5 de junio de 2019

La paranoia climática


Desde que tengo uso de razón no hago otra cosa que oír la conocida frase de “el tiempo está loco”, una expresión que manifiesta la sorpresa que inexplicablemente produce en algunos un hecho cierto y bien conocido, que el clima varía constantemente, sometido como está a infinidad de factores, todos ellos aleatorios. Los que así se expresan vienen a decir algo así como, “si toca llover por qué no llueve”, “si en esta época debería hacer calor por qué hace frío” o “si estamos en primavera a cuento de qué nieva en Navacerrada". Dan por cierto que el clima debe comportarse de acuerdo con unas leyes elaboradas con precisión matemática y que las desviaciones respecto a la norma significan que algo raro está sucediendo.

En mis tiempos universitarios estudié una asignatura que se llamaba Climatología. Allí aprendí, de forma estructurada y con rigor científico, que nunca se repiten con absoluta precisión las mismas condiciones climatológicas, porque el conocido efecto mariposa impide la duplicación exacta de cualquier estado atmosférico que se haya dado con anterioridad. Entre los ejercicios que como estudiante tuve que desarrollar figuraba la recopilación de los datos climáticos de una determinada zona geográfica, a lo largo de un periodo de varias décadas, para después realizar con ellos estudios estadísticos. De ese análisis se deducía lo que acabo de decir, que la previsión atmosférica no puede determinarse con gran anticipación porque el comportamiento del clima es absolutamente impredecible.

Pero también, por medio de aquellas prácticas,  supe que cualquier situación atmosférica, por atípica que pueda parecer, ya se ha dado con anterioridad en algún momento. Es decir, ni el clima responde a normas matemáticas preestablecidas, por lo que no podemos extrañarnos de lo que suceda en un momento determinado, ni deberíamos alarmarnos ante las condiciones extremas que se den en otro cualquiera, porque seguro que en líneas generales ya se habrán producido en el pasado e indefectiblemente volverán a repetirse en el futuro.

No estoy hablando hoy del cambio climático debido al deterioro medioambiental que está originando un lento, indiscutible y preocupante proceso de cambio a largo plazo. Me estoy refiriendo a las sorpresas que muchos ciudadanos dicen sentir cada vez que se levantan y el tiempo no responde a sus expectativas. Estoy pensando en todos aquellos a quienes extraña que nos entre por el noroeste una borrasca en mayo, y las temperaturas bajen diez grados de repente, o en los que se sorprenden cuando en estas fechas se estabiliza sobre nosotros un anticiclón y los termómetros se disparen a temperaturas estivales.

Yo a este comportamiento ciudadano de sorpresa diaria ante las situaciones atmosféricas lo llamo paranoia climática, porque no deja de ser una obsesión. En primavera avanzada, cuando en general siempre ha hecho buen tiempo, los informativos nos sorprenden con bañistas en las playas, si las temperaturas han subido un poco por encima de lo esperado, o con los últimos esquiadores, si ha caído alguna nevada tardía; y nos presentan la noticia como sorprendente, como si nunca hubiera ocurrido antes. Una manera quizá de llenar los telediarios "hablando del tiempo", pero que en cierto modo alimenta la idea de que el clima se ha vuelto loco.

No, el tiempo no se ha vuelto loco. Lo que sucede es que tenemos muy poca memoria climática.

30 de mayo de 2019

Mis santos laicos

Hace algún tiempo algo dije sobre mis amores ocultos y secretos. Hoy me propongo traer aquí unos cuantos santos laicos a los que en ciertos momentos de mi vida he profesado alguna devoción. Son o han sido personas de carne y hueso, que nada tienen que ver con aquellos que figuran en el santoral de la Iglesia. Quede claro por tanto que mis santos no guardan relación ni con el misticismo ni con la ortodoxia religiosa ni con la música celestial.

Mi primer santo laico fue Emilio Salgari. Empecé a leer sus novelas cuando apenas tenía doce o trece años y no dejé de hacerlo hasta que cumplí los dieciocho o los diecinueve. Eran libros de formato barato, creo recordar que editados por Saturnino Calleja, unas historias que alimentaron por aquel entonces mis ansias de conocimientos geográficos y que contribuyeron a ampliar los horizontes de mi imaginación. Me atrevería a decir que Salgari fue el causante de mi desmedida afición a la lectura, que a su vez me animó  en ocasiones a emprender alguna que otra aventura como escritor. Supongo que ahora me llevaría alguna desilusión si releyera los libros de este autor, lo que no impide que a veces me entren ganas de rebuscar en las librerías de lance y rescatar alguno de sus volúmenes.

Otro santo, este de mayor enjundia, fue Miguel de Unamuno. En 1964, cuando se cumplía el centenario de su nacimiento, la colección Austral de Espasa Calpe inundó los escaparates de su centro de la Gran Vía de Madrid con nuevas ediciones de las obras de este escritor y filósofo; y yo, que por aquel entonces rondaba los veintidos y mi mente buscaba con ansiedad respuesta a las grandes dudas que siempre han intrigado al ser humano, caí en las redes del genial escepticismo unamuniano. Recuerdo que durante meses devoré los escritos de don Miguel, muchos de sus ensayos y alguna de sus novelas. Incluso abrí un fichero manual -los ordenadores personales aún no se habían inventado- en el que guardaba sus reflexiones más significativas o, por lo menos, las que a mí me llamaban más la atención. A este santo laico le sigo teniendo una gran devoción y con frecuencia releo alguna parte de su obra.

Miguel Delibes me fascinaba. Pero entre su numerosa obra quisiera destacar “El hereje”, una novela a la que debo el hecho de haberme levantado un día de mi sillón de lectura, abrir el ordenador y empezar a escribir “El corazón de las rocas”. Mi entusiasmo por aquel libro era tal, que sin medir mis fuerzas empecé a redactar nada más y nada menos que una novela de caracter histórico, algo completamente disparatado si se considera que ni soy escritor ni mucho menos historiador. Pero nada en aquel momento hubiera podido frenar mi ímpetu. Aunque no sólo haya sido por eso, Miguel Delibes figura entre mis santos laicos predilectos. Nunca perdonaré que no le otorgaran el premio Nobel de Literatura.

Hay muchos otros nombres en mi santoral laico. Entre los extranjeros, Ernest Hemingway, cuyas andanzas por el Paris de los años veinte del siglo pasado me sedujeron tanto que tengo preparada, desde hace algún tiempo, una minuciosa ruta por aquella ciudad, para recorrer los lugares que este genial escritor pisó durante su juventud. Aunque el tiempo y los años se van echando encima y no tengo ninguna seguridad de que logre cumplir mi proyectado peregrinaje.

Pero aquí no se acaba la lista de mis santos. Lo que se acaba es el papel que he preparado hoy para escribir. Por eso, quizá otro día continúe confesando mis devociones laicas.

27 de mayo de 2019

Así no se puede

Si algo hubiera que destacar de los resultados de las últimas elecciones sería el impresionante batacazo que se han dado las formaciones políticas situadas a la izquierda del PSOE, léase las llamadas confluencias de Podemos. Salvo alguna excepción, como es el caso de Kichi en Cádiz que ha rozado la mayoría absoluta en su ciudad, el panorama que hoy ofrece este partido es desolador. La incoherencia organizativa, la deriva programática y el liderazgo errático y rocambolesco han hundido a los podemitas  en la más ruin de las miserias. Un hecho que lamento, porque en su caída han arrastrado en algunos lugares a lo que yo llamo la izquierda moderada y que en España se encuadra en el partido socialista. Manuela Carmena, que nunca ha pertenecido a Podemos y que además en los últimos meses ha dejado claras sus diferencias con los de Pablo Iglesias, dejará de ser alcaldesa como consecuencia de las turbulencias electorales de sus antiguos aliados; y Ángel Gabilondo, que ha logrado una extraordinaria ventaja en votos y en escaños sobre sus rivales más inmediatos de la derecha, no podrá ser investido presidente de la Comunidad de Madrid.

Se veía venir. Las utopías que prometen la reversión drástica e inmediata de las injusticias sociales no pueden progresar a corto plazo, porque por definición son ideales inalcanzables. Mantenerse en la intención de conseguir con urgencia unos cambios profundos que ponen en alerta  la sensibilidad de muchos trae consigo el fracaso. Pero como además los votantes de estas ideologías proceden de la izquierda moderada, de los partidos que saben perfectamente que los cambios requieren tiempo y que, por si fuera poco, hay que gobernar para impulsarlos, su fracaso arrastra a los intereses de las fuerzas progresistas en general y deja el campo abierto a las alianzas reaccionarias del tipo Andalucía.

Se pueden sacar otras muchas conclusiones de estas elecciones, entre ellas que el PSOE las ha ganado con gran diferencia respecto a su rival tradicional, el PP. Pero también que el Partido Popular se mantiene en la primera posición de las tres derechas. Yo empiezo a percibir una vuelta al bipartidismo, no al estilo anterior a la aparición de los llamados partidos emergentes, porque no creo que ahora puedan conseguirse con facilidad mayorías absolutas; pero sí en el sentido de la existencia de dos partidos hegemónicos, el partido socialista y el PP. Lo que sucede es que mientras que en la izquierda hay una tendencia perniciosa a la centrifugación cainita, en la derecha se practica aquello de Dios los cría y ellos se juntan.

Ciudadanos, por su parte, tiene ahora un gran reto. Los resultados no han sido buenos para ellos, por mucho que su líder se ponga ronco al proclamarlo. Pero sí es cierto que se ha convertido en un partido bisagra o, al menos, con posibilidades de ejercer como tal. Ahora bien, de la misma manera que las puertas se pueden abrir en un solo sentido o en los dos dependiendo del mecanismo que las mantenga unidas a la jamba, ellos pueden mirar hacia uno u otro lado y elegir la opción que más convenga, o a uno sólo y convertirse en un anexo del PP, con la ayuda, además, de la ultraderecha.

Y Vox, que ya había entrado en el Congreso, lo ha hecho ahora en Comunidades y en Ayuntamientos. Es cierto que con poca fuerza; lo que sucede es que como las otras derechas lo necesitan, a partir de ahora contarán con unos amplificadores muy potentes de su radicalidad. Y eso sí que es un verdadero peligro para la democracia.

En cualquier caso, esto no ha hecho más que empezar.

23 de mayo de 2019

Las cosas no funcionan porque sí

Estamos tan acostumbrados a que las cosas que constituyen nuestro pequeño mundo funcionen con total normalidad, que casi nunca nos paramos a pensar qué hay detrás para que así suceda. Pulsamos un interruptor y la luz se enciende; abrimos el grifo y el agua fluye; sacamos la basura y al día siguiente ha desaparecido; marcamos un número en el teléfono y alguien contesta desde el otro lado de la línea.

Es lógico que la normalidad no nos llame la atención, porque en definitiva forma parte del universo en el que hemos nacido, y las prestaciones de lo que nos rodea han ido creciendo con nosotros y mejorando de forma paulatina e imperceptible a lo largo de nuestra vida. Mejor dicho, la normalidad no nos llama la atención hasta que se quiebra, porque entonces nuestras iras se desatan y nuestro sentido del derecho adquirido busca inmediatamente responsables. Ni siquiera justificamos que se haya podido producir un accidente, porque siempre encontraremos alguna imprevisión imperdonable o algún descuido punible. Diremos aquello tan manido de no hay derecho a esto.

Hoy propongo que cambiemos el paradigma, que por un momento dejemos de considerar que el funcionamiento de lo que nos rodea es el que debe ser y que prestemos atención a la multitud de causas que motivan que las cosas rueden como ruedan. Y lo propongo no por puro divertimento, sino para que disfrutemos aún más de nuestros privilegios, de todo aquello que contribuye a hacernos la vida cómoda. Sólo si somos capaces de valorar las dificultades que entraña mantener el buen funcionamiento de cuanto nos rodea, apreciaremos en su totalidad su valor. Así de sencillo.

Los servicios públicos traen consigo un gran esfuerzo de muchas personas trabajando en la sombra. Son labores anónimas, de escaso lucimiento social y por lo general mal remuneradas. El agua llega porque las cañerías están en buen estado; la luz se enciende porque la red eléctrica se mantiene en condiciones; la basura se recoge a diario porque una flota de camiones debidamente coordinada se encarga de ello; el teléfono contesta porque un sistema cada vez más sofisticado distribuye con eficacia el tráfico de llamadas.

Es lo normal, solemos decir. Estaría bueno que las cosas no fueran así, añadimos. Pero si alguno de estos servicios falla ponemos el grito en las remotas galaxias, porque damos por hecho que no hay justificación que valga. Casi nadie se pone a pensar qué ha podido suceder, son muy pocos los que le dedican un minuto a meditar sobre la infinidad de causas que pudieran haber originado la interrupción del servicio, desde la avería accidental hasta el inevitable error humano.

No estoy proponiendo que seamos indulgentes con los suministradores de servicios cuando estos fallan. Digo simplemente que si consideráramos sólo por unos instantes la cantidad de variables que concurren para que dispongamos del bienestar que nos rodea, nos ahorraríamos muchos sofocos y derramaríamos menos bilis. Creo que meditar, aunque sólo sea por unos instantes, sobre la complejidad que se oculta tras el funcionamiento de lo cotidiano, nos procuraría un bienestar añadido, el que se deriva de ser conscientes de que las cosas no funcionan porque sí.

19 de mayo de 2019

Resaca electoral

Algunos bebedores no pueden ni oler el vimo durante las resacas producidas por el exceso de alcohol. Otros, por el contrario, toman cervezas matutinas como remedio que mitigue el malestar que sienten. Pues bien, en esto de las derrotas electorales también se dan las dos modalidades. Por un lado, la de los que conscientes de que los excesos cometidos durante la campaña no les han sentado demasiado bien procuran no reincidir en sus afirmaciones anteriores, y, por otro, la de los que insisten con más de lo mismo, por si no hubiera quedado claro lo que les llevó al fracaso.

Pablo Casado ha confesado que se equivocó de estrategia. Incluso relaciona el error con su deriva hacia la extrema derecha, aunque no lo diga con claridad, porque en esto de las confesiones políticas no conviene ser demasiado trasparente. En cualquier caso, son muchos los dirigentes de su partido que le recuerdan constantemente la mayúscula equivocación que cometió con tanta agresividad, con tan mal estilo. Algunos incluso afilan los cuchillos a la espera de desenvainarlos una vez concluidos lo comicios que se avecinan.

Por el contrario, Albert Rivera se cura la resaca con más de lo mismo. No sólo presume de no haber cometido errores, sino que además da por hecho que el exiguo crecimiento de Ciudadanos se debe a la campaña que eligió. Está exultante, hasta el punto de exigir a voz en grito el liderazgo de la oposición. Hace unos días, para explicar los fundamentos en los que basa tan insólita pretensión, dijo algo así como que mientras que el PP ha descendido, él no hace más que crecer. Él -en primera persona del singular-, no Ciudadanos, porque en los partidos caudillistas los méritos nunca son colectivos sino siempre individuales.

En cualquier caso estamos asistiendo a una resaca electoral muy curiosa, en la que los perjudicados por el resultado se atacan a degüello entre ellos. Las tres derechas, los tres líderes que las dirigen se dedican mutuamente unos reproches tan descarados que en ocasiones resultan grotescos. Su vocerío semeja las riñas en el patio de un colegio infantil, donde la frase más oída es aquella de “no te ajunto”. Se niegan entre ellos el pan y la sal, cuando hace unos días todo eran carantoñas, zalamerías y lisonjas, y ofrecían o reclamaban entre ellos futuras carteras ministeriales como si tal cosa.

No es posible que en un país que ha demostrado a lo largo de los últimos años una madurez digna de encomio proliferen unos dirigentes políticos tan cortos de vista. Resulta difícil aceptar que una fuerza que en España ha representado las legítimas tendencias conservadoras de una parte considerable de las clases medias esté ahora tan dividida. Supongo, porque no encuentro otra explicación, que las ambiciones fuera de control deben de ser, entre otras razones, las responsables de tanta inmadurez.

De todas formas, yo creo que cuando las aguas vuelvan a su cauce nos encontraremos con sorpresas. Me atrevo a vaticinar que el PP, en el momento que su propia dinámica interna corrija los desajustes producidos por la errática gestión electoral de su actual presidente, volverá a convertirse en la alternativa de gobierno que ha sido durante los últimos años. Además, creo que Ciudadanos, una vez que su electorado sea consciente de que su bamboleante ideología no dispone de espacio político propio, encajado como está entre una izquierda moderada y una derecha muy parecida a la suya, descenderá vertiginosamente en apoyos y se quedará en una fuerza testimonial. En cuanto a Vox, no tengo la menor duda de que la ultraderecha ha hecho acto de presencia para quedarse, porque sus votantes nunca se sintieron cómodos en las filas de la derecha democrática. Aunque confío en que jamás lleguen a ocupar una posición influyente en los destinos de nuestro país.

En cualquier caso, veamos qué sucede en los comicios que se avecinan. Quizá a partir de ese momento se empiece a clarificar un panorama que hoy parece algo confuso. Demos tiempo al tiempo.

16 de mayo de 2019

Las bicicletas no son para el verano

Como me tengo por ecologista y además presumo de sumarme con facilidad a las corrientes innovadoras, he de tener mucho cuidado con lo que diga a continuación, no vaya a ser que caiga en contradicción con mis propias ideas. Pero no tengo más remedio que decirlo: a mí esto de las bicicletas circulando entre los automóviles en pleno centro de Madrid me parece una auténtica descabellada. Lo digo por los ciclistas, pero también y sobre todo por los que en su exaltada sabiduría han llegado a la conclusión de que de esta forma nos ponemos a la altura de los países más avanzados. Vayamos por partes.

Los que se atreven a circular en bici por las calles de nuestra ciudad suelen comportarse como si fueran los amos de la calzada. Raramente respetan las señales -quizá porque se consideren una especie de híbridos entre el peatón y el conductor- como si para ellos no rigieran las normas dictadas para los demás. Levantar el brazo para indicar que van a girar en uno u otro sentido no forma parte de su conducta, posiblemente porque consideren que los que vengan detrás están en la obligación de adivinarles el pensamiento. Los semáforos no existen para los ciclistas, puede que porque consideren que si no se ve a nadie en el cruce tienen tiempo suficiente para quitarse de en medio. Lo del casco protector brilla por su ausencia, porque ellos no compiten sino pasean. Y no sigo para no alargar esta reflexión, pero podría revisar el código de la circulación artículo por artículo y en casi todos me encontraría con alguna infracción habitual en los ciclistas urbanos.

Los que en su momento decidieron desde sus despachos del Ayuntamiento dar patente de corso a los ciclistas no debieron tener en cuenta que las características de nuestra ciudad nada tienen que ver con las de otras ciudades europeas, donde las bicis campan a sus anchas, hasta el extremo de que allí son los peatones lo que corren verdadero peligro si no se andan con cuidado. Esas ciudades disponen de carriles para ciclistas perfectamente señalizados y sólo de forma ocasional sus itinerarios coinciden con los del tráfico a motor. Pero en Madrid, salvo excepciones, apenas existen como tales, y para remediar la carencia los munícipes se han limitado a pintar iconos identificativos de los ciclistas en alguno de los carriles ya existentes en la calzada, muchas veces incrustado entre otros dos, uno de ellos el reservado al transporte público. Han convertido la vía de las bicicletas en un sandwich  muy peligroso para los ciclistas y, por consiguiente, para los conductores.

Supongo que la intención era buena. Por un lado pretendían contribuir a descontaminar Madrid, favoreciendo un tráfico alternativo no contaminante y, por otro, ambicionaban dar a nuestra ciudad un toque de modernidad europea al estilo de Ámsterdam, Copenhague o Viena. Pero mucho me temo que no estén consiguiendo ninguna de las dos cosas. Si el tráfico contaminante se hubiera reducido se debería a otras medidas más inteligentes, porque son muy pocos los que en nuestra ciudad han decidido dejar el coche y coger la bicicleta. Y en cuanto al toque de modernidad, el efecto desaparece en cuanto se observa a los ciclistas perdidos como pasmarotes en medio del tráfico amenazador, con los cinco sentidos activados para seguir con vida.

No, definitivamente, las bicicletas no están hechas para Madrid, ni en verano ni en invierno.

11 de mayo de 2019

Los ni-ni y los sí-sí

Creo que  ahora se llama a los que ni estudian ni trabajan los ni-ni. Por contraposición, doy por hecho que se denominará sí-sí al que hace las dos cosas. Por tanto, a nadie puede extrañarle que yo, para ampliar el vocabulario de las necedades lingüísticas, me refiera a los que estudian y no trabajan como los sí-ni, y a los que no estudian pero sí trabajan como los ni-sí. Abierta la veda de las simplificaciones sintácticas, no voy a ser yo el único que no se sume al tropel de los lengüicidas, aunque sólo sea durante un rato, justo el tiempo que empleo en escribir esta divagación. En cuanto acabe regresaré al redil de la ortodoxia. Hasta ahí podíamos llegar.

Vivimos tiempos convulsos para nuestra lengua. Parece como si el ansia de simplificar la expresión dominara las conversaciones. Ya nadie se preocupa ni de ampliar el vocabulario ni de ajustarse a la correcta sintaxis. Se habla mal y deprisa, quizá porque con la celeridad se intente ocultar la pobreza expresiva. Pero no sólo en la calle, también en los medios de comunicación. Oír un informativo, sea de la cadena radiofónica o televisiva que sea, es asistir a un espectáculo de vulgaridad lingüística que zarandea el sentido del oído. Redactores y presentadores vapulean nuestra lengua a mansalva, sin que nadie les tire de la oreja.

Yo no defiendo la exquisitez lingüística, porque a veces los florituras pueden resultar pedantes. Simplemente echo de menos la corrección. Pero hay algunos que a base de simplificar las expresiones que utilizan las convierten en un vocerío ininteligible, cuando precisamente la variedad léxica y la originalidad sintáctica aportan a la comunicación inteligencia y, por qué no decirlo, belleza. Las imágenes, por mucho que pretendan transmitir el pensamiento, nunca lograrán la profundidad compresiva que consiguen las palabras. Quizá por eso, porque ahora se vive más de lo gráfico que de la palabra escrita o hablada, el lenguaje, en una burda imitación de la cinematografía, se esté limitando a expresar ideas muy generales, sin matizaciones.

Hay algunos que ante los reproches que reciben por algún error de sintaxis cometido reaccionan alegando aquello de “si me has entendido, qué más da”. No se dan cuenta de que si lo intentaran podrían ir un poco más allá de simplemente hacerse entender. Pero para eso hay que saber y además esforzarse, para eso hay que tener aptitud y por añadidura actitud, dos atributos intelectuales que lamentablemente no todo el mundo posee, ni siquiera aquellos que por su responsabilidad como comunicadores deberían predicar con el ejemplo. Cuando el otro día le oí decir a un conocido y admirado escritor decir “preveyó” en vez de previó, se me alteró la tensión arterial, ya de por sí bastante inestable. Y cuando un afamada locutora de radio a la que oigo con frecuencia dijo aquello de “perdona, no te escucho bien, volveré a llamarte”, los temblores musculares estuvieron a punto de deformarme el rostro. Pero ahí no acaban las cosas, porque hoy, sin ir más lejos, he oído a una simpática presentadora de televisión explicar que determinada maravilla arquitectónica se estaba "cayendo a cachos".

Las cadenas de televisión o las emisoras de radio, sobre todo las públicas, tienen en este asunto una responsabilidad que no deberían eludir. Pero lamentablemente hacen dejación de sus obligaciones educativas con harta frecuencia, inmersos como están en una lucha despiadada por conseguir audiencia. Y como la radio y la televisión son para muchos las principales vías de aprendizaje del idioma, en vez de fomentar la riqueza del lenguaje contribuyen a destruirlo.

Estamos todavía a tiempo de rectificar. Pero si no lo hacemos pronto terminaremos todos hablando de los ni-ni y de los sí-sí como auténticos loros repetidores de lo que oímos.

7 de mayo de 2019

No busquen ustedes el centro, porque no existe

Creo recordar que ya he dado mi punto de vista sobre este asunto en alguna ocasión. Pero hoy, teniendo en cuenta las reiteradas y vehementes declaraciones que los líderes de la derecha están haciendo sobre la necesidad de volver al centro tras su batacazo electoral, voy a insistir sobre la opinión que me merece esta manida expresión, tan en boga hoy en día.

El centro político no existe, señores Casado y Rivera. No se empeñen ustedes en buscarlo, porque perderán el tiempo. Cada uno lo sitúa donde le da la gana o donde le conviene. Lo que sucede es que cuando se pretende moderar las posiciones ideológicas, cuando se intenta recuperar la sensatez se habla de ese hipotético centro, como los descubridores hablaban de El Dorado, que sólo existía en la imaginación colectiva. En realidad se trata de una hipotética posición política que la derecha sitúa a su izquierda y la izquierda a su derecha. Un punto teórico de equidistancia entre los extremos que, insisto, es imposible de determinar. Deberían ustedes hablar de recuperar la moderación, en vez de dar tantas explicaciones sobre la centralidad perdida.  Lo primero se entendería, lo segundo no tiene ningún sentido.

He oído decir a algunos líderes del PP que no hay ninguna razón para que un votante de Vox no les vote a ellos. Tienen muchísima razón, porque, tras la tremendista campaña electoral que han hecho en las últimas elecciones generales, apenas se perciben diferencias entre sus pensamientos, más allá de algún dislate programático que usan los de Abascal, tan fuera de tono que produce sonrojo democrático. Pero por lo demás son tan parecidos, que no les debería sorprender que alguno de sus incondicionales se haya despistado y como consecuencia votado a la ultraderecha. Qué más da -habrán dicho-, para este viaje prefiero las alforjas de los genuinos.

Los de Ciudadanos no hablan de recuperar el centro, porque consideran que ya están en él. En realidad lo que sucede es que la osadía y el atrevimiento forman parte de su ADN, de manera que presumen de haber sido siempre moderados. Eso dicen ellos, porque cualquier espectador objetivo no considerará nunca que su campaña haya tenido templanza alguna. Ese eslogan de lleva usted grabada en la frente la palabra indulto tiene de todo menos de moderación. Ni lo tiene inundar el atril de cachivaches, una actitud  más propia de mercachifles de mercadillo de los martes que de un político maduro. De moderación no se presume, señor Rivera, hay que ejercerla.

No, no se empeñen ustedes en buscar el centro, señores de la derecha, porque no existe. Existen la moderación, la mesura y el comedimiento, pero no el centro. Digan ustedes lo que son, conservadores de pura cepa, y no lo disfracen de centrismo porque así no llegarán a ninguna parte. Todo lo contrario, se dedicarán a disputarse entre ustedes una posición política inexistente, a ponerse zancadillas el uno al otro, a pisarse la manguera como le oí decir en campaña hace unos días al señor Casado.

Sólo si salen ustedes de ese círculo vicioso en el que se han metido podrán seguir contando con una mayoría que les permita gobernar. Tienen ustedes mucho tiempo para reflexionar, porque de momento le ha tocado el turno a la izquierda moderada, que no al centro izquierda como a algunos les gusta decir.

3 de mayo de 2019

Qué tiempos aquellos del prêt-à-porter

Dicen que le preguntaron en cierta ocasión a un conocido actor británico que cómo llevaba lo de envejecer. El flemático y veterano galán, sin dudarlo un instante y con la sonrisa en la boca, contesto: hombre, teniendo en cuenta la alternativa, fantástico. Le doy por completo la razón,  porque el que no se conforma con cumplir años es porque no quiere.

Una de las ventajas de haber haber alcanzado cierta edad es la de no verse uno obligado a renovar el DNI. En la última ocasión, la joven funcionaria de turno me plantificó como fecha de caducidad el 99 del 99 del 9999 y ni se inmutó. Después, quizá para quitarle hierro a la violenta situación, se despidió de mí con un hasta la próxima, aclarándome que, dada la tendencia a prolongar la edad de jubilación, es posible que ella para entonces  todavía continuara en activo.

Pero todo no van a ser buenas noticias, porque no sucede lo mismo con el carné de conducir. La última vez que tuve que someterme al exámen psicotécnico pasé un rato de zozobra con el manejo de la dichosa maquinita detectora de la calidad de los reflejos, debido a que me costaba un gran esfuerzo mantener la bolita entre las dos diabólicas líneas que marcan las márgenes de la carretera dibujada en la pantalla. Como además con cada fallo sonaban estrepitosas bocinas de advertencia, algo así como si la policía estuviera persiguiéndome por infringir reiteradamente la ley, el estruendo contribuyó a alterar mi sentido del equilibrio. Salí airoso, es cierto, aunque supongo que por los pelos.

La edad causa estragos, decía un amigo mío muy realista él. Uno de ellos consiste en no encontrar con facilidad en las tiendas la talla adecuada de ropa. Los pantalones, cuando encajan en la cintura, le tapan a uno los zapatos. Escoger camisas es un auténtico problema,  porque para que no se ciñan demasiado hay que optar por un tamaño al que le sobra un palmo de mangas. Las chaquetas, si se pretende llevarlas abrochadas como mandan los cánones, hay que escogerlas con unas hombreras que casi llegan hasta los codos. Qué tiempos aquellos del prêt-à-porter, cuando compraba la ropa sin necesidad de probármela.

Luego está lo de las medicinas. Ahora, cuando me prescriben alguna nueva ya no pregunto hasta cuándo debo tomarla, porque sé que la contestación será taxativa, de por vida, pauta imprecisa, es cierto, pero también inequívoca. La de la tensión, la del colesterol, la de esto y la de aquello. Yo para evitar confusiones uso un pastillero con cuatro apartados, desayuno, comida, cena y contingencias varias. Es un buen sistema, porque miro el reloj y según la hora abro una u otra compuerta, saco las que haya en el lugar y me las tomo sin rechistar. Las de contingencias, teniendo en cuenta que por definición sólo las necesito en ocasiones, son las que me producen mayor quebradero de cabeza, porque tengo que pensar en la conveniencia o inconveniencia de la dosis, en la oportunidad o inoportunidad del remedio, y eso no deja de causarme un pequeño trastorno. Estoy hablando del paracetamol, que nadie piense en otra cosa.

Sí, es cierto que envejecer, teniendo en cuenta la alternativa, es fantástico. Pero para algunas cosas resulta un auténtico coñazo, se ponga el flemático actor británico como se ponga.

29 de abril de 2019

Es lo que hay

El señor Tezanos, director del CIS, no mentía con las encuestas de intención de voto. El PSOE ha ganado las elecciones con una gran diferencia sobre sus seguidores y la derecha tradicional de este país, el PP, se ha hundido. Ciudadanos no ha conseguido sobrepasar a los populares, aunque le pise los talones, y Podemos ha bajado su representación parlamentaria considerablemente. Además, la extrema derecha ha entrado en el Congreso, aunque con mucha menos fuerza de la que hubieran querido.

Respecto a Cataluña, esa enorme espina clavada en el corazón de tantos españoles, las elecciones demuestran que la inmensa mayoría de sus ciudadanos rechazan las políticas de mano dura. El ascenso de PSE, que en Barcelona ha vuelto a convertirse en la fuerza más votada, confirma que entre los no separatistas son muchos los que prefieren el diálogo a la aplicación de medidas extremas. Por tanto, cualquier política que pretenda sacar a España de este enorme escollo no podrá ignorar la presencia de los nacionalistas. Una cosa es no saltarse la Constitución y otra muy distinta no sentarse a dialogar.

Pero las cosas no han hecho más que empezar. La aritmética parlamentaria deja un panorama difícil de gestionar, aunque yo no tengo la menor duda de que Pedro Sánchez logrará la investidura. Existen muchas fórmulas para ello, desde gobiernos de coalición hasta sujetar el timón en solitario con acuerdos de legislatura que pueden ser variables en función de las iniciativas parlamentarias. Pero en cualquier caso, ésta es la tarea más importante que ahora tiene por delante el líder socialista, la de garantizar un gobierno estable que permita afrontar con eficacia las innumerables deficiencias de carácter social que padece España, sin olvidar el marco global en el que estamos inscritos.

La derecha debería hacérselo mirar. El espíritu de Aznar, que ha estado flotando en el ambiente durante toda la campaña, se ha desvanecido sin dejar rastro de su existencia. Si algo demuestran estas elecciones es que cuando se carece de ideas propias y se fía todo a la descalificación del adversario, se fracasa. Los dos líderes de la derecha, que llevan diez meses de continuos insultos, de mentiras descaradas y de rabiosa e indisimulada bronca tras el voto de censura, han propiciado una división de su electorado muy peligrosa para la supervivencia de las ideas conservadoras. Si a eso le unimos su giro a la radicalidad extremista, se explica con facilidad lo que les ha sucedido.

En cuanto a la extrema derecha, una vez perdidos los complejos vaya usted a saber hasta dónde puedan llegar. De momento han entrado en el parlamento, aunque es cierto que con una representación minoritaria. Es un fenómeno mundial, y concretamente europeo, que lamentablemente se alimenta de la descomposición de los partidos conservadores. El nuevo gobierno no debería de perder de vista en ningún momento a estos falsos salvadores de la patria, porque son muy peligrosos.

Para el progresismo moderado de este país se abre un periodo ilusionante, una etapa que no hay que desperdiciar. España necesita recuperar lo perdido durante la crisis y seguir avanzando hacia el bienestar social. Las prisas, las improvisaciones, las utopías no son buenas para el progreso sostenido. Con frecuencia suponen pan para hoy y hambre para mañana.

Confío por tanto en que el gobierno que salga de ésta convocatoria electoral sepa hacer las cosas como se deben hacer. A Pedro Sánchez madera no le falta en absoluto. Los hechos lo demuestran.

26 de abril de 2019

Los barrios colonia de Madrid, esos desconocidos

Según parece, la mayoría de las numerosas colonias de chalés que sobreviven incrustadas en la almendra madrileña datan de los primeros años del siglo XX. Como nacieron gracias a iniciativas de carácter social (sindicatos, cooperativas gremiales, etc.),  nada tiene de particular que en su momento se los conociera como barrios de casas baratas. He indagado algo sobre su interesante historia, porque con frecuencia paseo por uno de ellos –la colonia Retiro- y cada vez que lo hago y observo sus detalles arquitectónicos me llevo alguna sorpresa. La tipología de las construcciones fue muy variada desde el primer momento –estilos vasco, andaluz, francés, neomudéjar, etc.-, aunque después, a lo largo de los años, se hayan acometido tantas modificaciones, muchas de ellas de dudoso gusto. Siempre he considerado que enmendar la plana a los arquitectos y a los urbanistas conlleva el serio riesgo de convertir su obra en un auténtico bodrio. Pero aun así, a pesar de las transformaciones emprendidas en busca de la utilidad aun en perjuicio de la estética, me atraen la belleza del conjunto y la historia de su evolución.

A finales del franquismo, uno de aquellos alcaldes de Madrid que se caracterizaron por sus efímeros mandatos, y que como consecuencia casi nadie recuerda ya, se declaró a favor de la iniciativa de alguna promotora especulativa que proponía demoler la colonia y construir en su lugar edificios de varias alturas. Sin embargo, la movilización ciudadana, muy intensa en aquellos momentos, frenó el intento del que hubiera sido un auténtico desaguisado urbanístico. Yo, que ya vivía por aquel entonces en las proximidades, recuerdo perfectamente las manifestaciones, los cortes de calles, las caceroladas y las pancartas del vecindario. Afortunadamente, como la situación en aquella época de incertidumbre política no estaba para muchas alharacas, el edil y sus potenciales beneficiados tuvieron que tragarse la iniciativa, es posible que con amarga frustración.

Gracias a aquellas pacíficas algaradas, los que residimos en esa zona gozamos de una especie de oasis urbano, formado por cerca de un centenar de viviendas unifamiliares de dos alturas (algunas con torreón), agrupadas en pequeñas manzanas y separadas por unas calles arboladas y muy poco transitadas. Pasear por ellas sin agobios, contemplando las fachadas y los jardines y disfrutando al mismo tiempo del silencio en medio de la ciudad, es un placer al que me entrego de vez en cuando, cuando logro vencer la molicie y me decido a oxigenar el cuerpo y revitalizar el espíritu.

Algunas de estas casas se han convertido en colegios infantiles, por lo que es bastante frecuente oír el griterío de los niños a la hora del recreo, un sonido muy distinto al bronco rugir de la circulación rodada. Pero también se conservan viviendas para uso residencial, de manera que de vez en cuando me tropiezo con algún vecino, y me da por imaginar que se trate del nieto o del bisnieto del trabajador a quien en su día  la suerte le concedió uno de aquellos chalés, aunque no ignore que la especulación hace tiempo que expulsó de allí a la mayoría de los moradores originales. El precio actual de cada una de esas viviendas supera el millón de euros y, según tengo entendido, no es fácil encontrar alguna disponible.

Es curioso observar como estas colonias han quedado encerradas entre moles de edificios de muchos pisos, cuando fueron construidas en las afueras de la ciudad de entonces, sobre terrenos de muy bajo coste, en medio de la nada como atestiguan algunas fotografías que he podido ver. Y no deja de sorprender que unas zonas que nacieron para facilitar la adquisición de viviendas dignas a las clases trabajadoras, se hayan convertido con el tiempo en auténticas residencias de lujo, sólo al alcance de muy pocos. En Madrid existen muchas, tantas que cualquiera que viva en sus distritos centrales dispone de alguna al alcance. Yo invito a mis amigos a que se paseen por estos tranquilos barrios, contemplen la arquitectura de las construcciones y mediten sobre su origen. Estoy convencido de que me agradecerán el consejo.


22 de abril de 2019

Amores secretos, amores ocultos

¿Quién no ha tenido algún amor oculto? ¿Quién no ha suspirado alguna vez por una persona lejana, por algún ídolo de carne y hueso? Bueno, quizá esté generalizando demasiado y haya excepciones que confirmen la regla; pero yo, desde luego, no soy una de ellas. He tenido o, mejor dicho, he disfrutado de unos cuantos amores secretos y ocultos.

La primera de mis amantes secretas se llamaba Judy Garland y era veinte años mayor que yo. Cuando la vi por primera vez en el Mago de Oz, yo debía de andar por los seis y ella por los veinticinco. Pero, ¿qué importaba la diferencia de edad? No tenía prisa, el tiempo pasaría rápido y al final acabaríamos juntos. Muy difícil tenían que ponerse las cosas para que no consiguiese mis propósitos en algún momento, aunque dadas las circunstancias tuviera que mantener ocultas nuestras relaciones hasta entonces. Sin embargo, el tiempo fue pasando sin que lo nuestro llegara a nada serio y poco a poco me fui olvidando de ella.

Después me enamoré perdidamente de Romy Schneider, que sólo me llevaba cuatro años. Debió de ser cuando yo había cumplido los catorce y ella por tanto rondaría los dieciocho. Fue en Sueños de circo, una de sus primeras películas, aquella en la que Lilli Palmer cantaba la inolvidable canción Oh, mi papá, cuyos sones me acompañaron en la memoria durante muchos años, siempre relacionados con mi enamoramiento. Sin embargo, como suele pasar en la vida con demasiada frecuencia, de repente Romy me defraudó. Fue con motivo de sus películas sobre la Emperatriz Sissi, unos tostones que me resultaron muy difíciles de digerir, porque nunca he transigido con el romanticismo blandengue. Lo nuestro se acabó de repente o, mejor dicho, en cuanto se encendieron las luces del cine Roxy, salí a la calle y fui consciente de que Romy ya no era para mí la que había sido.

Pero como a esa edad yo no podía estar sin compañía femenina, muy pronto a Romy la sustituyó Audrey, quiero decir Audrey Hepburn. Fue cuando vi Ariane, allá por mis diecisiete, una película de ambiente parisino, en el que la plaza Vendôme jugaba un papel decisivo, tanto que la primera vez que visité Paris me pasé un buen rato dando vueltas alrededor de su monolito central, convencido de que la vería aparecer en cualquier momento con su violonchelo. En este caso mi fascinación duró algo más que en los anteriores, porque, aunque con el tiempo perdiera intensidad, fui fiel a los encantos de Audrey durante un largo periodo de tiempo, aunque no sabría precisar cuándo acabó mi enredo con ella.

Pero ya que me ha dado hoy por confesar mis amores ocultos y secretos, no puedo olvidarme de Marilyn Monroe. No recuerdo cuando empezó nuestra relación, aunque supongo que sería en plena adolescencia, una edad en la que a uno le arden las venas y las hormonas no lo dejan descansar. Ni siquiera hubiera podido explicar entonces qué sentía por ella, una mezcla de pasión carnal y de amor espiritual, un torbellino de sensaciones explosivas, un carrusel de imágenes eróticas. Lo reconozco: tardé mucho tiempo en quitármela de la cabeza. Pero aún hoy, cuando contemplo alguna de sus películas o tropiezo con cualquiera de las  múltiples  fotografias que reproducen su icónica imagen, se me altera el pulso.

Sí, lo reconozco, mi vida sentimental ha sido bastante intensa y variada. Al menos hasta que senté cabeza.

19 de abril de 2019

Qué sería de nosotros si no existieran los emoticonos del WhatsApp

Al moderno lenguaje taquigráfico -ese en el que para decir también escriben tb- se le ha unido ahora el que se basa en la utilización masiva de los emoticones, curiosos monigotes mediante los cuales el escribiente trata de comunicar emociones del cuerpo o del alma, risas, penas, alegrías y tristezas, no sólo en calidad, también en cantidad. Yo en algún caso he llegado a contabilizar hasta veinticinco seguidos, de siete clases distintas, en un mismo mensaje. Y después de leerlo no me ha quedado la menor duda de que el remitente estaba muy contento –caras sonrientes, bailarinas garbosas, copas de champán, confetis multicolores, etc., etc.-, aunque al mismo tiempo deba confesar que me entraron algunas inquietudes sobre su estado neuronal. Desde entonces observo a esta persona con cierto detenimiento, tratando de averiguar si, además de la proliferación de emoticonos en sus escritos, manifiesta algún otro síntoma de desequilibrio emocional. Pero no, parece que el desvarío se acaba en eso, en la proliferación de monigotes que den fuerza a sus mensajes.

Que nadie piense que soy un emoticonoclasta, porque no lo soy. Simplemente me da un poco de pena que en beneficio de la brevedad del mensaje se prescinda de las palabras precisas. Pero es que además ni siquiera se ahorra tiempo, porque los 25 emoticones del ejemplo anterior podían haberse sustituido por “muchas felicidades” o por “que pases un día feliz”, en cuyo tecleo se tarda menos que en seleccionar los iconos adecuados a la situación y en teclearlos uno a uno. Eso sí, con los emoticonos no hace falta saber ni ortografía ni sintaxis.

Yo no los uso o -no vaya a ser que las hemerotecas me delaten- los uso muy poco. Pero, insisto, no soy un emoticonoclasta sino un observador de la expresión escrita; y de la misma manera que no se me escapa la ausencia de acentos, los monigotes WhatsApperos me provocan curiosidad. He llegado incluso a desarrollar una tabla que clasifica a los que los utilizan en distintas categorías. No la voy a poner aquí completa, porque al basarse en la cantidad y la variedad resultaría prolijo relacionarla. Pero pondré algunos ejemplos.

Megaloemoticonero: el que combina cinco variedades distintas, hasta un total de veinte. Figura en la parte superior de la tabla, aunque hay variedades que lo superan, entre ellas el archiemoticonero. Esta categoría se divide a su vez en megaloemoticoneros clásicos (utiliza sólo caritas) y megaloemoticoneros vanguardistas (sólo dibujos alegóricos).

Mesoemoticonero: el que combina tres variedades, hasta un total de diez.  Se divide en cinco variedades, según el monigote elegido, pero por brevedad no entro en ellas.

Hipoemoticonero: no abusa de los emoticones, pero en sus mensajes siempre hay al menos uno (suele ser el besito cariñoso).

Exoemoticonero: son investigadores de la especialidad y siempre nos sorprenden con alguno nuevo.

Como se trata tan sólo de poner algunos ejemplos, aquí me detengo. Pero es muy posible que, si continúo con la tarea investigadora que me he propuesto, no tarde en publicar la lista completa en un manual para profesionales.

15 de abril de 2019

Avance, inmovilismo y regresión

A las familias políticas de los progresistas y de los conservadores se les ha unido últimamente en España la de los regresivos. Algunos de éstos militan en partidos claramente partidarios de volver  atrás, y por tanto son fácilmente identificables; pero otros lo hacen en formaciones políticas que hasta ahora se definían como conservadoras, pero que de un tiempo a esta parte han perdido los complejos que reprimían prudentemente sus tendencias retrogradas y ahora se muestran claramente partidarios de regresar a tiempos pasados. No pongo siglas, porque todos sabemos de quién estoy hablando.

Es curioso observar cómo los regresivos lo son no sólo en lo que atañe a las políticas sociales y económicas, también en lo que afecta al comportamiento del individuo como tal. El divorcio, el aborto, la eutanasia, el feminismo, la tolerancia con los emigrantes, la caza, los toros y hasta las procesiones de Semana Santa forman parte de su ideario. Lo mezclan todo, lo agitan en su vieja coctelera ideológica, añaden un poco de esencia rancia y lo convierten en programa político.  

En realidad, si uno lo piensa bien, no son políticos sino predicadores de una religión que podría denominarse “Iglesia del Cuanto Más Viejo Mejor”. Las cosas para ellos son buenas si se llevaban antes, si las usaban nuestros abuelos. La modernidad les produce desconfianza, cuando no pavor, porque piensan que nada bueno pueden traer estos nuevos tiempos, que al fin y al cabo han llegado de la mano de la democracia, palabra que les produce sarpullidos en el alma.

Lo del Toro de la Vega, de antigua tradición, estaba pero que muy bien. Cantar el Novio de la Muerte en una procesión, es lo más indicado dadas las fechas. No hay razón para suprimir las corridas de toros, al fin y al cabo una seña de identidad nacional. ¿Por qué exhumar los restos de Franco, cuando ahora reposan en un mausoleo erigido en recuerdo de una época gloriosa? Ganas de enredar -dicen- de los que ya no saben qué hacer para destruir España.

Supongo que no soy el único que se sentía cómodo antes de la irrupción de los regresivos. Al fin y al cabo el esquema era sencillo, sólo progresistas y conservadores, los primeros tratando de avanzar, los segundos frenando ímpetus, pero al final, a pesar de los parones, yendo poco a poco adelante. Sin embargo ahora las cosas se han complicado, porque retroceder no es lo mismo que frenar. De los frenazos se sale sin que se haya perdido nada importante; pero después de un retroceso hay que empezar por reconstruir lo destruido, para luego reiniciar la marcha.

Si los regresivos en esencia pura -los que se identifican con unas siglas concretas- han llegado para quedarse, el tiempo lo dirá. Pero que nadie tenga la menor duda de que los que han salido del armario de los conservadores están cambiando las cosas en sus partidos drásticamente. A éstos, con su pretensión de llevarnos a los viejos tiempos del cuplé, los temo más que a un nublado.

13 de abril de 2019

La mala educación

Leo en el Diccionario de la Real Academia de España que dos de los significados que esta institución otorga a la palabra educación son los de cortesía y urbanidad. No contento con esta docta explicación, he buscado en las mismas fuentes la palabra cortesía: demostración o acto con que se manifiesta la atención, respeto o afecto que tiene alguien a otra persona. Por último, y para completar la información, he comprobado que urbanidad es sinónimo de comedimiento, atención y buen modo.

Me he tomado la molestia de revisar con un cierto detalle la opinión de los académicos, no fuera que yo tuviera una idea equivocada sobre la expresión mala educación. Pero no, parece ser que mi interpretación coincide con la ellos; o la de ellos con la mía, porque en esto de las palabras no hay prevalencias. Me alegro, porque cuando yo hablo de mala educación me estoy refiriendo a lo mismo, a falta de cortesía, de urbanidad, de comedimiento y de buenos modos.

Dicho esto, añado que Pablo Casado es un mal educado. No lo digo yo, lo dice la RAE. Es un mal educado porque carece de comedimiento, porque no practica ni siquiera la llamada cortesía parlamentaria, que viene a ser algo así como la quinta esencia de los buenos modales, el paradigma de la urbanidad. O no le enseñaron en su momento buenos modales, cosa que me extrañaría, o ha decidido echar por la borda todo su bagaje educacional en aras de la estrategia política que ha elegido.

Su antecesor en el Partido Popular, Mariano Rajoy, era irónico, sarcástico, incluso algo burlón y mordaz. Pero no me atrevería a decir que mal educado, cuyo significado nada tiene que ver con lo anterior. Una cosa es la dialéctica política, en la que precisamente la circunlocución cáustica puede tener un valor añadido, y otra muy distinta la mala educación barriobajera, impropia de un político que pretende llegar a ser presidente del gobierno de España.

La última barbaridad que le he oído decir es que el gobierno de Pedro Sánchez, para sacar las leyes adelante, necesita la colaboración de los que tienen las manos manchadas de sangre, una afirmación que espanta. Recurrir a expresiones como la anterior no es exclusivamente falta de educación, entraña además absoluta irresponsabilidad, no sólo porque aquella dramática etapa de nuestra historia más reciente esté afortunadamente superada, sino además porque fue precisamente un gobierno socialista el que contribuyó decisivamente a cerrarla. Mencionar ahora aquello, pero sobre todo relacionar la sangre de las víctimas con los que padecieron la barbarie asesina en primera persona, es de una infamia que asusta.

Pero a Pablo Casado no le importa decir despropósitos como no le importa caer en la mala educación. Está muy nervioso porque sabe que se juega mucho. Las encuestas –todas- lo sitúan detrás del PSOE, por lo que ya no sabe que decir y qué hacer para descalificar a su secretario general. Si hay que utilizar el terrorismo, lo utiliza. Si hay que abrir falsas agencias para desacreditar con falsas acusaciones  al adversario, las abre. Si hay que mentir, miente. Todo vale para el ínclito presidente del Partido Popular.

9 de abril de 2019

Calumnia que algo queda

En las últimas semana he sido testigo de hasta dónde pueden calar en la mente de los ingenuos o en la de los no tan ingenuos las fake news que lanzan los políticos para convencer a los votantes de lo que les interesa, o las paparruchas que se inventan cuando no tienen otra cosa que decir. Personas de condiciones sociales muy distintas, separadas entre sí por varios centenares de kilómetros y de preferencias políticas muy diferentes me han espetado hace poco aquello de que Pedro Sánchez no hace más que mentir. Una de ellas me aseguraba que el presidente del gobierno había prometido el indulto a los separatistas que están siendo juzgados en la Audiencia Nacional. La otra no tenía ninguna duda de que entre las mentiras del lider socialista estaba la de negar que hubiera aceptado las veintidós propuestas que le había hecho Quim Torra cuando hace meses se reunieron en la Moncloa.

Ni que decir tiene que cuando pregunté a cada uno de ellos de dónde habían sacado estas informaciones, ninguno supo contestar, a pesar de mi insistencia. El asunto estaba tan claro que no necesitaban documentar la aseveración. Flota en el ambiente, lo sabe todo el mundo y para qué hace falta mayor rigor informativo.  Y de ahí, de esa nebulosa en la que han desarrollado su verdad, no fui capaz de sacarlos. A ellos les bastaba con haberlo oído. ¿Quién era yo para discutir lo indiscutible?

Es una pena, pero es así. Se lanzan calumnias en tropel, no importa lo burdas e increibles que sean, porque siempre habrá quien las reciba con agrado. No olvidemos que son muchos los que en sus dudas necesita información que les ayude a salir de la incertidumbre; y este tipo de difamaciones suele ayudar a tranquilizar conciencias. Cuando el río suena -piensan- agua lleva. ¿Qué más necesitan?

Estamos asistiendo a un auténtico esperpento, a una campaña perfectamente orquestada en la que todo vale. Se miente, se fabrican falsedades, pero sobre todo se repiten hasta la saciedad por aquello de que con la insistencia algo queda. Es el raca-raca de la mentira, el rodillo de la falsedad, la apisonadora del embuste. Han perdido el rubor, no digo la ética porque mucho me temo que nunca la hayan tenido. Hay que derrotar al adversario -dicen- y si por las buenas no se puede lo haremos por las malas. Al fin y al cabo esto no es más que política y en política todo vale.

Lo peor sería que este tipo de conductas hubiera llegado para quedarse entre nosotros. Todo dependerá del calado que tengan entre los ingenuos o entre los necesitados de apuntalamiento ideológico. Las elecciones lo dirán, pero que nadie tenga la menor duda de que muchos van a votar, no porque les guste su candidato, sino porque se han querido creer las paparruchas que han oído.

3 de abril de 2019

¿El derecho a decidir es un principio democrático?

Yo no creo que el derecho de autodeterminación constituya un principio inalienable desde un punto de vista democrático. Quiero decir, para que no haya lugar a dudas, que no estoy de acuerdo con la idea de que una parte de la población de un país sólidamente constituido pueda ejercitarlo sin contar con la opinión del resto de sus conciudadanos. Derecho a decidir sí, pero ese derecho deben ejercitarlo todos los implicados en la decisión, no sólo una parte. Sé perfectamente que se trata de un asunto muy controvertido, con opiniones para todos los gustos. Por eso voy a dar a continuación la mía e intentaré, cómo no,  justificarla .

Cuando digo un país consolidado, me refiero entre otros a España. No estoy pensando en países de reciente aparición -dicho sea  desde un punto de vista histórico-, como fue el caso de la antigua Yugoslavia, sino a aquellos cuyos territorios y habitantes gozan de vida en común desde hace muchos siglos y disfrutan además de un régimen democrático, amparado por leyes adoptadas también democráticamente. El nuestro cumple con las dos premisas anteriores.

No voy a entrar a discutir la condición de nación de Cataluña, un país que hace siglos formó parte de un Estado, la Corona de Aragón, porque no quiero caer en disquisiciones historicistas que al final derivan en interpretaciones subjetivas, cuando no en discusiones semánticas, porque no todos estamos de acuerdo con el significado de la palabra nación Me limitaré a apoyar mi punto de vista en realidades palpables, completamente materiales, prácticas, de las que se tocan con las manos y se ven con los ojos.

Si los británicos están teniendo enormes dificultades para poner el Brexit en marcha -pertenecen a la Unión Europea sólo desde 1973-, qué no sucedería con la hipotética independencia de Cataluña, que forma parte de España desde hace tantas generaciones, nada más y nada menos que desde su constitución como Estado. Derivaría en una ruina material para los catalanes y para el resto de los españoles de proporciones inimaginables. Las imbricadas estructuras socioeconómicas y humanas de las dos partes se han ido creando al unísono durante siglos, de manera que someter al conjunto a una disolución forzada no traería más que un peligroso e indeseado retroceso, del que posiblemente se tardara decenios en salir. Supondría soportar un estrés inaguantable. Y por eso, para evitar un desastre colectivo, la Constitución puso los medios necesarios desde el rimer momento, impidiendo democráticamente -no olvidemos que hubo un referendum- que una parte del país se separara sin contar con la opinión de todos los españoles.

Nuestro ordenamiento jurídico, como el de tantos otros países democráticos, previó desde el principio que pudiera producirse un brote separatista como el que estamos sufriendo e incluyó preceptos que impidieran las consecuencias. El derecho a decidir existe en nuestra Carta Magna, por supuesto que existe, pero no es el derecho de una parte de la población sino el del conjunto. Los independentistas pueden defender sus pretensiones democráticamente, pero para conseguirlas sería preciso modificar la Constitución, para lo cual es obligado contar con la opinión de todos los españoles, la suya por supuesto incluida. Porque Cataluña, como Castilla, como Andalucía o como cualquier otro territorio de los que constituyen España no es sólo propiedad de quienes lo habitan, sino de todos los españoles.

1 de abril de 2019

La izquierda desunida

A la desunión de la derecha –que por cierto va in crescendo-  me he referido en las últimas semanas en varias ocasiones y no descarto que vuelva en breve a la carga. Pero hoy le toca el turno a la izquierda, concretamente a Podemos –¡qué guirigay han formado en Madrid!-, cuya situación, vista desde fuera, trasmite la sensación de que se estuviera desinflando a pasos apresurados.

Cuando nació Podemos fui muy crítico con la utopía de sus reivindicaciones y con el estilo que utilizaba, más cercano al de los revolucionarios de finales del XIX y principios del XX que a los planteamientos de la moderna izquierda democrática. Siempre he pensado que los maximalismos reivindicativos sólo conducen a la ineficacia. Los partidos progresistas, si quieren ser útiles a la causa que defienden, tienen que ser pragmáticos y pisar el suelo de la realidad, y no espantar a los votantes con griteríos de difícil digestión. Y si no se tiene mayoría en el Congreso no se gobierna, y si no se gobierna no hay políticas sociales que aplicar. Al final, como dicen los castizos refraneros, mucho ruido y pocas nueces.

Más tarde, a medida que fue pasando el tiempo y sus jóvenes e inexpertos líderes fueron madurando, me pareció observar en ellos una cierta atemperación en las formas y en los fondos, un giro a la moderación que contemplé con expectación. Pero en los últimos meses he notado en algunos de sus dirigentes históricos una vuelta a la ensoñación, al romanticismo especulativo y a la grandilocuencia reivindicativa. Y si a eso le añadimos la desmembración que están sufriendo, a nadie puede sorprenderle que piense que su proyecto se está debilitado y que corre un serio riesgo de quedar marginado, como en su día le sucedió a Izquierda Unida.

No estoy muy seguro de que ese enflaquecimiento vaya a favorecer el voto a la izquierda moderada –léase PSOE-, porque los desencantados suelen caer en la abstención. No obstante, confío en que muchos de los que en su momento dieron la espalda al partido socialista por el hartazgo que entonces produjo regresen a sus orígenes. Si así fuera, todavía quedaría la esperanza de que la izquierda volviera a gobernar. Los últimos meses, a pesar del griterío tripartito, del furibundo ataque de las derechas en su conjunto a Pedro Sánchez, el gobierno, aun en minoría, ha demostrado que con moderación, con  mesura, con parquedad de palabras, pero con decisión, se pueden conseguir muchos más beneficios sociales que agitando banderas de otros tiempos.

En las próximas elecciones el progresismo se juega mucho. El equilibrio democrático se ha tensionado hasta extremos que yo no recuerdo haber vivido ni siquiera durante la transición. La derecha está nerviosa, el separatismo catalán pretende romper la baraja, los radicales de uno y otro lado campan por sus respetos y los involucionistas han perdido por completo el complejo franquista. Por eso se impone en los progresistas la sensatez, la frialdad y la cordura. La izquierda moderada, insisto, tiene una oportunidad en sus manos para conseguir una mayoría suficiente que le permita gobernar sin necesidad de acudir a extrañas y peligrosas alianzas, que nunca serán bien entendidas por la inmensa mayoría de los españoles.