2 de febrero de 2017

Inmaduro e irreflexivo. El mundo por montera

Lamento reincidir en el tema Trump, pero es que lo que parecía al principio una pesadilla, de esas que uno sabe que pronto se acabará porque no es más que un sueño, se está convirtiendo en inquietud, en  intranquilidad y en desasosiego para una gran parte de la humanidad. A la vista de sus primeras medidas como presidente del país más poderoso del planeta, el mundo entero, incluida Europa y por tanto España, está en alerta máxima.

El estilo de gobierno del presidente Trump es inmaduro e irreflexivo. Los epítetos los he extraído del editorial de un periódico, porque me ha parecido que reflejan a la perfección las características de las primeras andaduras presidenciales del flamante magnate, reconvertido en el más alto mandatario de su país. Inmaduro, porque da la sensación de que estuviera improvisando con la terquedad propia de un niño caprichoso, sin atenerse a ninguna elaboración programática ni a los cánones que rigen la política internacional. Irreflexivo, en cuanto a que parece que sus actuaciones fueran por delante de cualquier planteamiento intelectual previo. Primero actúo y luego ya veremos qué sucede, podría ser su lema.

Estamos acostumbrados a que los medios de comunicación nos muestren en imágenes las firmas de los tratados internacionales o de los acuerdos de cierta relevancia entre países o instituciones. Suelen ser actos protocolarios, en los que los firmantes, sentados uno al lado del otro, intercambian estilográficas, se suceden en la rúbrica de los documentos y, a continuación, estrechan sus manos mirando a las cámaras con expresión de aquí queda esto. Pero no suele ser normal tener la oportunidad de contemplar en las pantallas la estampación de la rúbrica de un mandatario en el documento de un decreto. Mejor dicho, no lo era, porque Trump está convertiendo estos rituales en auténticos espectáculos mediáticos, en los que aparece con gesto retador, expresión fruncida y pulgar en alto, rodeado por unos cuantos asesores circunspectos. Algo así como si quisiera transmitir al mundo que está dispuesto a ponerse la opinión pública internacional por montera y confirmar al mismo tiempo a sus seguidores que a él no le va a temblar el pulso. Un esperpento teatral, una representación grotesca que incitaría a la risa si no estuviéramos hablando del presidente de los Estados Unidos.

Si por políticamente correctos se entienden las ideas, el lenguaje y el comportamiento con los que se procura minimizar la posibilidad de ofender a grupos étnicos, culturales o religiosos, qué duda cabe que el señor Trump no debió de cursar esta asignatura. O puede ser que la cursara y decidiera hacer lo contrario de lo que recomendaban sus profesores, por eso de que él tiene su propia escala de valores y le importan muy poco las de los demás. La prohibición de entrar en los Estados Unidos a los ciudadanos procedentes de siete países de mayoría musulmana es un auténtico espantajo, una medida ineficaz desde el punto de vista de la lucha antiterrorista, que lesiona además los legítimos intereses de muchos ciudadanos y que predispone en contra, no sólo a los estados afectados, también a muchos otros, islámicos o no, que consideran la medida una auténtica aberración. Una decisión que traerá muchas más desventajas que ventajas a la nación americana y por tanto a muchas otras.

Lo del muro fronterizo con Méjico, de nada más y nada menos que 3.180 kilómetros de longitud, resulta ridículo por su inutilidad. El narcotráfico encontrará nuevas rutas -ya existen en la actualidad- y la inmigración sorteará los obstáculos que se le pongan por delante, de la misma forma que en Europa la procedente de África cruza el Mediterráneo jugándose la vida, porque al hambre no lo detienen ni muros ni mares. Pero mientras tanto, el presidente Trump estará cosechando la animadversión de una nación fronteriza poblada por más de 120 millones de habitantes, así como la de tantas otras que se sienten solidarias con Méjico.

Veremos a ver en qué acaba todo esto. Sólo los ciudadanos de los Estados Unidos, apoyándose en su constitución, en sus leyes y en su sacrosanta libertad de expresión, pueden detener la vorágine de desatinos que nos amenaza a todos. Démosle a la dinámica política su oportunidad y démosle también tiempo al tiempo.

28 de enero de 2017

Violencia machista. No es sólo la fuerza

La violencia machista en la pareja ha existido desde tiempos inmemoriales. No se trata de un fenómeno exclusivo de nuestros días, sino que, por el contrario, sus orígenes son tan antiguos como la humanidad. La fuerza bruta, sin lugar a dudas, está entre las causas de la lacra que nos atenaza, pero limitarnos a señalar este dato, sin profundizar en otros relacionados con el problema, sería renunciar a entender qué hay que hacer para erradicarla de la faz de la tierra. Sólo si se entienden las causas se encontrarán las medidas adecuadas para evitar la situación de desamparo y humillación en la que se encuentran tantas mujeres.

Si en la mentalidad masculina no se hubiera fomentado a lo largo del tiempo la creencia en la supremacía intelectual del hombre con respecto a la mujer, la superioridad muscular no sería determinante. Los maltratadores no actúan porque sean más fuertes, sino porque se creen con pleno derecho a utilizar la fuerza contra sus parejas. Consideran que las mujeres les deben sumisión, están convencidos de que su papel en la vida no puede nunca eclipsar el rol del varón. La violencia no es consecuencia directa de la fortaleza física, sino de mentalidades mal formadas, de la herencia educacional de muchos hombres.

La causa principal del problema, por tanto, es cultural. Santo Tomás de Aquino, el doctor angélico y santo patrón de las universidades y centros de estudio, dijo: La mujer necesita del varón no sólo para engendrar, como ocurre en los demás animales, sino incluso para gobernarse, porque el varón es más perfecto en razón y más fuerte en virtud. (Summa contra gentiles). Lo escribió, es cierto, en el siglo XIII, pero su filosofía y sus enseñanzas siguen siendo un referente en el mundo católico.

El Código Civil que rigió en España hasta 1975 decía: El marido debe proteger a la mujer y ésta obedecer al marido. Afortunadamente estas últimas leyes ya no están vigentes, pero lo estuvieron durante tanto tiempo que a nadie debe sorprender que dejaran su impronta machista, que incrustaran en la mente de muchos hombres el mensaje de que uno debe proteger y la otra obedecer, un falso equilibrio que siempre se rompe por la parte más débil, la de los derechos de la mujer.

Me he limitado a traer a este texto dos citas, una de origen religioso y otra de procedencia legislativa -no quiero extenderme en referencias, que podrían ser muchas y muy variadas-, para indicar que el machismo, la crencia en la supremacía del hombre sobre la mujer, es algo ancestral, grabado a lo largo de los siglos en el pensamiento de los varones, predicado por santos de la iglesia y promulgado por leyes civiles. La solución por tanto pasa por acabar drásticamente con esa herencia cultural y sustituirla por el mensaje de la equiparación absoluta de derechos entre hombres y mujeres, de la igualdad de sus capacidades intelectuales, en todos los ámbitos de la vida, sin excepción.

En mi opinión, las políticas de protección a la mujer y de aumento de las penas a los maltratadores son necesarias, pero no suficientes. Es preciso iniciar una inmensa reconversión cultural de las mentes masculinas (a veces también las de aquellas mujeres que aceptan la supremacía del hombre sobre ellas como algo natural), empezando en las escuelas y terminando en cualquiera de los ámbitos sociales.

Sólo si cambia la mentalidad de los hombres con respecto a los derehos de las mujeres, exclusivamente si se acepta sin reparos la igualdad intelectual entre los dos sexos, se conseguirá erradicar, de una vez por todas, la violencia machista.

22 de enero de 2017

Patán y populista

Debía de tener yo doce años, o quizá trece, cuando me anude por primera vez una corbata. Fue mi padre quien me enseñó cómo se hacía el nudo -todavía recuerdo su lección sobre el origen del nombre del denominado Windsor-, quien me explicó la forma de centrarlo con respecto a las solapas del cuello de la camisa y quien me advirtió de que el pico pequeño nunca debía de sobresalir del grande. Pero sobre todo me insistió en que éste en ningún caso debía llegar más abajo de la cintura. El cinturón del pantalón, recuerdo que repitió varias veces, marca la frontera entre la elegancia y la ordinariez. Sólo los payasos de circo, para hacer reír, y los patanes la llevan por debajo de ese límite.

Como este tipo de enseñanzas paternas no suelen olvidarse con facilidad –al menos a mí no se me olvidan-, desde entonces suelo fijarme en cómo la gente anuda sus corbatas. Es algo así como si mediante esta observación efectuara un primer reconocimiento de la personalidad de quien acabo de conocer, sin perjuicio de que después profundice en otros criterios más determinantes y menos frívolos. Qué le vamos a hacer: uno tiene sus métodos de evaluación.

Por eso, el otro día, cuando vi la imagen de un Trump en su toma de posesión, a quien la corbata le llegaba mucho más abajo de lo que mi padre hubiera considerado prudente, me costó mucho desviar la mirada de su atuendo y atender a otros aspectos más indicativos de su talante. Lo logré, no sin gran esfuerzo por mi parte, pero me quedé con la idea de que el nuevo presidente de los Estados Unidos es un auténtico patán. Después oí el discurso de toma de posesión y saqué, además, algunas otras conclusiones.

Si a alguien todavía le quedan dudas sobre en qué consiste ser populista, que analice con atención las palabras de Donald Trump tras el juramento. No hay un solo mensaje en su discurso que no deba figurar con derecho propio en la antología del populismo. Empezó diciendo que había llegado a la Casa Blanca para quitar el poder a los de siempre y devolvérselo al pueblo (me suena mucho haber oído algo parecido muy cerca), continuó con una declaración de principios nacionalista -¡America primero, América primero!-, para terminar asegurando que Dios, nada más y nada menos, estaba de su parte. Así cualquiera, como decía aquel.

Le oí decir a uno de esos periodistas a quienes gusta manejar comparaciones de todo tipo, que el nuevo presidente había usado una sintaxis propia de estudiantes de cuarto de primaria y un vocabulario menos extenso que el que utilizaría un alumno de segundo de ESO. Creo que con esta comparación le hacía un gran favor, porque en realidad su lenguaje fue bastante más primitivo. Ni utilizó conceptos políticos ni referencias intelectuales ni cifras económicas, sólo lugares comunes y expresiones huecas. Fue tan zafio que se limitó a dar una visión apocalíptica de la situación de su país, a resucitar aquel viejo concepto del eje del mal que puso de moda George Bush y a amenazar con poner a los demás países patas arriba.

Si no fuera porque en esto de la política internacional yo soy un tanto fatalista, puesto que considero que el mundo rueda sobre unos raíles casi inamovibles, pensaría que la situación está para echarse a temblar.  Confío –ya lo confesé en este blog hace unos meses- en que el equilibrio de poderes que defiende la constitución de los Estados Unidos evite el descarrilamiento al que el señor Trump parece que quiere conducirnos. Pero ya no estoy tan seguro como lo estaba entonces, porque de un ignorante se puede esperar lo peor.

Sobre todo de un ignorante patán y populista.

20 de enero de 2017

Elogio a la juventud y alerta ante la desigualdad

Siempre he considerado que las generalizaciones carecen de rigor intelectual, por no decir abiertamente que suelen caer en el terreno de la estupidez. Una de ellas, muy al uso, consiste en preguntarse dónde vamos a llegar con la juventud que nos ha tocado en suerte. A esta pregunta, que considero consecuencia de la burda simplificación de un tema tan complejo, me referiré a lo largo de la reflexión que sigue a continuación.

No existe una juventud uniforme en términos de educación o de comportamiento. Estoy rodeado de jóvenes –hijos de mis familiares, o de mis amigos, incluso los míos y ya algunos nietos-, que han recibido o están recibiendo una buena educación, tanto en los aspectos que pudiéramos denominar de comportamiento cívico –el que se mama en casa- como en aquellos que se derivan de la formación académica que hayan recibido. Se trata de una franja muy amplia de la población, me atrevería a decir que muy superior en cantidad a la correspondiente en mi generación. El número de estudiantes de enseñanza media ha crecido enormemente, así como el de los que logran acceder a la universidad. Negar la capacidad intelectual de este numeroso grupo de jóvenes sería negar la evidencia.

Lo que sucede es que la desigualdad de oportunidades se ha incrementado en los últimos años hasta límites alarmantes; y por eso, porque no todos los jóvenes tienen las mismas posibilidades para formarse, frente al numeroso grupo al que me refería antes aparece otro cuya formación cívica y cultural entra de lleno en el fracaso o al menos deja mucho que desear. Y como lo negativo siempre resalta más que lo positivo –quizá porque sea más llamativo-,  muchos al referirse a la juventud lo hacen señalando a estos últimos y no a los que, a mi modo de entender, constituyen la mayoría. Esa es la generalización a la que antes me refería, considerar a los intelectualmente malogrados como prototipo de la juventud actual en su totalidad.

La desigualdad de oportunidades está en el origen del fracaso escolar y del deficiente nivel cultural que exhibe una amplia franja de nuestra juventud. La escuela pública, a las que por razones obvias suelen acceder los hijos de las familias más humildes, ha empeorado sus prestaciones en los últimos años, como siempre por culpa de la dotación económica. Además, como la crisis ha fustigado con mayor fuerza a las familias más necesitadas, cada vez son menos los hijos de éstas que aceden a la universidad. Un fenómeno que se recrudece día a día y que si no se pone remedio nos llevará en poco tiempo a una sociedad cada vez más injusta y desequilibrada.

La verdadera justicia social consiste en ofrecer a todos las mismas oportunidades, lo que significa volcar esfuerzos en los más necesitados. Si continuamos por la senda de los recortes, cada vez será mayor la brecha entre la juventud educada –en el amplio sentido de la palabra- y la de los fracasados. Hace falta la intervención de un agente externo, concretamente la del Estado, para romper la inercia decadente que se observa, para evitar que tengamos que seguir contemplando dos juventudes divergentes, la formada por los que tienen acceso a una educación adecuada y la integrada por aquellos a los que la sociedad les ha negado su oportunidad.

Dos juventudes cada vez más separadas por la brecha de la educación.

15 de enero de 2017

Supersticiones, prejuicios y dogmatismos

Le oí decir en una ocasión a cierta persona, cuando discutíamos amigablemente acerca de la inmigración procedente del tercer mundo o sobre la homosexualidad o sobre el racismo -no recuerdo exactamente el tema pero por ahí iban las cosas-, que reconocía que en esos asuntos sus opiniones se basaban en prejuicios.  Tan rotunda afirmación me dejó sorprendido, ya que por lo general estas actitudes irracionales suelen pasarle desapercibidas a quien las padece. Están tan incorporadas al intelecto, que consideran que forman parte de sus razonamientos habituales, de sus juicios razonados.

Si nos atenemos a la etimología de la palabra, un prejuicio es un juicio previo al conocimiento de los hechos, una opinión que no se sustenta en realidades conocidas. Quien prejuzga no juzga, simplemente emite un veredicto sobre algo que desconoce. Ahora bien, si quien prejuzga es consciente de que lo está haciendo, transciende la categoría del prejuicio  para entrar de lleno en la del dogmatismo, es decir, en la de los que no reconocen el error y manipulan la realidad para poder mantener la creencia previa.

Compliquemos un poco más las cosas y hablemos, aunque sea muy de pasada, de la superstición, de la aceptación de creencias muertas e injustificables que resisten las evidencias en contra. El supersticioso sabe que pasar por debajo de una escalera no le va a causar ningún perjuicio (salvo que se le caiga encima), pero se niega a hacerlo por lo que pudiera suceder. Los lectores habituales de su horóscopo no ignoran que carece de total credibilidad, pero a pesar de todo lo consultan cuando pueden por aquello de vaya usted a saber si tendrá razón.

En un magnífico ensayo escrito por el filósofo español José Antonio Marina, La inteligencia fracasada,  he tropezado con una razonada reflexión sobre estas tres “fracasos de la inteligencia”, a la que quizá no habría prestado demasiada atención si no fuera porque el citado pensador considera que, cuando se dan todos juntos, en una misma persona, nos encontramos en la antesala del fanático. Digo en la antesala y no en la sala, porque en opinión de Marina harían falta dos condiciones añadidas para llegar a esta última categoría, la defensa de la verdad absoluta y la llamada a la acción, es decir, la salvaguardia radical de las ideas propias, sin autocrítica y sin dar cuartel a las de los rivales, y el uso de la violencia, en mayor o menor escala.

Pero quedémonos en la antesala y dejemos para otra ocasión la sala. Existen tantos supersticiosos, muchos de los cuales además confiesan sus prejuicios, que me preocupa que nos encontremos rodeados por un número elevado de potenciales fanáticos. Asusta pensar que de las fobias, pasando por las supersticiones, se pueda llegar al dogmatismo con tanta facilidad, simplemente reconociendo que uno sustenta sus opiniones en prejuicios. Porque los pasos siguientes, los que conducen al fanatismo, podrían estar a la vuelta de la esquina.

El mejor antídoto para evitar este peligroso deslizamiento sobre los fracasos de la inteligencia que cita Marina es, desde mi humilde punto de vista, el escepticismo, la revisión constante de las ideas preconcebidas, el cuestionamiento razonado de las bases sobre las que sustentamos nuestro ideario.

Sólo sin ataduras intelectuales se puede ser libre. Otra cosa es que algunos se sientan confortables en la negación de la evidencia, es decir, felices en la esclavitud intelectual. Sarna con gusto no pica.

11 de enero de 2017

Abyección e infamia galopantes

Estos días me he acordado con cierta frecuencia de aquel viejo chascarrillo que decía algo así como, su madre será una santa pero usted es un hijo de puta. Un mensaje, creo yo, que solicita que se establezcan responsabilidades claras y no se diluyan éstas en un  totum revolutum. Una cosa es la madre y otra el hijo de puta. Cuando reflexiono sobre el señor Trillo-Figueroa y el accidente del Yak-42, se me ocurre pensar que quizá el político conservador sea una persona honorable, ¿por qué no?, pero de lo que no cabe la menor duda es de que se ha comportado y sigue comportándose como un auténtico abyecto. Resulta inexplicable a estas alturas su obstinación en no pedir perdón a los familiares de las víctimas y en eludir la responsabilidad que le corresponde en los dramáticos hechos que acabaron con la vida de 62 militares españoles, el 26 de mayo de 2003.

Que el gobierno lo premiara nada más y nada menos que con la más alta representación diplomática de España en el Reino Unido, siempre resultó ante los ojos de los españoles un auténtico esperpento, un insulto a la dignidad colectiva. Pero tras conocerse el dictamen del Consejo de Estado, el insulto se ha convertido en una grave injuria. Que Dolores de Cospedal, haciendo de la necesidad virtud, haya demostrado tener cintura política reuniéndose con los familiares de las víctimas y prometiendo una investigación exhaustiva sobre las circunstancias que concurrieron, alivia en cierto modo la tensión anímica, pero no redime en absoluto las responsabilidades de su antecesor en el ministerio de Defensa ni la de los que han estado encubriéndolo durante todos estos años.

Un país digno no puede ocultar infamias. Si lo hace, estará contribuyendo al envilecimiento de su sociedad, sentará unas peligrosas bases sobre las que fomentar todo tipo de comportamientos inmorales, permitirá que se confunda el vicio con la virtud. Los dirigentes de turno -el gobierno- no pueden mirar hacia otro lado. Si continúan haciéndolo como hasta ahora conseguirán el desprecio de los españoles de buena fe, categoría transversal que nada tiene que ver ni con la derecha ni con la izquierda, porque la decencia es independiente de las ideas políticas. Incluso a veces, me atrevería a decir, del código penal.

Sin embargo, algunos de los más preclaros representantes del actual ejecutivo están dando estos días un espectáculo bochornoso, tratando con muy poca fortuna de ocultar las que creen sus miserias, entre ellos su presidente, el señor Rajoy, que dijo no haberse enterado del dictamen del Consejo de Estado, para añadir a continuación que ese asunto ya estaba solventado. El señor Catalá, titular de Justicia, se lleva la palma de los despropósitos cuando pregona a la ciudadanía que pedir perdón es reconocer la culpa. Pues sí, don Rafael, así es. Pero, ¿no cree, ministro, que los familiares de aquellos militares que fueron víctimas del despropósito y de la iniquidad de algunos se merecen ese reconocimiento? Seguramente sea éste un aspecto que le importe a usted un bledo y su preocupación se centre exclusivamente en mantener el estatus político que goza.

Esta mañana he oído a la hermana de uno de los fallecidos decir algo así como nuestros muertos no dieron la vida por España, España se la quitó. Aplastante. Doloroso.

8 de enero de 2017

¿Tan malo es el régimen del 78? Quizá algunos todavía no hayan entendido nada

Hace varios días que no escribo una palabra en el blog, no porque no me haya alcanzado la inspiración durante este tiempo, sino como consecuencia de que cuando en alguna ocasión ha hecho acto de presencia yo no estaba trabajando. Una molesta indisposición, diagnosticada como infección de vías respiratorias altas, me ha tenido fuera de combate durante algo más de una semana, sin fuerzas tan siquiera para levantar la tapa de mi portátil, a pesar de que las ansias por expresar alguna idea me consumieran. Pero ha llegado el momento.

Durante estos días, aprovechando los intervalos en los que la fiebre me daba alguna tregua, he leído –mejor diría devorado- el ensayo de carácter autobiográfico, escrito por Juan Luis Cebríán, Primera página. No se me escapa que me estoy refiriendo a un libro redactado por una persona muy controvertida, que suscita malévolos odios o platónicos amores, según el caso y el color del cristal con que se mire. Pero aun así me voy a permitir recomendar su lectura a mis amigos, incluso, si se me permite, con cierta insistencia. Puede que después, cuando lo acaben, sus fobias o sus filias se hayan acrecentado todavía más; o también es posible, por qué no, que alguno mude su percepción inicial. Pero su lectura a nadie, estoy convencido, lo dejará indiferente.

Confiesa el autor, en el primer párrafo de su prólogo a la obra, que escribir la propia biografía es uno de los actos más genuinamente narcisistas que puedan imaginarse. No le falta razón, porque el escrito entero es una oda a su contribución intelectual, y también material, a la construcción del régimen de libertades que gozamos desde la aprobación de la Constitución del 78. Pero yo no sería capaz de hacerle ningún reproche a su humana vanidad, porque la fortaleza del relato y la sólida construcción de los testimonios que utiliza disuelven en cierto modo los aspectos personalistas, en una marea de acontecimientos en los que cada uno de los protagonistas, entre ellos Cebrián, pierde importancia frente a la totalidad del elenco.

A mí me ha parecido un rotundo repaso a esa parte de la historia contemporánea de España, de la que los de mi generación (la misma del autor) hemos sido en cierto modo protagonistas o al menos figurantes. Es cierto que no hay en la narración pormenores que no se conozcan de antemano, pero sí infinidad de claves para entender aquella parte tan compleja del devenir colectivo de los españoles que conocemos como transición. Es la visión de alguien que tuvo el privilegio de contemplar la representación entre bambalinas y que incluso en algunos momentos se vio obligado a salir al escenario e interpretar su propio personaje a cara de perro.

También es la historia de El País. Las leyendas urbanas de uno y otro signo han desdibujado la verdadera importancia de un periódico en el que educaron su opinión millones de españoles de la generación de la transición, mientras que otros cuantos, también en gran número, lo convertían en diana de sus ataques. Sin embargo, ni la mayoría de los primeros ni casi ninguno de los segundos conoce con detalle la estructura accionarial que dio lugar a su nacimiento ni tampoco el verdadero alcance de los proyectos editoriales que guiaba a los fundadores. Cebrián, en este libro, disecciona el origen, clarifica las intenciones y relata la andadura, trufada de zancadillas y traiciones, de un periódico que por derecho propio está inscrito en la lista de los más influyentes del mundo occidental.

Lo repito. Recomiendo su lectura, imprescindible para tener una idea más precisa de lo que nos ha sucedido a los españoles como colectivo durante los últimos cincuenta años. Después que cada cual continúe si quiere con sus amores o con sus desamores. Por lo menos dispondrá de mayor y mejor criterio.

27 de diciembre de 2016

Las viejas guardias

Cuando en política nos referimos a la vieja guardia de un partido, sabemos perfectamente de qué estamos hablando, del conjunto de militantes que pertenecen a la estructura orgánica desde su fundación o desde los primeros momentos de su andadura. Suelen constituir una élite dentro de la organización, sin más mérito añadido que la antigüedad de su militancia, veteranía que exhiben como signo diferencial para prevalecer sobre el resto de sus compañeros, por aquello de que a los fundadores no se les puede negar la pureza de sus intenciones.

De esto que acabo decir no se libran ni siquiera los de Podemos, a pesar de que no pertenezcan a la casta. El que hayan llegado a la política  para arreglarlo todo, incluidos estos pequeños vicios relacionados con el escalafón, nos les impide comportarse como el común de los mortales. Sin ir más lejos, le oí decir el otro día a Juan Carlos Monedero, ante las cámaras de La Sexta y a propósito de ciertas declaraciones de Tania Sánchez que no compartía, que la conocida diputada de Podemos no estaba con ellos desde el principio, que había llegado más tarde. Lo expresó -supongo que porque el subconsciente lo había traicionado- con la intención de quitar valor a las manifestaciones de su compañera de filas, declarada errejonista. Como a mí me sorprendió que un político, al que debo considerar suficientemente inteligente como para no caer en estos errores de bulto, fuera capaz de apoyar sus críticas en la antigüedad de la militancia de alguien, estuve atento a las intervenciones de los tertulianos de turno, confiando en que alguno le afearía la alusión al escalafón. Pero no: pasó inadvertida, como la cosa más normal del mundo.

Yo supongo que a estas alturas a muchos se les habrá desprendido ya aquel velo que cubrió las mentes de tantos votantes durante un cierto tiempo. No estoy pensando en las ideas políticas de Podemos, que respeto como hago con las de cualquier opción política aunque no las comparta, me refiero al halo de pureza ética que decían que los acompañaba, como si ellos fueran los únicos cabales del universo, como si hubieran llegado para reformar las costumbres de raiz, acabar con los vicios políticos y liquidar lo rancio, antiguo y demodé que corroe el alma de los viejos partidos. Digo que supongo que muchos habrán despertado de aquel sueño, pero no estoy nada seguro, porque a veces la hipnosis es tan profunda que dura más de lo sospechado.

Ya son muchas las contradicciones de este tipo que se van encontrando en el proceder de los líderes de Podemos. Es muy posible que no llamaran la atención si no fuera por ese discurso de limpieza, de transparencia y de integridad ética con el que adornan sus discursos, contrapunto de la maraña de pecados de todo tipo y calibre que achacan a sus rivales. Seguramente estas debilidades pasarían desapercibidas, si en vez de la presunción ética que exhiben a todas horas usaran una terminología más humana, más de carne y hueso, más cercana a la realidad del mundo de la política. En definitiva, si se hubieran mostrado más cautos, menos ingenuos y sobre todo con los pies en la tierra. Pero no: ellos insisten en que han venido a acabar con la vieja política y a combatir las flaquezas de los demás; y claro, muchas veces, aunque no sea más que por contraste, se les ve la inmadurez.

En realidad lo que posiblemente suceda es que hayan descubierto la erótica del poder, ese placer indescriptible que debe de producir el pertenecer a la cúpula de una organización política, ser el amo y señor de las ideas de un colectivo humano. Pero como en esa cúpula no caben todos, porque los partidos resultarían inmanejables, pronto empiezan los codazos, las zancadillas y las patadas en el culo. Enseguida se inicia la lucha por el quítate tú para que siga yo.

A ver si va a resultar que los comportamientos que venían a erradicar no son sino una manifestación más de la naturaleza humana y por tanto ni ellos se libran de padecerlos. Lo sorprendente es que no se hayan dado cuenta hasta ahora y continuen con sus monsergas redentoras.

23 de diciembre de 2016

¿A dónde vamos tan deprisa?

En un ensayo sobre la evolución del ser humano que estoy leyendo estos días, acabo de encontrame con la siguiente frase: cuanto más rápido evoluciona el conocimiento, más difícil es pronosticar el futuro. Me he levantado del sillón, he abierto el ordenador y me he puesto a escribir, sin saber muy bien a dónde me conducirá esta idea. No lo puedo evitar: las meditaciones sobre el devenir del hombre como especie inteligente motivan mis pensamientos. Nada me resulta tan apasionante como cavilar acerca de nuestra procedencia y de nuestro destino como colectivo.

Lo que quiere expresar el ensayista en la frase anterior es que la velocidad con la que se producen los cambios tecnológicos -mucho mayor ahora que en cualquier época pasada- elimina en cierta medida aquel axioma, hasta ahora indiscutible, de que el conocimiento del pasado y del presente ayuda a predecir el futuro. Antes, cuando los avances se desarrollaban de forma más pausada, la mente humana tendía a proyectar las transformaciones hacia adelante, porque las cosas se veían venir. Pero ahora, cuando en unos cuantos lustros la tecnología ha cambiado el mundo hasta hacerlo casi irreconocible, no es posible aventurar cómo será dentro de cincuenta años.

Creo que he confesado aquí, en este blog, que a mí me gusta el género denominado ciencia ficción, tanto en la vertiente literaria como en la cinematográfica. Decía entonces, y quiero resaltar ahora, que lo que en realidad me atrae de sus argumentos es la proyección lógica hacia el futuro, partiendo de la realidad conocida; o, dicho de otro modo, la predicción del futuro en base a la experiencia acumulada hasta el momento. Aclaro esto, porque a mí las películas en las que los animales terrestres tienen alas, y por tanto vuelan, los robot sufren y padecen emociones y paranoias y los hombres pelean con espadas refulgentes me aburren profundamente. Eso no es ciencia ficción. Quizá sea, por concederle algún valor, un conjunto de metáforas fantasiosas.

Una de las consecuencias que se podría extraerse de la cita de arriba es que cada vez es más difícil hacer ciencia ficción. Julio Verne lo tenía fácil, si se me permite la broma hacia el admirable escritor francés. Si las piezas de artillería cada vez tenían mayor alcance, ¿por qué no imaginar una tan potente que pudiera llevar al hombre a la luna? No se equivocó en su predicción. Pero, ¿seríamos capaces ahora de aventurar que el hombre nunca vencerá las limitaciones que imponen los principios que sustentan la física cuántica y la teoría de la relatividad, y por tanto asegurar que jamás podrá viajar a velocidades superiores a la de la luz?

En estos momentos estamos asistiendo a una evolución de la biónica -disciplina que estudia la creación y desarrollo de aparatos y procedimientos tecnológicos que sustituyen o sirven de ayuda a las funciones naturales de los seres vivos- .hacia límites insospechados. ¿Alguien sería capaz ante este panorama de asegurar que el hombre nunca podrá vivir por encima de los 200 o de los 300 o quizá de los 1000 años? Tal posibilidad aterra, pero ningún científico sería capaz de negarla con rotundidad. 

No quisiera hoy entrar en el terreno de la filosofía, de la metafísica. Sin embargo, me atrevería a decir que con la velocidad que está evolucionando el conocimiento, y por tanto la tecnología y el dominio del hombre sobre su entorno, se transformarmarán por completo los conceptos filosóficos tradicionales y los credos religiosos. No en balde las religiones –la cristiana entre ellas- han temido desde siempre a la ciencia, que tantas veces las ha dejado en evidencia.

Pero no, hoy no toca hablar de filosofía. Hoy es día de felicitaciones.

FELIZ NAVIDAD Y PROSPERO AÑO NUEVO a todos.

20 de diciembre de 2016

El lenguaje de los cursi-repelentes

Le tengo tanto respeto a las palabras, a la expresión oral o escrita, que cuando detecto alguna incorrección en el lenguaje se me altera el pulso. La pobreza de estilo, la falta de vocabulario o incluso la zafiedad expresiva están a la orden del día en nuestra sociedad, circunstancia que en nada favorece a mi tensión arterial, ya de por sí alta gracias a la herencia genética. Pero por si lo anterior no fuera suficiente para poner a prueba la condición de mis arterias, en los últimos años, quizá como un erróneo intento de contrarrestar lo anterior, está apareciendo un estilo en los mensajes de los políticos que, a falta de encontrarle un adjetivo mejor, denominaré cursi-repelente. Quizá algunos ejemplos me ayuden a explicar lo que pretendo decir.

Hace ya algún tiempo, unos políticos, de cuyo nombre no me he olvidado pero prefiero no referir por ser un dato irrelevante para mi propósito de hoy –de la cursi-repulsión se libran pocos,- trajeron al lenguaje normal la expresión poner en valor.  No les bastaba el verbo valorar o las expresiones destacar o señalar el valor. No: había que inventar algo nuevo, alguna expresión que epatara, que aumentara el caché del orador. Ahora, cuando algunos cursi-repelentes quieren destacar las cualidades de alguien o de algo, recomiendan que se ponga en valor la naturaleza de las mismas. Una cursi-repelencia que se ha extendido en el lenguaje sin contención, como lo hacen las mareas negras.

Sin embargo, algunos de los que utilizan éste barbarismo, al mismo tiempo son incapaces de encontrar algún adjetivo distinto de la palabra importante. El otro día, sin ir más lejos, oí en boca de un político la siguiente noticia: “en una importante operación policial, las fuerzas de orden público detuvieron a tres individuos que custodiaban un importante arsenal de armas. Hay que poner en valor la importante actuación de los investigadores”. Es cierto que la noticia no deja de tener su importancia, pero no hubiera estado de más utilizar algún calificativo distinto del comodín importante, aunque sólo fuera para demostrar que uno dispone de un vocabulario algo más amplio.

Otros, en este caso de formación jurídica, han puesto de moda la expresión trasladar, en lugar de lo que realmente quieren decir: informar o comunicar. Le he trasladado al ministro la felicitación de los funcionarios, o le trasladaré al presidente la petición que me han hecho los damnificados. Hasta ahora se trasladaba tan sólo en el ámbito de la judicatura y se informaba o se notificaba en el lenguaje normal. No es lo mismo trasladar un auto judicial que comunicar una noticia.

Pero lo peor estaba por venir y ha llegado. Ahora ya no hay pluralidad sino representación coral. Y claro, de coral, coralidad, coralista y toda una sarta de derivados ridículos y malsonantes, que ni están en el diccionario de la lengua ni creo que lleguen a estarlo alguna vez. No sé de dónde se habrán sacado algunos líderes esta expresión cursi-repelente, que yo sólo había oído antes aplicada a determinados argumentos de la literatura o del cine, cuando se quiere expresar con lo de coral que hay un número considerable de personajes. Pero oír que un congreso político es coral, o que las tendencias estarán representadas con coralidad o de manera coralista, es muy duro de soportar. Y últimamente lo estoy oyendo con mucha frecuencia y, por cierto, siempre a los mismos.

La verdad es que no sé por qué me empeño en denunciar estas agresiones al lenguaje, sabiendo de antemano que no sirve de nada hacerlo.

16 de diciembre de 2016

Te vas a enterar de lo que vale un peine (amenaza castiza)

Si no fuera porque soporto muy mal las amenazas -en primera, segunda o tercera persona del singular o del plural- el incidente entre Monedero e Yllanes del otro día, cuando el primero advirtió al segundo de que “ojito con lo que digas a partir de febrero”, me hubiera pasado inadvertido. Posiblemente lo habría considerado una bravuconada de mal gusto de uno y quizá un exceso de susceptibilidad del otro. Pero, ya digo, no tolero las intimidaciones, mucho menos cuando éstas proceden de quien aparentemente posee cierta posición de ventaja con respecto al amenazado. Pocos, muy pocos encontronazos tuve durante mi etapa profesional, pero si hubo alguno fue por causa de cierto intento de coacción de uno de mis directores de entonces. Hice frente a la amenaza (con el debido respeto) y el otro se la envainó.

Por eso, porque me rechinan las amenazas, he indagado algo sobre el incidente dialéctico entre los dos renombrados militantes podemitas, que, como es sabido, acabó con una explicación edulcorada de lo que quiso decir Monedero y una resignada aceptación de disculpas por parte del diputado Yllanes. Una forma muy política de zanjar un desencuentro profundo, que ante mis ojos no quita nada de hierro a lo que sucedió en el comedor del Congreso, donde, por cierto, se encontraba el primero sin que sea diputado. Al fin y al cabo los de Podemos están hechos de carne y hueso como los de la casta y utilizan las instituciones del Estado a su mejor conveniencia.

Lo que sucedió ese día responde a un estado de cosas que no debería pasarnos desapercibido porque tiene mucha enjundia. Monedero es un incondicional de Iglesias e Yllanes uno de los puntales más importantes de Errejón. Por tanto, se trata de  una personificación de la lucha interna que padece Podemos, que no es, como dicen algunos, un fraterno contraste de opiniones ideológicas, sino una dura refriega para hacerse con el poder interno del partido, un combate letal entre personas que aspiran a permanecer en la cúpula del partido a toda costa. Lo he dicho en alguna ocasión y lo vuelvo a repetir ahora: dejémonos de eufemismos cuando hablemos de política, que lo único que consiguen es confundir a los bienintencionados.

Yo no creo que existan diferencias de ideas entre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, sino visiones distintas de la estrategia a seguir para romper su techo electoral. El primero cree que la pureza de sus ideas y la franqueza de sus intenciones obliga a llamar al pan pan y al vino vino, mientras que el segundo considera que ciertas actitudes o determinados mensajes espantan a muchos votantes. Pero en el fondo sus ideologías son idénticas, de manera que la abierta confrontación entre los dos no procede de la doctrina sino de algo más terrenal, de la poltrona, dicho sea en el sentido figurado de la palabra. Si Errejón y los suyos se descuidan, los radicales que arropan a Iglesias, junto con los llamados anticapitalistas (¿cómo se puede ser anti-algo y no pro-lo-que-sea?), terminarán arrebatándoles su estatus en el partido.

De todas formas, si yo fuera de Podemos no me alarmaría demasiado. Si uno lee entre líneas, llega a la conclusión de que al final habrá paz, porque en realidad los dos líderes se necesitan. Interpretarán un debate programático de altura, compondrán unas listas para su ejecutiva que contentarán a todos en mayor o menor medida y aquí paz y después gloria.

Al fin y al cabo lo mismo que sucede en los demás partidos. Lo sorprendente en este caso es que ellos no sean de la casta.

12 de diciembre de 2016

Personificación de las ideas. Sanchistas o susanistas

Supongo que eso de personificar las ideas o de, dicho de otro modo, identificarlas con determinadas personas es inevitable. Mucho me temo que se trate una debilidad de la mente humana, que ante la dificultad de asimilar todo un ideario político prefiere pensar en determinados líderes, depositar en ellos su absoluta confianza y dejarse de complicaciones que la superen. Me gusta lo que dice –confiesan algunos- y él sabrá lo que tiene que hacer.

Desde mi punto de vista se trata de una enorme equivocación, de un error mayúsculo, porque los idearios, sean de la índole que sean, son el resultado de la conjunción de infinidad de mentes pensantes, de profundos debates, de muchas pruebas y correcciones. Los líderes indiscutibles no existen, tan sólo son los encargados de llevar adelante las ideas del grupo que los ha puesto al frente. Por eso, cuando oigo hablar de fulanistas, zutanistas o menganistas se me llevan los demonios, porque percibo la sensación de que se esté poniendo antes el tejado que los cimientos, tengo la impresión de que se quiera construir un puente sin pilares que lo sustenten.

Los de Podemos ahora andan a la gresca. Parece como si se hubiera esfumado el perfume de pureza ideológica del que decían estar ungidos y, pasada la cándida ilusión inicial, empezaran a dedicarse a cosas menos elevadas, más de andar por casa. Desde mi punto de vista, nada tiene de particular el cambio de actitud, salvo que contradice aquello de que eran los únicos que no estaban contaminados por las viejas usanzas. No, ellos no eran la casta, eran algo muy distinto. Veremos que sucede en lo que han dado en llamar Vistalegre II. Espero que no acaben como el Rosario de la Aurora, que según dicen terminó a farolazos.

Pero en realidad el partido que a mí me preocupa en esto de la personalización de las ideas es el PSOE, el único que desde mi punto de vista se identifica con la socialdemocracia moderna y moderada, de corte europeo, ideología en la que anidan mis ideas. A mí, lo diré con absoluta claridad, no me gustan ni Pedro Sánchez ni Susana Díaz. No voy a enumerar las razones por las que ninguno de los dos cuenta con mi aprecio político (el humano lo tienen), entre otras cosas porque ni viene a cuento ni serviría de nada. Lo que de verdad ahora me interesa es que los socialistas españoles redefinan su ideario, clarifiquen sus objetivos y actualicen sus estrategias políticas. Eso es lo que necesita el PSOE en estos momentos y no otra cosa. Los nombres propios ya vendrán, pero acompañados de un programa renovado. Mejor dicho, para llevar a buen puerto ese programa, para sacarlo adelante.

Prefiero pensar que la táctica del retardo de fechas para el próximo congreso socialista responde a esta idea, a la de sentar las bases programáticas antes de elegir al líder. Si lo hacen así, si de verdad someten su situación de descalabro electoral a un profundo análisis, a una autocrítica sin cortapisas, marcarán la senda que conduce a la elección del líder. Pero en ese orden, no en el contrario. El nuevo secretario general deberá llevar adelante un programa y no, como parece que quieren algunos, ser él quien marque el rumbo. Los prejuicios personalistas pueden acabar irremisiblemente con el PSOE o al menos con sus posibilidades de gobernar a medio plazo, una vez más, en este país.

Sin prisas pero sin pausas recomienda el proverbio.

9 de diciembre de 2016

La mosca en la oreja del toro

Estoy leyendo un ensayo escrito por el conocido historiador israelí Yuval Noah Harari, titulado Homo Deus (Breve historia del mañana), algo así como la continuación de Sapiens, un libro al que ya me referí aquí hace algún tiempo. Todavía es pronto para que me atreva a emitir un juicio sobre el contenido, que siempre será tan subjetivo como pueda serlo cualquier opinión humana; pero en las primeras páginas leo un interesante razonamiento que me ha llamado con fuerza la atención y no quisiera pasar por alto.

Dice así: Los terroristas son como una mosca que intenta destruir una cacharrería. La mosca es tan débil que no puede mover siquiera una taza. De modo que encuentra un toro, se introduce en su oreja y empieza a zumbar. El toro enloquece de miedo e ira, y destruye la cacharrería. Eso es lo que ha ocurrido en Oriente Medio en la última década. Los fundamentalistas islámicos nunca hubieran podido destruir por sí solos a Sadam Husein. En lugar de ello, encolerizaron a los Estados Unidos con los ataques del 11 de septiembre, y Estados Unidos destruyó por ellos la cacharrería de Oriente Medio. Ahora medran entre las ruinas. Por sí solos, los terroristas son demasiado débiles para arrastrarnos de vuelta a la Edad Media y restablecer la ley de la selva. Pueden provocarnos, pero al final todo dependerá de nuestras reacciones. Si la ley de la selva vuelve a imperar con fuerza, la culpa no será de los terroristas.

El terrorismo en realidad, como dice Hariri, es una provocación, una estrategia que persigue conmocionar a los enemigos para que mediante la destrucción indiscriminada acaben siendo destruidos. En los casos de Irak y Siria, a los que se refiere el autor de Homo Deus, las consecuencias de las desproporcionadas medidas que tomó George Busch –con la ayuda del escurridizo Tony Blair y el inefable José María Aznar- las estamos pagando ahora. Las horribles guerras que asolan estos países, con docenas de miles de muertos y heridos y millones de desplazados, y con la amenaza terrorista en las calles de nuestras ciudades, no son sino la consecuencia de aquella irresponsable decisión. Los terroristas sabían muy bien lo que hacían al meterse en la oreja del toro.

En España, la mosca de ETA llegó a poner nervioso al toro del Estado, pero no lo suficiente como para que hubiera entrado despavorido en la cacharrería. La sensatez se impuso y no se tomaron medidas desproporcionadas, a pesar de que no eran pocos los que las pedían. La victoria se consiguió sin provocar daños mayores, aunque para ello tuviéramos que sufrir durante unos años el acoso salvaje y asesino de los terroristas. Afortunadamente los episodios del GAL y otros parecidos no significaron más que tristes gotas en el océano de la estrategia general. Primó la cordura.

Hay un refrán que me viene a la cabeza, el de que no se deben matar pulgas a cañonazos, recomendación que casaría aquí ni que pintada; y un pasaje de la mitología griega, aquel de la caja de Pandora, que encaja perfectamente con la anterior reflexión de Hariri. Las medidas desproporcionadas suelen acarrear males mayores que los que se pretende combatir. Además, y por si fuera poco, nunca se debe entrar en terrenos poco conocidos. El trío de las Azores mató pulgas a cañonazos y abrió la caja de Pandora.

Y así nos va.

6 de diciembre de 2016

Las cosas de doña Manuela Carmena

Empezaré por decir que la actual alcaldesa de Madrid me cae bien. No es que me parezca una persona brillante ni una intelectual de vanguardia ni una política avezada, simplemente me cae bien, expresión que utilizo cuando no puedo ensalzar las virtudes de una persona, a pesar de que provoque en mí un cierto grado de simpatía. Supongo que es algo que procede de las entretelas del subconsciente y que no tiene explicación objetiva. Qué le vamos a hacer.

Pero en realidad no es de doña Manuela Carmena de quien quiero hablar hoy, sino de algunas controvertidas decisiones que ha tomado el ayuntamiento de Madrid, como la de cerrar al tráfico rodado, durante las fiestas de Navidad, la Gran Vía y las calles de Atocha y Mayor. Iba yo el otro día en un taxi, cuyo conductor era uno de esos individuos de labia fácil y poco poder de convicción, cuando al atravesar el centro de la ciudad el locuaz taxista sacó el tema a relucir, sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo, porque la moderación y la compostura me impiden en ocasiones ejercitar el derecho de legítima defensa. Excuso decir que por la boca de aquel hombre no salían más que furibundas diatribas e insultos desmedidos. Eso sí, de vez en vez me miraba por el retrovisor y decía “dicho sea sin faltar al respeto”.

Al principio pensé que sus iras podrían estar justificadas porque la medida estuviera causando perjuicios económicos al gremio de taxistas y, como consecuencia de mi suposición, a punto estuve de preguntarle por las razones de su atroz malestar. Pero no hizo falta, porque un poco más tarde, cuando circulábamos bajo la iluminación navideña recién estrenada, mi interlocutor cambió de tema y la emprendió con el luminario. ¿Por qué –se preguntaba- hay que suprimir en las guirnaldas las alegorías religiosas de toda la vida? Está claro –se contestaba- lo hacen porque a los moros no les gustan. Pues que se vuelvan a su tierra y que nos dejen disfrutar de la Navidad, que es católica (sic) y muy nuestra -concluyó.

Empezaba yo a hacerme una idea de la mentalidad del taxista que me había tocado en suerte ese día, cuando al pasar frente a Correos me preguntó, sin venir a cuento y sorprendiéndome en mis íntimas elucubraciones, si había visto alguna vez la fachada del conocido edificio iluminada con los colores del arco iris el día del orgullo gay. Eso sí –añadió- dinero para mariconerías que no falte. Desistí por tanto de investigar sobre el origen de sus enfados, porque la cosa ya empezaba a encajar.

Cuando estábamos llegando al final del trayecto, y a punto de terminar el pequeño tormento que me había tocado sufrir aquel día, en el momento que pasábamos bajo un adorno abstracto formado por docenas de luces de color liliáceo, le dije a mi interlocutor, procurando que en la entonación de mis palabras no se notaran indicios de animadversión: verá usted, a mí me gusta más ese dibujo que acabamos de pasar, que los angelitos con trompeta de toda la vida. Ahí sí que tiene usted razón -me contestó sin dudar.

Está visto que cada vez que un político se empeñe en cambiar las cosas, los juicios se formarán según el color del cristal con que se miren los cambios. Si no, que se lo pregunten a Esperanza Aguirre, que nada más y nada menos quiere llevar a la alcaldesa de Madrid a los tribunales de justicia por los perjuicios económicos que el cierre al tráfico de la Gran vía de Madrid está ocasionando a los comerciantes del barrio, después de haber medido a pasos la anchura de las aceras para documentar científicamente la tropelía municipal. O a esos que proclaman a voz en grito hasta desgañitarse que ya era hora de que se librara a los madrileños de la asfixiante contaminación que sufre la ciudad, que las personas son más importantes que los coches.

Cuánta exageración inútil.

2 de diciembre de 2016

Bombardeos en Alepo y liturgias religiosas

Veía yo el otro día un telediario cualquiera –no recuerdo exactamente cuál pero para el propósito de esta reflexión lo mismo da-, cuando tras contemplar unas dramáticas imágenes de unos niños muertos y otros heridos en alguno de los salvajes bombardeos que sufre la ciudad de Alepo, escenas que habían conseguido por su crueldad aguijonear mi conciencia, apareció en pantalla, acto seguido, casi sin solución de continuidad, la figura del Papa Francisco cerrando una lujosa puerta del Vaticano, labrada en oro, como símbolo de la clausura de alguna celebración católica, quizá del año de la Misericordia. Al fondo, docenas de prelados, ataviados con pomposas y extravagantes vestimentas, contemplaban circunspectos la escena, ensimismados en lo que para ellos debía de ser un acto de enorme trascendencia. Me levanté, mascullé algunas palabras, que prefiero no repetir, y apagué el televisor.

No pretendo coger el rábano por las hojas, ni mucho menos establecer una relación causa y efecto. La primero escena, la de la salvaje destrucción de vidas inocentes, nada tiene que ver con la segunda, la inútil ostentación y el superfluo boato. Pero la secuencia de las dos noticias, la de la hecatombe y la del lujo, me conmocionó. Parecía como si la redacción del telediario hubiera pretendido resaltar la barbarie, contrastándola con la inoperancia, y comparar el sufrimiento con la indolencia. Mientras que una guerra injusta (todas lo son pero algunas más) masacra a la población civil de una ciudad cercada desde hace meses, la máxima jerarquía de la Iglesia Católica, que tiene como uno de sus principios el amor al prójimo y entre sus virtudes teologales la caridad, se dedica a celebrar ceremonias inútiles, cargadas de lujo y fastuosidad.

Cuando alguien es asesinado en el mundo occidental, cuando se produce algún brutal atentado en un país desarrollado, la opinión pública se solivianta, protesta y pide a gritos que se tomen medidas drásticas. Es lógico, porque en esos momentos se percibe el peligro muy de cerca, casi en primera persona. Pero cuando las cosas suceden al revés, cuando las víctimas caen a racimos en los países que no pertenecen al primer mundo, la explicación más caritativa que puede oírse es que cómo no va a suceder lo que sucede si están en guerra. Una vara de medir que tiene la virtud de dejar las conciencias tranquilas, incluso diría yo que adormecidas.

La Iglesia, en cuya dirección espiritual tantos confían, debería tomar una actitud beligerante ante esta injusticia. Pero salvo raras exhortaciones a favor de la paz, o tibias condenas de las atrocidades que todos los días se cometen en tantos rincones del mundo, no suele comprometerse. No lo ha hecho hasta ahora ni creo que lo haga nunca. Al fin y al cabo, su interés fundamental se centra en la supervivencia de su organización, en mantener su hegemonía espiritual y material; y parece evidente que cerrar puertas de oro en el contexto de ciertas conmemoraciones ayuda más a este propósito que espolear las conciencias de los fieles.

29 de noviembre de 2016

El culo y las témporas

Según el diccionario de la Academia, se entiende por tic el movimiento convulsivo, que se repite con frecuencia, producido por la contracción involuntaria de uno o varios músculos. De ahí que, en sentido figurado, a veces nos refiramos con esta palabra a ciertos comportamientos. Cuando algo se repite con frecuencia, y aparentemente fuera del control consciente de quien ejercita la acción, podemos hablar de tic. Pues bien: para mí, la ausencia deliberada de los diputados de Podemos del hemiciclo del congreso, cuando iba a guardarse un minuto de silencio en recuerdo de la recién fallecida Rita Barberá, responde a un tic de sus dirigentes, que parecen incapaces de reprimir determinadas convulsiones. Pero allá ellos con sus actitudes, que por cierto  no creo que apruebe la mayoría de los españoles. Muchos de éstos se hubieran quedado de pie en su sitio y se hubiera mantenido en respetuoso silencio, porque  puede compatibilizarse perfectamente el respeto a los demás con la defensa de las ideas propias.

Por otro lado, hace unos días pudimos ver a la senadora –en esos momentos del grupo mixto- en el patio del congreso, a la salida de la apertura de la legislatura recién inaugurada, llamar a gritos al ex ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo: “Margui, Margui…no me has saludado” . No sé a los demás, pero a mí la escena me sorprendió y sobre todo me dejó un regusto de tristeza; y no por el ridículo apelativo cariñoso –que también-, sino por la soledad que desprendía la escena. Rita Barberá estaba completamente sola, en medio de sus antiguos compañeros de partido, y ninguno se dignaba acercarse a ella. Era como si hacerlo les fuera a contagiar.

El Partido Popular no tiene ahora la conciencia tranquila por el trato que dispensó a Rita Barberá en los últimos meses. No hay más que oír las declaraciones de sus líderes para comprender que lo que acabo de decir es cierto. Pero si alguien tiene dudas, que revise las hemerotecas, que compare lo que muchos de sus dirigentes decían cuando les ayudaba a ganar elecciones y lo que empezaron a decir de ella cuando primero saltó el escándalo y después el juez la imputó. Tenían que separarse de su persona, porque volvían a estar en periodo electoral y no querían que la situación de su antigua compañera los manchase. Cosas veredes que farán hablar las piedras.

Lo que ha representado Rita Barberá en este país durante los últimos años ahí está, tan documentado que abundar sobre hechos y comportamientos pudiera resultar reiterativo. No son los mil euros de su generosa donación a las arcas del partido (no voy a entrar en si los recuperó o no) lo que la puso en evidencia ética y política, sino el fango maloliente que desde hace un tiempo se percibe en las filas del que fuera su partido, en la Comunidad Valenciana. Lo primero puede resultar una anécdota intrascendente por la cantidad (aunque no por la naturaleza de la misma), pero lo segundo demuestra un estado de cosas de las que la ex alcaldesa era responsable. Ella fue “la jefa” política de los populares en esta región durante un cuarto de siglo, de manera que por sus manos pasaron decisiones, controversias y conflictos, que resolvió como su mejor saber y entender le dictaba. Alguna responsabilidad tendría, digo yo.

Dejemos descansar en paz a Rita Barberá, pero extraigamos conclusiones de los comportamientos, a mi juicio inaceptables, que se produjeron a raíz de su muerte. Tanto los líderes de Podemos como los del PP deberían revisar sus escalas de valores, para no confundir como en esta ocasión el culo con las témporas.

22 de noviembre de 2016

Les está saliendo el tiro por la culata

La expresión derecha alternativa -tan de moda ahora en Estados Unidos- hay que traducirla lisa y llanamente por ultraderecha o extrema derecha. Ya sé que dicho así suena peor, pero en política cuantos menos eufemismos se utilicen mejor se entienden las cosas. La tendencia que parece que a partir de ahora va a dirigir los destinos del coloso americano -y en cierta medida los del mundo entero-, es la derecha de siempre llevada al extremo de la intolerancia y la sinrazón. Otra cosa será lo que los del tea party y sus amigos del Ku Klux Klan sean capaces de hacer, porque, ya lo he dicho en alguna ocasión en este blog, el rumbo de la nave americana es difícil de alterar, quizá porque sus fundadores previeran desde el principio que alguien intentaría algún día modificarlo y ante tal contingencia tomaran las precauciones pertinentes.

En Europa no nos libramos de esta amenaza. Estemos muy atentos, porque la ultraderecha avanza sin que parezca que las fuerzas moderadas sean capaces de detener su progreso. El caso de Francia, con el Frente Nacional de Marine Le Pen, lo tenemos tan cerca que asusta pensar en lo que pudiera suceder en España si allí venciera la xenofobia y el racismo, porque el rechazo de lo distinto es más contagioso que la peor de las enfermedades infecciosas. Menos mal que la ley electoral de nuestros vecinos prevé una segunda vuelta, sistema que permite corregir los entuertos que se produzcan en la primera, gracias a la posibilidad de que se unan fuerzas antagónicas para derrotar a un adversario común.

Lo que habría que preguntarse es por qué está sucediendo este fenómeno, cuáles son las causas de que la extrema derecha avance a pasos agigantados en la Europa occidental. Desde mi punto de vista, la radicalización de cierta izquierda es una de ellas. Al electorado no le gusta ni la inestabilidad ni las aventuras de resultados inciertos, porque en definitiva estamos hablando de sociedades acomodadas que temen que la radicalidad acaben con su estatus ventajoso. Si las fuerzas moderadas desaparecen, acusadas de inoperancia, los electores se refugiarán en el lado opuesto al que temen, sin percibir que  están saliendo de Málaga para meterse en Malagón.

En España no existe en realidad una extrema derecha organizada con representación en las Cortes, porque los votantes de esta tendencia han encontrado hasta ahora acomodo en el Partido Popular. No digo que el PP sea de ultraderecha, porque muchos de sus partidarios son simplemente conservadores, que creen de buena fe que las doctrinas neoliberales defienden mejor que las progresistas la mejora económica y social. Lo que digo es que los radicales de derechas están ahí, porque aunque les gustaría que se le diera más caña al mono, de momento se sienten satisfechos con la oferta política que les presentan los populares.

El problema en nuestro país está en que si el radicalismo de izquierdas sigue avanzando, cada vez serán más los que se refugien en la derecha y, por consiguiente, cada vez mayor la tendencia de los dirigentes de ésta a defender postulados ultraconservadores. El equilibrio que representaban los partidos moderados se ha roto o corre riesgo de romperse, como en los últimos meses se ha podido comprobar en urnas y en encuestas; y esa ruptura propicia el avance decidido de la extrema derecha en España.

A los de la izquierda radical, a esos que venían a redimir a los más necesitados, les está saliendo el tiro por la culata.

17 de noviembre de 2016

Sabia pedagogía de Confucio

El otro día, paseando por Madrid, leí no sé dónde, quizá en el escaparate de alguna librería -porque las tiendas de libros me hipnotizan como la miel a las moscas-, una reflexión de Confucio, o al menos al conocido pensador chino se le atribuía la autoría. Decía algo así como “Lo que oigo lo olvido / lo que leo lo entiendo / lo que hago lo aprendo”. Dado que me pareció todo un compendio de sabia pedagogía, lo apunté en mi cuaderno de notas urgentes y hoy lo traigo a colación.

En cualquier proceso que implique asimilar algún conocimiento se suelen dar estas tres etapas, a no ser, claro está, que se decida estancarse en una de ellas y no pasar a las siguientes. Oímos muchos conceptos, que almacenamos en la memoria de forma transitoria y que olvidamos antes o después si no hacemos nada por retenerlos. Pero si sentimos interés por ellos y queremos asimilar la sabiduría que incluyen, es decir, si pretendemos entenderlos, será preciso buscar documentación y leer con detenimiento lo que esté a nuestro alcance y trate sobre el asunto. Si además una vez entendidas las ideas las ponemos en práctica, las ejercitamos o las utilizamos, es muy posible que nuestra mente las retenga, o sea, las aprenda. De otra forma, haberlo oído y leído no habrá servido para nada en absoluto.

Esta recomendación, que a mí me parece indiscutible, debería enseñarse en las escuelas desde parvulitos. Oíd, niños, con atención lo que se os explica en clase; leed luego lo que figura en vuestros libros, y practicad a continuación las enseñanzas recibidas hasta que dominéis el tema. Si de matemáticas se trata, escuchad las explicaciones, poneos a descifrar el texto y haced cuantos problemas o ejercicios podáis. Si de lengua, no os limitéis a distinguir la diferencia que hay entre un complemento directo y un indirecto, entre la voz activa y la pasiva, oíd las explicaciones, estudiadlas para entenderlas e incorporadlas a vuestro lenguaje cotidiano para aprenderlas. Si de arte, poned empeño en diferenciar el románico del gótico, pero luego visitad cuantos monumentos estén a vuestro alcance. Sólo así podréis llegar a dominar las materias que estudiáis.

Mucho se está hablando estos días sobre una nueva reforma educativa y sobre la necesidad de un pacto de estado para llevarla a cabo. No sé si se trata una vez más de escaramuzas políticas que luego se queden en nada, pero si de verdad se pretende sacar al alumnado de la mediocridad que los expertos apuntan, sería preciso tener en cuenta estos principios tan básicos. Nuestra educación adolece de excesiva teoría frente a escasa práctica. Mientras los alumnos teoricen y no practiquen, de nada servirán las leyes educativas de turno, porque lo oído y leído no se retendrá si no se ejercita a continuación. Aunque se haya entendido el concepto, pronto desaparecerá de la mente del estudiante.

Pero mucho me temo que la discusión vaya a centrarse una vez más entre religión sí o religión no (la Iglesia siempre presente en el epicentro de los debates), entre una reválida más o una reválida menos, y se olvide lo fundamental, el camino que se debe transitar para conseguir que nuestros alumnos mejoren de manera significativa su nivel de conocimientos y estén preparados para contribuir con lo aprendido a su desarrollo personal y al de la sociedad a la que pertenecen.

13 de noviembre de 2016

Populismos hasta en la sopa

Que alguien como yo –a quien le gusta escribir sobre la actualidad política- tenga que dedicar unas palabras a la victoria de Donald Trump, parece tan evidente que ayer un buen amigo me lanzó algunas recomendaciones anticipadas sobre este asunto, sintácticas y ortográficas por lo demás, no fuera yo a meter la pata lingüística al referirme al personaje. Excuso decir que se lo agradecí, porque no soy persona a quien le guste quedar en evidencia por culpa de la escritura, aunque estoy seguro de que más de una vez me habrá sucedido.

Del recién elegido presidente de los Estados Unidos de América ya escribí aquí, en este blog, en una ocasión, y creo que quedó clara mi profunda repulsa a sus mensajes y mi absoluto desacuerdo con lo que este personaje significa. Por ello, y para no reincidir machaconamente en lo mismo, hoy voy a intentar ver el fenómeno trumpista desde una perspectiva diferente. El personaje cuenta con tantos y tan cualificados detractores, que en estos momentos parece innecesario sumarse al coro de los críticos.

En mi opinión se ha creado una alarma injustificada. Lo digo por dos razones que intentaré explicar en pocas palabras. La primera, porque es bien conocido que lo que se hace una vez alcanzado el poder no suele coincidir con lo que se vocifera durante las campañas electorales. Esto que acabo de decir es tan sabido, que ni hace falta recurrir a ejemplos para justificar el aserto ni se precisan grandes explicaciones para justificarlo. Bastaría con mirar alrededor con un poco de atención. Una cosa es ganarse el apoyo de determinados sectores para que le aúpen a uno en volandas y otra muy distinta cumplir con lo prometido, simplemente porque por lo general se trata de promesas incumplibles. A esto de las falsos compromisos electorales algunos lo llaman populismo, que por cierto no entiende ni de derechas ni de izquierdas, pero sí mucho de oportunismo.

La segunda razón también tiene algo que ver con la imposibilidad de cumplir lo imposible. Las sociedades disponen de una dinámica propia, de una inercia imparable. Pensar que el imperio americano, el país que controla los derroteros por los que camina el mundo va a cambiar sus ritmos de la noche a la mañana por mor de la ideología de su presidente es, cuando menos, una ingenuidad. La globalidad, de la que Estados Unidos posee el copyright, está tan imbricada en la economía del mundo, en las finanzas internacionales, que pensar que un autócrata recién llegado a la Casa Blanca la va a derribar es una auténtica estulticia. No digo que no vaya a notarse la mano del nuevo presidente en determinados y muy concretos asuntos que afecten a ciertos sectores industriales; pero en líneas generales todo va a seguir siendo como era hasta ahora o al menos así lo vamos a percibir los ciudadanos de a pie.

De sus otras bondades, de la xenofobia, de la homofobia, de la falta de respeto a las mujeres, de los muros fronterizos con Méjico, del racismo y de esa larga sucesión de ideas trasnochadas con las que dice que quiere cambiar el mundo, yo no creo que merezca la pena preocuparse demasiado, más allá de la repugnancia que su actitud provoca en las mentes abiertas y tolerantes. O, mejor dicho, no me parece que el  bravucón de Donald Trump sea muy distinto a tantos y tantos otros líderes que se mueven a nuestro alrededor.

De la misma manera que Obama fue recibido casi como si se tratara del salvador del universo -y el mundo apenas ha cambiado durante sus mandatos-; el Papa Francisco parecía que fuera a renovar de arriba abajo los usos y costumbres de la Iglesia Católica  a lo largo de su pontificado -y la jerarquía y el clero siguen igual-, Donald Trump llevará el timón de una nación que casi desde su fundación navega con el piloto automático activado, y no hay capitán, por intrépido que sea, que pueda modificar su rumbo.

En cualquier caso, el tiempo lo dirá.

8 de noviembre de 2016

La balanza electoral se desequilibra

Las amplias clases medias de nuestro país han ido, desde la transición, inclinado la balanza electoral hacia la derecha o hacia la izquierda, otorgándole alternativamente el poder al PP o al PSOE, a los que, en una simplificación ideológica, identificaban respectivamente como el centro derecha y el centro izquierda del panorama político español. Desde la recuperación de la democracia, los votos se han ido deslizando en cada elección hacia una u otra alternativa, pero nunca hacia los extremos.

La última encuesta del CIS demuestra, una vez más, que ésta tendencia hacia las opciones que se perciben como moderadas continúa. La intención de voto al PSOE ha descendido, pero a favor del PP (y de la abstención), no de Podemos y de sus adláteres.  El “sorpasso”, de acuerdo con los resultados del sondeo, se debería más al movimiento del voto progresista moderado hacia la derecha, que al hecho de que algunos votantes socialistas estuvieran decididos a dar su apoyo a la “otra” izquierda, a la que muchos de ellos consideran radical, utópica y populista.

De este análisis se podrían sacar varias conclusiones. La primera sería que si hubiera habido que ir a unas terceras elecciones, como muchos pedían a gritos, es muy posible que el PP, con la ayuda de Ciudadanos, hubiera alcanzado la mayoría absoluta, es decir, volviera a estar en condiciones de manejar la tijera de los recortes a su antojo. Los de Podemos se relamerían de gusto por haberse convertido en la segunda fuerza del parlamento, pero los ciudadanos se encontrarían una vez más bajo el rodillo implacable de una derecha ultraconservadora y antisocial, con muy pocas trabas en el parlamento.

La segunda, y no menos importante, es que da la sensación de que el equilibrio de fuerzas se haya roto o, al menos, corriera el riesgo de romperse a favor del voto conservador. Al principio de los ochenta, el PSOE tuvo que moderar su discurso, abandonar el marxismo y adaptar su programa al perfil social de las clases medias, mayoritarias en el país. Si no lo hubiera hecho así, nunca habría sido una opción de gobierno, porque gran parte de sus votantes son progresistas, pero poco amigos de la inestabilidad social y de aventuras de incierto porvenir. En estos momentos, con un partido socialista que no acaba de encontrar el rumbo y una izquierda radical, anticapitalista y comunista intentando sustituirlo, el contrapunto de la izquierda moderada ha perdido peso, lo que, si se examina con objetividad, no es una buena noticia para los progresistas y sí magnífica para los conservadores.

Las declaraciones de Pedro Sánchez en el programa de Jordi Évole hace unos días no ayudan en absoluto a que el partido socialista recupere el pulso. Por el contrario, pareciera como si de repente al ex secretario general se le hubiera encendido la luz de la inspiración política y descubriera en Podemos todo lo contrario de lo que a lo largo de los meses ha estado sosteniendo. Se equivoca con ese extraño movimiento de aproximación a la formación de Pablo Iglesias, porque en su ingenuidad política no se da cuenta de que corre el riesgo de que lo fagoticen, como ya han hecho con otras formaciones de la izquierda. Por eso, creo que tienen razón los que desde el PSOE defienden que antes de resolver el asunto de los cargos hay que redefinir el partido, es necesario clarificar lo que se pretende alcanzar, se precisa marcar con nitidez las diferencias con otras opciones. Si no lo hacen así, si continúan con esa lucha intestina que los ha llevado a la peor situación desde que existen, acabarán entre todos con un partido que ya está moribundo.

Si esto sucede, millones de progresistas españoles se encontrarán huérfanos de opción política. Aunque siempre, triste consuelo, quedaría el voto en blanco.