27 de junio de 2018

Buenas sensaciones

El gobierno de Pedro Sánchez lleva poco tiempo desde que estrenara mandato, pero el suficiente para que yo me atreva hoy a expresar aquí las sensaciones que hasta ahora sus anuncios y decisiones me han producido. De momento son sólo gestos, pero muy significativos. Un gabinete de prestigio, incluido un ministro dimitido ipso facto y sin vacilaciones por irregularidades fiscales. Una agenda de reuniones con los presidentes de las Comunidades Autónomas, que incluye, por supuesto, al independentista Joaquim Torra. Entrevistas con mandatarios extranjeros, empezando por la que mantuvo con el decidido europeísta Emmanuel Macron. Resolución drástica de la crisis del Aquarius y la consecuente llamada de atención a la adormecida Europa sobre el problema sin solucionar de la inmigración que afecta a todos. Extensión de la cobertura sanitaria. Ley para regular la eutanasia. Asistencia a reuniones europeas del máximo nivel europeo. Y suma y sigue

Los partidos de derechas –PP y Ciudadanos- están desconcertados. Desde el principio han anunciado su intención de boicotear cualquier iniciativa que proceda del gobierno socialista, venga o no venga a cuento el rechazo. “No nos pida lealtad, señor Sánchez”, gritaba el otro día en el Congreso de los Diputados el siempre acalorado y vocinglero Rafael Hernando. “Nosotros sólo le debemos lealtad a los españoles”, añadía. Un ejemplo entre otros muchos de que a los derrotados no les llega la camisa al cuello de su frustración. Una clara manifestación de que se creían tan afianzados en sus posiciones que la derrota los ha dejado muy vapuleados. Llevados por su ingenuidad política, y también por la prepotencia de quien se cree invulnerable, estaban convencidos de que acabarían la legislatura sin que la corrupción les pasara factura.

Por lo que oigo y veo a diestra y a siniestra de mi entorno más próximo, tengo la sensación de que la opinión pública permanece muy atenta a los movimientos del nuevo gobierno, expectante y en cierto modo ilusionada. Por la derecha, cautelosa ante la posibilidad de que, como se han encargado de repetir hasta la saciedad los líderes de sus partidos, Pedro Sánchez haya llegado a pactos inconfesables con tirios y troyanos. Por la izquierda, vigilante ante la posibilidad de descubrir cualquier atisbo de desviación programática, de ruptura del compromiso tácito de acabar con las prácticas corruptas, con la degradación democrática y con el injusto reparto de la riqueza nacional. Pero en el fondo, tanto por un lado como por el otro, dando un voto de confianza al nuevo gobierno socialdemócrata.

Pedro Sánchez, desde mi punto de vista, está moviéndose con cautela. No hay que ser demasiado sagaz para descubrir en cualquiera de sus gestos y de sus palabras un cuidado exquisito. Nada tiene de extraño, porque sabe que sus enemigos, que son muchos y de muy variada condición, están agazapados para lanzarse sobre él en cuanto cometa el menor desliz. Están rabiosos y ávidos de venganza política. No en vano les ha arrebatado la batuta del poder con una hábil maniobra democrática, que pocos -entre ellos yo- consideraban que pudiera llegar a tener éxito. Además, las encuestas están empezando a acusar los resultados del relevo. La correlación de fuerzas está cambiado y el partido socialista se ha situado en un primer lugar destacado.  Por eso, el nuevo presidente del gobierno tiene claro que está obligado a caminar con pies de plomo, lo que no significa, ni mucho menos, que deba apuntarse al inmovilismo de su predecesor.

Todavía es muy pronto para sacar conclusiones, pero las sensaciones que se reciben son buenas. En cualquier caso, iremos viendo con el tiempo lo que en realidad suceda.

22 de junio de 2018

Vulgaridad o refinamiento

La cada vez más extendida falta de educación ciudadana me tiene muy preocupado. Lo que sucede es que son tantos los frentes abiertos por los maleducados, que no sé muy bien por dónde empezar esta denuncia. Dudo si acusar a los que están deteriorando hasta extremos inauditos el lenguaje, o a los que bajo el pretexto de que lo superfluo no es práctico pretenden regresar a las costumbres cavernícolas, o a los que su vandalismo ha convertido en peligrosos enemigos de la sociedad, o a los que confunden el progreso social con la zafiedad en el comportamiento. Distintas facetas de un mismo fenómeno, el de la vulgaridad, que está arrasando nuestras costumbres.

Quizá uno de los antónimos de la palabra vulgaridad sea el vocablo refinamiento. Si así fuera, tengo que confesar que cada vez echo más en falta este último. No la finura desmedida ni la elegancia exagerada, sino el esmero y el cuidado en hacer las cosas con calidad. Calidad en el lenguaje, calidad en el gesto, calidad en el comportamiento social. Porque el refinamiento no es algo superfluo e innecesario, es un logro de la civilización que, a lo largo de los siglos, ha ido separando lo grosero de lo selecto, la ganga de la mena.

¿Por qué entonces se pretende ahora dar un paso atrás con tanta vulgaridad, con tanta zafiedad, con tanta grosería, con tanta tosquedad? Algunos opinarán que porque hay que ser prácticos. Otros defenderán que en una sociedad moderna es preciso dejar a un lado las exquisiteces e ir al meollo de los problemas. No serán pocos los que carguen las tintas sobre la falta de tiempo que emplear en adornar el comportamiento con ornatos innecesarios. Incluso no faltarán los que consideren que mi añorado refinamiento se enfrenta a los avances sociales, que no son más que remilgos de los enemigos del pueblo. De todo habrá como en botica.

Refinamiento no es lujo.  Lujo es algo superfluo y prescindible. Refinamiento es calidad, calidad en todos los aspectos del comportamiento humano conseguida con el esfuerzo de las generaciones que nos precedieron a lo largo de la evolución de la sociedad. Refinamiento es orden, un orden necesario para vivir en sociedad, un orden que impone cierto grado de sumisión de los intereses personales a los colectivos. Refinamiento es respeto al entorno, es preocupación por dejar a nuestros hijos un planeta habitable. Refinamiento es consideración hacia los que nos rodean, es atención a los demás. Refinamiento es sentido de la estética y de la belleza.

Antes yo quería arreglar el mundo. Ahora me conformo con mantener mi entorno personal lo más refinado posible.

20 de junio de 2018

¡Uy! ¡Catalanes!

El otro día, cuando paseaba por las calles de un recóndito pueblo del Maestrazgo turolense con unos amigos y siguiendo atentamente las explicaciones de un tan amable como espontáneo guía local, una de mis acompañantes le preguntó a este último que a quién pertenecía una casa de elegante arquitectura rural que acabábamos de dejar atrás.

-A unos catalanes –contestó el interrogado-.

-¡Uy! ¡Catalanes! –exclamó mi amiga componiendo en su cara un gesto de contrariedad, no sé si porque no le gustaba que por allí hubiera catalanes o porque de haberlos no se merecieran una casa tan bonita como aquella.

Un día antes, mientras visitábamos una iglesia del siglo XIII en otro pueblo de la zona, nuestra guía, también local y tan amable como el anterior, nos explicó que los anarquistas la habían incendiado durante la guerra civil. Uno de mis amigos intervino entonces y dijo: mi padre contaba que las columnas anarquistas catalanas que vinieron aquí durante la guerra causaron verdaderos estragos y que podían haberse quedado en su casa.

Yo entonces intervine: ya sabes que esta zona estaba plagada de anarquistas; para quemar iglesias no hacía falta que viniera nadie de fuera.

Mi amigo me sonrió con complicidad y añadió: sí, sí, ya lo sé; pero mi padre prefería echarle la culpa a los catalanes.

Son dos anécdotas inscritas en la intrascendencia, que me dan pie para entrar en la reflexión de hoy. Que me perdonen los anónimos aludidos si leen estas líneas y que no me guarden rencor por la maldad cometida al citarlos.

Estoy convencido de que el anticatalanismo soterrado, sutil a veces y casi siempre aderezado con algunas gotas de jocosidad, está presente en nuestra sociedad mucho más de lo que suele admitirse. Este sentimiento no es de ahora, cuando las actitudes de los separatistas han levantado ampollas en la conciencia de muchos españoles. Es antiguo y en algunos casos atávico. Unamuno decía que los separadores son más peligrosos para la unidad de España que los separatistas, una reflexión que comparto. Meter a todos los catalanes en un mismo saco de carácter peyorativo es ejercer de separador, es empujarlos hacia fuera, es crear un clima de desconfianza, es, en definitiva, fomentar el independentismo.

Dicen las encuestas que el número de independentistas ha crecido durante los últimos años. Si fuera así, no creo que la causa haya sido el descubrimiento repentino de las bondades que la independencia pueda traerles, sino la paulatina percepción de una incomprensión hacia ellos cada vez más extendida en el resto de España. Las últimas tensiones han traído como consecuencia que muchos españoles se hayan apuntado a esta fobia indiscriminada, la que no distingue entre catalanes que quieren la independencia y catalanes que desean permanecer dentro de España. Y así nos va.

17 de junio de 2018

Unas veces se pierde y otras se aprende

Para encabezar esta entrada he modificado el conocido proverbio -unas veces se gana y otras se pierde-, con la intención de destacar que no todos los derrotados aprenden de sus derrotas. La actitud de las derechas españolas –ahora hay más de una- con esa machaconería, con ese raca-raca sobre la puerta falsa por la que Pedro Sánchez ha entrado en el Palacio de la Moncloa lo demuestra. Una vez más, ignorando el orden constitucional, no cejan en intentar desacreditar el legítimo procedimiento que les ha desalojado del gobierno. No se enteran –o no quieren enterarse- de que para acceder y permanecer en la Presidencia del Gobierno hace falta contar con el respaldo de una mayoría parlamentaria suficiente, que no basta con haber sido el partido más votado. El PP contó en la investidura de Mariano Rajoy con los apoyos que necesitaba, pero no ha contado con ellos para mantenerse en el poder.

Es cierto que la minoría parlamentaria del PSOE no hubiera conseguido acceder al poder si no fuera por la corrupción del PP, por el descrédito de sus dirigentes. Precisamente por eso la derrota de Mariano Rajoy es más llamativa, porque no se trata de que haya habido unidad de criterio en apoyar a Pedro Sánchez, sino en censurar al hasta hace poco presidente del gobierno. Todos, absolutamente todos -menos la escisión ultraconservadora que representa Ciudadanos-, se han puesto de acuerdo en que el gobierno popular era insostenible y en que había que dar paso al primer partido de la oposición.

Desde mi punto de vista, Rajoy ha hecho bien en apartarse. Su decisión puede facilitar la regeneración del PP, un partido que representa el sentir conservador de tantos españoles. Pero no basta con que el expresidente se retire. Si sus voceros más señeros continúan ninguneando las causas de su derrota, no estarán favoreciendo el cambio que necesita el partido, ya que un parte de su electorado está convencida de que se ha tratado de una merecida derrota por no haber combatido la corrupción con firmeza y de que sólo con cambios profundos recobrarán la confianza. No les valdrá simples cambios de maquillaje.

El Partido Popular tiene ahora una buena oportunidad para recobrar parte del voto que ha huido desconcertado a Ciudadanos, porque los últimos mensajes de este partido dejan muy claro que su línea política se ha situado a la derecha del PP, además de poner en evidencia la bisoñez parlamentaria de su líder. Pero para ello los populares deberían dejar muy claro que ya no son lo que hasta hace poco eran. Tienen que aceptar la derrota con espíritu de autocrítica, aprender de ella y preparar el futuro. Aunque les duela. No sé si serán capaces, porque en política las inercias son muy tercas y obstinadas, y el rumbo muy difícil de cambiar.

Mientras tanto, el gobierno socialista no debería olvidar su actual debilidad parlamentaria. Puede gobernar, ¿por qué no?, hasta agotar la legislatura. Pero para ello tendrá que andarse con pies de plomo, tanto en lo que afecta a las reformas sociales, que en ningún caso pueden afectar al equilibrio presupuestario que exige Europa, como en lo que se refiere a la estructura territorial de España, cuyas modificaciones, si las hubiere, nunca podrán vulnerar la legalidad constitucional. Ni lo uno ni lo otro es fácil, aunque no imposible. Ahí está la oportunidad política de la vapuleada izquierda española, en hacer las cosas con mesura y discreción, sin prisas y sin improvisaciones.

La izquierda, como la derecha, tiene mucho que aprender.

11 de junio de 2018

Empujar el carro

Está por ver que el apoyo que le ha otorgado Unidos Podemos a Pedro Sánchez en la moción de censura traiga como consecuencia una oportunidad para que la izquierda levante cabeza. Los primeros gestos de Pablo Iglesias y de alguno de sus colaboradores más cercanos prometían un apoyo firme y sin condiciones al líder socialista, pero algunas declaraciones posteriores parecen desdecir el propósito inicial. De momento no son más que balbuceos retóricos sin demasiado contenido, pero miedo me da que se vuelva a las andadas de las prisas, de la vehemencia y de la falta de realismo.

Que en España hay una mayoría progresista es un hecho incuestionable. Pero que ese progresismo pueda canalizarse a través de la radicalidad es absolutamente falso. Los sociólogos nos dicen que una gran masa de votantes se mueve en un amplio centro izquierda, cuyo voto se inclina hacia uno u otro lado del espectro político en función de la percepción que tenga en cada momento del realismo que acompañe a las ofertas políticas. Prometer el oro y el moro no convence a casi nadie. Son muchos los que prefieren hacer camino al andar.

Ahora lo importante es estar ahí. La implantación de políticas de progreso tiene que venir poco a poco, asentando logros y recuperando avances que se habían perdido o congelado durante los últimos años. Después habrá que seguir avanzando, con decisión pero también con prudencia. No se puede olvidar el escenario que se pisa. La globalidad es un hecho incuestionable. El dinero es cobarde y los inversores asustadizos; y sin dinero y sin inversiones no hay políticas sociales que valgan.

El gran argumento de la derecha para intentar minimizar el efecto de su derrota es la acusación al PSOE de haber conseguido llegar al gobierno gracias a los “populistas” y a los que “quieren romper España”. Si Podemos ahora dejara a un lado las promesas iniciales de cooperación y exigiera a Pedro Sánchez que gobernara fuera de la moderación y del realismo, estaría haciéndole un flaco favor a la oportunidad progresista. Le daría combustible a la reacción, ahora rabiosa y más beligerante que nunca.

Le oí decir el otro día a un analista político procedente de las filas de Izquierda Unida que la competitividad política no exime de la cooperación. Podemos está en su perfecto derecho a mantener las señas de identidad que le caracterizan, pero no tanto a poner palos en las ruedas del gobierno socialista. Mucho menos en este momento, cuando hasta las agencias de crédito reconocen que Pedro Sánchez dispone de poco margen de maniobra. Ya vendrán las elecciones para competir abiertamente. Mientras tanto lo que procede es empujar el carro de las reformas progresistas.

El actual gobierno, que por cierto ha sido bien recibido por la opinión pública y con horror por sus adversarios de la derecha, cuenta con una gran oportunidad para cambiar el modelo político del país. No sería bueno que se frustraran las esperanzas de tantos ciudadanos por un quítame allá esas pajas, por falta de sentido de la oportunidad, por intereses partidistas. La izquierda debería aprender de los errores cometidos en los últimos años, que han sido muchos y de bulto, de esos que deberían figurar en los manuales de cómo no se deben hacer las cosas en política.

6 de junio de 2018

Teoría y práctica de las negociaciones y de los pactos

Me llama la atención la poca cultura pactista que existe en nuestro país. Son muchos los que confunden el pacto con la marrullería, la negociación con la astucia artera, la resolución de conflictos con la claudicación. Quizá hayan sido algunos políticos con sus trampas, sus pillerías y sus malas artes los que hayan contribuido a propagar esta visión tan peyorativa de lo que para mí es un arte y una ciencia a la vez, la capacidad del ser humano de llegar a consensos partiendo de la disconformidad. La civilización no existiría si no existiera la posibilidad de alcanzar acuerdos asumibles por todas las partes que intervienen en un litigio o controversia.

He dicho arte y a la vez ciencia. Es arte, porque el resultado de una negociación depende en gran parte de la habilidad del negociador, de su talento y de su disposición a ejercer la empatía. Pero también es ciencia, con metodología y procedimientos propios, basada en otra de mayor rango, la psicología. En cualquier conversación que conduzca a lograr un pacto hay una parte intuitiva y otra sistemática, las dos complementarias y suplementarias, y por tanto imprescindibles. El mejor de los negociadores fracasará si no tiene en cuenta determinados principios metodológicos, al mismo tiempo que cualquier procedimiento dejará de ser útil en manos de quien no tenga las dotes que se requieren para negociar.

En toda negociación se parte de posiciones discrepantes, a veces tan alejadas que a priori parecen imposibles de casar. Nuestra transición, tan injustamente vilipendiada por algunos, fue un complejo proceso de pactos entre grupos que partían de posiciones tan distantes que no eran pocos los que opinaban que la situación acabaría como el Rosario de la Aurora, a farolazos. No fue así, afortunadamente; y no fue así porque imperó la cordura y las ansias de llegar a acuerdos. Si alguna de las dos partes se hubiera enrocado en sus “principios”, nada de lo que luego vino hubiera sucedido. Nuestra transición se basó, que a nadie le quepa la menor duda, en el convencimiento de que había que ceder.

En la última etapa democrática  hemos tenido presidentes de gobierno pactistas, reaccionarios al pacto y de un poco de todo. No voy a dar mi opinión sobre ninguno, porque en esta reflexión prefiero quedarme en la teoría general y no entrar en casuísticas, que siempre tendrían un sesgo de subjetividad. Que cada uno le ponga nombres a cada una de las categorías. Es muy posible que no coincidan con los que pondría yo, lo que demostraría que no todos tenemos la misma opinión sobre lo que significa pactar.

Pactar no es ceder. Pactar es buscar vías de encuentro, encontrar alternativas a las posiciones de partidas. En un buen pacto nadie gana, pero tampoco nadie pierde. Se sustituyen unos objetivos por otros, se relativiza la importancia de determinadas premisas, se acepta que la posición de máximos de la que se partía era inviable, entre otras cosas porque no tenía en cuenta la del contrario, aunque también fuera imposible. En un buen acuerdo se renuncia a determinadas posiciones previas que parecían inamovibles, en beneficio de otras que hasta entonces no se habían contemplado.

Llegados a este punto, me pregunto si el nuevo gobierno será capaz de llevar adelante sus promesas de negociación y pacto en el conflicto catalán. A su presidente le supongo capacidad dialéctica, es decir arte, y metodología aprendida en las reflexiones que provoca la dura lucha política. No es un mal principio. Pero, ¿estará la otra partes dispuesta a negociar y a pactar? Muy pronto lo sabremos.

2 de junio de 2018

¿Caos o esperanza?

Para un entusiasta de las contingencias políticas no hay nada tan ilustrativo como los debates parlamentarios. El último, el de la moción de censura a Mariano Rajoy, no ha tenido desperdicio. No me refiero a las consecuencias, que también, sino a las escaramuzas dialécticas que han protagonizado unos y otros. Sucede sin embargo que han sido tantas, que me veo obligado a seleccionar sólo algunas para no sobrepasar el folio y pico habitual de mis entradas en este blog. Tiempo habrá para mayor abundamiento.

El expresidente del gobierno entró en el debate acusando en vez de defendiendo. Incluso llegó a perder su proverbial flema en algún momento, como cuando Sánchez anunció que iba a respetar los presupuestos recién aprobados. Debió de ver en ese momento que su caída era inevitable y no dudó en levantar el tono de voz y espetar aquello de ahora se los van a comer ustedes con patatas. Creo que fue en ese momento cuando tuve por primera vez la casi seguridad de que el señor Rajoy tenía las horas contadas como presidente  del gobierno. Aquella finta política del candidato significaba dar al PNV el empujoncito que necesitaba para que otorgara el sí a la moción, y a un veterano político como es el censurado no se le escapó y no pudo evitar el exabrupto.

A Albert Rivera le faltó talla política. Tan empeñado estaba en que la única salida de la crisis era la convocatoria de elecciones, que no se le ocurrió cambiar su discurso en ningún momento. No tenía plan B, lo que significa que se había equivocado por completo en sus previsiones. Su discurso resultó patético, por un lado acusando al presidente del gobierno de ser la causa de los proverbiales siete males y por otro negando su apoyo a la moción de censura. El resultado fue que recibió descargas de alto voltaje desde todas las partes del hemiciclo, desde la derecha acorralada y desde la izquierda atacante. Creo -es una opinión personal- que todo el mundo le ha visto en esta ocasión al líder de Ciudadanos las entretelas de la incoherencia, la falta de madurez. Su  pretendida imagen centrista se ha caído por los suelos. Ahora le va a costar un gran esfuerzo recomponer el discurso y acomodarse a la nueva situación.

El líder de Podemos, Pablo Iglesias, que no cuenta con mi afección política porque no le he visto hasta ahora una actitud realista en la defensa de los intereses de los más desfavorecidos, tuvo ayer un comportamiento que me sorprendió. Quise ver en él -no sé si me equivocaré- una cierta maduración, un reconocimiento de que la terca realidad social no le permite continuar con la utopía como bandera de las reivindicaciones, que hay que ir comiéndose el elefante de las injusticias sociales a cachitos, porque de otra forma uno se indigesta. Su tono fue cordial cuando dialogó en público con Pedro Sánchez y sus palabras elegidas con esmero. En cualquier caso, dice la Biblia que por sus frutos los conoceréis.

Pedro Sánchez jugó bien sus cartas, que no eran demasiado buenas. Sabía que el ordenamiento constitucional le permitía presentar y en su caso ganar una moción de censura y no dudó en hacerlo. Sólo debía convencer a los demás de que nada tenían que perder si le apoyaban y lo consiguió. Lo malo empieza ahora. Nadie sabe lo que pueda suceder. La oposición le va a atacar por los cuatro costados, no le va a permitir el más mínimo margen de maniobra, como ya se han encargado de amenazar sus voceros más preclaros. Ni siquiera puede esperar la más mínima lealtad en los asuntos de estado, porque los derrotados, PP y Ciudadanos, no se la van a conceder. Todo por tanto va a depender de dos cosas, en primer lugar de su talento político, en el que mantengo una cierta confianza, y en segundo del comportamiento de sus socios, respecto a los cuales no puedo evitar abrigar una cierta desconfianza. En cualquier caso, demos tiempo al tiempo.

30 de mayo de 2018

No dejar títere con cabeza

Me decía el otro día un buen amigo que en algunas de mis entradas en este blog no dejaba títere con cabeza.  Su observación me llamó la atención, porque cuando escribo no pretendo atacar, simplemente poner de manifiesto aquellos comportamientos que no comparto, procedan de quien procedan. Lo que sucede es que a veces no estoy de acuerdo con más de uno al mismo tiempo, como me está ocurriendo en estos momentos con la tan manoseada moción de censura.  Sé que cuando se exponen discrepancias se está en cierto modo agraviando por pasiva, porque el que se sienta aludido por el reproche opinará que el equivocado soy yo y no él y, por tanto, se considerará injustamente tratado. A mí me ocurre muchas veces lo mismo con los comentarios de otros, pero intento, no sin gran esfuerzo -todo hay que decirlo-, considerar las diferencias de criterios como lo que son, puntos de vista distintos sobre asuntos opinables, en ningún caso ataques personales.

El otro día en este blog, a cuento de la moción de censura (Manda huevos; 28.05.18), hablaba de irresponsabilidad e intentaba repartirla entre todos los partidos. No me arrepiento de haberlo hecho así, porque la falta de visión política y la ausencia de responsabilidad están en estos momentos, desde mi punto de vista, muy repartidas. Pero creo que me quedé corto al dar mi opinión personal sobre las maniobras de Ciudadanos. A este partido, que ha crecido como la espuma a caballo del deterioro del PP, de una cierta ambigüedad dialéctica y de hábiles tácticas mediáticas, se le ha llenado la boca al hablar de lucha contra la corrupción. Ahora sigue atragantado con las mismas proclamas, pero dice no estar dispuesto a apoyar una moción de censura que desplace de la Moncloa a los acusados de corrupción. Las encuestas le favorecen y le urge presentarse a unas nuevas elecciones, aunque sean convocadas deprisa y corriendo. No le importa retorcer la Constitución y buscar figuras no previstas en su articulado, como esa tan ocurrente del presidente pactado, no sabemos, por cierto, entre quiénes.

Si la moción de censura fracasa, y como consecuencia el señor Rajoy continúa en la Moncloa dos años más, la responsabilidad recaerá sobre Ciudadanos, los adalides de la decencia. El PSOE, aunque sea cogiendo el rábano por las hojas, está intentando dar un vuelco a la situación, dentro de lo que marcan los procedimientos constitucionales. Pide el voto a todos, lo que no tiene por qué significar que se vea obligado a pactar con nadie. Al menos esa es la promesa que ha hecho pública Pedro Sánchez, que sabe muy bien que si su propuesta triunfa estará obligado a convocar elecciones generales de inmediato. Lo contrario significaría la ingobernabilidad del país. La composición del parlamento actual no permite demasiadas componendas.

A Ciudadanos, lo diré una vez más, se le está viendo el plumero de las prisas. Acusa a Sánchez de oportunismo, de querer gobernar sin haber ganado las elecciones, cuando fue este partido el que aupó al PP -ya entonces bajo sospecha de trapicheos contables y no contables y medio contables-, sin que tampoco dispusiera el señor Rajoy de mayoría absoluta. En un sistema parlamentario gobierna quien consigue los apoyos necesarios, no el que ha obtenido más votos. Sólo puede hablarse de haberlas ganado cuando se ha conseguido mayoría absoluta, situación que por cierto a partir de ahora va a ser muy difícil que se dé.

La culpa está muy repartida, lo dije y lo repito. Pero hay algunos que se llevan la palma de la osadía, del oportunismo y de aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid.

28 de mayo de 2018

¡Manda huevos!

Con este título no pretendo soltar una manida, aunque simpática, vulgaridad para dar escape a mi desconcierto, sino apoyarme en una conocida frase oída hace algún tiempo en el Congreso de los Diputados, que me de pie a referirme a continuación a nuestro sistema parlamentario, tan en boca de muchos en estos últimos días. La condena de los tribunales al PP y la presentación de una moción de censura por parte del PSOE, está dando lugar a que unos y otros se deshagan en menciones a la Constitución, en la mayoría de los casos haciendo caso omiso de la composición actual de las cámaras.

Mariano Rajoy, ante la demoledora condena de los tribunales al partido que preside, tenía en sus manos tres opciones totalmente democráticas: dimitir y dar paso a uno de sus correligionarios menos señalados por la corrupción, someterse a una moción de confianza para intentar salvar los muebles del desastre o convocar elecciones. Pero, inexplicablemente, ha decidido continuar al frente del gobierno como si nada hubiera sucedido. A eso se le llama hacer lo del avestruz.

Pedro Sánchez, por su parte, ante esta situación tenía dos opciones: pactar con Ciudadanos y Podemos y quizá con algún otro partido una moción de censura “instrumental” para convocar inmediatamente elecciones, o presentarla para gobernar durante un periodo y dejar la convocatoria de unos nuevos comicios en la nebulosa de la ambigüedad. Ha optado por esta última salida, para lo que no cuenta con votos suficientes en el Congreso. A eso se le llama querer y no poder.

En mi opinión, ni uno ni otro están teniendo en cuenta la cruda realidad numérica que muestra la composición del Congreso. Rajoy con su terquedad podría seguir al frente del gobierno durante algún tiempo, pero su permanencia está condenada al fracaso, a la ingobernabilidad. No dispone de mayoría absoluta y los tiros le van a llegar desde todos los flancos y desde todos los bancos del hemiciclo, hasta que la vida política se vuelva irrespirable y tenga que ceder. Sánchez podrá expresar su indignación en la tribuna parlamentaria, quemar aún más al PP, pero la moción de censura, tal y como la ha planteado, está condenada a un rotundo fracaso político y, me atrvería a decir, personal. Ciudadanos no le va a dejar que le pise el terreno; Podemos, aunque de momento diga que no exige condiciones, es posible que esté más pendiente del sorpasso que de la gobernabilidad del país; y los separatistas catalanes no van a aceptar que siga adelante sin poner condiciones inasumibles por un partido constitucionalista.

Entonces, ¿a qué estamos jugando? Al juego de la irresponsabilidad, del oportunismo, de la falta de visión de Estado. No sólo por parte del PP y del PSOE, que también. Por parte de todos, absolutamente de todos. Porque Ciudadanos, que tanto presume de su acoso a la corrupción, está dispuesto a permitir que el PP continúe, no sea que vengan los socialistas y Sánchez le haga sombra. Porque Podemos, que ahora dice actuar sin condiciones, ha sembrado la suficiente desconfianza en los últimos años para que se recele de sus buenas intenciones. Porque los separatistas, que proclaman que Rajoy es incapaz de negociar, anteponen ahora de manera descarada sus pretensiones al interés general y a la oportunidad que se les brinda de que se abra el diálogo, pero sin condiciones previas.

Sí, señores diputados, nuestro sistema es parlamentario. Lo que sucede es que ustedes parecen ignorar esa realidad. Se comportan como si cada uno por separado creyera que cuenta con el apoyo del Congreso de los Diputados al completo, y no es así.

Por eso digo aquello de ¡manda huevos!, expresión de acrisolada tradición parlamentaria donde las haya, que ahora como nunca me viene a huevo.

24 de mayo de 2018

Salir de Málaga para entrar en Malagón

No creo que nadie a estas alturas de la película vaya a negar que Ciudadanos es un partido de derechas. Está en su perfeto dereho, claro que sí, pero lo que no cuela es que intente hacernos creer que es liberal progresista, socialdemócrata moderado o de centro reformista. Sus tics lo delatan, y por mucho que se vista de seda, mona se queda.

Es conocido que Ciudadanos –Ciutadans- nació en Cataluña para combatir al nacionalismo catalán. El Partido Popular hacía tiempo que nada tenía que hacer en aquellos pagos y Ciudadanos quería cubrir el vacío que debería haber ocupado la derecha tradicional española si no hubiera hecho las cosas tan mal, si hubiera advertido a tiempo lo que se nos venía encima. Después, cuando los de Albert Rivera vieron la debacle que se avecinaba a los sucesores de Aznar por culpa de la corrupción, decidieron dar el salto a la política de ámbito estatal, castellanizar el nombre, trasladar su cuartel general a Madrid y lanzarse a la conquista del espacio político que actualmente ocupa el PP.

Ya sé que existen otros relatos, porque no son pocos los que desde la derecha o incluso desde la izquierda han caído en el embaucamiento que producen las promesas de sus dirigentes, algo que, si podía entenderse al principio dado el disfraz de moderación con el que se envolvían, cuesta mucho comprender ahora, cuando los himnos reivindicativos de exaltado amor patrio y las banderas al viento acompañan sus mítines, cuando, como siempre ha hecho la derecha radical de todos los tiempos y de cualquier lugar del mundo, se apoderan de los símbolos que son de todos. Sólo les falta aquello tan bonito de las montañas nevadas, al menos de momento.

Que los desencantados del PP busquen refugio en las filas de Ciudadanos, cuando les faltan bomberos para tantos fuegos, es muy fácil de entender. No deja de ser su alternativa natural. Pero resulta inconcebible que lo hagan tradicionales votantes de partidos progresistas. A no ser que, desengañados o aburridos, se agarren a la novedad de Ciudadanos como a un clavo ardiente. Pero ojo, porque pensar que los de Albert Rivera vayan a romper una lanza en defensa del estado del bienestar o estén dispuestos a mejorar el poder adquisitivo de las pensiones o a defender la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres o a mantener la sanidad pública y las becas escolares, es como creer que la Pasionaria en su día hiciera romerías para rezar a la Virgen del Rocío.

Los gestos de derecha radical de Ciudadanos son cada vez más evidentes. La crisis de Cataluña les ha dado pretextos para alinearse con lo más radical del nacionalismo excluyente español, ese que niega la diversidad de España. En sus palabras, en sus frases y en sus discursos no hay una sola alusión a lo que nos une, sólo a la obligación ineludible de permanecer unidos, sin contemplaciones ni disculpas. Se han convertido en el reverso del separatismo fanático de Puigdemont y sus palmeros, para los que no hay alternativa a la independencia. Está funcionando una vez más la ley de la intransigencia bidireccional, tan tristemente conocida por los españoles.

Quizá en vez de haber titulado estas líneas como salir de Málaga para entrar en Malagón, debería haberla encabezado con la frase de aquel viejo chiste, virgencita que me quede como estoy. Pero sucede que este asunto no es para tomárselo a chirigota, ni mucho menos.

19 de mayo de 2018

Por la boca muere el pez

Hay noticias que me urgen a sentarme frente al ordenador y empezar a escribir lo que en ese momento me dicte la razón, no vaya a ser que si dejo pasar el tiempo me tranquilice y mi reacción pierda fuerza. Sé que no es una buena costumbre, porque las precipitaciones pueden traer aparejada la falta del rigor necesario para no caer en apreciaciones equivocadas. Pero, sin embargo, considero que es una eficaz terapia  para soltar el lastre de algunas inquietudes.

Una de esas noticias ha sido la compra por parte de Pablo Iglesias e Irene Montero de un chalé, creo que en La Navata, valorado en seiscientos mil euros. Nada que objetar por mi parte, porque hasta ahí podíamos llegar. Cada uno hace con sus ingresos y con su patrimonio lo que le viene en gana y estaría bueno que dos políticos tan conocidos como ellos no pudieran  hacer frente a una hipoteca por ese importe y con un plazo de amortización de treinta años. No, no es esta parte de la noticia la que me ha hecho saltar como un resorte y por la que me he puesto a escribir. Es otra.

A los líderes de Podemos se les ha llenado la boca durante mucho tiempo con broncas expresiones contra los mayordomos de los explotadores sociales (sic) y con promesas de demostrar con su recatado y sobrio estilo de vida su cercanía a la gente (sic). Ha sido durante estos últimos años una canción ininterrumpida, una balada monótona de autoalabanza y de menosprecio a los insensibles ante la desigualdad. Era su santidad frente a los hábitos demoníacos de los demás. Reiteradas declaraciones que suponen un contrasentido, una incoherencia con su decisión de comprar una casa que no está al alcance de la inmensa mayoría de los españoles. Por eso, y no porque no puedan vivir donde y como les plazca, es por lo que me he puesto a escribir estas líneas.

Jaime Gil de Biedma escribió, en un maravilloso poema, que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde. Quizá Irene y Pablo se hayan empezado a dar cuenta ahora de que la defensa de las políticas progresistas nada tiene que ver con el estatus económico de quien las defiende, que hay pobres de solemnidad con mentalidad conservadora y que se puede gozar de una posición económica desahogada y tener el alma progresista. En definitiva, que el hábito de la pobreza no hace al monje progresista.

Ojalá que a partir de ahora se centren más en la categoría política y dejen a un lado la anécdota pintoresca. Lo primero requiere pragmatismo y concreción, y no es fácil. Lo segundo por el contrario no es difícil, pero no deja de ser farfolla parlanchina inútil y sin contenido práctico. Eso que algunos llaman populismo y otros demagogia. Mucho ruido y pocas nueces.

Por lo demás, les deseo a los dos con sinceridad que disfruten de su nueva casa, que por cierto parece en las fotos bonita y confortable. Estarán en su perfecto derecho.

17 de mayo de 2018

Habemus president

Sí, ya tenemos presidente de Cataluña. Lo tenemos los españoles, catalanes o no, porque lo es de una comunidad autónoma de las diecisiete que constituyen el estado español y gracias a unas leyes amparadas por la constitución española. Deberíamos por tanto alegrarnos todos, sea o no el perfil político del elegido de nuestro agrado. La normalidad institucional es un valor añadido y la aceptación de los resultados de unas elecciones un principio democrático. Es cierto que los primeros gestos del designado no vaticinan nada positivo, ni mucho menos sus antecedentes de tintes racistas, xenófobos y supremacistas, tres adjetivos que por separado causan alarma y juntos no permiten abrigar grandes esperanzas sobre su capacidad política. Pero aun así, es conveniente esperar a que dé los primeros pasos antes de anatematizarlo.

Las prisas, la vehemencia política no conducen a nada. Vivimos con fortuna inscritos en un mundo democrático y las pulsiones autoritarias se pagan y de qué manera. Muchas veces obteniendo exactamente los objetivos contrarios a los que se persiguen. Mantener la unidad territorial de España requiere inteligencia y no visceralidad. No es un asunto baladí, ni mucho menos. Es de enorme trascendencia. Pero hay algunos que al socaire de su supuesta españolidad a ultranza lo que están en realidad haciendo es campaña electoral. No por gritar más fuerte la palabra patria se es más patriota. No por condenar el catalanismo sin ambages se es más español.

Desde mi punto de vista, la aplicación del artículo 155 debe suspenderse, porque las premisas bajo las que se puso en marcha ya no existen. Conjeturas aparte sobre las intenciones que abrigue Quim Torra, son los hechos y no sus escritos ni sus discursos los que mandan. Aunque ha dejado clara su intención de continuar adelante con las pretensiones de los separatistas, mientras no se salte las leyes está en su perfecto derecho a defender políticamente lo que quiera. Ahora bien, si no respeta las leyes que amparan su designación, ya sabe a qué atenerse.

La justicia, en mi opinión, debe continuar con los procesos abiertos. Si se han cometido delitos, deben pagarse de acuerdo con las leyes; y si no, poner en libertad a los imputados cuanto antes mejor. La vuelta a la normalidad institucional no implica el archivo de oficio de las causas abiertas. Lo primero es un hecho político, lo segundo una actuación judicial. No confundamos política con justicia.

Por último, y quizá lo más importante, creo que es preciso iniciar inmediatamente conversaciones entre las dos visiones políticas, la de los que no quieren que España se trocee y la de los que aspiran a la independencia de Cataluña. No entre dos gobiernos de igual rango, porque, de acuerdo con las leyes vigentes, el gobierno catalán no tiene la misma entidad jurídica que el español, sino entre dos posiciones políticas encontradas. Ni el ejecutivo central puede modificar la constitución sin contar con el parlamento español, ni el catalán tomar decisiones al margen de las leyes españolas.

Existen soluciones políticas que satisfarían en gran medida las aspiraciones de todas las partes, muchas más de las que en principio pudiera parecer. No darán satisfacción por completo a todos, pero en eso consisten las negociaciones, en buscar puntos de encuentro, en pactar acuerdos inteligentes entre posiciones discordantes, porque los que piensan igual nada tienen que pactar.

13 de mayo de 2018

Terrorismo en casa

Ahora que la banda de fanáticos asesinos de ETA ha dejado de machacar sin piedad y sin criterio a los ciudadanos de nuestro país, me he dado cuenta de que a sus barbaridades, a sus desalmados crímenes, no les he dedicado ni una sola línea en este blog, a pesar de que, como ya he dicho en más de una ocasión, si escribo aquí es para dar salida a mis emociones, sean éstas agradables o penosas. Quizá haya sido porque la rabia y la impotencia que siempre he sentido ante las atrocidades que cometían los etarras no me permitiera ni siquiera razonar sobre su existencia. Puede que un sentido de inutilidad ante lo que pudiera expresar en aquellos momentos me impidiera escribir sobre el terrorismo etarra.

Como todo lo que se pueda decir sobre ETA ya se ha dicho, me voy a limitar a sacar algunas conclusiones marginales, pequeñas anotaciones que he ido almacenando en mi memoria a lo largo del sucio conflicto terrorista.

La victoria, si es que así se puede llamar al cese de la violencia por consunción, ha sido de la sociedad en su conjunto, vasca en particular y española en general. Entre los políticos, a los que no voy a quitar el mérito que se merecen por haber dirigido la lucha con prudencia y no haber caído en la tentación de la desmesura, ha habido de todo, desde los que han actuado con sentido de responsabilidad hasta los que, al rebufo de las explosiones, han intentado arrimar el ascua de la barbarie a la sardina de sus intereses partidistas. Como las hemerotecas están llenas de acusaciones como la de “tiene las manos manchadas de sangre” dirigida a José Luis Rodríguez Zapatero, no voy a extenderme más en este asunto. Para muestra basta con un botón. Sólo diré que hay que ser ruin y miserable para expresar semejante dislate sin morirse de vergüenza.

Las víctimas se cuentan por centenares. No debemos olvidarlas, pero no para mantener el odio, que a nada conduce, sino para que la verdadera dimensión del conjunto de tragedias humanas que originó el fanatismo absurdo y sin sentido no se pierda en la oscuridad del tiempo. Ni tampoco esgrimirlas como arma partidista, porque su sufrimiento no tiene color, no pertenece a nadie, a ningún partido, sólo a la sociedad en su conjunto. Ni por supuesto vivir a costa de la tragedia como hacen algunos, que han convertido la pérdida de los suyos en su modus vivendi.

Los que miraban para otra parte cuando la sangre se derramaba a su alrededor, porque en el fondo comulgaban con los autores de los asesinatos, harían muy bien en callar ahora, ya que fueron cómplices pasivos o no tan pasivos de los criminales. Bastante vergüenza arrastran sobre sus espaldas como para que encima intenten minimizar la magnitud de la tragedia que originaron sus “héroes”.

Ojalá nunca más volvamos a ser testigos de tanta atrocidad, de tanto derramamiento de sangre. Ojalá esta guerra sucia nunca vuelva a repetirse en nuestro país.

5 de mayo de 2018

Imputados o bajo sospecha. In vigilando o in fraganti

La dimisión de Cristina Cifuentes ha tenido la virtud de renovar mi  interés hacia los asuntos políticos relacionados con la Comunidad de Madrid y he empezado a revisar, no sin asombro, la trayectoria y el destino de sus presidentes, todos, si exceptuamos al socialista Joaquín Leguina, del PP. Concretamente, y por orden cronológico, Alberto Ruiz-Gallardón, Esperanza Aguirre, Ignacio González y Cristina Cifuentes. Dos de ellos, Ruiz-Gallardón y González, investigados o imputados por prevaricación y malversación de caudales públicos, Esperanza Aguirre dimisionaria por culpa in vigilando y Cristina Cifuentes forzada a abandonar el cargo por hurto descubierto in fraganti, además de por mentir más que hablar. Toda una panoplia de comportamientos irregulares, que, si no fuera porque existe documentación que avala su veracidad, uno pensaría que se encuentra ante un panfleto difamatorio urdido por los adversarios del PP. Pero no: es una situación tan cierta como que los números primos son indivisibles o que el agua hierve a la temperatura de cien grados Celsius.

Me confesaba el otro día una buena amiga, fiel votante del partido Popular, que estaba muy cabreada con la situación de los suyos. No me extraña, le contesté, porque resulta cuanto menos esperpéntica. Lo que no me dijo -ni se lo pregunté porque uno es muy reservado cuando entra en ciertas materias con personas a las que quiere- era a quién pensaba votar en las próximas elecciones. Aunque, si tengo en cuenta que pertenece a ese amplio grupo social que ha convertido el rechazo a todo lo que huela a izquierdas en indefinida ideología anti, el olfato me dicta que terminará otorgando su confianza a Ciudadanos, un partido tan conservador o más que el PP, pero al menos sin tacha aparente hasta el momento. Los votantes conservadores han encontrado en la formación que lidera Albert Rivera una cómoda tabla de salvación a su medida.

Ante esta situación de deterioro, de falta de ética y también de estética, la pregunta que me hago es qué le sucede a la izquierda, incapaz de superar a la derecha en las encuestas, a pesar de que las circunstancias se lo hayan puesto a huevo. Pero me temo que la respuesta sea mucho más compleja que la pregunta. Además dependerá de quien sea el que opine, si un simpatizante del partido socialista o un inscrito en Podemos o un incondicional de la derecha. Los primeros acusarán a los segundos de haber dividido al electorado progresista con promesas de reformas irrealizables, los de Podemos al PSOE de traicionar al pueblo y de ser más fachas que la Virgen del Pilar, y los últimos dirán de los anteriores, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, que ni la socialdemocracia ni el anticapitalismo disponen de recetas que resuelvan los problemas de la sociedad de nuestros tiempos. Y mientras tanto la izquierda en declive y los conservadores manteniendo en conjunto sus posiciones electorales. Porque, según las encuestas, si mañana se celebraran elecciones, los partidos de derechas en su conjunto las ganarían por mayoría absoluta. Y lo peor para la izquierda no es eso,  lo peor es que PSOE y Podemos representan dos posiciones muy distantes entre sí, tanto como puedan serlo la moderación pragmática y el paso a paso, por un lado, y la radicalidad vehemente y las prisas, por el otro. Dicho en román paladino para que nos entendamos todos, se trata de dos tendencias con estrategias irreconciliables, de las que los conservadores están sacando todo el provecho que pueden, a pesar de sus escándalos.

La izquierda moderada llegó a atraer en un momento determinado y durante muchos años las preferencias de una mayoría social de nuestro país, lo que permitió que España fuera saliendo poco a poco del atraso social en el que había caído después de tantos años de dictadura y de abusos. Poco a poco, es cierto, porque si se quiere ser eficaz no se puede ni se debe olvidar nunca las realidades sociales, las inercias refractarias y las mentalidades asustadizas. Ni tampoco, y esto a veces se olvida por completo, los poderes fácticos, que siempre estarán ahí vigilando la defensa de sus intereses.

1 de mayo de 2018

Los violadores de Pamplona

A mí, que no soy jurista, la pena dictada por los jueces en el juicio a los violadores de Pamplona me ha parecido del todo insuficiente. Lo digo de antemano, para después hacer algunas reflexiones que quizá parezcan contradictorias con el comentario inicial. Porque, desde mi punto de vista, lo que está sucediendo tras conocerse la sentencia tiene poca explicación en un país que se considere civilizado. Por un lado las masas estableciendo juicios paralelos sin respeto a los cauces legales -que por cierto en este caso no se han agotado definitivamente-, y por otro el gobierno, consciente de la impopularidad de la sentencia, alimentando la hoguera populista con la vista puesta en los posibles réditos electorales que les pueda otorgar ponerse en contra de la decisión de los jueces. Pero vayamos por partes.

No voy a entrar en la clasificación penal del delito, en el nomen iuris al que se refieren los entendidos, entre otras cosas porque no es el propósito de esta entrada. Me voy a limitar a tratar el asunto desde la perspectiva del profano, que aquí y ahora es la que me interesa. Entiendo, cómo no, la protesta feminista, porque suponer que no ha habido violencia es mucho suponer. No parece que una chica, con una tasa de alcohol muy alta en su cuerpo, encerrada por cinco energúmenos en un portal de pequeñas dimensiones, pueda escapar del acoso de sus atacantes. La situación implica, por sus circunstancias, un grado de violencia real, aunque no haya habido empleo de la fuerza física por innecesario.

Pero el que las cosas sean así de evidentes no justifica la generalización. Cuando oigo gritar la justicia es una mierda me indigno, porque significa un ataque indiscriminado a una de las instituciones clave del estado de derecho, al conjunto de profesionales a los que la sociedad ha encargado que imparta justicia. Vilipendiar el nombre de la judicatura entera por un caso particular, sólo puede justificarse bajo la óptica de la ira popular, que se mueve por impulsos emotivos, sin detenerse a considerar aspectos racionales. Puedo entender la rabia, pero no la justifico.

Lo del gobierno ya es otra cosa. Ni entiendo su actitud ni la puedo justificar. Que en un estado democrático el poder ejecutivo cuestione la labor del poder judicial es peligroso en extremo, porque pone de manifiesto un desequilibrio institucional impropio de una democracia consolidada. El ministro de Justicia, en vez de contribuir a apaciguar a las masas con razonamientos comprensibles por todos, parece como si intentara soliviantarlas, sólo porque cree que con esa actitud se pone a favor de la corriente mayoritaria para así ganar votos. Una irresponsabilidad manifiesta. Cuando escribo esto, cinco asociaciones de jueces y tres de fiscales -la judicatura al completo- de todas las tendencias políticas están pidiendo su dimisión, acusándolo de temeridad e injerencia, una situación que escenifica perfectamente el deterioro institucional que estamos sufriendo. El asunto no es en absoluto baladí.

El gobierno dispone de herramientas suficientes para reconducir esta situación sin caer en el populismo ramplón. No lo digo yo, lo dicen los propios jueces. Desde la intervención de la fiscalía mediante los pertinentes recursos, hasta la revisión de las leyes para que los delincuentes de esta índole reciban la pena que les corresponde. Lo que sucede es que estas actuaciones pudieran no ser entendidas por el pueblo enfurecido, mientras que ponerse a favor del viento popular les resulta más rentable a corto plazo.

Ya está bien de chapuzas, por favor, que no somos un país tercermundista.

16 de abril de 2018

Se puede y se debe hacer algo

En este enrevesado y tortuoso asunto llamado conflicto catalán, sostengo desde hace tiempo que mi posición no se haya equidistante entre la de los constitucionalistas y la de los separatistas. Creo que Cataluña debe permanecer dentro del estado español, lo que se traduce en que estoy en contra, sin ambages, de cualquier intento de separación, mucho más cuando se pretende alcanzar la independencia ignorando las leyes establecidas. Un país como España, con más de cinco siglos de existencia, está en su perfecto derecho a preservar la unidad del conjunto de su territorio. Pero, dicho lo anterior, cada vez estoy más convencido de que es imprescindible llegar a un pacto político entre las dos partes que permita que todos los catalanes, no sólo la mitad, se sientan cómodos, un acuerdo constitucional que el resto de los españoles también aceptemos de buen grado. No es fácil, ya lo sé, pero ignorar las realidades sociales de Cataluña y de España en su conjunto sólo conduce a agravar la situación, a tensar aún más la cuerda, que ya bastante tensa está.

Le oí decir el otro día a Carles Puiddemont una frase algo enigmática. ¿La independencia es la única solución? Pues no. Fue en una rueda de prensa que se celebró después de que el expresidente de la Generalitat hubiera salido de la cárcel alemana en la que estuvo retenido durante unos días y a propósito de una pregunta sobre posibles negociaciones para desencallar la situación. No sé lo que otros pensarán sobre el alcance de este comentario –en realidad una pregunta retórica y una respuesta categórica-, pero a mí me parece que pudiera reflejar una cierta disposición a admitir otras vías que no sean las que conducen a la independencia pura y dura. A estas alturas del proceso, cuando prácticamente todas las cartas están echadas y poco queda por descubrir, quizá estuviera anunciando una actitud favorable a buscar soluciones razonables que dejaran satisfechos a separatistas y a constitucionalistas.

Lo malo es que puede que ya se haya llegado demasiado lejos. Los separatistas, con su empeño en ignorar las leyes, y el gobierno, mediante su falta de capacidad para manejar la situación desde la política –lo que desde mi punto de vista no implicaría abandonar la vía judicial cuando proceda y sólo hasta donde proceda-, han puesto la situación en una difícil tesitura, tan estresada y tensa que a ver quién le pone ahora el cascabel al gato. Pero unos y otros tienen la obligación ineludible de intentarlo, de utilizar la inteligencia y no las vísceras, de rebajar la tensión. Porque si no, se cerraran en falso las heridas una vez más. Los responsables de haberlas abierto, por un lado, y los de no haberlas cerrado adecuadamente, por el otro, pasarán a mejor vida política, y el conflicto quedará aletargado durante un cierto tiempo, pero no muerto. Y esa, todos lo sabemos, no es la solución.

La pregunta que ahora me hago es: ¿de verdad se puede llegar a un acuerdo? A veces, cuando oigo a unos y a otro, cuando observo las miopías políticas o los discursos falaces o los egoístas intereses de partido, cuando compruebo hasta donde hemos llegado, pierdo el ánimo y empiezo a pensar que se han metido y nos han metido a todos en una incontrolada trifulca, como si de repente hubieran perdido el juicio y lo único que quisieran es derrotar al adversario, aunque la victoria sea pírrica. Parece como si a unos les importara muy poco el bienestar del pueblo catalán y a los otros nada asegurar la convivencia de todos dentro de España.

Por eso, cuando oigo alguna frase como la que le oí el otro día pronunciar a Puigdemont, recupero algo el ánimo, porque prefiero suponer que tras ella se esconda cierta predisposición a llegar a un acuerdo. ¿Pero lo entenderán también así los que tienen que entenderlo?

11 de abril de 2018

Y los libros empeñados en el Monte de Piedad

Recuerdo que mi padre me dijo una vez, cuando me matriculé por primera vez en la universidad, no pierdas nunca de vista que estudiar una carrera es un privilegio. No tuvo que añadir aquello de hazte digno, porque a los diecisiete años yo ya había aprendido a interpretar sus mensajes sin necesidad de que los acabara. No se anduvo por las ramas –no era su estilo- sino que a modo de consejo se limitó a recordarme que por falta de oportunidades no todo el mundo puede acceder a la enseñanza superior. Después, cuando se iniciaron las clases, comenzaron a llegarme desde dentro otros mensajes más poéticos, altisonantes incluso, como aquellos eslóganes de crisol de la cultura o alma mater del espíritu. Ciertos, cómo no, pero no tan impactantes desde un punto de vista social como la observación que me había hecho mi padre.

Ahora, una serie de individuos que se mueven convencidos de que la ética y la moral no están hechas para ellos, que se sienten ajenos al dictamen de las leyes e impunes ante el castigo, han puesto en entredicho a una institución que debería ser la quintaesencia del buen comportamiento y del juego limpio. Los tentáculos de la política se han infiltrado de manera espuria en las estructuras universitarias, contagiando a su sistema administrativo hasta el punto de que existan serias sospechas de que se estén concediendo falsos títulos universitarios. Y, lo que es peor, como pago anticipado de futuras prebendas. Una mancha tan vergonzosa que requiere una actuación inmediata de docentes, políticos y, sobre todo, jueces.

La universidad Rey Juan Carlos está en entredicho y, como consecuencia, todo el sistema universitario. No sólo por los turbios manejos –no encuentro mejor calificativo- del master de Cristina Cifuentes, también por el comportamiento de su rector, que salió raudo y veloz, casi perdiendo el culo, a defender a la presidenta de la Comunidad de Madrid sin informarse previamente de la situación real del escándalo.  Y aunque después haya pedido perdón públicamente -lo que le honra-, no basta. Debe investigar hasta las últimas consecuencias lo que allí se cueza y airearlo ante la opinión pública. El rector de una universidad tiene que estar fuera por completo de sospecha y el señor Ramos, después de su desliz, está obligado a defender la imagen de su universidad.

Esta situación por esperpéntica ha dejado descolocados a más de uno. El Partido Popular, consciente de la importancia que tiene la Comunidad de Madrid en el mapa político español, ha cerrado filas alrededor de Cristina Cifuentes, unos con la boca chica y otros a voz en grito hasta desgañitarse, incluso resucitando la vieja estrategia de la conspiración que tan bien se les da. Ellos sabrán lo que hacen, pero creo que deberían procurar que no lloviera sobre mojado. Ciudadanos, que pretende ser, al menos de palabra, adalid de la decencia, no sabe dónde mirar. Dar paso al PSOE no le conviene, porque ya a estas alturas todos sabemos que sus votantes proceden de la misma cantera conservadora que nutre al PP.

Ahora se presentan mociones de censura y se piden dimisiones. No me parece mal, porque cualquier procedimiento legal que provoque que los que no se merecen estar en política salgan de ella siempre será bien recibido. Pero ahí no deberían quedar las cosas. La universidad, la institución a la que mi padre consideraba un privilegio asistir, está contaminada y hay que descontaminarla, como se descontamina a los que han estado en contacto con la radioactividad. Hay que llegar hasta el final, con todas sus consecuencias, porque un país que presume de estar inscrito entre los más avanzados del mundo  no puede permitirse que sus aulas universitarias huelan a podrido.

9 de abril de 2018

La venganza de la geografía

Por recomendación de una buena amiga, gran aficionada a la lectura de ensayos de carácter sociológico, estoy leyendo estos días un libro con un título tan sugestivo que no he podido resistirme a la tentación de usurpárselo a su autor -Robert D. Kaplan- para encabezar esta improvisada reflexión. Siempre he sostenido que lo único perdurable en los pueblos –dicho sea en el amplio sentido de la palabra pueblo- es la geografía. Las demás circunstancias -sus costumbres, sus lenguas, sus sistemas políticos, sus identidades nacionales, sus temperamentos- cambian constantemente, o como consecuencia de fuerzas evolutivas internas o mediante la intervención de factores externos. Pero las montañas, las costas, los ríos, el clima, la latitud y la longitud, las sequías o las lluvias son las mismas ahora que hace milenios y por lo tanto las que en realidad determinan sus señas de identidad y mueven el afán de sus ciudadanos. Por eso, considero fundamental estudiar la historia del mundo sin perder de vista la geografía. Lo que un país sea ahora, se lo debe en gran parte a su situación en la esfera terráquea, porque cualquier otra circunstancia que haya podido intervenir en su evolución será también consecuencia de su inmutable situación.

En el caso de España, la compleja orografía que la caracteriza, con sus abruptas cordilleras, ha dificultado a través del tiempo las comunicaciones interiores, hasta el punto de que su desarrollo siempre se ha movido con retraso respecto a los países del centro de Europa, que gozan de extensas llanuras y de caudalosos ríos navegables. Sin embargo, la cultura de Roma nos llegó antes que a otras regiones situadas más al norte, como consecuencia de nuestra  proximidad al centro del Imperio, a través del Mediterráneo. Todo lo contrario de lo que les sucedió a las legiones romanas en su avance hacia el norte de Europa, cuando se encontraron con las barreras fluviales que conforman los ríos Danubio y Rin.

La ola del Islam inundó la península Ibérica a través del estrecho de Gibraltar, incapaz de servir de muro protector frente a las ansias expansionistas de una cultura a la que su espacio geográfico del norte de África se le había quedado pequeño. Pero cuando los musulmanes alcanzaron los Pirineos, tuvieron que contener sus ímpetus ante las impresionantes alturas que se encontraron por delante. Otro gallo hubiera cantado a los franceses de no haber existido esta barrera montañosa, hasta el punto de que quizá hoy pudiéramos visitar alcazabas moras en París o en Lion.

Más tarde, cuando la pobreza de nuestro territorio se puso de manifiesto a través de la escasez de alimentos por culpa de las prolongadas sequías, nuestros antecesores tuvieron que cruzar el mar Atlántico y convertirse en improvisados conquistadores. La geografía de siempre, la Península Ibérica, ya no bastaba y había que buscar nuevos espacios. El Dorado, aquella extraordinaria quimera, atrajo esfuerzos y dinero para salir de la miseria a la que la geografía condenaba a nuestros antepasados.

El libro que estoy leyendo trata de estos asuntos, pero bajo una perspectiva global y por tanto universal. Es curioso observar como el mundo se fue configurando a través de los siglos en grandes bloques políticos en función de la geografía. ¿Sería Estados Unidos lo que es hoy si no estuviera asentado en un subcontinente que se abre a dos mares? ¿Ocuparía Rusia el lugar que ocupa en el mundo si las grandes estepas siberianas no hubieran facilitado su expansión hasta el Pacífico? ¿Habría llegado a ser el Reino Unido la potencia colonial que llegó a ser si su carácter insular no hubiera obligado a sus gobernantes a mantener en aquellos tiempos una poderosa marina?

Las respuestas a estas preguntas y a otras por el estilo son las que se desgranan en este libro, cuya cita ahí queda.

2 de abril de 2018

Matrimonios, parejas de hecho o simplemente compañeros en la vida

No acabaré nunca de entender la razón de esta moda, bastante generalizada en nuestro tiempo, de establecer relaciones de pareja, con pretensiones de continuidad en el tiempo, mediante un simple acuerdo verbal entre dos personas, sin que medie compromiso formal de convivencia. Ahora pocos se casan, simplemente viven juntos. Para qué papeles –suelen argumentar- si nuestro amor es auténtico como el que más. Qué falta nos hace firmar documentos que avalen nuestra situación patrimonial –añaden- si somos dueños de nuestros destinos y confiamos el uno en el otro. Nos queremos –continúan- y eso es lo único que se necesita para vivir bajo un mismo techo. Lo demás –concluyen- es artificiosa burocracia, papeleo material.

Hasta aquí poco se puede discutir. La ingenuidad forma parte de la condición humana y el optimismo es un buen aderezo del candor y de la inocencia. De manera que, como no resulta demasiado agradable desengañar a los ilusionados, lo mejor que uno puede hacer en estos casos es callar y aceptar sus buenas intenciones. ¿Por qué no van a poder convivir dos personas que se aman hasta tocar las estrellas? Al fin y al cabo son libres y pueden hacer con sus vidas lo que les venga en gana.

Pero lo curioso es que muchas de estas parejas escogen la falta de formalidad administrativa –el rechazo al contrato matrimonial- como muestra de rebeldía ante el establishmentn, como protesta contra la intromisión de la sociedad en sus vidas. Sin embargo, como les guste o no les guste viven inscritos en un orden administrativo inamovible y riguroso, y sometidos a unas leyes que regulan la convivencia entre las personas en todos los órdenes de la vida, en la mayoría de los casos acaban sustituyendo el acuerdo marco que supone la inscripción como matrimonio en el Registro Civil, por una serie de contratos parciales entre las partes –reconocimiento de hijos, títulos de propiedad al 50%, certificaciones de convivencia que garanticen las pensiones en el futuro, etc.- para cubrir el vacío legal que deja la carencia de ese contrato único que se denomina matrimonio civil. Una auténtica paradoja donde las haya, me parece a mí.

Una de las consecuencias de esta situación es el bajo índice de natalidad. Muchas parejas reacias a la figura del matrimonio no ven nunca el momento de tener hijos, aun en el caso de que su situación económica se lo permita. La falta de cobertura administrativa les induce un cierto sentido de provisionalidad, incompatible con la necesaria estabilidad que comporta tener hijos. En el fondo, aunque normalmente lo nieguen, bajo la carencia del vínculo formal se esconde la incertidumbre sobre el futuro sentimental de la pareja. Nos queremos ahora –piensan- pero no sabemos que puede suceder en el futuro.

Desde hace mucho tiempo, desde cuando constituían un tabú social, he sido partidario de las relaciones prematrimoniales, de establecer un periodo de convivencia anterior a la boda o a la formalización administrativa del vínculo matrimonial. Lo considero un tiempo de prueba muy conveniente para después no llevarse demasiadas sorpresas, aunque alguna a pesar de todo siempre habrá. Pero una cosa es pasar por esa situación durante una temporada y otra muy distinta mantenerla sine die. Lo primero, desde mi punto de vista, constituye una prudente medida precautoria; lo segundo trae consigo una falta de cobertura legal que, desde mi punto de vista, no tiene ningún sentido.

28 de marzo de 2018

Siempre nos quedará París

Aunque no soy demasiado nostálgico, a veces miro atrás y echo de menos ciertas cosas. Me refiero a entornos que formaron parte de mi vida en algún momento y que cuando ahora los busco no los encuentro porque ya no existen. El mundo está vivo y cambia –dicen-, pero a mí me hubiera gustado que esos cambios nunca afectaran a los lugares que durante algún tiempo fueron escenarios de mi vida, a las casas donde viví hace años con mis padres, a las tiendas en las que alguna vez compré, a los cines que frecuentaba cuando era joven o a los bares donde saboreé las primeras cañas de mi vida.

Estoy leyendo un libro de Hemingway –A moveable feast (París era una fiesta)-, en realidad una recopilación de artículos cortos que el premio Nobel escribió poco antes de su muerte, en los que pasa revista a sus experiencias en la capital de Francia, donde vivió durante una larga temporada a lo largo de los años veinte del siglo pasado, cuando iniciaba su carrera literaria. Un libro recomendable a los lectores que disfruten con las descripciones de personas y lugares, de pensamientos y reflexiones. Un libro intimista, pero sobre todo revelador del mundo parisino de aquella época.

Pero no es del libro de lo que quiero hablar -no obstante ahí queda la recomendación-, sino de alguna de las impresiones que me ha causado su lectura. Como Hemingway describe infinidad de lugares de la ciudad -calles, plazas, restaurantes, cafés y tiendas-, me he visto con frecuencia en la necesidad de consultar planos actuales para seguir las andanzas del autor y no perderme en el laberinto de sus callejeos. Y he encontrado todos -o casi todos-, porque los franceses, al menos los parisinos, tienen la buena costumbre de no cambiarle el nombre a las calles. No como en España, donde mirar atrás ya no es posible, ni siquiera en los planos, porque casi todo o ya no existe o ha cambiado de nombre.

Las comparaciones son odiosas, dice el sabio proverbio, y posiblemente yo esté cayendo en una muy estúpida. Porque las características de Madrid, la ciudad en la que vivo, no son las de París, ni mucho menos lo eran en el siglo XIX y en los principios del XX. No lo eran al menos en dos aspectos fundamentales, en la extensión de sus clases medias, que son las que suelen dar carácter a las poblaciones, y en la consolidación de sus estructuras urbanas. Mientras que en París la burguesía en aquella época era amplia y gozaba de un nivel cultural alto y de dinero para disfrutar de la ciudad, en Madrid, como en el resto de España, apenas existía. La inmensa mayoría de los españoles constituía una población empobrecida y alejada de la cultura, y de ahí se saltaba a la aristocracia, a las minoritarias clases privilegiadas, que vivían en su propio mundo, en sus barrios de lujo, y ejercían muy poca influencia en el desarrollo de la ciudad.

Las cosas han cambiado, por supuesto, pero de aquellos polvos vienen estos lodos. Los franceses han conservado con esmero el legado de sus bisabuelos, porque merecía la pena hacerlo, mientras que en España todo o casi todo es nuevo, construido sobre los desechos de lo anterior. Por eso a mí me gusta tanto pasear por el centro de Madrid, el único lugar donde todavía se puede saborear algo del pasado reciente de la ciudad.

Siempre, además, me quedará París.