilo de alguno de sus líderes ha machacado las expectativas de la izquierda. Aunque los de Pablo Iglesias digan lo contrario, a quien consideran su verdadero enemigo es a lo que ellos llaman la vieja izquierda, a la que quieren sustituir por completo y quedarse con su espacio político, aun a costa de lo que está sucediendo, que muchos votantes progresistas de toda la vida estén mirando a su derecha, a ver si en ella encuentran un mínimo de cobertura a sus inquietudes. Difícil de creer, pero así es. A los resultados me remito.

El partido socialista debería cambiar completamente de rumbo. El espectáculo que está dando es esperpéntico, como si lo hubiera concebido algún estratega de la derecha. La Ejecutiva Federal ha torpedeado lo que ha podido las iniciativas de Pedro Sánchez, quien se ha visto atacado por todos los flancos, los barones del PSOE, Podemos y el PP, este último haciéndole además culpable de todos los males que afectan a nuestro país. Aunque me parezca una maniobra muy peligrosa, que posiblemente se volverá contra él, en cierto modo comprendo que ante los obstáculos que le ponen sus propios compañeros quiera clarificar la situación con una consulta a las bases y mediante un congreso extraordinario. Una arriesgada decisión, puede que extemporánea, que sólo se justifica si, como parece, los votantes del PSOE no aceptan bajo ningún pretexto la abstención del grupo socialista en la investidura de Rajoy.

Veamos pues que sucede el sábado en la reunión de la Ejecutiva Federal, que promete ser de antología.

26 de septiembre de 2016

Callejeos por Madrid

Supongo, aunque seguro no estoy, que ya he escrito en alguna ocasión en este blog que callejear por Madrid se ha convertido en mí en una costumbre ineludible, en una auténtica adición. Me refiero a pasear por sus calles sin propósito concreto, simplemente por el placer de ver lo que me encuentre. Pero no todos los distritos de la capital me atraen por igual. Las zonas que en realidad me fascinan son las que podríamos llamar antiguas, aunque el término antigüedad aplicado a las calles de una ciudad es un tanto impreciso, ya que no hay un lugar en ellas que no haya ido cambiando a lo largo del tiempo y, por tanto, perdiendo mucho de su pasado. Lo diré entonces con otras palabras: a mí lo que me interesa de Madrid es el centro, el intrincado laberinto de calles trazadas en su momento sin responder a planes preconcebidos de urbanismo. La perpendicularidad y el paralelismo de los sucesivos ensanches me aburren, porque todos ellos me parecen cortados por el mismo patrón, incluido aquel en el que vivo. Pero afortunadamente ese centro es tan extenso, que por mucho que repita mis paseos siempre descubro algo nuevo.

El otro día íbamos mi mujer y yo deambulando por el Paseo del Prado,  (¡por qué se habrá perdido el nombre original de Salón del Prado!), frente al museo Thyssen, cuando observé que una nube de ciclistas circulaba a velocidad moderada por uno de sus laterales. Cuando prestamos más atención, pudimos comprobar que se trataba de adolescentes, posiblemente escolares de enseñanza secundaria o bachillerato, todos con el reglamentario casco y el chaleco amarillo fluorescente. Entre ellos, algunos adultos –aunque jóvenes también -, sin lugar a dudas profesores que con sus miradas atentas y algún grito que otro ponían orden entre la acalorada riada de escolares. El tráfico estaba cortado y sólo podía verse en la calzada la algarabía juvenil, alegre y disciplinada, y en las aceras los paseantes como nosotros que contemplaban con asombro la manifestación, mitad deportiva y mitad festiva, que cruzaba ante sus miradas.

Cuando descubrimos que a la altura de Neptuno cambiaban de sentido y regresaban en dirección a Cibeles, decidimos seguir los pasos de la comitiva y averiguar algo más sobre ella. Enseguida comprobamos que se dirigían a Correos, hoy sede del ayuntamiento de Madrid y, por tanto, lugar de trabajo de su alcaldesa, Manuela Carmena. Allí se disolvería la concentración y se formarían varias comitivas, cada una en una de las direcciones de la rosa de los vientos, para que en ellas los escolares regresaran, también pedaleando, a sus colegios respectivos. Pero antes, pudimos ver como la corregidora bajaba de su despacho, subía a una tribuna preparada a tal efecto y se dirigía al millar de jóvenes ciclistas con palabras sencillas, inteligibles y carentes por completo de inútil prosopopeya. Entre sus mensajes se me quedó grabado el de que colaboraran con el ayuntamiento a fomentar el uso del trasporte público, porque la ciudad de Madrid corría el riesgo de convertirse en una urbe irrespirable. Mientras tanto, el tráfico en los carriles centrales se había reanudado y una masa impresionante de vehículos, como si se propusiera apoyar con su ruidosa presencia la advertencia de la alcaldesa, volvía a lanzar al aire la ponzoña de sus motores de explosión. Una imagen de contraste con la tranquila presencia de los ciclistas.

Como el propósito de esta reflexión no es otro que explicar por qué me gusta pasear por Madrid, lo dejo aquí. Quizá otro día hable de bicis en la ciudad, de contaminación ambiental, de iniciativas municipales o de tantas otras cosas que me sugiere lo arriba escrito. Pero hoy aquí me quedo, en que callejear por la ciudad representa para mí una inagotable caja de sorpresas, porque cada día descubro cosas distintas, todas interesantes, por nimias que sean. O por lo menos a mí me lo parecen.

23 de septiembre de 2016

Ucronía: ¿qué habría pasado si los acontecimientos hubieran sido distintos ?

El diccionario de la lengua define ucronía como la reconstrucción lógica, aplicada a la historia, dando por supuestos acontecimientos no sucedidos, pero que habrían podido suceder. Alguna narrativa de este estilo he leído a lo largo de mi vida y confieso que, por lo general, la pura especulación alrededor de lo que podría haber sucedido si… me entretiene, no por su rigor, como es lógico, sino por la creatividad que suele demostrar el especulador.

¿Qué habría sucedido en las últimas elecciones en España (me refiero a las del 20 de diciembre de 2015) si la izquierda no se hubiera presentado a ellas dividida en dos facciones cainitas como lo hizo? Para mí sólo hay una respuesta: en estos momentos tendríamos un gobierno progresista presidido por Pedro Sánchez, el PP estaría en la oposición y, como dicen los clásicos, otro gallo nos cantara. Pero no fue así, porque la presencia de Podemos dividió el voto progresista, que en aquellos momentos de profundo hartazgo por los recortes era mayoritario. Las consecuencias las conocemos todos.

Es cierto que algunos errores, determinados casos de corrupción y un cierto anquilosamiento de lo que se denomina el aparato del partido socialista propiciaban la aparición de una alternativa de izquierdas. No lo voy a negar. Sin embargo, lo que debería haber sido un revulsivo, un intento de reconducir su rumbo, se convirtió en una campaña por sustituirlo y a ser posible borrarlo del mapa. Al principio muchos creyeron que Podemos representaba una corriente regeneracionista que, una vez sentados sus reales en el escenario político, convergiría con la histórica formación. Pero pronto se comprobó que por ahí no iban sus intenciones, sino que, muy por el contario, se trataba de un movimiento radical que pretendía sustituir por completo, no ya al PSOE, sino a toda una línea de pensamiento, el de la social democracia.

En estos momentos se observa en Podemos la existencia de una rebelión interna, llamémosla de los moderados, más próximos al PSOE que lo están los que representa Pablo Iglesias. No tengo claro todavía si se trata de una vulgar lucha interna, al estilo de las que ellos critican en los que denominan viejos partidos, o una escisión de raíces ideológicas. Si fuera esto último y si, como digo, se tratara de un cierto giro de parte de su estructura hacia posiciones más realistas y, sobre todo, moderadas, se abriría una puerta a la esperanza de esa hipotética convergencia de la izquierda, la única posibilidad real que existe de desplazar durante unos años del escenario político a la derecha neoliberal que nos gobierna desde hace cinco y que ha permitido que se implante la corrupción en las instituciones de nuestro  país con un descaro inusitado.

Mientras tanto, cualquier intento de acuerdo entre las dos fuerzas se me antoja una quimera. Pablo Iglesias no está haciendo otra cosa que lo que hizo a partir del 20D, repetir a gritos con estilo rapero que quiere pactos y exigir al partido socialista lo inadmisible; y todo ello bajo la mirada atenta de la derecha española que preside Rajoy, en cuya mente nunca ha dejado de estar presente la repetición de elecciones, porque sabe muy bien que la estúpida división de la izquierda terminará dándole más votos y puede que la mayoría absoluta.

Por seguir con la especulación ucrónica, ¿qué habría pasado si Podemos se hubiera unido al pacto transversal y regeneracionista que proponía Pedro Sánchez tras el resultado de aquellas elecciones? La respuesta otra vez es fácil: muchas de las propuestas que defienden los de Pablo Iglesias estarían ya en marcha y su partido no habría perdido un millón de votos en los comicios del 26 J.

19 de septiembre de 2016

Turismo interior o turismo exterior

Cuántas veces habremos oído aquello de para qué vas a viajar al extranjero, existiendo en España lugares tan maravillosos que visitar, dos proposiciones que nada tienen que ver la una con la otra, totalmente independientes entre sí y que, además, la primera en ningún caso debería ser consecuencia de la segunda. Se puede hacer y se debe hacer turismo interior, pero sin abandonar los viajes al extranjero, siempre y cuando el presupuesto lo soporte y la salud lo resista. Contraponer lo uno a lo otro me parece algo estrecho de miras y en cualquier caso falto de rigor.

Cuando se viaja por placer, es decir, cuando se hace turismo, puede deberse a varios motivos. Unos lo harán guiados por el afán de descubrir países, ciudades, monumentos o paisajes, y otros para conocer costumbres, usos y formas de vivir. A los primeros les interesan más las cosas y a los segundos las personas, aunque en realidad la mayoría de los viajeros llevan en la mochila de sus inquietudes un poco de todo, en mayor o menor proporción. Los hay incluso que viajan simplemente por encontrar algo nuevo, sin plantearse a priori que será lo que conozcan. La sorpresa para ellos forma parte del atractivo del viaje.

Desde mi punto de vista, el turismo interior se diferencia de los viajes al extranjero en las sorpresas que se puedan encontrar en uno u otro. Si uno viaja dentro de España, no pude esperar descubrir grandes novedades en el comportamiento de los habitantes de los lugares que visite, porque por lo general poco diferirá del que observa en su lugar de residencia a lo largo de todo el año, por mucho que se aleje de su entorno habitual y por peculiares que resulten las costumbres de los lugareños. Al fin y al cabo estará entre compatriotas, que beben a diario en las mismas fuentes culturales que bebe el turista, dicho sea en el sentido amplio de la palabra cultura.

Sin embargo, cuando se cruzan las fronteras exteriores, en el momento que uno pisa un país distinto al suyo, empezará a notar que los que lo rodean se comportan de forma diferente a como lo hacen sus conciudadanos. Naturalmente esas diferencias no tendrán la misma intensidad si viaja por Europa que si recorre Asia o América o cualquier otro continente. La distancia es un factor diferencial decisivo, porque no en vano cuanto más lejos menor habrá sido la intercomunicación a lo largo del tiempo entre los compatriotas del viajero y los habitantes del país que visita.

En los últimos meses he tenido ocasión de visitar con cierto detenimiento tres comarcas españolas, tan distintas entre sí como puedan ser las Rías Altas gallegas, la Jacetana pirenaica y las serranías de Ronda y Cadiz, unas zonas naturales separadas entre sí por la distancia, con topografías y climas completamente diferentes, pero todas ellas dentro de nuestras fronteras. Si las juzgo por sus bellezas naturales, no admiten comparación, porque cada una de ellas responde a la hermosura de su entorno. Pero si pongo atención en las personas, en sus formas de vida, en sus preocupaciones, poco difieren las unas de las otras o de las mías, más allá de pequeños matices, por lo general anecdóticos y conocidos.

Sin embargo, cuando cruzo nuestras fronteras percibo inmediatamente la diferencia, no en las cosas, sino en las personas. Los aeropuertos serán iguales o parecidos a los nuestros, pero el comportamiento de los empleados cambiará según el lugar, no ya por el idioma, que sin duda es un hecho diferencial, sino por el temperamento de las gentes. Y si tomo un taxi, el vehículo será igual o parecido al que hubiera parado en España, pero el taxista me hablará y me mirará de forma distinta, porque al fin y al cabo su comportamiento responderá al de los habitantes del país en cuestión, diferente por supuesto del que se estila en el nuestro.

Viajemos por España, claro que sí, recreémonos en las bellezas de sus rincones, que nunca dejarán de sorprendernos, pero no lo comparemos con las salidas al extranjero, porque es fuera de nuestro entorno cotidiano donde de verdad se pueden conocer comportamientos distintos a los que nos rodean día a día, donde nuestra cultura ciudadana se verá enriquecida. Para bien o para mal, pero eso es otra historia.

12 de septiembre de 2016

Una de política ficción (Cataluña independiente)

Cuando uno no quiere que suceda algo le resulta muy difícil ponerse en la situación no deseada. Sin embargo, desde mi punto de vista, esa actitud adolece de un gran defecto, el de la incapacidad intelectual de medir las exactas consecuencias que tendría el que sucediera lo que uno no desea que suceda. Ese es el caso de muchos españoles, que más allá de los tópicos, generalmente usados con carácter disuasorio, nunca nos ponemos a pensar qué podría ocurrir si realmente Cataluña llegara algún día a ser independiente de España. Hoy voy a dedicarle unos minutos a elucubrar sobre esta teórica eventualidad. Procuraré, además, hacerlo sin prejuicios, aunque es conocido que éstos son como las manchas en la piel, que a veces afloran sin que uno sepa por qué y sin que nada pueda hacer para evitarlo.

Con objeto de simplificar, voy a dividir las consecuencias en dos categorías, la primera de carácter sentimental y la segunda de trascendencia económica. Sé que se trata de una clasificación más que simple simplista, pero para mí propósito pudiera servir perfectamente. En la primera englobaré todas aquellas que tengan que ver con los sentimientos, sean estos personales, familiares o colectivos, y en la segunda las que pudieran estar relacionadas con el bolsillo de los ciudadanos. En cualquier caso, y como premisa, basaré mi reflexión en que ambas partes, la catalana y la española, hubieran pactado previamente la separación y, como consecuencia, se habrían adoptado por las dos partes todas las medidas necesarias para evitar en lo posible traumas y descalabros. Pongo esta condición como preliminar, porque no me cabe en la cabeza que pudiera ser de otra manera.

Somos muchos los españoles no catalanes que tenemos amigos y familiares catalanes y viceversa. Es más, es sabido que en Cataluña una gran parte de la población desciende de no catalanes, mantiene el castellano como idioma familiar y visita sus pueblos de origen con frecuencia. Pues bien, no se me ocurre pensar que tras la independencia alguien se viera obligado a perder el trato con sus amigos ni a negar los vínculos familiares. Estoy completamente convencido de que las cosas seguirían exactamente igual que ahora, más allá de alguna broma sobre la nueva situación. Las fronteras permanecerían tan abiertas como lo están en este momento, los teléfonos, salvo algún cambio de prefijo, nos unirían de la misma forma que nos unen en la actualidad y las comunicaciones ferroviarias y aéreas no sufrirían cambio alguno, salvo pequeñas variaciones de carácter administrativo, más curiosas que prácticas. Ni los españoles ni los catalanes notaríamos que hubieramos cruzado al otro lado de la línea imaginaria, al menos nada distinto de lo que ahora percibimos.

En cuanto al mundo económico, si vivimos en la globalidad y no hay quien pare la tendencia, a quién se le puede ocurrir que la posible independencia fuera a quebrar la situación. En España se seguiría comprando sanitarios de Roca y comiendo butifarra del Ampurdán, y en Cataluña consumiendo uvas de Almería y utilizando camiones Iveco, siempre y cuando fabricantes y recolectores cumplieran con los requisitos del mercado, es decir, con las exigencias de los consumidores, que -torpes y ridículos boicots aparte- son independientes del origen del producto. Las empresas que no fueran ya multinacionales adquirirían inmediatamente este carácter y las sucursales que hubieran quedado al otro lado de la frontera pasarían a ser filiales exteriores de la matriz. Los empleados dirían mi jefe es español o catalán, según el caso, como ahora muchos dicen que quien los dirige es francés, alemán o británico, a pesar de que trabajen en Madrid o en Barcelona, en Carrión de los Condes o en Sant Sadurní d´Anoia. 

Todo lo demás lo pongo aparte, porque sería entrar en política y hoy no quiero. Prefiero dejarlo en pura elucubración, en divagación intrascendente. Tiempo habrá para lo otro.

9 de septiembre de 2016

El oficio más antiguo del mundo

Se dice que la prostitución es el oficio más viejo del mundo. Sin embargo, esta mañana, mientras recorría con deliberada parsimonia el mercado de abastos de Chiclana de la Frontera, me recreaba en la contemplación del ir y venir de la gente entre pescaderías y fruterías y escuchaba con auténtica atención las variopintas conversaciones entre vendedores y compradores, me ha dado por pensar que hay uno que debió de nacer antes que el del comercio carnal, el del mercadeo en general, llámese al lugar  lonja, zoco, plaza, mercadillo o feria, que para el propósito de esta reflexión poco importa el nombre.

Escribía hace un tiempo sobre la falta de profesionalidad que se observa en general en la hostelería española y en particular en aquellas localidades que sufren el despiadado aluvión turístico durante los meses estivales. La estacionalidad obliga a los negocios de este sector a contratar a gentes no formadas en el oficio, que suelen ignorar los más elementales principios por los que se rigen las relaciones entre camareros y clientes, situación que se agrava con la saturación de los lugares de ocio, con las prisas de muchos y a veces con la huevona cachaza de otros. La temporalidad y la falta de continuidad causan estragos. Los empresarios del ramo deben de pensar que no están obligados a fidelizar a unos clientes que consideran poco menos que aves migratorias. Para qué molestarse en preparar mínimamente a los camareros, si los que hoy nos visitan mañana habrán migrado a sus asentamientos de invierno. Craso error, pero así son las cosas.

Sin embargo, hoy voy a rendir un pequeño homenaje a los vendedores de los mercados, sin excepción de especialidad. Lo mismo me da que sean fruteros, carniceros, pescaderos, charcuteros o panaderos, porque todos en general conocen a la perfección su oficio y manejan con maestría las pocas reglas que el buen saber aconseja utilizar en sus transacciones. Expresión corporal desenvuelta, palabras adecuadas, consejos oportunos e incluso chascarrillos ocurrentes estarán presentes en todas las conversaciones que se vean obligados a mantener a lo largo de las muchas y supongo que tediosas horas que permanezcan tras el mostrador. Un espléndido alarde de relaciones humanas que manejan a la perfección, porque no en vano las han aprendido de sus mayores, como éstos a su vez las aprendieron de los suyos.

Visitar mercados siempre me ha producido un placer inusitado, sean estos alborotados zocos orientales, desordenados mercadillos pueblerinos, asépticas plazas nórdicas o ajetreadas ferias monográficas. Y es precisamente la observación de las artes ancestrales que utilizan los vendedores lo que me causa admiración, porque en cada frase, en cada palabra o en cada gesto descubro la sabiduría acumulada durante siglos por los vendedores, técnicas que no enseñan las escuelas de marketing, sino que se trasmiten por vía oral y se practican “a pie de puesto” desde antes de que al aprendiz le hayan salido las muelas del juicio. Poca oratoria, concisa expresión y sobre todo rapidez, pero en suma eficacia al máximo.

Cómo no voy a volver a mi pescadería de siempre en el mercado de Chiclana, cuando la pescadera, a la que había pedido cuarto de kilo de gambas blancas al precio de 12,50, después de pesarlas y comprobar que había cogido trescientos gramos, seguramente los últimos que le quedaban, me mira seria y circunspecta y me dice: ni para usted ni para mí, se lo dejo en 10,00 euros.

Por cierto, si alguno se ha quedado con la duda de si la prostitución es más antigua o menos que el mercadeo en general, que se pregunte dónde iban a comprar las meretrices de entonces si no se hubieran inventado ya los mercados. Está claro, ¿no?

5 de septiembre de 2016

Vengan ollas y pasen días (dicho medieval)

Confesaba el otro día que soy un aficionado a coleccionar frases. La que  he escogido como título de la reflexión que viene a continuación se la oí al genial Peridis, a propósito de la esperpéntica situación que atravesamos los españoles, consecuencia directa de la composición del Congreso de los Diputados que, entre todos, hemos elegido. A Rajoy no le quieren más que sus incondicionales de siempre, bastante menos en número que lo fueron en su día; y Sánchez, con muchos menos escaños que los conservadores, no cuenta con apoyos “fiables” en el amplio espectro de la oposición al PP.  Una situación diabólica donde las haya, cuya salida no está clara, más allá de lo que cada uno de los protagonistas proponga como solución y sus acólitos aplaudan con fruición.

Vayamos por partes. La salida de tono del portavoz del PP el otro día,  durante la sesión de investidura, sólo tiene parangón con el desparpajo de Albert Rivera solicitando en público a Rajoy que fuera pensando en ceder el puesto a otro. Una pelea en el estrado, con luz y con taquígrafos, que evidenció la debilidad del acuerdo entre las dos formaciones conservadoras. Confieso que me sonrojé tanto con la una como con la otra, aunque en mi fuero interno comprendiera la propuesta del segundo y el cabreo del primero. Pero es que las formas siguen sorprendiéndome cada vez que chirrían y en este caso las dos chirriaron en mis oídos hasta la dentera.

El líder de Podemos –me refiero a Pablo Iglesias Turrión, para evitar confusiones de liderato y nombre- continúa en campaña electoral y utiliza el parlamento como pudiera utilizar la plaza de toros de Vistalegre en un mitin. Ni siquiera en una situación tan delicada como la que estamos atravesando es capaz de dejar a un lado el afán de protagonismo. No sabe o no quiere utilizar un lenguaje conciliador y moderado, por mucho que a continuación repita hasta la saciedad aquello de "fíese de nosotros, señor Sánchez". Cuando ofrece ayuda, no lo hace pensando en la persona que propone como alternativa a Rajoy, en este caso el secretario general del partido socialista, sino en él mismo. Lo que quiere no es que haya un gobierno del PSOE, pasar a la oposición y controlar su gestión con la fuerza de los escaños de su grupo. Pretende formar parte directa de la solución. A estas alturas todavía no reconoce que la socialdemocracia y Podemos son cosas distintas, de difícil aleación, aunque compartan algunos objetivos. Mucho me temo que su falta de realismo pueda poner una vez más a Rajoy en la meta de salida. Ya lo hizo en una ocasión y no me sorprendería que repitiera la jugada.

En cuanto a los nacionalistas, continúan con el raca-raca, sin admitir que con un gobierno progresista cabrían fórmulas de carácter federalista, que ni por asomo se darían con el PP. Otra falta de realismo político que, una vez más, puede dar oxígeno a Mariano Rajoy. Ni siquiera los independentistas de izquierdas anteponen la progresía al separatismo.

De Ciudadanos no sé qué decir. Como han convertido el posibilismo en su guía programática, quizá vuelvan a la senda de la regeneración política y abandonen su acercamiento a los que hasta hace unos días no querían ver ni en pintura. El tiempo lo dirá. Pero ya se sabe: tanto viraje puede hacer zozobrar la nave.

Mientras tanto “vengan ollas y pasen días”. A algunos, como a José Manuel Soria, les viene como anillo al dedo la actual situación de interinidad, que lleva camino de convertirse en crónica.

2 de septiembre de 2016

Parece que de momento sigue siendo NO

Como me gusta el lenguaje, colecciono frases, ingeniosas unas, malintencionadas otras, incluso alguna soez, pero todas oportunas dentro del contexto en el que se pronuncian. Ayer, durante el debate de investidura -que oí a través de la radio porque coincidió con un largo viaje mío en coche-, sonaron muchas, a cual más sabrosa, aunque también otras tan manidas y desafortunadas que prefiero olvidarlas cuanto antes. Una de las a mi juicio coleccionables fue aquella de “usted, señor Rajoy, no es de fiar”. La pronunció Pedro Sánchez durante su intervención, como todo el mundo sabe ya a estas alturas; y la espetó nada más y nada menos que arropado por la solemnidad del Congreso de los Diputados, contexto que no arroja duda alguna sobre su significado, que, lejos de ser personal, es absolutamente político: “no me fío de lo que pueda usted hacer como presidente del gobierno si los socialistas le facilitamos la investidura con nuestro voto afirmativo o con nuestra abstención”.

Quizá le faltara añadir la aclaración anterior, o incluso haber ido más lejos dejando claro que el PSOE que él lidera no está dispuesto a convertirse en cómplice subsidiario de los que han gobernado España durante la anterior legislatura, que además de haber aprovechado la crisis para profundizar en sus medidas neoliberales y antisociales, aplicando a saco su ideología, han dado lugar mediante la inoperancia a que muchos de los mandatarios populares se aprovecharan de la situación para saquear las arcas públicas. Puede ser que si lo hubiera aclarado no habría dado lugar a que sus enemigos lo atacaran una vez más tildándolo de maleducado, cuando su mensaje era exclusivamente de carácter político.

Es cierto que la actitud del PSOE bloquea la situación. Pero eso no es culpa de los socialistas, sino del reparto de escaños que ha surgido de las elecciones, es decir, de la voluntad de los españoles, distribución que ha dejado 170 parlamentarios a favor del señor Rajoy y 180 en contra, estos últimos por distintas razones, pero al fin y al cabo en contra. Por tanto, quien en realidad bloquea la situación es el señor Rajoy, que ya desde su discurso inicial dejó muy claro que él o el caos. No se apeó del burro en un solo punto y lo único que pidió fue un voto de confianza, un cheque en blanco, como si su prestigio personal y el expediente político que lo acompaña fueran suficientes para mover voluntades a su favor. Por eso Pedro Sánchez tuvo que decirle lo que le dijo: “no me pida la venia, porque no me fio de usted”.

Lo de Albert Rivera y Ciudadanos merece un comentario aparte porque tiene enjundia, pero que mucha enjundia. Ayer intentó hacer virtud de su desajustada aguja de marear, con frases como “he elegido entre lo malo lo menos malo” o “señor Rajoy, están ustedes en nuestras manos”. Le faltó decir, “pórtese bien, don Mariano, o se va a enterar”. No sé qué pensarán sus votantes, pero a mí tal actitud me pareció esperpéntica, tan carente de lógica que me cuesta un gran esfuerzo asimilarla. Un cambio de rumbo de 180 grados en alta mar es muy peligroso y requiere tiempo y cuidado para no naufragar en la maniobra, como bien conocen los navegantes; pero en política lo deja a uno con el culo al aire, aunque ya sabemos que al señor Rivera no le importa exhibirlo.

Si cuajara la iniciativa llamada de los intelectuales, consistente en que Podemos apoye al PSOE mediante un SÍ en una posible investidura de Pedro Sánchez, contando además con la necesaria abstención de Ciudadanos, vaya usted a saber que harían estos últimos, quizá repetir la jugada de hace unos meses y justificarla con razones parecidas, invocando la concordia, la paz social y la estabilidad económica. Ya lo hicieron en su momento.

Menos mal que el señor Tardá en un momento determinado animó un poco la sesión, dándonos lecciones de Historia a todos y reclamando en catalán a valencianos y baleares que le sigan en su deriva separatista. No pude por menos que sonreír con cierta tristeza y recordar aquello de qué país, qué paisaje y qué paisanaje, que exclamó hace ya mucho tiempo mi admirado don Miguel de Unamuno.

28 de agosto de 2016

Carta abierta a Mariano Rajoy

Querido señor Rajoy, no se sorprenda si el partido socialista ni le apoya ni se abstiene en las próximas sesiones de investidura. Fíjese bien: en la ocasión anterior, cuando usted y los suyos no apoyaron a Pedro Sánchez, a ningún ciudadano en su sano juicio se le ocurrió pensar que su formación hubiera cometido un acto de irresponsabilidad. Poco sentido hubiera tenido que una derecha como la que usted representa diera paso libre a la socialdemocracia, su verdadero adversario en el panorama político español. A mí me hubiera olido a esperpento y es muy posible que todavía no me hubiera repuesto de la impresión. No pida por tanto ahora a los socialistas que abandonen la coherencia política que ustedes sí tuvieron.

Ya sabemos, don Mariano, que tiene grandes dificultades para continuar en la Moncloa y muchas más tendrá para gobernar si por arte de birlibirloque consigue lo primero. Pero es que así lo han querido los españoles y por tanto no es justo que ahora culpe de la situación a los socialistas. Las grandes alianzas que se dan en otros países no sirven aquí, porque el PP y el PSOE persiguen dos modelos de sociedad tan distintos que resulta inimaginable una colaboración política entre ellos. Sonaría a contubernio entre miembros de la casta. ¿Le suena esta expresión, señor Rajoy?

Lamentablemente para ustedes, aunque el PP haya sido el partido más votado, no han ganado las elecciones como les gusta alardear. Es cierto que esa otra derecha que representa Ciudadanos puede echarles una mano y no descarto que otros partidos conservadores, nacionalistas o separatistas, les ayuden también: no sería la primera vez. Pero no mire hacia donde no debe, porque no creo que el PSOE esté dispuesto a sacarle las castañas del fuego. Si lo hiciera, y usted lo sabe perfectamente, es muy posible que fuera la puntilla que acabara de una vez con sus adversarios tradicionales, los únicos que de verdad han frenado y pueden seguir frenando los desmanes sociales que su gobierno y los conservadores que le precedieron han cometido en los últimos años.

El PSOE, como usted repite constantemente en los últimos días -por supuesto con intenciones aviesas-, es un partido constitucional, defensor de la unidad de España y con sentido de Estado, un partido que ha gobernado durante seis legislaturas desde que se recuperaron las libertades y que conoce muy bien la ubicación de nuestro país en el panorama político internacional, unas siglas que garantizan estabilidad y que no asustan ni a nuestros socios ni a la inversión extranjera. Por eso, qué más quisieran ustedes que les sacara de apuros. Pero no, no creo que Pedro Sánchez y la Ejecutiva Federal estén por la labor, como no lo están la mayoría de los militantes y votantes del partido socialista, excepción hecha de pintorescos personajes que o no han entendido bien lo que significa ser socialdemócrata o se han dejado arrastrar por un posibilismo mal entendido.

Señor Rajoy, busque usted aliados entre sus afines y deje a los socialdemócratas que ejerzan de oposición o que, en su caso, gobiernen. Pero no le pida peras al olmo, como aconseja el proverbio.

Atentamente

15 de agosto de 2016

¿Qué parte de la palabra NO no han entendido?

El periodo veraniego se caracteriza, entre otras muchas cosas, por el predominio de la información directa, aquella que recibimos de los que nos rodean a diario, sobre la mediática, la que nos bombardea desde la prensa, la televisión, las tertulias y las “fuentes generalmente bien informadas”, que por cierto suelen ser las más desinformadoras que existen. Yo, al menos, practico mucho más durante estos meses la conversación personal o colectiva que la lectura de medios informativos, una actitud que, aunque no intencionada, me produce buenos beneficios de carácter intelectual.

Digo esto porque este verano de incertidumbres políticas y de desconcierto generalizado sobre lo que pueda suceder en las próximas semanas con la investidura de Mariano Rajoy como presidente de un nuevo gobierno neoliberal, he tenido ocasión de hablar largo y tendido con algún militante socialista y con bastantes votantes del PSOE, y he percibido en todos, me atrevería a decir que sin excepción, la preferencia por el NO frente a la abstención. No es que me haya sorprendido, pero la unanimidad me ha obligado a reflexionar.

El votante de izquierda moderada, el que lleva años combatiendo desde las urnas a las viejas derechas de este país, no puede permanecer impávido ante los desatinos cometidos por el gobierno conservador de Mariano Rajoy durante los último cuatro años, que además de desmantelar los servicios sociales hasta límites insospechados, ha cultivado con desvergüenza y sin pudor alguno la corrupción, no sólo a niveles individuales, también institucionales, dando cobijo en sus filas a auténticos asaltadores de las arcas públicas.

Decía hace unos días en este blog (07.08.16) que en el PSOE las decisiones las toman sus órganos internos colegiados, en este caso el Comité Federal; pero quizá me faltó añadir algo que por obvio no deja de ser importante, que en el fondo de cualquier iniciativa siempre figurará la voluntad de los votantes, aquellos que en realidad permiten que el partido, a pesar de las dificultades que atraviesa en los últimos años, siga adelante y se perciba a diestro y a siniestro como la única alternativa viable al PP.

Si es así, si la cúpula del PSOE tiene en cuenta lo que sus electores esperan del partido, nada tendría de particular que el voto del PSOE en la investidura sea un NO rotundo, como parece que tiene decidido Pedro Sánchez. Darle cancha política al PP mediante la abstención sería traicionar la voluntad del electorado socialista y no creo que los responsables de tomar la decisión estén por la labor. Que Mariano Rajoy trabaje, que se busque aliados en otra parte y que no pida ayuda a sus antagonistas políticos por excelencia.
 
Hay que ver lo que dan de sí las conversaciones veraniegas en torno a una cerveza fresquita y, si acaso, a un tinto de verano.

7 de agosto de 2016

¿Quién manda en el PSOE?

En esto de la toma de decisiones, los partidos políticos españoles ofrecen todo un repertorio de modalidades, un auténtico muestrario de posibilidades entre las que elegir. En el PP, presidencialista y autoritario, las decisiones se toman por una sola persona, en estos momentos Mariano Rajoy, y que no se le ocurra a nadie discutirlas. Si lo hace, es muy posible que esa sea su postrera controversia, la última vez que se permita decir esta boca es mía. En Podemos, por otro lado, una formación que tiene a gala el asambleísmo como sistema de decisión, las directrices las marca el conjunto de sus cofradías, parroquias, diócesis y archidiócesis (pido perdón por el símil eclesiástico), y de forma milagrosa (no encuentro otra manera de explicarlo si no recurro a la intervención divina) ascienden por la estructura arbórea hasta llegar a la cúspide de la organización y convertirse en mandato institucional. O al menos eso dicen los de arriba, los de la curia.

Pero, ¿quién toma las decisiones en el PSOE?, se preguntan ahora los tertulianos, los periodistas, los politólogos y toda esa nube de especímenes informativos que aparece siempre alrededor de cualquier hecho que no se entiende o no se quiere entender. No es presidencialista ni asambleario, repiten a los cuatro vientos. Entonces, ¿quién manda allí?

En el PSOE funcionan sus instituciones internas de acuerdo con los estatutos del partido y, por tanto, el órgano de decisión competente en cada caso dependerá del tipo de decisión que haya que tomar. Vayamos por partes, porque ya sé que a estas alturas algunos de mis amigos lectores estarán pensando que lo que acabo de decir no es más que una ocurrencia de las mías.

Los congresos del Partido Socialista marcan las líneas programáticas. Sólo los congresistas, cuando se reúnen cada cierto tiempo, tienen la facultad de marcar las directrices ideológicas, adaptarlas a las circunstancias del momento y revisarlas o actualizarlas cuando consideren que la marcha de los tiempos ha dejado atrás viejos principios o preceptos.

El Comité Federal, en el que suelen estar inscritos los que algunos llaman -no siempre con buenas intenciones- barones del partido, es el máximo órgano de dirección entre congresos. Por tanto, le corresponde a esta institución velar por las esencias ideológicas y tomar cualquier decisión de tipo estratégico, pero nunca modificar los principios programáticos que emanan de los congresos.

La Comisión Ejecutiva, formada por personas de la máxima confianza del Secretario General, se encarga de tomar las decisiones tácticas que exige el día a día de un partido político, además de asesorar a aquel en todo lo que requiera. Sus resoluciones nunca podrán contradecir o entrar en conflicto con las líneas de carácter estratégico que se hayan marcado en las reuniones del Comité Federal.

Por último, el Secretario General es la máxima autoridad ejecutiva del partido y por tanto sus decisiones definen su ruta operativa. Pero, de acuerdo con lo anterior, sus mandatos nunca podrán ignorar las directrices que  haya marcado el Comité Federal, órgano que a su vez vela por la integridad ideológica que dictan los congresos.

Pedro Sánchez está, desde mi punto de vista, cumpliendo con lo que establecen los estatutos del PSOE. El día a día de las conversaciones a varias bandas que tanto él como los miembros de la Ejecutiva mantienen a diestro y siniestro, la declaraciones de sus adversarios, las circunstancias del momento le obligan a tomar decisiones sobre la marcha, marcar directrices operativas, definir tiempos, seleccionar los mensajes y los silencios, en definitiva manejar el timón de la organización de acuerdo con sus criterios. Pero lo que no puede hacer, porque no es de su exclusiva competencia, es decidir las estrategias generales del partido, entre las que están, cómo no, las que afectan a los apoyos o rechazos a las pretensiones de otros partidos a formar gobierno.

Si se tiene en cuenta todo esto, quizá se entienda mejor lo que está sucediendo estos días. Pedro Sánchez dirige el partido, pero nunca podrá ignorar las líneas que marcan las instituciones del PSOE, a las que, por cierto, pertenece con voz y voto.

3 de agosto de 2016

¿Nos deben interesar las elecciones en USA?

A pesar de que algunas de las cosas que suceden en Estados Unidos de América no me gusten, siempre he sentido un gran interés y cierta admiración por aquel país. No voy a decir que me considere un entusiasta de sus costumbres, de sus comportamientos sociales o de su política en general, pero lo que sí es cierto es que nunca he perdido de vista la actualidad de este país, porque lo que allí suceda tiene siempre una enorme repercusión en el resto del mundo, incluida por supuesto Europa y más concretamente España. Negarlo sería algo así como negar la evidencia.

Estados Unidos es además un país de contrastes, con lo que cualquier juicio de valor que se haga sobre él nunca debería generalizarse, ya que lo que pueda ser cierto en California, quizá no lo sea tanto en la costa este,  y lo que acontezca en Alabama, puede que no sea reconocido como propio por los ciudadanos de Minessota o por los de Ohio; de la misma manera que los latinos diferimos de los escandinavos o los centroeuropeos de los franceses. Las generalizaciones suelen adolecer de falta de rigor intelectual y más que nunca cuando se aplican a lo largo y ancho de un enorme subcontinente.

En las próximas elecciones presidenciales se enfrentarán dos fuertes personalidades, que al menos tienen la virtud de no dejar indiferente a nadie, sea o no ciudadano de aquel país. No sé lo que les sucederá a mis compatriotas, pero yo ya he hecho mi propia elección, aunque no sea más que a título de preferencia comparativa. Prefiero que triunfe Hillary Clinton en vez de hacerlo Donald Trump,  no sólo porque desde siempre haya entendido mejor a los demócratas que a los republicanos, sino además porque en este caso el perfil del segundo me produce un enorme desasosiego, por no decir espanto.

No es que Hillary Clinton me parezca el mejor candidato posible para dirigir los destinos de aquel país y en cierto modo los del mundo; lo que sucede es que la verborrea incontrolada de su rival, en cuyos discursos se unen la xenofobia, el racismo, la misoginia, el machismo, la homofobia, la defensa del club del rifle y tantas otras cosas a mi juicio deleznables, me parece verdaderamente peligrosa en boca de quien aspira a la presidencia de aquel país.

No son nuestras elecciones, no, y por tanto es lógico que no pongamos en ellas el mismo interés que en las propias. Pero no deberían dejarnos indiferentes, porque, nos guste o no, lo que suceda en ellas repercutirá en nuestras vidas, quizá no de una forma directa y evidente, pero sus efectos siempre acabarán haciéndose notar. Por eso, no es lo mismo que gane uno o que gane otra.

Yo ya he cruzado los dedos y tocado madera, y no dejaré de hacerlo hasta el próximo mes de noviembre.

31 de julio de 2016

¿Quién ha dado en Turquía un golpe de estado? ¿Las fuerzas armadas o el gobierno?

Tengo la impresión de que, en contra de lo que las noticias repiten con insistente machaconería, el ejército turco no ha dado un golpe de estado, al menos como institución. Es más, da la impresión de que quien en realidad estuviera involucionando aquel país fuera Erdogan, paradójicamente su presidente constitucional, bajo el pretexto de que la legalidad corre peligro. Si los militares hubieran querido de verdad hacerse con el poder, lo hubieran conseguido con relativa facilidad, porque estamos hablando de uno de los ejércitos mejor organizados y equipados del mundo, salvedad sea hecha de los de las grandes potencias. Lo que en mi opinión ha sucedido es que unos cuantos mandos, mal coordinados y peor informados, han intentado mediante una maniobra precipitada arrastrar a sus compañeros, sin conseguirlo.

La sociedad turca está dividida desde hace muchos años en dos facciones irreconciliables, a las que por simplificar podríamos denominar respectivamente laica y religiosa. La primera, la de los seguidores de las doctrinas de Kemal Ataturk, el padre de la Turquía moderna, aquel que durante su mandato como presidente de la república modernizó el país, acercándolo a occidente, alejándolo de las corrientes islamistas y relegando la religión a las mezquitas. La segunda, formada por mahometanos convencidos, que en los últimos años están intentando, desde la legalidad constitucional, pero a través de complicadas maniobras, acabar con el laicismo y devolver el control de la sociedad a los imanes. Las fuerzas armadas turcas siempre se han considerado defensoras del laicismo, mientras que el actual gobierno del país avanza poco a poco en sus tareas para convertir a Turquía en una república islámica.

Este golpe de estado, fracasado desde el primer momento de manera inexplicable, le ha dado a Erdogan pretextos adicionales para continuar con su carrera hacia la restitución del islamismo como norma de conducta social en Turquía. El mundo occidental mira con inquietud la deriva autoritaria del presidente de la república, sin atreverse a emitir juicios de valor más allá de algunos comentarios aislados. En realidad lo que sucede es que por un lado no puede aprobar bajo ningún pretexto un golpe de estado anticonstitucional, pero por otro le preocupa que el que hasta ahora ha sido un fuerte e incondicional aliado –no olvidemos que Turquía pertenece a la OTAN y pretende entrar en la Unión Europea- se aleje cada vez más de las posiciones europeistas que hasta ahora mantenía.

Tan extraña resulta la situación, que a mí no me sorprendería una repetición de la asonada, pero esta vez sin improvisaciones. Las masivas detenciones de militares y jueces demuestran que el gobierno teme un nuevo golpe de estado y no encuentra otra manera de atajarlo. Pero lo que en realidad está consiguiendo es dividir al país peligrosamente y colocarlo al borde de una confrontación civil. Serán entonces los militares los que tendrán un pretexto para erigirse, una vez más, en los árbitros de la situación. Occidente no lo aplaudirá, porque no puede vitorear un golpe de estado, pero algunos de sus dirigentes dormirán más tranquilos.

Estemos al tanto, porque hay indicios que apuntan en esa dirección.

25 de julio de 2016

Terrorismo yihadista

Suele decirse que el conocimiento de la Historia ayuda a interpretar mejor lo que sucede en nuestros días, no sólo porque los comportamientos humanos suelen ser cíclicos y repetitivos, sino sobre todo porque determinados sucesos históricos marcaron en su momento, de manera determinante, el futuro de entonces, que hoy ya es presente. Si eso fuera cierto, y no una simple conjetura de historiadores ocurrentes, qué duda cabe de que las Cruzadas, aquella larga lucha entre las civilizaciones cristiana y musulmana, constituyeron un hito cuyas consecuencias aún persisten.

Me definía el otro día un buen amigo el terrorismo islamista que padecemos como la tercera guerra mundial. No sé si esta calificación será un poco exagerada, pero lo que sí es cierto es que el mundo occidental, heredero de los reinos cristianos medievales, se siente atacado por el yihadismo de nuestros días, que en cierto modo se considera a sí mismo el continuador de la lucha contra los infieles a la doctrina de Mahoma. Un nuevo ciclo en la lucha entre las dos culturas y una evidencia de que los odios de entonces no han desaparecido al cabo de los siglos.

En cualquier caso, teorías aparte, nos encontramos ante una grave situación, que en mi opinión no ha hecho más que empezar. La guerra asimétrica entre unos terroristas, capaces de inmolarse tras dejar en su loca trayectoria un reguero de sangre, y unas fuerzas de seguridad europeas desconcertadas ante los procedimientos utilizados por el enemigo, sin preparación adecuada para este tipo de lucha y mal coordinadas por unos Estados que no acaban de encontrar el rumbo que necesita ese gran proyecto que se llama Unión Europea, amenaza con debilitar los cimientos de un mundo que hasta hace muy poco se consideraba seguro.

Supongo que la solución a este problema no es fácil de encontrar, entre otras muchas cosas porque emana de una situación de inestabilidad en los países musulmanes, que convierte a esas zonas en el caldo de cultivo ideal para alimentar el fanatismo religioso de centenares de personas, capaces de morir matando. Además, las torpezas cometidas en los últimos años por el mundo occidental en forma de ataques militares, muchas veces sin claros objetivos, o lo que es peor con oscuras intenciones mercantilistas, han sembrado de muerte y miseria aquellos países y han convertido a la zona en un auténtico avispero, en un nido de rencor y de odio, el sustrato idóneo para fomentar el yihadismo.

Pero lo cierto es que nos están atacando y Europa tiene derecho a defenderse. Con inteligencia, por supuesto, porque las bombas no lo solucionan todo, y muchas veces contribuyen a empeorar la situación, pero con decidida intención de acabar con el terrorismo, no sólo en nuestro territorio, sino también en los lugares desde los que se alimenta. Pero sobre todo con sentido de solidaridad, porque si somos europeos debemos serlo en las duras y en las maduras. Éste no es un problema de cada uno de los países de la Unión Europea por separado, sino del conjunto de ellos. Los que a estas alturas todavía piensan que sean otros los que se comprometan en la lucha, y defienden un pacifismo absurdo cuando las cosas han llegado donde han llegado, se equivocan. Una cosa es pedir prudencia, mesura y proporcionalidad, y otra muy distinta mirar para otro lado como si lo que está sucediendo no nos afectara.

El pacifismo a ultranza, como teoría de la convivencia humana, es muy bonito y se vende con facilidad. Pero cuando nuestras vidas y nuestro modelo de convivencia están en peligro, no caben medias tintas. Los políticos europeos están en la obligación de  explicarle a la población la realidad de lo que está sucediendo, ejercer la pedagogía social y combatir la amenaza con inteligencia, pero sin escatimar esfuerzos.

Si no lo hacen así, lo pagaremos todos tarde o temprano

16 de julio de 2016

Toros, toreros, taurinos y antitaurinos

Empezaré confesando que a mí no me gustan los espectáculos taurinos. Que me perdonen los aficionados, porque ni veo arte en ellos, ni encuentro belleza en los lances, ni tan siquiera los considero entretenimientos a los que me merezca la pena dedicar unos minutos de atención. Las corridas de toros me aburren soberanamente, como a otros puedan aburrirles el futbol, las carreras de coches o el circo de domadores de fieras, clownes y trapecistas. Sobre gustos nada hay escrito, dice el sabio dicho popular. Por tanto supongo que hasta aquí todos contentos.

Pero el que no me gusten los toros no me impide dar mi propia opinión sobre la tauromaquia, sin ánimo beligerante, con absoluto respeto a la afición y, cómo no, a los antitaurinos. Lo hago, entre otras cosas, porque mis ideas al respecto nada tienen que ver con la polémica que cada vez con más frecuencia sacude los cimientos de la llamada fiesta nacional. Mi punto de vista en este asunto no coincide ni con el de los que la atacan porque la consideran una forma de crueldad insoportable contra los toros ni con el de los que la defienden como si se tratara de la quintaesencia de la cultura popular española.

Lo que yo opino de las corridas de toros es que se trata de un espectáculo en el que algunos seres humanos se juegan la vida para entretenimiento de otros. Es cierto que aquellos lo hacen porque quieren y además para ganarse la vida, unos con harta soltura, aunque la mayoría con precariedad; pero no lo es menos que si no fuera por el riesgo que corren los toreros, si éstos no expusieran su vida cada vez que se ponen delante de un toro, no existiría la tauromaquia, por mucho que algunos entonen la canción de la alegría de la fiesta, del arte en el ruedo y del dominio de la inteligencia sobre la fuerza bruta. Si el torero no se arrima, es decir, no se expone a una cornada, el respetable le pita; y si el toro no embiste con empeño, lo que significa que no pone en peligro la integridad física del torero, se pide su vuelta a los chiqueros.

Cada vez que he sostenido esta visión en algún foro, casi nadie me ha dado la razón, porque estamos ante una polémica bipolar entre animalistas y taurinos, en la que el toro es el protagonista. Son pocos los que piensan en los toreros como víctimas del espectáculo, porque apenas hay quien le de importancia al hecho de que se juegan la vida para exclusivo entretenimiento de la afición, como sucedía con los gladiadores en la Roma clásica. De manera que, cuando sucede un drama como el que acaba de ocurrir en Teruel, la víctima es vilipendiada por unos como maltratadora de toros y ensalzada por otros como si se tratara de un héroe patrio. Nadie piensa en que el diestro ha sido víctima de un espectáculo que se fundamenta precisamente en la eventualidad de que suceda lo sucedido.

Yo supongo que con el tiempo la fiesta nacional acabará desapareciendo, porque la tendencia apunta maneras. Pero si esto sucediera algún día, no será porque la sociedad haya llegado a la conclusión de que no se debe exponer la vida de unos seres humanos para disfrute de otros, sino como consecuencia de que habrá triunfado el criterio de los que defienden al toro.

En cualquier caso, fuere cual fuere la causa de la abolición del espectáculo taurino, me alegraré de su final.

10 de julio de 2016

Cortados y tostadas con manteca colorada. Así está nuestra hostelería

Creo que fue Arias Cañete, el ínclito ex ministro de varios gobiernos del PP, quien soltó lo de “aquellos camareros que teníamos, que te ponían un cortado, un no sé qué, mi tostada con crema, la mía con manteca colorada”. Teniendo en cuenta que su queja en aquel momento iba dirigida contra los cientos de hispanoamericanos que por entonces trabajaban en la hostelería de nuestro país, yo no voy a sumarme a su xenófoba lamentación. Simplemente la he escogido para encabezar mi propia reflexión sobre la falta de profesionalidad que exhiben algunos de los trabajadores del gremio, en este caso españoles, a lo largo y ancho de nuestras costas.

Ayer cené con mis hijos en un conocido restaurante de Chiclana de la Frontera, situado en el corazón de Novo Sancti Petri y propiedad de un renombrado empresario local del ramo. Por razones que se entenderán a continuación con facilidad, no voy a dar el nombre ni del establecimiento ni de su dueño, aunque los que conocen aquellos pagos no tardarán en localizarlo. Si es así, les recomiendo que si acuden a él pongan mucho cuidado, no vaya a sucederles lo que nos pasó a nosotros.

Durante casi dos horas, entre las diez y las doce aproximadamente, tuvimos que soportar la falta de organización de los camareros, que aparecían de tres en tres o desaparecían por completo sin retirar los platos sucios. Cuando le reclamabas atención a alguno que pasará por allí, te contestaba que eso se lo pidiéramos a su compañero, al que, como ya he dicho, no era fácil de localizar entre los que por allí vagaban como almas en pena. Desorden, desatención y malos modos, por resumir en pocas palabras. Por tanto, no sólo falta de profesionalidad en los camareros, además una incompetente gestión de los recursos disponibles.

Cuando ya habíamos terminado con los que podrían considerarse platos principales, le tocaba el turno a los postres. Nadie aparecía, por mucho que protestáramos a los que pasaban por nuestro lado. Hasta que, hartos de tanta desconsideración, decidimos reclamar la presencia del encargado, si es que alguno de aquellos camareros ostentaba esa nada despreciable dignidad laboral. Por fin, uno de los muchos que habían mal atendido nuestra mesa a lo largo de la cena, se acercó de mala gana, para justificar el mal servicio con la frase “es que estamos desbordados”. La mitad de las mesas del restaurante permanecían vacías, por lo que me hice cruces pensando en qué podría haber sucedido si hubiera habido un lleno total.

Como ni sus palabras ni sus modales me parecieron adecuados, le pedí que en vez de postre nos trajera la “Hoja de reclamaciones”. Algo sorprendido por mi petición, dudó al principio. Después se retiró con cara de ofendido; y más tarde, quizá a los diez minutos de haber desaparecido, trajo una especie de bloc con los impresos que le había solicitado. Lo rellené y, cuando me disponía a separar las hojas correspondientes al reclamante, a la entidad y a la administración, me di cuenta de que me había colocado una cartulina debajo de la primera copia, de tal forma que las otras dos no se habían calcado. Picaresca donde las haya.

Pero lo peor estaba por venir, porque cuando le reproché su actitud, montó en cólera, gritando que nos marcháramos inmediatamente de allí, al mismo tiempo que empezaba a dar puñetazos sobre la mesa, fuera de sí, como un auténtico basilisco. Cuando alguno de la mesa se puso de píe para hacer frente a la agresión física que parecía avecinarse, el energúmeno se achantó, bajó la cabeza y se retiró a paso más que ligero.

Lo que viene a continuación carece de importancia. Alguien, que según me dijeron estaba emparentado con el dueño del local, y que hasta entonces no había dado señales de vida, aunque evidentemente fuera consciente de los desmanes de su empleado, se acercó a mí, no para pedir disculpas en nombre del restaurante, sino para quitar la cartulina que había puesto el otro y explicarme cómo había que rellenar el impreso. Y ahí acabó el desagradable espectáculo.

Lo malo es que, como desconfío de la eficacia de este tipo de reclamaciones, dudo entre presentar o no el impreso en el organismo correspondiente, aunque un elemental sentido de dignidad personal me empuje a ello. Cuando lo haga, suceda lo que suceda lo contaré en este blog.

Por cierto, la calidad de la comida fue excelente. Lo cortés no quita lo valiente.

9 de julio de 2016

Móviles, tabletas y otros instrumentos del demonio. Ni los chiringuitos se salvan

Que nadie piense que con este título me propongo encabezar una diatriba contra los instrumentos de comunicación que el avance tecnológico ha puesto y sigue poniendo en manos de los ciudadanos de nuestro tiempo. No lo voy a hacer por una sencilla razón, porque yo también soy uno de los atrapados por la hidra de cien cabezas y no quiero atormentarme con insanas lamentaciones. Además: ¿de qué iba a servirme la queja? Hace tiempo que decidí que no merecía la pena intentar salvar el mundo y desde entonces me conformo con procurar mantener mi entorno lo más limpio posible.

Observar a tu alrededor a los usuarios de los dichosos aparatos produce en ocasiones cierto desasosiego. Esta mañana, mientras tomaba una cerveza sobre la tarima de un chiringuito en la playa, una familia formada por el matrimonio, dos niñas entre los catorce y los dieciséis y dos niños entre los seis y quizá los nueve años de edad ocuparon de repente una mesa muy próxima a la mía. Los miré con cierto recelo al principio, temiéndome que fueran a estropear con sus conversaciones la tranquilidad y el silencio que me acompañaban, pero en seguida comprendí que se trataba de una tribu silenciosa, que no osaba pronunciar una palabra más alta que otra. Recobré la calma y continué disfrutando del momento.

Pero tan grande era el sosiego, tan plácido el ambiente entre los recién llegados, que no tuve por menos que interesarme por su actitud. Todos, desde el cabeza de familia, que rondaría los cuarenta y tantos, hasta el benjamín, un niño como ya he dicho de unos seis años de edad, manipulaban sus móviles, sin intercambiar palabra entre ellos, con las miradas clavadas en las pantallas y sin prestar la más mínima atención a las bebidas que les habían servido unos minutos antes. Parecían hipnotizados, como trasladados a un mundo distinto del nuestro.

Ya sé que esta escena nada tiene de particular, porque es algo que cualquier ciudadano de nuestro tiempo puede contemplar a cualquier hora y en cualquier lugar, siempre claro que su propio smart phone le permita un respiro para mirar alrededor. Sin embargo, si traigo este asunto hoy aquí no es para contar una realidad palpable, sino para reflexionar sobre un fenómeno que no ha hecho más que empezar, porque lo que ahora vemos sólo es el principio de una revolución cultural que está llamada a cambiar completamente las relaciones personales del ser humano. Pero, aunque parezca una paradoja, no para hacerlo más comunicativo o más sociable, sino para aislarlo poco a poco de sus congéneres, para encapsularlo en un mundo aislado de los demás, en el que sus interlocutores sólo serán seres virtuales, agazapados al otro lado de las intrincadas líneas de comunicación. En definitiva, para convertirlo en un nodo más de una inmensa y despersonalizada red de intercambio de información, en una pieza cualquiera del gran robot en el que se está convirtiendo la humanidad.

Lo que acabo de decir ni es ciencia ficción ni mucho menos filosofía. Es tan sólo la reflexión que me hago cada vez que alguien a mí alrededor se enfrasca en el contenido de su “dispositivo”, como si en lo que contempla le fuera la vida, como si más allá de su pantalla nada existiera. Es mi visión de un futuro más o menos inmediato que se ve venir a pasos agigantados, arrastrado por los avances tecnológicos. Es mi opinión sobre un cambio de inflexión en la evolución de la humanidad que nadie es capaz de predecir dónde nos va a llevar.

Pero es el futuro que nos espera, nos guste o no nos guste. A mí lo único que me cabe ante este fenómeno es procurar no convertirme en una pieza más del gran robot, aunque otra cosa será que lo consiga.

7 de julio de 2016

Negociar no es rendirse, sino todo lo contrario

Ignoro que posición adoptará la Ejecutiva Federal del PSOE en su reunión del próximo sábado respecto a la investidura de Mariano Rajoy como presidente del gobierno. Los gritos de ni por acción ni por omisión (prefiero esta expresión a la de ni por activa ni por pasiva) no deberían llevarnos a engaño, porque  no son más que proclamas en periodo de negociación, cuando no es recomendable dejar ni un milímetro del cuerpo al descubierto, no vaya a ser que el contrincante en algún descuido te pinche con el florete. En cualquier caso, decidan lo que decidan los del aparato socialista, yo voy a dar mi propia opinión sobre lo que deberían hacer, aun a riesgo de no coincidir con sus resoluciones internas. En peores jardines me he metido y aquí estoy.

Es cierto que el ejecutivo neoliberal que nos ha gobernado durante los cuatro últimos años ha dejado la casa patas arriba y sin barrer. Pero no lo es menos que acaba de recibir un respetable respaldo, tanto en votos como en escaños. Por si fuera poco, el PP ha avanzado con respecto a las elecciones del pasado 20D y, junto con la otra derecha, la que representa Ciudadanos, supera a la suma de los electores del PSOE y de Podemos y sus adláteres. Por tanto, desde un punto de vista estrictamente democrático, no se le puede negar al señor Rajoy el derecho a gobernar. Que hayamos llegado a esta situación es algo que ahora no toca discutir. Ya he señalado culpables en varias ocasiones.

Llegados a este punto, y teniendo en cuenta que el candidato no dispondría en principio de apoyos suficientes para ser investido ni después para gobernar con comodidad, lo que a mi juicio procede es negociar, expresión que no significa ni rendirse ni mucho menos firmar cartas en blanco. Tampoco, y esto a veces se pierde de vista, gobernar con ellos. Abocados como parece que estamos a una nueva legislatura conservadora, cuyos manejos nada proclives a las políticas sociales conocemos muy bien, lo que debería hacer el PSOE, porque es el único que puede hacerlo, es atar en corto al PP, lo que en román paladín significa obtener garantías de que se restituyen determinadas políticas sociales, cercenadas o suprimidas en la legislatura anterior, y el compromiso de que se llevarán adelante otras nuevas que ni por asomo están en el programa del Partido Popular. Es evidente que al tratarse de una negociación, no todo lo que solicitara el PSOE se le concedería, pero siempre será mejor algo que nada.

Que a nadie le quepa la menor duda de que los socialistas disponen de suficientes resortes democráticos para amortiguar en cierta medida las políticas neoliberales a las que nos tiene acostumbrados los gobiernos del PP. Eso siempre ha sido asi y espero que lo siga siendo en el futuro. Si lo consiguiera, y además fuera capaz de transmitir a la sociedad su aportación en forma de contrapeso de la derecha rampante, este apoyo a la investidura sería bien aceptado por la mayoría de los ciudadanos, no por todos, porque ya se sabe que los de Podemos aprovecharían la ocasión para poner el grito en el cielo y acusar a los socialdemócratas de lo habido y por haber. Pero con eso hay que contar, porque esta nueva izquierda desorientada, que no sale de su asombro por el resultado obtenido en las urnas, no cejará en su estéril y antisocial política de acoso y derribo al PSOE, mientras le queden fuerzas para ello.

Después, si el señor Rajoy incumpliera sus acuerdos de investidura con el partido socialista, ya se vería qué hacer. No olvidemos que, de acuerdo con la Constitución, un voto de censura puede acabar con cualquier gobierno en minoría, situación en la que estaría el PP si gobernara gracias a los acuerdos con el PSOE.

Pactar no es rendirse, sino todo lo contrario. Significa seguir luchando desde la oposición en defensa de tus principios, con las armas democráticas que te han dado los electores.

2 de julio de 2016

Referendo de independencia o cambio de la Constitución

Decía el otro día, a propósito del Brexit, que a mí no acaban de gustarme los referendos vinculantes cuando se utilizan para dilucidar determinadas controversias.  No se trata de que considere que no son procedimientos democráticos, sino que, dependiendo de cuáles sean las discrepancias a dirimir, existen en mi opinión otros métodos más adecuados. En política no siempre la respuesta es blanco o negro, sino que en muchas ocasiones -la mayoría- existe toda una gama de tonalidades grises.

Si no me falla la memoria, a lo largo de mi vida he participado  en tres referendos. El primero fue para aprobar la llamada Ley para la Reforma Política, mediante la cual España pasaría de manera ordenada de la dictadura franquista a la democracia parlamentaria. Adolfo Suárez proponía un SÍ o un No, que podrían traducirse en quiere usted vivir en libertad o prefiere seguir bajo un régimen dictatorial. No cabían interpretaciones intermedias. Como todo el mundo sabe triunfó el SÍ.

El segundo –consecuencia del anterior- se convocó  para dar el Sí o el No a la constitución que había redactado un grupo de políticos que representaba el amplio espectro político español de aquel momento. Ganó el Sí y no hubo más que hablar, sobre todo si se tiene en cuenta que la ley fundamental incluye herramientas para su posterior modificación cuando se considere necesario. Si hubiera triunfado el NO, hubiera sido preciso redactar un nuevo texto constitucional y repetir el referendo, pero en ningún caso nos hubiéramos quedado sin carta magna.

El tercero, y muy controvertido, fue el de la OTAN, convocado por Felipe González para comprobar si los ciudadanos apoyaban su cambio de criterio respecto a la entrada de España en la organización atlántica. El resultado apoyó su tesis y desde entonces pertenecemos a ella. Ahora bien, si en un momento determinado la sociedad, a través de sus instituciones democráticas,  considerara  de forma mayoritaria que a nuestro país le conviene salir de la alianza, no habría nada que lo impidiera. Se trataba en aquel momento de conseguir un respaldo moral, más que de tomar una decisión irreversible.

Pero el Brexit ha sido otra cosa.  Entre salir o no de la Unión Europea hubiera cabido un sinfín de posibilidades intermedias, que si se hubieran discutido democráticamente en la Cámara de los Comunes, es muy probable que alguna hubiera logrado el consenso necesario para ser aprobada y posteriormente sometida a la consideración de los socios europeos. Sin embargo, el NO rotundo del referendo ha dejado al cincuenta por ciento de la población sin capacidad de reacción, eso sin tener en cuenta otras consideraciones, que no entran en el propósito de mi reflexión de hoy.

Supongo que a estas alturas, a ninguno de mis amigos se les escapa que con estos circunloquios quería llegar al eufemísticamente denominado “derecho a decidir de los pueblos de España”.  Los que defienden los referendos como herramientas democráticas imprescindibles para la toma de estas decisiones, olvidan que además del SÍ o el NO existen otras alternativas, otros tipos de relaciones entre las partes, alguna de las cuales posiblemente dejara suficientemente satisfechos tanto a los del SÍ como a los del NO a la permanencia en España. Las excepciones, ya se sabe.

Alguien se ha puesto a pensar en qué situación quedaría en Cataluña ese cincuenta por ciento de ciudadanos que quiere seguir siendo español si triunfara el voto del otro cincuenta que quiere irse. O, por el contrario, qué pasaría con el cincuenta por ciento independentista si triunfaran los españolistas. Tanto en un caso como en otro, una auténtica debacle social, un permanente foco de inestabilidad, una situación de conflicto insoportable. Pero es que, además, se habría dado un paso irreversible.

Pues bien, a eso de discutir alternativas que satisfaga a todos, no sólo a los catalanes, también al resto de los españoles, es a lo que algunos se refieren como reforma de la Constitución para resolver el problema de la vertebración del Estado. ¿Tan difícil es entenderlo?