2 de junio de 2017

Además de patán, indigno de su cargo

Hace unos meses, cuando la toma de posesión del presidente Trump, escribí que el recién elegido para ostentar tan alta responsabilidad me parecía un patán o, dicho de otro modo más académico, alguien que desconocía por completo cómo debe uno comportarse en sociedad. Ahora, con la perspectiva que otorga el transcurso del tiempo, tengo que añadir que me entristece observar la falta de dignidad que le acompaña en el desempeño de sus funciones. No creo que se trate, como algunos opinan, de la actitud de alguien que pretenda ponerse el mundo por montera, sino del comportamiento de quien no tiene ni la más remota idea de la importancia del cargo que ocupa y del decoro al que obliga su ejercicio. Ni siquiera en sus filas, salvo minoritarias excepciones, se acepta de buen agrado tanta ramplonería y rebuscada vulgaridad.

Estoy leyendo un libro (The residence – inside the private world of the White House), un ensayo sobre la vida cotidiana dentro de las paredes de la Casa Blanca. Escrito por una periodista estadounidense (Kate Anderson Brower), relata de forma ágil y entretenida las vivencias de los presidentes americanos y sus familias, bajo el interesante punto de vista de los empleados de la casa presidencial, sean éstos mayordomos, camareros, responsables de la limpieza, cocineros, jardineros, agentes de los servicios secretos o altos ejecutivos de los gabinetes de apoyo. Por cierto, es un libro cuya lectura me atrevo a recomendar a mis amigos (desconozco si existen versiones en español).

Además de constituir un testimonio interesante sobre un mundo bastante desconocido por la mayoría de los ciudadanos estadounidense y del mundo entero, relata los comportamientos protocolarios y la vida familiar de varios presidentes de aquella nación, desde Heisenhower hasta Obama, un periodo tan extenso y con tantos protagonistas que permite mostrar al lector todo un catálogo de comportamientos. Lo cuento, porque si algo me ha llamado la atención, además del sinfín de anécdotas ilustrativas de las trastiendas de la alta política americana, es la dignidad protocolaria que por lo general acompaña a los presidentes de aquel país y a quienes los rodean. Al fin y al cabo, el presidente de los Estados Unidos, como cualquier primer mandatario, está obligado a representar a su país con la máxima dignidad.

Pues bien, Donald Trump rompe moldes, se sale de convencionalismos, hace mofa de los protocolos oficiales, ningunea a los mandatarios de otros países y se comporta como si el mundo fuera de su propiedad. Los manotazos al presidente de Montenegro para situarse en primera fila de la foto, la medio samba que se marcó cuando oía el himno nacional de su propio país en un acto castrense o las malhumoradas regañinas a los periodistas congregados en más de una rueda de prensa son actitudes que ponen de manifiesto que pretende dirigir a su nación, y de paso a las demás, como un capataz negrero. No tiene ni la menor ida de lo que significan el tacto, la cortesía o la diplomacia, porque ni debieron enseñarle a ejercitar estas capacidades cuando procedía haberlo hecho ni ha debido de tener necesidad de utilizarlas a lo largo de su vida empresarial. Lo cierto es que se comporta con la desfachatez propia de un niño maleducado, de un zafio malhumorado.

Las palabras dignatario y dignidad proceden de la misma raíz lingüística. Por eso resulta llamativo que un alto dignatario carezca de la dignidad necesaria para ostentar su cargo.

31 de mayo de 2017

Y tú más. Corruptos hay en todas partes

Cada vez que oigo decir que la corrupción se encuentra en todas partes –lo que deberíamos traducir por no hay partido que se libre de esta lacra- tengo la sospecha de que estoy oyendo a alguien que defiende la corrupción de los suyos. Me resulta curioso observar como algunos dirigentes del Partido Popular, mediante la disipación de responsabilidades entre muchos, utilizando la vieja técnica del ventilador bien colocado para esparcir la mierda cuanto más lejos mejor, intentan disimular o incluso justificar los incontables casos (yo ya he perdido la cuenta y creo que no soy el único) que afectan al PP. Aunque es cierto que no hay quien habiendo gobernado no haya sido agraciado con la presencia de corruptos en sus filas, no lo es menos que hasta en esto de la sinvergonzonería existen clases. La cantidad y sobre todo la calidad de los casos que en estos momentos tachonan la imagen del PP nada tienen que ver con el choriceo o la mangancia de vía estrecha que se observa o ha podido observarse en otras formaciones. Lo de los conservadores tiene carácter institucional –sistémico dicen algunos-, porque parte de la misma médula de su organización y apoya su modus operandi en las propias estructuras del partido.

Por eso, sin negar en absoluto que sea necesario y obligado combatir con energía y sin cuartel la corrupción en todas partes por igual, vengan los desmanes del partido que vengan, considero que lo que le está sucediendo al de Rajoy bate todos los records y merece una reflexión. Tres tesoreros, algún exministro, varios presidentes de comunidad autónoma, unos cuantos presidentes de diputación y alcaldes de ciudades importantes, todos ellos imputados; y el propio presidente del Gobierno llamado a declarar como testigo en la vista del caso Gürtel. Eso sin contar a los que ya están en la cárcel y sin olvidar las sospechas fundamentadas de la propia Unidad Central Operativa de la Guardia Civil sobre otros altos cargos del PP, actuales o de épocas relativamente recientes, casos que irán saliendo a relucir en las próximas semanas, porque a la maquinaria del Estado, una vez puesta en marcha, no hay quien la pare.

Es cierto que no hay quien la pare, aunque muchos sean los intentos de detenerla, tanto de índole jurídica como policial. Las presiones desde el gobierno a la fiscalía son hechos probados, fraude que ha merecido la reprobación por el Congreso de los Diputados -es decir por la soberanía nacional- del ministro de Justicia, del fiscal general del Estado y del fiscal jefe Anticorrupción, una situación esperpéntica donde las haya. Es posible que ni siquiera en las llamadas repúblicas bananeras se permitiera que tan altos cargos continuaran en sus puestos ni un día más. Pero España es diferente, o al menos lo es la que reside en la mente del presidente del Gobierno, que nos tiene acostumbrados a la impasividad cuando de los suyos se trata. Él es uno de los que cuando le mencionan la corrupción en su partido contesta que corrupción hay en todas partes. Y con ese intento de repartir responsabilidades liquida la cuestión, como si lo primero justificara lo segundo.

Esta situación, la del extraño maridaje entre los líderes del partido popular y sus corruptos, está provocando un sentimiento de impunidad muy peligroso para el prestigio de España y sus instituciones, por muy beneficioso que lo sea para los populares. En realidad lo que está sucediendo es que intentan taponar las fugas del vapor de la corrupción con parches esperpénticos, y sabido es que las calderas sin válvulas de escape terminan explotando. Esto naturalmente lo saben los dirigentes del PP, pero da la sensación de que prefieran practicar aquello de pan para hoy y hambre para mañana. Al fin y al cabo el presente existe y el futuro siempre será impredecible.

Sí: corruptos hay en todas partes y hay que acabar con ellos. Pero no todas las corrupciones responden al mismo modelo.

Postdata: Cuando acabo de terminar la redacción de lo anterior, me llega la noticia de que el fiscal jefe Anticorrupción posee el 25% de una empresa en el paraíso fiscal de Panamá, sospechosa situación que ya afectó hace meses a un ministro de Rajoy, al que éste defendió a capa y espada hasta que se vio obligado a dimitir. Lo dicho.

29 de mayo de 2017

Segregación por sexos en los colegios. Algo se está moviendo

Hace unos días me vi envuelto en una discusión –bastante agria en las formas, todo hay que decirlo- sobre la conveniencia o inconveniencia de separar en los colegios a los chicos de las chicas durante las enseñanzas primaria y secundaria. Mis interlocutores eran personas procedentes de ese mundo que pudiéramos denominar católico preconciliar, mentalidades más próximas a la doctrina conservadora de Pio XII que a la del papa Francisco. Además, se trataba de titulados superiores y alguno de ellos, incluso, dedicado a la docencia universitaria. No estaba hablando con ignorantes, sino con personas que me merecen respeto intelectual, aunque discrepe de algunas de sus opiniones.

Tomando como base un caso real que afectaba muy directamente a la iniciativa de uno de los debatientes -colaborador activo en la promoción de un colegio religioso que separa a los chicos de las chicas, de muy reciente inauguración-, mantenían mis oponentes que la pedagogía moderna ha llegado a la conclusión de que cada sexo rinde escolarmente más si se le aísla del contrario que cuando chicos y chicas conviven en las mismas aulas. No aportaban datos, ni estadísticos ni reales, sólo impresiones extraídas de su particular experiencia, por no decir de sus convicciones religiosas. Ni que decir tiene que negué la mayor, porque soy un convencido de que los hombres y las mujeres deben compartir todas y cada una de las responsabilidades a las que hay que enfrentarse en la vida. Y en los colegios no sólo se aprenden materias escolares, también y sobre todo a vivir en sociedad.

A mí, que fui un sufridor de la enseñanza segregada por sexos –prácticamente la única que existía en tiempos del franquismo-, la tendencia que observo en algunas minorías a regresar a lo que la democracia desechó en cuanto tuvo la más mínima oportunidad, la inclinación a separar a los alumnos en aulas femeninas y masculinas, el movimiento hacia la segregación por sexos en los colegios, como si de especies diferentes se tratara, me parece un intento de retorno a las cavernas, por mucho que algunos barajen como argumento aquello de que la convivencia distrae las mentes. Pues bien, si las distrae que las distraiga, ya que al fin y al cabo la atración sexual es una condición humana que siempre estará presente en la sociedad y sobre la que conviene educar desde que se ingresa en la escuela.

Mucho me temo que esta disposición haya que identificarla con un modo fundamentalista de entender la religión -las chicas con las chicas y los chicos con los chicos-, proclividad por cierto que comparten todos las  religiones, se ponga el foco donde se ponga. Es curioso observar que cuando la católica, apostólica y romana había superado en España con holgura estos prejuicios, surjan ahora grupúsculos reivindicativos de unas prácticas que habían desaparecido casi por completo. Es difícil de entender, pero lo cierto es que siempre ha habido personas más papistas que el papa.

Creo que se trata de un intento pasajero y que las aguas volverán al cauce de la cordura pedagogica. Pero mientras tanto tendremos que soportar la presión de un poder fáctico que intenta recuperar posiciones que creía haber perdido.

23 de mayo de 2017

Habemus papam. Fumata blanca en Ferraz

Escribía yo no hace mucho en este blog a propósito de las elecciones internas del PSOE, que lo importante son las ideas y no las personas. Lo decía y lo mantengo, aunque no soy tan ingenuo como para ignorar que los líderes son los encargados de gestionar los programas políticos, de manera que a veces convierten a éstos en auténticos esperpentos, en adefesios irreconocibles, o, por el contrario, mejoran su calidad.

Por si alguien todavía no lo hubiera adivinado, me voy a referir en este artículo a Pedro Sánchez y a su espectacular victoria en las primarias del partido socialista, un triunfo aplastante que no deja lugar a dudas respecto a quién prefiere la militancia, pero que no aclara en principio qué quieren los socialistas con carné que éste haga con el poder que le han otorgado, más allá de que se oiga de vez en vez algún que otro tópico regeneracionista y de cuando en cuando alguna que otra petición de corregir el rumbo que pudiera apartarlo de la lucha por la igualdad social. Pinceladas de grueso calibre que desde mi punto de vista, y supongo que desde el de otros muchos potenciales votantes del PSOE, precisan concreción.

El electorado socialista, los millones de españoles que se sienten progresistas y que durante decenios han identificado la marca PSOE con la socialdemocracia de corte europeo, esa corriente que reclama justicia social e igualdad de oportunidades, sin menoscabo de la realidad económica en la que estamos inmersos -la economía de mercado-, está ahora pendiente de lo que Pedro Sánchez vaya a hacer con el partido que lidera. Dependerá por tanto de sus mensajes, de sus propuestas y de su saber hacer que el triunfo interno también se convierta en una futura victoria electoral. De lo contrario, de poco habrá servido su resurrección política, más allá de haber dado legítima satisfacción a sus incondicionales.

Ocasiones para aclararnos sus ideas no le van a faltar al nuevo Secretario General del partido socialista, porque la situación socioeconómica en España está candente. A corto plazo le espera un exhaustivo test que completar, desde definir su posición con respecto a Podemos, pasando por el tipo de oposición que se proponga ejercer contra el gobierno del PP, hasta su visión de la unidad de España. No es que de estas cosas no haya hablado, sino que lo ha hecho con tanta ambigüedad, con tan calculada imprecisión, que uno tiene la sospecha de que no haya querido comprometerse. El electorado puede haber entendido hasta ahora estos regates, porque la lucha por el liderazgo exigía prudencia; pero no a partir de este momento, cuando lo que quieren los votantes es ir tomando posiciones electorales.

El nuevo Secretario General tiene, además, la obligación ineludible de contribuir con su gestión a cicatrizar las heridas internas que, aunque ahora todos pretendan negarlo, se han abierto en las últimas semanas aún más de lo que estaban, porque durante la campaña electoral los adversarios no ha dudado en atacar a degüello al contrincante. No se me escapa que en esta labor han de participar todos, no sólo Pedro Sánchez; pero no me cabe la menor duda de que él, en su calidad de vencedor indiscutible, tiene la mayor de las responsabilidades en esta no fácil labor.

Ahora vendrá el congreso previsto para junio, en el que los potenciales votantes del PSOE confian en ver muchas incógnitas despejadas. Pero me atrevería a decir que no es preciso esperar hasta entonces para que el nuevo responsable vaya tomando posiciones y de paso se las explique a los demás. Después, a la vista de lo que oigan, serán los electores quienes decidirán si continuan o no confiando en el partido socialista. Ese será el auténtico triunfo o el fracaso definitivo de Pedro Sánchez.

12 de mayo de 2017

Aporofobia (rechazo a los pobres)

Oí el otro día defender a una lingüista en la radio, en uno de esos programas “cultos” de los que intento de vez en vez sacar alguna utilidad, aunque no sé si con provecho, que la palabra aporofobia -vocablo que no registran ni el Diccionario de la Real Academia ni el María Moliner- debería utilizarse para designar el rechazo a los pobres, a los marginados, a los necesitados de lo más imprescindible. No voy a entrar en consideraciones etimológicas- aunque me encantaría hacerlo porque el origen de las palabras siempre ha suscitado mi curiosidad-, sino que, partiendo de que su uso me parece muy apropiado (a: sin; poro: salida; fobia: rechazo), me limitaré a reflexionar sobre esta, a mi juicio, deformación de la mente humana.

En una reciente viñeta de El Roto, nos decía el genial dibujante que la conciencia es el peor de nuestros enemigos internos y que cuando se detecta su presencia hay que avisar inmediatamente a las autoridades. Al principio sonreí, pero enseguida, cuando reparé en la sutil y al mismo tiempo cruel ironía, comprendí la sabiduría que encierra el mensaje. En el caso que nos incumbe, aunque la marginación del prójimo provoque por lo general en nuestra mente un primer destello de compasión, solemos hacer caso omiso de su presencia y miramos hacia otro lado como si la miseria de los demás nada tuviera que ver con nosotros. Superada la sorpresa, tras ese fugaz relámpago de conmiseración, entra en juego inmediatamente la aporofobia.

Pero lo peor de todo ello es que, aunque no avisemos a las autoridades, como aconsejaba la citada caricatura, ponemos inmediatamente en juego toda una batería de justificaciones interiores, para evitar que la mala conciencia por la dejadez o inoperancia dañe nuestro sosiego. Una de ellas, muy común por cierto, es aquella que achaca al necesitado toda la responsabilidad de su situación; si esta persona está así es porque se lo ha ganado a pulso. Y otra, no sé si tan frecuente como la anterior, sería la que justifica la apatía, incluso el abierto rechazo hacia los pobres, en el temor a que la miseria los haya convertido en seres peligrosos.

Tengo la sensación de que la aporofobia, entendida como yo trato aquí de describirla, es un vicio común, una deformación de la mente de la que muy pocos se libran. Digo muy pocos, porque las excepciones existen, aunque creo que son tan escasas que resulta difícil encontrar ejemplos. Por supuesto que no me sirven como tal las figuras emblemáticas de la dedicación a los demás (Teresa de Calcuta sería un ejemplo), porque en mi opinión su regate a la aporofobia tiene justificaciones ajenas por completo a la auténtica empatía por los pobres, lo que no me impide reconocer la loable dedicación de este tipo de conocidos personajes a los más necesitados. Insisto, para que no haya dudas al respecto: aplaudo su comportamiento, admiro su actitud hacia la marginación, pero no entran en las excepciones que busco en esta reflexión.

Para encontrar salvedades a la actitud de rechazo a los pobres habría que explorar en el anonimato, en el mundo de aquellos que, venciendo sus temores a la marginación de los demás, dedican sus vidas o partes de las mismas a mitigar en lo posible la angustia de los necesitados. Y por eso, porque suelen ser seres que actúan en silencio, apartados de los focos mediáticos, es difícil encontrarlos, aunque existan. Es el mundo de los voluntarios de toda clase que, por razones que sólo anidan en sus conciencias, vencen la aporofobia y convierten el instintivo rechazo a la pobreza en combate a la miseria y a la marginación.

5 de mayo de 2017

Renegar del pasado y otras modas de nuestros días

Está de moda en política minusvalorar e incluso despreciar todo aquello que pertenezca al pasado más o menos reciente, a la etapa que se abrió tras la muerte de Franco. Parece como si de repente algunos descubrieran que hasta ahora nada ha avanzado y todo sigue igual que cuando acabábamos de salir de la dictadura. No sólo eso, sino que hay quienes consideran, o dicen considerar, que se han dado pasos atrás. Una auténtica aberración que sólo tiene dos posibles explicaciones, o la del sectarismo político irrecuperable o la de la ignorancia supina y galopante. No reconocer los avances que ha experimentado nuestra sociedad en los últimos años del siglo XX y en los que han transcurrido desde que se inició el XXI es tan necio que preocupa, por la cerrazón que implica, a las mentes bien intencionadas.

Que nadie piense que cuando digo lo anterior me guía la complacencia o la resignación, dos vicios que no profeso. Todo lo contrario, creo que hay tantas cosas por hacer y tantas otras que cambiar que mirar hacia atrás pudiera significar perder un tiempo precioso. Pero como lo cortés no quita lo valiente, opino que no está de más reconocer los avances, aunque sólo sea para aprender de lo hecho o para, en su caso, coregir errores y acelerar el progreso. Pero sucede que para algunos de los recién llegados a la política la mejor de sus estrategias es denigrar lo conseguido, hacer tabla rasa de lo existente e intentar construir sobre las cenizas de lo anterior. Es mucho más fácil destruir que edificar, demoler que erigir, sobre todo cuando no se sabe muy bien qué hacer.

Sostenía yo el otro día, en una conversación entre amigos, que durante los catorce años que Felipe González ocupó la presidencia del gobierno de España nuestro país había dado un enorme salto, desde la  mediocridad a la modernidad, desde la insignificancia a la vanguardia, de tal manera que después no la reconocía ni la madre que la parió, como en su día vaticinó con avispada jocosidad Alfonso Guerra. Pero ahora hay quienes pretenden echar por tierra aquella etapa, no sólo entre los adversarios políticos del partido socialista -lo que no debería sorprender a nadie-, también dentro de las propias filas del PSOE. Los primeros siempre lo han hecho, pero llama la atención que de un tiempo acá lo hagan unos cuantos de los segundos.

Ya sabemos que para algunos en política todo está permitido, que las maniobras partidistas a veces vulneran los principios éticos más elementales y no pasa nada. Pero resulta grotesco, ridículo hasta el esperpento, que una parte de los que hasta hace muy poco fueron fervientes socialistas, defensores de un partido unido, de su ideología progresista y de la disciplina interna irrenunciable si se pretende ser eficaz,  se hayan convertido de la noche a la mañana en furibundos enemigos de su propia historia. Da que pensar, como decía un amigo mío cuando no quería ser más explícito en sus comentarios.

Lo que digo no es un lamento nostálgico, sino una llamada a la reflexión. Destruir para construir sobre las cenizas es propio de vándalos, a quienes no interesa que quede nada, ni siquiera vestigios de lo que hubo. Edificar sobre lo existente es lo que hacen las personas inteligentes, aquellos que consideran que no hay que inventar nada que ya esté inventado.

Lo que sucede es que no siempre la inteligencia es la que guía nuestros pasos, sino que a veces nos mueven o el odio o el sectarismo o la ignorancia, o todos ellos a la vez.

1 de mayo de 2017

El insoportable hedor de la corrupción

La sucesión de casos de corrupción en las filas del PP que salen a la luz un día sí y otro también es tan continuada que resulta muy difícil seguir con atención la secuencia de los acontecimientos. Si a la cantidad de datos le añadimos la pasmosa lentitud de la justicia y la intrincada complejidad del derecho procesal en España, la nube que envuelve la situación jurídica de tantos corruptos resulta tan opaca que no hay quien vea con claridad entre tanta opacidad. Cuando uno creía haber entendido algo del caso Gürtel y los tesoreros del Partido Popular, aparece lo de Rato y su campana en la Bolsa, después lo de las tarjetas black y el banal despilfarro de los directivos de una entidad que se hundía en su mala gestión, más tarde lo de la Púnica, a continuación lo de…; y cuando uno pensaba que la cosa estaba más o menos comprendida, que al fin y al cabo eran habas contadas, se nos descuelgan con la historia tenebrosa del Canal de Isabel II. Y lo que todavía es peor: la secuencia no ha terminado.

Se dirá que estas cosas ocurren en las mejores familias y no seré yo quien niegue que la corrupción es transversal,  que afecta a tirios y a troyanos. Al fin y al cabo no es ni más ni menos que el reflejo de una época, en la que la impunidad sirve de refugio a docenas de políticos sin escrúpulos, que por otro lado se consideran protegidos por los suyos. Pero sin embargo, en el caso del PP se puede añadir una característica que hace que sus escándalos sean todavía más insoportables, el hecho de que muchas de estos hayan nacido dentro de la estructura del partido y hayan sido consentidos en aras de los intereses partidistas, unas veces porque mediante las prácticas corruptas se obtenían pingües financiaciones ilegales y otras para no levantar la liebre o para no tirar de la manta, que para el caso que me ocupa tanto me vale una expresión como la otra.

La presunción de inocencia no debería nunca servir de pretexto para retrasar la asunción de responsabilidades políticas. El caso del presidente de Murcia ha sido un auténtico esperpento, que sólo resolvió el Partido Popular cuando comprobó que podía perder el control político de aquella comunidad.  La dimisión de Esperanza Aguirre llega detrás de una numantina resistencia a dejar su asiento, porque para ella lo de la Púnica y lo de su ínclito colaborador Granados, en prisión cautelar sin fianza desde hace algún tiempo, no era un dato suficiente, necesitaba que también surgiera lo del Canal y estuviera encarcelado Ignacio González, su otra mano derecha. El señor Rajoy por su parte, fiel a su estrategia de aquí no sucede nada, se niega a reconocer que está gobernando rodeado por una peña de desaprensivos. No es capaz de desprenderse de los corruptos, no se sabe si porque para él no lo son o porque le conviene más mirar para otro lado.

En el Partido Popular hay gente decente, por supuesto que la hay; y al Partido Popular lo votan millones de personas que abominan de la corrupción, no tengo la menor duda. Pero hasta que la cúpula no tome cartas en el asunto, mientras no se produzcan dimisiones, ceses o expulsiones ejemplares, la lucha contra esta lacra estará viciada y el PP bajo sospecha. Porque todavía queda mucho por descubrir, a los españoles aún nos esperan bastantes sorpresas por delante y a los populares unos cuantos sobresaltos que soportar.

¿Tan difícil es ser honrado? Es posible que lo sea cuando las circunstancias le permitan a uno robar a espuertas.

25 de abril de 2017

Poned las barbas a remojar: ha llegado Macron

Siempre he pensado que las comparaciones, además de odiosas, son inútiles. Sin embargo, algunos de los datos que los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas aportan me sugieren algún parangón con la situación actual española, de manera que no soy capaz de resistirme a la tentación de escribir sobre ello. Sí advierto de antemano de que soy consciente de que los escenarios galo y español son muy distintos, aunque no tanto como al principio pudiera parecer. Nosotros como ellos contamos con unos partidos tradicionales en crisis, que pugnan por salir del agujero en el que los ha metido el descrédito, las luchas internas y la corrupción; los dos países disponen de partidos de nuevo cuño, que luchan por ganarse un lugar en la contienda política; y, cómo no, ni Francia ni España carecen de populistas, aunque sean de signo contrario. Más semejanza imposible.

La derecha tradicional, el partido de Fillon, se ha hundido como pronosticaban las encuestas. La corrupción del líder ha debido de tener mucho que ver con su catastrófico resultado, aunque es posible que el desgaste político, después de tantos años de ordenada alternancia con el partido socialista, haya pasado factura a los conservadores franceses. No tengo claro hacía dónde habrán dirigido el voto sus incondicionales de siempre, aunque supongo que de todo habrá, desde los que se hayan decantado hacia la extrema derecha de Le Pen, hasta los que prefieran el abrigo del centrista Macron.

La espectacular derrota del partido socialista se veía venir desde las primarias del PS, cuando el indómito Hamon derrotó al pragmático Valls. Al electorado de la izquierda moderada francesa no han debido de gustarle las proclamas radicales del primero y han vuelto su mirada a Macron, al fin y al cabo un ex ministro de Holland, con su mensaje reformista, moderado y sostenible, su inequívoca apuesta por la economía de mercado y su europeísmo decidido y sin tachas nacionalistas. En definitiva, un perfil muy del gusto de los progresistas de las amplias clases medias francesas. Y todo esto sin olvidar que Valls, el líder socialista derrotado en las primarias de su partido, lo apoyó decididamente. No creo que nadie tenga dudas a estas alturas de que la mayoría de los votantes de Macron proceden de las filas de los tradicionales electores del PS, no sé si de su militancia.

Ahora vienen la segunda vuelta, y tanto la derecha como la izquierda tradicionales se han apresurado a recomendar a los suyos que en éstas voten al líder emergente. Es cierto que en parte esta recomendación procede de la necesidad de hacer frente a la amenaza populista de extrema derecha que representa Marine Le Pen, pero no lo es menos que la posición centrada de Emmanuel Macron no suscita demasiados rechazos, como sin embargo suele ocurrir con los extremismos radicales.

Mientras tanto, no se sabe -cuando escribo estas líneas- que recomendación hará Jean-Luc Mèlenchon a los suyos, a los votantes del partido Francia Insumisa, la formación a la que apoyó Pablo Iglesias con su presencia puño en alto en algún mitin de la campaña electoral de nuestros vecinos. Aunque no creo que sus siete millones de votantes de izquierda radical vayan a dar apoyo a la extrema derecha de Le Pen, por mucho que, como algunos dicen, los extremos se toquen.

¿No se parecen las dos situaciones mucho? En nuestro país, más de uno, si no todos, deberían poner sus barbas a remojar, aunque se afeiten todos los días.

19 de abril de 2017

Culto a la personalidad. Las primarias del PSOE

Ya he confesado en alguna ocasión que los periodos de vacaciones, cuando uno cambia de domicilio para pasar unos días fuera de su entorno habitual, son ricos en contactos con personas distintas de las del día a día y, por tanto, también una magnífica ocasión para recibir opiniones completamente diferentes a las acostumbradas.

En uno de estos encuentros, me decía el otro día un militante socialista, proclive a la candidatura de Pedro Sánchez a la Secretaría General del PSOE, que si no ganaba éste las primarias dejaría de votar a su partido. Me quedé pensativo ante una manifestación tan categórica, que mi interlocutor basaba en la necesidad absoluta de establecer un cambio de rumbo, ya que, en su opinión, el aparato ha llevado a la formación socialista a desviarse de los principios de izquierda renovadora que hasta ahora la caracterizaban.

A la vista de esta opinión, se me ocurre pensar que aunque la militancia sea conveniente e incluso necesaria para sustentar un partido político, los militantes nunca deberían olvidar a los que verdaderamente consiguen que se ganen o se pierdan las elecciones, es decir a los electores. Se podrán dar de baja aquellos que quieran, pero numéricamente su abandono poco representaría comparado con el efecto devastador que causaría un candidato con unas ideas no aceptadas por la gran masa de votantes socialistas. Ahí es donde está el quid de la cuestión y no en las preferencias internas.

La misma persona me aseguraba en otro momento de nuestra conversación que la elección de Pedro Sánchez representaría el regreso o la permanencia de muchos jóvenes en las filas socialistas, porque es un candidato que representa a la juventud, mientras que a Susana Díaz sólo la apoyan las viejas guardias del partido. Discrepo de esta opinión, que me parece poco rigurosa, porque son muchos los jóvenes de mentalidad progresista que rechazan un excesivo giro hacia la izquierda radical y antisistema, que en estos tiempos identifican con Podemos; y Pedro Sánchez con algunas de sus declaraciones ha dado motivos para despertar dudas al respecto. No creo en absoluto que las preferencias hacia uno u otro candidato tengan que ver con la edad. Insisto en que desde mi punto de vista ese planteamiento resulta demasiado simple.

Por mi parte estoy más pendiente de lo que se proponga en el próximo congreso, es decir del programa político que surja del debate congresual, que de las primarias propiamente dichas. Tengo la sensación de que hay mucho ruido, el correspondiente a un periodo electoral, pero que las aguas no amenazan con desbordarse, porque doy por hecho que el sentido de la supervivencia política se impondrá. Para ser más preciso, estoy a la espera de que se clarifique la posición que mantendrá el PSOE con respecto a Podemos, puesto que las diferencias con el PP las tengo claras. Y esa clarificación afecta a dos aspectos a cuál más importante, en primer lugar marcar las diferencias con la radicalidad populista de la llamada por algunos nueva izquierda, y en segundo definir las condiciones que se exigirían ante una hipotética alianza poselectoral con ésta. Ni me gustan las proclamas rupturistas de los "podemitas" ni me fio de ellos como aliados políticos. No pierden la ocasión de insultar, denigrar o calumniar al PSOE, como si el partido socialista fuera su verdadero enemigo. Aunque se trate de una formación de factura muy reciente, ya cosechan suficiente historia como para que se pueda predecir su comportamiento futuro.

Después dependiendo del programa votaré o no al PSOE, con independencia del candidato que resulte elegido en las próximas primarias. Al fin y al cabo me interesan las ideas mucho más que las personas.

7 de abril de 2017

A ver si me aclaro

La situación por la que está pasando el PSOE me desconcierta tanto, que referirme a ella me obliga a hacer un gran esfuerzo mental. Mejor dicho, me da tanta pereza enzarzarme conmigo mismo en una discusión que me ayude a aclarar las ideas, que voy a ver si escribiendo, diseccionando en la medida de lo posible las circunstancias que concurren, consigo disipar la niebla que dificulta distinguir con claridad lo que sucede.

Las broncas internas que el partido socialista está sufriendo, con la vista puesta en el próximo congreso, las entiendo perfectamente, porque unas primarias son al fin y al cabo elecciones en las que se elige a una persona que debería representar una visión política diferente de las que defienden los restantes aspirantes. Si los candidatos valoran sus propuestas como las mejores, es inevitable que señalen los defectos que observan en las de los rivales y las critiquen. No digo que deban recurrir al insulto ni a la descalificación personal, pero sí a poner en evidencia los fallos que perciban en los otros. Y eso, se ponga uno como se ponga, significa controversia y lucha dialéctica.

Por eso, la expresión "todos somos socialistas", que oigo repetir a los candidatos de vez en vez, no me vale, porque la pregunta que surge a continuación es qué clase de socialista eres. No sólo no me vale, sino que la considero una simpleza ramplona, casi un insulto a la inteligencia de los que reciben el mensaje. Decir que se es socialista, y dejarlo ahí en el enunciado sin explicar el contenido, es lo que suelen hacer los que no saben lo que quieren. Prefiero pensar que los aspirantes a la secretaría general del PSOE conocen lo que defienden.

Pero no tengo claro qué representa cada uno de los tres, más allá del estereotipo que los medios de comunicación les asignan. Según estas visiones, tan generales y difusas que poco significan, Susana Díaz representaría la moderación y la continuidad institucional -eso que llaman el aparato-, Pedro Sánchez la renovación y una vuelta de tuerca hacia posiciones más extremas -y según los suyos el apoyo de la militancia-, y Patxi López un intento de acercamiento de los dos extremos del espectro.

Para complicar aún más las cosas, están los talantes personales, muy distintos los unos de los otros, desde el acalorado Pedro, pasando por la vehemente Susana, hasta el frío, casi impávido, Patxi. Tres maneras de ser, tres estilos de expresión que a mí personalmente no acaban de gustarme del todo, aunque cosas mucho peores vea a diario cuando miro a otros partidos. Lamento decirlo por lo que pueda tener de nostalgia, pero echo de menos la oratoria política de Felipe González, la precisión lingüística de Alfredo Pérez Rubalcaba o el tono conciliador de José Luis Rodríguez Zapatero. Sé que son piezas del pasado y reconozco que hacen falta caras nuevas. Pero no puedo evitar acordarme de ellos en determinados momentos, aunque reconozca que son sujetos políticos quemados por el ejercicio de la cosa pública.

Si me quedara aquí, en la consideración de que los candidatos no responden a los estándares ideales para mí, estaría reconociendo que el PSOE ha dejado de parecerme una opción recomendable. Pero las cosas son bastante más complejas que el simple juicio de las personas. Es preciso entrar en el análisis comparativo entre los partidos, en la contemplación completa de las ofertas políticas disponibles. Y ahí es donde se me acaban las dudas, porque no estoy dispuesto a dar mi voto a la derecha rancia y ultraconservadora que representa el PP y sus amigos de Ciudadanos, ni tampoco a esa “nueva izquierda” encabezada por Podemos, que con tanto mal estilo, odio obsesivo a lo establecido y batiburrillo de grupúsculos diversos, incluso divergentes, me produce una desconfianza desmedida.

Me queda, por tanto, confiar en que el PSOE clarifique las ideas y las exponga en el próximo congreso. Si lo hace así, volveré a otorgar a su candidato mi confianza.

29 de marzo de 2017

Europa de mis amores y desamores

Desde muy joven, cuando no era más que un adolescente que quería saberlo todo, me han interesado los asuntos que versaran sobre el arduo proyecto de unión de los estados europeos que se puso en marcha tras la Segunda Guerra Mundial. Estábamos entonces en plena dictadura, y contemplaba el devenir de Europa como algo ajeno, porque sabía muy bien que sin libertades ciudadanas nuestra entrada en la entonces Comunidad Económica Europea nos estaba vedada. Creo que mi conversión a la democracia, o mejor dicho mi descubrimiento de la envidiable libertad que se gozaba en otros países vecinos, viene de aquella época, cuando leía a diario en el ABC, al que mi padre estaba subscrito, las noticias que llegaban sobre los avances de los países fundadores del Mercado Común hacia la integración total. Eran tiempos de censura y no todo se decía, pero sí lo suficiente como para poder leer entre líneas.

El 26 de junio de 1985, cuando España firmó por fin el tratado de adhesión a la Comunidad, me llevé una de las mayores alegrías de mi vida. Tuve entonces la sensación de que nuestro país dejaba atrás décadas de aislamiento y autarquía, y se incorporaba a la modernidad y al progreso, al club de las naciones de mayor solera histórica, a un espacio de bienestar social y económico sin parangón. Me sentí en aquel momento ciudadano de un estado supranacional, sólido y seguro, subdito de uno de los espacios geopolíticos más prósperos del planeta.

Mucho ha llovido desde entonces y muchas también han sido las vicisitudes por las que ha pasado el gigantesco proyecto de unión europea, algunas esperanzadoras y otras frustrantes. Pero como me gusta ejercer de optimista –el pesimismo no es útil en absoluto- prefiero pensar en que, a pesar de los nacionalismos de vía estrecha, de los populismos de uno y otro signo y de los ataques externos que intentan sembrar de minas el recorrido, los avances hacia la plena unidad continúan imparables.

El Brexit ha supuesto uno de los muchos obstáculos con los que ha tropezado el proyecto europeo, puede que el mayor por lo que tiene de mal ejemplo. Pero en contra de lo que algunos opinan, quizá haya sido providencial que el Reino Unido abandonara la Unión Europea. Desde mi punto de vista, la presencia británica se estaba convirtiendo en un lastre, porque sus exigencias frenaban constantemente los avances hacia la integración. Ahora que se han marchado será posible continuar hacia adelante sin tantas dificultades como existían. Hubiera sido preferible que continuaran, qué duda cabe, pero no a base de poner constantemente zancadillas, de intentar construir una Europa a la medida de las exigencias de Londres.

El revulsivo ha sido tan grande, que ahora empiezan a oírse voces que exigen acelerar el ritmo, superar prejuicios nacionalistas y avanzar hacia una auténtica federación de estados, con la vista puesta en lo que ya algunos empiezan a denominar Estados Unidos de Europa, una nueva nacionalidad que nos ampare a todos por igual, no sólo en los aspectos económicos, también y sobre todo en los sociales.

Decía que soy optimista, pero no ingenuo. Las dificultades siguen siendo muchas, entre otras el apego a lo propio en perjuicio de lo foráneo, la desigualdad entre los niveles de vida de unos países y de otros y la variedad de culturas y de mentalidades. El trayecto a recorrer será largo y pasarán todavía decenios antes de que se vea el resultado de un proyecto que cuenta ya con sesenta años de recorrido, un plan además de metas volantes, porque cada logro supone una victoria. No hace falta haber llegado al final para poder disfrutar mientras tanto de los triunfos parciales, que son cuantiosos.

24 de marzo de 2017

El difícil y necesario equilibrio

Mis ideas políticas hace tiempo que se mueven dentro del espectro ideológico que se domina socialdemocracia, como ya he confesado en estas páginas en más de una ocasión. La palabra, de tan manida, a veces pierde concreción y su significado se difumina, aunque en realidad sus premisas sean pocas y concluyentes: respeto a la economía de mercado, intervención del Estado para evitar los abusos del sistema financiero cuando sea necesario, defensa de un modelo fiscal progresivo destinado a corregir la desigualdad de oportunidades entre las distintas capas sociales y agenda social enfocada a proteger con decisión a los más necesitados.  

Digo que son pocas y concluyentes, pero no afirmo que sean fáciles de poner en práctica. Cuando se navega por las aguas de la libertad de mercado y al mismo tiempo por las de la defensa de la justicia social, se corre el riesgo de confundir el rumbo, o bien porque prive más lo primero que lo segundo o por el contrario porque se escore hacia posiciones intervencionistas que ahoguen la economía productiva.  Dicho de otra manera, si no se mantiene el equilibrio que le es propio a la socialdemocracia, existe el peligro de caer en las garras de la derecha neoliberal, ávida de ganar aliados, o de bailar el agua a la izquierda utópica y demagógica, dispuesta a vender su alma al diablo con tal de acabar con el status quo.

Se dice con harta frecuencia que la socialdemocracia europea está en crisis. Pero nadie explica por qué, más allá de ciertas acusaciones de desgaste político después de tantos años de gobierno. Sin embargo, la causa de esta inestabilidad política, desde mi punto de vista, radica en la pérdida del equilibrio ideológico que sufren con frecuencia los partidos que la defienden, o porque deriven hacia posiciones que los votantes identifican con la derecha pura y dura, o como consecuencia del rechazo que produce en el electorado de centroizquierda los compadreos con la izquierda radical.

La socialdemocracia supone equilibrio, moderación y posibilismo, entendiendo con esta última palabra la tendencia a procurar con decisión sortear las dificultades que ofrece la realidad en la que ha de desenvolverse la actividad política, siempre con la vista puesta en conseguir una sociedad más justa. No forma parte del ideario socialdemócrata asaltar los cielos ni destruir lo existente para construir sobre sus cenizas. La cordura, la sensatez y la mesura, cuando el objetivo está claro, suelen ser muy buenas consejeras. Las precipitaciones, los atajos y el alboroto sólo consiguen retrasar la marcha de los avances sociales, como tantas veces ha demostrado la historia política de nuestro país y del mundo entero. No por mucho madrugar amanece más temprano.

El único partido que ha representado en España a la socialdemocracia, y puede seguir representándola en el futuro, es el PSOE, aunque algunos, que nunca han tenido nada que ver con esta ideología, pretendan apropiarse del nombre, por eso de a ver si cuela. Como consecuencia de lo primero, observo con verdadero interés los movimientos de los candidatos a la Secretaría General del partido socialista, sin que hasta ahora me haya inclinado por uno o por otro o por otra. Yo no voy a participar en estas primarias, porque no milito, pero como posible votante de la opción tengo que comprobar hasta qué punto sus mensajes responden a los cánones que apunto más arriba.

Sólo si el PSOE defiende sin tapujos los principios socialdemócratas contará con mi voto. No me valen ni compadreos con la derecha de Rajoy, que representa al liberalismo económico más rabioso, ni carantoñas con el anticapitalismo de Pablo Iglesias, obsesionado hasta la paranoia con el fantasma del IBEX 35.

La socialdemocracia existe y debe ocupar una vez más el lugar que le corresponde en nuestra sociedad.

15 de marzo de 2017

Laicidad, religiosidad y otros conflictos de moda

La propuesta de Podemos para que se supriman las misas que transmiten los canales públicos de televisión no ha dejado indiferente a casi nadie. Por un lado se oyen voces de indignación religiosa, de signo integrista, y por otro se aplaude la idea como si se tratara de una medida revolucionaria de gran alcance. Las tertulias radiofónicas o televisivas no hacen otra cosa que hablar de este asunto, incluso he oído a un presentador exigir en directo a sus colaboradores habituales que se definieran sin tapujos sobre esta iniciativa. Las respuestas han sido de todo tipo, desde los que se oponían a la medida a pesar de ser ateos, pasando por los que entonaban  la libertad religiosa como un derecho inalienable, hasta llegar a los que no saben/no contestan. De todo como en botica.

La Constitución Española de 1978, en su artículo 16 dice textualmente: Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y con las demás confesiones. Un texto que a mi juicio no deja dudas sobre su verdadero significado, que no es otro que separar la religión de la vida pública. Otra cosa es que algunos, al amparo de ese “tener en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española” y de la cita expresa a la Iglesia Católica, se aprovechen para tergiversar la intención del constituyente, o para defender sus creencias o para salvaguardar los interese de su organización, que de todo hay.

La verdad es que en esto de la laicidad del Estado hemos avanzado muy poco. Los poderes religiosos se resisten numantinamente a perder sus privilegios y una parte minoritaria de la sociedad les sirve de amplificador con sus proclamas religiosas. Y no me refiero a los católicos en general, muchos de los cuales acaban de enterarse de que se televisaba la misa en directo, sino a una minúscula facción, muy activa, eso sí, que profesa su religión como si se tratara de una cruzada de nuestro tiempo, de una lucha contra el infiel.

Desde mi punto de vista, hace tiempo que situaciones como la que ahora sirve de controversia deberían haber desaparecido de la escena pública, para quedar circunscritas al entorno de la privacidad, que es en el que se debe practicar la religión, con total libertad, por supuesto. La misa televisada por la cadena pública no es más que uno de los muchísimos ejemplos de invasión religiosa del espacio público, de incumplimiento de la Constitución que sufrimos los españoles. Desde los actos castrenses, en los que seas católico o no lo seas tienes que aceptar la liturgia religiosa en las paradas militares, hasta las procesiones que invaden las vías públicas, las ofrendas florales a docenas de vírgenes o los rosarios de la aurora. Pocos actos oficiales se salvan en España de la presencia, mayor o menor, del estamento religioso.

Siento un enorme respeto por los creyentes, pero no por las perseverantes maniobras de algunos por mantener la supremacía social de las instituciones religiosas, que demuestra que lo que les preocupa no es ser fieles a sus creencias, sino mantener los privilegios materiales que siempre, desde tiempos inmemoriales han disfrutado. Ese y no otro ha sido el detonante de tanta absurda confrontación religiosa, de tanto anticlericalismo ultramontano, de tanta falta de cordura.


10 de marzo de 2017

¿Qué es la inteligencia?

Empezaré advirtiendo, para que nadie se lleve a engaño, que soy absolutamente lego en la materia que titula este artículo. Lo que no significa que no tenga interés en aproximarme a un concepto tan etéreo como es el de la inteligencia, aunque sólo sea con la intención de hacerme una idea aproximada de lo que significa. Aunque mucho me temo que mi pretensión sea inútil y que una vez más esté intentando la cuadratura del círculo.

He buscado y rebuscado entre los documentos a mi disposición definiciones que me dieran alguna pista sobre este concepto, pero ha sido un esfuerzo inútil. En el mejor de los casos no me han descubierto nada que no supiera de antemano, sólo ambigüedades sobre la capacidad de elegir lo mejor, de entender con clarividencia lo que nos rodea o de distinguir entre lo conveniente y lo nocivo para uno mismo. En el peor -o quizá también en el mejor por lo simpático-, hasta me han hecho reír a carcajadas, como aquella que afirma que inteligencia es lo que se puede medir con pruebas de inteligencia. Redonda definición donde las haya.

En realidad mi preocupación ni es etimológica ni es semántica. Lo que creo que me inquieta es no saber por qué hay personas a las que se les atribuye una gran inteligencia, cuando a mí me parecen más zotes que un tonto de pueblo, entrañable figura, por cierto, que adoro porque imprime carácter a su localidad natal. O cuando, por el contrario, me encuentro con personajes a los que considero sagaces, hábiles e intuitivos, y sin embargo se comportan con una credulidad, con una ingenuidad y con una falta de capacidad de discernimiento que llama la atención o que, al menos, a mí me la llama. Parece a veces que se hubieran dejado todo en la carrera, como decía aquel.

Mucho me temo que la inteligencia no sea más que un concepto filosófico, tan difuso e inconcreto como todo lo que pertenece a la metafísica, y que por tanto no tenga definición. O también puede que no sea más que la mezcla de muchos ingredientes, estos sí definibles, aunque no lo sea el resultado de la mixtura. Algunas de las definiciones que he consultado apuntan en este sentido, como aquellas que mencionan a la memoria, a la voluntad y al entendimiento, las tres potencias del alma que aparecían en el viejo catecismo de Ripalda poco después de lo de decid niño como os llamáis: Pedro, Juan, Francisco etcétera.

Sucede además que entre los reactivos que dan lugar al compuesto que algunos llaman inteligencia hay algunos de carácter nato o genético y otros adquiridos como consecuencia de la influencia del entorno. Por un lado neuronas de mejor o peor estructura y, por otro, educación o adoctrinamiento con distintos grados de intensidad. Y aunque como dice el proverbio lo que natura no da Salamanca no presta, una buena educación puede disimular en parte las disfunciones neuronales y una estructura mental bien amueblada puede fracasar si el individuo no la cultiva adecuadamente.

Mucho me temo por tanto que no podamos hablar con propiedad de personas inteligentes o no inteligentes, lo que no evita que nos formemos una idea subjetiva sobre la capacidad intelectual de cada uno de los que nos rodean. Pero ¡ojo!, porque además de subjetiva estará definida por la inteligencia de uno mismo, y esa sí que nadie es capaz de valorarla.

¡Qué complicado es todo esto! ¿No será que me falta inteligencia para entender qué es la inteligencia?

2 de marzo de 2017

Cuidados paliativos. Algo está cambiando

A lo largo de unas recientes vivencias personales, muy tristes por otro lado, he tenido ocasión de conectar con cierta frecuencia con la sanidad pública, esta vez en calidad de simple espectador. Excuso decir que, con independencia de las dolorosas razones que han ocasionado estos contactos, he procurado tomar debida nota de lo que veían mis ojos, con el decidido propósito de comprobar si era cierto que los recortes impuestos por el gobierno de Rajoy han causado un serio vapuleo al sistema sanitario español, uno de los puntales más importantes del llamado estado del bienestar. Anticiparé, aun sin ánimo de ser derrotista, que la situación me ha parecido peor que la que me había imaginado.

El hospital de La Paz de Madrid, en otros tiempos paradigma de la sanidad pública española, ofrece hoy un aspecto de decrepitud mal disimulada, la sensación de que faltara dinero hasta para tapar los desconchones. Es cierto que el cuerpo sanitario -médicos, enfermeros, auxiliares y celadores- se desvive por hacer las cosas bien, pero se percibe en los profesionales un cierto ánimo de derrota, la sensación de que les estuvieran faltando los recursos necesarios para hacer su trabajo. No es que lo manifiesten de forma explícita, simplemente se nota en sus silencios, en sus gestos y en sus actitudes.

No quisiera entrar en casuística, porque lo que he visto me afecta tan de cerca que me dolería citar ejemplos. Baste con decir que he sido testigo de diagnósticos erróneos, de perdidas injustificadas de los resultados de ciertas pruebas y de retrasos en la toma de decisiones respecto al tratamiento adecuado, no porque los médicos no supieran lo que tenían que hacer en cada caso, sino como consecuencia de que la proporción entre el personal sanitario disponible y el número de enfermos por atender hace muy difícil que no se cometan errores.

Sin embargo, algo se salva del juicio tan crítico que acabo de hacer, los servicios de cuidados paliativos, a los que también he tenido ocasión de acercarme. Debo decir, y creo que no exagero un ápice, que lo que he visto me ha dejado una buena impresión, si se puede emplear esta frase en un asunto tan triste. Todo ha funcionado correctamente, no sólo con respecto a la accesibilidad, que ha sido rápida y diligente, también desde el punto de vista de la calidad de una asistencia sanitaria tan delicada como es la de atender a los enfermos desahuciados. Una atención, por cierto, que exige a los profesionales altos índices de preparación en los aspectos técnicos, en los psicológicos y, por encima de todo, en los humanos.

La impresión que me ha quedado es que estamos ante un cambio de mentalidad en ese mundo tan comprometido como es el de la toma de posición ante la muerte de los enfermos incurables. No quisiera hablar de eutanasia, porque en este país de radicalidad religiosa, de integrismo católico, la palabra pudiera ser manipulada. Pero no puedo dejar de considerar que los cuidados paliativos que yo he visto se parecen mucho a la muerte asistida, con la diferencia de que en un caso se provoca el final de manera activa y en el otro se permite morir al paciente sin martirizarlo con tratamientos inútiles, con placidez.

El día que se adopte como norma de conducta una ética laica, que prescinda de credos religiosos y se base exclusivamente en valores universales, en criterios ampliamente reconocidos y aceptados en cualquier lugar del planeta, la humanidad en su conjunto habrá dado un paso gigantesco. Esta experiencia me ha servido para comprobar que, a pesar de las intransigencias sectarias y de que la intolerancia religiosa siga presente, la sociedad avanza por delante de la lenta inercia de los legisladores, como tantas veces.

Mientras tanto, me reconforta pensar que algo está cambiando en el mundo de la atención a los enfermos incurables.

27 de febrero de 2017

Palabras grandes, hechos pequeños y corrupción rampante

Las grandes palabras que utilizan los políticos, las expresiones grandilocuentes con las que acostumbran a componer sus discursos suenan, cada día más, a retórica vacía e ineficaz. Libertad, justicia, solidaridad, democracia o tantos otros vocablos de grueso calibre, de tan extenso contenido que sin concreción poco significan, brotan de sus bocas con tanta facilidad y frecuencia que terminamos oyéndolos de la misma forma que si oyeramos llover, como si formaran parte del paisaje. Un derroche de prosopopeya inútil y de juego de artificios lingüísticos, que no son más que palabrería banal e intento de disimular con exceso de suntuosidad verbal la falta de contenido de la mayoría de sus mensajes.

Muchas de esas palabras se utilizan para condenar la corrupción. La mayoría de los políticos se rasgan las vestiduras ante las indecencias de los demás, anatemizan a sus adversarios, prometen medidas ejemplares y gritan a los cuatro vientos que para decentes ellos. Pero cuando les toca el turno, cuando les afecta a ellos, o callan como bellacos o miran para otro lado o intentan justificar lo injustificable. En definitiva, practican la ley del embudo -lo estrecho para ti y lo ancho para mí- como si existieran dos clases de corrupción, la  que practican ellos y la que incumbe a sus rivales políticos.

Incluso, como sucede estos días con alguno de los casos que están en candelero, tergiversan el sentido semántico de algunas expresiones jurídicas -la figura del investigado, antes imputado, sería un caso-, retuercen el sentido de los compromisos adquiridos con otras fuerzas para luchar contra la corrupción y se desdicen de lo dicho, con tanta alegría, con tan pródiga desfachatez que daría risa si no fuera porque se trata de un asunto de la mayor transcendencia.

Mientras que algunas de las decisiones que han tomado los tribunales de justicia en los últimos días me han dejado cierto poso de inquietud, al mismo tiempo me ha parecido observar que algo se está moviendo en el seno de la judicatura, un movimiento lento y algo soterrado que pudiera significar el principio de un plante a favor de la independencia del poder judicial frente al ejecutivo, una llamada de atención de los juristas al gobierno. La reacción de éste, con el ínclito ministro de justicia, Rafael Catalá, a la cabeza, parece clara y contundente, controlar a los fiscales díscolos. Sin embargo, ni así las tienen todas consigo, porque muchos de éstos, a pesar de que se vean obligados a actuar a las órdenes de sus superiores jerárquicos, pueden, si quieren, mover muchos hilos para desentrañar los casos de corrupción, como parece que lo están haciendo.

Oía el otro día en la radio a la corresponsal de un periódico francés en España confesar que, hace poco tiempo, cuando saltó el caso Noos, escribió en su periódico que la infanta Cristina nunca llegaría a sentarse en el banquillo de los acusados. Reconocía que se había equivocado y sacaba la conclusión de que las cosas están cambiando en España, porque, con condena o sin condena, la situación procesal de la hermana del rey, en su opinión, ha sido ejemplarizante, tratándose de quien se trata.

Todos los años se publica un índice a nivel internacional que se denomina Percepción de la Corrupción. Este indicador otorga un 100 al país menos corrupto y un 0 al que albergue mayor corrupción en su administración pública. España en 2016 obtuvo una puntuación de 58, con la cual ocupa el puesto 41 de los 176 países que componen la relación. En el año 2015, aunque tuviéramos la misma puntuación, ocupábamos el puesto 36. Hemos descendido, por tanto, en el baremo, porque seguramente otros habrán puesto más empeño que nosotros en corregir esta lacra.

Confiemos en los jueces y en los fiscales, que son los que de verdad pueden combatir la corrupción con eficacia. Mientras tanto tendremos que seguir oyendo muchas palabras huecas y observando pocos resultados prácticos por parte de los políticos.

23 de febrero de 2017

Por qué y para quién escribo en este blog

Me han preguntado en alguna ocasión por las razones que me llevaron en su día y me siguen llevando hoy a escribir en este blog. Mi contestación ha sido por lo general vaga e imprecisa, lo reconozco, porque si hubiera sido sincero del todo debería haber contestado que lo hago para satisfacer mi deseo de poner por escrito lo que pienso, una inquietud que durante algún tiempo sofoqué con la redacción de las novelas y los libros de viaje que hasta ahora he publicado. Interrumpida aquella etapa –me gustaría pensar que se trata tan sólo de un paréntesis- necesito dar salida a las ideas que circulan por mi mente, escribirlas para que no se queden en etéreas elucubraciones mentales.

La segunda pregunta –que no recuerdo que me hayan hecho nunca- sería para quién escribo. Teniendo en cuenta que la mayoría de los que se acercan al Huerto abandonado forman parte de mi entorno personal –amigos, familiares o conocidos- debería contestar, si me la hicieran, que para ellos. Pero no sería del todo cierto, porque cuando me abstraigo en una idea que trato de plasmar por escrito, me olvido por completo de que puede ser que haya quien la lea después, me sumerjo en los pensamientos que van surgiendo y sólo presto atención a no perder la coherencia entre lo que me dicta la mente y lo que escribo, entre lo pensado y lo escrito.

Pero hay una tercera pregunta -que posiblemente sólo yo me haga- que consiste en lo siguiente: ¿lo que escribo son ensayos o alegatos a favor o en contra de alguien o de algo? Mi contestación, subjetiva por supuesto, es que se trata de lo primero. Intentaré explicarme, si es que soy capaz, porque no es fácil para mí discernir entre lo uno y lo otro. Si por alegato entendemos la intención de convencer, aleccionar o influir en el pensamiento de los demás, no escribo con esa pretensión, porque modificar los criterios de otros está muy lejos de mi propósito. Si definimos como ensayo la expresión de las ideas propias con el ánimo de cuestionarlas, someterlas a la duda sistemática y a la criba del escepticismo –enredos a los que soy muy dado-, estaría ejerciendo de ensayista o, al menos, intentándolo.

Me reprochaba el otro día un amigo -cariñosamente, eso sí- que en uno de mis últimos artículos, a propósito del secesionismo catalán, no me posicionara. Le habían gustado las ideas que expresaba –me dijo- pero echaba de menos que al final no diera mi opinión. Le contesté que precisamente ese era mi propósito, el de exponer un problema, analizar sus causas, mencionar las posiciones en litigio y dejar la cosa ahí, aunque tenga mis criterios al respecto, opiniones que por cierto creo que se descubren o se intuyen si se lee entre líneas, que es como a veces hay que leer. Las opiniones propias, al existir, se escapan sin control y terminan campando por sus respetos.

Como decía arriba, escribo para dar rienda suelta a mis ideas, pero no para convencer a nadie. Mis dudas ante todo lo que sea opinable, y también mi escepticismo frente a las soluciones que se propongan para solucionar los problemas, me inclinan a permanecer al margen de ciertas controversias, no porque no tenga ideas, sino porque sé muy bien que tan sólo son las mías. O dicho sea de otra forma, me distancio de la disputa para verla con mejor perspectiva, lo que no evita que en algunas ocasiones me meta en el fregado.

Porque una cosa es proponerse permanecer al margen de las contiendas sociales y otra muy distinta no caer en la tentación de entrar al trapo de tanto despropósito y de tanta falta de rigor como le rodean a uno.

17 de febrero de 2017

No son sólo los políticos. También los ciudadanos de a pie

Vuelvo a reflexionar sobre el llamado problema catalán, aunque esta vez lo haga desde una perspectiva algo distinta, que en mi opinión no contradice lo que expresaba la vez anterior (Choque de trenes. ¿Inevitable? - 14.2.17) sino que sirve de complemento.  Lo que pretendo ahora decir es que no sólo los políticos son responsables de la situación a la que se ha llegado en el conflicto secesionista, también una parte de la población española, catalana o no, que por ignorancia, dejadez o prejuicios ancestrales contribuye día a día con sus comentarios a empeorar la situación. A veces oigo juicios que me dejan perplejo por su falta de rigor y por su visceralidad, opiniones de desprecio, de ninguneo, incluso de odio soterrado, sin más fundamento que el ejercicio de la frivolidad, como si se tratara de un asunto intrascendente.

Cuando el otro día me refería a los políticos y a su responsabilidad en el enfrentamiento entre las dos partes –el gobierno central y los secesionistas- omití, sin intención, un aspecto que considero en este caso de suma importancia: el de la pedagogía. Nadie la está ejerciendo, cuando el problema requiere grandes dosis de conocimientos, muchos de los cuales no están al alcance de todos. Me refiero a aspectos sociales, económicos, culturales e incluso, por qué no, históricos. A veces tengo la sensación de que existe una falta de permeabilidad total entre las dos partes, una desinformación de los unos con respecto a los otros, una apatía ramplona que no permite al que la ejerce entender lo que está sucediendo.

Por ejemplo: dicen los unos que a los catalanes lo único que les interesa es el dinero y contestan los otros como un eco que los españoles les roban. Lugares comunes que en nada ayudan, acusaciones infundadas que nadie discute, quizá porque sean muchos los que prefieran mantener este grado de confusión, que a lo único que ayuda es a avivar la llama de la discordia. Otras veces no son acusaciones, sino simples expresiones que descubren la visión de quien las pronuncia, como cuando se alude a los catalanes como un todo indiferenciado, sin matices, metiendo a tirios y a troyanos, a unionistas y a separatistas en el mismo saco. O cuando, desde el otro lado, se habla de los españoles en general como los culpables de todos los males que afectan a Cataluña. Sólo unos cuantos, de uno y otro lado, afinan sus expresiones para no incurrir en desatinos intelectuales, se expresan con el rigor pertinente, lo que siempre resulta recomendable, mucho más en una situación de enfrentamiento como la que vivimos.

Lo del idioma ya es para aburrir. En este tema el desconocimiento de causa se adueña de la situación. En un parte del conflicto son muchos los que no acaban de aceptar que los catalanes tengan su propia lengua, que aman y respetan, que han mantenido viva a lo largo de los siglos a pesar de las dificultades y en la que se sienten confortables cuando la utilizan porque es la que han mamado. En la otra, quizá como un movimiento de rechazo a lo anterior, abundan los que con la pretensión de defender el catalán postergan el castellano, ponen trabas a su utilización o discriminan su uso. Dos actitudes torpes que convierten una riqueza cultural, el multilingüismo de España, en materia de controversia, en estúpida arma arrojadiza.

En el fondo de todas estas actitudes no hay sino desconocimiento, aliñado con una fuerte dosis de prejuicios y acompañado de la total falta de interés en ayudar, desde la perspectiva individual, a que no se caven fosas de desunión, a que se destierre la amenaza de división del estado que nos acoge a todos.


10 de febrero de 2017

Choque de trenes. ¿Inevitable?

Pido disculpas por haber elegido como título de este escrito una frase tan manida. Pero resulta que no se me ocurre, lo digo con absoluta franqueza, nada más expresivo para encabezar mis reflexiones de hoy sobre lo que está sucediendo en Cataluña. Dos trenes que se aproximan en sentido contrario a toda velocidad y que, inconscientes del batacazo que se avecina o conscientes pero incapaces de reaccionar, en lugar de frenar aceleran. Dos ejercicios de irresponsabilidad política que pagaremos caro los españoles, incluidos por supuesto los catalanes.

No voy a entrar en las razones que mueven a los dos maquinistas -el gobierno central por un lado y los secesionistas por otro- a manejar la situación como lo están haciendo, porque tanto se ha debatido sobre ellas que sería volver a inútiles circunloquios, lo que a buen seguro me desviaría de la idea que hoy me impulsa a escribir sobre este asunto, sobre un conflicto político que de tanta soba por parte de unos y de otros, de tantas proclamas estériles parece haber perdido importancia, cuando por el contrario nos encontramos ante una posible convulsión social y económica de grandes dimensiones. Que un país del tamaño de España llegara a dividirse después de cinco siglos de andadura en común, no traería más que consecuencias negativas, de las que las dos partes tardarían decenios en recuperarse, si es que alguna vez alcanzaran los niveles que habrían logrado si hubieran permanecido juntas.

Lo que está sucediendo es que no hay ningún deseo de solucionar el problema, cuando son tantos -yo entre ellos-, a uno y otro lado del conflicto, los que opinan que existen soluciones razonables. Aferrarse a las leyes, enarbolar la bandera de la legalidad vigente y acudir a los tribunales de justicia como alternativa a la toma de iniciativas políticas significa retrasar la deriva separatista sin solucionar el problema, supone intentar cerrar heridas en falso que acabarían abriéndose tarde o temprano. Insistir en la hoja de ruta separatista con irreductible cerrazón, sin flexibilidad alguna y desentendiéndose de los catalanes que no quieren la independencia supone abocar a nuestro país, incluida Cataluña, al desastre, no sólo desde el punto de vista socioeconómico, también, y sobre todo, desde el humano. A mi juicio dos posiciones irresponsables, dos torpes actitudes que demuestran que sus protagonistas no saben o no quieren resolver el litigio.

Sucede, para mayor inri, que esas dos posiciones se realimentan, porque cuantos más impedimentos más anhelos de independencia y cuantos más movimientos hacia la secesión mayor presión legal. Una tirantez que amenaza con romper la soga y dar con los huesos de los contrincantes en el suelo. Lo que hace unos años hubiera tenido solución si se hubiera actuado con inteligencia se está convirtiendo en una situación de muy difícil salida.

La indeterminación ante el conflicto, además, parece generalizada. Los partidos políticos de ámbito nacional o autonómico se sitúan, de acuerdo con el sesgo de sus programas, en uno u otro lado del contencioso,  sin que se oigan voces que exijan con rotundidad el diálogo necesario, como si temieran errar y perder seguidores. Una cobardía política que asombra por la falta de responsabilidad y el sectarismo que implica. A los políticos se les debe medir por su actitud ante los asuntos de estado y éste lo es y de enorme trascendencia.

Tengo el convencimiento de que si alguna de las dos partes diera un paso al frente, propusiera una mesa de negociación abierta, sin posiciones predeterminadas y con absoluta transparencia, obligaría a la otra a seguir ese camino. Para ello sería necesario que por un lado se reconociera que el encaje de Cataluña en España no está debidamente configurado, y es preciso por consiguiente modificarlo, y que por el otro se aceptara que dividir un país con la única aquiescencia de la mitad de la población afectada resulta un desatino de proporciones descomunales. 

Me asombra tanta torpeza y tanta insensatez; me sorprende una vez más la poca talla de nuestros políticos: me apesadumbra observar que la ineptitud política de unos cuantos pueda acabar con la convivencia fructífera de dos naciones convertidas, por avatares del discurrir histórico, en un único estado, hace nada más y nada menos que cinco siglos.


6 de febrero de 2017

Moderémonos

Tengo la sensación de que todo aquello que suene a moderación no resulta demasiado atractivo en nuestros días. Me refiero con esta palabra a la mesura en la defensa de las posiciones programáticas propias, a la contención en los discursos, a la templanza en los modos, a la disposición al diálogo político y a la búsqueda de soluciones compartidas y de puntos de encuentro. Parece como si la radicalidad se hubiera adueñado del escenario y todos los políticos endurecieran el tono de sus proclamas, convencidos de que así las verdades propias se entenderán mejor. Nunca hasta ahora había observado yo tanta exaltación inútil y tanto dogmatismo, aunque es posible, no lo voy a negar, que antes no prestara la debida atención.

He leído hace unos días que Albert Camus dijo en una ocasión que si existiese un partido que no estuviera seguro de tener la razón, ése sería el suyo. Vana ilusión la del genial escritor y pensador francés, inútil aspiración, al menos en la España de hoy, donde cuando los políticos dicen algo es para asegurar que o él o el diluvio, y no sólo cuando se refieren a un adversario político, también cuando mencionan a dirigentes de su misma formación, aunque en este caso lo hagan con la boca medio cerrada, no vaya a ser que entren moscas.

Escribe Victoria Camps, la prestigiosa catedrática emérita de Filosofía moral y política de la Universidad Autónoma de Barcelona, en su interesante ensayo Elogio de la duda -que recomiendo a mis amigos interesados en estos afanes-, que desconfiemos de quienes pretenden tener razón y hablar en nombre de la verdad. Lo dice por cierto refiriéndose al panorama político actual, no con intención de establecer abstractos juicios de carácter filosófico. Denuncia, y lo expresa con rotundidad, que en estos momentos ningún político español es capaz de sentarse alrededor de una mesa a dialogar, a buscar acuerdos, a desprenderse de prejuicios maximalistas. Todos actúan pensando en ellos mismos, en sus intereses partidistas, aunque lo hagan citando entes que escriben con mayúscula –Dios, Nación, Historia, Progreso, Libertad, Solidaridad-, conceptos bajo los que ocultan la realidad de su cortedad de miras, de su pequeñez intelectual.

Mientras tanto los populismos extremistas de uno u otro sentido ganan adeptos con facilidad, porque su música suena bien. No importa que la letra diga poco o que lo que diga no sean más que utopías que como tales resultan de imposible cumplimiento. Entra bien por los oídos, parece diferente a lo de siempre y con eso les basta a muchos. Transitar por los extremos, donde la propia extremidad sirve de límite, siempre ha sido para muchos más cómodo que hacerlo por el centro, una amplia franja en la que se puede dar tumbos si no se tienen las ideas claras. De ahí que la moderación esté dejando paso a la intolerancia y a la radicalidad, estas últimas de esquemas mucho más simples, bastante menos reflexivos.

Sucede incluso que cuando alguien intenta dialogar, la opinión pública se le echa encima, con lo cual se ve obligado a dar un sinfín de explicaciones, no fuera a perder adeptos. La moderación se confunde con el conservadurismo y con la inoperancia, mientras que la agresividad dialéctica, los gritos altisonantes y las alusiones a los poderosos, por un lado, y a los rompedores de la patria, por otro, ganan seguidores día a día, porque son conceptos muy sencillos que se entienden con mucha facilidad y no hay que hacer demasiados esfuerzos mentales para asimilarlos. Basta con aceptarlos y creer en ellos a pie juntillas. Es muy fácil ser extremista y muy difícil mantenerse en la moderación.

Si no fuera porque considero que abstenerse es traicionar a la democracia, en las próximas elecciones, dado el panorama, me quedaría en casa tan ricamente.