29 de octubre de 2019

Protocolos

Hablaba yo el otro día con unos amigos de los convencionalismos que el ser humano ha ido adoptando a lo largo de los siglos para relacionarse con sus congéneres. Nuestras vidas, aunque el hecho nos pase desapercibido, están repletas de fórmulas de cortesía que aplicamos constantemente sin ninguna intención concreta, simplemente porque forman parte de la educación que nos ha dado la cultura a la que pertenecemos. Desde el buenos días, pasando por el estrechón de manos y hasta el ceder el paso por razón de sexo o de edad no son más que figuras representativas de eso que llamamos protocolo, que como enseña la Academia es el conjunto de reglas de cortesía que se siguen en las relaciones sociales y que han sido establecidas por costumbre.

Pues bien, yo me declaro protocolario o, mejor dicho, “protocolista”, aunque por incorrecto tenga que entrecomillar el palabro. Me gustan los protocolos. No sólo no me estorban, sino que me transfieren cierta sensación de orden y concierto. Considero que los comportamientos refinados, las manifestaciones de atención hacia los demás son producto del avance cultural, un signo de que el ser humano ha ido dejando en sus relaciones el trato puramente funcional y de conveniencia, hasta alcanzar un nivel de comunicación interpersonal que pone de manifiesto su consideración hacia los que lo rodean.

Incluso me gustan las manifestaciones protocolarias en el ámbito de las instituciones, siempre que no encubran un principio de sumisión. Es cierto que en ocasiones, al amparo de los protocolos, se percibe una especie de servilismo que nada tiene que ver con la consideración y el respeto humano. Pero hecha esta salvedad, considero que cumplir con los protocolos institucionales es síntoma de una buena estructuración social. Por el contrario, incumplirlos supone una forma como otra cualquiera de contestación, de insumisión y de individualismo egoísta. Cuando se vive en sociedad, y todos vivimos en sociedad, se debe cumplir con los convencionalismos sociales.

No corren buenos tiempos para los protocolos, porque la idea de que son unos corsés innecesarios está muy extendida. Incluso hay quienes propalan la idea de que cumplirlos supone una especie de atentado contra los derechos sociales; y también quienes defienden que el individuo para ser completamente libre tiene que abolir cualquier trato de excepción en sus relaciones con las instituciones y con quienes las representan. Son los antisistema, aquellos que confunden el orden institucional con la falta de libertades, ignorando el principio tan conocido de que las libertades de uno acaban donde empiezan las de los otros.

Los protocolos aportan calidad y calidez al comportamiento humano. No empezar a comer hasta que todos los comensales estén dispuestos en la mesa da a entender que se está pendiente de los demás. Y entonar un himno al comienzo de determinados actos público recuerda a todos que lo que ese símbolo representa los une por encima de cualquier otra consideración. Son convencionalismos, sí, pero muy útiles cuando se vive en sociedad.

Otro día hablaré de las liturgias, laicas o religiosas, porque no sólo se dan en el ámbito de las religiones. Pero ya digo, eso será en otra ocasión. Es un tema al que se le puede sacar mucho jugo.

24 de octubre de 2019

Travesías fluviales

Hace poco regresé de uno de esos viajes organizados que los turoperadores denominan Cruceros Fluviales, un nombre inadecuado desde mi punto de vista cuando hace referencia a la navegación por río, extraído del que se usa para referirse a los marítimos. El nombre de crucero procede del hecho de que los grandes transatlánticos cruzan los mares. Pero los pequeños barcos fluviales no cruzan absolutamente nada, sino que navegan placenteramente a lo largo de ríos y canales. Yo prefiero, y lo digo de antemano, hablar de excursiones o travesías fluviales.

Con esta puntualización me quedo más tranquilo, no sólo por rigurosidad semántica, sino además porque una travesía fluvial nada tiene que ver con un crucero marítimo. Estos últimos adolecen de cierta masificación (los pasajeros se cuentan por miles), de cierta grandiosidad algo remilgada –por no decir cursi- y de un incómodo hacinamiento en las excursiones. Por el contrario, las travesías fluviales se caracterizan por realizrse en barcos con capacidad reducida (poco más de un centenar de huéspedes), por carecer de innecesaria ornamentación y por girar en torno a visitas cercanas y en grupos nunca numerosos.

Por ejemplo, en un crucero marítimo se desembarca de madrugada en algún puerto del mar Tirreno, para a continuación subir a un autocar, hacer ochenta kilómetros por carretera y visitar Roma durante cinco o seis horas a uña de caballo. En una excursión fluvial se llega a Amberes, se atraca en el centro de la ciudad y desde allí se recorren sus calles a pie. Y si, como me ha ocurrido a mí en la última excursión por el delta del Rin, el barco atraca a las nueve de la mañana y no zarpa hasta las siete de la tarde, se dispone de tiempo para disfrutar de la ciudad, para recorrer sus calles con cierta tranquilidad y para tomar una cerveza en alguna de sus numerosas terrazas al aire libre.

En Ámsterdam, otro ejemplo que tengo muy cercano, el puerto de atraque está situado junto a la estación de ferrocarril, a diez minutos andando de la plaza del Dam, centro neurálgico de la ciudad. Dos noches y dos días de escala fluvial en la capital oficial de Holanda otorgan la posibilidad de recorrer sus calles, visitar alguno de sus museos y saborear la vida nocturna de los “amsterdameses”. Y todo a pocos minutos del barco, que al fin y al cabo es tu hotel durante esos días.

Pero quizá la diferencia más significativa entre un crucero marítimo y una excursión fluvial sea el número de pasajeros que viajan a bordo. Sabido es que en los primeros se navega en una auténtica ciudad flotante, en las que hay que hacer cola hasta para entrar en los restaurantes. En las travesías fluviales se viaja en barcos de pequeño porte, por consiguiente con poco pasaje. Todo está cercano y accesible, desde los responsables de los servicios del barco, hasta los guías asignados, que viajan junto a ti como si se tratara de unos turistas más.

Hasta ahora no he entrado en uno los factores que más influyen en el ánimo de los viajeros, sean estos “de tierra, mar o aire”, la ineludible edad.  A la mía se agradece el formato fluvial, muy cómodo y sin grandes sorpresas que puedan resultar incómodas. Por eso, porque la edad condiciona todo –salvo que uno quiera darle la espalda a la realidad- cada día me resultan más gratificantes las excursiones a lo largo de ríos y canales, porque sin grandes madrugones, sin prisas alocadas y sin caminatas excesivas puedo ver mucho sin demasiados esfuerzos.

Sin embargo, y como colofón de esta improvisada perorata, que cada uno viaje como le dé la gana, en grandes buques marítimos, en pequeños paquebotes fluviales o en globo. Pero eso sí, que no deje de viajar, porque hacerlo sólo tiene ventajas.

19 de octubre de 2019

Violencia salvaje

Uno de los inconvenientes de escribir en folio y pico –medida imprecisa pero que todos entendemos muy bien- es que no es posible matizar ni entrar en detalles. Por eso, cuando como en este caso pretendo acercarme a temas de mucha complejidad, me preocupa que no se me entienda, no por carencia de entendederas del lector sino por mi falta de habilidad. Pero si este blog nació con la idea de que sirviera para “echar mis versos del alma” –como decía el poeta cubano-, no debería amilanarme ante la dificultad. Lo he dicho muchas veces: es mi visión y con exponerla no pretendo convencer a nadie.

La intensidad del independentismo catalán ha alcanzado unas cotas inimaginables hace unos años. Que los que no deseamos la independencia de Cataluña entremos ahora en quiénes han sido los culpables y cuáles las causas de esta deriva no tiene ningún sentido. Lo que corresponde en este momento es enfrentarse a la evidente realidad de que una inmensa mayoría o minoría –pero en cualquier caso inmensa- de catalanes han interiorizado la idea de separarse de España. Y, a partir de ahí, tratar de evitarlo de la manera más inteligente posible. A mí, las tres premisas de firmeza del Estado, unidad de acción y proporcionalidad en la respuesta no me me parecen un mal resumen de cómo hay que abordar el problema. Pero no ignoro que son muchos de uno y otro lado los que opinan que son milongas. No hay más que oír a ciertos líderes políticos para darse uno cuenta de hasta que punto domina la visceralidad suicida.

La justicia ha dicho lo que tenía que decir y las fuerzas de orden público están actuando como tienen que actuar. Pero: ¿qué están haciendo los responsables políticos?  Se oye mucho aquello de que se trata de un conflicto político, pero nadie explica su alcance. También se habla de diálogo, pero tampoco se definen los interlocutores ni las premisas del dialogo, más allá de que cualquier solución deberá encajar dentro de la Constitución, una perogrullada, porque en un Estado de derecho no puede ser de otra manera. Ambigüedades todas que sólo manifiestan el profundo desconocimiento que se tiene del método a seguir.

El populismo consiste en proponer soluciones simples ante problemas complejos. Pues bien, España está ahora llena de populistas de uno y otro signo, de izquierdas y de derechas. Muchos son los que en estos momentos proponen que se apliquen medidas de excepción, sin tener en cuenta que éstas enmascaran el problema de momento pero no lo solucionan a largo plazo. Su puesta en marcha supondría, no lo olvidemos, tranquilidad aparente y explosividad contenida. ¿Es eso lo que se quiere?

Estamos en un mal momento para tomar decisiones de alcance, porque la proximidad de elecciones no favorece. Pero el gobierno, además de mostrar firmeza –lo que aplaudo- debería manifestar algún indicio de acercamiento político, que no tiene por qué significar claudicación, ni contubernio ni mucho menos debilidad. Simplemente abriría una válvula de escape que permitiera abrigar la esperanza de que pueda encontrarse una vía más o menos satisfactoria para las dos partes enfentadas en el conflicto. Estoy completamente convencido de que interlocutores no le faltarían. Algunos señalados independentistas muestran evidentes signos de estar dispuestos a abandonar la unilateralidad. No perdamos de vista los movimientos que se están produciendo en el mundo separatista, porque apuntan maneras.

Pero si sigue prevaleciendo la visceralidad sobre la inteligencia, estamos perdidos. Cada torpeza que se cometa en el lado de los que no queremos que Cataluña se separe de España alimentará las pretensiones de los independentistas. Y cada medida de fuerza que se adopte dará pretextos a los violentos para continuar con el salvaje vandalismo. Ya sé que los líderes separatistas, empecinados en alcanzar sus objetivos, no ayudan; pero esa es una de las premisas con las que hay que contar. El Estado es suficientemente fuerte  para contener la sedición; pero no basta la fortaleza física, hay que utilizar también la inteligencia.


10 de octubre de 2019

Decimoquinta Guijarrada

la hora del rancho
Hoy voy a permitirme hablar aquí una vez más de esa reunión familiar que mis hermanos y yo y nuestras mujeres y nuestros hijos y nuestros nietos celebramos una vez al año en Castellote, ese pueblo de la provincia de Teruel donde se sitúa nuestra casa familiar. Como esto de la pirámide demográfica no admite control de natalidad, empezamos hace unos años siendo dieciocho y ya hemos alcanzado la bonita cifra de treinta y seis, repartidos en tres generaciones. Y aunque en esta ocasión hayamos contado con algunas ausencias, porque los imponderables son los imponderables, hemos asistido un total de treinta.

las bellezas
Estas reuniones -Guijarradas-, que siempre han dispuesto de un formato definido, empiezan un viernes por la tarde y acaban el siguiente domingo por la mañana, es decir que ni siquiera duran veinticuatro horas. Pero como suele ocurrir con todo aquello que se espera con ilusión, se trata de dos jornadas intensísimas, llenas de imaginación y sobre todo de cariño. Los que por H o por B apenas tenemos oportunidad de vernos durante el año, esos días nos desquitamos y convivimos desde que amanece hasta que… amanece.

el teatro
Este año hemos contado con un programa muy apretado, tanto que no quedaba resquicio para el escaqueo, para esos ratos de descanso que los profesionales del turismo llaman tiempo libre. Pero no ha importado, porque arrastrados por las ganas de compartir el momento, aportando cada uno lo mejor de sí mismo e improvisando hasta el límite de lo prudente, ha habido tiempo para hacer montañismo en 4X4 -a través de pistas impracticables-, para un concurso de fotografía -con el tema monográfico de la Guijarrada-, para otro de chistes -de trama improvisada-, para alguna representación de teatro -con más mímica que diálogo-, para una suculenta paella, para unas insuperables fabes con almejas y para una “colesterólica” barbacoa, que no sólo de cultura vive el hombre.

el futuro
Pero sobre todo risa, mucha risa; y también mucho cansancio, porque tanto trajín, tanto programa, tanta improvisación, tanta interpretación y tanta continuidad agotan, algo que se soporta con satisfacción, porque la contrapartida, es decir el resultado de la intensa convivencia y sobre todo de la complicidad familiar, compensan con creces la fatiga.

los intrépidos
Como una imagen vale más que mil palabras, aquí dejo algunas fotografías escogidas entre las docenas que se hicieron durante estos días, porque los móviles no dejaron de captar el desarrollo de los acontecimientos en ningún momento, no dieron tregua.

Y ahora a pensar en la siguiente. Falta mucho, es cierto, pero con tanta actividad y con programas tan extensos y complicados, creo que todos los implicados tenemos que ir preparando nuestras aportaciones. El año que viene debería ser todavía mejor.

30 de septiembre de 2019

Colegios

Cuando todavía no había cumplido los trece años, y por tanto cursaba tercero de bachillerato del plan de entonces, un traslado familiar por razones profesionales de mi padre me obligó a cambiar de colegio a mitad de curso. Había asistido los dos primeros trimestres a un centro escolar de Barcelona -La Salle Josepets- y nada más acabar las vacaciones de Semana Santa me tuve que presentar, a pecho descubierto y sin conocer a nadie, en un aula del Colegio Calasancio de Madrid. Nuevos compañeros, profesores distintos y algunas pequeñas diferencias en el contenido de las materias que se impartían.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces y como consecuencia la imagenes que mi memoria retiene de aquel momento están algo difusas. Pero a pesar de ello no se ha borrado del todo el recuerdo de mi entrada el primer día en el aula acompañado por el prefecto -el padre David-, un hombre joven, de aspecto severo, hierático y circunspecto. El entró primero, altivo y sin abandonar la seriedad que lo caracterizaba, la clase entera se puso de pie con gran estruendo y yo lo seguí algo cohibido. Después me presentó con cierta gravedad protocolaria a los que serían mis compañeros a partir de aquel momento y me ordenó que ocupara el lugar que me correspondía por orden alfabético, entre un García (José Miguel) y un Gutiérrez (Antonio), maniobra que obligaría a moverse de su pupitre a todos los que venían a continuación.

Estaban en clase de francés, y el profesor de turno –el señor Sanjuán- me preguntó comment allez vous, a lo que contesté como un autómata bien… merci… monsieur... Había conseguido salir airoso de mi primera prueba, lo que me dio ciertos ánimos y me ayudó a introducirme en aquel nuevo ambiente escolar, que enseguida, pasada la primera impresión, empezó a dejar de parecerme hostil. Pronto, muy pronto, aquellas caras que me miraban al principio con curiosidad mal disimulada empezaron a hacérseme familiares; y aquellos chicos, que en mis temores anteriores imaginaba como potenciales enemigos, se convertirían enseguida en mis nuevos amigos, con los que compartiría a partir de entonces y durante los siguientes años alegrías y tristezas, éxitos y fracasos y premios y castigos. Hasta que se acabo el bachillerato e iniciamos la siguiente etapa de nuestras vidas.

En muchas ocasiones me he referido en estas páginas al efecto mariposa, una manera de denominar la secuencia de acontecimientos que se desencadenan a partir de un hecho concreto. De acuerdo con este principio de casualidad y causalidad, puedo asegurar que si mis padres hubieran decidido llevarme a otro colegio o si mi apellido no hubiera empezado por G mi vida habría sido distinta a cómo ha sido. En aquel momento estaba en plena adolescencia y empezaba a vislumbrar el mundo de los adultos. A partir de ese momento dejaría poco a poco de ser un niño y se iniciaría el desarrollo de mi futura personalidad. Y ésta, en gran medida, se moldeó en aquel nuevo colegio. El destino deambula con frecuencia por caminos insospechados.

Si cuento todo esto es para añadir que estoy en este momento con la ilusión puesta en recuperar el contacto con mis compañeros de aquella época. Me he sumado a la iniciativa de un buen amigo, que no sé hasta dónde llegará. Pero de lo que sí estoy seguro es de que si lo logramos me llevaré grandes sorpresas, porque en vez de aquellos jovenzuelos que dejé de ver hace muchos años, cuando cada uno de nosotros emprendió su propio camino en la vida, me encontraré con personas hechas y derechas de las que no recordaré casi nada. Pero confirmaré algo en lo que creo, que aquellos años escolares dejaron huellas imborrables en todos nosotros.

25 de septiembre de 2019

Perder el sueño

Desde que empecé a escribir de manera sistemática no me faltaron nunca asesores literarios. Desde el primer borrador de la primera novela que dejé en manos de algún amigo, me empezaron a llover amables consejos sobre la forma y el fondo de mis escritos, recomendaciones que jamás eché en saco roto. Uno de los que más me llamaron la atención fue el que se refería a la riqueza que aporta al lenguaje el uso de símiles y comparaciones, sobre todo cuando se utilizan en sentido figurado. Puedo asegurar que desde entonces procuro seguir al pie de la letra aquel acertado consejo, no sólo cuando escribo, también cuando analizo la escritura o el lenguaje de los demás.

Por eso entendí perfectamente el sentido que Pedro Sánchez quiso darle a la expresión perder el sueño, cuando hace unos días en una entrevista televisada se refirió a los temores que le producía la posibilidad de formar un gobierno de coalición con Unidas Podemos. Lo pudo haber dicho de otra forma, pero eligió un símil para dejar las cosas más claras. Después amplió la explicación utilizando la expresión de dos gobiernos en uno, una idea que desde mi punto de vista no deja dudas interpretativas sobre las razones que motivaron su rechazo a la propuesta. Una cosa es gobernar en coalición y otra muy distinta cogobernar con la vista puesta en objetivos distintos.

Aunque se esté derramando mucha tinta por parte de unos y otros en aderezar el relato, la investidura fallida es agua pasada. Ahora toca pensar en las próximas elecciones, de las que puede salir cualquier cosa. Pero, en todo caso, a mí la explicación que dio Pedro Sánchez me convence, porque nunca hubiera entendido que una izquierda moderada gobernara de la mano de una fuerza radical cuyos objetivos difieren  por completo en algunos importantes asuntos de Estado. Hubiera sido un absoluto sinsentido, una decisión que hubiera dejado descolocados a muchos votantes del PSOE, sobre todo a aquellos que están muy lejos de la radicalidad utópica.

Es cierto que si Pedro Sánchez hubiera cedido a las pretensiones de Podemos muy probablemente hubiera conseguido la investidura. Pero no lo es menos que una cosa es ser nombrado presidente del gobierno y otra muy distinta gobernar. Tengo la completa seguridad de que la maquinaria gubernamental hubiera chirriado desde el primer momento, unas veces como consecuencia de las políticas de ámbito nacional (léase Cataluña) y otras de carácter internacional.

Es cierto, no lo voy a negar, que entre las dos formaciones políticas existen muchas coincidencias en sus programas, sobre todo en los aspectos que afectan a las reformas de carácter social. Pero incluso en éstas el alcance y los tiempos que proponen cada uno son distintos. El PSOE buscará siempre el máximo consenso político posible en cualquier reforma social que afecte al equilibrio presupuestario. A Unidas Podemos parece no importarle demasiado la reacción de los mercados, a los que tilda con el genérico IBEX 35. Y con esas diferencias de criterios, que no son baladíes, es imposible cogobernar.

Se dice ahora que pudiera ser que la izquierda haya perdido la oportunidad de gobernar. Quién lo sabe, porque ni los analistas políticos más señeros son capaces de predecir en estos momentos qué va a ocurrir en las próximas elecciones. Pero lo que sí parece claro es que cualquier cosa que suceda no será peor que la inestabilidad que hubiera originado el extraño maridaje entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias que proponía el segundo. Y que nadie se engañe, lo que ha sucedido ahora volverá a suceder si se dieran las mismas circunstancias.

21 de septiembre de 2019

Amigos para siempre

En varias ocasiones he hablado aquí de viajes. Pero hay una faceta de los mismos a la que nunca me he referido, la de las ocasionales amistades que se establecen, sobre todo en aquellos de cierta duración y que transcurren en el extranjero. Es curioso, pero conozco a pocos que al regreso de una de estas escapadas no me haya contado alguna historia relacionada con sus compañeros de viaje, por lo general llena de elogios, al menos las que se se refieren a los que por una u otra razón más cerca estuvieron de quien la narra. Es cierto que también suele haber alguna crítica aislada, porque en los viajes en grupo nunca faltan los patosos, los cantamañanas y los excéntricos. Pero mientras que estas últimas alusiones suelen quedarse en anécdotas más o menos bufas, las otras por lo general se presentan como el descubrimiento de unas nuevas amistades con la apariencia de que vayan a durar para siempre. La pregunta que me hago es por qué sucede esto, qué razones hay para que nazcan tan espontáneas relaciones de amistad. Supongo que son varias, no todas de fácil explicación, pero voy a dar algunas que se me ocurren, porque de este extraño fenómeno tampoco me libro yo.

En primer lugar, tengo la sensación de que cuando se está fuera del hábitat habitual aparece una especie de necesidad de protección tribal. Un idioma que no siempre se domina, unas costumbres que con frecuencia chirrían y unas comidas que en ocasiones producen alguna desconfianza -si no rechazo- promueven un raro instinto de agrupamiento, por aquello de que cuantos más seamos más repartidos quedarán los males. Siempre habrá alguno que balbucee el idioma o que ya conozca las extravagancias foráneas o que en alguna ocasión haya probado aquel extraño guiso sin merma de su integridad física.

En segundo, la continuidad del contacto personal. Cuando se viaja en grupo, uno desayuna, come y cena todos los días con los mismos. Incluso, y creo que no estoy exagerando, se ve obligado a compartir los horarios de visitas a la “toilette”, algo que nadie negará que crea proximidad afectiva o, al menos, afectuosa comprensión. No hay nada tan humano como estas obligadas e íntimas incursiones.

En tercero, la novedad. Tanta interacción provoca descubrimientos inauditos. Uno creía que ya había conocido todo lo que se puede conocer en la vida, cuando de repente aparece ante sus ojos una extraña personalidad que le resulta difícil de catalogar. O, mejor dicho, que no tendría demasiados inconvenientes en tacharla de peculiar si estuviera en su terreno habitual, pero que allí, a kilómetros de casa, resulta interesante.

Pero lo más curioso de este fenómeno es el ingenuo propósito que las nuevas amistades se hacen de mantener aquella nueva relación por los siglos de los siglos amén, ignorando que apenas conocen la más mínima parte de la personalidad de sus nuevos amigos.  Pero qué más da, los he conocido viajando, han resultado unos compañeros de fatigas inigualables y estoy seguro de que esto no es más que el principio de una nueva amistad.

Lo dejo aquí por hoy, porque tengo que llamar sin falta a unos amigos que viven en un pueblo perdido en los montes de Toledo y que acabo de conocer viajando por tierras de Flandes. Es que hemos acordado recorrer juntos aquellas serranías y no puedo faltar a la cita. Hasta ahí podíamos llegar, con lo majos que son.


17 de septiembre de 2019

Recuerdos de infancia

Supongo que no seré el único que haya intentado alguna vez traer a la memoria los primeros recuerdos de su existencia, las experiencias infantiles que tuvieron lugar antes de cumplir los seis o siete años de edad. Yo he conseguido rescatar algunos, aunque es verdad que muy difusos, pero al fin y al cabo recuerdos. Es muy posible que estén algo distorsionados, por un lado porque ha pasado mucho tiempo desde entonces y por otro por la inevitable desfiguración que la subjetividad causa en los recuerdos. Pero es que además a veces es difícil distinguir un recuerdo de algo que te hayan contado y que terminas aceptando como recuerdo. En cualquier caso, alguno he conseguido “salvar del olvido”.

Uno de los más antiguos es el de las salidas con Elena a la plaza del Primo. Elena era mi niñera de entonces –hoy se dice cuidadora- y la plaza del Primo en realidad se llamaba de Primo de Rivera (el dictador, no el fundador de Falange Española) y estaba situada en el corazón del ensanche de Tetuán (entonces la capital del Protectorado Español de Marruecos), muy cerca del domicilio de mis padres. Elena, que en aquellas fechas rondaría los cuarenta, me parecía una anciana. Pero era cariñosa y siempre estaba muy pendiente de mis hermanos y de mí. Vivía en casa y permaneció con nosotros hasta que un nuevo destino de mi padre nos separó. En realidad, debo confesarlo, pocos recuerdos conservo de su físico y de su carácter, aunque su inconcreta figura aparezca con frecuencia en el cajón de mi memoria.

Pero lo que sí recuerdo con mucha nitidez es la plaza del Primo. Era y sigue siendo un gran recinto circular y ajardinado, en el que confluían seis calles, una de ellas la mía, la de Calvo Sotelo (hoy del 10 de mayo). Para acceder al pequeño parque central había que sortear el tráfico que lo circunvalaba, entonces muy escaso. Una vez dentro, Elena nos soltaba como los mayorales sueltan a las reses, dicho sea el símil sin ánimo de ofender ni a los animales ni a las personas. Y allí pasábamos horas y horas, nuestra cuidadora “chafardeando” (localismo aragonés de origen catalán) con sus amigas y nosotros retozando con los nuestros, dicho sea en uno y sólo uno de los significados que la Academia otorga a este verbo.

De la plaza del Primo salía la calle de Franco (ahora avenida de Mohamed V), una larga arteria jalonada por grandes comercios de todo tipo que se adentraba en territorio para mí ignoto, en el que sólo entrábamos cogidos de la mano de mis padres. Elena debía de tener marcada una circunscripción, cuya frontera coincidía con la plaza de nuestros juegos, y de allí nunca se salía, seguramente porque hacerlo requiriera una protección de mayor rango

En la plaza del Primo estaba la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, a la que todos los domingos acudíamos puntualmente a la misa de las doce, también con mi padre y con mi madre, vestidos de punta en blanco como marcaban los cánones. Creo recordar que este templo –que todavía existe y continúa abierto al culto- era conocido como la Misión Católica, un nombre con reminiscencias colonialistas, lo que a nadie puede sorprender.

Otra de las responsabilidades de nuestra cuidadora era llevarme al colegio, uno más de los lugares que recuerdo con bastante nitidez, o al menos eso creo. Era el colegio de Nuestra Señora del Pilar, regentado como en todas partes por los Hermanos Marianistas. No consigo traer a la memoria ni las aulas ni los profesores, pero sí el enorme recinto del recreo, rodeado por una parte por los edificios que constituían el centro escolar y por otra por unas tapias que me parecían insalvables y que impedían que pudiéramos cotillear lo que hubiera al otro lado.

Estos recuerdos infantiles no son los únicos que conserva mi memoria, ni mucho menos. Pero la brevedad que impone el folio y pico que me he marcado me impide hoy continuar con ellos. Aunque, quién sabe, quizá otro día lo haga.

6 de septiembre de 2019

Las otras ausencias

Hablaba yo el otro día en este blog de la tristeza que me causa observar las ausencias que se van produciendo a mi alrededor año tras año ("Fiestas de pueblo", 16/08/19). En aquella ocasión me refería a las ausencias físicas, aquellas que proceden de la muerte o de la enfermedad o de la debilidad mental. Hoy, sin embargo, quisiera referirme a otro tipo de ausencias, las que descubro en personas que con el transcurrir de los años han variado tanto su comportamiento, su manera de pensar y su actitud ante la vida, que apenas las reconozco. Están ahí, es cierto, pero tengo la sensación de que  no estuvieran. Supongo que el cambio en ellos se habrá ido produciendo paulatinamente, pero sucede que como son transformaciones que sólo se perciben si se analizan con cierto detenimiento o si se aguza el ingenio, en algunos casos he tardado mucho tiempo en ser consciente.

Las ausencias a las que me refería hace unos días lo son por aptitud. No están porque no pueden estar. Las que traigo hoy aquí lo son por actitud. No están porque no quieren estar como estaban antes. La vida ha cambiado sus percepciones, sus gustos y sus anhelos de tal manera que en realidad están ausentes. Y aunque en ocasiones se sienten junto a mí –de mayor o menor gana, eso no importa-, contribuyen a  aumentar mi añoranza de unos tiempos que ya nunca volverán.

El discurrir de la vida no admite marcha atrás. Y la vida de cada uno de nosotros está constituida, entre otras muchas cosas, por los que te rodean, por el conjunto de personas que interaccionan contigo. Si estos cambian su actitud, tu vida cambia. Si el hábitat se hace distinto y tú pretendes continuar viviendo como si nada hubiera sucedido, te sientes incómodo, frustrado y decepcionado.

En cualquier caso, es una pena que uno no pueda seguir manteniendo con los demás el mismo nivel de sintonía que siempre tuvo. Pero lo peor de todo es que no tiene solución. Porque, ¿les voy a exigir a los otros que sigan siempre tal y como eran? O acaso, ¿tendré yo que acomodar mi conducta, mis ilusiones y mis pretensiones a las de quienes me rodean? Lo primero sería una pretensión inútil; lo segundo constituiría un acto de generosidad absurda, un contrasentido. La vida es como es y la tomas o la tomas.

El resultado de todo esto es que como consecuencia de las ausencias- por aptitud  o por actitud- uno se encuentra cada día más solo, por mucho que intente mantener el contacto con los que le rodean. Se hacen esfuerzos para evitarlo, pero los resultados suelen ser escasos. Se intenta –o al menos yo lo intento- ignorar las ausencias, pero al final se hacen presentes por todas partes. 

¿Será este fenómeno lo que algunos llaman la soledad del viejo? ¡Y yo que sé!

1 de septiembre de 2019

Conservacionismo sí, paranoia conservadora no

El otro día tuve la oportunidad de recorrer a pie - y a pie de obra para ser más concreto- los trabajos de construcción de la nueva presa del pantano de Castellote, una ampliación que duplicará la capacidad del actual. Nuestro guía, un gran conocedor del pasado del embalse, de su explotación actual y del proyecto en marcha, además de ofrecernos una gran cantidad de datos técnicos, nos deleitó con anécdotas marginales, algunas de ellas relacionadas con las medidas de protección del medioambiente y del patrimonio cultural. Entre ellas, la iniciativa que se tomó al iniciarse los trabajos de desmontar piedra a piedra un puente del siglo XVI –esa fecha dan  los expertos- con intención de instalarlo en algún otro lugar como recuerdo de la historia de aquellos parajes. La presión popular ha logrado que autoridades y contratistas tomaran una decisión que obligaría a un desembolso adicional, posiblemente no previsto en los presupuestos iniciales.

Nunca me ha parecido mal que determinadas organizaciones de carácter nacional o internacional dediquen sus esfuerzos a proteger el entorno ambiental o el legado histórico. Siempre he creído y sigo creyendo que actúan por un lado como necesario contrapeso de la desmedida y salvaje especulación económica y por otro para contrarrestar la ignorancia y el vandalismo, dos fenómenos de orígenes muy distintos pero que con frecuencia confluyen y se realimentan.

Lo que sucede es que, como suele ocurrir en tantos aspectos de la vida, con frecuencia los defensores de la conservación se extralimitan en sus objetivos, porque no tienen en cuenta que el progreso -en el sentido de mejora del bienestar del ser humano- exige cambios.  No se puede hacer una tortilla sin romper antes un huevo. Y si la calidad de vida de los habitantes de las dos orillas del río Guadalope exige que el nuevo nivel del agua inunde algunas recónditas buitreras y determinados paisajes de belleza incomparable, nadie debería oponerse a una obra de esta naturaleza. Una cosa es presionar para que los daños colaterales sean los menos posibles y otra muy distinta obstaculizar el progreso.

Este es un asunto que desde mi particular punto de vista no debería plantear ningún dilema. Las obras para que la sociedad progrese deben ser acometidas, lo que no significa que deba ignorarse la herencia medioambiental e histórica. En cualquier caso, y me congratula constatarlo, mucho se ha avanzado en este aspecto durante los últimos decenios. No hay más que viajar por la extensa red de autopistas de nuestro país para observar cómo se ha cuidado el entorno, con medianas ajardinadas, bosquecillos en las confluencias y repoblación vegetal en los terraplenes que habían quedado descarnados. Las largas cintas de oscuro asfalto son imprescindibles para el bienestar de los ciudadanos, y por tanto ha sido necesario romper el huevo; pero las medidas de protección han logrado que la tortilla sea jugosa.

Protejamos el ambiente y el patrimonio, pero no nos convirtamos en talibanes del conservacionismo. Apoyemos las iniciativas para proteger el paisaje, pero no boicoteemos el progreso. Defendamos la naturaleza, pero no olvidemos que el ser humano está en su perfecto derecho a exigir calidad de vida. Si se hacen bien las cosas, todo esto, en mayor o menor medida, es compatible.

23 de agosto de 2019

Viajar es viajar y punto

Oigo con cierta frecuencia aquello de que para qué viajar al extranjero existiendo tantos lugares en España para visitar, tan interesantes o más que los que uno pueda descubrir en tierras extrañas. Lo oigo con tanta insistencia que en más de una ocasión me he puesto a meditar sobre las causas que puedan originar tan categórica recomendación, que en principio me suena, lo diré con claridad meridiana, chovinista, por un lado, y corto de miras, por otro.

¿Qué tiene que ver el culo con las témporas?, dicen los que rehúyen las comparaciones odiosas, que además con frecuencia son estúpidas (las comparaciones). Porque en este caso estamos hablando de cosas idénticas en lo fundamental, aunque distintas en algunos aspectos. Se puede viajar por España, y conocer lugares maravillosos, o por el extranjero, donde, además de visitar parajes también interesantes, se descubren culturas y comportamientos diferentes a los que nos rodean habitualmente. Que las playas de mi querido Cádiz sean prodigiosas no invalida que me impresionen los acantilados de Moher. Ni creo que tenga que renunciar a visitar la catedral de Brujas porque en España contemos con extraordinarias muestras del gótico medieval. Cada cosa en su sitio y haya paz.

Viajar es un concepto que no admite fronteras. Un viaje, por insignificante que sea, es una aventura, grande o pequeña, pero al fin y al cabo una interrupción de lo cotidiano. E interrumpir lo cotidiano y encontrar cosas diferentes a lo de cada día es algo que se puede hacer a la vuelta de la esquina o en el recóndito Yukón, recorriendo las hoces del Guadalope o contemplando las cataratas de Iguazú, paseando por Cáceres o recorriendo Manhattan. Lo importante no es si el lugar pertenece o no a tu país sino lo que allí descubras, se hable español, farsi, mandarín o sánscrito.

Otra cosa son las preferencias de cada uno. Tengo amigos que cuando viajan prefieren dormir en albergues de dudosa higiene a pernoctar en un Sheraton de cinco estrellas; otros que si el viaje exige subirse a un avión eligen quedarse en casa; algunos –no demasiados- necesitan la aventura, aunque ésta comporte incomodidades, desasosiegos o diarreas; y no falta quien me ha espetado que para qué moverse de aquí para allá cuando desde la mullida butaca de tu cuarto de estar puedes recorrer el mundo a través de la pantalla del ordenador. De todo, como en botica.

Después -¡cómo no!- está la edad, a la que nunca se debe dar la espalda, a no ser que uno sea un insensato. No es lo mismo viajar con mochila en el transiberiano con 20 años de edad que trasladarse a las selvas amazónicas con 70 cumplidos. Los riesgos del primero son tan pequeños que merece la pena correrlos. A los segundos, aunque les desee lo mejor, no les arriendo la ganancia, porque las indómitas tensiones arteriales, las amenazas bacterianas y las comidas grasas y ricas en especias están siempre al acecho.

Pero en cualquier caso, qué más da si el viaje es por España o por el extranjero. Eso, a los efectos que nos atañe, es completamente indiferente. Porque viajar es viajar y punto.

16 de agosto de 2019

Fiestas de pueblo

A mí las fiestas locales nunca me han entusiasmado. Ni las de los pueblos, ni las de las ciudades, ni las de las comarcas, ni las de las regiones. Suelen estar todas cortadas por un mismo patrón, con independencia del lugar del que se trate. En las de España no pueden faltar los toros en sus diversas y variopintas variedades, los encierros, los fuegos artificiales, las charangas callejeras y el vocerío noctámbulo.  Mucho ruido, demasiados gritos y bastante incomodidad. Además, como suelen ser  patronales –no importa de qué virgen o de qué santo-, campanas al viento hasta ensordecer, procesiones con el alcalde al frente vestido de lagarterano, con sombrero cordobés o con cachirulo de diseño floreado, ofrendas de flores hasta donde llegan las escaleras plegables y bailes regionales al finalizar la misa mayor. Pero, a pesar de los inconvenientes, a pesar de los pesares hace muchos años que acudo puntualmente a las de Castellote, “mi pueblo”.

Son días de encuentro con gentes a las que durante el año ves poco o ni las ves; son jornadas para revivir recuerdos, para dejarse llevar un poco por la nostalgia, para meditar sobre el rápido transcurrir de la vida. En definitiva se trata de una corta interrupción de lo cotidiano.  Y aunque no sea más que porque se necesita cambiar de vez en vez de ambiente, de compañía y de lugar, las fiestas de Castellote son para mí imprescindibles. Lo que no significa que me guste convivir durante estos días con la monotonía de las charangas y aguantar estoicamente los estallidos de los petardos y de las tracas.

Pero hay un aspecto de las fiestas de los pueblos que me había pasado desapercibido hasta ahora, el de las ausencias. No me refiero sólo a los que ya han desaparecido de entre nosotros, sino también a los que, aunque todavía vivos, ya no pueden -o no quieren-  acudir a la convocatoria anual. Y lo he notado este año y no antes quizá porque hasta ahora no me había puesto a pasar lista. Esta vez lo he hecho y han sido muy pocos los que han contestado ¡presente! A estas alturas de mi vida no debería sorprenderme tanto silencio, tanta deserción, tanta inasistencia. Pero tengo el gran defecto de creer que las cosas continúan como siempre.

El paso del tiempo no perdona. Hace sólo unos años nos reuníamos durante estos días en cenas y en comidas largas y divertidas hasta treinta personas de nuestro círculo de amigos y familiares, repartidas en dos generaciones. Que ya no quede ninguna de la primera no tiene nada de particular. Pero que de la segunda, la mía, no hayamos acudido a la cita ni la mitad de la mitad de los habituales es bastante sorprendente, o al menos a mí se me hace extraño. Pero sobre todo me produce tristeza, un efecto absolutamente contrario al que debería esperarse en las fiestas de un pueblo.

No quería ponerme melancólico, pero hay instantes en los que uno tropieza con su propia realidad y éste ha sido uno de ellos. Ha sido un momento en el que, libre por completo de las ataduras de lo cotidiano, he podido constatar que todo en la vida, absolutamente todo, tiene fecha de caducidad

6 de agosto de 2019

En esas tardes de verano

En esas tarde de verano, de vinos largos y frases deshilvanadas, de risas fáciles y gestos amables, cuando los amigos que sólo se ven de vez en vez se reúnen con el único propósito de pasar un rato juntos y mantener encendida la llama del afecto, surgen en ocasiones temas interesantes, aunque sólo sea por lo que supone conocer las opiniones de personas con las que hay pocas ocasiones de intercambiar ideas. La situación de descanso, de tregua vacacional, propicia que cualquier cosa que se diga resulte fascinante. Son conversaciones que para mí tiene un gran atractivo, porque carecen de propósitos concretos, de intentos de persuasión y de afanes doctrinarios. Se dicen cosas, y que cada uno retenga lo que quiera o lo que pueda, porque las gambas frescas y el buen vino dejan poco espacio para asimilar ideas.

Con algunos de estos amigos he debatido estos días sobre lo material -y también sobre lo metafísico-, en largas peroratas sin solución de continuidad, de salto en salto y sin más pretensiones que, como decía antes, hablar y hablar. Pero en ellas siempre se descubre algo nuevo. Por ejemplo, aunque parezca mentira a estas alturas del siglo XXI, que Vox dispone de una amplia grey sobre la que lanzar sus redes. Los votante de la derecha ultraconservadora llevaban años bastante deprimidos, quizá porque se hubieran quedado huérfanos de caudillaje hace ya algún tiempo. En el fondo de su alma política seguía latiendo el desacuerdo con la democracia, una camisa que les queda demasiado ancha para sus gustos. Demócratas por aquí y por allá –pensaban-, de derechas o de izquierdas pero demócratas al fin y al cabo; demasiados derechos humanos enarbolados sin venir a cuento; machaconas lecciones de tolerancia muy difíciles de digerir. Y mientras tanto –continuaban meditando- los "moros" saltando las vallas de Ceuta y Melilla, los LGTBI luciendo transgresión ramplona y las feministas dando el coñazo con eso de la igualdad de derechos. Pero ahora, cuando creían que todo estaba perdido, han descubierto que ya hay quien los entiende, ya conocen a quien puede redimirlos de tanta desazón y de tanto caos, ya se acabó el desamparo en el que habían caído.

A través de estas conversaciones -insisto que desenfadadas- he descubierto que se trata de personas que ni siquiera se habían parado a pensar en por qué se sentían incómodas. Disponían de una opción conservadora –la del Partido Popular- que en mayor o menor medida colmaba sus inquietudes, aunque nunca lo hiciera por completo. Pero cuando miraban aún más a la derecha no encontraban nada. Sin embargo, de repente aparecieron unos señores muy serios, con voz engolada y de gran prestancia, bajo las siglas de Vox y enarbolando banderas a los cuatro vientos, que les han devuelto la esperanza perdida. Es la ultraderecha que nunca perdió garra del todo, aunque sus inquietudes estuvieran un tanto aletargadas. Son los que añoran unos tiempos pasados que para ellos no fueron tan malos como dicen. O sus hijos o sus nietos, porque hay sensaciones que se trasmiten de generación en generación, quizá porque se graben a fuego en los genes.

Pero como el verano no se ha acabado, estas conversaciones intrascendentes continuarán. De manera que quizá otro día hable de alguna otra, en las que siempre se descubre algo nuevo. O no tan nuevo.

31 de julio de 2019

María Cristina me quiere gobernar

El otro día -¡en qué estaría yo pensando!- me vino a la memoria aquel son cubano que se hizo tan popular a mediados del siglo pasado y cuyo título he elegido hoy para encabezar este artículo. El estribillo, si no recuerdo mal, era: “María Cristina me quiere gobernar/y yo le sigo le sigo la corriente/porque no quiero que diga la gente/que María Cristina me quiere gobernar”. Después continuaba con una simpática letanía: “Levántate Manuel/Y me levanto/Que vamos “pa” la playa/Allá voy/Que tírate a la arena/Y me tiro/Que quítate la ropa/Y me la quito/Que súbete en el puente/Y me subo/Que tírate en el agua/¿En el agua?/No, no, no, María Cristina/Que no, que no, que no/Ay, por qué?”

En política, para llegar al poder se pueden aceptar muchas cosas, pero nunca dejarse gobernar. Y mucho menos tirarse a las aguas siempre inciertas de la inestabilidad, porque uno podría ahogarse en ellas. No sólo nadie le echaría un salvavidas, sino que serían muchos los que contribuirían a que se hundiera aún más. Por eso, Pedro Sánchez ha tenido que decirle al señor Iglesias aquello de hasta aquí hemos llegado. Son lentejas. Sostener ahora, para justificar la inexplicable abstención de Podemos, que los negociadores socialistas se cerraron en banda a sus propuestas de colaboración es, cuando menos, faltar a la verdad. Y cuando más un relato falso.

Podemos, una vez más, ha frustrado -al menos de momento- las expectativas de los progresistas de nuestro país, que veían con esperanza una legislatura con posibilidad de avanzar en el terreno de los derechos humanos y que contemplaban cuatro años por delante que permitieran la recuperación de lo perdido durante los seis últimos años para después seguir avanzando. Pero la obcecación, el rencor de una izquierda radical que nunca perderá de vista el “sorpasso” a los socialistas, ha podido más que la lógica política. El afán de protagonismo de unos líderes que observan con preocupación que cada vez son menos los que confían en la utilidad de su izquierdismo radical les ha llevado a paralizar por unos meses el proyecto de la izquierda moderada. En definitiva, y sin tapujos, a defraudar a las clases menos favorecidas, que según dicen son su única preocupación. ¡Qué desatino! ¡Qué contrasentido!

He oído decir que el PSOE ha traicionado a los que consiguieron que Pedro Sánchez ganara las elecciones. Según esta teoría, el partido socialista habría obtenido los resultados que obtuvo gracias al voto de censura, olvidando por completo que si éste prosperó fue gracias a que, salvo PP y Ciudadanos, la representación soberana del pueblo español decidió acabar con la insoportable corrupción de los que entonces gobernaban, puesta de manifiesto mediante sentencia judicial. Por eso, decir ahora que el PSOE debería haber “compensado” el apoyo recibido no tiene ningún sentido político. Forma parte de unos argumentos que intentan justificar lo injustificable. La política no es un intercambio de cromos. La política es realismo, no olvidar nunca el contexto que nos rodea ni perder de vista la globalidad en la que se está inmerso.

No sé si habrá o no repetición de elecciones. Pero si tiene que haberla que la haya. Es muy posible que para entonces el confuso panorama se haya clarificado y los colegios electorales nos pillan a todos muy cerca de casa .

27 de julio de 2019

¿Ha oído, señoría? Es la ultraderecha

Algunos de los más preclaros dirigentes de Ciudadanos empiezan a abandonar el barco. Si uno observa la stuación con detenimiento, son aquellos cuyas altas en este partido llamaron la atención desde el primer momento, porque  sus discursos políticos desentonaban en la coreografía naranja. Supongo que, como les ha sucedido a tantos españoles bienintencionados, al principio creyeron en la autenticidad de las intenciones regeneradoras que lanzaba su fundador y confiaron en la idea de conformar un partido de centro que pudiera acoger a la derecha moderada de nuestro país, muy desorientada a causa de la deriva corrupta del Partido Popular. Y supongo también que, aunque llevaran algún tiempo recelando del cambio de rumbo del partido al que se habían sumado, les ha costado aceptar que aquel proyecto se desviaba día a día sigificativamente de las intenciones iniciales.

En el fondo de todas estas deserciones está la obstinación casi infantil de Albert Rivera en no permitir la investidura de Pedro Sánchez, ni siquiera mediante la abstención en la segunda vuelta. Por un lado Ciudadanos acusa al candidato de pactar con los separatistas y con los populistas y hasta con los terroristas, y por otra le obstaculiza el paso para que pueda gobernar libre de ataduras. Una actitud tan falta de sentido por parte de su presidente que, como le oí decir a Felipe González en una ocasión, habría que recomendarle que se retirara un rato al rincón de pensar. Estas terquedades de adolescente consentido y caprichoso no ayudan en nada a la credibilidad de quien las ejerce.

Pero no es sólo eso. Están también los pactos con la extrema derecha, cada vez más descarados. Desde la bochornosa foto de Colón, el señor Rivera ha intentado manipular la realidad con falsedades absolutas o ridículas medio verdades. Su afán por superar en votos al PP les está haciendo perder el norte político, hasta el punto de no ser conscientes de que hasta ahora sus votantes procedían de la moderación, electores que en buena proporción nunca verán con buenos ojos a los que se escandalizan por la sentencia de "la manada"o insultan con epítotos de cuatro letras a una ministra. A esos, en Europa, los partidos democráticos les niegan el pan y la sal. En Francia nadie hubiera aceptado que Macron se apoyara en Le Pen, ni en la república alemana que Angela Merkel gobernara con el apoyo de Alternativa para Alemania. Claro que tanto el presidente francés como la canciller alemana son acreditados demócratas.

Albert Rivera y ahora Inés Arrimadas, su inseparable sombra, se han quemado tanto en la condena del adversario político que les cuesta mucho recular. Se ven tan comprometidos con sus propias estrategias que no pueden salir de la vía muerta en la que se han metido. Yo supongo que los dirigentes del PP se estarán frotando las manos ante tanta adversidad sobrevenida a sus teóricos aliados, porque en realidad son sus rivales. De la misma manera que imagino que en Vox, partido al que cada día los pactos con la derecha les da más visibilidad, se contemplarán las cuitas de la formación naranja con cierto regocijo.

Ciudadanos, a mi entender, se ha equivocado de estrategia. Pudo haber echado el freno a su desvarío nada más conocerse los resultados de las elecciones generales y haber entendido que los españoles habían señalado un  ganador. Pero su fijación “sorpassiana” los ha puesto contra las cuerdas, la peor de las situaciones que se pueden dar en el boxeo.

Para el viaje que ha emprendido el señor Rivera no se necesitan esas alforjas, porque el país ya contaba con un partido de derecha conservadora que se llamaba PP ¿Qué necesidad había de sacarse otro de la manga?  Sólo, digámoslo con claridad, el afán de protagonismo mesiánico, dicho sea en sentido figurado.

23 de julio de 2019

El dinero no vale nada

En la empresa donde trabajé a lo largo de tantos años -multinacional americana donde las haya- nos referíamos con frecuencia al concepto precio-rendimieno mediante el anglicismo price-performance, un índice económico que expresaba -y sigue expresando- la mayor o menor adecuación del precio de cualquier producto a sus prestaciones. Si un bien o un servicio dispone de un buen price-performance significa que su precio está perfectamente justificado por la calidad de sus prestaciones, lo que no quiere decir en absoluto que el producto en cuestión cueste poco dinero.

Empiezo con esta divagación “anglotecnicista” para entrar en una materia que me llama la atención, lo poco que algunas personas tienen en cuenta el concepto price-performance a la hora de administrar sus gastos personales. Observo que son muchos los que valoran el precio sin tener en cuenta el rendimiento, como si el dinero fuera la medida universal de la calidad de vida o como si las prestaciones les trajeran al pairo. Para estas personas la mayor o menor bondad de la calidad de lo que compran o disfrutan no existe; o existe pero no la tienen en cuenta. Según su criterio, lo importante es gastar cuanto menos mejor. Si el precio es bajo, qué más da lo que te dan a cambio.

Otros consumidores, sin embargo, buscan la calidad primero y analizan después el precio. Si éste está justificado -y por supuesto si su capacidad adquisitiva lo permite-, adelante con la compra. Son formas distintas de ver las cosas, tan respetable la de los que sólo miran el precio como la de los que no pierden de vista en ningún momento el price-performance de lo que adquieren. Doy por hecho que en los dos casos se mueven dentro de sus limitaciones presupuestarias, tanto en el de los “absolutistas del dinero” como en de los “relativistas de la calidad”. Salirse del presupuesto disponible es otra historia que nada tiene que ver con mi reflexión de hoy y que merecería un análisis muy distinto.

Como yo soy en cierto modo de los segundos, me pregunto por qué algunos, cuando nos metemos en gastos, relativizamos el valor del dinero. En mi caso no siempre ha sido así. En otras etapas de mi vida, cuando todavía me quedaba mucho tiempo de vida por delante -al menos en teoría- un prudente instinto de guardar para el mañana me recomendaba contar las monedas más que doña Carmen las perlas y las vueltas de los collares que le regalaban. Ignoraba el price-performance, porque lo importante era ahorrar. Si lo ahorrado seguía aumentando, que más daba que el hotel no dispusiera de buenas vistas o las camisas fueran incluseras. Qué importacia tenía la marca del vino que bebía o si eran gulas del norte o angulas de Aguinaga.

Pero el tiempo, el inexorable cronos, modifica los comportamientos. Por lo menos eso es lo que a mí me ha sucedido con el price-performance, que de ser un aburrido índice que tenía que utilizar con frecuencia para valorar las ofertas económicas se ha convertido en una especie de guía que me indica, con no poca precisión, si estoy gastando bien mi dinero. Y es lógico que ahora sea así, porque para qué guardar  si además lo que guardara no sería demasiado.

Que nadie vaya a pensar, sin embargo, que a los que así pensamos nos gusta derrochar, porque se equivocaría. Lo que buscamos es vivir con calidad de vida, sacarle al dinero el máximo rendimiento posible, no pasar tramojo, -como dice un buen amigo mío- y disfrutar de la vida sin demasiadas restricciones. Pero eso sí, dentro siempre de nuestras limitaciones presupuestarias.

18 de julio de 2019

Todo es según el color del cristal con que se mira

Aunque hoy no tocaba, porque entre otras cosas tenía un borrador en su punto óptimo de cocción -al que quería dar suelta enseguida por aquello de que a veces si uno no está atento el tiempo le tritura los temas-, al oír las últimas noticias sobre la marcha de las negociaciones entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias he dejado a un lado mi intención inicial, he abierto el ordenador y me he puesto a escribir sobre la opinión que me merece un asunto que hubiera preferido soslayar, al menos de momento. Ya he explicado aquí en alguna ocasión que a mí el blog me sirve de oportuna válvula de escape para que no me explote la caldera de las reflexiones. O la de las irreflexiones, porque a veces no tengo claro si reflexiono o “irreflexiono”.

El secretario general del partido socialista lo puede decir más alto pero no más claro. No quiere que nadie le imponga ministros. Y una idea tan sencilla como esa no parece que se capte en la otra orilla de las negociaciones entre PSOE y Unidas Podemos; o se capta en toda su realidad pero no se acusa recibo.  La matraca continúa, por cierto con gran regocijo de las derechas, que se frotan las manos pensando en el más que posible fiasco de la investidura de Pedro Sánchez, un político al que han convertido en el mantra que mitiga todos sus desasosiegos.

Supongo que en un asunto como éste habrá más opiniones que colores tiene el arco iris, porque, como dijo Ramón de Campoamor, “y es que en el mundo traidor, nada hay verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”.  Yo tengo la mía y la voy a dar, aunque no sea la primera vez que la exponga en estas páginas. Son mis argumentos, es el color de mi cristal y por tanto como yo lo veo.

Quien va a formar gobierno es el representante de una izquierda moderada, cuyo pensamiento coincide en muchos temas de caracter social con el de la izquierda radical que encarna Pablo Iglesias, pero que discrepa en muchos otros, fundamentalmente en aquellos que se denominan de Estado. Digo discrepa, pero debería ser más contundente: mantiene posiciones completamente divergentes e irreconciliables. Y el gobierno que surja de estas elecciones deberá enfrentarse a conflictos de esta índole, entre ellos el de Cataluña, sobre el que Pablo Iglesias continúa hablando de presos políticos y de referendos de autodeterminación. Si en asuntos tan trascendentales como son éstos no se está de acuerdo, difícilmente se puede coincidir en el Consejo de Ministros.

A veces tengo la sensación de que el líder de Podemos no ha querido oír desde el primer momento las ofertas de colaboración que le han hecho desde el PSOE, quizá porque los resultados de las pasadas elecciones lo dejaron tan tocado políticamente que necesite el bálsamo de la visibilidad, y para ello qué mejor que considerarse a sí mismo ministrable. Podría llegar a entenderlo desde un plano personal, pero nunca desde el político. Se está equivocando una vez más, lo que sucede es que en esta ocasión es posible que suponga para él un auténtico suicidio. Y de paso para su partido.

Pase lo que pase –y me temo lo peor- la pertinaz insistencia en formar parte del gobierno, los oídos sordos a las ofertas de colaboración y el estilo de rabieta que está utilizando le van a pasar factura. Lamento decirlo, pero tengo la sensación de que Pablo Iglesias se ha estancado en su obcecación y puede que termine sirviendo en bandeja el futuro inmediato de España al tripartito de derechas. Los suyos ya han apuntado maneras en La Rioja.

Ojalá me equivoque.

12 de julio de 2019

La Historia también miente

Durante algún tiempo creí a cierra ojos aquello de que hubo un pasado –la Edad Media en concreto- a través del cual las tres principales religiones monoteístas –cristiana, judía y musulmana- convivían sin fricciones, en perfecta e idílica armonía. La Historia ha presentado la tolerancia entre las creencias durante aquella época como un ejemplo de comportamiento cívico a imitar y los analistas sociales modernos se apoyan en esa supuesta realidad pretérita para contrastarla con la creciente tensión que hoy se observa entre los diferentes credos religiosos. Pero la realidad fué muy distinta de la que retrata el bondadoso cuadro de convivencia entre las tres culturas religiosas. La intolerancia, la animadversión e incluso la hostilidad abierta en forma de guerras despiadadas siempre han estado presentes entre los creyentes de las principales religiones y mucho más entre sus jerarquías eclesiásticas. Que en ocasiones se hayan visto obligadas a cohabitar el mismo territorio no quiere decir que hubiera buen entendimiento. Por eso precisamente se inventaron los guetos.

La pregunta que uno debería hacerse es por qué las cosas han sido y siguen siendo así. Sé que alrededor de un asunto tan complejo como es éste existen infinidad de concienzudos estudios y pormenorizados análisis, de manera que osar yo ahora a expresar mi opinión puede resultar, no sólo temerario, también presuntuoso. Pero como tengo mi propio criterio me liaré a la cabeza la manta del atrevimiento o, si se prefiere, me pondré en los ojos la venda de la audacia y trataré de explicarme. En cualquier caso -quede claro- me voy a limitar a entrar en el terreno humano, porque hacerlo en el divino sería miel de otro panal.

Las religiones toman forma de colectivos humanos sometidos a una ferrea disciplina, tanto en lo material como en lo espiritual. Además, quienes administran esa obediencia viven por cuenta del mayor o menor número de seguidores de los preceptos en los que se base la creencia en concreto. La convivencia entre creyentes de distintos credos fomenta el transfuguismo en uno u otro sentido –las llamadas conversiones-, de manera que nada tiene de particular que para no perder “fieles” la jerarquía anatemice a los “infieles”. Anatemice, en el mejor de los casos, o elimine en tantos otros que son bien conocidos.

Por otro lado las religiones se basan en la Verdad –con mayúscula-, aunque existan tantas verdades como religiones. Y cuando se está en posesión de la verdad es difícil no mirar con recelo y desconfianza al equivocado, a la oveja descarriada. Si no acepta que lo que yo creo es indiscutible, siendo como es la única e inexorable verdad, no puedo fiarme. Mejor será que me aparte de él o, mucho más práctico, que lo aparte a él de mí.

Ni a la jerarquía ni a la feligresía de ninguna de las religiones les gusta la convivencia con las otras. Prefieren el aséptico aislamiento, las barreras infranqueables o, como ahora gusta decir, los cordones sanitarios, un estado de cosas protector de la propia identidad que, tal y como nos enseña la experiencia, con facilidad se desliza hacia el enfrentamiento y la hostilidad, hacia la guerra sin cuartel o hacia el terrorismo.

Si añadiéramos a todo lo anterior la intervención de los poderes públicos, siempre en interesada connivencia con la religión dominante, la explicación de la permanente animadversión entre creencias religiosas estaría servida. En muchas ocasiones ni siquiera es precisa la intervención de creyentes y jerarquías, porque son los poderes públicos los que se encargan de lo que pudiéramos denominar el juego sucio. Es mucho menos comprometedor para las iglesias que sean los gobernantes los que pongan orden, los que aislen a los enemigos de los amigos. 

Por eso digo que la Historia también miente, por mucho respeto que yo le tenga, que se lo tengo.

8 de julio de 2019

Ambiciones desmedidas

La Academia de la Lengua define la palabra ambición como el deseo ardiente de conseguir poder, riqueza, dignidades o fama. Si lo dejáramos así, en la escueta definición académica, es muy posible que alguno considerara que ser ambicioso no es tan malo. Podría incluso llegar a contemplar la ambición como una virtud, porque las personas que carecen de ella pueden llegar a convertirse en seres acomodaticios, en pasotas como ahora gusta decir, sin ganas de hacer nada útil en la vida. Por eso las palabras, para que se entienda bien el significado que se les quiere dar en cada momento, necesitan ser adjetivadas. De lo que pretendo hablar en estas líneas es de la ambición desmedida.

A muchos de los líderes de hoy se les llena la boca con expresiones grandilocuentes, entre las que no puede faltar la palabra patria. En vez de políticos semejan predicadores de una doctrina sacrosanta en la que los conceptos etéreos y difusos constituyeran su núcleo fundamental. No son capaces de descender a lo concreto, a lo cotidiano, a lo que realmente preocupa a los ciudadanos. Su ambición desmedida les nubla las entendederas y los convierte en loros repetidores de eslóganes fáciles y manidos, de frases que a ellos les parecen de gran calado ideológico, cuando en realidad no son más que subterfugios para disimular la ignorancia aguda que padecen. Han llegado a la cumbre de sus partidos gracias a la elocuencia, a la facilidad de palabra, y para qué descender al terreno de lo concreto. Lo suyo es la oratoria, cuanto más sonora y redonda mejor, pero apoyada, eso sí, en temas que no susciten rechazo. Lo concreto, lo del día a día ya es otra cosa, porque en ese terreno se puede patinar con suma facilidad.

Los ambiciosos desmedidos además buscan atajos. No se conforman con el ritmo normal de las cosas, con la consolidación progresiva de las posiciones alcanzadas. Se ven impelidos a la vehemencia, se vuelven ansiosos,  no se andan con demasiados miramientos, no sea que otros les  pisen el terreno y los arrojen a la cuneta. En definitiva, se convierten en parlanchines, en marionetas movidas por los hilos de sus propios anhelos. Se ven reyes en el tablero del ajerez, cuando no son más que peones.

Por si fuera poco, los ambiciosos desmedidos miran de frente con fijeza, pero no pierden detalle de sus flancos, porque sabido es que por ahí es por donde llegan las emboscadas más peligrosas. No se fían ni de su sombra. Recelan de todo el que se mueva a su alrededor, no vaya a superarles en ambición. Si hace falta dan cozazos y patadas y lanzan exabruptos, a veces incluso fuera del tono que les enseñaron sus educadores. Pero es que practican aquello de insulta que algo queda.

Supongo que a estas alturas de esta deshilvanada reflexión alguno estará pensando que no tardaré en poner nombres. Pero no lo voy a hacer, porque hoy prefiero que sean mis amigos lectores los que los pongan. Por supuesto que los tengo en la cabeza y no son ni uno ni dos sino algunos más. Sin embargo, como estoy convencido de que los nombres de mis ambiciosos desmedidos no coincidirán con los de algunos de los que lean estas líneas, aquí me quedo hoy. De esa manera quizá induzca a meditar. Pero sobre todo evito problemas.

4 de julio de 2019

Por qué sigo escribiendo

El título que hoy he elegido no es una pregunta que me haga a mí mismo, sino la manera de introducir una reflexión que ya he traído aquí en alguna ocasión y en la que hoy, a la vista de algún amable comentario que me ha llegado “a micrófono cerrado”, voy a insistir. Escribo para expresar mis propias ideas sobre el mundo que me rodea, mi personal percepción acerca de las personas y de las cosas, pero no con la intención de convencer a nadie. Simplemente lo hago para expresar por escrito lo que expresaría de palabra si estuviera hablando con uno y cada uno de los que leen lo que escribo. Por eso, no pretendo aportar nada en el sentido de presentar datos que contribuyan a cambiar las ideas de los demás. Para eso hubiera elegido otro camino, me hubiera convertido en político de los de ahora, en predicador de púlpito de los de siempre o en mercachifle de feria de los de ayer hoy y mañana, profesiones para las que reúno condiciones sobradas, a la vista de lo que se estila.

Otra cosa es que se coincida o no con mis percepciones, porque afortunadamente no todos tenemos la misma apreciación sobre los temas opinables. Cada uno de nosotros ha desarrollado su propio mundo interior, tanto en ideas como en anhelos, de la misma manera que no hay dos personas que se deleiten con los mismos prejuicios. Ya lo dije en alguna ocasión, yo soy yo y mis manías.

No ignoro que la lectura sitúa al lector en inferioridad de condiciones frente al  escritor. Las ideas de este último, equivocadas o acertadas, quedan ahí, inamovibles sobre el papel o sobre la pantalla, mientras que el primero no puede expresar el desacuerdo, al menos de momento. Por eso, insisto, que nadie se dé por aludido cuando lea mis opiniones. Son sólo eso, el producto de una de las infinitas posiciones que se puedan adoptar sobre un tema determinado. Lo que sucede es que son la mías y yo he decidido explicárselas por escrito a mis amigos.

Acabo de enterarme de la muerte de Arturo Fernández, el desenfadado galán del cine español. Como consecuencia ha llegado hasta mí una de sus declaraciones, aquella de que mientras la chaqueta le sentara bien seguiría sobre los escenarios. Pues bien, yo, en otro orden de cosas, seguiré escribiendo en este blog mientras sea capaz de hilvanar ideas y mientras la pereza no me venza. Y continuaré haciéndolo sin pretensiones de aportar nada