5 de marzo de 2018

Elogio de la duda y crítica de la verdad absoluta

Durante algún tiempo estuve convencido de que la seguridad en uno mismo era un valor intelectual irrenunciable, hasta el punto de que consideraba que su ausencia suponía un grave inconveniente a la hora de desenvolverse en la vida con soltura. Pero con los años a cuestas, con tantos avatares soportados, he cambiado de parecer, quizá porque haya descubierto de repente que confundimos la seguridad en nosotros con el rechazo a las opiniones de los demás y la actitud valiente ante las adversidades con el disimulo de las debilidades propias. Es más, con el tiempo, como digo, he llegado a descubrir que eso que llamamos convicción o certeza de pensamiento no es más que una capa de protección ante la duda y muchas veces negación de la evidencia.

¿Pero es mala la duda? Yo creo que no, sino todo lo contrario. En mi opinión, es la clave del progreso intelectual en general y del desarrollo personal en particular. Dudar es abandonar la confortable zona de las verdades absolutas, es aceptar que la certeza incuestionable no existe. Sólo cuando se duda se buscan alternativas, sólo ante la incertidumbre se indaga sobre lo desconocido. Los seguros de sí mismo o de sus principios o de sus imaginarios quizá se sientan cómodos en su mundo de esquemas inamovibles, pero están muy lejos de la reflexión, del raciocinio y de la búsqueda de la verdad. Su coto cerrado, la concha protectora de la que se han provisto, los pone a buen recaudo de la duda. Sus mentes no aceptan nada que no sea su propia asunción de la realidad, su verdad preconcebida.

La duda no es cómoda. Preguntarse ante la incertidumbre dónde estará el camino a elegir es incómodo, porque a veces supone renunciar a lo que se ha tenido como cierto hasta entonces y, en cualquier caso, obliga a entrar en terrenos de arenas movedizas, de las que uno no sabe si saldrá airoso o desmadejado. Pero los que adoptan la duda como método intelectual no temen la incertidumbre, sino que la consideran su herramienta de trabajo para caminar por la vida. Prefieren la incomodidad de adentrarse en lo desconocido, incluso el riesgo que supone, a vivir esclavo de las verdades de los demás.

Lo más curioso de todo este asunto es que no conozco a nadie que no dude. Pero mientras que unos lo hacen con sufrimiento, con pavor a que de la duda salgan monstruos que amenacen la confortabilidad de sus arraigadas ideas, otros, los que han adoptado la duda como método, se aventuran en los laberintos de la inseguridad ávidos de respuestas, convencidos de que están haciendo lo que se debe hacer, no para arreglar el mundo, porque eso no es posible, pero sí para mantener su entorno limpio de falsas verdades, que no es poco. Un ejercicio a veces ocioso, porque no suele tener recompensa material.

Si desde niños nos enseñaran a dudar como método de trabajo intelectual, nos advirtieran de los peligros que arrastra la seguridad en las ideas, es posible que el mundo caminara por derroteros distintos. Aunque también pudiera suceder que muchos aprendieran la lección como aprendieron los afluentes del Tajo o la interminable lista de los reyes godos, pero que después la vida los llevara a refugiarse en sus verdades, porque prefieran la confortabilidad y el desahogo que aporta la seguridad en uno mismo.

1 de marzo de 2018

Pactar el desacuerdo

De vez en vez me he atrevido a traer aquí determinadas recomendaciones de lectura, la cita de algún libro que estuviera leyendo en ese momento o hubiera leído recientemente, y la implícita -o explícita- sugerencia de su lectura. Hoy lo hago con un ensayo –Empantanados (Ediciones Península)- de Joan Coscubiela, un político catalán tan conocido que creo que no necesita presentación. Fue portavoz de Iniciativa per Catalunya el Verts en el Congreso de los Diputados y recientemente, hasta las elecciones autonómicas del 21 de diciembre de 2017, diputado del parlament catalán, dentro de ese complejo popurrí de partidos de izquierdas que se denominó Catalunya Si que es Pot (CSQP; en español Cataluña Sí se Puede) y que se formó para concurrir a las autonómicas de 2015, a imitación y semejanza de Barcelona en Comú, la alianza bajo la que consiguió Ada Colau la alcandía del ayuntamiento de la capital catalana.

Aunque no comparto su ideología en bastantes aspectos fundamentales, lo tengo desde hace años por un político sensato y equilibrado, muy alejado de los planteamientos maximalistas hoy al uso en nuestro país. Durante los debates anteriores a la proclamación unilateral de independencia en Cataluña -real o figurada, vaya usted a saber-, despertó en alguna ocasión los aplausos unánimes de los diputados llamados constitucionalistas, junto al silencio de alguno de sus compañeros de formación, que lo tildaron de traidor a las ideas de su grupo.

En su libro repasa, con la visión privilegiada de un testigo activo y presencial, los pormenores de aquel complicado desaguisado, del intento de huida hacia adelante que sucedió en Cataluña durante los últimos meses de 2017 y cuyo coleteo aún se deja sentir hoy y nadie sabe hasta cuándo. Como consecuencia, hace un juicio pormenorizado de la ristra de acontecimientos que llevaron a los catalanes a las elecciones convocadas bajo el amparo del artículo 155 de la Constitución, visto desde la trastienda parlamentaria, desde las reboticas de los partidos y desde los mentideros de Madrid, con los que el autor mantiene sólidos contactos personales como consecuencia de su paso por la Carrera de San Jerónimo.

Sería imposible que hiciera aquí ni tan siquiera un breve resumen de su posición ante el conflicto catalán, pero sí me voy a permitir señalar tres puntos que me han llamado la atención por significativos. El primero es el hartazgo del autor ante la imposibilidad de trabajar con coherencia junto a sus coyunturales aliados procedentes de la galaxia de Podemos (la expresión es de Coscubiela), a los que tilda de falta de rigor en su posicionamiento respecto al debate independentista, aunque lo haga con otras palabras mucho más certeras que las que yo utilizo. El segundo, su indignación ante las astucias manejadas por los separatistas, ante su falta de sentido de la realidad y ante sus pocos escrúpulos a la hora de engañar a la sociedad catalana. El tercero, la acusación  al PP, y al señor Rajoy en concreto, de no haber entendido de la misa la mitad de lo que allí se cocía y de haber estado trabajando durante todo este tiempo con visión partidista y no de estado.

No me atrevo a recomendar a todos mis amigos la lectura de un libro tan pormenorizado como es éste, tan arduo por su contenido sociopolítico, algo alejado del conocimiento de los que somos meros observadores de la cosa pública, a pesar de su tono cercano y yo diría que didáctico. Pero sí a aquellos que quieran acercarse con objetividad y sin apasionamiento a las entretelas de un debate en el que, como dice el autor, ni los separatistas pueden partir el espinazo al Estado ni el Estado puede doblegar el imaginario separatista, un conflicto en el que no cabe más solución, según expresa Coscubiela, que pactar el desacuerdo.

A mí sí me ha ayudado a entender muchas cosas y, por qué no decirlo, a reafirmarme en algunas de mis apreciaciones sobre el conflicto catalán en particular y la política española en general.

25 de febrero de 2018

Vivimos donde podemos y no donde queremos. Hacer de la necesidad virtud

Quizá fuera el conocido proverbio hacer de la necesidad virtud uno de los que más me llamaran la atención en su día, cuando siendo todavía un adolescente lo oí por primera vez y descifré a continuación el mensaje que encerraba, el de que en la vida se debe procurar sacar ventaja de la desventaja y beneficio del perjuicio. Supongo que su propuesta no me parecería demasiado realista, a pesar de mi poca experiencia de entonces, aunque es posible que también pensara que los que consigan practicarla vivirán más felices.

Pero ahora que peino canas –lo de las canas es cierto, lo de peinarlas sólo un decir- he llegado a encontrar otra versión de su significado no tan positiva como la anterior, la de que a veces se enmascaran las desventajas que nos encontramos en la vida como ventajas, para huir de la realidad que nos toca vivir. Digo que esta lectura no es tan beneficiosa como la primera, porque en definitiva quienes practican el proverbio con este sentido lo que hacen es evadirse de la realidad, engañarse a sí mismos. Mientras que la primera de las interpretaciones del refrán supone adoptar una actitud positiva ante los inconvenientes, la segunda procede del vano intento de camuflar como satisfacción lo que no es más que insatisfacción.

Pondré un ejemplo, que, como ya he dicho en alguna ocasión, me enseñaron hace tiempo que es la mejor manera de explicar las cosas. Conozco a pocas personas que digan que no estén satisfechas con su lugar de residencia. Los que viven en pueblos alardean de quietud, de sosiego y de salubridad ambiental; los que residen en pequeñas ciudades, de calidad de vida y de tranquilidad ciudadana; los que habitan las grandes urbes, de entorno cosmopolita y de disponer de una completa oferta cultural. Todos están haciendo de la necesidad virtud de acuerdo con el segundo significado del refrán, porque, salvo excepciones, nadie vive donde quiere sino en el lugar al que lo han llevado sus circunstancias personales.

Incluso podríamos llegar a más detalle. En los pueblos no es lo mismo vivir al lado de la plaza mayor que en los arrabales, y naturalmente los del centro nos dirán que prefieren vivir junto al ayuntamiento en vez de tres calles más allá; y los que habiten  las casas alejadas presumirán de disponer de mejores vistas que los que viven encajonados entre el caserío. Por otro lado, en las pequeñas ciudades estarán aquellos que han encontrado provecho en residir a sólo una o dos horas de alguna gran ciudad y los que prefieran estar a gran distancia de la bulliciosa vida capitalina, que todo lo corrompe. Por último, en las grandes urbes unos dirán que donde se vive mejor es en el centro, porque tienen al lado todo lo que necesitan, y otros preferirán los suburbios, en los que la vida es más tranquila y se respira mejor. Y todos tan contentos, porque al fin y al cabo cuesta poco disfrazar la necesidad de virtud.

Por cierto, cuando me preguntan sobre este asunto suelo contestar que resido en una gran ciudad, a muy poca distancia del centro histórico, rodeado de toda clase de servicios y bien comunicado con cualquier otro barrio. Pero, después de haber reflexionado sobre lo anterior, estoy llegando a la conclusión de que con esta descripción quizá esté haciendo de la necesidad virtud en el peor de sus significados. Tendré que revisar mi respuesta.

20 de febrero de 2018

Después de medio siglo, todo sigue igual

Nunca pensé que la pedagogía llegara a interesarme tanto como me interesa ahora. Para mí, hasta hace poco, era la ciencia que se ocupaba de los métodos de educación o de enseñanza al servicio de los educadores, y nada me llevó nunca a preocuparme demasiado ni de sus procedimientos ni de sus alternativas ni de sus afanes. En su día fui un sufridor de los planes que me tocaron seguir en el colegio y durante la carrera, y no exagero si confieso que a partir de entonces he vivido durante mucho tiempo de espaldas a sus vaivenes. Si acaso llegó a estar presente en mis inquietudes durante la época escolar y universitaria de mis hijos, pero poco más. Era una de esas cosas sobre las que aplicaba el proverbio de doctores tiene la Iglesia.

Sin embargo, una serie de circunstancias personales me han llevado últimamente a reflexionar sobre este asunto, a tomar conciencia de la importancia del enfoque que se aplique al enseñar. Quizá haya sido el descubrir que las cosas poco han cambiado en los planes de enseñanza durante los últimos cincuenta años lo que me ha obligado a volver la mirada hacia la pedagogía, porque he comprobado con cierta frustración que, a pesar de tanto debate, de tantos cambios de nombre y de tanta algarabía partidista, todo sigue como estaba hace medio siglo, matiz arriba matiz abajo, detalles que por cierto sólo consiguen disfrazar de innovador lo que no son más que cambios de nombre, por lo general a beneficio del prestigio o desprestigio del ministro del ramo o del gobierno al que pertenezca, pero en ningún caso del sistema educativo.

Los planes actuales siguen persiguiendo más objetivos cuantitativos que cualitativos, con muchas asignaturas y con muchos capítulos que memorizar; pero continúan carentes de visión práctica y de perspectiva de aplicabilidad. La pregunta que yo me hacía entonces -¿para qué servirá todo esto?- se la siguen haciendo hoy nuestros estudiantes de segunda enseñanza; y de poco sirve contestarles que no se preocupen, que ya habrá tiempo para que entiendan su utilidad, porque con esta respuesta se les deja en la incertidumbre de si estarán perdiendo el tiempo con tanta erudición. Avanzan por un largo túnel oscuro sin que ni siquiera intuyan el final.

La memoria sigue siendo el fundamento en el que se basan los planes educativos de segunda enseñanza, incluso en las asignaturas llamadas de ciencias. No es que yo tenga nada contra la memoria, sino que considero que basarlo todo en la retención de conceptos, sin desplegar al mismo tiempo las capacidades deductivas del estudiante y su interés por el conocimiento, puede significar pan para hoy y hambre para mañana; o, dicho de una manera menos coloquial, considero que es un método que robotiza las mentes sin fomentar ni el entendimiento ni la voluntad, las otras dos patas del famoso trípode sobre el que debería sustentarse la formación académica.

Si hay algo en España que requiera un pacto de estado con urgencia es la educación a todos sus niveles. Supongo que la universidad habrá ganado bastante con la implantación del plan Bolonia –al menos se ha logrado un cierto grado de consenso entre bastantes países de Europa-; pero la educación secundaria en nuestro país sigue estancada en los métodos educativos que se aplicaban cuando yo era un niño, que ya es decir. Mucha religión sí o religión no, demasiado alboroto sobre la conveniencia o inconveniencia de implantar la educación ciudadana, pero nada en absoluto respecto a la necesidad de mejorar el enfoque educativo en general.

Nuestra sociedad padece de muchas carencias, pero quizá ésta, la de apenas haber desarrollado los planes de estudio con criterios de modernidad durante los últimos decenios, sea una de las más dramáticas y de las que más requieran la atención de los políticos.

14 de febrero de 2018

Cuidado con los principios

Le oí decir una vez a un buen amigo, con el que lamentablemente perdí el contacto hace ya muchos años, que él no tenía principios o que de tenerlos serían muy pocos. Si no fuera porque se trataba de alguien de quien sabía que era un hombre íntegro y de comportamiento ético y cabal en todos los órdenes de la vida -además de poseer una erudición a mi juicio por encima de la media-, al oírlo hubiera creído que me estaba haciendo una declaración de amoralidad o de falta de honradez, algo que en su caso descarté inmediatamente, aunque su espontánea declaración me dejara sorprendido y me hiciera meditar.

Pasado el tiempo, llegué a la conclusión de que en realidad lo que quiso decirme aquel día era que los principios, de los que tantas veces alardeamos a lo largo de nuestra vida, no son más que prejuicios, unos adquiridos a través de la educación familiar y escolar y otros por contacto con el entorno. Pocas veces estos principios se corresponden con normas éticas o morales universales, sino que suelen ser adaptaciones de nuestras conductas a nuestros criterios subjetivos. Es un bonito eufemismo bajo el que ocultamos nuestra visión sesgada de la realidad, nunca verdades fundamentales.

Los prejuicios son en realidad cortapisas de la libertad personal. Quienes los padecen viven bajo una tiranía que no les permite discernir entre la verdad y la falsedad, entre lo justo y lo injusto. Es cierto que hay muchos a los que no les importa sufrir la opresión de los tiranos, quizá porque les resulte cómodo no tener que decidir. Al fin y al cabo los prejuicios marcan una idea, una visión predeterminada de las cosas, y así no hay que darle demasiadas vueltas a la cabeza. Para el que prejuzga las cosas son blancas o negras, nunca grises. Se lo dictan sus prejuicios y ellos sabrán por qué.

Pongamos un ejemplo, porque como decía un profesor mío de bachillerato que tuve hace muchos, pero que muchos años, con los ejemplos se entiende todo. Quienes padecen de homofobia no tienen que pensar nada sobre el complejo tema de las relaciones sentimentales entre personas del mismo sexo. Desde su perspectiva no hay nada que discutir. Sus prejuicios –sus principios dirán algunos- no les permiten aceptar otro tipo de unión sentimental que la que se da entre personas de distinto sexo. Todo lo que se aparte de este canon es perverso, antinatural y degradante. Se lo ordena el tirano y no hay más que hablar.

Supongo que todos tenemos prejuicios, con mayor o menor arraigo, y supongo también que son pocos los que no sean capaces de saber que los tienen. Sin embargo algunos intentan salir de la tiranía, de la falta de libertad de pensamiento que les provoca los prejuicios, mientras que otros se regodean en vivir bajo el yugo del tirano y la sumisión de sus preceptos, hasta el punto de que terminan incorporándolos a su código de conducta y empiezan a llamarlos principios.

Mi amigo debía de haberse sublevado contra la tiranía que no le dejaba pensar con libertad y decidir por su cuenta, y por eso me dijo aquel día aquello de que no tenía principios.

9 de febrero de 2018

Pobreza lingüística. El corralito de nuestro idioma

Nuestro insigne Quevedo escribió aquello de que mudar vocablos es limpieza. Se refería a la conveniencia de usar nuestro idioma en toda su amplitud, ya que la riqueza del español permite matizar cualquier concepto mediante el uso de una gran variedad de palabras, sinónimos cuyo empleo mejoran el lenguaje. Cuanto más diverso sea el vocabulario que se utilice, mayor nitidez contendrán los mensajes que se quieran transmitir y mejor y con más profundidad llegarán a los oídos del oyente. Lo que no significa, ni mucho menos, que sea preciso caer en ostentosas sonoridades ni en cursis florituras. La virtud, ya se sabe, está en el término medio. Los extremos son siempre viciosos.

Ahora todo es importante, un adjetivo calificativo que sustituye a cualquier otro. Los meteorólogos nos hablan de importantes nevadas, los periodistas de importantes atascos en las carreteras, los políticos de importantes resultados en los comicios, los docentes de importantes planes educativos y los médicos de importantes epidemias de gripe. Todo es importante, porque para qué buscar en los entresijos de la memoria otras palabras sustitutivas, otros calificativos más acordes con lo que se pretende expresar, si con éste, de propósito universal, nos entendemos todos.

Lo que sucede es que algunos cuando oímos calificar algo de importante nos quedamos ávidos de información. Si la nevada además de importante fuera copiosa y de cota baja, veríamos la situación atmosférica con mayor claridad. Si los planes de educación no sólo fueran importantes sino además innovadores y didácticos, es posible que percibiéramos que algo estaba cambiando en el panorama de la pedagogía. Claro que para eso hay que saber lo que significa copiosa y de cota baja y lo que expresan las palabras innovadora y didáctica; pero, desgraciadamente, a medida que pasa el tiempo son menos los que lo saben.

¡Cómo lo van a saber si cada vez se lee menos! El mundo audiovisual, del que me declaro admirador porque lo cortés no quita lo valiente, tiene cierta culpa de lo que sucede. Son muchos los que tentados por la facilidad con la que se perciben imágenes y sonidos han abandonado cualquier lectura, ya que consideran que es muy grande el esfuerzo requerido para convertir palabras escritas en ideas mentales. Una cosa es asimilar sensaciones y otra muy distinta  procesar conceptos. Lo primero puede ser casi pasivo, mientras que lo segundo requiere empeño y voluntad. Y el ajetreo del mundo actual –dicen los reñidos con la lectura- no permite perder el tiempo.

Lo peor de todo esto es que se trata de un fenómeno multiplicador. Cuantos más son los que reducen su vocabulario a la mínima expresión, mayor es el número de los que sólo emplearán las palabras que usen los primeros, porque al fin y al cabo el lenguaje hablado es para muchos la única fuente donde captar vocablos. Si no se fomenta el contacto con círculos cultos y encima no se lee, la degradación lingüística está servida, y de nada servirá hablar una lengua que permite matizar los mensajes hasta donde uno quiera.

Todos, sin excepción, somos víctimas de este fenómeno degenerativo de la lengua. Lo que sucede es que algunos reaccionamos ante la amenaza leyendo cuanto podemos para no caer en el corralito en el que están encerrando a nuestro idioma, ese que con sólo un adjetivo calificativo –importante- resuelve cualquier disyuntiva oral. Aun así, confieso, yo nunca me pongo a escribir sin colocar a mi lado mis queridos diccionarios de sinónimos y antónimos de Santillana y de Larousse, que me ayudan en cierto modo a contrarrestar la pobreza lingüística en la que estamos inmersos.

7 de febrero de 2018

Víctimas de la violencia y oportunismo partidista

Supongo que algunos considerarán que lo que voy a decir a continuación no es políticamente correcto, pero traicionaría el espíritu de este blog si no expresara lo que pienso sobre cualquier tema social que despierte mi interés; y éste, el de las víctimas de la violencia -terrorista, machista o de cualquier índole- es uno de ellos. De manera que, como desgraciadamente en nuestra compleja sociedad proliferan los violentos, no puedo evitar reflexionar sobre una situación que me llena de indignación cada vez que la observo.

Desde mi punto de vista, las auténticas víctimas de cualquier tipo de violencia son los asesinados, porque ellos fueron quienes sufrieron en primera persona las consecuencias de los actos criminales de sus verdugos. Sus deudos, que siempre contarán con mi simpatía y solidaridad por el drama que supone tener que soportar la pérdida de un ser querido en circunstancias sobrecogedoras, sólo lo son en un sentido subsidiario y circunstancial. Sin embargo la sociedad los convierte en víctimas de la violencia,  porque son el símbolo viviente de las consecuencias de la  barbarie asesina.

Hasta aquí nada que objetar.  Mis inquietudes empiezan cuando descubro el comportamiento de algunas de estas víctimas, que convierten la tragedia de los familiares asesinados en el leitmotiv de sus vidas. Las conocidas asociaciones de víctimas del terrorismo, con sus distintos sesgos ideológicos, serían buenos ejemplos de lo que pretendo explicar. Padres o hermanos o hijos o cualquier otro tipo de familiares directos de los asesinados por la banda terrorista ETA o por el yihadismo  fanático o por el machismo asesino o por repugnantes violadores se convierten, de la noche a la mañana, en compañeros inseparables de algunos líderes políticos, como si la tragedia los hubiera transformado en figuras imprescindibles para los responsables de ciertos partidos. Un oportunismo con el que no puedo estar de acuerdo, por la artificialidad que implica arrimar el ascua de las tragedias personales a  los intereses  partidistas.

En las últimas semanas estamos asistiendo a un curioso espectáculo, el de algunos padres de niñas o de jóvenes asesinadas por manos desalmadas, que conjugan al unísono el recuerdo de sus tragedias para pasearse de cadena en cadena de televisión, de emisora en emisora de radio. Un exhibicionismo cuya única finalidad es mantener encendida la triste popularidad que les sobrevino como consecuencia de la muerte de sus hijas. Además, por si fuera poco, por si esta demostración pública no resultara desconcertante ante los ojos de muchos, utilizan sus desgracias para apoyar la inclusión de determinados castigos en el código penal, disfrazando sus pretensiones de servicio a la sociedad.

Es cierto que son muy pocos, porque la inmensa mayoría de los que han sufrido la desgracia de perder a un familiar a manos de algún brutal asesino permanece anónima, sufriendo la tragedia en la intimidad de su entorno, sin recurrir a la aparatosidad de los focos y del periodismo amarillista, ni mucho menos colaborar con el populismo político. Pero el arribismo de unos pocos, a los que no hay más que oír para adivinar de inmediato sus intenciones de obtener fama y lo que como consecuencia caiga, desfigura la imagen de un colectivo que merece los máximos respetos de la sociedad a la que pertenecen.

Tenía que decirlo y ya lo he dicho, aunque corra el riesgo de que algunos me tachen de políticamente incorrecto.

4 de febrero de 2018

Lo políticamente incorrecto y la autocensura

Empieza a preocuparme la cantidad de sucesos políticamente incorrectos que se denuncian todos los días a nuestro alrededor. Mejor dicho, lo que me alarma no son los hechos denunciados sino la cantidad de denunciantes o censores que nos advierten sobre los peligros que nos acechan si no ponemos orden entre tanta incorrección. Cuidado con los anuncios sexistas -nos avisan-, con los chistes de tinte racial, con las historias pasadas de tono o con llamarle chucho a un perro. Son actitudes -insisten- incorrectas y por tanto censurables. Y añaden: hay que acabar con ellas.

¡Pero qué exageración! Yo no digo que no haya que cuidar las formas, que no sea de mal gusto cierta publicidad, algún chiste malintencionado, determinado exhibicionismo pornográfico o la falta de atención a los animales. Pero de eso a decir que con una modelo escotada en un anuncio se fomenta el machismo o que con la lectura de “Cincuenta sombras de Grey” se bordea la perversión sexual hay un abismo.

Me pregunto a veces que haría hoy mi admirado Gila en una sociedad tan mojigata como sería la que pretenden alcanzar estos censores. No podría contar aquello de me habéis matado un hijo pero lo que nos hemos divertido -porque lo acusarían de exaltar el terrorismo-, ni lo de que él nació en su casa cuando su madre no estaba -porque lo tacharían de atentar contra los fundamentos de la familia tradicional-, ni lo de decirle al enemigo que no sea molesto y no ataque a la hora de la siesta-, porque le caería encima el sambenito de antisistema-, y ni siquiera podría repetir los chascarrillos pueblerinos -porque lo culparían de antisocial-. Posiblemente se negaría a cambiar el discurso transgresor que le dio fama y del que emanaba su talento como humorista, y gracias a su rechazo a tanta gazmoñería mantuviera el nivel de genialidad que siempre tuvo.

No estoy en contra, sino todo lo contrario, de las luchas reivindicativas de las minorías discriminadas. Las apoyo intelectualmente y nunca se me oirá decir algo que contradiga su discurso. Pero cuando  oigo chistes de esos que empiezan por iban un judío, un musulmán y un cristiano, o un negro, un chino y un blanco, o cualquier otro de índole comparativa, suelo reírme por el mensaje tópico que encierran y no pienso en ningún caso que se estén vulnerando derechos de minorías ni mucho menos hiriendo sensibilidades. Un chiste es un chiste y nada más.

Me preocupa que detrás de tanta defensa de lo políticamente correcto se esconda el intento de implantar una nueva forma de censura, o mejor dicho de autocensura, que nos obligue a pensar con mucho detenimiento lo que vamos a decir, no vaya a ser que hiramos la susceptibilidad de alguien. Me intranquiliza que, bajo el pretexto de defender los legítimos derechos de algunos, se socave uno de los que considero irrenunciables, el de la libertad de expresión.

Sin perjuicio de que no me gusten ni la vulgaridad ni la chabacanería ni la falta de consideración hacia nadie, prefiero la incorrección política a esta autocensura sobrevenida.

2 de febrero de 2018

Igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres. Discriminaciones positivas

Creo que ya he expresado mi opinión sobre este asunto, el de las discriminaciones positivas, en alguna otra ocasión. Pero como está muy en boga lo de la brecha salarial entre hombres y mujeres, voy a dedicar una vez más algunas líneas a un tema tan candente como éste, a pesar de que Rajoy hace poco recomendara, muy seguro de sí mismo, que no lo hiciéramos. Es cierto que después se disculpó, pero ya se le había visto el plumero del inmovilismo, el de más vale no tocar nada no vaya a ser que se desencaje el invento.

Como he trabajado en una compañía en la que a igualdad de responsabilidades cobrábamos lo mismo los hombres que las mujeres, y me resulta difícil creer que esto no suceda en la mayoría de las llamémoslas grandes empresas, he llegado a la conclusión de que la discriminación empieza con la desigualdad de oportunidades entre los dos sexos, algo que se inicia con la educación familiar, continua con la formación académica y termina con la actitud ante la vida. La desigualdad salarial muchas veces es consecuencia de la diferencia entre las oportunidades que hayan recibido unos y otras.

Es verdad que el panorama de la desigualdad sexista lleva bastante tiempo cambiando, que se han corregido y se siguen corrigiendo muchos defectos del pasado y que hoy las diferencias de oportunidades entre unos y otras no son lo que fueron. Pero no es menos cierto que las inercias negativas son enormes, porque el machismo permanece arraigado en nuestra sociedad. Al fin y al cabo se trata de un privilegio –absolutamente injusto por otra parte- y a los privilegiados les cuesta mucho renunciar de buena gana a sus prebendas.

Por eso, porque hay que romper inercias forzando las resistencias, aparecieron las discriminaciones positivas, para, de una forma artificial si se quiere, contribuir a vencer las reluctancias. La paridad –igualdad en número entre hombres y mujeres en un determinado entorno-, tan vilipendiada por los sectores conservadores de nuestra sociedad, es una de ellas. Cuando se propone, por ejemplo, que se favorezca la inclusión de mujeres en las listas electorales hasta que su número sea igual al de los hombres, se está tratando de vencer una inercia negativa, la de considerar que las mujeres no están hechas para la política o que disponen de menos influencia que los hombres; y con la recomendación de nombrar consejeras en los consejos de administración de las empresas, se lanza una señal de alerta sobre la anormalidad que significa que hasta hace muy poco sólo hubiera hombres al frente de las decisiones empresariales. ¿Alguien cree de verdad que ninguna mujer entre el accionariado de una empresa merece la confianza profesional de sus compañeros?

Cuando se mencionan estas políticas que intentan compensar las diferencias de oportunidades, se habla por un lado de discriminación, porque no cabe duda de que se está anteponiendo el género a la calidad intelectual o a la experiencia, pero se añade lo de positiva, para recalcar que se persigue un valor social, el de favorecer el acceso de la mujer a los puestos de responsabilidad, el de compensar la posible desigualdad de oportunidades.


Por eso, aunque Mariano Rajoy recomendara en su momento que no entráramos en este asunto, y a pesar de que por lo general soy bastante obediente, rompo una vez más una lanza a favor de la discriminación positiva aplicada con la intención de conseguir equiparar las oportunidades entre hombres y mujeres en todos los aspectos de la vida social.

27 de enero de 2018

Con éstos no hay nada que hacer

Para solucionar definitivamente lo de Cataluña, -quiero decir para acabar de verdad y para siempre con el profundo conflicto social que se vive en aquella parte de España y que repercute cada vez con más fuerza en el resto del país- hacen falta otros interlocutores. Ni Rajoy ni Puigdemont pueden solucionarlo. El primero, porque su situación parlamentaria, cada vez más minada por la corrupción institucional que sufre su partido, no le deja, a su juicio, otra alternativa que ganar cierta popularidad entre esa parte de la sociedad española que siempre ha anatemizado a los catalanes con todo tipo de acusaciones, desde la prepotencia hasta la insolidaridad. Sabe que cuanto más fustigue al adversario, cuanta más caña le dé, mejor le irán las cosas. Y esa no es la solución. El segundo, porque ha perdido el sentido de la realidad y camina hacia ninguna parte, cabalgando sobre sus propios errores, utilizando  astucias y artimañas  para conseguir lo que de otra manera no sería capaz de alcanzar. Le ocurre lo mismo que a Rajoy, pero en sentido contrario. Cuanto más ataque al Estado, más prestigio entre los suyos. Y así no es posible llegar a ninguna parte.

La pregunta inmediata sería: entonces, ¿quién puede solucionar el entuerto? Y mi respuesta es: nadie dentro del actual panorama de la política española, ni los de la derecha ni los de la izquierda, ni el binomio PP-Ciudadanos ni una posible coalición de los partidos de izquierdas. Los primeros porque están totalmente en contra de cualquier solución que no sea continuar con el estatus actual (la autonomía constitucional ya fue para ellos una gran concesión) y los segundos porque el PSOE y Podemos tienen visiones muy distintas sobre la posible solución, los primeros no discuten la unidad de España, pero aceptan el federalismo como solución de compromiso, y los segundos defienden el derecho a decidir, caiga quien caiga. Y ya sabemos que eso de la transversalidad -una coalición que por razones de Estado sume sensateces de la derecha y de la izquierda, del separatismo y del constitucionalismo- es hoy por hoy algo inalcanzable en España.

Pero lo malo es que los pólipos molestos si no se curan a tiempo pueden terminar convirtiéndose en tumores malignos, que además de amargar la existencia de quien los padece, a veces se transforman en letales. Y si tenemos en cuenta que el mar de fondo del separatismo catalán tiene siglos de existencia, y que lo de ahora no es más que un brote virulento, aunque quizá el más duro que se haya dado en los tiempos modernos, los políticos de todas las tendencias, si pensaran en algo más allá de las estrategias que favorezcan sus intereses de partido a corto plazo, deberían estar muy preocupados por un conflicto en el que ya pocas cosas quedan por ver. Pero no es así.

Por si todo lo anterior no fuera suficientemente desalentador, ni siquiera consuela la esperanza de que unas nuevas elecciones pudieran cambiar las cosas. Todo apunta a que el país se ha compartimentado en ideologías con cierta estabilidad electoral, lo que significa que existen bastantes probabilidades de que se repitan los resultados electorales que nos llevaron a la situación actual, punto arriba punto abajo. Con lo cual el contencioso de Cataluña continuará sin cerrarse definitivamente, seguirá existiendo una parte de la población catalana insatisfecha con su situación en España y una incomprensión muy extendida en el resto del país sobre las causas de esa insatisfacción.

Se necesitan otros interlocutores, otros líderes con capacidad para manejar la situación; porque si no los españoles, catalanes o no, continuaremos sufriendo las consecuencias de tanta ineptitud, de tanta cortedad de miras.

20 de enero de 2018

Huida hacia adelante o de perdidos al río

Si consideramos que disponer de agilidad de cintura para manejar situaciones conflictivas constituye en los políticos un valor añadido, la huida hacia adelante es la peor de las estrategias que pueden elegir. Se huye hacia adelante cuando se pretende salir de una situación problemática insistiendo en la actitud que ha llevado a la misma, con la confianza puesta en que el contratiempo se resuelva con más de lo mismo. De perdidos al río, dirían otros, que viene a ser muy parecido. Pues bien, se me antoja que al señor Puigdemont le está sucediendo precisamente esto, lo de la huida y lo del río, pero en este caso una huida a ninguna parte y un río de aguas empantanadas.

En la etapa posterior a la aplicación del artículo 155, por un lado, y a la actuación del Tribunal Supremo, por otro, hemos tenido ocasión de contemplar una amplia variedad de actitudes en el sector independentista, hasta el extremo de que se podría escribir un ensayo sociológico, una completa enciclopedia temática bajo el lema de donde dije digo, digo Diego. Como soy posibilista y creo firmemente en la conveniencia de no perder nunca de vista la realidad, por poco que nos guste, y en la inconveniencia de agarrase a ideas quiméricas, por maravillosas que nos parezcan, no voy a hacer mofa de estas mutaciones repentinas, porque las considero consecuencia de la flexibilidad que mencionaba arriba. Es cierto que renunciar a la unilateralidad y acatar las leyes es lo que deberían haber hecho desde el primer momento, pero nunca es tarde. Y aunque no todos lo digan con las mismas palabras y con las mismas intenciones, en el fondo de sus declaraciones subyace el reconocimiento de que su estrategia de enfrentamiento abierto con el Estado ha fracasado por completo.

Una vez que se haya formado el govern, los independentistas estarán en su derecho democrático a continuar con sus afanes separatistas, pero no a saltarse las leyes a conveniencia de sus intereses de parte. Podrán por tanto gobernar en Cataluña durante el tiempo que dure esta legislatura, ya que disponen de mayoría suficiente para ello, pero en ningún caso, porque a eso no les han facultado las elecciones, actuar fuera de la Constitución y del Estatuto de Autonomía. Es tan evidente que resulta tedioso abundar en ello.

Durante un tiempo muchos de ellos negaron la evidencia, hasta que la contundencia de las leyes que decían ignorar y la maquinaria del Estado al que les guste o no les guste pertenecen se les vinieron encima. Ahora algunos han reconocido su error y de ahí que observemos en ellos esos cambios tan repentinos y chocantes. Pero insisto: bienvenidos sean al redil de la cordura.

Pero no todos, porque algunos parecen no haberse dado por enterados. Los que desde Bruselas pretenden gobernar a distancia y los que desde aquí apoyan tan absurda pretensión están huyendo hacia adelante. Saben muy bien que una vez más la justicia no se lo va a permitir, además de no ignorar que el 155 sigue vigente. Continuar en esa vía no tiene para ellos ningún sentido práctico, salvo el de tensar la cuerda para ver si se rompe. Su fijación mental los lleva a no aceptar el fracaso de la estrategia que eligieron, a insistir en una vía que saben perfectamente que no tiene salida. No les importa desestabilizar el país, frenar el crecimiento, enfrentar a los catalanes entre sí y continuar creando un gravísimo problema en España y en Europa entera, aunque no vaya a servirles de nada.

A estas alturas, sólo cabe confiar en que los que de una u otra manera han interiorizado el fracaso de la unilateralidad impongan la sensatez sobre los que han decidido tirarse al río, y en que el gobierno central, consciente de que la mitad de los catalanes son independentistas, no tarde en sentarse a dialogar  con el sector separatista, a buscar una solución inteligente que acabe de una vez por todas con el problema. En cualquier caso, no tardaremos mucho en averiguar lo que sucede.

16 de enero de 2018

Terquedad, inmovilismo y otras zarandajas sobre el libre albedrío

No digo que el ser humano no tenga capacidad para  intentar elegir su propio destino. Jamás se me ocurriría sostener una aseveración tan categórica. La evolución (otros dirán el Creador o la Divina Providencia) nos ha dotado de libertad de elección, de manera que hasta cierto punto podemos seguir a lo largo de la vida la ruta que nos recomiende nuestra inteligencia. Sin embargo, aunque no hayamos nacido del todo programados, hemos venido al mundo muy condicionados por los genes heredados y por las circunstancias que nos rodean, razón por la cual nuestro libre albedrío está en buena parte limitado. Pero que nadie tema que vaya a meterme ahora en camisa de once varas y empiece a perorar sobre complejidades filosóficas. No lo voy a hacer, entre otras cosas porque ya he dicho en alguna ocasión que la filosofía no es lo mío. Prefiero meditar sobre lo tangible y dejar a prudente distancia lo intangible.

No obstante, la consideración de los condicionamientos mentales heredados o adquiridos me da pie a reflexionar sobre la terquedad con la que el ciudadano de a pie se agarra a la ideología que un día hizo suya. Conozco pocas personas que cambien de pensamiento político a lo largo de su vida. No digo de partido –aunque también en muchos casos-, sino de tendencia. Parece como si el ser humano no quisiera corregirse a sí mismo y dar por invalidados sus pensamientos políticos de hasta entonces. Si he sido de derechas tanto tiempo, no voy a dejar de serlo ahora. Si la progresía ha constituido mi modelo a lo largo de los años, no se me pude ocurrir convertirme de repente en un conservador. Por eso precisamente lo que se entiende por centro ha tenido siempre tantos partidarios, porque, sin necesidad de moverse  uno demasiado de su casilla, puede cambiar de posición en cualquier momento si las circunstancias se lo recomiendan. ¡Qué bien queda lo de centro izquierda y lo de centro derecha! Mañana me paso de un lado al otro y nadie me puede llamar chaquetero. Sigo estando en el centro-centro de toda la vida.

Supongo que esa terquedad en mantenerse en el posicionamiento o inmovilidad ideológica, después de lo que cae todos los días, debe de tener alguna explicación. Yo encuentro una, la incapacidad de reconocer el error de haber estado apoyando una opción desacertada durante tanto tiempo, lo que viene a ser lo mismo que aceptar que uno se ha equivocado en repetidas ocasiones en algo tan determinante como elegir a las personas que dirijan el destino de su país. Si me he equivocado en algo de tanta importancia, cómo será en cosas de menos monda o de poca monta y no digo nada en las triviales. No soy yo el que ha cometido un error, son ellos, los dirigentes que he elegido. Ya rectificarán y volverán a la ortodoxia, que no es otra que la línea que yo he seguido hasta ahora.

A veces, como ha sucedido en los últimos años con la irrupción de nuevos partidos en la esfera política -lo que algunos llaman con cierta esperanza, no sé si fundada o infundada, el final del bipartidismo-, se producen movimientos de adecuación que facilitan las migraciones ideológicas sin necesidad de hacer demasiadas concesiones a la idea de que uno se había equivocado. Las nuevas opciones suelen emerger con la vista puesta en los electores de alguna de las ya existentes, cuidando de no atacar demasiado la ideología del modelo elegido, para que los que muden sus posiciones no se sientan demasiado incómodos ante el reconocimiento de su infidelidad. Me voy con éstos porque son de los míos pero renovados. Una manera de seguir anclado en tu pasado ideológico sin que el espíritu sufra demasiadas alteraciones.

Ahora que lo pienso, quizá esta persistencia en el posicionamiento ideológico sea una explicación de por qué se sigue votando a los corruptos, por muy evidentes que sean sus latrocinios. Al fin y al cabo, se dicen así mismo sus incondicionales, son todos iguales y por tanto que más da. Y aquí paz y después más corrupción.

13 de enero de 2018

Cabalgata de Reyes/Reinas Magos/Magas

Le oí decir el otro día a un comentarista radiofónico o televisivo que nuestro país debería de vez en vez hacer una visita al psicoanalista. La ocurrencia me hizo gracia porque, aunque se diga en sentido figurado, es muy acertada. Todos los días nos desayunamos con alguna estúpida polémica o con algún conflicto sin sentido, controversias que, si no fuera porque uno termina acostumbrándose a las discusiones absurdas, podrían acabar haciendo estragos en nuestra estabilidad emocional. Una de las últimas ha sido la bronca que se organizó hace muy poco a cuento de la presencia de ciertas Reinas Magas, con algún travestido por en medio para que no faltara de nada, en determinadas cabalgatas. Un auténtico esperpento, se mire del lado que se mire, desde el de los transgresores o desde el de los ofendidos.

Aunque no quise entrar en su momento en el detalle de las propuestas retadoras de ciertas organizaciones “progres”, porque me parecían una auténtica majadería -además de inoportunas, extemporáneas e incluso, por qué no decirlo, chabacanas-, al final no tuve más remedio que enterarme de su contenido a través de los medios de comunicación, algunos de los cuales parecían no tener esos días otra cosa de la que hablar. Y de repente me topé con una defensa a ultranza de la tradición religiosa que, según algunos, ampara el desfile callejero dedicado a los niños, con una serie de descalificaciones hacia los blasfemos que me pusieron los pelos de punta y despertaron mi aletargado interés. Entre otras cosas -todas muy chocantes- los discrepantes solicitaban la intervención de la jerarquía eclesiástica para poner fin al agravio.

La cabalgata de Reyes, a la que yo acudía de niño de la mano de mis padres, con la ilusión de ver a los Magos de Oriente de cerca -aunque los camellos me produjeran cierto repelús- y disfrutar, al mismo tiempo, del jolgorio callejero unas horas antes de que Sus Majestades entraran por la ventana de mi casa, bebieran una copita de anís y comieran algún mazapán que otro y, a continuación, dejaran en el cuarto de estar mis regalos y los de mis hermanos, es una tradición laica –aunque con raíces en leyendas religiosas muy alteradas por el paso de los siglos como consecuencia de la falta de información histórica- que no tiene mayor alcance que el de contribuir a alimentar los sueños infantiles en esa noche tan mágica para los más pequeños. A lo largo de mi vida he visto muchas, o al menos bastantes secuencias de las que se celebran a lo largo y ancho de la geografía española, con pato Donald, Dumbo, Pluto, el ratón Micky y Blanca Nieves y los siete enanitos incluidos, y con garbosas “majorettes” y bullangueras charangas, y con otros personajes de cuentos infantiles más modernos de cuyo nombre ni me acuerdo ni pongo interés en acordarme para no borrar de la memoria los anteriores. Fantasía, luz, color, música y canciones que alegran a los niños, porque en realidad su ingenuidad y su ilusión son los verdaderos protagonistas del desfile.

Tratar de encontrar relación entre esta fiesta infantil con liturgias religiosas es buscar tres pies al gato. Sólo mentes atormentadas por fantasmas místicos pueden llegar a establecer alguna concordancia con lo religioso en lo que no es más que una bonita cabalgata para los niños. De hecho, la aparición de este acontecimiento  en España es muy reciente, procede de la segunda mitad del siglo XIX, cuando se decidió crear algo parecido a lo que ya se celebraba en otros países europeos con fines análogos. Y la leyenda de los Reyes Magos y su llegada al pesebre con el incienso, la mirra y el oro sirvió de modelo para crear un festejo relacionado con los regalos navideños. No hay nada más detrás de ello, ni sagradas escrituras ni doctrina de la Iglesia. Nada de nada.

No me parece razonable introducir reivindicaciones sociales, sean de la índole que sean, en la ya tradicional cabalgata de Reyes Magos –entre otras cosas porque los niños no las van a entender-, ni creo que si se introducen haya que rasgarse las vestiduras en nombre de creencias religiosas. Dad al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios, recomendación que sí está en las escrituras.

10 de enero de 2018

Atasco en la autopista. Los chicos de la UME

Las recientes nevadas en la meseta norte de España y la pésima gestión por parte de los responsables gubernamentales de proteger a la población civil en casos de emergencia, han puesto de manifiesto algún pormenor que no quisiera dejar de señalar. Como asumo que no es necesario poner en antecedentes a mis amigos de la situación concreta a la que me refiero, me limitaré a precisar, para que no haya dudas, que cuando escribo esto estoy pensando en el impresionante tapón que se formó durante la noche del pasado 6 de enero en la autopista AP 6, cuando miles de personas quedaron abandonadas a su suerte en medio de una copiosa nevada a lo largo de interminables horas.

Si no llega a ser por la intervención de la Unidad Militar de Emergencias (UME), es posible que la lamentable situación en la que se encontraron los afectados hubiera sido mucho peor. Parece que los protocolos de actuación prevén que este recurso sólo intervenga a petición de las autoridades autonómicas o centrales cuando se vean desbordadas por la situación. Por eso sus mandos tardaron algún tiempo en recibir la orden de movilización, porque los responsables de resolver el problema en primera instancia, fundamentalmente la Dirección General de Tráfico, no fueron capaces de valorar la exacta dimensión de la catástrofe hasta que ésta se manifestó en toda su magnitud, a pesar de que las previsiones meteorológicas y la intensidad del tráfico se conocían con mucha antelación. Una falta de profesionalidad en la que ahora no voy a entrar. Tiempo habrá.

La UME se creó en el año 2006 por iniciativa del gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Se trataba de poner en marcha una unidad militar para intervenir en casos de emergencia, en realidad un numeroso grupo de profesionales procedentes de varias especialidades de las Fuerzas Armadas que, sin menoscabo de su condición castrense -sino todo lo contrario como explicaré más adelante-, colaboraran con las autoridades civiles en la resolución de situaciones de emergencia. Sobre su corto pero intenso historial no creo que sea necesario insistir, porque supongo que no hay un español que no haya tenido muy cerca en alguna ocasión la presencia de estos militares o al menos conozca su actuación a través de los medios de comunicación.

Pues bien, ahora que nadie duda de la eficacia de la UME, conviene recordar cómo fue recibida su creación por ciertos sectores de la derecha española –el PP de Rajoy estaba entonces en la oposición-, que llegaron a tildar la iniciativa, a través de varios portavoces, como “caprichito de Zapatero” o como “despilfarro del presupuesto de defensa en actividades propias de bomberos”. Unos ataques furibundos contra la iniciativa de poner una pequeña parte de las Fuerzas Armadas al servicio de la población civil en situaciones de emergencia. Incluso algunos militares –“sottovoce” por supuesto- criticaron la iniciativa. Yo he sido testigo en mi ámbito personal de algunas de estas últimas críticas, sobre las que, por razones de discreción, no me extenderé.

Los creadores de la UME nunca pretendieron poner en marcha una organización de protección civil desgajada de los ejércitos. Todo lo contrario, la idea era y es mantener ciertas unidades ya existentes, aunque potenciadas y organizadas de manera selectiva para su nuevo cometido, al servicio directo de la sociedad civil en tiempos de paz, sin perjuicio de su contribución en la defensa nacional cuando fuere necesario. Un perfil bivalente propio de un estado moderno. Precisamente su carácter militar -espíritu de servicio, disciplina y obediencia- la convierte en una entidad de alta eficacia en situaciones de catástrofe, y por tanto de peligro, como ha quedado demostrado en tantas ocasiones desde que vieron por primera vez la luz.

La derecha insolidaria, sus sectores ultramontanos, pierde muchas veces la oportunidad de guardar silencio, incluso en asuntos que deberían resultarles propios. Paradojas que aporta el sectarismo de algunos.

7 de enero de 2018

Prisión permanente revisable

Como creo que el derecho a la reinserción social de los condenados por la justicia es un principio al que no se debería renunciar nunca en una sociedad que se considere civilizada, siempre me he manifestado contrario a la pena de cadena perpetua. A nadie podrá sorprender, por tanto, que diga ahora que esta nueva modalidad de prisión que contempla el Código Penal, la llamada permanente revisable, tampoco me guste, con independencia de la magnitud de los delitos que haya cometido el delincuente objeto de la pena.

Los objetivos de la justicia no deben ser nunca la venganza, sino la protección de la sociedad por medio del castigo ejemplarizante y disuasorio, y mediante el aislamiento del delincuente durante un tiempo. Pero una cosa es proteger a los ciudadanos y otra muy distinta negar al condenado el derecho a reincorporarse algún día a la sociedad.

El adjetivo permanente elimina a priori la esperanza de los penados a esa  reincorporación, por mucho que a continuación el de revisable trate de minimizar los efectos del anterior. Nuestro Código Penal ya contemplaba y sigue contemplando un amplio abanico de penas de cárcel, que desde mi punto de vista hubiera hecho innecesario añadir el que nos ocupa. Sólo un prurito de espectacularidad, incluso me atrevería a decir de populismo conservador, debió de animar a los legisladores hace muy poco a introducir este castigo en una legislación orgullosa, por otro lado, de su calidad de garantista.

Es comprensible que cuando nos encontramos ante determinados crímenes, frente a ciertos atroces asesinatos, la sociedad pida que se apliquen castigos fulminantes. No seríamos humanos si no reaccionáramos así. Pero los legisladores, a los que se les debería suponer cordura suficiente para no caer en componendas legislativas, ahora que se ha reabierto el debate están obligados a eliminar este castigo del código; y de esa manera, los jueces, cuya preparación no les debe dejar dudas sobre la conveniencia de contemplar siempre el principio de reinserción, no estarán obligados a aplicar esta pena.

No ignoro que existen condenados de los que no puede esperarse muchos intentos de reinserción social, pero esa característica no debería nunca determinarse a priori, sino sólo con la observación minuciosa de su comportamiento día a día en la cárcel, algo para lo que nuestro sistema penitenciario tiene que estar preparado. Y también sé que la reincidencia existe, un supuesto que como el anterior no puede precisarse antes de que suceda. Para eso están precisamente los jueces de vigilancia penitenciaria, para valorar, dentro de la condena prefijada, la exacta duración de la misma en función del comportamiento del encarcelado.

Espero que el Congreso de los Diputados acabe tarde o temprano eliminando de las leyes esta encubierta cadena perpetua, que en mi opinión ha significado un paso atrás en nuestro estado de derecho.

4 de enero de 2018

Año nuevo, vida nueva

El día de Año Nuevo me desperté, me levanté, miré a mi alrededor y comprobé que todo seguía igual que el día anterior. Los mismos eslóganes políticos, los mismos salvapatrias, los mismos libertadores de la humanidad, los mismos Twitter mañaneros de Trump, las mismas amenazas nucleares de Kim Jong, las mismas mentiras sobre la recuperación económica, las mismas falacias en las estadisticas del desempleo,  el mismo conflicto de Palestina, las mismas pateras del Estrecho, la misma corrupción, las mismas fobias, la misma intolerancia, el mismo machismo asesino, la misma grandilocuencia de los estadistas propios y foráneos. Todo seguía igual que unos días antes. Entonces, me pregunté, ¿por qué repetimos año tras año la prometedora frase de año nuevo, vida nueva? Seguramente, me dije, porque se trate de un anhelo colectivo, de un deseo universal, aunque irrealizable.

Hace años, yo también era de aquellos que querían cambiar el mundo. Ahora, cuando la vida ha encallecido esa parte de mi espíritu -la de la idealista solidaridad sin límites-, me conformo con intentar mantener limpio el entorno que me rodea. Otra cosa es que lo consiga, porque, en contra de lo que pudiera parecer en principio, es mucho más difícil centrar los esfuerzos en cosas concretas, tangibles, de andar por casa, que en entelequias universales, en etéreas utopías redentoras. Lo primero tiene fines delimitados, sus beneficios recaen sobre personas con nombres y apellidos y, por tanto, requiere de una cuidadosa atención en su ejecución; mientras que lo segundo se disuelve en la inmensidad de lo universal, en la magnitud de lo inconmensurable, por lo que no es preciso atender a los detalles, basta con ir al bulto.

El mundo está lleno de mesías libertadores, de próceres de la patria. Cada vez que alguno asoma la cabeza –lo que sucede con bastante frecuencia-, me echo a temblar. La Historia nos enseña que detrás de ellos sólo hay dolor y lágrimas, o porque imponen sus doctrinas reformadoras a costa de la sangre de los que no las aceptan, o porque los mensajes que proclaman son tan inconcretos y difusos que sus seguidores los han tergiversado a favor de su propia conveniencia, o porque el paso del tiempo ha transformado las buenas intenciones iniciales en despreciables realidades de hoy. No encuentro excepción a esta regla, por mucho que la busco.

No obstante, descubro todos los días, porque existen, personas que se empeñan en lo concreto, que promueven todo aquello que pueda socorrer a una pequeña parte de sus congéneres, que procuran ayudar al que tienen al lado, que ponen todo su celo en mejorar lo inmediato a su persona, no por interés, sino porque la caridad bien entendida –como señala el viejo proverbio- empieza por uno mismo. Afortunadamente no son pocos sino una inmensa minoría. Y son los que en realidad llevan el mundo hacia metas mejores, los que consiguen que la sociedad progrese, los que asean su entorno para que al menos el suelo que pisan y el aire que respiran esté limpio. Y el mundo, por muy grande que sea, al fin y al cabo es la suma de pequeñas iniciativas, de pequeños universos individuales.

Quizá por eso, porque los salvadores del mundo se hagan notar más que los cultivadores de sus pequeñas parcelas de interés, sea por lo que digo al principio de esta precipitada reflexión que eso de año nuevo, vida nueva es una gran mentira. Si al despertar el día de Año Nuevo me hubiera encontrado con alguna novedad, seguramente habría venido de la mano de alguno de los que se limitan a mantener su entorno limpio, nunca de los rescatadores de la humanidad.

30 de diciembre de 2017

Me temo que esto se les está yendo de las manos

¿Cómo se va a solucionar el desaguisado de Cataluña si todavía Mariano Rajoy no ha reconocido su espectacular fracaso político, el ridículo tan espantoso al que ha llevado a su partido? Es cierto que el PP nunca destacó por los votos obtenidos en las autonómicas catalanas, pero no lo es menos que hasta ahora disponía de una representación en el parlament que le permitía hacerse oír. Sin embargo, con los cuatro escaños obtenidos en esta ocasión, número que ni siquiera le concede la posibilidad de formar grupo parlamentario propio, la marginalidad de su capacidad política en aquella comunidad durante esta nueva legislatura está servida.

Supongo que a partir de ahora veremos desfilar a los chivos expiatorios de rigor, cabezas de turco que contribuyan a mantener intacto en el poder a su líder nacional. Echar la culpa a los colaboradores de lo errores propios siempre ha sido un recurso muy útil, no sólo en el PP, sino en cualquier organización, sea política o no lo sea. Forma parte de la gramática parda de los encumbrados. A eso algunos lo llaman hacer lo del avestruz. Lo que sucede es que con estas maniobras de maquillaje y de distracción se enmascara la realidad y no se buscan soluciones. En el caso que nos ocupa, se contribuye, mediante dejación, a que la tensión separatista continúe ascendiendo en Cataluña.

Pero los populares no sólo no reconocen su espectacular derrota, sino que además, temerosos del auge que está tomando Ciudadanos -su rival en la derecha del espectro parlamentario, allí y en todas partes-, ningunean su victoria en las pasadas elecciones autonómicas. Exigir a Inés Arrimadas que intente formar gobierno con su exigua mayoría es de un cinismo que espanta. La torpe política de Rajoy ha debilitado a las fuerzas constitucionalistas y ha convertido en inevitable que gobiernen los separatistas. No hay otro camino democrático, guste o no guste.

Puigdemont, desde su lejana residencia virtual, no cesa en sus diatribas antiespañolas para defender sus aspiraciones independentistas. Con ese discurso lo que consigue es que cada día que pasa le quieran más los suyos y le detesten más sus adversarios. Parece como si su obsesión separatista le hubiera llevado al convencimiento de que cuanto más tense las cuerdas de la discordia mayor será la posibilidad de alcanzar la independencia. No se observa en él la más mínima intención de dialogar con el gobierno central. Por el contrario, cada vez que respira ahonda más el enfrentamiento.

De manera que, con un partido en el gobierno central, por un lado, que se niega a reconocer que lo de Cataluña no es sólo el capricho de unos cuantos, y con unos líderes separatistas, por el otro, que consideran que su mejor estrategia es la del enfrentamiento social,  caiga quien caiga y lo que caiga, no hay manera de resolver este conflicto. En mi opinión, no sólo no se ha detenido la confrontación ni se ha frenado la deriva secesionista, sino que, por el contrario, cada vez estamos más lejos de una solución aceptable. Los intentos de transversalidad de los socialistas han quedado dinamitados por sus pobres resultados en las elecciones, y la marca catalana de Podemos, que abrigaba esperanzas de servir de bisagra entre los dos bloques, tampoco ha conseguido los escaños que pretendía. El resultado ha sido una confirmación de lo que ya todos sabíamos: continuar con el diálogo de sordos.

Por eso digo que me temo que esto ya no tenga solución. Sólo queda confiar en un milagro y yo en los milagros no creo. Pero, a pesar de ello, a pesar de mi pesimismo de hoy, les deseo FELIZ NOCHEVIEJA Y MEJOR AÑO NUEVO a todos mis amigos, piensen lo que piensen sobre esta lamentable situación, que, como ya he dicho, se les está yendo de las manos a los responsables de encontrar soluciones.

28 de diciembre de 2017

Defensa apasionada del idioma español

Encabezo este artículo con el título de un entretenido y didáctico libro escrito por Álex Grijelmo, el conocido escritor, periodista y lingüista burgalés, con la  intención de alertar al lector de lo que se le avecina si se decide a leer las líneas que vienen a continuación. Soy consciente de que yo no debería aventurarme en opiniones sobre temas lingüísticos -oficialmente soy de ciencias-, pero, como profeso un respeto reverencial a nuestro idioma y cada día oigo más disparates a mí alrededor, voy a permitirme un pequeño desahogo, la liberación de alguno de los fantasmas que me persiguen como si tuviera el alma en pena. Para eso, entre otras cosas, está el blog.

Ahora ya no se oye, se escucha, que parece más fino y elegante. Le oí decir el otro día a alguien: ayer no escuché el despertador y por eso no me levanté a tiempo. Pero criatura, ¿cómo ibas a escucharlo si estabas dormido? No se puede prestar atención a los sonidos cuando se está en brazos de Morfeo, y si no se presta atención no se escucha. Supongo que querrías decir que no lo oíste y utilizaste un verbo inadecuado.

Algunos periodistas, que además de tener la obligación de informar con prontitud y objetividad también la tienen de cuidar el lenguaje que utilizan, no se libran de esta plaga. Decía uno -muy ilustre por cierto- el otro día en la radio, a cuento de que su interlocutor al otro lado de la línea telefónica no conseguía hacerse oír por causa de las interferencias, perdona, porque no te estoy escuchando. Un inaudito comentario que, si lo tomáramos al pie de la letra, significaría que le importaba un bledo lo que estaba comunicando el otro y que, por tanto, había dejado de prestarle atención. Quizá por eso pidiera perdón, para que le disculpara la grosería de no atender como se debe a quien tiene la palabra, en este caso a un afanado y voluntarioso corresponsal de su propia emisora.

Un reportero de televisión, en este caso de esa especie que llaman de guerra, nos contaba, con el micrófono en la mano, un chaleco antibalas protegiéndole el cuerpo y un casco guareciendo su cabeza, que llevaba horas escuchando el estruendo de las bombas. ¡Qué mal gusto escuchar el siniestro sonido de la batalla! ¿No hubiera sido preferible que se limitara a oír los zambombazos, ya que eso parecía inevitable, y no les prestara demasiada atención?

Podría poner muchos ejemplos, porque no se trata sólo de una plaga sino de una auténtica pandemia. Casi nadie oye ahora, son muchos los que prefieren escuchar, cada vez más y más. Sin embargo no se obserban voces discrepantes, como si la comunidad culta hubiera tirado la toalla y se resignara a esta confusión, porque se trata de dos verbos, oír y escuchar, con significados distintos. Se oye cuando se perciben los sonidos, con independencia de la atención que se ponga al recibirlos; se escucha cuando, además de oírlos, se pone interés en entenderlos, se afana uno en procesar su significado. Es cierto que para escuchar hay que oír. No se puede escuchar lo que no se oye. Pero en ese orden, primero se oye y, si acaso, después se escucha. Se oye lo que permite la capacidad auditiva de cada uno y se escucha sólo lo que a continuación a uno le de la gana.

Es posible que alguno de los que hayan llegado hasta el final de esta invectiva piense que estoy exagerando y que no es para tanto. Sólo le pediría que se fijara en cuanto se dice a su alrededor, hasta que descubra decir escucho en vez de oigo. Le aseguro que no tardará mucho en encontrar algún infectado por la epidemia. Pero que no se moleste en ponerlo en manos de las autoridades competentes, porque aunque le oigan es posible que no le escuchen.

25 de diciembre de 2017

¿Queda claro ahora?

Advierto de antemano a mis amigos que lo que viene a renglón seguido, a pesar de la fecha de su publicación, no es un cuento de Navidad. De serlo, lo hubiera titulado el Cuento de nunca acabar. Vayamos al grano:


Si después de los resultados electorales del pasado 21 de diciembre todavía hay alguien que no acaba de entender el verdadero trasfondo de la llamada cuestión catalana, es porque parte de premisas equivocadas o porque se niega a entenderlo. Las urnas, como siempre -aunque unas veces más que otras-, han dejado algunas cosas muy claras. El independentismo se mantiene firme con cifras que rondan el 50% de la población y el constitucionalismo le para los pies con un porcentaje muy parecido. Un fifty-fifty que no permite hablar de soluciones unilaterales ni a unos ni a otros, un empate técnico del que sólo se saldrá mediante acuerdos políticos que dejen satisfechas a las dos partes. No hay otro camino, ni declaraciones de independencia por las bravas ni aplicaciones del artículo 155. Supongo que los políticos de los dos lados ya lo habrán entendido, y pobre del que no.

Los independentistas no pueden seguir insistiendo en la independencia de una parte de un estado con quinientos años de antigüedad, mientras cuenten con la oposición de la mitad de sus conciudadanos. Los constitucionalistas por su parte deben aceptar que para salir de esta situación hace falta revisar el statu quo para tratar de encajar satisfactoriamente a la otra mitad, en un orden constitucional modificado. Ahora no valen gritos desaforados de independencia ni tampoco imposición férrea de una Constitución que, aunque no fuera más que por su antigüedad, necesita ajustes. No se trata de exigir generosidad a unos y a otros, sino de hacer un llamamiento a la cordura más elemental. Porque en caso contrario el conflicto continuará enquistado por los siglos de los siglos.

No va a ser fácil, porque las cosas han llegado a unos límites insospechados hace unos meses. Los independentistas se dejaron llevar por la vehemencia separatista, por unas prisas insensatas que los arrastraron al terreno de la ilegalidad, a un enfrentamiento suicida con las estructuras del Estado; y el Gobierno Central respondió con una contundencia que, aunque justificada en un principio por la peligrosa deriva secesionista, se administró con una enorme torpeza, con unos modos más cercanos a la acción partidista que al sentido de la responsabilidad que se le debe exigir a los estadistas. Esto último lo ha pagado el PP ostensiblemente en las urnas y no es de descartar que le siga pasando factura en el futuro.

Pero nunca es tarde. Si los independentistas recogen con sensatez las velas de la unilateralidad y los constitucionalistas se prestan con inteligencia a las modificaciones legales que haya lugar, es hasta posible que de esta debacle salgan soluciones aceptables para todos. Aunque por sabido resulte un tópico, ahora más que nunca ha llegado el tiempo de la Política con mayúsculas. Persistir en el enfrentamiento, en la intransigencia, en el afán de victoria por derrota absoluta del adversario sólo nos llevaría a un desastre colectivo, cuya sombra nos ronda desde hace tiempo. No tentemos al diablo de la discordia civil, que siempre ha sido muy proclive a enredar en nuestra convivencia.

¿Todavía hay alguien que no se haya dado cuenta de lo que sucede? ¿Es posible que aún exista quien cree que alguna de las partes pude vencer por K.O. en esta contienda? Como dicen los chistosos, no me lo podría de creer.

21 de diciembre de 2017

¡Feliz Navidad!

Queridos amigos:

Éstos no deberían ser días de debate ni de polémica ni de discusión, sólo de buenos deseos y de buenas intenciones. Por eso, como me conozco y sé que se me olvidará llamar a alguno de vosotros para felicitarle, mediante estas páginas, que se han convertido en uno de mis entretenimientos favoritos, además de servirme de oportuna válvula de escape para echar al viento algunas inquietudes, os envío a todos mis mejores recuerdos.


Os deseo una feliz Navidad, un próspero Año Nuevo, que los Reyes Magos o Papá Noel o los dos a la vez os traigan tanta ilusión empaquetada o no empaquetada como sea posible y que os toque la lotería.

Hasta pronto, que será mucho antes de lo que las buenas costumbres aconsejan, porque la candente e interesante realidad que estamos viviendo (¡vaya frase periodística!) me puede obligar a soltar paridas por escrito antes de tiempo y a no respetar, como mandan los cánones, las vacaciones navideñas.

Un fuerte abrazo a todos.