25 de abril de 2017

Poned las barbas a remojar: ha llegado Macron

Siempre he pensado que las comparaciones, además de odiosas, son inútiles. Sin embargo, algunos de los datos que los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas aportan me sugieren algún parangón con la situación actual española, de manera que no soy capaz de resistirme a la tentación de escribir sobre ello. Sí advierto de antemano de que soy consciente de que los escenarios galo y español son muy distintos, aunque no tanto como al principio pudiera parecer. Nosotros como ellos contamos con unos partidos tradicionales en crisis, que pugnan por salir del agujero en el que los ha metido el descrédito, las luchas internas y la corrupción; los dos países disponen de partidos de nuevo cuño, que luchan por ganarse un lugar en la contienda política; y, cómo no, ni Francia ni España carecen de populistas, aunque sean de signo contrario. Más semejanza imposible.

La derecha tradicional, el partido de Fillon, se ha hundido como pronosticaban las encuestas. La corrupción del líder ha debido de tener mucho que ver con su catastrófico resultado, aunque es posible que el desgaste político, después de tantos años de ordenada alternancia con el partido socialista, haya pasado factura a los conservadores franceses. No tengo claro hacía dónde habrán dirigido el voto sus incondicionales de siempre, aunque supongo que de todo habrá, desde los que se hayan decantado hacia la extrema derecha de Le Pen, hasta los que prefieran el abrigo del centrista Macron.

La espectacular derrota del partido socialista se veía venir desde las primarias del PS, cuando el indómito Hamon derrotó al pragmático Valls. Al electorado de la izquierda moderada francesa no han debido de gustarle las proclamas radicales del primero y han vuelto su mirada a Macron, al fin y al cabo un ex ministro de Holland, con su mensaje reformista, moderado y sostenible, su inequívoca apuesta por la economía de mercado y su europeísmo decidido y sin tachas nacionalistas. En definitiva, un perfil muy del gusto de los progresistas de las amplias clases medias francesas. Y todo esto sin olvidar que Valls, el líder socialista derrotado en las primarias de su partido, lo apoyó decididamente. No creo que nadie tenga dudas a estas alturas de que la mayoría de los votantes de Macron proceden de las filas de los tradicionales electores del PS, no sé si de su militancia.

Ahora vienen la segunda vuelta, y tanto la derecha como la izquierda tradicionales se han apresurado a recomendar a los suyos que en éstas voten al líder emergente. Es cierto que en parte esta recomendación procede de la necesidad de hacer frente a la amenaza populista de extrema derecha que representa Marine Le Pen, pero no lo es menos que la posición centrada de Emmanuel Macron no suscita demasiados rechazos, como sin embargo suele ocurrir con los extremismos radicales.

Mientras tanto, no se sabe -cuando escribo estas líneas- que recomendación hará Jean-Luc Mèlenchon a los suyos, a los votantes del partido Francia Insumisa, la formación a la que apoyó Pablo Iglesias con su presencia puño en alto en algún mitin de la campaña electoral de nuestros vecinos. Aunque no creo que sus siete millones de votantes de izquierda radical vayan a dar apoyo a la extrema derecha de Le Pen, por mucho que, como algunos dicen, los extremos se toquen.

¿No se parecen las dos situaciones mucho? En nuestro país, más de uno, si no todos, deberían poner sus barbas a remojar, aunque se afeiten todos los días.

19 de abril de 2017

Culto a la personalidad. Las primarias del PSOE

Ya he confesado en alguna ocasión que los periodos de vacaciones, cuando uno cambia de domicilio para pasar unos días fuera de su entorno habitual, son ricos en contactos con personas distintas de las del día a día y, por tanto, también una magnífica ocasión para recibir opiniones completamente diferentes a las acostumbradas.

En uno de estos encuentros, me decía el otro día un militante socialista, proclive a la candidatura de Pedro Sánchez a la Secretaría General del PSOE, que si no ganaba éste las primarias dejaría de votar a su partido. Me quedé pensativo ante una manifestación tan categórica, que mi interlocutor basaba en la necesidad absoluta de establecer un cambio de rumbo, ya que, en su opinión, el aparato ha llevado a la formación socialista a desviarse de los principios de izquierda renovadora que hasta ahora la caracterizaban.

A la vista de esta opinión, se me ocurre pensar que aunque la militancia sea conveniente e incluso necesaria para sustentar un partido político, los militantes nunca deberían olvidar a los que verdaderamente consiguen que se ganen o se pierdan las elecciones, es decir a los electores. Se podrán dar de baja aquellos que quieran, pero numéricamente su abandono poco representaría comparado con el efecto devastador que causaría un candidato con unas ideas no aceptadas por la gran masa de votantes socialistas. Ahí es donde está el quid de la cuestión y no en las preferencias internas.

La misma persona me aseguraba en otro momento de nuestra conversación que la elección de Pedro Sánchez representaría el regreso o la permanencia de muchos jóvenes en las filas socialistas, porque es un candidato que representa a la juventud, mientras que a Susana Díaz sólo la apoyan las viejas guardias del partido. Discrepo de esta opinión, que me parece poco rigurosa, porque son muchos los jóvenes de mentalidad progresista que rechazan un excesivo giro hacia la izquierda radical y antisistema, que en estos tiempos identifican con Podemos; y Pedro Sánchez con algunas de sus declaraciones ha dado motivos para despertar dudas al respecto. No creo en absoluto que las preferencias hacia uno u otro candidato tengan que ver con la edad. Insisto en que desde mi punto de vista ese planteamiento resulta demasiado simple.

Por mi parte estoy más pendiente de lo que se proponga en el próximo congreso, es decir del programa político que surja del debate congresual, que de las primarias propiamente dichas. Tengo la sensación de que hay mucho ruido, el correspondiente a un periodo electoral, pero que las aguas no amenazan con desbordarse, porque doy por hecho que el sentido de la supervivencia política se impondrá. Para ser más preciso, estoy a la espera de que se clarifique la posición que mantendrá el PSOE con respecto a Podemos, puesto que las diferencias con el PP las tengo claras. Y esa clarificación afecta a dos aspectos a cuál más importante, en primer lugar marcar las diferencias con la radicalidad populista de la llamada por algunos nueva izquierda, y en segundo definir las condiciones que se exigirían ante una hipotética alianza poselectoral con ésta. Ni me gustan las proclamas rupturistas de los "podemitas" ni me fio de ellos como aliados políticos. No pierden la ocasión de insultar, denigrar o calumniar al PSOE, como si el partido socialista fuera su verdadero enemigo. Aunque se trate de una formación de factura muy reciente, ya cosechan suficiente historia como para que se pueda predecir su comportamiento futuro.

Después dependiendo del programa votaré o no al PSOE, con independencia del candidato que resulte elegido en las próximas primarias. Al fin y al cabo me interesan las ideas mucho más que las personas.

7 de abril de 2017

A ver si me aclaro

La situación por la que está pasando el PSOE me desconcierta tanto, que referirme a ella me obliga a hacer un gran esfuerzo mental. Mejor dicho, me da tanta pereza enzarzarme conmigo mismo en una discusión que me ayude a aclarar las ideas, que voy a ver si escribiendo, diseccionando en la medida de lo posible las circunstancias que concurren, consigo disipar la niebla que dificulta distinguir con claridad lo que sucede.

Las broncas internas que el partido socialista está sufriendo, con la vista puesta en el próximo congreso, las entiendo perfectamente, porque unas primarias son al fin y al cabo elecciones en las que se elige a una persona que debería representar una visión política diferente de las que defienden los restantes aspirantes. Si los candidatos valoran sus propuestas como las mejores, es inevitable que señalen los defectos que observan en las de los rivales y las critiquen. No digo que deban recurrir al insulto ni a la descalificación personal, pero sí a poner en evidencia los fallos que perciban en los otros. Y eso, se ponga uno como se ponga, significa controversia y lucha dialéctica.

Por eso, la expresión "todos somos socialistas", que oigo repetir a los candidatos de vez en vez, no me vale, porque la pregunta que surge a continuación es qué clase de socialista eres. No sólo no me vale, sino que la considero una simpleza ramplona, casi un insulto a la inteligencia de los que reciben el mensaje. Decir que se es socialista, y dejarlo ahí en el enunciado sin explicar el contenido, es lo que suelen hacer los que no saben lo que quieren. Prefiero pensar que los aspirantes a la secretaría general del PSOE conocen lo que defienden.

Pero no tengo claro qué representa cada uno de los tres, más allá del estereotipo que los medios de comunicación les asignan. Según estas visiones, tan generales y difusas que poco significan, Susana Díaz representaría la moderación y la continuidad institucional -eso que llaman el aparato-, Pedro Sánchez la renovación y una vuelta de tuerca hacia posiciones más extremas -y según los suyos el apoyo de la militancia-, y Patxi López un intento de acercamiento de los dos extremos del espectro.

Para complicar aún más las cosas, están los talantes personales, muy distintos los unos de los otros, desde el acalorado Pedro, pasando por la vehemente Susana, hasta el frío, casi impávido, Patxi. Tres maneras de ser, tres estilos de expresión que a mí personalmente no acaban de gustarme del todo, aunque cosas mucho peores vea a diario cuando miro a otros partidos. Lamento decirlo por lo que pueda tener de nostalgia, pero echo de menos la oratoria política de Felipe González, la precisión lingüística de Alfredo Pérez Rubalcaba o el tono conciliador de José Luis Rodríguez Zapatero. Sé que son piezas del pasado y reconozco que hacen falta caras nuevas. Pero no puedo evitar acordarme de ellos en determinados momentos, aunque reconozca que son sujetos políticos quemados por el ejercicio de la cosa pública.

Si me quedara aquí, en la consideración de que los candidatos no responden a los estándares ideales para mí, estaría reconociendo que el PSOE ha dejado de parecerme una opción recomendable. Pero las cosas son bastante más complejas que el simple juicio de las personas. Es preciso entrar en el análisis comparativo entre los partidos, en la contemplación completa de las ofertas políticas disponibles. Y ahí es donde se me acaban las dudas, porque no estoy dispuesto a dar mi voto a la derecha rancia y ultraconservadora que representa el PP y sus amigos de Ciudadanos, ni tampoco a esa “nueva izquierda” encabezada por Podemos, que con tanto mal estilo, odio obsesivo a lo establecido y batiburrillo de grupúsculos diversos, incluso divergentes, me produce una desconfianza desmedida.

Me queda, por tanto, confiar en que el PSOE clarifique las ideas y las exponga en el próximo congreso. Si lo hace así, volveré a otorgar a su candidato mi confianza.

29 de marzo de 2017

Europa de mis amores y desamores

Desde muy joven, cuando no era más que un adolescente que quería saberlo todo, me han interesado los asuntos que versaran sobre el arduo proyecto de unión de los estados europeos que se puso en marcha tras la Segunda Guerra Mundial. Estábamos entonces en plena dictadura, y contemplaba el devenir de Europa como algo ajeno, porque sabía muy bien que sin libertades ciudadanas nuestra entrada en la entonces Comunidad Económica Europea nos estaba vedada. Creo que mi conversión a la democracia, o mejor dicho mi descubrimiento de la envidiable libertad que se gozaba en otros países vecinos, viene de aquella época, cuando leía a diario en el ABC, al que mi padre estaba subscrito, las noticias que llegaban sobre los avances de los países fundadores del Mercado Común hacia la integración total. Eran tiempos de censura y no todo se decía, pero sí lo suficiente como para poder leer entre líneas.

El 26 de junio de 1985, cuando España firmó por fin el tratado de adhesión a la Comunidad, me llevé una de las mayores alegrías de mi vida. Tuve entonces la sensación de que nuestro país dejaba atrás décadas de aislamiento y autarquía, y se incorporaba a la modernidad y al progreso, al club de las naciones de mayor solera histórica, a un espacio de bienestar social y económico sin parangón. Me sentí en aquel momento ciudadano de un estado supranacional, sólido y seguro, subdito de uno de los espacios geopolíticos más prósperos del planeta.

Mucho ha llovido desde entonces y muchas también han sido las vicisitudes por las que ha pasado el gigantesco proyecto de unión europea, algunas esperanzadoras y otras frustrantes. Pero como me gusta ejercer de optimista –el pesimismo no es útil en absoluto- prefiero pensar en que, a pesar de los nacionalismos de vía estrecha, de los populismos de uno y otro signo y de los ataques externos que intentan sembrar de minas el recorrido, los avances hacia la plena unidad continúan imparables.

El Brexit ha supuesto uno de los muchos obstáculos con los que ha tropezado el proyecto europeo, puede que el mayor por lo que tiene de mal ejemplo. Pero en contra de lo que algunos opinan, quizá haya sido providencial que el Reino Unido abandonara la Unión Europea. Desde mi punto de vista, la presencia británica se estaba convirtiendo en un lastre, porque sus exigencias frenaban constantemente los avances hacia la integración. Ahora que se han marchado será posible continuar hacia adelante sin tantas dificultades como existían. Hubiera sido preferible que continuaran, qué duda cabe, pero no a base de poner constantemente zancadillas, de intentar construir una Europa a la medida de las exigencias de Londres.

El revulsivo ha sido tan grande, que ahora empiezan a oírse voces que exigen acelerar el ritmo, superar prejuicios nacionalistas y avanzar hacia una auténtica federación de estados, con la vista puesta en lo que ya algunos empiezan a denominar Estados Unidos de Europa, una nueva nacionalidad que nos ampare a todos por igual, no sólo en los aspectos económicos, también y sobre todo en los sociales.

Decía que soy optimista, pero no ingenuo. Las dificultades siguen siendo muchas, entre otras el apego a lo propio en perjuicio de lo foráneo, la desigualdad entre los niveles de vida de unos países y de otros y la variedad de culturas y de mentalidades. El trayecto a recorrer será largo y pasarán todavía decenios antes de que se vea el resultado de un proyecto que cuenta ya con sesenta años de recorrido, un plan además de metas volantes, porque cada logro supone una victoria. No hace falta haber llegado al final para poder disfrutar mientras tanto de los triunfos parciales, que son cuantiosos.

24 de marzo de 2017

El difícil y necesario equilibrio

Mis ideas políticas hace tiempo que se mueven dentro del espectro ideológico que se domina socialdemocracia, como ya he confesado en estas páginas en más de una ocasión. La palabra, de tan manida, a veces pierde concreción y su significado se difumina, aunque en realidad sus premisas sean pocas y concluyentes: respeto a la economía de mercado, intervención del Estado para evitar los abusos del sistema financiero cuando sea necesario, defensa de un modelo fiscal progresivo destinado a corregir la desigualdad de oportunidades entre las distintas capas sociales y agenda social enfocada a proteger con decisión a los más necesitados.  

Digo que son pocas y concluyentes, pero no afirmo que sean fáciles de poner en práctica. Cuando se navega por las aguas de la libertad de mercado y al mismo tiempo por las de la defensa de la justicia social, se corre el riesgo de confundir el rumbo, o bien porque prive más lo primero que lo segundo o por el contrario porque se escore hacia posiciones intervencionistas que ahoguen la economía productiva.  Dicho de otra manera, si no se mantiene el equilibrio que le es propio a la socialdemocracia, existe el peligro de caer en las garras de la derecha neoliberal, ávida de ganar aliados, o de bailar el agua a la izquierda utópica y demagógica, dispuesta a vender su alma al diablo con tal de acabar con el status quo.

Se dice con harta frecuencia que la socialdemocracia europea está en crisis. Pero nadie explica por qué, más allá de ciertas acusaciones de desgaste político después de tantos años de gobierno. Sin embargo, la causa de esta inestabilidad política, desde mi punto de vista, radica en la pérdida del equilibrio ideológico que sufren con frecuencia los partidos que la defienden, o porque deriven hacia posiciones que los votantes identifican con la derecha pura y dura, o como consecuencia del rechazo que produce en el electorado de centroizquierda los compadreos con la izquierda radical.

La socialdemocracia supone equilibrio, moderación y posibilismo, entendiendo con esta última palabra la tendencia a procurar con decisión sortear las dificultades que ofrece la realidad en la que ha de desenvolverse la actividad política, siempre con la vista puesta en conseguir una sociedad más justa. No forma parte del ideario socialdemócrata asaltar los cielos ni destruir lo existente para construir sobre sus cenizas. La cordura, la sensatez y la mesura, cuando el objetivo está claro, suelen ser muy buenas consejeras. Las precipitaciones, los atajos y el alboroto sólo consiguen retrasar la marcha de los avances sociales, como tantas veces ha demostrado la historia política de nuestro país y del mundo entero. No por mucho madrugar amanece más temprano.

El único partido que ha representado en España a la socialdemocracia, y puede seguir representándola en el futuro, es el PSOE, aunque algunos, que nunca han tenido nada que ver con esta ideología, pretendan apropiarse del nombre, por eso de a ver si cuela. Como consecuencia de lo primero, observo con verdadero interés los movimientos de los candidatos a la Secretaría General del partido socialista, sin que hasta ahora me haya inclinado por uno o por otro o por otra. Yo no voy a participar en estas primarias, porque no milito, pero como posible votante de la opción tengo que comprobar hasta qué punto sus mensajes responden a los cánones que apunto más arriba.

Sólo si el PSOE defiende sin tapujos los principios socialdemócratas contará con mi voto. No me valen ni compadreos con la derecha de Rajoy, que representa al liberalismo económico más rabioso, ni carantoñas con el anticapitalismo de Pablo Iglesias, obsesionado hasta la paranoia con el fantasma del IBEX 35.

La socialdemocracia existe y debe ocupar una vez más el lugar que le corresponde en nuestra sociedad.

15 de marzo de 2017

Laicidad, religiosidad y otros conflictos de moda

La propuesta de Podemos para que se supriman las misas que transmiten los canales públicos de televisión no ha dejado indiferente a casi nadie. Por un lado se oyen voces de indignación religiosa, de signo integrista, y por otro se aplaude la idea como si se tratara de una medida revolucionaria de gran alcance. Las tertulias radiofónicas o televisivas no hacen otra cosa que hablar de este asunto, incluso he oído a un presentador exigir en directo a sus colaboradores habituales que se definieran sin tapujos sobre esta iniciativa. Las respuestas han sido de todo tipo, desde los que se oponían a la medida a pesar de ser ateos, pasando por los que entonaban  la libertad religiosa como un derecho inalienable, hasta llegar a los que no saben/no contestan. De todo como en botica.

La Constitución Española de 1978, en su artículo 16 dice textualmente: Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y con las demás confesiones. Un texto que a mi juicio no deja dudas sobre su verdadero significado, que no es otro que separar la religión de la vida pública. Otra cosa es que algunos, al amparo de ese “tener en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española” y de la cita expresa a la Iglesia Católica, se aprovechen para tergiversar la intención del constituyente, o para defender sus creencias o para salvaguardar los interese de su organización, que de todo hay.

La verdad es que en esto de la laicidad del Estado hemos avanzado muy poco. Los poderes religiosos se resisten numantinamente a perder sus privilegios y una parte minoritaria de la sociedad les sirve de amplificador con sus proclamas religiosas. Y no me refiero a los católicos en general, muchos de los cuales acaban de enterarse de que se televisaba la misa en directo, sino a una minúscula facción, muy activa, eso sí, que profesa su religión como si se tratara de una cruzada de nuestro tiempo, de una lucha contra el infiel.

Desde mi punto de vista, hace tiempo que situaciones como la que ahora sirve de controversia deberían haber desaparecido de la escena pública, para quedar circunscritas al entorno de la privacidad, que es en el que se debe practicar la religión, con total libertad, por supuesto. La misa televisada por la cadena pública no es más que uno de los muchísimos ejemplos de invasión religiosa del espacio público, de incumplimiento de la Constitución que sufrimos los españoles. Desde los actos castrenses, en los que seas católico o no lo seas tienes que aceptar la liturgia religiosa en las paradas militares, hasta las procesiones que invaden las vías públicas, las ofrendas florales a docenas de vírgenes o los rosarios de la aurora. Pocos actos oficiales se salvan en España de la presencia, mayor o menor, del estamento religioso.

Siento un enorme respeto por los creyentes, pero no por las perseverantes maniobras de algunos por mantener la supremacía social de las instituciones religiosas, que demuestra que lo que les preocupa no es ser fieles a sus creencias, sino mantener los privilegios materiales que siempre, desde tiempos inmemoriales han disfrutado. Ese y no otro ha sido el detonante de tanta absurda confrontación religiosa, de tanto anticlericalismo ultramontano, de tanta falta de cordura.


10 de marzo de 2017

¿Qué es la inteligencia?

Empezaré advirtiendo, para que nadie se lleve a engaño, que soy absolutamente lego en la materia que titula este artículo. Lo que no significa que no tenga interés en aproximarme a un concepto tan etéreo como es el de la inteligencia, aunque sólo sea con la intención de hacerme una idea aproximada de lo que significa. Aunque mucho me temo que mi pretensión sea inútil y que una vez más esté intentando la cuadratura del círculo.

He buscado y rebuscado entre los documentos a mi disposición definiciones que me dieran alguna pista sobre este concepto, pero ha sido un esfuerzo inútil. En el mejor de los casos no me han descubierto nada que no supiera de antemano, sólo ambigüedades sobre la capacidad de elegir lo mejor, de entender con clarividencia lo que nos rodea o de distinguir entre lo conveniente y lo nocivo para uno mismo. En el peor -o quizá también en el mejor por lo simpático-, hasta me han hecho reír a carcajadas, como aquella que afirma que inteligencia es lo que se puede medir con pruebas de inteligencia. Redonda definición donde las haya.

En realidad mi preocupación ni es etimológica ni es semántica. Lo que creo que me inquieta es no saber por qué hay personas a las que se les atribuye una gran inteligencia, cuando a mí me parecen más zotes que un tonto de pueblo, entrañable figura, por cierto, que adoro porque imprime carácter a su localidad natal. O cuando, por el contrario, me encuentro con personajes a los que considero sagaces, hábiles e intuitivos, y sin embargo se comportan con una credulidad, con una ingenuidad y con una falta de capacidad de discernimiento que llama la atención o que, al menos, a mí me la llama. Parece a veces que se hubieran dejado todo en la carrera, como decía aquel.

Mucho me temo que la inteligencia no sea más que un concepto filosófico, tan difuso e inconcreto como todo lo que pertenece a la metafísica, y que por tanto no tenga definición. O también puede que no sea más que la mezcla de muchos ingredientes, estos sí definibles, aunque no lo sea el resultado de la mixtura. Algunas de las definiciones que he consultado apuntan en este sentido, como aquellas que mencionan a la memoria, a la voluntad y al entendimiento, las tres potencias del alma que aparecían en el viejo catecismo de Ripalda poco después de lo de decid niño como os llamáis: Pedro, Juan, Francisco etcétera.

Sucede además que entre los reactivos que dan lugar al compuesto que algunos llaman inteligencia hay algunos de carácter nato o genético y otros adquiridos como consecuencia de la influencia del entorno. Por un lado neuronas de mejor o peor estructura y, por otro, educación o adoctrinamiento con distintos grados de intensidad. Y aunque como dice el proverbio lo que natura no da Salamanca no presta, una buena educación puede disimular en parte las disfunciones neuronales y una estructura mental bien amueblada puede fracasar si el individuo no la cultiva adecuadamente.

Mucho me temo por tanto que no podamos hablar con propiedad de personas inteligentes o no inteligentes, lo que no evita que nos formemos una idea subjetiva sobre la capacidad intelectual de cada uno de los que nos rodean. Pero ¡ojo!, porque además de subjetiva estará definida por la inteligencia de uno mismo, y esa sí que nadie es capaz de valorarla.

¡Qué complicado es todo esto! ¿No será que me falta inteligencia para entender qué es la inteligencia?

2 de marzo de 2017

Cuidados paliativos. Algo está cambiando

A lo largo de unas recientes vivencias personales, muy tristes por otro lado, he tenido ocasión de conectar con cierta frecuencia con la sanidad pública, esta vez en calidad de simple espectador. Excuso decir que, con independencia de las dolorosas razones que han ocasionado estos contactos, he procurado tomar debida nota de lo que veían mis ojos, con el decidido propósito de comprobar si era cierto que los recortes impuestos por el gobierno de Rajoy han causado un serio vapuleo al sistema sanitario español, uno de los puntales más importantes del llamado estado del bienestar. Anticiparé, aun sin ánimo de ser derrotista, que la situación me ha parecido peor que la que me había imaginado.

El hospital de La Paz de Madrid, en otros tiempos paradigma de la sanidad pública española, ofrece hoy un aspecto de decrepitud mal disimulada, la sensación de que faltara dinero hasta para tapar los desconchones. Es cierto que el cuerpo sanitario -médicos, enfermeros, auxiliares y celadores- se desvive por hacer las cosas bien, pero se percibe en los profesionales un cierto ánimo de derrota, la sensación de que les estuvieran faltando los recursos necesarios para hacer su trabajo. No es que lo manifiesten de forma explícita, simplemente se nota en sus silencios, en sus gestos y en sus actitudes.

No quisiera entrar en casuística, porque lo que he visto me afecta tan de cerca que me dolería citar ejemplos. Baste con decir que he sido testigo de diagnósticos erróneos, de perdidas injustificadas de los resultados de ciertas pruebas y de retrasos en la toma de decisiones respecto al tratamiento adecuado, no porque los médicos no supieran lo que tenían que hacer en cada caso, sino como consecuencia de que la proporción entre el personal sanitario disponible y el número de enfermos por atender hace muy difícil que no se cometan errores.

Sin embargo, algo se salva del juicio tan crítico que acabo de hacer, los servicios de cuidados paliativos, a los que también he tenido ocasión de acercarme. Debo decir, y creo que no exagero un ápice, que lo que he visto me ha dejado una buena impresión, si se puede emplear esta frase en un asunto tan triste. Todo ha funcionado correctamente, no sólo con respecto a la accesibilidad, que ha sido rápida y diligente, también desde el punto de vista de la calidad de una asistencia sanitaria tan delicada como es la de atender a los enfermos desahuciados. Una atención, por cierto, que exige a los profesionales altos índices de preparación en los aspectos técnicos, en los psicológicos y, por encima de todo, en los humanos.

La impresión que me ha quedado es que estamos ante un cambio de mentalidad en ese mundo tan comprometido como es el de la toma de posición ante la muerte de los enfermos incurables. No quisiera hablar de eutanasia, porque en este país de radicalidad religiosa, de integrismo católico, la palabra pudiera ser manipulada. Pero no puedo dejar de considerar que los cuidados paliativos que yo he visto se parecen mucho a la muerte asistida, con la diferencia de que en un caso se provoca el final de manera activa y en el otro se permite morir al paciente sin martirizarlo con tratamientos inútiles, con placidez.

El día que se adopte como norma de conducta una ética laica, que prescinda de credos religiosos y se base exclusivamente en valores universales, en criterios ampliamente reconocidos y aceptados en cualquier lugar del planeta, la humanidad en su conjunto habrá dado un paso gigantesco. Esta experiencia me ha servido para comprobar que, a pesar de las intransigencias sectarias y de que la intolerancia religiosa siga presente, la sociedad avanza por delante de la lenta inercia de los legisladores, como tantas veces.

Mientras tanto, me reconforta pensar que algo está cambiando en el mundo de la atención a los enfermos incurables.

27 de febrero de 2017

Palabras grandes, hechos pequeños y corrupción rampante

Las grandes palabras que utilizan los políticos, las expresiones grandilocuentes con las que acostumbran a componer sus discursos suenan, cada día más, a retórica vacía e ineficaz. Libertad, justicia, solidaridad, democracia o tantos otros vocablos de grueso calibre, de tan extenso contenido que sin concreción poco significan, brotan de sus bocas con tanta facilidad y frecuencia que terminamos oyéndolos de la misma forma que si oyeramos llover, como si formaran parte del paisaje. Un derroche de prosopopeya inútil y de juego de artificios lingüísticos, que no son más que palabrería banal e intento de disimular con exceso de suntuosidad verbal la falta de contenido de la mayoría de sus mensajes.

Muchas de esas palabras se utilizan para condenar la corrupción. La mayoría de los políticos se rasgan las vestiduras ante las indecencias de los demás, anatemizan a sus adversarios, prometen medidas ejemplares y gritan a los cuatro vientos que para decentes ellos. Pero cuando les toca el turno, cuando les afecta a ellos, o callan como bellacos o miran para otro lado o intentan justificar lo injustificable. En definitiva, practican la ley del embudo -lo estrecho para ti y lo ancho para mí- como si existieran dos clases de corrupción, la  que practican ellos y la que incumbe a sus rivales políticos.

Incluso, como sucede estos días con alguno de los casos que están en candelero, tergiversan el sentido semántico de algunas expresiones jurídicas -la figura del investigado, antes imputado, sería un caso-, retuercen el sentido de los compromisos adquiridos con otras fuerzas para luchar contra la corrupción y se desdicen de lo dicho, con tanta alegría, con tan pródiga desfachatez que daría risa si no fuera porque se trata de un asunto de la mayor transcendencia.

Mientras que algunas de las decisiones que han tomado los tribunales de justicia en los últimos días me han dejado cierto poso de inquietud, al mismo tiempo me ha parecido observar que algo se está moviendo en el seno de la judicatura, un movimiento lento y algo soterrado que pudiera significar el principio de un plante a favor de la independencia del poder judicial frente al ejecutivo, una llamada de atención de los juristas al gobierno. La reacción de éste, con el ínclito ministro de justicia, Rafael Catalá, a la cabeza, parece clara y contundente, controlar a los fiscales díscolos. Sin embargo, ni así las tienen todas consigo, porque muchos de éstos, a pesar de que se vean obligados a actuar a las órdenes de sus superiores jerárquicos, pueden, si quieren, mover muchos hilos para desentrañar los casos de corrupción, como parece que lo están haciendo.

Oía el otro día en la radio a la corresponsal de un periódico francés en España confesar que, hace poco tiempo, cuando saltó el caso Noos, escribió en su periódico que la infanta Cristina nunca llegaría a sentarse en el banquillo de los acusados. Reconocía que se había equivocado y sacaba la conclusión de que las cosas están cambiando en España, porque, con condena o sin condena, la situación procesal de la hermana del rey, en su opinión, ha sido ejemplarizante, tratándose de quien se trata.

Todos los años se publica un índice a nivel internacional que se denomina Percepción de la Corrupción. Este indicador otorga un 100 al país menos corrupto y un 0 al que albergue mayor corrupción en su administración pública. España en 2016 obtuvo una puntuación de 58, con la cual ocupa el puesto 41 de los 176 países que componen la relación. En el año 2015, aunque tuviéramos la misma puntuación, ocupábamos el puesto 36. Hemos descendido, por tanto, en el baremo, porque seguramente otros habrán puesto más empeño que nosotros en corregir esta lacra.

Confiemos en los jueces y en los fiscales, que son los que de verdad pueden combatir la corrupción con eficacia. Mientras tanto tendremos que seguir oyendo muchas palabras huecas y observando pocos resultados prácticos por parte de los políticos.

23 de febrero de 2017

Por qué y para quién escribo en este blog

Me han preguntado en alguna ocasión por las razones que me llevaron en su día y me siguen llevando hoy a escribir en este blog. Mi contestación ha sido por lo general vaga e imprecisa, lo reconozco, porque si hubiera sido sincero del todo debería haber contestado que lo hago para satisfacer mi deseo de poner por escrito lo que pienso, una inquietud que durante algún tiempo sofoqué con la redacción de las novelas y los libros de viaje que hasta ahora he publicado. Interrumpida aquella etapa –me gustaría pensar que se trata tan sólo de un paréntesis- necesito dar salida a las ideas que circulan por mi mente, escribirlas para que no se queden en etéreas elucubraciones mentales.

La segunda pregunta –que no recuerdo que me hayan hecho nunca- sería para quién escribo. Teniendo en cuenta que la mayoría de los que se acercan al Huerto abandonado forman parte de mi entorno personal –amigos, familiares o conocidos- debería contestar, si me la hicieran, que para ellos. Pero no sería del todo cierto, porque cuando me abstraigo en una idea que trato de plasmar por escrito, me olvido por completo de que puede ser que haya quien la lea después, me sumerjo en los pensamientos que van surgiendo y sólo presto atención a no perder la coherencia entre lo que me dicta la mente y lo que escribo, entre lo pensado y lo escrito.

Pero hay una tercera pregunta -que posiblemente sólo yo me haga- que consiste en lo siguiente: ¿lo que escribo son ensayos o alegatos a favor o en contra de alguien o de algo? Mi contestación, subjetiva por supuesto, es que se trata de lo primero. Intentaré explicarme, si es que soy capaz, porque no es fácil para mí discernir entre lo uno y lo otro. Si por alegato entendemos la intención de convencer, aleccionar o influir en el pensamiento de los demás, no escribo con esa pretensión, porque modificar los criterios de otros está muy lejos de mi propósito. Si definimos como ensayo la expresión de las ideas propias con el ánimo de cuestionarlas, someterlas a la duda sistemática y a la criba del escepticismo –enredos a los que soy muy dado-, estaría ejerciendo de ensayista o, al menos, intentándolo.

Me reprochaba el otro día un amigo -cariñosamente, eso sí- que en uno de mis últimos artículos, a propósito del secesionismo catalán, no me posicionara. Le habían gustado las ideas que expresaba –me dijo- pero echaba de menos que al final no diera mi opinión. Le contesté que precisamente ese era mi propósito, el de exponer un problema, analizar sus causas, mencionar las posiciones en litigio y dejar la cosa ahí, aunque tenga mis criterios al respecto, opiniones que por cierto creo que se descubren o se intuyen si se lee entre líneas, que es como a veces hay que leer. Las opiniones propias, al existir, se escapan sin control y terminan campando por sus respetos.

Como decía arriba, escribo para dar rienda suelta a mis ideas, pero no para convencer a nadie. Mis dudas ante todo lo que sea opinable, y también mi escepticismo frente a las soluciones que se propongan para solucionar los problemas, me inclinan a permanecer al margen de ciertas controversias, no porque no tenga ideas, sino porque sé muy bien que tan sólo son las mías. O dicho sea de otra forma, me distancio de la disputa para verla con mejor perspectiva, lo que no evita que en algunas ocasiones me meta en el fregado.

Porque una cosa es proponerse permanecer al margen de las contiendas sociales y otra muy distinta no caer en la tentación de entrar al trapo de tanto despropósito y de tanta falta de rigor como le rodean a uno.

17 de febrero de 2017

No son sólo los políticos. También los ciudadanos de a pie

Vuelvo a reflexionar sobre el llamado problema catalán, aunque esta vez lo haga desde una perspectiva algo distinta, que en mi opinión no contradice lo que expresaba la vez anterior (Choque de trenes. ¿Inevitable? - 14.2.17) sino que sirve de complemento.  Lo que pretendo ahora decir es que no sólo los políticos son responsables de la situación a la que se ha llegado en el conflicto secesionista, también una parte de la población española, catalana o no, que por ignorancia, dejadez o prejuicios ancestrales contribuye día a día con sus comentarios a empeorar la situación. A veces oigo juicios que me dejan perplejo por su falta de rigor y por su visceralidad, opiniones de desprecio, de ninguneo, incluso de odio soterrado, sin más fundamento que el ejercicio de la frivolidad, como si se tratara de un asunto intrascendente.

Cuando el otro día me refería a los políticos y a su responsabilidad en el enfrentamiento entre las dos partes –el gobierno central y los secesionistas- omití, sin intención, un aspecto que considero en este caso de suma importancia: el de la pedagogía. Nadie la está ejerciendo, cuando el problema requiere grandes dosis de conocimientos, muchos de los cuales no están al alcance de todos. Me refiero a aspectos sociales, económicos, culturales e incluso, por qué no, históricos. A veces tengo la sensación de que existe una falta de permeabilidad total entre las dos partes, una desinformación de los unos con respecto a los otros, una apatía ramplona que no permite al que la ejerce entender lo que está sucediendo.

Por ejemplo: dicen los unos que a los catalanes lo único que les interesa es el dinero y contestan los otros como un eco que los españoles les roban. Lugares comunes que en nada ayudan, acusaciones infundadas que nadie discute, quizá porque sean muchos los que prefieran mantener este grado de confusión, que a lo único que ayuda es a avivar la llama de la discordia. Otras veces no son acusaciones, sino simples expresiones que descubren la visión de quien las pronuncia, como cuando se alude a los catalanes como un todo indiferenciado, sin matices, metiendo a tirios y a troyanos, a unionistas y a separatistas en el mismo saco. O cuando, desde el otro lado, se habla de los españoles en general como los culpables de todos los males que afectan a Cataluña. Sólo unos cuantos, de uno y otro lado, afinan sus expresiones para no incurrir en desatinos intelectuales, se expresan con el rigor pertinente, lo que siempre resulta recomendable, mucho más en una situación de enfrentamiento como la que vivimos.

Lo del idioma ya es para aburrir. En este tema el desconocimiento de causa se adueña de la situación. En un parte del conflicto son muchos los que no acaban de aceptar que los catalanes tengan su propia lengua, que aman y respetan, que han mantenido viva a lo largo de los siglos a pesar de las dificultades y en la que se sienten confortables cuando la utilizan porque es la que han mamado. En la otra, quizá como un movimiento de rechazo a lo anterior, abundan los que con la pretensión de defender el catalán postergan el castellano, ponen trabas a su utilización o discriminan su uso. Dos actitudes torpes que convierten una riqueza cultural, el multilingüismo de España, en materia de controversia, en estúpida arma arrojadiza.

En el fondo de todas estas actitudes no hay sino desconocimiento, aliñado con una fuerte dosis de prejuicios y acompañado de la total falta de interés en ayudar, desde la perspectiva individual, a que no se caven fosas de desunión, a que se destierre la amenaza de división del estado que nos acoge a todos.


10 de febrero de 2017

Choque de trenes. ¿Inevitable?

Pido disculpas por haber elegido como título de este escrito una frase tan manida. Pero resulta que no se me ocurre, lo digo con absoluta franqueza, nada más expresivo para encabezar mis reflexiones de hoy sobre lo que está sucediendo en Cataluña. Dos trenes que se aproximan en sentido contrario a toda velocidad y que, inconscientes del batacazo que se avecina o conscientes pero incapaces de reaccionar, en lugar de frenar aceleran. Dos ejercicios de irresponsabilidad política que pagaremos caro los españoles, incluidos por supuesto los catalanes.

No voy a entrar en las razones que mueven a los dos maquinistas -el gobierno central por un lado y los secesionistas por otro- a manejar la situación como lo están haciendo, porque tanto se ha debatido sobre ellas que sería volver a inútiles circunloquios, lo que a buen seguro me desviaría de la idea que hoy me impulsa a escribir sobre este asunto, sobre un conflicto político que de tanta soba por parte de unos y de otros, de tantas proclamas estériles parece haber perdido importancia, cuando por el contrario nos encontramos ante una posible convulsión social y económica de grandes dimensiones. Que un país del tamaño de España llegara a dividirse después de cinco siglos de andadura en común, no traería más que consecuencias negativas, de las que las dos partes tardarían decenios en recuperarse, si es que alguna vez alcanzaran los niveles que habrían logrado si hubieran permanecido juntas.

Lo que está sucediendo es que no hay ningún deseo de solucionar el problema, cuando son tantos -yo entre ellos-, a uno y otro lado del conflicto, los que opinan que existen soluciones razonables. Aferrarse a las leyes, enarbolar la bandera de la legalidad vigente y acudir a los tribunales de justicia como alternativa a la toma de iniciativas políticas significa retrasar la deriva separatista sin solucionar el problema, supone intentar cerrar heridas en falso que acabarían abriéndose tarde o temprano. Insistir en la hoja de ruta separatista con irreductible cerrazón, sin flexibilidad alguna y desentendiéndose de los catalanes que no quieren la independencia supone abocar a nuestro país, incluida Cataluña, al desastre, no sólo desde el punto de vista socioeconómico, también, y sobre todo, desde el humano. A mi juicio dos posiciones irresponsables, dos torpes actitudes que demuestran que sus protagonistas no saben o no quieren resolver el litigio.

Sucede, para mayor inri, que esas dos posiciones se realimentan, porque cuantos más impedimentos más anhelos de independencia y cuantos más movimientos hacia la secesión mayor presión legal. Una tirantez que amenaza con romper la soga y dar con los huesos de los contrincantes en el suelo. Lo que hace unos años hubiera tenido solución si se hubiera actuado con inteligencia se está convirtiendo en una situación de muy difícil salida.

La indeterminación ante el conflicto, además, parece generalizada. Los partidos políticos de ámbito nacional o autonómico se sitúan, de acuerdo con el sesgo de sus programas, en uno u otro lado del contencioso,  sin que se oigan voces que exijan con rotundidad el diálogo necesario, como si temieran errar y perder seguidores. Una cobardía política que asombra por la falta de responsabilidad y el sectarismo que implica. A los políticos se les debe medir por su actitud ante los asuntos de estado y éste lo es y de enorme trascendencia.

Tengo el convencimiento de que si alguna de las dos partes diera un paso al frente, propusiera una mesa de negociación abierta, sin posiciones predeterminadas y con absoluta transparencia, obligaría a la otra a seguir ese camino. Para ello sería necesario que por un lado se reconociera que el encaje de Cataluña en España no está debidamente configurado, y es preciso por consiguiente modificarlo, y que por el otro se aceptara que dividir un país con la única aquiescencia de la mitad de la población afectada resulta un desatino de proporciones descomunales. 

Me asombra tanta torpeza y tanta insensatez; me sorprende una vez más la poca talla de nuestros políticos: me apesadumbra observar que la ineptitud política de unos cuantos pueda acabar con la convivencia fructífera de dos naciones convertidas, por avatares del discurrir histórico, en un único estado, hace nada más y nada menos que cinco siglos.


6 de febrero de 2017

Moderémonos

Tengo la sensación de que todo aquello que suene a moderación no resulta demasiado atractivo en nuestros días. Me refiero con esta palabra a la mesura en la defensa de las posiciones programáticas propias, a la contención en los discursos, a la templanza en los modos, a la disposición al diálogo político y a la búsqueda de soluciones compartidas y de puntos de encuentro. Parece como si la radicalidad se hubiera adueñado del escenario y todos los políticos endurecieran el tono de sus proclamas, convencidos de que así las verdades propias se entenderán mejor. Nunca hasta ahora había observado yo tanta exaltación inútil y tanto dogmatismo, aunque es posible, no lo voy a negar, que antes no prestara la debida atención.

He leído hace unos días que Albert Camus dijo en una ocasión que si existiese un partido que no estuviera seguro de tener la razón, ése sería el suyo. Vana ilusión la del genial escritor y pensador francés, inútil aspiración, al menos en la España de hoy, donde cuando los políticos dicen algo es para asegurar que o él o el diluvio, y no sólo cuando se refieren a un adversario político, también cuando mencionan a dirigentes de su misma formación, aunque en este caso lo hagan con la boca medio cerrada, no vaya a ser que entren moscas.

Escribe Victoria Camps, la prestigiosa catedrática emérita de Filosofía moral y política de la Universidad Autónoma de Barcelona, en su interesante ensayo Elogio de la duda -que recomiendo a mis amigos interesados en estos afanes-, que desconfiemos de quienes pretenden tener razón y hablar en nombre de la verdad. Lo dice por cierto refiriéndose al panorama político actual, no con intención de establecer abstractos juicios de carácter filosófico. Denuncia, y lo expresa con rotundidad, que en estos momentos ningún político español es capaz de sentarse alrededor de una mesa a dialogar, a buscar acuerdos, a desprenderse de prejuicios maximalistas. Todos actúan pensando en ellos mismos, en sus intereses partidistas, aunque lo hagan citando entes que escriben con mayúscula –Dios, Nación, Historia, Progreso, Libertad, Solidaridad-, conceptos bajo los que ocultan la realidad de su cortedad de miras, de su pequeñez intelectual.

Mientras tanto los populismos extremistas de uno u otro sentido ganan adeptos con facilidad, porque su música suena bien. No importa que la letra diga poco o que lo que diga no sean más que utopías que como tales resultan de imposible cumplimiento. Entra bien por los oídos, parece diferente a lo de siempre y con eso les basta a muchos. Transitar por los extremos, donde la propia extremidad sirve de límite, siempre ha sido para muchos más cómodo que hacerlo por el centro, una amplia franja en la que se puede dar tumbos si no se tienen las ideas claras. De ahí que la moderación esté dejando paso a la intolerancia y a la radicalidad, estas últimas de esquemas mucho más simples, bastante menos reflexivos.

Sucede incluso que cuando alguien intenta dialogar, la opinión pública se le echa encima, con lo cual se ve obligado a dar un sinfín de explicaciones, no fuera a perder adeptos. La moderación se confunde con el conservadurismo y con la inoperancia, mientras que la agresividad dialéctica, los gritos altisonantes y las alusiones a los poderosos, por un lado, y a los rompedores de la patria, por otro, ganan seguidores día a día, porque son conceptos muy sencillos que se entienden con mucha facilidad y no hay que hacer demasiados esfuerzos mentales para asimilarlos. Basta con aceptarlos y creer en ellos a pie juntillas. Es muy fácil ser extremista y muy difícil mantenerse en la moderación.

Si no fuera porque considero que abstenerse es traicionar a la democracia, en las próximas elecciones, dado el panorama, me quedaría en casa tan ricamente.

2 de febrero de 2017

Inmaduro e irreflexivo. El mundo por montera

Lamento reincidir en el tema Trump, pero es que lo que parecía al principio una pesadilla, de esas que uno sabe que pronto se acabará porque no es más que un sueño, se está convirtiendo en inquietud, en  intranquilidad y en desasosiego para una gran parte de la humanidad. A la vista de sus primeras medidas como presidente del país más poderoso del planeta, el mundo entero, incluida Europa y por tanto España, está en alerta máxima.

El estilo de gobierno del presidente Trump es inmaduro e irreflexivo. Los epítetos los he extraído del editorial de un periódico, porque me ha parecido que reflejan a la perfección las características de las primeras andaduras presidenciales del flamante magnate, reconvertido en el más alto mandatario de su país. Inmaduro, porque da la sensación de que estuviera improvisando con la terquedad propia de un niño caprichoso, sin atenerse a ninguna elaboración programática ni a los cánones que rigen la política internacional. Irreflexivo, en cuanto a que parece que sus actuaciones fueran por delante de cualquier planteamiento intelectual previo. Primero actúo y luego ya veremos qué sucede, podría ser su lema.

Estamos acostumbrados a que los medios de comunicación nos muestren en imágenes las firmas de los tratados internacionales o de los acuerdos de cierta relevancia entre países o instituciones. Suelen ser actos protocolarios, en los que los firmantes, sentados uno al lado del otro, intercambian estilográficas, se suceden en la rúbrica de los documentos y, a continuación, estrechan sus manos mirando a las cámaras con expresión de aquí queda esto. Pero no suele ser normal tener la oportunidad de contemplar en las pantallas la estampación de la rúbrica de un mandatario en el documento de un decreto. Mejor dicho, no lo era, porque Trump está convertiendo estos rituales en auténticos espectáculos mediáticos, en los que aparece con gesto retador, expresión fruncida y pulgar en alto, rodeado por unos cuantos asesores circunspectos. Algo así como si quisiera transmitir al mundo que está dispuesto a ponerse la opinión pública internacional por montera y confirmar al mismo tiempo a sus seguidores que a él no le va a temblar el pulso. Un esperpento teatral, una representación grotesca que incitaría a la risa si no estuviéramos hablando del presidente de los Estados Unidos.

Si por políticamente correctos se entienden las ideas, el lenguaje y el comportamiento con los que se procura minimizar la posibilidad de ofender a grupos étnicos, culturales o religiosos, qué duda cabe que el señor Trump no debió de cursar esta asignatura. O puede ser que la cursara y decidiera hacer lo contrario de lo que recomendaban sus profesores, por eso de que él tiene su propia escala de valores y le importan muy poco las de los demás. La prohibición de entrar en los Estados Unidos a los ciudadanos procedentes de siete países de mayoría musulmana es un auténtico espantajo, una medida ineficaz desde el punto de vista de la lucha antiterrorista, que lesiona además los legítimos intereses de muchos ciudadanos y que predispone en contra, no sólo a los estados afectados, también a muchos otros, islámicos o no, que consideran la medida una auténtica aberración. Una decisión que traerá muchas más desventajas que ventajas a la nación americana y por tanto a muchas otras.

Lo del muro fronterizo con Méjico, de nada más y nada menos que 3.180 kilómetros de longitud, resulta ridículo por su inutilidad. El narcotráfico encontrará nuevas rutas -ya existen en la actualidad- y la inmigración sorteará los obstáculos que se le pongan por delante, de la misma forma que en Europa la procedente de África cruza el Mediterráneo jugándose la vida, porque al hambre no lo detienen ni muros ni mares. Pero mientras tanto, el presidente Trump estará cosechando la animadversión de una nación fronteriza poblada por más de 120 millones de habitantes, así como la de tantas otras que se sienten solidarias con Méjico.

Veremos a ver en qué acaba todo esto. Sólo los ciudadanos de los Estados Unidos, apoyándose en su constitución, en sus leyes y en su sacrosanta libertad de expresión, pueden detener la vorágine de desatinos que nos amenaza a todos. Démosle a la dinámica política su oportunidad y démosle también tiempo al tiempo.

28 de enero de 2017

Violencia machista. No es sólo la fuerza

La violencia machista en la pareja ha existido desde tiempos inmemoriales. No se trata de un fenómeno exclusivo de nuestros días, sino que, por el contrario, sus orígenes son tan antiguos como la humanidad. La fuerza bruta, sin lugar a dudas, está entre las causas de la lacra que nos atenaza, pero limitarnos a señalar este dato, sin profundizar en otros relacionados con el problema, sería renunciar a entender qué hay que hacer para erradicarla de la faz de la tierra. Sólo si se entienden las causas se encontrarán las medidas adecuadas para evitar la situación de desamparo y humillación en la que se encuentran tantas mujeres.

Si en la mentalidad masculina no se hubiera fomentado a lo largo del tiempo la creencia en la supremacía intelectual del hombre con respecto a la mujer, la superioridad muscular no sería determinante. Los maltratadores no actúan porque sean más fuertes, sino porque se creen con pleno derecho a utilizar la fuerza contra sus parejas. Consideran que las mujeres les deben sumisión, están convencidos de que su papel en la vida no puede nunca eclipsar el rol del varón. La violencia no es consecuencia directa de la fortaleza física, sino de mentalidades mal formadas, de la herencia educacional de muchos hombres.

La causa principal del problema, por tanto, es cultural. Santo Tomás de Aquino, el doctor angélico y santo patrón de las universidades y centros de estudio, dijo: La mujer necesita del varón no sólo para engendrar, como ocurre en los demás animales, sino incluso para gobernarse, porque el varón es más perfecto en razón y más fuerte en virtud. (Summa contra gentiles). Lo escribió, es cierto, en el siglo XIII, pero su filosofía y sus enseñanzas siguen siendo un referente en el mundo católico.

El Código Civil que rigió en España hasta 1975 decía: El marido debe proteger a la mujer y ésta obedecer al marido. Afortunadamente estas últimas leyes ya no están vigentes, pero lo estuvieron durante tanto tiempo que a nadie debe sorprender que dejaran su impronta machista, que incrustaran en la mente de muchos hombres el mensaje de que uno debe proteger y la otra obedecer, un falso equilibrio que siempre se rompe por la parte más débil, la de los derechos de la mujer.

Me he limitado a traer a este texto dos citas, una de origen religioso y otra de procedencia legislativa -no quiero extenderme en referencias, que podrían ser muchas y muy variadas-, para indicar que el machismo, la crencia en la supremacía del hombre sobre la mujer, es algo ancestral, grabado a lo largo de los siglos en el pensamiento de los varones, predicado por santos de la iglesia y promulgado por leyes civiles. La solución por tanto pasa por acabar drásticamente con esa herencia cultural y sustituirla por el mensaje de la equiparación absoluta de derechos entre hombres y mujeres, de la igualdad de sus capacidades intelectuales, en todos los ámbitos de la vida, sin excepción.

En mi opinión, las políticas de protección a la mujer y de aumento de las penas a los maltratadores son necesarias, pero no suficientes. Es preciso iniciar una inmensa reconversión cultural de las mentes masculinas (a veces también las de aquellas mujeres que aceptan la supremacía del hombre sobre ellas como algo natural), empezando en las escuelas y terminando en cualquiera de los ámbitos sociales.

Sólo si cambia la mentalidad de los hombres con respecto a los derehos de las mujeres, exclusivamente si se acepta sin reparos la igualdad intelectual entre los dos sexos, se conseguirá erradicar, de una vez por todas, la violencia machista.

22 de enero de 2017

Patán y populista

Debía de tener yo doce años, o quizá trece, cuando me anude por primera vez una corbata. Fue mi padre quien me enseñó cómo se hacía el nudo -todavía recuerdo su lección sobre el origen del nombre del denominado Windsor-, quien me explicó la forma de centrarlo con respecto a las solapas del cuello de la camisa y quien me advirtió de que el pico pequeño nunca debía de sobresalir del grande. Pero sobre todo me insistió en que éste en ningún caso debía llegar más abajo de la cintura. El cinturón del pantalón, recuerdo que repitió varias veces, marca la frontera entre la elegancia y la ordinariez. Sólo los payasos de circo, para hacer reír, y los patanes la llevan por debajo de ese límite.

Como este tipo de enseñanzas paternas no suelen olvidarse con facilidad –al menos a mí no se me olvidan-, desde entonces suelo fijarme en cómo la gente anuda sus corbatas. Es algo así como si mediante esta observación efectuara un primer reconocimiento de la personalidad de quien acabo de conocer, sin perjuicio de que después profundice en otros criterios más determinantes y menos frívolos. Qué le vamos a hacer: uno tiene sus métodos de evaluación.

Por eso, el otro día, cuando vi la imagen de un Trump en su toma de posesión, a quien la corbata le llegaba mucho más abajo de lo que mi padre hubiera considerado prudente, me costó mucho desviar la mirada de su atuendo y atender a otros aspectos más indicativos de su talante. Lo logré, no sin gran esfuerzo por mi parte, pero me quedé con la idea de que el nuevo presidente de los Estados Unidos es un auténtico patán. Después oí el discurso de toma de posesión y saqué, además, algunas otras conclusiones.

Si a alguien todavía le quedan dudas sobre en qué consiste ser populista, que analice con atención las palabras de Donald Trump tras el juramento. No hay un solo mensaje en su discurso que no deba figurar con derecho propio en la antología del populismo. Empezó diciendo que había llegado a la Casa Blanca para quitar el poder a los de siempre y devolvérselo al pueblo (me suena mucho haber oído algo parecido muy cerca), continuó con una declaración de principios nacionalista -¡America primero, América primero!-, para terminar asegurando que Dios, nada más y nada menos, estaba de su parte. Así cualquiera, como decía aquel.

Le oí decir a uno de esos periodistas a quienes gusta manejar comparaciones de todo tipo, que el nuevo presidente había usado una sintaxis propia de estudiantes de cuarto de primaria y un vocabulario menos extenso que el que utilizaría un alumno de segundo de ESO. Creo que con esta comparación le hacía un gran favor, porque en realidad su lenguaje fue bastante más primitivo. Ni utilizó conceptos políticos ni referencias intelectuales ni cifras económicas, sólo lugares comunes y expresiones huecas. Fue tan zafio que se limitó a dar una visión apocalíptica de la situación de su país, a resucitar aquel viejo concepto del eje del mal que puso de moda George Bush y a amenazar con poner a los demás países patas arriba.

Si no fuera porque en esto de la política internacional yo soy un tanto fatalista, puesto que considero que el mundo rueda sobre unos raíles casi inamovibles, pensaría que la situación está para echarse a temblar.  Confío –ya lo confesé en este blog hace unos meses- en que el equilibrio de poderes que defiende la constitución de los Estados Unidos evite el descarrilamiento al que el señor Trump parece que quiere conducirnos. Pero ya no estoy tan seguro como lo estaba entonces, porque de un ignorante se puede esperar lo peor.

Sobre todo de un ignorante patán y populista.

20 de enero de 2017

Elogio a la juventud y alerta ante la desigualdad

Siempre he considerado que las generalizaciones carecen de rigor intelectual, por no decir abiertamente que suelen caer en el terreno de la estupidez. Una de ellas, muy al uso, consiste en preguntarse dónde vamos a llegar con la juventud que nos ha tocado en suerte. A esta pregunta, que considero consecuencia de la burda simplificación de un tema tan complejo, me referiré a lo largo de la reflexión que sigue a continuación.

No existe una juventud uniforme en términos de educación o de comportamiento. Estoy rodeado de jóvenes –hijos de mis familiares, o de mis amigos, incluso los míos y ya algunos nietos-, que han recibido o están recibiendo una buena educación, tanto en los aspectos que pudiéramos denominar de comportamiento cívico –el que se mama en casa- como en aquellos que se derivan de la formación académica que hayan recibido. Se trata de una franja muy amplia de la población, me atrevería a decir que muy superior en cantidad a la correspondiente en mi generación. El número de estudiantes de enseñanza media ha crecido enormemente, así como el de los que logran acceder a la universidad. Negar la capacidad intelectual de este numeroso grupo de jóvenes sería negar la evidencia.

Lo que sucede es que la desigualdad de oportunidades se ha incrementado en los últimos años hasta límites alarmantes; y por eso, porque no todos los jóvenes tienen las mismas posibilidades para formarse, frente al numeroso grupo al que me refería antes aparece otro cuya formación cívica y cultural entra de lleno en el fracaso o al menos deja mucho que desear. Y como lo negativo siempre resalta más que lo positivo –quizá porque sea más llamativo-,  muchos al referirse a la juventud lo hacen señalando a estos últimos y no a los que, a mi modo de entender, constituyen la mayoría. Esa es la generalización a la que antes me refería, considerar a los intelectualmente malogrados como prototipo de la juventud actual en su totalidad.

La desigualdad de oportunidades está en el origen del fracaso escolar y del deficiente nivel cultural que exhibe una amplia franja de nuestra juventud. La escuela pública, a las que por razones obvias suelen acceder los hijos de las familias más humildes, ha empeorado sus prestaciones en los últimos años, como siempre por culpa de la dotación económica. Además, como la crisis ha fustigado con mayor fuerza a las familias más necesitadas, cada vez son menos los hijos de éstas que aceden a la universidad. Un fenómeno que se recrudece día a día y que si no se pone remedio nos llevará en poco tiempo a una sociedad cada vez más injusta y desequilibrada.

La verdadera justicia social consiste en ofrecer a todos las mismas oportunidades, lo que significa volcar esfuerzos en los más necesitados. Si continuamos por la senda de los recortes, cada vez será mayor la brecha entre la juventud educada –en el amplio sentido de la palabra- y la de los fracasados. Hace falta la intervención de un agente externo, concretamente la del Estado, para romper la inercia decadente que se observa, para evitar que tengamos que seguir contemplando dos juventudes divergentes, la formada por los que tienen acceso a una educación adecuada y la integrada por aquellos a los que la sociedad les ha negado su oportunidad.

Dos juventudes cada vez más separadas por la brecha de la educación.

15 de enero de 2017

Supersticiones, prejuicios y dogmatismos

Le oí decir en una ocasión a cierta persona, cuando discutíamos amigablemente acerca de la inmigración procedente del tercer mundo o sobre la homosexualidad o sobre el racismo -no recuerdo exactamente el tema pero por ahí iban las cosas-, que reconocía que en esos asuntos sus opiniones se basaban en prejuicios.  Tan rotunda afirmación me dejó sorprendido, ya que por lo general estas actitudes irracionales suelen pasarle desapercibidas a quien las padece. Están tan incorporadas al intelecto, que consideran que forman parte de sus razonamientos habituales, de sus juicios razonados.

Si nos atenemos a la etimología de la palabra, un prejuicio es un juicio previo al conocimiento de los hechos, una opinión que no se sustenta en realidades conocidas. Quien prejuzga no juzga, simplemente emite un veredicto sobre algo que desconoce. Ahora bien, si quien prejuzga es consciente de que lo está haciendo, transciende la categoría del prejuicio  para entrar de lleno en la del dogmatismo, es decir, en la de los que no reconocen el error y manipulan la realidad para poder mantener la creencia previa.

Compliquemos un poco más las cosas y hablemos, aunque sea muy de pasada, de la superstición, de la aceptación de creencias muertas e injustificables que resisten las evidencias en contra. El supersticioso sabe que pasar por debajo de una escalera no le va a causar ningún perjuicio (salvo que se le caiga encima), pero se niega a hacerlo por lo que pudiera suceder. Los lectores habituales de su horóscopo no ignoran que carece de total credibilidad, pero a pesar de todo lo consultan cuando pueden por aquello de vaya usted a saber si tendrá razón.

En un magnífico ensayo escrito por el filósofo español José Antonio Marina, La inteligencia fracasada,  he tropezado con una razonada reflexión sobre estas tres “fracasos de la inteligencia”, a la que quizá no habría prestado demasiada atención si no fuera porque el citado pensador considera que, cuando se dan todos juntos, en una misma persona, nos encontramos en la antesala del fanático. Digo en la antesala y no en la sala, porque en opinión de Marina harían falta dos condiciones añadidas para llegar a esta última categoría, la defensa de la verdad absoluta y la llamada a la acción, es decir, la salvaguardia radical de las ideas propias, sin autocrítica y sin dar cuartel a las de los rivales, y el uso de la violencia, en mayor o menor escala.

Pero quedémonos en la antesala y dejemos para otra ocasión la sala. Existen tantos supersticiosos, muchos de los cuales además confiesan sus prejuicios, que me preocupa que nos encontremos rodeados por un número elevado de potenciales fanáticos. Asusta pensar que de las fobias, pasando por las supersticiones, se pueda llegar al dogmatismo con tanta facilidad, simplemente reconociendo que uno sustenta sus opiniones en prejuicios. Porque los pasos siguientes, los que conducen al fanatismo, podrían estar a la vuelta de la esquina.

El mejor antídoto para evitar este peligroso deslizamiento sobre los fracasos de la inteligencia que cita Marina es, desde mi humilde punto de vista, el escepticismo, la revisión constante de las ideas preconcebidas, el cuestionamiento razonado de las bases sobre las que sustentamos nuestro ideario.

Sólo sin ataduras intelectuales se puede ser libre. Otra cosa es que algunos se sientan confortables en la negación de la evidencia, es decir, felices en la esclavitud intelectual. Sarna con gusto no pica.

11 de enero de 2017

Abyección e infamia galopantes

Estos días me he acordado con cierta frecuencia de aquel viejo chascarrillo que decía algo así como, su madre será una santa pero usted es un hijo de puta. Un mensaje, creo yo, que solicita que se establezcan responsabilidades claras y no se diluyan éstas en un  totum revolutum. Una cosa es la madre y otra el hijo de puta. Cuando reflexiono sobre el señor Trillo-Figueroa y el accidente del Yak-42, se me ocurre pensar que quizá el político conservador sea una persona honorable, ¿por qué no?, pero de lo que no cabe la menor duda es de que se ha comportado y sigue comportándose como un auténtico abyecto. Resulta inexplicable a estas alturas su obstinación en no pedir perdón a los familiares de las víctimas y en eludir la responsabilidad que le corresponde en los dramáticos hechos que acabaron con la vida de 62 militares españoles, el 26 de mayo de 2003.

Que el gobierno lo premiara nada más y nada menos que con la más alta representación diplomática de España en el Reino Unido, siempre resultó ante los ojos de los españoles un auténtico esperpento, un insulto a la dignidad colectiva. Pero tras conocerse el dictamen del Consejo de Estado, el insulto se ha convertido en una grave injuria. Que Dolores de Cospedal, haciendo de la necesidad virtud, haya demostrado tener cintura política reuniéndose con los familiares de las víctimas y prometiendo una investigación exhaustiva sobre las circunstancias que concurrieron, alivia en cierto modo la tensión anímica, pero no redime en absoluto las responsabilidades de su antecesor en el ministerio de Defensa ni la de los que han estado encubriéndolo durante todos estos años.

Un país digno no puede ocultar infamias. Si lo hace, estará contribuyendo al envilecimiento de su sociedad, sentará unas peligrosas bases sobre las que fomentar todo tipo de comportamientos inmorales, permitirá que se confunda el vicio con la virtud. Los dirigentes de turno -el gobierno- no pueden mirar hacia otro lado. Si continúan haciéndolo como hasta ahora conseguirán el desprecio de los españoles de buena fe, categoría transversal que nada tiene que ver ni con la derecha ni con la izquierda, porque la decencia es independiente de las ideas políticas. Incluso a veces, me atrevería a decir, del código penal.

Sin embargo, algunos de los más preclaros representantes del actual ejecutivo están dando estos días un espectáculo bochornoso, tratando con muy poca fortuna de ocultar las que creen sus miserias, entre ellos su presidente, el señor Rajoy, que dijo no haberse enterado del dictamen del Consejo de Estado, para añadir a continuación que ese asunto ya estaba solventado. El señor Catalá, titular de Justicia, se lleva la palma de los despropósitos cuando pregona a la ciudadanía que pedir perdón es reconocer la culpa. Pues sí, don Rafael, así es. Pero, ¿no cree, ministro, que los familiares de aquellos militares que fueron víctimas del despropósito y de la iniquidad de algunos se merecen ese reconocimiento? Seguramente sea éste un aspecto que le importe a usted un bledo y su preocupación se centre exclusivamente en mantener el estatus político que goza.

Esta mañana he oído a la hermana de uno de los fallecidos decir algo así como nuestros muertos no dieron la vida por España, España se la quitó. Aplastante. Doloroso.

8 de enero de 2017

¿Tan malo es el régimen del 78? Quizá algunos todavía no hayan entendido nada

Hace varios días que no escribo una palabra en el blog, no porque no me haya alcanzado la inspiración durante este tiempo, sino como consecuencia de que cuando en alguna ocasión ha hecho acto de presencia yo no estaba trabajando. Una molesta indisposición, diagnosticada como infección de vías respiratorias altas, me ha tenido fuera de combate durante algo más de una semana, sin fuerzas tan siquiera para levantar la tapa de mi portátil, a pesar de que las ansias por expresar alguna idea me consumieran. Pero ha llegado el momento.

Durante estos días, aprovechando los intervalos en los que la fiebre me daba alguna tregua, he leído –mejor diría devorado- el ensayo de carácter autobiográfico, escrito por Juan Luis Cebríán, Primera página. No se me escapa que me estoy refiriendo a un libro redactado por una persona muy controvertida, que suscita malévolos odios o platónicos amores, según el caso y el color del cristal con que se mire. Pero aun así me voy a permitir recomendar su lectura a mis amigos, incluso, si se me permite, con cierta insistencia. Puede que después, cuando lo acaben, sus fobias o sus filias se hayan acrecentado todavía más; o también es posible, por qué no, que alguno mude su percepción inicial. Pero su lectura a nadie, estoy convencido, lo dejará indiferente.

Confiesa el autor, en el primer párrafo de su prólogo a la obra, que escribir la propia biografía es uno de los actos más genuinamente narcisistas que puedan imaginarse. No le falta razón, porque el escrito entero es una oda a su contribución intelectual, y también material, a la construcción del régimen de libertades que gozamos desde la aprobación de la Constitución del 78. Pero yo no sería capaz de hacerle ningún reproche a su humana vanidad, porque la fortaleza del relato y la sólida construcción de los testimonios que utiliza disuelven en cierto modo los aspectos personalistas, en una marea de acontecimientos en los que cada uno de los protagonistas, entre ellos Cebrián, pierde importancia frente a la totalidad del elenco.

A mí me ha parecido un rotundo repaso a esa parte de la historia contemporánea de España, de la que los de mi generación (la misma del autor) hemos sido en cierto modo protagonistas o al menos figurantes. Es cierto que no hay en la narración pormenores que no se conozcan de antemano, pero sí infinidad de claves para entender aquella parte tan compleja del devenir colectivo de los españoles que conocemos como transición. Es la visión de alguien que tuvo el privilegio de contemplar la representación entre bambalinas y que incluso en algunos momentos se vio obligado a salir al escenario e interpretar su propio personaje a cara de perro.

También es la historia de El País. Las leyendas urbanas de uno y otro signo han desdibujado la verdadera importancia de un periódico en el que educaron su opinión millones de españoles de la generación de la transición, mientras que otros cuantos, también en gran número, lo convertían en diana de sus ataques. Sin embargo, ni la mayoría de los primeros ni casi ninguno de los segundos conoce con detalle la estructura accionarial que dio lugar a su nacimiento ni tampoco el verdadero alcance de los proyectos editoriales que guiaba a los fundadores. Cebrián, en este libro, disecciona el origen, clarifica las intenciones y relata la andadura, trufada de zancadillas y traiciones, de un periódico que por derecho propio está inscrito en la lista de los más influyentes del mundo occidental.

Lo repito. Recomiendo su lectura, imprescindible para tener una idea más precisa de lo que nos ha sucedido a los españoles como colectivo durante los últimos cincuenta años. Después que cada cual continúe si quiere con sus amores o con sus desamores. Por lo menos dispondrá de mayor y mejor criterio.