4 de octubre de 2017

Así no vamos a ninguna parte

He dejado pasar algún tiempo sin escribir en este blog. Las causas han sido varias, desde la falta de inspiración que provoca en mí el largo verano, pasando por la sensación de pérdida de tiempo que me produce en ocasiones lanzar ideas al vacío sin saber a dónde llegan y terminando en el hecho de que he iniciado otras escrituras, con vagas e ilusionantes pretensiones de mayor recorrido, y no hay tiempo para todo. Excusas, ya lo sé, pero me veo obligado a dárselas a mis amigos.

Sin embargo, está sucediendo algo tan grave en España que, si quiero ser fiel a mi intención de explicar en el blog mis sensaciones, por muy políticamente incorrectas que les parezcan a muchos, no tengo más remedio que hablar del procés, esa entelequia que se han inventado algunos, sobre bases tan resbaladizas que están provocando una peligrosa deriva de final impredecible, y que otros no han entendido en su verdadero alcance, o por desconocimiento de causa o por prejuicios ancestrales. Un desatino inconcebible en un estado moderno como es el nuestro, una vergüenza se mire desde el lado que se mire, desde el secesionismo galopante o desde la reacción inmovilista.

Lo que ha sucedido y sigue sucediendo en Cataluña por culpa de unos políticos irresponsables y con muy poco sentido de estado -dicho sea esto último con el significado de la grandeza y sabiduría que requiere tratar los asuntos de un colectivo formado por millones de personas que están en manos de las decisiones que tomen sus dirigentes- es inaceptable; y mucho me temo -ojalá me equivoque-  que hayamos llegado a un punto de no retorno, a una situación de enfrentamiento visceral que ya no tenga solución. Al menos si los mismos que han manejado la situación hasta ahora continúan al frente de las decisiones, tanto en Madrid como en Barcelona, porque la falta de visión política, la torpeza operativa y la ignorancia sobre la realidad social están muy repartidas.

No soy equidistante, como algunos acusan a otros últimamente con frecuencia. Simplemente no estoy ni con lo que piden unos ni con las respuestas que les dan los otros. No acepto la vulneración de la ley, pero tampoco que éstas sean inamovibles. No me gustan los referendos sin garantías y fraudulentos, de la misma forma que considero un error político que no se negocien alternativas inteligentes. No quiero que Cataluña se separe de España -nunca lo he querido-, pero deseo que su encaje en el estado español sea aceptado de buen grado por la mayoría de los catalanes.

La animadversión es mutua y son muchos los que la alimentan día a día con una falta de sentido de la responsabilidad que espanta. Los que hasta hace poco eran chascarrillos graciosos se han convertido en chistes obscenos, en insultos desgarradores. El odio, esa perversión que todo lo corroe, ha sustituido a la convivencia, a la seguridad de que juntos caminábamos mejor. Ya no hay disimulo ni cortesía ni buenas intenciones. Ahora todo es agravio, ofensa, e intransigencia.

Si alguna de las dos partes cree que todo se acabará cuando logre imponer su visión del problema sobre el otro se equivoca. Imaginará haber alcanzado momentáneamente sus objetivos, pero el problema continuará latente. Supondrá que ha resuelto el conflicto para los de su generación, pero se lo dejará abierto a la de sus hijos y a la de sus nietos, que lo verán renacer algún día con más virulencia. 

En lo único que creo a estas alturas es un  pacto, en una solución negociada entre las dos visiones, en un compromiso que nos permita a todos continuar nuestra andadura con el mínimo de perjuicios posibles para las dos partes. La transición, con todos sus defectos, fue un ejemplo. Pero requirió flexibilidad, tolerancia y, sobre todo, inteligencia política.  Y temo que ahora no la haya.

13 de agosto de 2017

Turismo desbocado

Recuerdo con nostalgia aquellos primeros destellos de turismo masivo en la España de los sesenta, cuando alardeábamos de haber superado el millón de visitantes extranjeros al año, las canciones del verano giraban alrededor del boom turístico y nuestro cine nos castigaba con películas de Alfredo Landa ligando con suecas facilonas. Nos deslumbraban los biquinis que lucían las rubias extranjeras, los modelos de coche que conducían los turistas y las desenfadadas juergas que organizaban aquellos simpáticos bárbaros del norte, entre otras cosas porque aquí estaban prohibidos los bañadores escuetos, los más afortunados conducían un modesto seiscientos y cuando gritábamos algo más alto de lo debido corríamos el riesgo de que se nos aplicara la ley de vagos y maleantes.

Durante años vimos crecer el número de turistas que nos visitaban; y los que mandaban entonces, como los que mandan ahora, nos decían que aquello era algo así como el maná bíblico, una fuente de riqueza inimaginable, un beneficio económico que no podíamos desperdiciar. Nos lo creíamos, porque la realidad del mensaje era indiscutible, y nos fuimos acostumbrando a la masificación veraniega como si se tratara de un hecho inevitable. Nuestras costas fueron llenándose de horribles construcciones, cada vez más altas para que cupieran todos, las playas se inundaron de chiringuitos de dudosa calidad higiénica y la música ramplona, hortera y rompe-tímpanos se apoderó de las noches y del insomnio de los veraneantes.

¡Cuánto ha llovido desde entonces! Lo que en aquellos tiempos contemplábamos como una estampa de progreso y una esperanza de futuro -porque no sólo entraba dinero sino también aires de modernidad-, ahora se nos antoja un auténtico dislate y una fuente de problemas. Las divisas siguen entrando, y es cierto que representan la nada desdeñable cifra del 10% de nuestro Producto Interior Bruto, pero a costa de unos precios bajísimos, sólo compensados por la enorme cantidad de visitantes foráneos de bajo poder adquisitivo. Las estructuras, cuyo crecimiento se ha visto estancado por culpa de la crisis, apenas soportan la marea de turistas; y la educación ciudadana de éstos, en otros tiempos civilizada y correcta, ahora es de tan baja calidad que espanta a la mayoría de nuestros ciudadanos.

Como consecuencia, y teniendo en cuenta lo proclive que somos los españoles a aplicar la ley del péndulo, hemos pasado del orgullo de país turístico, de anfitriones amables, al odio a los turistas; y, en algunos lamentables casos, a la agresión física contra todo aquello que simbolice el turismo. Un disparate, una auténtica barbaridad, porque no es así como debe de solucionarse este problema, sino mediante medidas reguladoras, que sólo pueden proceder de las administraciones correspondientes, fundamentalmente la del gobierno central, que ahora parece más preocupado por incrementar la cantidad que por mejorar la calidad. La iniciativa privada, con sus miras a corto plazo, con su miopía empresarial, ha demostrado ser incapaz de poner coto a éste galopante dislate.

Quizá de esa manera podamos evitar el espectáculo de ver salir a la carrera y a toque de corneta, a primera hora de la mañana, a los turistas alojados en un hotel para escoger hamaca alrededor de la piscina; o las luchas matutinas en las playas de levante con intención de colocar la toalla en primera línea de mar; o las borracheras de adolescentes y no tan adolescentes en Mallorca o en Lloret; o el temerario balconing en tantos sitios. Quizá así podamos recobrar cierto grado de dignidad en nuestro maltratado litoral.

Estoy convencido de que es posible compaginar turismo masivo con tranquilidad ciudadana, sin necesidad de matar la gallina de los huevos de oro. Pero sólo si los responsables se ponen a ello con inteligencia y voluntad. Nunca es tarde.

2 de agosto de 2017

Nueva palabra: jipijo

Me hablaban el otro día de un nuevo sustantivo, jipijo, contracción de las palabras hippi y pijo. Aunque intento ser bastante respetuoso con nuestro idioma y evito utilizar palabras no reconocidas por los diccionarios de prestigio, admito que algunos neologismos vengan a llenar el vacío que se produce cuando las ideas o los conceptos vuelan más rápido que el lenguaje, cuando en la sociedad se descubren actitudes hasta ahora no catalogadas y por tanto sin nombre. Éste quizá sea un ejemplo y voy a dedicarle unos párrafos veraniegos.

Si algún significado tuvo en su momento el movimiento hippie fue la rebeldía, el inconformismo y la ruptura de moldes. Hubo muchas variantes, claro que sí, y también su parafernalia fue utilizada con intenciones muy diversas, desde el pacifismo, pasando por la defensa del amor libre, hasta llegar a la contracultura más radical. Pero fuera como fuese, lo cierto es que nadie confundiría a un hippi con un burgués, ni en aspecto ni en modales ni en aspiraciones. Por lo menos aquellos que vivimos en su día muy de cerca la marea hippie.

Por el contrario, la palabra pijo, que nació con intenciones peyorativas como casi todas las que tienen relación con el órgano viril, hace tiempo que se convirtió en el sello de distinción de los que querían marcar distancias con la vulgaridad. Para ellos ser pijo significaba elegancia, distinción y buen estilo. Los ingleses tienen la palabra snob, cuyo origen procede del latín -sine nobile-, voz que se colocaba en las puertas de los dormitorios universitarios cuando el ocupante no poseía título nobiliario. Si no eras lord, eras snob.

Pero el mundo está lleno de falsos hippies y de falsos pijos. Son los jipijos, es decir aquellos que presumen de rupturistas, de contraculturales y de estar en desacuerdo con las costumbres y los convencionalismos de la sociedad en la que viven, pero se comportan como pijos, como snobs irreductibles. Viven una auténtica contradicción entre lo que les gustaría ser y lo que verdaderamente son. Visten con cierta informalidad pero con ropa de marcas, frecuentan restaurantes de vanguardia pero de factura alta y viven en casas decoradas con arte alternativo pero de firmas conocidas.

Si lo pensamos bien, casi todos somos, en mayor o menor medida, un poco jipijos, porque aunque abominemos de las anticuadas tradiciones, de los convencionalismos trasnochados, terminamos por lo general cayendo en muchos de los usos que rechazamos, a veces por conveniencia y en ocasiones por comodidad, ya que resulta más fácil dejarse arrastrar por la marea de lo establecido que cabalgar a lomos de lo incierto.

Pero seamos justos: también hay hippies hippies y pijos pijos, aunque no abunden tanto como los jipijos.

28 de julio de 2017

El mejor amigo del hombre: el perro

Creo que hay pocas cosas que dividan tanto la opinión de la especie humana como la afición a los perros. Hay quien los considera algo así como la quintaesencia de la ternura, un símbolo de fidelidad llevada al extremo o la expresión suprema de la inteligencia animal, y los pasean por la calle y hablan con ellos, cuidado no cruces que te puede atropellar un coche o ya te he dicho mil veces que seas bueno y no te hagas caca aquí. Y aunque no esperan contestación, porque supongo que hasta ahí no llega su confianza en las cualidades del canis lupus familiaris, quedan convencidos de que sus consejos y advertencias calan en la mente del animal como las doctrinas de Aristóteles en los peripatéticos de la escuela filosófica de Atenas. Pero también existe el que cuando se dirige a ellos tuerce la boca, levanta un pie en actitud amenazadora, agudiza el tono de su voz hasta la histeria y les espeta quítate de mi vista chucho. Ni en política, que ya es decir, he encontrado yo tanta adhesión o tanto rechazo a una causa, tanta entrega o tan desmedida falta de consideración.

En realidad yo no estoy ni con unos ni con otros. Ni les hablo ni los maltrato. A mí simplemente los perros me dan miedo. Nunca he consultado a un psiquiatra ni pienso hacerlo, porque en realidad mi espanto es controlable y por tanto no creo necesario acudir a ayudas terapéuticas. Simplemente me mantengo lejos del alcance de sus mordiscos tanto como puedo. Lo que sucede es que, como estos amigos del hombre disponen de un magnífico olfato, huelen mis incontrolados derrames de adrenalina, me persiguen por todas partes, me gruñen sin consideración y me enseñan sus amenazadores colmillos. Un sino el mío terrible, un destino preocupante.

También es cierto que estos ataques de aprensión no me suceden con todos los perros, sólo con algunos. ¿Con cuáles?, me pregunto a veces intentando encontrar una relación causa y efecto que me permita alejarme de unos y aproximarme a otros, adoptar una estrategia de vinculación con ellos, un protocolo personal de interrelación humano perruna. Pero hasta ahora no he logrado descifrar la incógnita, a pesar de mis laboriosos intentos, lo que me obliga  a vagar por este mundo como alma en pena entre las mascotas de quienes me rodean, que ajenos a mis temores los sueltan en mi presencia sin ninguna consideración.

Como soy consciente de que los animales no tienen la culpa de mis debilidades y también de que sus amos merecen a pesar de todo mi respeto, estoy inmerso en un mar de dudas. No sé si aislarme del mundo, recluirme en un apartado lugar en el que los perros estén prohibidos o, si no encuentro ese improbable paraíso, rogarles a sus dueños que los aparten de mí, los pongan a buen recaudo y no los dejen libres cuando estoy delante, a capricho de sus irracionales instintos.

Pensándolo bien, quizá este último sea el mejor camino y esta confesión el primer paso para acabar con mis angustias.

25 de julio de 2017

El difícil arte de vivir

Ya sé que el título que he escogido para esta reflexión es un auténtico tópico de proporciones descomunales, porque ni existe tal arte ni se puede hablar con propiedad de saber vivir. Se vive como se puede, que ya es decir, y punto.  Los gustos además no son extrapolables, de manera que lo que algunos considerarían sibaritismo, lujo y el no va más, a otros podría resultarles vulgaridad, chabacanería y qué he hecho yo para merecer esto. Hay entretenimientos, distracciones y hobbies que causan felicidad a unos, mientras que otros los tacharían de suplicios medievales, de potros de tortura. Pero, como disfruto retorciendo el significado de las frases, me voy a quedar con el engañoso encabezamiento para referirme a un asunto muy concreto: la actitud ante la vida. Nada más y nada menos, pero estamos en verano y el calor incrementa la osadía.

Participé el otro día en una discusión veraniega, de esas de bebidas largas y razonamientos cortos. El Camino de Santiago y la afición sobrevenida a tantos y tantos de cumplir con la vieja tradición peregrina estaba en el meollo del debate. Unos defendían las incomodidades a las que se ven sometidos los caminantes, como si el sufrimiento fuera la quintaesencia del rito medieval, y otros cuestionaban que fuera necesario pasar calamidades para hacer senderismo, por grande que sea el trasfondo religioso del experimento. Dos actitudes, dos tomas de posición antagónicas, que sólo demuestran que las cosas son del color del cristal con que se miren.

Atribuyen a Guerrita -otros a El Gallo, porque en esto de las autorías los historiadores nunca se ponen de acuerdo- la frase “hay gente pa to”, expresión que se ha convertido en proverbial cuando alguien quiere zanjar una discusión sobre gustos y predilecciones, y que yo incorporo a mi dialéctica personal con frecuencia, aun siendo consciente de que peco de poco original. Quizá lo haga porque en una ocasión me contaron que Guerrita, el histórico torero cordobés, la pronunció cuando alguien le explicaba en qué consistía el paracaidismo, incipiente deporte en aquellos tiempos del que el matador parece que nunca había oído hablar. Me llamó la atención su sorpresa ante lo que debía de considerar una irresponsable temeridad, precisamente un hombre que se jugaba la vida un día sí y otro también a beneficio de la afición.

He citado antes el bizantino debate sobre el Camino de Santiago y más tarde la sorpresa del torero, para concluir que no hay aficiones mejores que otras ni sabiduría en las maneras de vivir ni modelos que imitar. Lo que hay son actitudes personales ante la vida, y en eso sí que somos todos muy diferentes, desde los que sólo encuentran enormes piedras en el camino y centrados en sortearlas son incapaces de disfrutar del panorama completo que se les ofrece, hasta los que, por el contrario, disfrutan hasta de los obstáculos que se les atraviesan en el recorrido. Porque piedras y obstáculos claro que los hay, forman parte de la vida, y depende de uno mismo elegir el color con qué mirarlos.

Si lo pienso bien, a lo mejor resulta que sí tiene que ver el título con la reflexión.

23 de julio de 2017

Los chiringuitos son playa

Desde que fui consciente de que los chiringuitos forman parte de la playa –los vocablos chiringuito y playa están biunívocamente asociados-, presumo de acudir con cierta frecuencia a ésta. Me siento a la mesa de uno de ellos, pido una cerveza, adopto una posición contemplativa, participo mentalmente en el jolgorio -aunque a veces no llegue a entender a qué tanta risotada-  y, si se tercia, disfruto de la visión de algún que otro cuerpo femenino, afición que, a pesar de los años, mantengo inalterada, me atrevería a decir que casi como el primer día. No piso la arena ni me mancho las zapatillas ni me quemo los pies ni sufro escalofríos ni me revuelcan las olas ni me abraso la piel, pero estoy en la playa. ¿Se puede pedir más?

Los chiringuitos son para mí un lugar ideal para ejercitar la introspección. Tengo al alcance de la vista una representación de la sociedad de nuestro tiempo, en actitud desenfadada, alejada por unas horas de sus preocupaciones cotidianas, exteriorizando con absoluta sinceridad comportamientos que quizá en ningún otro sitio se puedan contemplar con tanta comodidad. Son, como diría el clásico, el patio de butacas del teatro del mundo, en los que la función cambia constantemente, sin que se repitan nunca las mismas situaciones, aunque a veces se parezcan. Pero aun en este caso siempre habrá alguna nota de originalidad en cada una de ellas que las diferencie de las demás. Y casi todas, si uno posee el talante adecuado, y yo me esfuerzo en tenerlo, dispondrán de su propia gracia.

El otro día, sin ir más lejos, una mujer de unos veintitantos años tomaba el sol sobre la arena, sentada en una silla playera, a unos veinte metros de mi chiringuito. Rubia, de bonito cuerpo –en topless para más detalle-, me llamó la atención desde el primer momento que descubrí su presencia. Pero no por las circunstancias anteriores –que por supuesto hubieran bastado por sí solas para distraer mi desocupada mente- sino porque no dejó de hablar por teléfono durante la hora y pico que estuve allí. Gesticulaba con cierto dramatismo, a veces reía con pequeñas carcajadas, en alguna ocasión entristecía el rostro, de cuando en cuando reforzaba con descuido la capa del protector solar que cubría su cuerpo, o se levantaba para cambiar la silla de posición, o se acercaba a la orilla para remojarse los pies. Pero todo ello sin dejar de hablar a través de las ondas con quien fuera ni un instante. Cuando al cabo de una hora, agotada mi cerveza, me retiré, ella seguía allí con el teléfono pegado a la oreja.

Al día siguiente, cuando me acercaba andando al chiringuito, repitiendo el largo paseo que me ayuda a preparar la sed para que la cerveza que viene a continuación todavía sepa mejor, me dio por pensar que quizá aquella rubia siguiera allí, en la misma posición que tenía veinticuatro horas antes. No era su cuerpo semidesnudo, ni el bronceado de su piel, ni el misterio de su soledad los que motivaban mi interés, sino comprobar si continuaba hablando por teléfono. Pero, para mi desilusión, había desaparecido. Otros personajes y otras situaciones, distintas pero tan motivadoras como la de la chica y su móvil, entretendrían ese día mi ocio veraniego.

Ya digo que los chiringuitos dan mucho de sí, sin necesidad de que tenga uno que someterse a los suplicios de la playa.

17 de julio de 2017

Los últimos de Filipinas

Hace muchos años, demasiados, cuando todavía no había cuplido los diez de edad, vi por primera vez en mi vida la primitiva versión cinematográfica de Los últimos de Filipinas. Fue en el cine de mi colegio de entonces, rodeado de compañeros de edades parecidas a la mía, que vivíamos el patriotismo exacerbado de la posguerra, en un clima de exaltación de los valores patrios. Ni que decir tiene que me impresionó profundamente la numantina resistencia de los héroes de Baler y su impasividad ante las noticias que les llegaban sobre el final de la guerra que España mantenía en aquel país.

Años más tarde, cuando mis juicios sobre los relatos de la Historia del mundo habían alcanzado un cierto grado de madurez crítica, empecé a comprender que en realidad lo que había sucedido fue fruto de la obstinada decisión de un oficial de complemento, el segundo teniente Martín Cerezo, que no había dudado en poner en riesgo la vida de cincuenta hombres, pensando más en su propia gloria que en los intereses de España.

Cuento esta impresión personal porque me da pie para hablar de algo muy distinto, concretamente de las personas que se empeñan en rechazar las innovaciones en las costumbres que experimenta la sociedad que les ha tocado vivir, de remar contracorriente, sin comprender que el devenir social está en manos de una dinámica que les es por completo ajena. En vez de adaptarse a la “marcha de los tiempos”, se consumen con desesperación intentando modificar su rumbo, ajenos por completo a la realidad que los rodea. Son últimos de Filipinas a su manera. No se prodigan, es cierto, pero se les puede reconocer por su constante NO a todo lo que suponga innovación, sea ésta de indole tecnológica, social o política.  

En cierto modo todos somos un poco como el teniente Martín Cerezo. Nos empeñamos en ganar batallas perdidas, más por fidelidad a nuestras propias convicciones que por defender el interés general. Lo que sucede es que algunos en particular transforman el compromiso personal con sus ideas en una manera de vivir, de comportamiento ante los demás, algo que inevitablemente los lleva a la inadaptación social, a la misantropía, al odio y al desprecio a los demás. Convierten la convicción de que lo que ellos hacen es lo correcto en auténtica paranoia de carácter obsesivo.

A pesar de todo, sigo guardando un entrañable recuerdo de aquella lejana versión cinematográfica de Los últimos de Filipinas, porque la nostalgia, ese gusanillo que mezcla la tristeza del recuerdo con el placer de la rememoración, sigue machacando mi memoria con insistencia.

16 de julio de 2017

Arrebatos veraniegos

Empezaré confesando que las vacaciones de verano tienen la virtud, o puede que se trate de un vicio, de disminuir mi capacidad de concentración mental. No es que en otras épocas del año disponga de una mente aguda –no pretendo presumir de ello-, lo que sucede es que durante el periodo estival observo en mi sistema neuronal una cierta pereza, un ligero deslizamiento hacia la desidia, un principio de abandono intelectual. Y una de las consecuencias de este estado de cosas es que me cuesta un enorme esfuerzo abrir el ordenador e hilvanar ideas que me ayuden a redactar una entrada en el blog. Lo intento, porque no pierdo mi sentido de la disciplina bloguera, pero suelo fracasar.

Sin embargo, hay veces que una simple conversación telefónica -de esas que se mantienen de vez en vez para conservar encendida la llama de los afectos- provoca en mí impulsos incontrolables, despierta mi aletargada conciencia y me coloca como un autómata ante una página en blanco del procesador de textos del portátil que me acompaña a todas partes. Lo demás, darle forma al arrebato, viene a continuación sin demasiados escollos.

Quien me conoce sabe que me honro en mantener buenas relaciones de amistad con un no pequeño grupo de catalanes, consecuencia directa de los años pasados en Gerona y Barcelona durante mi infancia o de mis largos contactos posteriores, de trabajo o en vacaciones, con aquellas tierras. Y son éstos, y no las opiniones de los políticos que me llegan a través de los medios de información, los que con sus comentarios, con sus juicios de valor, me ayudan a entender qué está pasando en Cataluña. Me refiero a personas de ideologías distintas, de percepciones diferentes con respecto al proceso secesionista, variedad de opiniones que me permite sacar mis conclusiones.

La sociedad catalana está profundamente dividida respecto al movimiento soberanista. Me atrevería a decir que aunque todos practiquen  sin excepción el catalanismo -si por tal entendemos el profundo afecto a su lengua, a sus costumbres y a su pasado-, su posición respecto a la deriva independentista varía mucho de unos a otros. Los hay separatistas irredentos, nacionalistas descontentos con el grado de autonomía logrado hasta ahora, federalistas que aspiran a un cambio en la Constitución que les deje más satisfechos dentro de España y aquellos cuya aspiración es que todo siga como hasta ahora. También, cómo no, los que desearían volver a la situación anterior al Estado de las Autonomías.

Con este caldo de cultivo, con una población dividida, unos políticos irresponsables, cuya estrategia parece sustentarse en el principio de la huida hacia adelante, y unas mafias a las que se les empieza a acabar la impunidad que gozaban hasta ahora y contemplan la ruptura como una tabla de salvación ante la ley que los acosa, la deriva separatista continuará, sin que parezca que haya nadie que proponga soluciones. Las alegaciones a la legalidad vigente son necesarias -yo las comparto-, pero no suficientes. Por mucho que se invoquen las leyes, si una parte del país decide separarse del conjunto acabará consiguiéndolo. O se mantendrá unido, pero con una desafección muy peligrosa que continuará defendiendo la independencia a la espera de nuevas oportunidades.

No son las opiniones de los políticos ni las informaciones de los medios las que me hacen pensar que este problema no se puede zanjar con parches, con paños calientes o con improvisaciones; son los puntos de vista de mis amigos catalanes los que me alertan de que las cosas no se están haciendo como se deberían hacer.

7 de julio de 2017

Nubarrones, turbulencias y bandazos

Supongo que quien lea las improvisadas -pero meditadas- ideas que reflejo en este blog habrá advertido que mi afinidad con el PSOE ha sufrido serias turbulencias durante los últimos meses, concretamente desde que la Ejecutiva Federal del partido lanzó un órdago al que entonces era, y ahora vuelve a serlo, su secretario general. Ni me gustó la forma mediante la cual el “aparato” obligó a Pedro Sánchez a dimitir ni la terquedad de éste al empeñarse en convocar unas intempestivas primarias y un inoportuno congreso para afianzar su liderazgo, en plena crisis electoral. A los primeros les vi el plumero de la inoperancia y al segundo la frivolidad de su poco afortunada propuesta.

Pero dicho esto, reconocida la inestabilidad pasajera de mi confianza política en el partido que representa  a la socialdemocracia en España, ahora me toca hablar de presente y sobre todo de futuro. Empezaré por confesar que me gustó la limpieza con la que los socialistas resolvieron sus problemas internos, así como la contención verbal de vencedores y vencidos a la hora de valorar los resultados. Ha habido de todo, ya lo sé, pero el común denominador, desde mi punto de vista, fue la mesura y la cordura.

Pedro Sánchez, en quien en algún momento observé zalameros e inmaduros guiños a Podemos, parece haber aprendido la lección de que hasta ahora los de Pablo Iglesias no sólo no le ayudaron cuando tenían que haberlo hecho, sino que además aprovechan cualquier ocasión para denigrar al partido socialista hasta la saciedad, contribuyendo con su actitud a crear un ambiente de hostilidad que poco espacio deja al entendimiento. Es cierto que los de Podemos muestran en estos momentos unas formas menos agresivas con el PSOE, pero mucho me temo que las heridas que originaron como consecuencia de su obsesión por la hegemonía tarden mucho en cicatrizar.

Juntos pero no revueltos sería el lema que yo escogería para definir la relación que deseo entre los dos partidos de la izquierda. Juntos para desplazar a la derecha del gobierno en cuanto se den las circunstancias y así reiniciar las políticas sociales y progresistas que necesita nuestro país; separados para que la utopía de la “nueva izquierda” no desvirtue los principios de moderación realista socialdemócratas. Pero para ello sólo hay un camino, el de ganar las elecciones con suficiente amplitud para que resulte indiscutible la supremacía socialista. Ahora no es posible –la aritmética no permite engaños-, pero prefiero pensar que lo será en el futuro. En cualquier caso, las cosas no pintan mal, las encuestas demuestran un lento pero perceptible avance del PSOE, que se acerca al PP al mismo tiempo que se desmarca de Podemos. Ese es el único camino y ojalá muchos votantes progresistas lo entiendan como yo lo entiendo.

Hay un tema que está creando un cierto desconcierto, el de nación de naciones, que a mí no me causa ninguna desazón. Ya sé que las palabras a veces son traicioneras y que la semántica puede manejarse a capricho de las ideas. Pero si entendemos por nación el conjunto de personas que comparten un idioma, unas costumbres, una identidad cultural y una historia, España está formada por naciones, al mismo tiempo que el país en su totalidad también lo es. De lo que se trata ahora es de darle forma política a esa realidad incuestionable y ahí es donde empiezan los desasosiegos. Yo soy partidario del federalismo, es decir de reconocer constitucionalmente, sin tapujos, a las naciones que componen el estado que da forma a la nación española, sin menoscabo de la unidad de ésta. Y parece que por ahí van las propuesta del PSOE.

Veremos hasta cuando dura mi recobrada confianza en el PSOE.

28 de junio de 2017

Virgencita que me quede como estoy

¿Por qué los intentos de avance del ser humano hacia cotas de libertad más altas que las que se gozan en cada momento originan tanta resistencia en algunos? ¿Por qué la primera reacción ante noticias que impliquen superación de prejuicios o modificación del estatus establecido provoca tantos rechazos viscerales, incluso antes de que se conozca su verdadero alcance? ¿Por qué existe tanta oposición al cambio en los usos y costumbres? ¿Por qué el progreso espanta a tantos?

Doy por hecho que estas preguntas y cualquier otra que se haga sobre las reacciones en contra del progreso tendrán muchas repuestas diferentes, al menos las mismas que opinantes haya sobre el asunto. Yo también tengo las mías; y como me gusta reflexionar sobre lo humano y sobre lo divino –más sobre lo primero que sobre lo segundo por tratarse de materias concretas- voy a dedicarle unas líneas a este tema.

En primer lugar, tengo la impresión de que la inseguridad que acompaña al ser humano a lo largo de su trayectoria vital es tan grande, que muchos no quieren que le modifiquen el escenario sobre el que se ve obligado a actuar durante el recorrido. Como aquel viejo chiste del tullido que estaba a punto de sufrir un accidente grave, prefiere quedarse como está. ¿Para qué aventuras de incierto resultado? No me vengan ustedes con inventos, que como ahora estamos nos va muy bien.

Además, la propia vida va creando en el ser humano unos hábitos y unas costumbres, que algunos terminan considerando poco menos que normas de conducta universales, cuando no son otra cosa que adaptaciones personales a cada entorno existencial. Lo que sucede es que al haberse interiorizado como principios irrenunciables, cualquier intento por parte de otros de alteración provoca en ellos el inmediato rechazo, porque consideran que el comportamiento propio es el ideal. Si lo que hago yo es excelente, ¿a dónde quieren ir ésos con tantos cambios?

Este principio de acción y reacción ante el progreso, de defensa o de ataque al cambio, es aplicable a casi todos los órdenes del comportamiento humano, desde los hábitos familiares, pasando por los costumbres sociales, hasta llegar a las diferentes visiones políticas, sin olvidar la influencia que en cada persona tenga su creencia religiosa y el grado de compromiso con la misma, al fin y al cabo otra costumbre.

Sucede, sin embargo, que dado el cúmulo de circunstancias que influyen en la formación de la personalidad humana, ni todos los progresistas son iguales, ni tampoco los reaccionarios, lo que en ocasiones origina un problema de identificación, ya que no es nada fácil definir el grado de progresía o de conservadurismo de quienes nos rodean. Por eso muchas veces uno se sorprende cuando observa en un supuesto defensor del progreso actitudes xenófobas, racistas u homófobas, de la misma manera que lo deja perplejo comprobar que algunos defensores de las doctrinas más conservadoras proclamen a los cuatro vientos su compromiso con la liberación de las costumbres.

¿No será que una cosa son las palabras, las definiciones estereotipadas, y otra muy distinta el grado de compromiso de cada uno con el avance hacia una sociedad más avanzada, más libre y más respetuosa con los demás?

21 de junio de 2017

Una vez creado el monstruo, ¿quién lo sujeta?

El terrorismo yihadista se comporta como uno de esos monstruos mitológicos de varias cabezas, que vomitan fuego por sus bocas y barren indiscriminadamente con sus colas la superficie del suelo que pisan. Una imagen apocalíptica que espanta al mundo occidental cada vez que hace acto de presencia en su territorio, pero que lo deja apático e insensible cuando ataca en suelo ajeno. Porque mientras que los infames atentados de Madrid, de Nueva York, de Londres, de Paris, de Bruselas o de tantos otros lugares de occidente nos hacen perder el aliento a los habitantes del primer mundo y nos dejan noqueados durante varios días, no sucede de igual forma cuando un camión cargado de explosivos revienta en un mercado de Bagdad y asesina a cien personas o cuando un terrorista suicida se inmola en un barrio de Kabul y deja el sangriento reguero de docenas de víctimas, como sucede un día sí y otro también. En nuestro acomodado mundo, la noticia en estos casos sólo ocupa media docena de líneas en los periódicos o poco más de un minuto en los telediarios.

Cuando en alguna ocasión he opinado sobre la negativa discriminación que ejerce nuestra opinión pública entre víctimas propias y víctimas ajenas, dependiendo éstas del color de su piel, de la religión que profese o de la nacionalidad que figure en su pasaporte, se me ha contestado algo así como que ellos se lo han buscado, porque al fin y al cabo son los inventores del terrorismo. Respuesta que me parece una manera de no querer entrar en el análisis de la cuestión, una evasiva destinada a eludir el hecho de que, aunque el foco del terrorismo no esté aquí, el mundo occidental no es del todo ajeno al origen de su existencia.

El terrorismo yihadista contra occidente es muy reciente, al menos con la intensidad que ha adquirido en los últimos años. Su causa no es otra que el convencimiento de los terroristas de que todos los males que sufren sus países tienen origen en las políticas occidentales, algo que, si no es cierto en su totalidad, sí lo es en parte. Por supuesto que cuando digo lo anterior me refiero a gobiernos, a poderes económicos o a espurios intereses geoestratégicos, y no a los ciudadanos de a pie, muchos de los cuales han estado y siguen estando en contra de los indiscriminados ataques de occidente contra los países musulmanes.

Yo sé que es un tema muy delicado, porque cuando uno ve amenazada la sociedad en la que vive debe defenderla, hacer causa común con sus afines y apoyar la lucha sin fisuras contra los atacantes. Lo contrario sería suicida e insolidario. Pero eso no significa que tengamos que olvidar las verdaderas causas del problema, sino todo lo contrario. Debemos exigir a nuestros gobernantes que actúen con inteligencia, no sólo combatiendo en la primera línea de ataque de los asesinos, sino además tendiendo puentes, eliminando agravios y colaborando en la pacificación de las zonas que en su momento contribuyeron a desestabilizar. Porque de lo contrario se logrará frenar en cierta medida el terrorismo, pero, mientras persistan las causas que incitan a los asesinos, el odio y la violencia continuarán sin tregua.

Una vez creado el monstruo hay que sujetarlo con inteligencia, porque de otra manera terminará acabando con nuestro estilo de vida, con nuestras libertades.

17 de junio de 2017

Cantos de sirena y amistades peligrosas

Cuenta La Iliada que Ulises se hizo atar al mástil de su barco cuando regresaba de la guerra de Troya, para no sucumbir ante los cantos de las sirenas que lo llamaban desde los acantilados de la costa, con sus dulces e irresistibles voces. El PSOE debería hacerse atar al mástil de su larga trayectoria de moderación y capacidad de gobierno, para no caer en la tentación de llegar a extrañas alianzas, como le proponen ahora los que hasta hace muy poco lo denigraban. Supongo que de todo esto se discutirá en el Congreso Federal que acaba de inaugurarse, y quizá, por tanto, no debería meterme yo en camisa de once varas. Pero como modesto observador de la cosa pública no puedo evitar reflexionar sobre un asunto que me parece de trascendental importancia.

Que la aritmética no propicia desbancar en estos momentos a la derecha que gobierna es un hecho cierto, una situación que algunos traducen en la necesidad de coaliciones variopintas para romper la realidad de los números. Pero que eso sea así hoy no significa que tenga que serlo mañana. Por eso, lo que el partido socialista debería marcarse como primera prioridad es recuperar la confianza de los electores que lo abandonaron, aquellos que en un momento determinado contemplaron otras opciones porque no reconocían en el PSOE las virtudes características del socialismo, su capacidad de lucha a favor de los más desfavorecidos. Eso fue así, pocos lo dudan, porque las circunstancias obligaron a sus dirigentes a tomar unas decisiones completamente opuestas a su ideario político. Pero lo importante no son las causas sino los efectos; las primeras pueden servir de justificación, pero los electores toman las decisiones a la vista de los segundos.

Lo que debería hacer ahora el partido socialista es oposición, tan exigente como se pueda, no mediante algarabías callejeras sino desde el Congreso de los Diputados. El interregno por el que ha pasado el PSOE en los últimos meses puede justificar la poco menos que inexistente actividad de su grupo parlamentario en las cámaras durante los últimos meses, pero eso es algo que debería quedar atrás a partir de ahora, cuando los socialistas cuenten con una nueva ejecutiva y unos nuevos líderes, no sólo en Ferraz, también en el resto de la estructura federal, donde doy por hecho que se producirán grandes cambios a partir de ahora.

Éste es el momento de la puesta a punto del partido socialista y de ganar confianza entre los electores, y no de precipitaciones. Querer recuperar el tiempo perdido de la noche a la mañana es una tentación que deberían resistir sus dirigentes. Las prisas no son buenas consejeras, y aunque a muchos se los lleven los demonios por la situación de deterioro institucional que sufre nuestro país en los últimos tiempos, no debería olvidarse aquello de que pan para hoy puede ser hambre para mañana. Una gran parte del electorado está muy pendiente de los movimientos políticos de Pedro Sánchez, a quién en algún momento se acusó de tener demasiadas prisas por llegar a la Moncloa.

Itaca, el destino de Ulises, está ahí, quizá más cerca de lo que algunos quisieran; pero el PSOE para llegar a buen puerto tendrá que rechazar bastantes cantos de sirena.

10 de junio de 2017

Así se las ponían a Fernando VII

Las encuestas de intención de voto que se publican en España mantienen, con pequeñas variaciones dependiendo de quién sea el promotor de la consulta, que casi uno de cada tres españoles votaría una vez más al PP. Da la sensación de que los populares hubieran llegado a su nivel mínimo de confianza entre los votantes, pero que de ahí no se movieran ni un milímetro, aunque la corrupción persista y aunque otras encuestas nos digan que una de las  preocupaciones mayores de los españoles es la impunidad con la que siguen moviéndose los corruptos.

En lo que casi nadie se pone de acuerdo es en las causas que originan la persistencia del voto conservador, salvo en culpar a sus electores de condescendencia con los sinvergüenzas o de insensibilidad ante los continuos latrocinios, acusaciones que no sólo ofenden a los afectados, también a la inteligencia de cualquier observador ecuánime. Pensar que a la mayoría de los votantes del partido popular les trae al pairo la corrupción no tiene base alguna, es una auténtica estupidez.

Por tanto, las causas, desde mi punto de vista, habría que buscarlas en otra parte o fundamentarlas en distintas razones. Yo encuentro muchas, pero, dada la brevedad que exige el formato que me he impuesto en este blog, voy a limitarme a reflexionar sobre la que a mí me parece la más importante y decisiva, que no es otra que la sorprendente situación que atraviesa la izquierda en España. Vayamos por partes.

Los socialistas, aunque hayan clarificado el liderazgo, están todavía muy lejos de definir las líneas maestras de la política que vayan a seguir de ahora en adelante. Las recientes trifulcas internas –algunas de las cuales parecen persistir-, los bandazos programáticos -muchos de ellos aún pendientes de clarificar- y los guiños hacia la “otra” izquierda espantan a los votantes de centro, que son precisamente los que durante años han inclinado la balanza hacia uno u otro lado del binomio derecha-izquierda. Muchos de ellos esperan a ver que sucede en el próximo congreso del PSOE, cuando quizá algunas de estas incognitas se despejen.

Podemos, por su parte, que irrumpió en el escenario político bajo el lema de asaltar los cielos y que cosechó un ilusionado -o puede que ilusorio- crecimiento inicial, ha frenado su carrera ascendente, porque muchos de los que al principio creyeron en ellos se han convencido de la utopía que encierra su mensaje y de la inutilidad de tanta algarabía callejera. El electorado conservador los compara con la Fiera Corrupia y la progresía moderada con un grupo sospechoso de propugnar un izquierdismo trasnochado e inmaduro, totalmente inútil.

Con estos mimbres –como gusta decir ahora a los cursis- el predominio relativo de la derecha está garantizado, porque hay muchos –al menos un treinta por ciento del electorado- que prefieren taparse la nariz, para que no les llegue el tufo de los corruptos, que votar a una izquierda desnortada y dividida. Mucho tienen que cambiar las cosas para que la gran masa de votantes de la izquierda moderada vuelva a confiar en ellos.

En conclusión, los conservadores en España, mientras la izquierda no cambie de actitud, seguirán disfrutando de ese cómodo suelo electoral del treinta por ciento, sin necesidad de verse obligados a realizar demasiadas florituras.

Así le ponían las bolas de billar a Fernando VII y dicen las crónicas que ganaba todas las partidas a pesar de ser un mal jugador.

2 de junio de 2017

Además de patán, indigno de su cargo

Hace unos meses, cuando la toma de posesión del presidente Trump, escribí que el recién elegido para ostentar tan alta responsabilidad me parecía un patán o, dicho de otro modo más académico, alguien que desconocía por completo cómo debe uno comportarse en sociedad. Ahora, con la perspectiva que otorga el transcurso del tiempo, tengo que añadir que me entristece observar la falta de dignidad que le acompaña en el desempeño de sus funciones. No creo que se trate, como algunos opinan, de la actitud de alguien que pretenda ponerse el mundo por montera, sino del comportamiento de quien no tiene ni la más remota idea de la importancia del cargo que ocupa y del decoro al que obliga su ejercicio. Ni siquiera en sus filas, salvo minoritarias excepciones, se acepta de buen agrado tanta ramplonería y rebuscada vulgaridad.

Estoy leyendo un libro (The residence – inside the private world of the White House), un ensayo sobre la vida cotidiana dentro de las paredes de la Casa Blanca. Escrito por una periodista estadounidense (Kate Anderson Brower), relata de forma ágil y entretenida las vivencias de los presidentes americanos y sus familias, bajo el interesante punto de vista de los empleados de la casa presidencial, sean éstos mayordomos, camareros, responsables de la limpieza, cocineros, jardineros, agentes de los servicios secretos o altos ejecutivos de los gabinetes de apoyo. Por cierto, es un libro cuya lectura me atrevo a recomendar a mis amigos (desconozco si existen versiones en español).

Además de constituir un testimonio interesante sobre un mundo bastante desconocido por la mayoría de los ciudadanos estadounidense y del mundo entero, relata los comportamientos protocolarios y la vida familiar de varios presidentes de aquella nación, desde Heisenhower hasta Obama, un periodo tan extenso y con tantos protagonistas que permite mostrar al lector todo un catálogo de comportamientos. Lo cuento, porque si algo me ha llamado la atención, además del sinfín de anécdotas ilustrativas de las trastiendas de la alta política americana, es la dignidad protocolaria que por lo general acompaña a los presidentes de aquel país y a quienes los rodean. Al fin y al cabo, el presidente de los Estados Unidos, como cualquier primer mandatario, está obligado a representar a su país con la máxima dignidad.

Pues bien, Donald Trump rompe moldes, se sale de convencionalismos, hace mofa de los protocolos oficiales, ningunea a los mandatarios de otros países y se comporta como si el mundo fuera de su propiedad. Los manotazos al presidente de Montenegro para situarse en primera fila de la foto, la medio samba que se marcó cuando oía el himno nacional de su propio país en un acto castrense o las malhumoradas regañinas a los periodistas congregados en más de una rueda de prensa son actitudes que ponen de manifiesto que pretende dirigir a su nación, y de paso a las demás, como un capataz negrero. No tiene ni la menor ida de lo que significan el tacto, la cortesía o la diplomacia, porque ni debieron enseñarle a ejercitar estas capacidades cuando procedía haberlo hecho ni ha debido de tener necesidad de utilizarlas a lo largo de su vida empresarial. Lo cierto es que se comporta con la desfachatez propia de un niño maleducado, de un zafio malhumorado.

Las palabras dignatario y dignidad proceden de la misma raíz lingüística. Por eso resulta llamativo que un alto dignatario carezca de la dignidad necesaria para ostentar su cargo.

31 de mayo de 2017

Y tú más. Corruptos hay en todas partes

Cada vez que oigo decir que la corrupción se encuentra en todas partes –lo que deberíamos traducir por no hay partido que se libre de esta lacra- tengo la sospecha de que estoy oyendo a alguien que defiende la corrupción de los suyos. Me resulta curioso observar como algunos dirigentes del Partido Popular, mediante la disipación de responsabilidades entre muchos, utilizando la vieja técnica del ventilador bien colocado para esparcir la mierda cuanto más lejos mejor, intentan disimular o incluso justificar los incontables casos (yo ya he perdido la cuenta y creo que no soy el único) que afectan al PP. Aunque es cierto que no hay quien habiendo gobernado no haya sido agraciado con la presencia de corruptos en sus filas, no lo es menos que hasta en esto de la sinvergonzonería existen clases. La cantidad y sobre todo la calidad de los casos que en estos momentos tachonan la imagen del PP nada tienen que ver con el choriceo o la mangancia de vía estrecha que se observa o ha podido observarse en otras formaciones. Lo de los conservadores tiene carácter institucional –sistémico dicen algunos-, porque parte de la misma médula de su organización y apoya su modus operandi en las propias estructuras del partido.

Por eso, sin negar en absoluto que sea necesario y obligado combatir con energía y sin cuartel la corrupción en todas partes por igual, vengan los desmanes del partido que vengan, considero que lo que le está sucediendo al de Rajoy bate todos los records y merece una reflexión. Tres tesoreros, algún exministro, varios presidentes de comunidad autónoma, unos cuantos presidentes de diputación y alcaldes de ciudades importantes, todos ellos imputados; y el propio presidente del Gobierno llamado a declarar como testigo en la vista del caso Gürtel. Eso sin contar a los que ya están en la cárcel y sin olvidar las sospechas fundamentadas de la propia Unidad Central Operativa de la Guardia Civil sobre otros altos cargos del PP, actuales o de épocas relativamente recientes, casos que irán saliendo a relucir en las próximas semanas, porque a la maquinaria del Estado, una vez puesta en marcha, no hay quien la pare.

Es cierto que no hay quien la pare, aunque muchos sean los intentos de detenerla, tanto de índole jurídica como policial. Las presiones desde el gobierno a la fiscalía son hechos probados, fraude que ha merecido la reprobación por el Congreso de los Diputados -es decir por la soberanía nacional- del ministro de Justicia, del fiscal general del Estado y del fiscal jefe Anticorrupción, una situación esperpéntica donde las haya. Es posible que ni siquiera en las llamadas repúblicas bananeras se permitiera que tan altos cargos continuaran en sus puestos ni un día más. Pero España es diferente, o al menos lo es la que reside en la mente del presidente del Gobierno, que nos tiene acostumbrados a la impasividad cuando de los suyos se trata. Él es uno de los que cuando le mencionan la corrupción en su partido contesta que corrupción hay en todas partes. Y con ese intento de repartir responsabilidades liquida la cuestión, como si lo primero justificara lo segundo.

Esta situación, la del extraño maridaje entre los líderes del partido popular y sus corruptos, está provocando un sentimiento de impunidad muy peligroso para el prestigio de España y sus instituciones, por muy beneficioso que lo sea para los populares. En realidad lo que está sucediendo es que intentan taponar las fugas del vapor de la corrupción con parches esperpénticos, y sabido es que las calderas sin válvulas de escape terminan explotando. Esto naturalmente lo saben los dirigentes del PP, pero da la sensación de que prefieran practicar aquello de pan para hoy y hambre para mañana. Al fin y al cabo el presente existe y el futuro siempre será impredecible.

Sí: corruptos hay en todas partes y hay que acabar con ellos. Pero no todas las corrupciones responden al mismo modelo.

Postdata: Cuando acabo de terminar la redacción de lo anterior, me llega la noticia de que el fiscal jefe Anticorrupción posee el 25% de una empresa en el paraíso fiscal de Panamá, sospechosa situación que ya afectó hace meses a un ministro de Rajoy, al que éste defendió a capa y espada hasta que se vio obligado a dimitir. Lo dicho.

29 de mayo de 2017

Segregación por sexos en los colegios. Algo se está moviendo

Hace unos días me vi envuelto en una discusión –bastante agria en las formas, todo hay que decirlo- sobre la conveniencia o inconveniencia de separar en los colegios a los chicos de las chicas durante las enseñanzas primaria y secundaria. Mis interlocutores eran personas procedentes de ese mundo que pudiéramos denominar católico preconciliar, mentalidades más próximas a la doctrina conservadora de Pio XII que a la del papa Francisco. Además, se trataba de titulados superiores y alguno de ellos, incluso, dedicado a la docencia universitaria. No estaba hablando con ignorantes, sino con personas que me merecen respeto intelectual, aunque discrepe de algunas de sus opiniones.

Tomando como base un caso real que afectaba muy directamente a la iniciativa de uno de los debatientes -colaborador activo en la promoción de un colegio religioso que separa a los chicos de las chicas, de muy reciente inauguración-, mantenían mis oponentes que la pedagogía moderna ha llegado a la conclusión de que cada sexo rinde escolarmente más si se le aísla del contrario que cuando chicos y chicas conviven en las mismas aulas. No aportaban datos, ni estadísticos ni reales, sólo impresiones extraídas de su particular experiencia, por no decir de sus convicciones religiosas. Ni que decir tiene que negué la mayor, porque soy un convencido de que los hombres y las mujeres deben compartir todas y cada una de las responsabilidades a las que hay que enfrentarse en la vida. Y en los colegios no sólo se aprenden materias escolares, también y sobre todo a vivir en sociedad.

A mí, que fui un sufridor de la enseñanza segregada por sexos –prácticamente la única que existía en tiempos del franquismo-, la tendencia que observo en algunas minorías a regresar a lo que la democracia desechó en cuanto tuvo la más mínima oportunidad, la inclinación a separar a los alumnos en aulas femeninas y masculinas, el movimiento hacia la segregación por sexos en los colegios, como si de especies diferentes se tratara, me parece un intento de retorno a las cavernas, por mucho que algunos barajen como argumento aquello de que la convivencia distrae las mentes. Pues bien, si las distrae que las distraiga, ya que al fin y al cabo la atración sexual es una condición humana que siempre estará presente en la sociedad y sobre la que conviene educar desde que se ingresa en la escuela.

Mucho me temo que esta disposición haya que identificarla con un modo fundamentalista de entender la religión -las chicas con las chicas y los chicos con los chicos-, proclividad por cierto que comparten todos las  religiones, se ponga el foco donde se ponga. Es curioso observar que cuando la católica, apostólica y romana había superado en España con holgura estos prejuicios, surjan ahora grupúsculos reivindicativos de unas prácticas que habían desaparecido casi por completo. Es difícil de entender, pero lo cierto es que siempre ha habido personas más papistas que el papa.

Creo que se trata de un intento pasajero y que las aguas volverán al cauce de la cordura pedagogica. Pero mientras tanto tendremos que soportar la presión de un poder fáctico que intenta recuperar posiciones que creía haber perdido.

23 de mayo de 2017

Habemus papam. Fumata blanca en Ferraz

Escribía yo no hace mucho en este blog a propósito de las elecciones internas del PSOE, que lo importante son las ideas y no las personas. Lo decía y lo mantengo, aunque no soy tan ingenuo como para ignorar que los líderes son los encargados de gestionar los programas políticos, de manera que a veces convierten a éstos en auténticos esperpentos, en adefesios irreconocibles, o, por el contrario, mejoran su calidad.

Por si alguien todavía no lo hubiera adivinado, me voy a referir en este artículo a Pedro Sánchez y a su espectacular victoria en las primarias del partido socialista, un triunfo aplastante que no deja lugar a dudas respecto a quién prefiere la militancia, pero que no aclara en principio qué quieren los socialistas con carné que éste haga con el poder que le han otorgado, más allá de que se oiga de vez en vez algún que otro tópico regeneracionista y de cuando en cuando alguna que otra petición de corregir el rumbo que pudiera apartarlo de la lucha por la igualdad social. Pinceladas de grueso calibre que desde mi punto de vista, y supongo que desde el de otros muchos potenciales votantes del PSOE, precisan concreción.

El electorado socialista, los millones de españoles que se sienten progresistas y que durante decenios han identificado la marca PSOE con la socialdemocracia de corte europeo, esa corriente que reclama justicia social e igualdad de oportunidades, sin menoscabo de la realidad económica en la que estamos inmersos -la economía de mercado-, está ahora pendiente de lo que Pedro Sánchez vaya a hacer con el partido que lidera. Dependerá por tanto de sus mensajes, de sus propuestas y de su saber hacer que el triunfo interno también se convierta en una futura victoria electoral. De lo contrario, de poco habrá servido su resurrección política, más allá de haber dado legítima satisfacción a sus incondicionales.

Ocasiones para aclararnos sus ideas no le van a faltar al nuevo Secretario General del partido socialista, porque la situación socioeconómica en España está candente. A corto plazo le espera un exhaustivo test que completar, desde definir su posición con respecto a Podemos, pasando por el tipo de oposición que se proponga ejercer contra el gobierno del PP, hasta su visión de la unidad de España. No es que de estas cosas no haya hablado, sino que lo ha hecho con tanta ambigüedad, con tan calculada imprecisión, que uno tiene la sospecha de que no haya querido comprometerse. El electorado puede haber entendido hasta ahora estos regates, porque la lucha por el liderazgo exigía prudencia; pero no a partir de este momento, cuando lo que quieren los votantes es ir tomando posiciones electorales.

El nuevo Secretario General tiene, además, la obligación ineludible de contribuir con su gestión a cicatrizar las heridas internas que, aunque ahora todos pretendan negarlo, se han abierto en las últimas semanas aún más de lo que estaban, porque durante la campaña electoral los adversarios no ha dudado en atacar a degüello al contrincante. No se me escapa que en esta labor han de participar todos, no sólo Pedro Sánchez; pero no me cabe la menor duda de que él, en su calidad de vencedor indiscutible, tiene la mayor de las responsabilidades en esta no fácil labor.

Ahora vendrá el congreso previsto para junio, en el que los potenciales votantes del PSOE confian en ver muchas incógnitas despejadas. Pero me atrevería a decir que no es preciso esperar hasta entonces para que el nuevo responsable vaya tomando posiciones y de paso se las explique a los demás. Después, a la vista de lo que oigan, serán los electores quienes decidirán si continuan o no confiando en el partido socialista. Ese será el auténtico triunfo o el fracaso definitivo de Pedro Sánchez.

12 de mayo de 2017

Aporofobia (rechazo a los pobres)

Oí el otro día defender a una lingüista en la radio, en uno de esos programas “cultos” de los que intento de vez en vez sacar alguna utilidad, aunque no sé si con provecho, que la palabra aporofobia -vocablo que no registran ni el Diccionario de la Real Academia ni el María Moliner- debería utilizarse para designar el rechazo a los pobres, a los marginados, a los necesitados de lo más imprescindible. No voy a entrar en consideraciones etimológicas- aunque me encantaría hacerlo porque el origen de las palabras siempre ha suscitado mi curiosidad-, sino que, partiendo de que su uso me parece muy apropiado (a: sin; poro: salida; fobia: rechazo), me limitaré a reflexionar sobre esta, a mi juicio, deformación de la mente humana.

En una reciente viñeta de El Roto, nos decía el genial dibujante que la conciencia es el peor de nuestros enemigos internos y que cuando se detecta su presencia hay que avisar inmediatamente a las autoridades. Al principio sonreí, pero enseguida, cuando reparé en la sutil y al mismo tiempo cruel ironía, comprendí la sabiduría que encierra el mensaje. En el caso que nos incumbe, aunque la marginación del prójimo provoque por lo general en nuestra mente un primer destello de compasión, solemos hacer caso omiso de su presencia y miramos hacia otro lado como si la miseria de los demás nada tuviera que ver con nosotros. Superada la sorpresa, tras ese fugaz relámpago de conmiseración, entra en juego inmediatamente la aporofobia.

Pero lo peor de todo ello es que, aunque no avisemos a las autoridades, como aconsejaba la citada caricatura, ponemos inmediatamente en juego toda una batería de justificaciones interiores, para evitar que la mala conciencia por la dejadez o inoperancia dañe nuestro sosiego. Una de ellas, muy común por cierto, es aquella que achaca al necesitado toda la responsabilidad de su situación; si esta persona está así es porque se lo ha ganado a pulso. Y otra, no sé si tan frecuente como la anterior, sería la que justifica la apatía, incluso el abierto rechazo hacia los pobres, en el temor a que la miseria los haya convertido en seres peligrosos.

Tengo la sensación de que la aporofobia, entendida como yo trato aquí de describirla, es un vicio común, una deformación de la mente de la que muy pocos se libran. Digo muy pocos, porque las excepciones existen, aunque creo que son tan escasas que resulta difícil encontrar ejemplos. Por supuesto que no me sirven como tal las figuras emblemáticas de la dedicación a los demás (Teresa de Calcuta sería un ejemplo), porque en mi opinión su regate a la aporofobia tiene justificaciones ajenas por completo a la auténtica empatía por los pobres, lo que no me impide reconocer la loable dedicación de este tipo de conocidos personajes a los más necesitados. Insisto, para que no haya dudas al respecto: aplaudo su comportamiento, admiro su actitud hacia la marginación, pero no entran en las excepciones que busco en esta reflexión.

Para encontrar salvedades a la actitud de rechazo a los pobres habría que explorar en el anonimato, en el mundo de aquellos que, venciendo sus temores a la marginación de los demás, dedican sus vidas o partes de las mismas a mitigar en lo posible la angustia de los necesitados. Y por eso, porque suelen ser seres que actúan en silencio, apartados de los focos mediáticos, es difícil encontrarlos, aunque existan. Es el mundo de los voluntarios de toda clase que, por razones que sólo anidan en sus conciencias, vencen la aporofobia y convierten el instintivo rechazo a la pobreza en combate a la miseria y a la marginación.

5 de mayo de 2017

Renegar del pasado y otras modas de nuestros días

Está de moda en política minusvalorar e incluso despreciar todo aquello que pertenezca al pasado más o menos reciente, a la etapa que se abrió tras la muerte de Franco. Parece como si de repente algunos descubrieran que hasta ahora nada ha avanzado y todo sigue igual que cuando acabábamos de salir de la dictadura. No sólo eso, sino que hay quienes consideran, o dicen considerar, que se han dado pasos atrás. Una auténtica aberración que sólo tiene dos posibles explicaciones, o la del sectarismo político irrecuperable o la de la ignorancia supina y galopante. No reconocer los avances que ha experimentado nuestra sociedad en los últimos años del siglo XX y en los que han transcurrido desde que se inició el XXI es tan necio que preocupa, por la cerrazón que implica, a las mentes bien intencionadas.

Que nadie piense que cuando digo lo anterior me guía la complacencia o la resignación, dos vicios que no profeso. Todo lo contrario, creo que hay tantas cosas por hacer y tantas otras que cambiar que mirar hacia atrás pudiera significar perder un tiempo precioso. Pero como lo cortés no quita lo valiente, opino que no está de más reconocer los avances, aunque sólo sea para aprender de lo hecho o para, en su caso, coregir errores y acelerar el progreso. Pero sucede que para algunos de los recién llegados a la política la mejor de sus estrategias es denigrar lo conseguido, hacer tabla rasa de lo existente e intentar construir sobre las cenizas de lo anterior. Es mucho más fácil destruir que edificar, demoler que erigir, sobre todo cuando no se sabe muy bien qué hacer.

Sostenía yo el otro día, en una conversación entre amigos, que durante los catorce años que Felipe González ocupó la presidencia del gobierno de España nuestro país había dado un enorme salto, desde la  mediocridad a la modernidad, desde la insignificancia a la vanguardia, de tal manera que después no la reconocía ni la madre que la parió, como en su día vaticinó con avispada jocosidad Alfonso Guerra. Pero ahora hay quienes pretenden echar por tierra aquella etapa, no sólo entre los adversarios políticos del partido socialista -lo que no debería sorprender a nadie-, también dentro de las propias filas del PSOE. Los primeros siempre lo han hecho, pero llama la atención que de un tiempo acá lo hagan unos cuantos de los segundos.

Ya sabemos que para algunos en política todo está permitido, que las maniobras partidistas a veces vulneran los principios éticos más elementales y no pasa nada. Pero resulta grotesco, ridículo hasta el esperpento, que una parte de los que hasta hace muy poco fueron fervientes socialistas, defensores de un partido unido, de su ideología progresista y de la disciplina interna irrenunciable si se pretende ser eficaz,  se hayan convertido de la noche a la mañana en furibundos enemigos de su propia historia. Da que pensar, como decía un amigo mío cuando no quería ser más explícito en sus comentarios.

Lo que digo no es un lamento nostálgico, sino una llamada a la reflexión. Destruir para construir sobre las cenizas es propio de vándalos, a quienes no interesa que quede nada, ni siquiera vestigios de lo que hubo. Edificar sobre lo existente es lo que hacen las personas inteligentes, aquellos que consideran que no hay que inventar nada que ya esté inventado.

Lo que sucede es que no siempre la inteligencia es la que guía nuestros pasos, sino que a veces nos mueven o el odio o el sectarismo o la ignorancia, o todos ellos a la vez.

1 de mayo de 2017

El insoportable hedor de la corrupción

La sucesión de casos de corrupción en las filas del PP que salen a la luz un día sí y otro también es tan continuada que resulta muy difícil seguir con atención la secuencia de los acontecimientos. Si a la cantidad de datos le añadimos la pasmosa lentitud de la justicia y la intrincada complejidad del derecho procesal en España, la nube que envuelve la situación jurídica de tantos corruptos resulta tan opaca que no hay quien vea con claridad entre tanta opacidad. Cuando uno creía haber entendido algo del caso Gürtel y los tesoreros del Partido Popular, aparece lo de Rato y su campana en la Bolsa, después lo de las tarjetas black y el banal despilfarro de los directivos de una entidad que se hundía en su mala gestión, más tarde lo de la Púnica, a continuación lo de…; y cuando uno pensaba que la cosa estaba más o menos comprendida, que al fin y al cabo eran habas contadas, se nos descuelgan con la historia tenebrosa del Canal de Isabel II. Y lo que todavía es peor: la secuencia no ha terminado.

Se dirá que estas cosas ocurren en las mejores familias y no seré yo quien niegue que la corrupción es transversal,  que afecta a tirios y a troyanos. Al fin y al cabo no es ni más ni menos que el reflejo de una época, en la que la impunidad sirve de refugio a docenas de políticos sin escrúpulos, que por otro lado se consideran protegidos por los suyos. Pero sin embargo, en el caso del PP se puede añadir una característica que hace que sus escándalos sean todavía más insoportables, el hecho de que muchas de estos hayan nacido dentro de la estructura del partido y hayan sido consentidos en aras de los intereses partidistas, unas veces porque mediante las prácticas corruptas se obtenían pingües financiaciones ilegales y otras para no levantar la liebre o para no tirar de la manta, que para el caso que me ocupa tanto me vale una expresión como la otra.

La presunción de inocencia no debería nunca servir de pretexto para retrasar la asunción de responsabilidades políticas. El caso del presidente de Murcia ha sido un auténtico esperpento, que sólo resolvió el Partido Popular cuando comprobó que podía perder el control político de aquella comunidad.  La dimisión de Esperanza Aguirre llega detrás de una numantina resistencia a dejar su asiento, porque para ella lo de la Púnica y lo de su ínclito colaborador Granados, en prisión cautelar sin fianza desde hace algún tiempo, no era un dato suficiente, necesitaba que también surgiera lo del Canal y estuviera encarcelado Ignacio González, su otra mano derecha. El señor Rajoy por su parte, fiel a su estrategia de aquí no sucede nada, se niega a reconocer que está gobernando rodeado por una peña de desaprensivos. No es capaz de desprenderse de los corruptos, no se sabe si porque para él no lo son o porque le conviene más mirar para otro lado.

En el Partido Popular hay gente decente, por supuesto que la hay; y al Partido Popular lo votan millones de personas que abominan de la corrupción, no tengo la menor duda. Pero hasta que la cúpula no tome cartas en el asunto, mientras no se produzcan dimisiones, ceses o expulsiones ejemplares, la lucha contra esta lacra estará viciada y el PP bajo sospecha. Porque todavía queda mucho por descubrir, a los españoles aún nos esperan bastantes sorpresas por delante y a los populares unos cuantos sobresaltos que soportar.

¿Tan difícil es ser honrado? Es posible que lo sea cuando las circunstancias le permitan a uno robar a espuertas.