30 de septiembre de 2019

Colegios

Cuando todavía no había cumplido los trece años, y por tanto cursaba tercero de bachillerato del plan de entonces, un traslado familiar por razones profesionales de mi padre me obligó a cambiar de colegio a mitad de curso. Había asistido los dos primeros trimestres a un centro escolar de Barcelona -La Salle Josepets- y nada más acabar las vacaciones de Semana Santa me tuve que presentar, a pecho descubierto y sin conocer a nadie, en un aula del Colegio Calasancio de Madrid. Nuevos compañeros, profesores distintos y algunas pequeñas diferencias en el contenido de las materias que se impartían.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces y como consecuencia la imagenes que mi memoria retiene de aquel momento están algo difusas. Pero a pesar de ello no se ha borrado del todo el recuerdo de mi entrada el primer día en el aula acompañado por el prefecto -el padre David-, un hombre joven, de aspecto severo, hierático y circunspecto. El entró primero, altivo y sin abandonar la seriedad que lo caracterizaba, la clase entera se puso de pie con gran estruendo y yo lo seguí algo cohibido. Después me presentó con cierta gravedad protocolaria a los que serían mis compañeros a partir de aquel momento y me ordenó que ocupara el lugar que me correspondía por orden alfabético, entre un García (José Miguel) y un Gutiérrez (Antonio), maniobra que obligaría a moverse de su pupitre a todos los que venían a continuación.

Estaban en clase de francés, y el profesor de turno –el señor Sanjuán- me preguntó comment allez vous, a lo que contesté como un autómata bien… merci… monsieur... Había conseguido salir airoso de mi primera prueba, lo que me dio ciertos ánimos y me ayudó a introducirme en aquel nuevo ambiente escolar, que enseguida, pasada la primera impresión, empezó a dejar de parecerme hostil. Pronto, muy pronto, aquellas caras que me miraban al principio con curiosidad mal disimulada empezaron a hacérseme familiares; y aquellos chicos, que en mis temores anteriores imaginaba como potenciales enemigos, se convertirían enseguida en mis nuevos amigos, con los que compartiría a partir de entonces y durante los siguientes años alegrías y tristezas, éxitos y fracasos y premios y castigos. Hasta que se acabo el bachillerato e iniciamos la siguiente etapa de nuestras vidas.

En muchas ocasiones me he referido en estas páginas al efecto mariposa, una manera de denominar la secuencia de acontecimientos que se desencadenan a partir de un hecho concreto. De acuerdo con este principio de casualidad y causalidad, puedo asegurar que si mis padres hubieran decidido llevarme a otro colegio o si mi apellido no hubiera empezado por G mi vida habría sido distinta a cómo ha sido. En aquel momento estaba en plena adolescencia y empezaba a vislumbrar el mundo de los adultos. A partir de ese momento dejaría poco a poco de ser un niño y se iniciaría el desarrollo de mi futura personalidad. Y ésta, en gran medida, se moldeó en aquel nuevo colegio. El destino deambula con frecuencia por caminos insospechados.

Si cuento todo esto es para añadir que estoy en este momento con la ilusión puesta en recuperar el contacto con mis compañeros de aquella época. Me he sumado a la iniciativa de un buen amigo, que no sé hasta dónde llegará. Pero de lo que sí estoy seguro es de que si lo logramos me llevaré grandes sorpresas, porque en vez de aquellos jovenzuelos que dejé de ver hace muchos años, cuando cada uno de nosotros emprendió su propio camino en la vida, me encontraré con personas hechas y derechas de las que no recordaré casi nada. Pero confirmaré algo en lo que creo, que aquellos años escolares dejaron huellas imborrables en todos nosotros.

25 de septiembre de 2019

Perder el sueño

Desde que empecé a escribir de manera sistemática no me faltaron nunca asesores literarios. Desde el primer borrador de la primera novela que dejé en manos de algún amigo, me empezaron a llover amables consejos sobre la forma y el fondo de mis escritos, recomendaciones que jamás eché en saco roto. Uno de los que más me llamaron la atención fue el que se refería a la riqueza que aporta al lenguaje el uso de símiles y comparaciones, sobre todo cuando se utilizan en sentido figurado. Puedo asegurar que desde entonces procuro seguir al pie de la letra aquel acertado consejo, no sólo cuando escribo, también cuando analizo la escritura o el lenguaje de los demás.

Por eso entendí perfectamente el sentido que Pedro Sánchez quiso darle a la expresión perder el sueño, cuando hace unos días en una entrevista televisada se refirió a los temores que le producía la posibilidad de formar un gobierno de coalición con Unidas Podemos. Lo pudo haber dicho de otra forma, pero eligió un símil para dejar las cosas más claras. Después amplió la explicación utilizando la expresión de dos gobiernos en uno, una idea que desde mi punto de vista no deja dudas interpretativas sobre las razones que motivaron su rechazo a la propuesta. Una cosa es gobernar en coalición y otra muy distinta cogobernar con la vista puesta en objetivos distintos.

Aunque se esté derramando mucha tinta por parte de unos y otros en aderezar el relato, la investidura fallida es agua pasada. Ahora toca pensar en las próximas elecciones, de las que puede salir cualquier cosa. Pero, en todo caso, a mí la explicación que dio Pedro Sánchez me convence, porque nunca hubiera entendido que una izquierda moderada gobernara de la mano de una fuerza radical cuyos objetivos difieren  por completo en algunos importantes asuntos de Estado. Hubiera sido un absoluto sinsentido, una decisión que hubiera dejado descolocados a muchos votantes del PSOE, sobre todo a aquellos que están muy lejos de la radicalidad utópica.

Es cierto que si Pedro Sánchez hubiera cedido a las pretensiones de Podemos muy probablemente hubiera conseguido la investidura. Pero no lo es menos que una cosa es ser nombrado presidente del gobierno y otra muy distinta gobernar. Tengo la completa seguridad de que la maquinaria gubernamental hubiera chirriado desde el primer momento, unas veces como consecuencia de las políticas de ámbito nacional (léase Cataluña) y otras de carácter internacional.

Es cierto, no lo voy a negar, que entre las dos formaciones políticas existen muchas coincidencias en sus programas, sobre todo en los aspectos que afectan a las reformas de carácter social. Pero incluso en éstas el alcance y los tiempos que proponen cada uno son distintos. El PSOE buscará siempre el máximo consenso político posible en cualquier reforma social que afecte al equilibrio presupuestario. A Unidas Podemos parece no importarle demasiado la reacción de los mercados, a los que tilda con el genérico IBEX 35. Y con esas diferencias de criterios, que no son baladíes, es imposible cogobernar.

Se dice ahora que pudiera ser que la izquierda haya perdido la oportunidad de gobernar. Quién lo sabe, porque ni los analistas políticos más señeros son capaces de predecir en estos momentos qué va a ocurrir en las próximas elecciones. Pero lo que sí parece claro es que cualquier cosa que suceda no será peor que la inestabilidad que hubiera originado el extraño maridaje entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias que proponía el segundo. Y que nadie se engañe, lo que ha sucedido ahora volverá a suceder si se dieran las mismas circunstancias.

21 de septiembre de 2019

Amigos para siempre

En varias ocasiones he hablado aquí de viajes. Pero hay una faceta de los mismos a la que nunca me he referido, la de las ocasionales amistades que se establecen, sobre todo en aquellos de cierta duración y que transcurren en el extranjero. Es curioso, pero conozco a pocos que al regreso de una de estas escapadas no me haya contado alguna historia relacionada con sus compañeros de viaje, por lo general llena de elogios, al menos las que se se refieren a los que por una u otra razón más cerca estuvieron de quien la narra. Es cierto que también suele haber alguna crítica aislada, porque en los viajes en grupo nunca faltan los patosos, los cantamañanas y los excéntricos. Pero mientras que estas últimas alusiones suelen quedarse en anécdotas más o menos bufas, las otras por lo general se presentan como el descubrimiento de unas nuevas amistades con la apariencia de que vayan a durar para siempre. La pregunta que me hago es por qué sucede esto, qué razones hay para que nazcan tan espontáneas relaciones de amistad. Supongo que son varias, no todas de fácil explicación, pero voy a dar algunas que se me ocurren, porque de este extraño fenómeno tampoco me libro yo.

En primer lugar, tengo la sensación de que cuando se está fuera del hábitat habitual aparece una especie de necesidad de protección tribal. Un idioma que no siempre se domina, unas costumbres que con frecuencia chirrían y unas comidas que en ocasiones producen alguna desconfianza -si no rechazo- promueven un raro instinto de agrupamiento, por aquello de que cuantos más seamos más repartidos quedarán los males. Siempre habrá alguno que balbucee el idioma o que ya conozca las extravagancias foráneas o que en alguna ocasión haya probado aquel extraño guiso sin merma de su integridad física.

En segundo, la continuidad del contacto personal. Cuando se viaja en grupo, uno desayuna, come y cena todos los días con los mismos. Incluso, y creo que no estoy exagerando, se ve obligado a compartir los horarios de visitas a la “toilette”, algo que nadie negará que crea proximidad afectiva o, al menos, afectuosa comprensión. No hay nada tan humano como estas obligadas e íntimas incursiones.

En tercero, la novedad. Tanta interacción provoca descubrimientos inauditos. Uno creía que ya había conocido todo lo que se puede conocer en la vida, cuando de repente aparece ante sus ojos una extraña personalidad que le resulta difícil de catalogar. O, mejor dicho, que no tendría demasiados inconvenientes en tacharla de peculiar si estuviera en su terreno habitual, pero que allí, a kilómetros de casa, resulta interesante.

Pero lo más curioso de este fenómeno es el ingenuo propósito que las nuevas amistades se hacen de mantener aquella nueva relación por los siglos de los siglos amén, ignorando que apenas conocen la más mínima parte de la personalidad de sus nuevos amigos.  Pero qué más da, los he conocido viajando, han resultado unos compañeros de fatigas inigualables y estoy seguro de que esto no es más que el principio de una nueva amistad.

Lo dejo aquí por hoy, porque tengo que llamar sin falta a unos amigos que viven en un pueblo perdido en los montes de Toledo y que acabo de conocer viajando por tierras de Flandes. Es que hemos acordado recorrer juntos aquellas serranías y no puedo faltar a la cita. Hasta ahí podíamos llegar, con lo majos que son.


17 de septiembre de 2019

Recuerdos de infancia

Supongo que no seré el único que haya intentado alguna vez traer a la memoria los primeros recuerdos de su existencia, las experiencias infantiles que tuvieron lugar antes de cumplir los seis o siete años de edad. Yo he conseguido rescatar algunos, aunque es verdad que muy difusos, pero al fin y al cabo recuerdos. Es muy posible que estén algo distorsionados, por un lado porque ha pasado mucho tiempo desde entonces y por otro por la inevitable desfiguración que la subjetividad causa en los recuerdos. Pero es que además a veces es difícil distinguir un recuerdo de algo que te hayan contado y que terminas aceptando como recuerdo. En cualquier caso, alguno he conseguido “salvar del olvido”.

Uno de los más antiguos es el de las salidas con Elena a la plaza del Primo. Elena era mi niñera de entonces –hoy se dice cuidadora- y la plaza del Primo en realidad se llamaba de Primo de Rivera (el dictador, no el fundador de Falange Española) y estaba situada en el corazón del ensanche de Tetuán (entonces la capital del Protectorado Español de Marruecos), muy cerca del domicilio de mis padres. Elena, que en aquellas fechas rondaría los cuarenta, me parecía una anciana. Pero era cariñosa y siempre estaba muy pendiente de mis hermanos y de mí. Vivía en casa y permaneció con nosotros hasta que un nuevo destino de mi padre nos separó. En realidad, debo confesarlo, pocos recuerdos conservo de su físico y de su carácter, aunque su inconcreta figura aparezca con frecuencia en el cajón de mi memoria.

Pero lo que sí recuerdo con mucha nitidez es la plaza del Primo. Era y sigue siendo un gran recinto circular y ajardinado, en el que confluían seis calles, una de ellas la mía, la de Calvo Sotelo (hoy del 10 de mayo). Para acceder al pequeño parque central había que sortear el tráfico que lo circunvalaba, entonces muy escaso. Una vez dentro, Elena nos soltaba como los mayorales sueltan a las reses, dicho sea el símil sin ánimo de ofender ni a los animales ni a las personas. Y allí pasábamos horas y horas, nuestra cuidadora “chafardeando” (localismo aragonés de origen catalán) con sus amigas y nosotros retozando con los nuestros, dicho sea en uno y sólo uno de los significados que la Academia otorga a este verbo.

De la plaza del Primo salía la calle de Franco (ahora avenida de Mohamed V), una larga arteria jalonada por grandes comercios de todo tipo que se adentraba en territorio para mí ignoto, en el que sólo entrábamos cogidos de la mano de mis padres. Elena debía de tener marcada una circunscripción, cuya frontera coincidía con la plaza de nuestros juegos, y de allí nunca se salía, seguramente porque hacerlo requiriera una protección de mayor rango

En la plaza del Primo estaba la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, a la que todos los domingos acudíamos puntualmente a la misa de las doce, también con mi padre y con mi madre, vestidos de punta en blanco como marcaban los cánones. Creo recordar que este templo –que todavía existe y continúa abierto al culto- era conocido como la Misión Católica, un nombre con reminiscencias colonialistas, lo que a nadie puede sorprender.

Otra de las responsabilidades de nuestra cuidadora era llevarme al colegio, uno más de los lugares que recuerdo con bastante nitidez, o al menos eso creo. Era el colegio de Nuestra Señora del Pilar, regentado como en todas partes por los Hermanos Marianistas. No consigo traer a la memoria ni las aulas ni los profesores, pero sí el enorme recinto del recreo, rodeado por una parte por los edificios que constituían el centro escolar y por otra por unas tapias que me parecían insalvables y que impedían que pudiéramos cotillear lo que hubiera al otro lado.

Estos recuerdos infantiles no son los únicos que conserva mi memoria, ni mucho menos. Pero la brevedad que impone el folio y pico que me he marcado me impide hoy continuar con ellos. Aunque, quién sabe, quizá otro día lo haga.

6 de septiembre de 2019

Las otras ausencias

Hablaba yo el otro día en este blog de la tristeza que me causa observar las ausencias que se van produciendo a mi alrededor año tras año ("Fiestas de pueblo", 16/08/19). En aquella ocasión me refería a las ausencias físicas, aquellas que proceden de la muerte o de la enfermedad o de la debilidad mental. Hoy, sin embargo, quisiera referirme a otro tipo de ausencias, las que descubro en personas que con el transcurrir de los años han variado tanto su comportamiento, su manera de pensar y su actitud ante la vida, que apenas las reconozco. Están ahí, es cierto, pero tengo la sensación de que  no estuvieran. Supongo que el cambio en ellos se habrá ido produciendo paulatinamente, pero sucede que como son transformaciones que sólo se perciben si se analizan con cierto detenimiento o si se aguza el ingenio, en algunos casos he tardado mucho tiempo en ser consciente.

Las ausencias a las que me refería hace unos días lo son por aptitud. No están porque no pueden estar. Las que traigo hoy aquí lo son por actitud. No están porque no quieren estar como estaban antes. La vida ha cambiado sus percepciones, sus gustos y sus anhelos de tal manera que en realidad están ausentes. Y aunque en ocasiones se sienten junto a mí –de mayor o menor gana, eso no importa-, contribuyen a  aumentar mi añoranza de unos tiempos que ya nunca volverán.

El discurrir de la vida no admite marcha atrás. Y la vida de cada uno de nosotros está constituida, entre otras muchas cosas, por los que te rodean, por el conjunto de personas que interaccionan contigo. Si estos cambian su actitud, tu vida cambia. Si el hábitat se hace distinto y tú pretendes continuar viviendo como si nada hubiera sucedido, te sientes incómodo, frustrado y decepcionado.

En cualquier caso, es una pena que uno no pueda seguir manteniendo con los demás el mismo nivel de sintonía que siempre tuvo. Pero lo peor de todo es que no tiene solución. Porque, ¿les voy a exigir a los otros que sigan siempre tal y como eran? O acaso, ¿tendré yo que acomodar mi conducta, mis ilusiones y mis pretensiones a las de quienes me rodean? Lo primero sería una pretensión inútil; lo segundo constituiría un acto de generosidad absurda, un contrasentido. La vida es como es y la tomas o la tomas.

El resultado de todo esto es que como consecuencia de las ausencias- por aptitud  o por actitud- uno se encuentra cada día más solo, por mucho que intente mantener el contacto con los que le rodean. Se hacen esfuerzos para evitarlo, pero los resultados suelen ser escasos. Se intenta –o al menos yo lo intento- ignorar las ausencias, pero al final se hacen presentes por todas partes. 

¿Será este fenómeno lo que algunos llaman la soledad del viejo? ¡Y yo que sé!

1 de septiembre de 2019

Conservacionismo sí, paranoia conservadora no

El otro día tuve la oportunidad de recorrer a pie - y a pie de obra para ser más concreto- los trabajos de construcción de la nueva presa del pantano de Castellote, una ampliación que duplicará la capacidad del actual. Nuestro guía, un gran conocedor del pasado del embalse, de su explotación actual y del proyecto en marcha, además de ofrecernos una gran cantidad de datos técnicos, nos deleitó con anécdotas marginales, algunas de ellas relacionadas con las medidas de protección del medioambiente y del patrimonio cultural. Entre ellas, la iniciativa que se tomó al iniciarse los trabajos de desmontar piedra a piedra un puente del siglo XVI –esa fecha dan  los expertos- con intención de instalarlo en algún otro lugar como recuerdo de la historia de aquellos parajes. La presión popular ha logrado que autoridades y contratistas tomaran una decisión que obligaría a un desembolso adicional, posiblemente no previsto en los presupuestos iniciales.

Nunca me ha parecido mal que determinadas organizaciones de carácter nacional o internacional dediquen sus esfuerzos a proteger el entorno ambiental o el legado histórico. Siempre he creído y sigo creyendo que actúan por un lado como necesario contrapeso de la desmedida y salvaje especulación económica y por otro para contrarrestar la ignorancia y el vandalismo, dos fenómenos de orígenes muy distintos pero que con frecuencia confluyen y se realimentan.

Lo que sucede es que, como suele ocurrir en tantos aspectos de la vida, con frecuencia los defensores de la conservación se extralimitan en sus objetivos, porque no tienen en cuenta que el progreso -en el sentido de mejora del bienestar del ser humano- exige cambios.  No se puede hacer una tortilla sin romper antes un huevo. Y si la calidad de vida de los habitantes de las dos orillas del río Guadalope exige que el nuevo nivel del agua inunde algunas recónditas buitreras y determinados paisajes de belleza incomparable, nadie debería oponerse a una obra de esta naturaleza. Una cosa es presionar para que los daños colaterales sean los menos posibles y otra muy distinta obstaculizar el progreso.

Este es un asunto que desde mi particular punto de vista no debería plantear ningún dilema. Las obras para que la sociedad progrese deben ser acometidas, lo que no significa que deba ignorarse la herencia medioambiental e histórica. En cualquier caso, y me congratula constatarlo, mucho se ha avanzado en este aspecto durante los últimos decenios. No hay más que viajar por la extensa red de autopistas de nuestro país para observar cómo se ha cuidado el entorno, con medianas ajardinadas, bosquecillos en las confluencias y repoblación vegetal en los terraplenes que habían quedado descarnados. Las largas cintas de oscuro asfalto son imprescindibles para el bienestar de los ciudadanos, y por tanto ha sido necesario romper el huevo; pero las medidas de protección han logrado que la tortilla sea jugosa.

Protejamos el ambiente y el patrimonio, pero no nos convirtamos en talibanes del conservacionismo. Apoyemos las iniciativas para proteger el paisaje, pero no boicoteemos el progreso. Defendamos la naturaleza, pero no olvidemos que el ser humano está en su perfecto derecho a exigir calidad de vida. Si se hacen bien las cosas, todo esto, en mayor o menor medida, es compatible.

23 de agosto de 2019

Viajar es viajar y punto

Oigo con cierta frecuencia aquello de que para qué viajar al extranjero existiendo tantos lugares en España para visitar, tan interesantes o más que los que uno pueda descubrir en tierras extrañas. Lo oigo con tanta insistencia que en más de una ocasión me he puesto a meditar sobre las causas que puedan originar tan categórica recomendación, que en principio me suena, lo diré con claridad meridiana, chovinista, por un lado, y corto de miras, por otro.

¿Qué tiene que ver el culo con las témporas?, dicen los que rehúyen las comparaciones odiosas, que además con frecuencia son estúpidas (las comparaciones). Porque en este caso estamos hablando de cosas idénticas en lo fundamental, aunque distintas en algunos aspectos. Se puede viajar por España, y conocer lugares maravillosos, o por el extranjero, donde, además de visitar parajes también interesantes, se descubren culturas y comportamientos diferentes a los que nos rodean habitualmente. Que las playas de mi querido Cádiz sean prodigiosas no invalida que me impresionen los acantilados de Moher. Ni creo que tenga que renunciar a visitar la catedral de Brujas porque en España contemos con extraordinarias muestras del gótico medieval. Cada cosa en su sitio y haya paz.

Viajar es un concepto que no admite fronteras. Un viaje, por insignificante que sea, es una aventura, grande o pequeña, pero al fin y al cabo una interrupción de lo cotidiano. E interrumpir lo cotidiano y encontrar cosas diferentes a lo de cada día es algo que se puede hacer a la vuelta de la esquina o en el recóndito Yukón, recorriendo las hoces del Guadalope o contemplando las cataratas de Iguazú, paseando por Cáceres o recorriendo Manhattan. Lo importante no es si el lugar pertenece o no a tu país sino lo que allí descubras, se hable español, farsi, mandarín o sánscrito.

Otra cosa son las preferencias de cada uno. Tengo amigos que cuando viajan prefieren dormir en albergues de dudosa higiene a pernoctar en un Sheraton de cinco estrellas; otros que si el viaje exige subirse a un avión eligen quedarse en casa; algunos –no demasiados- necesitan la aventura, aunque ésta comporte incomodidades, desasosiegos o diarreas; y no falta quien me ha espetado que para qué moverse de aquí para allá cuando desde la mullida butaca de tu cuarto de estar puedes recorrer el mundo a través de la pantalla del ordenador. De todo, como en botica.

Después -¡cómo no!- está la edad, a la que nunca se debe dar la espalda, a no ser que uno sea un insensato. No es lo mismo viajar con mochila en el transiberiano con 20 años de edad que trasladarse a las selvas amazónicas con 70 cumplidos. Los riesgos del primero son tan pequeños que merece la pena correrlos. A los segundos, aunque les desee lo mejor, no les arriendo la ganancia, porque las indómitas tensiones arteriales, las amenazas bacterianas y las comidas grasas y ricas en especias están siempre al acecho.

Pero en cualquier caso, qué más da si el viaje es por España o por el extranjero. Eso, a los efectos que nos atañe, es completamente indiferente. Porque viajar es viajar y punto.

16 de agosto de 2019

Fiestas de pueblo

A mí las fiestas locales nunca me han entusiasmado. Ni las de los pueblos, ni las de las ciudades, ni las de las comarcas, ni las de las regiones. Suelen estar todas cortadas por un mismo patrón, con independencia del lugar del que se trate. En las de España no pueden faltar los toros en sus diversas y variopintas variedades, los encierros, los fuegos artificiales, las charangas callejeras y el vocerío noctámbulo.  Mucho ruido, demasiados gritos y bastante incomodidad. Además, como suelen ser  patronales –no importa de qué virgen o de qué santo-, campanas al viento hasta ensordecer, procesiones con el alcalde al frente vestido de lagarterano, con sombrero cordobés o con cachirulo de diseño floreado, ofrendas de flores hasta donde llegan las escaleras plegables y bailes regionales al finalizar la misa mayor. Pero, a pesar de los inconvenientes, a pesar de los pesares hace muchos años que acudo puntualmente a las de Castellote, “mi pueblo”.

Son días de encuentro con gentes a las que durante el año ves poco o ni las ves; son jornadas para revivir recuerdos, para dejarse llevar un poco por la nostalgia, para meditar sobre el rápido transcurrir de la vida. En definitiva se trata de una corta interrupción de lo cotidiano.  Y aunque no sea más que porque se necesita cambiar de vez en vez de ambiente, de compañía y de lugar, las fiestas de Castellote son para mí imprescindibles. Lo que no significa que me guste convivir durante estos días con la monotonía de las charangas y aguantar estoicamente los estallidos de los petardos y de las tracas.

Pero hay un aspecto de las fiestas de los pueblos que me había pasado desapercibido hasta ahora, el de las ausencias. No me refiero sólo a los que ya han desaparecido de entre nosotros, sino también a los que, aunque todavía vivos, ya no pueden -o no quieren-  acudir a la convocatoria anual. Y lo he notado este año y no antes quizá porque hasta ahora no me había puesto a pasar lista. Esta vez lo he hecho y han sido muy pocos los que han contestado ¡presente! A estas alturas de mi vida no debería sorprenderme tanto silencio, tanta deserción, tanta inasistencia. Pero tengo el gran defecto de creer que las cosas continúan como siempre.

El paso del tiempo no perdona. Hace sólo unos años nos reuníamos durante estos días en cenas y en comidas largas y divertidas hasta treinta personas de nuestro círculo de amigos y familiares, repartidas en dos generaciones. Que ya no quede ninguna de la primera no tiene nada de particular. Pero que de la segunda, la mía, no hayamos acudido a la cita ni la mitad de la mitad de los habituales es bastante sorprendente, o al menos a mí se me hace extraño. Pero sobre todo me produce tristeza, un efecto absolutamente contrario al que debería esperarse en las fiestas de un pueblo.

No quería ponerme melancólico, pero hay instantes en los que uno tropieza con su propia realidad y éste ha sido uno de ellos. Ha sido un momento en el que, libre por completo de las ataduras de lo cotidiano, he podido constatar que todo en la vida, absolutamente todo, tiene fecha de caducidad

6 de agosto de 2019

En esas tardes de verano

En esas tarde de verano, de vinos largos y frases deshilvanadas, de risas fáciles y gestos amables, cuando los amigos que sólo se ven de vez en vez se reúnen con el único propósito de pasar un rato juntos y mantener encendida la llama del afecto, surgen en ocasiones temas interesantes, aunque sólo sea por lo que supone conocer las opiniones de personas con las que hay pocas ocasiones de intercambiar ideas. La situación de descanso, de tregua vacacional, propicia que cualquier cosa que se diga resulte fascinante. Son conversaciones que para mí tiene un gran atractivo, porque carecen de propósitos concretos, de intentos de persuasión y de afanes doctrinarios. Se dicen cosas, y que cada uno retenga lo que quiera o lo que pueda, porque las gambas frescas y el buen vino dejan poco espacio para asimilar ideas.

Con algunos de estos amigos he debatido estos días sobre lo material -y también sobre lo metafísico-, en largas peroratas sin solución de continuidad, de salto en salto y sin más pretensiones que, como decía antes, hablar y hablar. Pero en ellas siempre se descubre algo nuevo. Por ejemplo, aunque parezca mentira a estas alturas del siglo XXI, que Vox dispone de una amplia grey sobre la que lanzar sus redes. Los votante de la derecha ultraconservadora llevaban años bastante deprimidos, quizá porque se hubieran quedado huérfanos de caudillaje hace ya algún tiempo. En el fondo de su alma política seguía latiendo el desacuerdo con la democracia, una camisa que les queda demasiado ancha para sus gustos. Demócratas por aquí y por allá –pensaban-, de derechas o de izquierdas pero demócratas al fin y al cabo; demasiados derechos humanos enarbolados sin venir a cuento; machaconas lecciones de tolerancia muy difíciles de digerir. Y mientras tanto –continuaban meditando- los "moros" saltando las vallas de Ceuta y Melilla, los LGTBI luciendo transgresión ramplona y las feministas dando el coñazo con eso de la igualdad de derechos. Pero ahora, cuando creían que todo estaba perdido, han descubierto que ya hay quien los entiende, ya conocen a quien puede redimirlos de tanta desazón y de tanto caos, ya se acabó el desamparo en el que habían caído.

A través de estas conversaciones -insisto que desenfadadas- he descubierto que se trata de personas que ni siquiera se habían parado a pensar en por qué se sentían incómodas. Disponían de una opción conservadora –la del Partido Popular- que en mayor o menor medida colmaba sus inquietudes, aunque nunca lo hiciera por completo. Pero cuando miraban aún más a la derecha no encontraban nada. Sin embargo, de repente aparecieron unos señores muy serios, con voz engolada y de gran prestancia, bajo las siglas de Vox y enarbolando banderas a los cuatro vientos, que les han devuelto la esperanza perdida. Es la ultraderecha que nunca perdió garra del todo, aunque sus inquietudes estuvieran un tanto aletargadas. Son los que añoran unos tiempos pasados que para ellos no fueron tan malos como dicen. O sus hijos o sus nietos, porque hay sensaciones que se trasmiten de generación en generación, quizá porque se graben a fuego en los genes.

Pero como el verano no se ha acabado, estas conversaciones intrascendentes continuarán. De manera que quizá otro día hable de alguna otra, en las que siempre se descubre algo nuevo. O no tan nuevo.

31 de julio de 2019

María Cristina me quiere gobernar

El otro día -¡en qué estaría yo pensando!- me vino a la memoria aquel son cubano que se hizo tan popular a mediados del siglo pasado y cuyo título he elegido hoy para encabezar este artículo. El estribillo, si no recuerdo mal, era: “María Cristina me quiere gobernar/y yo le sigo le sigo la corriente/porque no quiero que diga la gente/que María Cristina me quiere gobernar”. Después continuaba con una simpática letanía: “Levántate Manuel/Y me levanto/Que vamos “pa” la playa/Allá voy/Que tírate a la arena/Y me tiro/Que quítate la ropa/Y me la quito/Que súbete en el puente/Y me subo/Que tírate en el agua/¿En el agua?/No, no, no, María Cristina/Que no, que no, que no/Ay, por qué?”

En política, para llegar al poder se pueden aceptar muchas cosas, pero nunca dejarse gobernar. Y mucho menos tirarse a las aguas siempre inciertas de la inestabilidad, porque uno podría ahogarse en ellas. No sólo nadie le echaría un salvavidas, sino que serían muchos los que contribuirían a que se hundiera aún más. Por eso, Pedro Sánchez ha tenido que decirle al señor Iglesias aquello de hasta aquí hemos llegado. Son lentejas. Sostener ahora, para justificar la inexplicable abstención de Podemos, que los negociadores socialistas se cerraron en banda a sus propuestas de colaboración es, cuando menos, faltar a la verdad. Y cuando más un relato falso.

Podemos, una vez más, ha frustrado -al menos de momento- las expectativas de los progresistas de nuestro país, que veían con esperanza una legislatura con posibilidad de avanzar en el terreno de los derechos humanos y que contemplaban cuatro años por delante que permitieran la recuperación de lo perdido durante los seis últimos años para después seguir avanzando. Pero la obcecación, el rencor de una izquierda radical que nunca perderá de vista el “sorpasso” a los socialistas, ha podido más que la lógica política. El afán de protagonismo de unos líderes que observan con preocupación que cada vez son menos los que confían en la utilidad de su izquierdismo radical les ha llevado a paralizar por unos meses el proyecto de la izquierda moderada. En definitiva, y sin tapujos, a defraudar a las clases menos favorecidas, que según dicen son su única preocupación. ¡Qué desatino! ¡Qué contrasentido!

He oído decir que el PSOE ha traicionado a los que consiguieron que Pedro Sánchez ganara las elecciones. Según esta teoría, el partido socialista habría obtenido los resultados que obtuvo gracias al voto de censura, olvidando por completo que si éste prosperó fue gracias a que, salvo PP y Ciudadanos, la representación soberana del pueblo español decidió acabar con la insoportable corrupción de los que entonces gobernaban, puesta de manifiesto mediante sentencia judicial. Por eso, decir ahora que el PSOE debería haber “compensado” el apoyo recibido no tiene ningún sentido político. Forma parte de unos argumentos que intentan justificar lo injustificable. La política no es un intercambio de cromos. La política es realismo, no olvidar nunca el contexto que nos rodea ni perder de vista la globalidad en la que se está inmerso.

No sé si habrá o no repetición de elecciones. Pero si tiene que haberla que la haya. Es muy posible que para entonces el confuso panorama se haya clarificado y los colegios electorales nos pillan a todos muy cerca de casa .

27 de julio de 2019

¿Ha oído, señoría? Es la ultraderecha

Algunos de los más preclaros dirigentes de Ciudadanos empiezan a abandonar el barco. Si uno observa la stuación con detenimiento, son aquellos cuyas altas en este partido llamaron la atención desde el primer momento, porque  sus discursos políticos desentonaban en la coreografía naranja. Supongo que, como les ha sucedido a tantos españoles bienintencionados, al principio creyeron en la autenticidad de las intenciones regeneradoras que lanzaba su fundador y confiaron en la idea de conformar un partido de centro que pudiera acoger a la derecha moderada de nuestro país, muy desorientada a causa de la deriva corrupta del Partido Popular. Y supongo también que, aunque llevaran algún tiempo recelando del cambio de rumbo del partido al que se habían sumado, les ha costado aceptar que aquel proyecto se desviaba día a día sigificativamente de las intenciones iniciales.

En el fondo de todas estas deserciones está la obstinación casi infantil de Albert Rivera en no permitir la investidura de Pedro Sánchez, ni siquiera mediante la abstención en la segunda vuelta. Por un lado Ciudadanos acusa al candidato de pactar con los separatistas y con los populistas y hasta con los terroristas, y por otra le obstaculiza el paso para que pueda gobernar libre de ataduras. Una actitud tan falta de sentido por parte de su presidente que, como le oí decir a Felipe González en una ocasión, habría que recomendarle que se retirara un rato al rincón de pensar. Estas terquedades de adolescente consentido y caprichoso no ayudan en nada a la credibilidad de quien las ejerce.

Pero no es sólo eso. Están también los pactos con la extrema derecha, cada vez más descarados. Desde la bochornosa foto de Colón, el señor Rivera ha intentado manipular la realidad con falsedades absolutas o ridículas medio verdades. Su afán por superar en votos al PP les está haciendo perder el norte político, hasta el punto de no ser conscientes de que hasta ahora sus votantes procedían de la moderación, electores que en buena proporción nunca verán con buenos ojos a los que se escandalizan por la sentencia de "la manada"o insultan con epítotos de cuatro letras a una ministra. A esos, en Europa, los partidos democráticos les niegan el pan y la sal. En Francia nadie hubiera aceptado que Macron se apoyara en Le Pen, ni en la república alemana que Angela Merkel gobernara con el apoyo de Alternativa para Alemania. Claro que tanto el presidente francés como la canciller alemana son acreditados demócratas.

Albert Rivera y ahora Inés Arrimadas, su inseparable sombra, se han quemado tanto en la condena del adversario político que les cuesta mucho recular. Se ven tan comprometidos con sus propias estrategias que no pueden salir de la vía muerta en la que se han metido. Yo supongo que los dirigentes del PP se estarán frotando las manos ante tanta adversidad sobrevenida a sus teóricos aliados, porque en realidad son sus rivales. De la misma manera que imagino que en Vox, partido al que cada día los pactos con la derecha les da más visibilidad, se contemplarán las cuitas de la formación naranja con cierto regocijo.

Ciudadanos, a mi entender, se ha equivocado de estrategia. Pudo haber echado el freno a su desvarío nada más conocerse los resultados de las elecciones generales y haber entendido que los españoles habían señalado un  ganador. Pero su fijación “sorpassiana” los ha puesto contra las cuerdas, la peor de las situaciones que se pueden dar en el boxeo.

Para el viaje que ha emprendido el señor Rivera no se necesitan esas alforjas, porque el país ya contaba con un partido de derecha conservadora que se llamaba PP ¿Qué necesidad había de sacarse otro de la manga?  Sólo, digámoslo con claridad, el afán de protagonismo mesiánico, dicho sea en sentido figurado.

23 de julio de 2019

El dinero no vale nada

En la empresa donde trabajé a lo largo de tantos años -multinacional americana donde las haya- nos referíamos con frecuencia al concepto precio-rendimieno mediante el anglicismo price-performance, un índice económico que expresaba -y sigue expresando- la mayor o menor adecuación del precio de cualquier producto a sus prestaciones. Si un bien o un servicio dispone de un buen price-performance significa que su precio está perfectamente justificado por la calidad de sus prestaciones, lo que no quiere decir en absoluto que el producto en cuestión cueste poco dinero.

Empiezo con esta divagación “anglotecnicista” para entrar en una materia que me llama la atención, lo poco que algunas personas tienen en cuenta el concepto price-performance a la hora de administrar sus gastos personales. Observo que son muchos los que valoran el precio sin tener en cuenta el rendimiento, como si el dinero fuera la medida universal de la calidad de vida o como si las prestaciones les trajeran al pairo. Para estas personas la mayor o menor bondad de la calidad de lo que compran o disfrutan no existe; o existe pero no la tienen en cuenta. Según su criterio, lo importante es gastar cuanto menos mejor. Si el precio es bajo, qué más da lo que te dan a cambio.

Otros consumidores, sin embargo, buscan la calidad primero y analizan después el precio. Si éste está justificado -y por supuesto si su capacidad adquisitiva lo permite-, adelante con la compra. Son formas distintas de ver las cosas, tan respetable la de los que sólo miran el precio como la de los que no pierden de vista en ningún momento el price-performance de lo que adquieren. Doy por hecho que en los dos casos se mueven dentro de sus limitaciones presupuestarias, tanto en el de los “absolutistas del dinero” como en de los “relativistas de la calidad”. Salirse del presupuesto disponible es otra historia que nada tiene que ver con mi reflexión de hoy y que merecería un análisis muy distinto.

Como yo soy en cierto modo de los segundos, me pregunto por qué algunos, cuando nos metemos en gastos, relativizamos el valor del dinero. En mi caso no siempre ha sido así. En otras etapas de mi vida, cuando todavía me quedaba mucho tiempo de vida por delante -al menos en teoría- un prudente instinto de guardar para el mañana me recomendaba contar las monedas más que doña Carmen las perlas y las vueltas de los collares que le regalaban. Ignoraba el price-performance, porque lo importante era ahorrar. Si lo ahorrado seguía aumentando, que más daba que el hotel no dispusiera de buenas vistas o las camisas fueran incluseras. Qué importacia tenía la marca del vino que bebía o si eran gulas del norte o angulas de Aguinaga.

Pero el tiempo, el inexorable cronos, modifica los comportamientos. Por lo menos eso es lo que a mí me ha sucedido con el price-performance, que de ser un aburrido índice que tenía que utilizar con frecuencia para valorar las ofertas económicas se ha convertido en una especie de guía que me indica, con no poca precisión, si estoy gastando bien mi dinero. Y es lógico que ahora sea así, porque para qué guardar  si además lo que guardara no sería demasiado.

Que nadie vaya a pensar, sin embargo, que a los que así pensamos nos gusta derrochar, porque se equivocaría. Lo que buscamos es vivir con calidad de vida, sacarle al dinero el máximo rendimiento posible, no pasar tramojo, -como dice un buen amigo mío- y disfrutar de la vida sin demasiadas restricciones. Pero eso sí, dentro siempre de nuestras limitaciones presupuestarias.

18 de julio de 2019

Todo es según el color del cristal con que se mira

Aunque hoy no tocaba, porque entre otras cosas tenía un borrador en su punto óptimo de cocción -al que quería dar suelta enseguida por aquello de que a veces si uno no está atento el tiempo le tritura los temas-, al oír las últimas noticias sobre la marcha de las negociaciones entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias he dejado a un lado mi intención inicial, he abierto el ordenador y me he puesto a escribir sobre la opinión que me merece un asunto que hubiera preferido soslayar, al menos de momento. Ya he explicado aquí en alguna ocasión que a mí el blog me sirve de oportuna válvula de escape para que no me explote la caldera de las reflexiones. O la de las irreflexiones, porque a veces no tengo claro si reflexiono o “irreflexiono”.

El secretario general del partido socialista lo puede decir más alto pero no más claro. No quiere que nadie le imponga ministros. Y una idea tan sencilla como esa no parece que se capte en la otra orilla de las negociaciones entre PSOE y Unidas Podemos; o se capta en toda su realidad pero no se acusa recibo.  La matraca continúa, por cierto con gran regocijo de las derechas, que se frotan las manos pensando en el más que posible fiasco de la investidura de Pedro Sánchez, un político al que han convertido en el mantra que mitiga todos sus desasosiegos.

Supongo que en un asunto como éste habrá más opiniones que colores tiene el arco iris, porque, como dijo Ramón de Campoamor, “y es que en el mundo traidor, nada hay verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”.  Yo tengo la mía y la voy a dar, aunque no sea la primera vez que la exponga en estas páginas. Son mis argumentos, es el color de mi cristal y por tanto como yo lo veo.

Quien va a formar gobierno es el representante de una izquierda moderada, cuyo pensamiento coincide en muchos temas de caracter social con el de la izquierda radical que encarna Pablo Iglesias, pero que discrepa en muchos otros, fundamentalmente en aquellos que se denominan de Estado. Digo discrepa, pero debería ser más contundente: mantiene posiciones completamente divergentes e irreconciliables. Y el gobierno que surja de estas elecciones deberá enfrentarse a conflictos de esta índole, entre ellos el de Cataluña, sobre el que Pablo Iglesias continúa hablando de presos políticos y de referendos de autodeterminación. Si en asuntos tan trascendentales como son éstos no se está de acuerdo, difícilmente se puede coincidir en el Consejo de Ministros.

A veces tengo la sensación de que el líder de Podemos no ha querido oír desde el primer momento las ofertas de colaboración que le han hecho desde el PSOE, quizá porque los resultados de las pasadas elecciones lo dejaron tan tocado políticamente que necesite el bálsamo de la visibilidad, y para ello qué mejor que considerarse a sí mismo ministrable. Podría llegar a entenderlo desde un plano personal, pero nunca desde el político. Se está equivocando una vez más, lo que sucede es que en esta ocasión es posible que suponga para él un auténtico suicidio. Y de paso para su partido.

Pase lo que pase –y me temo lo peor- la pertinaz insistencia en formar parte del gobierno, los oídos sordos a las ofertas de colaboración y el estilo de rabieta que está utilizando le van a pasar factura. Lamento decirlo, pero tengo la sensación de que Pablo Iglesias se ha estancado en su obcecación y puede que termine sirviendo en bandeja el futuro inmediato de España al tripartito de derechas. Los suyos ya han apuntado maneras en La Rioja.

Ojalá me equivoque.

12 de julio de 2019

La Historia también miente

Durante algún tiempo creí a cierra ojos aquello de que hubo un pasado –la Edad Media en concreto- a través del cual las tres principales religiones monoteístas –cristiana, judía y musulmana- convivían sin fricciones, en perfecta e idílica armonía. La Historia ha presentado la tolerancia entre las creencias durante aquella época como un ejemplo de comportamiento cívico a imitar y los analistas sociales modernos se apoyan en esa supuesta realidad pretérita para contrastarla con la creciente tensión que hoy se observa entre los diferentes credos religiosos. Pero la realidad fué muy distinta de la que retrata el bondadoso cuadro de convivencia entre las tres culturas religiosas. La intolerancia, la animadversión e incluso la hostilidad abierta en forma de guerras despiadadas siempre han estado presentes entre los creyentes de las principales religiones y mucho más entre sus jerarquías eclesiásticas. Que en ocasiones se hayan visto obligadas a cohabitar el mismo territorio no quiere decir que hubiera buen entendimiento. Por eso precisamente se inventaron los guetos.

La pregunta que uno debería hacerse es por qué las cosas han sido y siguen siendo así. Sé que alrededor de un asunto tan complejo como es éste existen infinidad de concienzudos estudios y pormenorizados análisis, de manera que osar yo ahora a expresar mi opinión puede resultar, no sólo temerario, también presuntuoso. Pero como tengo mi propio criterio me liaré a la cabeza la manta del atrevimiento o, si se prefiere, me pondré en los ojos la venda de la audacia y trataré de explicarme. En cualquier caso -quede claro- me voy a limitar a entrar en el terreno humano, porque hacerlo en el divino sería miel de otro panal.

Las religiones toman forma de colectivos humanos sometidos a una ferrea disciplina, tanto en lo material como en lo espiritual. Además, quienes administran esa obediencia viven por cuenta del mayor o menor número de seguidores de los preceptos en los que se base la creencia en concreto. La convivencia entre creyentes de distintos credos fomenta el transfuguismo en uno u otro sentido –las llamadas conversiones-, de manera que nada tiene de particular que para no perder “fieles” la jerarquía anatemice a los “infieles”. Anatemice, en el mejor de los casos, o elimine en tantos otros que son bien conocidos.

Por otro lado las religiones se basan en la Verdad –con mayúscula-, aunque existan tantas verdades como religiones. Y cuando se está en posesión de la verdad es difícil no mirar con recelo y desconfianza al equivocado, a la oveja descarriada. Si no acepta que lo que yo creo es indiscutible, siendo como es la única e inexorable verdad, no puedo fiarme. Mejor será que me aparte de él o, mucho más práctico, que lo aparte a él de mí.

Ni a la jerarquía ni a la feligresía de ninguna de las religiones les gusta la convivencia con las otras. Prefieren el aséptico aislamiento, las barreras infranqueables o, como ahora gusta decir, los cordones sanitarios, un estado de cosas protector de la propia identidad que, tal y como nos enseña la experiencia, con facilidad se desliza hacia el enfrentamiento y la hostilidad, hacia la guerra sin cuartel o hacia el terrorismo.

Si añadiéramos a todo lo anterior la intervención de los poderes públicos, siempre en interesada connivencia con la religión dominante, la explicación de la permanente animadversión entre creencias religiosas estaría servida. En muchas ocasiones ni siquiera es precisa la intervención de creyentes y jerarquías, porque son los poderes públicos los que se encargan de lo que pudiéramos denominar el juego sucio. Es mucho menos comprometedor para las iglesias que sean los gobernantes los que pongan orden, los que aislen a los enemigos de los amigos. 

Por eso digo que la Historia también miente, por mucho respeto que yo le tenga, que se lo tengo.

8 de julio de 2019

Ambiciones desmedidas

La Academia de la Lengua define la palabra ambición como el deseo ardiente de conseguir poder, riqueza, dignidades o fama. Si lo dejáramos así, en la escueta definición académica, es muy posible que alguno considerara que ser ambicioso no es tan malo. Podría incluso llegar a contemplar la ambición como una virtud, porque las personas que carecen de ella pueden llegar a convertirse en seres acomodaticios, en pasotas como ahora gusta decir, sin ganas de hacer nada útil en la vida. Por eso las palabras, para que se entienda bien el significado que se les quiere dar en cada momento, necesitan ser adjetivadas. De lo que pretendo hablar en estas líneas es de la ambición desmedida.

A muchos de los líderes de hoy se les llena la boca con expresiones grandilocuentes, entre las que no puede faltar la palabra patria. En vez de políticos semejan predicadores de una doctrina sacrosanta en la que los conceptos etéreos y difusos constituyeran su núcleo fundamental. No son capaces de descender a lo concreto, a lo cotidiano, a lo que realmente preocupa a los ciudadanos. Su ambición desmedida les nubla las entendederas y los convierte en loros repetidores de eslóganes fáciles y manidos, de frases que a ellos les parecen de gran calado ideológico, cuando en realidad no son más que subterfugios para disimular la ignorancia aguda que padecen. Han llegado a la cumbre de sus partidos gracias a la elocuencia, a la facilidad de palabra, y para qué descender al terreno de lo concreto. Lo suyo es la oratoria, cuanto más sonora y redonda mejor, pero apoyada, eso sí, en temas que no susciten rechazo. Lo concreto, lo del día a día ya es otra cosa, porque en ese terreno se puede patinar con suma facilidad.

Los ambiciosos desmedidos además buscan atajos. No se conforman con el ritmo normal de las cosas, con la consolidación progresiva de las posiciones alcanzadas. Se ven impelidos a la vehemencia, se vuelven ansiosos,  no se andan con demasiados miramientos, no sea que otros les  pisen el terreno y los arrojen a la cuneta. En definitiva, se convierten en parlanchines, en marionetas movidas por los hilos de sus propios anhelos. Se ven reyes en el tablero del ajerez, cuando no son más que peones.

Por si fuera poco, los ambiciosos desmedidos miran de frente con fijeza, pero no pierden detalle de sus flancos, porque sabido es que por ahí es por donde llegan las emboscadas más peligrosas. No se fían ni de su sombra. Recelan de todo el que se mueva a su alrededor, no vaya a superarles en ambición. Si hace falta dan cozazos y patadas y lanzan exabruptos, a veces incluso fuera del tono que les enseñaron sus educadores. Pero es que practican aquello de insulta que algo queda.

Supongo que a estas alturas de esta deshilvanada reflexión alguno estará pensando que no tardaré en poner nombres. Pero no lo voy a hacer, porque hoy prefiero que sean mis amigos lectores los que los pongan. Por supuesto que los tengo en la cabeza y no son ni uno ni dos sino algunos más. Sin embargo, como estoy convencido de que los nombres de mis ambiciosos desmedidos no coincidirán con los de algunos de los que lean estas líneas, aquí me quedo hoy. De esa manera quizá induzca a meditar. Pero sobre todo evito problemas.

4 de julio de 2019

Por qué sigo escribiendo

El título que hoy he elegido no es una pregunta que me haga a mí mismo, sino la manera de introducir una reflexión que ya he traído aquí en alguna ocasión y en la que hoy, a la vista de algún amable comentario que me ha llegado “a micrófono cerrado”, voy a insistir. Escribo para expresar mis propias ideas sobre el mundo que me rodea, mi personal percepción acerca de las personas y de las cosas, pero no con la intención de convencer a nadie. Simplemente lo hago para expresar por escrito lo que expresaría de palabra si estuviera hablando con uno y cada uno de los que leen lo que escribo. Por eso, no pretendo aportar nada en el sentido de presentar datos que contribuyan a cambiar las ideas de los demás. Para eso hubiera elegido otro camino, me hubiera convertido en político de los de ahora, en predicador de púlpito de los de siempre o en mercachifle de feria de los de ayer hoy y mañana, profesiones para las que reúno condiciones sobradas, a la vista de lo que se estila.

Otra cosa es que se coincida o no con mis percepciones, porque afortunadamente no todos tenemos la misma apreciación sobre los temas opinables. Cada uno de nosotros ha desarrollado su propio mundo interior, tanto en ideas como en anhelos, de la misma manera que no hay dos personas que se deleiten con los mismos prejuicios. Ya lo dije en alguna ocasión, yo soy yo y mis manías.

No ignoro que la lectura sitúa al lector en inferioridad de condiciones frente al  escritor. Las ideas de este último, equivocadas o acertadas, quedan ahí, inamovibles sobre el papel o sobre la pantalla, mientras que el primero no puede expresar el desacuerdo, al menos de momento. Por eso, insisto, que nadie se dé por aludido cuando lea mis opiniones. Son sólo eso, el producto de una de las infinitas posiciones que se puedan adoptar sobre un tema determinado. Lo que sucede es que son la mías y yo he decidido explicárselas por escrito a mis amigos.

Acabo de enterarme de la muerte de Arturo Fernández, el desenfadado galán del cine español. Como consecuencia ha llegado hasta mí una de sus declaraciones, aquella de que mientras la chaqueta le sentara bien seguiría sobre los escenarios. Pues bien, yo, en otro orden de cosas, seguiré escribiendo en este blog mientras sea capaz de hilvanar ideas y mientras la pereza no me venza. Y continuaré haciéndolo sin pretensiones de aportar nada

1 de julio de 2019

Lo que no puede ser no puede ser y además es imposible

A mí las declaraciones de algunos ministros en funciones advirtiendo de que Pedro Sánchez está dispuesto, si no obtuviera la investidura en las dos primeras votaciones, a convocar elecciones sin esperar a que transcurran los dos meses que le concede la ley electoral, no me han parecido amenazas sino el reconocimiento de una realidad indiscutible, la de que dada la actitud de sus potenciales aliados no cuenta con mayoría suficiente para gobernar. Si Podemos no está dispuesto a apoyarle sin renunciar a la exigencia de que acepte en el gobierno ministros de este partido, volvamos a las urnas y a quien Dios se la dé San Pedro se la bendiga. Insisto, tales avisos, desde ni punto de vista,  no son amenazas sino la consecuencia de un hecho incontrovertible, que con estas premisas no es posible gobernar.

La investidura de un presidente de gobierno es condición sine qua non para gobernar, pero no garantiza en absoluto la gobernabilidad. Y lo que está sucediendo estos días con las pretensiones de Podemos, fundamentadas en la desconfianza hacia los socialistas, demuestra claramente que con un gobierno de coalición estaríamos abocados a la inestabilidad permanente. Si Pedro Sánchez cediera ante la presión de Pablo Iglesias, además de perder otros apoyos, y por tanto seguir sin la mayoría que necesita para gobernar, la investidura conduciría a un equilibrio inestable imposible de manejar con éxito. Esto es tan evidente, que no hay que ser demasiado sagaz ni gozar de grandes dotes intelectuales para reconocerlo. Es de Perogrullo.

La oportunidad de la izquierda se está perdiendo entre personalismos, tacticismo a corto plazo e intentos de seguir montado en el machito a costa de lo que haga falta. Tratar de imponer un gobierno de izquierda radical es en estos momentos un auténtico contrasentido, porque las urnas no sostienen tal pretensión. La izquierda que ha ganado las elecciones no es la que representa Pablo Iglesias, quien debería aceptar la oferta que Pedro Sánchez le ha hecho en público –y supongo que también en privado- de considerarlo un socio preferente y apoyar la investidura sin tantos aspavientos. Pero lo que no debe hacer es intentar manejar la política española durante los cuatro próximos años, porque los resultados han sido los que han sido, le guste o no le guste al secretario general de Unidas Podemos.

Pero ante la cerrazón no cabe otra actitud que la del realismo. Si Pedro Sánchez no puede gobernar en minoría con apoyos de uno u otro lado según el tema que se trate en cada momento, volvamos a las urnas, por mucha pereza que nos dé. La derecha ha establecido la estrategia del no es no, lo que a nadie puede sorprender. Pero que la izquierda radical dinamite un proyecto progresista, porque la intensidad del mismo no sea la que a ellos les hubiera gustado, es un auténtico esperpento, un sinsentido que nunca le perdonarán los progresistas de este país, ni siquiera los suyos.

Así no se puede, como escribí hace unos días en estas páginas, pero además es imposible, como parece ser que dijo el torero Rafael Guerra en una ocasión.

28 de junio de 2019

Y en la derecha un tridente desdentado

Se veía venir, aunque algunos no se lo creyeran. La derecha, dividida en tres fracciones -no por razones ideológicas sino por intereses personales de sus líderes-, está conformando un frente político en apariencia cohesionado, con la vista puesta en que de ninguna manera gobierne la izquierda. Empezaron los coqueteos entre ellos con mascarillas y guantes profilácticos para no contagiarse los unos de los otros, pero al final, como sucede en los colegios infantiles, el sarampión les ha atacado a todos. Ahora, cuando se les mira la cara, es difícil distinguir a unos de otros.

Los intentos por parte de Ciudadanos de marcar diferencias con las otras derechas resultan hasta ridículos, por no decir patéticos. Proclamaban que habían llegado a la política para regenerarla y se alían con un partido que tiene más líderes imputados o en la cárcel que escaños en el Congreso. Presumían de centristas y ahora van de la mano de los herederos del franquismo sociológico. Pretendían –y aún pretenden- sentarse en la bancada de los liberales europeos y en nuestro parlamento se acomodan junto a los amigos de Le Pen y de Salvini. Unos contrasentidos que, si no fueran preocupantes por lo que tienen de engaño a los ciudadanos, inducirían a la carcajada contagiosa.

El Partido Popular está maniobrando con astucia sibilina, aunque con sus manejos ponga a prueba constantemente su credibilidad. Por una parte se presenta como una derecha de línea dura, para intentar así seducir a los hermanos descarriados que se pasaron a Vox y retornarlos a la casa del padre, y por otra no se sonroja en absoluto tratando a los de Ciudadanos como si profesaran su misma fe, limitándose a afearles de vez en cuando que se propongan invadir un terreno que ya está ocupado. En definitiva, tratando a unos y a otros con cierta conmiseración, a la espera de que dejen de molestar. O dicho de otra forma ninguneándolos.

Vox, mientras tanto, lleva algún tiempo regodeándose con el desconcierto de sus circunstanciales aliados, que cada día que pasa le conceden más cancha donde jugar. A base de tiras y aflojas va abriéndose camino en la política española, sabiendo como sabe que la derecha no tiene hoy más remedio que contar con ellos. Un panorama alentador para la ultraderecha, que necesita visibilidad, porque no ignora  que cuentan con un número importante de adeptos que añoran unos tiempos que según ellos fueron mejores que los actuales.

Llegados a este punto, me pregunto hasta dónde llevará a los partidos conservadores su deriva. Y sólo por especular, porque entre mis escasas virtudes no se encuentra la de adivinar el futuro, empiezo a vislumbrar un PP  avanzando entre tanto desbarajuste, un Ciudadanos incapaz de salir de sus propias contradicciones -cada vez más evidentes como ha denuciado Manuel Valls- y un Vox que ha llegado para quedarse, aunque su presencia implique, al menos por el momento, escasa capacidad de decisión.

Si eso fuera así, el tiempo daría la razón a una reflexión que hice en este blog hace ya tiempo, cuando pensaba que los emergentes (Podemos y Ciudadanos), superado un periodo de cierta exaltación por la novedad, terminarían sin fuelle, y que, como consecuencia, los dos partidos con arraigo (PP y PSOE) resistirían el embate y volverían a aglutinar a los conservadores y a los progresistas respectivamente. Creo recordar que entonces utilicé una expresión coloquial, aquella de para qué inventar la pólvora cuando ya está inventada.

23 de junio de 2019

El sombrero me lo quito y me lo pongo

Oír estos días a los líderes de las tres derechas dar explicaciones sobre sus pactos y alianzas resulta, además de desconcertante, divertido.  Vi el otro a Begoña Villacís, la flamante vicealcaldesa de Madrid, hacer verdaderas contorsiones dialécticas para explicar que Ciudadanos no ha pactado ni pactará con Vox, sino exclusivamente con el PP. A preguntas de los periodistas explicaba que si los populares llegaban a acuerdos con los de la extrema derecha era un asunto que no les concernía.  Es más, cuando la pregunta se concretó en si al señor Ortega Smith y a sus compañeros de filas se les iba a dar algún cargo de responsabilidad política en alguno de los distritos de Madrid, contestó que bueno, que quizá, que no sabía, pero que en cualquier caso dispondrían de poca capacidad de decisión. Y se quedó más ancha que larga, a pesar de que ya goza de buena estatura.

Ciudadanos está insultando la inteligencia de sus votantes, porque no creo que haya uno sólo que en el fondo se crea tanta patraña, tanto embuste pergeñado con la exclusiva intención de ocultar que lo que quieren es tocar el poder, no importa a costa de quién y de qué. Se han convertido en cómplices necesarios para que Vox se introduzca en las instituciones españolas y, a pesar de la evidencia, lo niegan. Lo que sucede es que con tanta negativa, con tantas explicaciones para demostrar que ellos tienen las manos limpias, cada vez se enfangan más.

Si Macrón fuera un sustantivo común en lugar de un nombre propio, uno de sus diminutivos sería “macronito”. Albert Rivera pretendía ser un político a la medida de Macrón y se está quedando con sus esperpénticas maniobras poselectorales en un simple aspirante a segundón del PP por culpa de la carencia que padece de ideas propias. Si hay que meter a Vox en las instituciones qué más da y si hay que decir que el presidente francés respalda sus alianzas pues se dice. Luego vienen los categóricos desmentidos del Palacio del Elíseo y se capea el temporal como se puede. No, no fue el gobierno francés quien lo dijo, sino el partido que lo sustenta.

Pero de todos los tropiezos que está teniendo Ciudadanos por culpa de sus propias contradicciones, quizá la contundente respuesta que le ha dado Manuel Valls a Albert Rivera ante su errática deriva sea la más categórica. No creo que en España, en los últimos años, ningún político en activo haya recibido un castigo tan demoledor como han sido las declaraciones del señor Valls, en su día presentado a bombo y platillo como el gran fichaje de la formación naranja y convertido hoy en denunciante de la incoherencia de sus líderes, acusaciones que no han terminado y ya veremos cómo acaban. Lo veía venir, pero confieso que nunca llegué a pensar que la dureza de la respuesta llegara a estos extremos.

Yo también pensé en algún momento –muy breve por cierto- que Ciudadanos pudiera suponer una reforma necesaria a la corrupción institucional que se había instalado en la derecha española. Pero ya ha llovido lo suficiente como para no haberme despertado de aquellas ilusas ensoñaciones.

19 de junio de 2019

Un mapa de España en tres dimensiones

Con este título no me refiero a uno de aquellos entrañables mapas murales que en mi época escolar decoraban las aulas de los colegios y en los que figuraban las provincia de España a todo color, sino a otro, mucho más difícil de dibujar, en el que se reflejaran los partidos, las plataformas, las alianzas y los pactos –y algunos chanchullos- que al final, después de tantas idas y venidas, de tantos quebraderos de cabeza, de tantos dimes y diretes y de tanta saliva gastada, han logrado hacerse con el poder en los Ayuntamientos de nuestro país. Yo me declaro incapaz de confeccionarlo, entre otras cosa porque mi estuche de lápices de colores, que no anda escaso de matices, no abarca tanta variedad. Sería preciso recurrir al rayado y a otros artificios gráficos para completarlo. Incluso debería ser tridimensional, para así reflejar los cambios de alcalde a mitad de legislatura. Dos años para mí y dos para ti, y aquí todos contentos o, como ahora dicen los castizos, así todos tocamos cacho.

Me considero un adicto al seguimiento del acontecer político, hasta el punto de que intento conocer con detalle los pormenores de lo que en cada momento sucede en el panorama que dibujan nuestras no siempre probas clases dirigentes. Reconozco que este rastreo nunca ha sido labor fácil, pero en estos momentos, recién acabada la fase de las negociaciones entre partidos, y a la vista de los enjuagues de todo tipo que se han producido, me declaro incapaz de continuar adelante con mi adición. Quizá sea bueno, porque las servidumbres adictivas nunca han dejado de ser un lastre para la libertad del individuo.

Cada vez entiendo más a aquellos que se declaran apolíticos, aunque con esta confesión quieran en realidad decir una cosa muy distinta de la que dicen, porque políticos lo son por el mero hecho de ser personas y por tanto tener opinión y criterio. Lo que quizá pretendan manifestar es que les cansa el comportamiento de sus líderes, que les aburren las descaradas falsedades y que les martirizan el desatino y la estupidez de los que deberían predicar con el ejemplo de la coherencia y a ser exponentes de la ética y del buen comportamiento social, cuando en realidad son unos marrulleros. No sólo a medida que pasa el tiempo les entiendo más, sino que me pregunto si toda esta farsa al servicio de sus intereses personales merece un minuto de atención.

Yo reconozco que el bipartidismo tenía inconvenientes, entre otros porque favorecía las formación de mayorías absolutas que nunca trajeron nada bueno. Pero de eso a esta amalgama amorfa de ideologías, si es que así se le puede llamar a los intereses especulativos de algunos políticos del momento, hay una gran distancia. Estamos pasando, sin darnos cuenta, de la hegemonía de dos partidos al frentismo, un sistema más nocivo que el anterior, entre otras cosas porque los aliados en cada frente nunca han sido de fiar, pendientes como están de defender su supremacía en la manada en vez de llevar adelante los programas políticos de la alianza circunstancial que hayan elegido.

A quien lea estas líneas le pido disculpas, porque hoy me he lanzado a escribir bajo la sensación de que los ciudadanos somos un cero a la izquierda, peones a los que se nos llama de vez en cuando para que dibujemos con nuestros votos el panorama político de nuestro país, pero a los que, una vez terminado el recuento, se nos daja a un lado para que sean ellos, los elegidos, los que hagan lo que les salga por el forro de sus intereses espurios. Quizá otro día, más calmadas mis inquietudes, menos alborotadas mis glándulas de secreción interna, vuelva a este tema.

Pero hoy no tengo más remedio que decir que así no hay quien dibuje un mapa político de España.