7 de diciembre de 2018

Susanita tiene un... marrón

Si no fuera porque estoy vacunado contra la decepción aguda, la noche de las pasadas elecciones autonómicas andaluzas me hubiera dado un soponcio. No sólo el PSOE de mis amores y desamores se pegaba un sonado batacazo, sino que además, para mayor inri, la ultraderecha se colaba de rondón en las instituciones democráticas españolas. Pero como a estas alturas de mi vida pocas situaciones pueden alterarme el ritmo cardiaco, ese día a pesar de los pesares me fui a la cama y dormí como un bendito, como decía mi tía abuela Esperanza.

El electorado andaluz ha dicho lo que quería decir. Lo que toca ahora es interpretar el mensaje correctamente, en vez de liarse mantas a la cabeza y buscar culpables para descargar las iras sobre sus cabezas, o proclamarse campeón, cuando el árbitro ha contado hasta diez y uno no ha sido capaz de ponerse en pie porque le temblaba hasta el alma, por sublime que ésta sea. Ya sé que para los implicados directamente es difícil aceptar la derrota y actuar con coherencia, pero yo no soy uno de ellos. Simplemente me tengo por un progresista que prefiere que gobierne la socialdemocracia moderada a que lo hagan los conservadores con ayuda de la ultradereha. Por eso voy a dar ciertas opiniones sobre algunas de las causas de la derrota. Lo siento, pero es que no lo puedo remediar.

La primera, que la permanencia en el poder corroe. Negarlo sería negar la naturaleza humana. Por muy eficientes que sean los gobernantes, el tiempo termina sacando a relucir debilidades e incapacidades; y por muy decentes que se propongan serlo, la hiedra de la corrupción acaba por hincar raíces en sus voluntades. El PSOE andaluz no se ha librado de esta amenaza y al electorado de izquierdas no le vale aquello de corruptos hay en todas partes.

La segunda, que en estos tiempos de globalidad las políticas autonómicas no caminan solas sino de la mano de las de ámbito estatal. El electorado español -y el andaluz no iba a ser una excepción-, es muy conservador a la hora de juzgar los asuntos que conciernen a la unidad de España. El tratamiento que el gobierno socialista está dando al problema del independentismo catalán no está siendo entendido por un gran sector de la opinión pública, en parte porque no lo están explicando bien quienes tenían que hacerlo, pero además porque la oposición conservadora utiliza un asunto de Estado tan delicado como arma arrojadiza electoral. Además, los independentistas con sus bravatas y cerrazón ayudan poco.

La tercera, y no menos importante, que el panorama de las posibles alianzas poselectorales –el PSOE de Susana Díez y la izquierda radical de Teresa Rodríguez- le inquieta a muchos. La mayoría de los votantes del partido socialista no es radical. Sin embargo el anticapitalismo del Podemos andaluz sí lo es. Casan mal a simple vista. Su amalgama produce preocupación, si no temor.

Dicen los politólogos que en las elecciones andaluzas los votantes del PSOE se han quedado en casa. No han ido a votar a partidos de derechas, simplemente han dicho que así no. Siguen estando ahí, pero su izquierdismo moderado no ha encontrado en esta ocasión encaje, porque no están dispuestos a tragar ruedas de molino. Por eso el PSOE andaluz, en vez de lanzar las campanas al vuelo de la algarabía callejera o de maquinar componendas parlamentarias contra natura, debería volver a los cuarteles de invierno, analizar con sosiego la situación, modificar lo modificable y cambiar a los cambiables. Sin prisas pero sin pausas. No todo ni mucho menos está perdido, por muchos nubarrones que ahora se vean en el horizonte.

Ahora bien, como decía un amigo mío muy castizo él y bastante gráfico en las descripciones, si el partido socialista se anda con el bolo colgando se lo comerán las hormigas; y lo que en esta ocasión no ha logrado alterar mi ánimo, quizá en las generales llegue a producirme urticaria. Es cierto que guardo una buena pomada en casa, pero no quisiera tener que usarla no vaya a ser que haya caducado.

3 de diciembre de 2018

Paseos, cervezas y boquerones en vinagre


Ya he contado en alguna ocasión en las deslavazadas páginas de este blog que me encanta pasear por el centro de Madrid, callejear por sus barrios más antiguos, andar sin rumbo fijo. También he confesado que, aunque mi médico de cabecera insista con terquedad y no poca machaconería en que andar es muy bueno para la salud, no lo hago para hacer ejercicio sino como medio de entretenimiento. Por eso confío en que a nadie le sorprenda que las medidas puestas en marcha por el ayuntamiento de la capital de España para restringir el  tráfico rodado por la “almendra” me hayan parecido dabuten. Si además de deambular por esas tiendas de decoración que me gustan porque venden cosas que sirven para muy poco -si es que sirven para algo- y de saborear alguna caña -doble si es posible- en las viejas tabernas de mostrador de zinc, mesas de mármol y fachada de mosaico alicatado voy a respirar más sano, ¿qué otra cosa mejor le puedo pedir a la vida?

Como nadie nunca está del todo satisfecho con las medidas de buen gobierno, son bastantes los detractores de la nueva ordenanza municipal, aunque algunos de ellos sólo pisen el centro de la ciudad ad calendas graecas, y ya se sabe que los griegos no usaban calendario. Menuda incomodidad, dirán. Pero como la medida procede de un consistorio teñido de un color que no es el suyo, ponen en práctica aquello de que al adversario hay que negarle el pan y la sal de la hospitalidad de los clásicos. Sin embargo, también son muchos los que no sólo la aceptan de buen grado sino que además la aplauden. Yo, ya lo he dicho, estoy entre estos últimos. Menos coches, menos humos, menos ruidos, menos contaminación.  Más ciudad que contemplar y más comodidad al pasear.

Hace ya muchos años que no cometo la locura de desplazarme en coche a esa zona. Para qué, si luego tienes que aparcar donde el viento da la vuelta. O metro o autobús o, si se apodera de mí la pertinaz molicie, taxi. Por eso, cuando ahora oigo como argumento en contra de la medida que el gremio de comerciantes cree que saldrá perjudicado no lo entiendo. Es una queja que no se basa en mi experiencia como comprador. Supongo que cuando la nuevas ordenanzas estén algo más rodadas, no solamente se desdirán de sus reclamaciones sino que además agradecerán la medida. Un barrio en el que se pueda pasear con tranquilidad y sosiego es más atractivo para ir de compras que la vorágine de unas calles inundadas por docenas de coches atascados.

Madrid no ha sido ni mucho menos la primera ciudad europea que adopta estas medidas. Son muchas las que hace años decidieron restringir el tráfico en sus barrios centrales, es decir en sus respectivas “almendras”. Ni será la última. Yo, gracias a mi edad, o mejor dicho como consecuencia de los años que pesan sobre mis espaldas, he sido testigo de una evolución del tráfico en la capìtal que parece no tener fin. Recuerdo que cuando era joven acudía en ocasiones a los cines de la Gran Vía en coche y podía aparcar delante del elegido sin demasiados problemas. Algunos pensarán que aquello era muy cómodo, y tendrán razón porque lo era. Pero esa comodidad pertenece a otra época, a otras circunstancias. Las de ahora, nos guste o no, no permiten que los coches sigan apoderándose del centro de la ciudad. La realidad se impone y el ayuntamiento por fin así lo ha entendido.

Ahora mismo me voy a vagar un rato  por el centro de Madrid, a ver si noto la nueva realidad. Y de paso, por qué no, me tomaré una cañita de cerveza. O acaso un doble.

29 de noviembre de 2018

Comida de antiguos compañeros de trabajo

Después de medio siglo de haberlos conocido –empiezo ya a contar mi vida en fracciones de siglo- me reuní el otro día con un grupo de antiguos compañeros de la empresa en la que trabajé durante treinta años. Una veintena de setentones en plena decadencia de su ya larga existencia, una amplia colección de experiencias vitales, heterogénea mezcla de éxitos y de fracasos, pero en cualquier caso un encuentro entrañable.

Cuando iba hacia el restaurante de nuestra cita, una mezcla de sensaciones encontradas ocupaba mi mente. Quería ver a todas aquellas personas de las que poco había sabido durante los veinte últimos años, pero al mismo tiempo temía el encuentro. La decepción, ese fantasma que a veces aparece al levantar el velo de misericordia que cubre las expectativas, está presente en cualquier aspecto de la vida y en aquella ocasión había muchas posibilidades de tropezar con ella.

Cuando llegué al lugar de la cita, mis dudas se disiparon. Qué bien te encuentro, por ti no pasan los años, y muchas otras caritativas lindezas bilaterales que me hicieron olvidar los temores anteriores, que me devolvieron la ilusionada alegría de tantos años atrás, aunque la realidad del deterioro físico se impusiera y los años sí hubieran pasado inexorablemente por todos nosotros. Pero allí aquello no importaba, era una realidad que queríamos rehuir, siquiera por un par de horas. Y al menos yo lo conseguí.

Después de la melé inicial vino el cuerpo a cuerpo individual o al menos restringido. Durante una comida multitudinaria se puede hablar sólo con los más próximos a ti, con aquellos a los que el azar haya sentado a tu lado. Y en ese momento se entra en otra dimensión, en el de las realidades individuales desprovistas de halagos cariñosos, en el de la cruda veracidad de las cosas, en el de las confesiones de lo que han supuesto los últimos veinte años para cada uno de nosotros. Alegrías y tristezas, éxitos y fracasos personales, hijos y nietos, divorcios y viudedades. La vida como es, sin sorpresas, porque a nuestra edad uno está vacunado contra todo lo malo y también lo bueno.

Y el recuerdo de los ausentes. ¿Te han dicho que fulano se separó? ¡Qué triste el final de Mengano! ¿Sabes algo de Zutano? Sí, el pobre tiene alzheimer en grado muy avanzado. Cotilleos intrascendentes que buscan más recuperar recuerdos que indagar en intimidades, chismes bienintencionados que te llevan en ocasiones a lugares no previstos.

Al acabar, las fotos de rigor. Más tarde los abrazos, los golpes en la espalda, los recuerdos a tanta gente que no había estado pero pudiera haberlo hecho. Pero sobre todo el firme propósito de volver a vernos como muy tarde dentro de un año.

Y vuelta a la realidad de mi tranquila existencia.

26 de noviembre de 2018

Insultos en el Congreso

Estaba yo el otro día viendo en directo la sesión de control al gobierno, cuando el diputado Rufián se enzarzó con el ministro Borrell. Como estoy acostumbrado a los exabruptos del primero, comprendí que se trataba de una más de las provocaciones parlamentarias a las que nos tiene acostumbrados el representante de ERC, y supuse que, como consecuencia, el destinatario de los insultos se quitaría de en medio a su agresor verbal mediante alguna sutil finta dialéctica que lo dejara descolocado. Al señor Borrell lo considero un hombre con capacidad dialéctica sobrada para frenar en seco a cualquier desaforado lenguaraz. Pero no fue así, sino que para mi sorpresa el “canciller” español entró al trapo de los vulgares insultos del otro.

Por si fuera poco, cuando el grupo parlamentario de ERC abandonaba el hemiciclo tras la expulsión de Rufián por desacato a la presidencia, el ministro empezó a gritarle a uno de los diputados que pasaban por delante de su escaño “eh, eh, eh, …”, como si protestara por algo que éste le hubiera hecho o dicho. Después supimos que las exclamaciones venían como conseuencia de un supuesto escupitajo, que nadie más que Borrell había visto. Lo que las cámaras mostraban era un gesto despectivo, algo así como cuando uno dice “puuuf”. Una falta de educación evidente, un gesto impropio de un parlamentario, una auténtica grosería, pero algo que en aquel ambiente de crispación a nadie debería sorprenderle, mucho menos a un veterano político como es el ministro de Exteriores.

Suele decirse que los políticos desayunan sapos, para que así después, a lo largo del día, cualquier cosa que suceda les sepa a gloria. Pues bien, quizá Borrell ese día había desayunado chocolate con churros. Le faltó cintura dialéctica ante los insultos y perdió los nervios en el momento del lamentable paseíllo. No digo que no le faltaran razones para acusar a Rufián de esparcir mezclas de serrín y estiércol, sino que en mi opinión debería haber contestado con contundencia pero sin rebajar el lenguaje al nivel del de su adversario. Ni tampoco defiendo que sea admisible hacer gestos malcarados en el Congreso. Lo que trato de explicar es que un ministro está obligado a moderar el tono de la réplica. A mí los insultos y los gestos de los de Esquerra me entraron por un oído y me salieron por el otro, tal es el hartazgo que me producen las intervenciones de alguno de ellos. Pero la actitud de Borrell, precisamente por lo alto que valoro su talla política, no  me dejó satisfecho.

El gobierno actual está sufriendo ataques soeces desde muchos frentes, desde la derecha que se ha visto de repente desprovista del poder y desde un separatismo que no acaba de entender que nadie le va a conceder la independencia a Cataluña vulnerando las leyes. Pero ya se sabía que eso iba a ser así, de manera que no creo que uno pueda rasgarse las vestiduras por lo que está sucediendo. Los ministros no deberían entrar nunca al trapo de las provocaciones. Mejor dicho, están obligados a contestar a los insultos, pero sin caer en la misma bajeza de quienes los insultan. De lo contrario, llegará un momento que el electorado dirá aquello tan manido de todos son iguales, lo que en mi opinión no es verdad.

¡Hay que ver cómo está el patio de la vulgaridad política!

21 de noviembre de 2018

Defensas y acusaciones. El derecho de gracia

Oí el otro día en la radio a un grupo de jueces debatir sobre los procesos abiertos contra los líderes separatistas catalanes. Entre otras consideraciones, a cuál más interesante, coincidían en que los abogados defensores de los acusados no están haciendo bien su trabajo desde un punto de vista estrictamente técnico. Se referían a que el empecinamiento en manifestar que la judicatura española está al servicio de un Estado “totalitario y fascista” los ha llevado a abandonar una línea de defensa conveniente para los intereses de sus clientes, a renunciar a presentar los hechos como ellos creen que fueron y no como el ministerio fiscal sostiene. Según estos jueces, al irse por las ramas del tremendismo han abandonado el tronco de las argumentaciones jurídicas que puedan contribuir a dar luz a los hechos. Un error de bulto, pero sobre todo una defensa poco menos que inútil.

Me pregunto si no será que han decidido romper la baraja en vez de seguir jugando. Quizá en su análisis de los hechos hayan llegado a la conclusión de que, de acuerdo con la legislación española, podrían conseguir que se rebajara la pena aplicable a sus defendidos, pero sin demostrar su total inocencia y por tanto sin conseguir la plena absolución. De manera que de perdidos al río. Se habrían puesto así a las órdenes de una causa política en vez de al servicio de los intereses jurídicos de sus clientes. Si así fuera, estarían contribuyendo a alimentar la llama de la hoguera política, en la confianza de que cuanto mayor sea el fuego más grande será la confusión de los bomberos.

También hablaron estos jueces de la tan cacareado indulto, siempre desde un punto de vista exclusivamente jurídico. Expusieron una serie de consideraciones. La primera es que no se puede hablar de ejercer el derecho constitucional de gracia antes de que haya condena en firme. No se puede indultar a quien no está condenado. La segunda, que indultar no significa eliminar la culpa, sino ejercer un derecho de gracia respecto a la condena previsto en nuestro ordenamiento jurídico.

Son muchos los que consideran que el indulto sería una buena jugada política. Algo así como decir: miren ustedes, pueden irse a casa, pero no se olviden de que los tribunales de justicia los han condenado por esto y por aquello, y que el gobierno en un gesto de generosidad lo ha indultado. A ver qué hacen a partir de ahora, a ver qué hacen los que estaban pensando en seguir sus pasos y a ver qué hacen los de Bruselas con su exilio voluntario. Porque, en principio, podrían volver a España.

Sacar a relucir esa posibilidad antes de tiempo significa utilizar como arma de confrontación una posible estrategia de Estado. La posibilidad existe, por supuesto. Que se indulte o no en su momento supongo que dependerá de las circunstancias políticas. Lo que sucede es que ya se sabe que algunos líderes de la derecha han decidido inexplicablemente echarse al monte de la deslealtad. No distinguen, o no quieren distinguir, entre legítimas discrepancias y asuntos de Estado. Su estrategia cuando gobernaban ellos fue la del 155, mano dura y tente tieso, y no resolvió el problema. La del gobierno actual es distinta, es la de cuézanse ustedes poco a poco en la salsa de sus propias incoherencias. Y nadie puede ni mucho menos debe asegurar que se trate de una maniobra anticonstitucional.

El tiempo dirá si esta manera de tratar el problema es efectiva o tan inútil como la anterior.

18 de noviembre de 2018

Cocochas no hay

Se oye decir con frecuencia que el sentido del humor es propio de personas inteligentes. Aunque mantengo algunas reservas con respecto a generalizar la afirmación, voy a aceptarla en principio, aunque añada a continuación alguno de mis puntos de vista sobre el asunto. Es que si no lo hago así me quedo sin tema, porque hoy no estoy demasiado inspirado. Una performance de Dolors Monserrat, cogida al vuelo  de un zapping precipitado y poco cuidadoso por mi parte, me ha dejado algo tocado. Por cierto, la flamante portavoz del PP es de San Sadurní de Noya, que no puede traducirse, como sostiene algún “castellanizante”, por San Saturnino de la Niña. Démosle a San Sadurní lo que es de San Sadurní y al río Noya lo que le pertenece.

A mediados de los 50, cuando yo era apenas un adolescente, se emitía un programa radiofónico cuyo protagonista exclusivo era Gila. Debía de empezar a una hora en la que se suponía que los escolares teníamos que estar en la cama, de manera que mis padres me despertaban para que durante aquel rato disfrutara con las ocurrencias del genial humorista. Creo que el surrealismo de Gila ha sido el culpable de que mi sentido del humor no se conmueva ante las payasadas travestidas de Los Morancos, los chistes baturros de alpargata y cachirulo de Marianico el Corto o las tópicas andaluzadas de Paz Padilla. Los respeto como profesionales, pero no consiguen con sus actuaciones arrancarme más allá de una desdibujada sonrisa. No, el suyo no es mi estilo favorito.

Sin embargo me he reído y mucho con Tip, otro surrealista difícil de imitar. Coll le complementaba con excepcional inteligencia, lo que hizo que aquel dúo de humoristas alcanzara la popularidad que alcanzó y que mantuvo durante tantos años. Todavía hoy cuando veo repetido alguno de sus sketches televisivos me carcajeo hasta la lágrima incontenible. Conozco casi letra por letra lo que van a decir a continuación, pero la seriedad de sus caras, el falso hieratismo de su compostura y la entonación de sus voces me devuelven a la memoria los grandes ratos que me hicieron pasar en su día.

En otro orden de cosas, Jerry Lewis me gustaba. Era un payaso desmadrado, pero con una intención tan satírica y transgresora que me hacía pasar buenos ratos. Hubo una época que formó pareja cinematográfica con Dean Martin. Constituían un binomio de guapo y feo que recorría el mundo, uno enamorando a las mujeres y el otro entrometiéndose en todo con sus desordenadas pamplinas. Dos estereotipos muy bien contrastados. Después, cuando se deshizo el dúo, Jerry continuó en solitario, acrecentó la faceta bufona y mi aceptación de su humor bajó bastante.

Me gustaba Ángel Garó –hace tiempo que no lo veo- con aquel deje de amaneramiento, entre la ingenuidad y el disparate; no me hace demasiada gracia Moto, un buen imitador, pero muy poco original en su comicidad; y pasé muy buenos ratos con Martes y Trece, imitadores también, pero con un sentido del humor muy ingenioso y ocurrente. Otro ejemplo de que a veces se necesita la réplica para completar el espectáculo burlón. Cuando se separaron, perdieron por completo la gracia que les dio fama.

Por cierto, hablando de sentido del humor, acabo de oír a un granadino explicar por radio qué significa la expresión tan oída de tener mala follá. Como la definición debía de ser para él algo compleja, ha optado por poner un ejemplo. Mala follá es colocar una advertencia en el escaparate de una librería que rece: ni hago fotocopias ni sé dónde se hacen. Lo que me ha recordado a lo que le oí decir un día a mi admirado humorista donostiarra Chumy Chumez: cuando entro en un restaurante en San Sebastián sé que estoy en mi tierra porque lo primero que le oigo decir al camarero en tono abrupto es cocochas no hay.

No sé otros, pero yo con estas muestras de ingenio me desternillo.

12 de noviembre de 2018

¿Qué está pasando con los modales?

No se puede esperar que todo el mundo se comporte con la educación, la cortesía y los modales adecuados a cada momento y circunstancias. A los humanos nos educan personas de origenes sociales y educacionales diversos, de manera diferente y con criterios distintos. Por tanto, exigir uniformidad en el comportamiento de quienes nos rodean es poco menos que pedirle peras al olmo. Además, todo hay que decirlo, no existen modelos de buena conducta homologados por alguna autoridad independiente, patrones que permitieran asegurar que el proceder de aquel se aparta de la norma establecida y el del otro responde a lo que mandan los cánones. No, no es tan fácil.

Pero no hay que ser demasiado perspicaz para distinguir la ordinariez y la vulgaridad cuando se ejercitan como estrategia política. Es asombroso, además de sonrojante, contemplar a veces a nuestros ilustres diputados y senadores en pleno ejercicio de sus honorables funciones. No me refiero a los mítines, porque en ellos la sociedad acepta tácitamente que se abra la veda de la insolencia y la tosquedad, sino a cuando el escenario es alguna de las cámaras de representación. Tampoco aludo sólo a insultos con palabras gruesas o mal sonantes. Estoy simplemente pensando en las ramplonas insinuaciones sobre prácticas políticas fraudulentas y no demostrables, en las toscas acusaciones sobre supuestos motivos que llevan a los líderes a perseverar en el ejercicio de sus funciones o en los calificativos de oportunismo que estos días se repiten con tan  machacona insistencia.

Ustedes son unos ocupas. Tienen un pacto secreto con los que quieren romper España. Están siendo cómplices de un golpe de Estado. Se gastan el dinero en putas. Son unas ratas. Nada más y nada menos. Recriminaciones que demuestran que quien las emite no debe de encontrar puntos débiles políticos en el día a día de sus adversarios por donde atacar como oposición. Acusaciones que sólo demuestran rabia y crispación. Desmañadas maniobras que desacreditan al que las utiliza. Palabras sin soporte fehaciente. Bla, bla, bla.

Me decía el otro día un amigo de pensamiento progresista (tengo amigos de todos los colores) que oír esta continua letanía de machacones intentos de desacreditación le reconfortaba, porque era muy improbable que calara en la mente de los ciudadanos. Sólo sus incondicionales –añadía- las recibirán con satisfacción, pero esos ya se sabe de antemano lo que opinan. Sin embargo -continuaba-, la enorme franja de votantes que miran a izquierda y a derecha para decidir qué es lo que más conviene en cada momento, que no son otros que los que al final inclinan la balanza en las elecciones, no pueden entender tanta falta de ideas, tanta trivialidad. Es más, muchos de ellos echarán de menos la sana confrontación de ideas, la imprescindible discusión sobre la idoneidad de las medidas económicas y el necesario contraste entre los modelos políticos propuestos por unos y por otros. En definitiva -concluía su raznamiento-, lamentarán que no se esté haciendo oposición en el exacto sentido de la palabra.

Está claro que algunos intentan fomentar la crispación como estrategia para lograr recuperar el poder a toda prisa. Se les nota tanto que su actitud produce vergüenza ajena. Han abandonado la senda del diálogo político y de la legítima discusión parlamentaria para caer en la torpe descalificación personal. Digo torpe, porque convence a pocos. Ni siquiera, según indican las encuestas, a muchos de sus antiguos votante. Pero lo peor no es eso, lo peor es que el griterío va en aumento día a día, como si una vez iniciado el camino emprendido les faltara cintura política y fueran incapaces de cambiar el rumbo. Ellos sabrán lo que hacen con sus estrategias, pero a mí no me parece que ese sea el camino que más les favorece.

8 de noviembre de 2018

Check and balance

En inglés se utiliza la frase que hoy he elegido como título para referirse al sistema político que en su entramado prevé un juego de equilibrios entre las distintas instituciones del Estado, de tal forma que se garantice el correcto funcionamiento del conjunto. Lo he dejado en el idioma original, porque la traducción literal –comprueba y equilibra- no me parece que responda al concepto que pretende enunciar la expresión anglosajona. En cualquier caso, intentaré explicarme.

El Tribunal Supremo, al que como a toda institución del Estado le otorgo un valor imprescindible en un sistema democrático, nos ha sometido a los ciudadanos en las últimas semanas a unos vaivenes de criterio de muy difícil comprensión para el común de los mortales. En un tema tan sensible a la opinión pública como es el de las hipotecas, acaba de decir digo donde dijo Diego. Nadie, salvo los representantes del sector financiero, ha entendido que, después de haber sentenciado hace unos días que son los bancos los que deben pagar los impuestos inherentes a la formalización de un préstamo hipotecario, rectifique ahora para cargar la obligación a los prestatarios. Un giro aparentemente tan incomprensible que hasta los más reaccionarios del país han puesto el grito en el cielo.

No pretendo entrar hoy y aquí en la discusión de si los argumentos a favor o en contra de la controvertida decisión se ajustan o no a derecho, entre otras cosas porque no tengo conocimiento suficiente sobre un tema tan complejo. Me limitaré a señalar que desde que conocí la decisión me puse a pensar si el check and balance de los angloparlantes funcionaría o no en este caso. Tratándose de una decisión procedente de tan alta magistratura –pensé-, hay que respetar su decisión y poco sentido tienen las caceroladas, los gritos y los aspavientos, al fin y al cabo derecho al pataleo y poco más. Son los anticuerpos del sistema político los que tienen que enmendar la plana al TS, porque para eso están. Es el sistema de equilibrios del Estado el que debe resolver el entuerto, si es que se ha producido.

Ayer oí la reacción del gobierno. Sin perder un minuto, Pedro Sánchez anunció un cambio inmediato en las leyes fiscales. A partir de ahora serán los bancos y no los usuarios quienes deberán pagar el impuesto que grava estos actos jurídicos documentados. Muerto el perro se acabó la rabia. Una institución -el poder ejecutivo- ha intervenido para, de acuerdo con sus competencias y dentro del estricto cumplimiento de las leyes, atender un clamor popular. A partir de ahora, el poder judicial no podrá argumentar, como lo ha hecho su presidente, que el problema radica en la dificultad de interpretar la ley vigente.

Ese es el sistema check and balance, ese es el equilibrio de poderes que permite que una sociedad compleja, en la que en ocasiones colisionan los intereses de las partes, funcione correctamente. Las cacerolas guardémoslas en la cocina, que es donde deben estar.

3 de noviembre de 2018

Subir las cloacas al despacho

Desde que saltó a la opinión pública la poco edificante conversación que la actual ministra de Justicia mantuvo con el impresentable Villarejo, los más preclaros representantes de la nueva derecha española se han desgañitado acusando a Dolores Delgado de haber descendido a las cloacas del Estado. Ahora que se ha sabido que Dolores de Cospedal, la ínclita anterior secretaria general del Partido Popular, mantuvo sospechosos contactos con el excomisario en el despacho de aquella, se me ocurre pensar que en este caso fueron las cloacas las que subieron a la planta noble de la sede de los populares. Y no fue para celebrar con una cena la concesión de una medalla, sino para hurgar en las causas abiertas o por abrir contra los suyos. Por eso, como dice el argumentario del PP, nada tiene que ver un caso con el otro. El primero es de muy mal gusto, el segundo raya en el delito, eso si no traspasa abiertamente la frontera entre la honradez y la delincuencia.

Todavía no conocemos el final de la película y por tanto quizá sea prematuro dedicarle una reflexión a este asunto. Pero como todo lo que huela a corrupción institucionalizada me revuelve el estómago, no puedo evitar dedicarle unas líneas al tema. Dolores de Cospedal no sólo le propuso al entonces todavía comisario en activo que hiciera “algunos trabajos para ellos”, sino que le ofreció a través de su marido el correspondiente pago a costa de las arcas del PP. Por tanto, aquí no sólo hay mal gusto, también posible ilegalidad. El dinero del PP, como el de cualquier otro partido político, no está para pagar espías encubiertos con información privilegiada. No se trata además de un asunto interno, como le he oído decir a algunos por ahí, sino de una presunta conspiración para delinquir perpetrada entre un funcionario del Estado y una líder política de renombre. Quitarle trascendencia a un asunto como éste es, como poco, de una hipocresía inaudita.

El Partido Popular debería quitarse de encima cuanto antes el lastre de la corrupción anterior. No es fácil, ya lo sabemos, porque la mugre a veces se incrusta en la epidermis de tal forma que ni la piedra pómez puede con ella. Por eso, ahora que veo a los nuevos portavoces populares arrastrar los pies ante el nuevo escándalo, me pregunto si la ceguera política volverá a adueñarse de su estrategia. Confío en que no, porque ya son muchas las voces conservadoras que están pidiendo en sus cenáculos que se aparte a Cospedal de todo lo que tenga que ver con el partido. Veremos si mi confianza no se ve defraudada. Los intereses partidistas no sólo ciegan, también en ocasiones obnubilan.

El nivel de corrupción al que hemos llegado es insoportable. Para que un país sea homologable como Estado de derecho no basta con tener instituciones democráticas y una indiscutible separación de poderes. Es preciso también que la clase política combata abiertamente la corrupción. En los últimos años el poder judicial está sacando a relucir casos que hasta hace poco resultaban impensables, de uno y de otro lado del espectro político. Yo me congratulo, porque esa es una condición “sine qua non” para acabar con la lacra de los sinvergüenzas. Pero mientras los partidos políticos no se decidan a expulsar de sus filas a los corruptos, la sospecha sobre ellos quedará latente.

La mujer del Cesar además de ser honesta tiene que parecerlo.

27 de octubre de 2018

El cine y la literatura

Me gusta el cine, lo confieso, aunque haga años que no entre en una sala cinematográfica. Me limito a sentarme en mi butaca frente al televisor, seleccionar una película entre las tantas que ofrecen los canales especializados y que he grabado con anterioridad, y zambullirme durante hora y media o dos horas en las imágenes y en los diálogos del guion que haya elegido. No soy demasiado exigente con los argumentos. Me basta con que cuenten una historia que no conozca, porque tengo la suerte de ser capaz de encontrar alicientes en los más mínimos detalles, en las imágenes, en los diálogos, en la música, en las interpretaciones, en el vestuario, en las ambientaciones, en todo.

Y me gusta leer novelas o ensayos por igual. En cuanto me sumerjo en los argumentos o en las argumentaciones de las primeras páginas de un libro, ya no soy capaz de abandonar su lectura hasta el final. También es cierto que aquí soy algo más selectivo que con el cine, porque mientras que con éste me basta con echar un vistazo a la oferta disponible para seleccionar la película que me interese en un momento determinado, la elección de un libro me lleva bastante tiempo de brujuleo entre las estanterías de las librerías que frecuento. Me sucede algo así como si con el cine no me importara demasiado equivocarme en la elección, mientras que con la lectura tuviera temor a perder el tiempo entre las páginas de un argumento o de una tesis que careciera de interés para mí. Por eso atiendo poco las recomendaciones cinematográficas que se me hagan y mucho los consejos de los lectores.

Lo que no llevo bien es la mezcla de estos dos medios. Quiero decir, para que nos entendamos, que no suelen gustarme las adaptaciones cinematográficas de las novelas. Supongo que se debe a que mientras que con la lectura es mi mente la que pone cara a los protagonistas, construye los escenarios y compone la sintonía general, el cine me lo da todo hecho y sólo tengo que prestar atención a lo que veo y a lo que oigo. En la lectura soy colaborador necesario del escritor y en la contemplación de una película mero receptor de la creación de otros.

Por eso, me resulta bastante incómodo ver una adaptación cinematográfica después de haber leído el libro sobre cuyo argumento esté basada. Suelen quedarse cortas o desdecir las ideas que yo había formado en mi mente con la lectura del libro. Por el contrario, son muchas las películas que me han llevado a buscar el libro adaptado, para así encontrar el desarrollo completo de las ideas del autor, aunque me encuentre lamentablemente condicionado por la previa visualización de la película. Creo que se trata de dos géneros tan distintos, de dos entretenimientos tan dispares, que difícilmente soportan la simbiosis.

Lo que me pregunto muchas veces es dónde encontraran distracción aquellos a los que no les gusta ni la literatura ni el cine. Aunque ya sé que siempre hay un roto para un descosido.

22 de octubre de 2018

Predecir el futuro

Con este título alguien podría pensar que hoy me he propuesto escribir sobre pitonisas o sobre adivinadores de lo que está por venir. Nada más lejos de mi intención. Lo que en realidad pretendo es reflexionar sobre ese tópico tan extendido que proclama que el conocimiento de la Historia ayuda a predecir el futuro. Lo he oído tan a menudo, que incluso llegué a creérmelo en algún momento. Pero, como estoy a tiempo de rectifica mis erroresr, voy a hacerlo. Y no sólo eso, también a justificar por qué me desdigo de lo que en algún momento defendí como una verdad incuestionable.

El desarrollo de la humanidad a lo largo del tiempo, que es en realidad la materia que estudia la Historia, obedece al efecto mariposa, ese según el cual el aleteo de uno de estos insectos en algún lugar del planeta puede ocasionar huracanes en las antípodas. De igual forma, la evolución del comportamiento social a lo largo de los siglos se debe en gran medida a efectos aleatorios, es consecuencia de la suma de infinidad de razones impredecibles y no de causas recurrentes a lo largo del tiempo, como el tópico da a entender.

¿Alguien hubiera podido suponer antes de que surgieran las sufragistas a principios del siglo XX que el feminismo iba a estar con el tiempo en la cresta de la ola como está en estos momentos? ¿Podría alguien haber imaginado en el Toledo medieval de las tres culturas que el yihadismo causaría en el siglo XXI el terror que está causando? ¿Hubieran podido pensar los padres de la constitución americana en el siglo XVIII que con el tiempo tendrían un presidente como Trump? ¿A los combatientes en Verdún se les podría haber pasado por la cabeza que los descendientes de los que en ese momento les disparaban desde las trincheras de enfrente serían algún día ciudadanos de la misma Unión Europea a la que pertenecerían los suyos? Mi respuesta a las preguntas anteriores es que ni por asomo.

Este tópico tiene además varios inconvenientes o, mejor dicho, trae aparejados mensajes negativos o pretextos sectarios. El primero es el fatalismo: si las cosas fueron mal en algún momento, seguirán yendo mal y nada ni nadie podrá evitarlo. El segundo, ahora muy en boga con tanto nacionalismo de todo tipo, la manipulación de la Historia con fines sectarios: debemos ir por este sendero, porque ya lo hicieron nuestros antepasados.

El futuro no existe, se hace día a día. Nada hace pensar que las cosas deban suceder como evolución lógica de cualquier pasado. Cada mañana aparecen nuevos factores, nuevas causas, nuevos gérmenes para el desarrollo futuro de la humanidad, que arrasan los anteriores, les quitan vigencia y les hacen perder validez. En definitiva, los anulan como elementos sobre los que basar nuevas predicciones. Las acciones individuales de millones y millones de personas en cualquier rincón del mundo forjan día a día, sin que ellos lo sepan, el futuro de la humanidad. Y como la resultante del conjunto de esas manipulaciones es impredecible, también lo es el devenir de la Historia. No tenemos ni la menor idea de adónde vamos a corto plazo, ni mucho menos a largo. Cualquier especulación no será más que eso, un puro invento.

De las tres supuestas consecuencias que acarrea el estudio minucioso de la Historia -conocer el pasado, entender el presente y anticipar el futuro-, me quedo con las dos primeras. La tercera no es más que un tópico sin fundamento alguno.

18 de octubre de 2018

Usos, modas y costumbres

Hace unos días me referí en este mismo blog a un par de bodas a las que había tenido ocasión de asistir en el corto plazo de dos semanas. Como en algunos aspectos fueron muy distintas, no he podido librarme de caer en la tentación de comparar algún capítulo de las mismas. Aunque las dos respondían a entornos sociales muy parecidos -si no iguales-, la primera fue civil y la segunda religiosa.

Las dos gozaron de sus correspondientes ceremonias y también las dos de los consabidos banquetes y de la desbordante generosidad que conlleva una boda. Y las dos se celebraron, a mi juicio, con la solemnidad que suele rodear estos actos. En la primera, fue un concejal del ayuntamiento de una pequeña capital de provincia castellana  el encargado de sellar el compromiso. En la segunda, un sacerdote, amigo de los contrayentes, ofició el enlace. El marco de la civil fue el soleado patio de un interesante edificio herreriano y el de la religiosa una iglesia del siglo XVII, en el centro de cierta ciudad andaluza. Como no podía ser de otra manera, hubo sus correspondientes pláticas. Y a ellas y a sus contenidos me voy a referir ahora.

El concejal oficiante de la primera centró su mensaje a los contrayentes en “vivid en armonía, pero que ninguno de los dos absorba la personalidad del otro”. En realidad fueron otras palabras, pero la tesis era esa: “ayudaos, protegeos y vivid el proyecto de convivencia con felicidad, pero no olvidéis nunca vuestra individualidad como seres humanos”. O dicho de otro modo: “habéis adquirido un compromiso de lealtad mutua, que en ningún caso significa sumisión del uno con respecto al otro”

El sacerdote de la segunda habló también en su homilía de respeto y felicidad, por supuesto bajo el manto de la Iglesia. “Lo que ha unido Dios que no lo separe el hombre”. O dicho de otra manera: “Juntos hasta la muerte, suceda lo que suceda”. Citas de alguna epístola que venía al caso y recuerdo de la obligación de los padres a educar a los hijos en la fe. Pocas referencias a los aspectos humanos, si es que hubo alguna.

En la primera, varios invitados -amigos y familiares de los contrayentes- tomaron la palabra tras el concejal para, en un ambiente distendido, cálido y amigable, lanzar algunos mensajes alegres y entusiastas a los novios. En la segunda, también por parte de algunos íntimos, encorsetadas y circunspectas lecturas de algunos pasajes del Nuevo Testamento, pero ninguna mención personalizada. Una estandarización de mensajes muy al uso en las ceremonias religiosas. Poca novedad, la verdad.

Ya he dicho antes que no hubiera entrado nunca en esta comparación si no fuera porque la cercanía de los dos actos, similares en la forma y distintos en los discursos, me hubiera provocado una reflexión sobre ciertas diferencias.  Boato, solemnidad y alegría distendida en las dos, pero dos mensajes distintos. En una, sed consecuentes con la decisión que hoy tomáis, pero si la realidad no responde a las expectativas no dudéis en recobrar vuestras vidas anteriores. En la segunda, avisos a los novios de que iniciaban  un camino de no retorno suceda lo que suceda, porque así está escrito en sagrado.

Ningún comentario por mi parte. Que cada cual saque sus conclusiones.

13 de octubre de 2018

Hoy las costumbres adelantan que es una barbaridad

Conozco a pocos que no consideren que en esto de los modales o de las costumbres sociales cualquier tiempo pasado fue mejor. Oigo tanto decir que el trato entre las personas está perdiendo calidad, que me he preguntado muchas veces si no se tratará de un tópico más, sin fundamento alguno que lo respalde. Como soy un escéptico impenitente, llevo un tiempo tratando de observar a mi alrededor lo que en realidad sucede y estoy llegando a la conclusión de que al emitir juicios sobre este asunto se utilizan patrones inadecuados. Dicho de otro modo, creo que se juzgan las conductas sin tener en cuenta la evolución de las costumbres.

Cuando yo andaba por los treinta, en el ambiente que por entonces frecuentaba se tenía por costumbre besar la mano a las señoras casadas cuando te las presentaban por primera vez, una leve inclinación del cuerpo, tan sólo un amago de lo que en otros tiempos quizá fuera una completa genuflexión versallesca. Ahora no se me ocurriría semejante ceremonia, no porque me haya vuelto un maleducado, sino porque las costumbres sociales han cambiado.

En las últimas semanas he tenido ocasión de asistir a dos bodas muy diferentes entre sí, pero las dos paradigmáticas de sus respectivos entornos familiares, que por cierto, aunque de mentalidades muy distintas, respondían a categorías sociales muy parecidas, a esa que algunos llaman de clase media acomodada. En las invitaciones de las dos figuraba una tarjeta con el número de cuenta corriente de los novios, para que de ese modo los invitados tuviéramos claro qué tipo de regalo se esperaba.

Cuando yo me casé, recuerdo que remitir a una lista de bodas resultaba cuanto menos chocante, por no decir de mal gusto. Más tarde se generalizaron, hasta el extremo de convertirse en depósitos bancarios disimulados, porque los titulares podían cambiar cada regalo por el que a ellos más les interesara. Y ahora un paso más, dinero contante y sonante y dejémonos de hipocresías. No me extrañaría que dentro de unos años el regalo nupcial se convierta en una tarifa a cobrar en ventanilla cuando se acceda al banquete. Más democrático e igualitario imposible.

Otro ejemplo. Yo me eduqué en el convencimiento de que había que limitar el uso del tuteo a los entornos más íntimos. En el colegio y en la universidad los profesores se dirigían a nosotros de usted. Respecto a las personas mayores, a nadie se le ocurría bajo ningún pretexto utilizar la segunda persona antes de recibir la correspondiente venia, salvo que hubiera suficiente confianza o proximidad familiar acreditada. Ahora el tuteo gana cada día gana más terreno. Confieso que a mí me está costando mucho acostumbrarme a esta nueva forma de relación personal. A veces, llevado por la terquedad, contesto de usted para defender “mi costumbre”, aunque reconozco que cada vez me voy rindiendo con más facilidad, entre otras cosas para no encontrarme con la ridícula situación de continuar hablándole de usted a una dependienta de 20 años, mientras ella, inamovible en sus convicciones,  continúa con el tuteo.

¿Son éstos síntomas de deterioro de la educación? Yo creo que no. Me parece que lo que sucede es que las costumbres sociales cambian constantemente hacia posiciones cada vez más prácticas y transparentes. Y es conveniente adaptarse a ellas si uno no quiere quedarse fuera de juego.

9 de octubre de 2018

Comportamiento ciudadano

Le decía el otro día a un buen amigo, que yo siempre intento -aunque no siempre lo consiga- cumplir las normativas vigentes, me gusten o no me gusten, las considere razonables o fuera de lugar, útiles o inútiles. Por supuesto que no me refería a las leyes que figuran en los códigos civil y penal –porque esas por descontado-, sino a las normativas municipales o aquellas otras de menor entidad que regulan el comportamiento ciudadano del día a día.

En esto de las ordenanzas somos muy dados a considerarlas atropellos a las libertades individuales. No sólo eso, también a dar por hecho que se dictan para otros, no para nuestro caso particular.  ¿Por qué no sobrepasar los 120 kilómetros por hora en una autopista, a plena luz del día, sin apenas circulación? –he oído decir en  alguna ocasión. Esa limitación –argumentan- está puesta para otros, para los malos conductores, pero no para ellos. ¿Por qué no aparcar en un hueco donde no molestas a nadie? ¿Por qué no cruzar un paso de peatones con el semáforo en rojo, cuando hay visibilidad suficiente como para tener garantía de que no te van a atropellar? Y así hasta no acabar.

Yo sólo tengo una contestación: porque está prohibido y punto. No entro en mayores consideraciones. No me pongo a analizar la bondad de la norma ni la utilidad de la prohibición ni la conveniencia de la regulación. Doy por hecho que la ordenanza persigue lo más conveniente para todos, acepto que es imposible legislar a la medida de cada uno y asumo que vivir en sociedad implica someterse a unas normas que no siempre son cómodas. Creo que el “contrato social” del que hablaba Rousseau, la necesidad de aceptar unas reglas de juego que obliguen a todos por igual, es aplicable también a las normativas más cercanas al individuo.

La segunda derivada de esta reflexión es por qué tanta denuncia, tanta sanción, tanta medida punitiva. Para recaudar, dicen algunos. Pero yo no estoy de acuerdo. Aunque parezca mentira, los países que han llegado a altas cotas de civismo y de cumplimiento de las normativas lo han logrado a base de vigilancia exhaustiva y de aplicación de castigos, y no porque llevaran el civismo en los genes. En Finlandia –sólo es un ejemplo entre muchos otros- a nadie se le ocurre aparcar en doble fila. Si lo hace, si cae en la debilidad de “si sólo es un momento”, sabe que le puede caer una multa que lo deje baldado durante un tiempo. En Alemania, en cuyas autopistas, si no se indica lo contrario, se puede conducir a la velocidad que le venga a uno en gana, se te cae el pelo si te sorprenden sobrepasando la limitación señalada en los numerosos tramos donde lo está. Que a nadie se le ocurra tirar un papel en una calle de Estocolmo, porque corre el riesgo de que alguno de sus vecinos lo denuncie.

La educación ciudadana, el civismo, consiste en eso, en cumplir a rajatabla las normativas vigentes en cada momento. En una sociedad democrática, son las autoridades elegidas por el pueblo quienes las dictan. No cabe por tanto achacarles características dictatoriales ni tacharlas de abuso de autoridad. Si no te gusta alguna, vota a los que estén en contra para que las derogue. Pero mientras tanto, mientras rijan, acátalas como acatas las leyes de mayor enjundia.

No cuesta tanto.

6 de octubre de 2018

La hora estelar de los radicales

Diríase que se ha abierto la veda del radicalismo. Derecho a la autodeterminación o nada que rascar, proponen los unos; leña al mono hasta que reviente, contestan los otros. Las dos partes con caras de pocos amigos. Sólo les falta bailar la danza maorí, esa estrafalaria costumbre que usan los jugadores de rugby neozelandeses antes de iniciar un partido. Aspavientos, amenazas y banderas al viento de las cuatro iras. Ganas de joder la marrana, que no se me ocurre otra expresión más adecuada para describir el triste esperpento con el que nos desayunamos todos los días. Vehementes ultimátum o amenazas con ilegalizar partidos o con aplicar el 155. De todo hay como en botica. De todo menos sentido de la responsabilidad y cintura política.

Y en mitad de la contienda, procurando no entrar en las provocaciones que le vienen de los dos flancos, el intento por parte del gobierno de poner en marcha un diálogo político de nueva factura, a la vista de que las estrategias empleadas con anterioridad han resultado un auténtico fracaso. Sí, porque nadie en su sano juicio puede negar que las soluciones autoritarias, los oídos sordos o el “laissez faire” sólo han conducido a ensanchar las brechas, a agravar las diferencias, pero no a salir de una crisis en la que llevamos inmersos demasiados años y que amenaza con convertirse en crónica, socavar los cimientos del Estado y poner en riesgo la convivencia pacífica entre los españoles..

Tal es la similitud del nivel de sus intransigencias, que a veces pienso que los mismos que alimentan el fanatismo independentista de Puigdemont y de Torra lo hacen con la irresponsabilidad de unos líderes de derechas que han convertido un asunto de Estado en batalla a favor de sus intereses partidista. Ya sé que se trata de una paranoia que debo corregirme, pero, como decía un amigo mío cuando algo le sorprendía más allá de lo normal, da que pensar.

No hay otra manera de salir de esta situación que dialogar y llegar a acuerdos. No se trata de vulnerar las leyes ni de hacer concesiones anticonstitucionales, no. Se trata de poner las cartas boca arriba, las de la legalidad constitucional por un lado y las de las reivindicaciones identitarias por el otro. Y a partir de ahí analizar hasta dónde se puede llegar. Seguramente –por qué no- existirá un punto de encuentro en el que quepamos todos.

Si algo están dejando claro los acontecimientos de los últimos días, es que en el campo independentista se empieza a oír con atención las propuestas de diálogo que les lanza el gobierno, hasta el punto de que se observen cada vez mayores diferencias de criterio entre sus líderes. Desde mi punto de vista, se trataría de un punto de inflexión que debería tenerse muy en cuenta y que confirmaría que la sensatez todavía puede abrirse paso entre tanto dislate y que la estrategia del gobierno no se basa en ingenuas quimeras.

Otra cosa será que, a pesar de todo, la irracionalidad siga campando por sus respetos, porque, no lo olvidemos, parece que ha llegado la hora estelar de los radicales de uno y de otro lado.

1 de octubre de 2018

El franquismo sociológico

España está llena de neofranquistas, de ciudadanos que añoran la época de la dictadura. No echan de menos la presencia del dictador, porque con el tiempo han asumido que murió y que su figura es políticamente irrepetible, pero sí los usos y costumbres dictatoriales de aquella larga etapa de la historia de España. Son personas que recuerdan con cierta satisfacción los años que vivieron bajo la autoridad de Franco o que han oído hablar tan bien de aquel régimen que confunden el relato de los otros con sus propios recuerdos.

Pero lo curioso es que casi ningún neofranquista reconoce serlo.  No lo manifiestan abiertamente, pero se les nota. Es más, suelen entrar al trapo en cualquier controversia que pueda empañar la figura del dictador. Expresiones como “barbaridades se cometieron en los dos bandos” o “qué sentido tiene remover la Historia” demuestran que reconocen las barbaridades, pero las reparten por igual, o que se sienten incómodos cuando se cuestiona el comportamiento de los que consumaron el golpe de estado del 36. Dejad que los muertos descansen en paz, sentencian.

Lo de la exhumación de los restos de Franco lo llevan muy mal. No lo dicen abiertamente, porque a tanto quizá no se atrevan. Los partidos que cosechan su voto ni siquiera apoyaron la iniciativa en el Congreso. Se limitaron a abstenerse, que compromete menos, y a justificar su actitud con aquello de “no tendrán otra cosa mejor que hacer” o con lo de “cortina de humo para ocultar su falta de ideas”. Todo menos defender abiertamente que Franco siga enterrado en el mausoleo que el mismo diseño para perpetuar su recuerdo. No, a eso, ya lo he dicho, no se atreven.

Algunos, cuando lean estas reflexiones pensaran que me acabo de caer del guindo, que era bien sabido que el neofranquismo existía. Sí, es cierto, yo también lo sabía. Pero, llevado por la ingenuidad, no creía que su sombra estuviera tan extendida. Y ahora, a la vejez viruela, descubro que lo está, quizá porque la llegada al gobierno de la izquierda reivindicativa de ciertos valores éticos haya espoloneado las adormecidas conciencias del franquismo sociológico y los nostálgicos se estén haciendo más visibles.

Sin embargo, no estoy seguro de que el neofranquismo represente una réplica hispana de la ultraderecha europea, ahora tan en auge. No digo que en sus filas no haya ultraderechistas, porque los hay y muchos, sino que muchos de ellos no reconocen serlo. Son conservadores –hasta ahí podíamos llegar-, pero su añoranza de aquella etapa está más basada en la nostalgia, en el recuerdo, que en la ideología. Sus mentes han evolucionado hacia formas políticas algo más abiertas, pero parte de sus neuronas siguen ancladas en aquel pasado, continuan presas en las redes de un régimen que seguramente a ellos no los trató tan mal.

Son muchos y están por todas partes. Yo cada día descubro a más y en los sitios más insospechados.

25 de septiembre de 2018

Ladran, luego cabalgamos


Yo no hubiera podido ser ministro del PSOE. A pesar de que hace muchos años que asumí que las inclinaciones sexuales de cada uno son un asunto tan personal que nadie tiene derecho a juzgar las de los demás, y aunque rechace cualquier manifestación de índole homófoba por considerarla poco inteligente al proceder de prejuicios ancestrales, alguna vez he utilizado la expresión “maricón”. No como insulto –que también- sino para referirme a algún homosexual en concreto. Siempre por supuesto en ambientes restringidos y en presencia de personas que me conocen y entienden perfectamente el trasfondo de mis palabras. No es que me sienta orgulloso de esta debilidad, pero sé perfectamente que mi escala de valores no se ha visto alterada por esta conducta.

Ahora bien, si me hubieran grabado alguna de esas licencias verbales y a continuación hecho públicas las grabaciones, no habría podido intentar desarrollar una carrera política. Mejor dicho, hubiera podido intentarlo, pero no en un gobierno socialista. Tendría que haberme refugiado en alguno de esos partidos que tapan las vergüenzas de los suyos hasta límites inconcebibles, que protegen a los de su manada aunque existan evidencias de delito o de falta de ética.

Lo que está sucediendo ya lo veíamos venir. Algunos líderes están soliviantados y decididos a acabar con el gobierno de Pedro Sánchez como sea. Les corre prisa, porque si no lo hunden rápidamente acabará convenciendo a una mayoría cualificada de que es posible sortear la crisis sin abandonar a los más débiles. Terminará arañando algo de los privilegios de los de siempre y demostrará que las ideas progresistas moderadas son una valiosa alternativa al neoconservadurismo desbocado.

Para eso vale todo, incluso utilizar las cloacas del estado, manipular las palabras o las intenciones que hubiera detrás de ellas o sacar a relucir los expedientes universitarios. De lo que se trata es de pedir dimisiones y socavar el prestigio de los ministros, aunque para ello haya que exigir unos niveles de comportamiento muy distantes de los que ellos acostumbraban. Cualquier tema les vale, incluso los asuntos de Estado, esos que requieren de lealtad institucional. La bestia a batir lo justifica todo. No se pueden permitir que siga creciendo, porque les va mucho en ello.

No, no lo tiene fácil el nuevo gobierno. Lo que sucede es que los ciudadanos en su conjunto no son tan estúpidos como para tragarse con facilidad las malas artes sin reaccionar. Las encuestas algo están diciendo al respecto. Las últimas, en plena crisis del caso Montón, demuestran que la brecha de intención de voto entre el PSOE y los partidos de derecha aumenta a favor de primero, al mismo tiempo que ponen de manifiesto que el electorado de derechas cada vez está más desconcertado.

Por eso viene a cuento recordar aquello de ladran luego cabalgamos.

16 de septiembre de 2018

No saben qué hacer

Pero lo peor no es que no sepan qué hacer, lo peor es que se les nota demasiado. La rabia apenas contenida que se apoderó del alma de ciertos políticos de la derecha cuando el voto de censura a Mariano Rajoy los desalojó del poder, empezó a manifestarse nada más suceder lo que la corrupción descarada les había traído. Lo que sucede es que al principio estaban demasiado confusos y sus mensajes resultaban monotemáticos: triple alianza con los populistas, con los independentistas y con los terroristas. Ahora, una vez superado el amargo trance de la derrota, recompuesta la figura y afinadas las lenguas, han ampliado el espectro de las acusaciones y la forma de manifestarlas. En definitiva, la cólera virulenta ha reventado.

Pero no es sólo rabia, también es miedo. No tienen claro que puedan echar de la Moncloa a Pedro Sánchez a corto plazo con procedimientos democráticos y han empezado a dispararle dardos envenenados para derribarlo cuanto antes. Lo de los supuestos pactos inconfesables con unos y con otros no parecía que estuviera haciendo mella en la opinión pública y quizá si se le acusara de haber plagiado la tesis doctoral se conseguiría hacer más sangre. Calumnia que algo queda, dice el proverbio, y para qué andarse por las ramas pudiendo ir directamente al tronco. Se aprovecha una pregunta parlamentaria sobre Cataluña y se lanza otra de esas que siembran duda. Lo de la unidad de España puede esperar, pero acabar con el malvado no admite demasiadas dilaciones.

Lo que sucede es que estas estrategias ramplonas sólo convencen a unos cuantos, concretamente a los que ya estaban convencidos de que el actual presidente del gobierno es una especie de fiera Corrupia; mientras que los que en cada elección se plantean a quién elegir porque no tienen prejuicios partidistas –una franja del electorado que suele decidir el resultado de cada votación- ven en estos ataques una chapuza política de dimensiones colosales, una artimaña torticera que descalifica a sus autores. Por tanto, mucho cuidado, no vaya a ser que el tiro les salga por la culata.

Aliados para seguir adelante con estas maniobras de acoso y derribo no le faltan a esos líderes de la derecha ultramontana, periódicos simpatizantes con todo lo que huela a reacción y poderes fácticos que temen perder la situación de bonanza que paradójicamente les ha traído la crisis. Cuentan con medios de comunicación manipuladores de la opinión pública y con dinero para pagar a quien haga falta, a quien sirva a sus intereses.

Estamos asistiendo sólo al principio de la lucha rastrera, abyecta y miserable que se avecina, la  que están decididos a dar los derrotados. Es la única que se les ocurre, porque mucho me temo que se hayan quedado sin ideas, si es que alguna vez las tuvieron.

11 de septiembre de 2018

Titulitis

A ver si va a resultar ahora, con esta gaita de la proliferación de falsos títulos universitarios, que ni madame Curie se licenció en Ciencias por la universidad de la Sorbona, ni Torres Quevedo obtuvo el título de Ingeniero de Caminos, ni don Miguel de Unamuno presento su tesis doctoral, ni Severo Ochoa asistió a las prácticas preceptivas en la facultad de Medicina. Sólo faltaría que los excepcionales descubrimientos de la primera sobre el comportamiento de los elementos radioactivos, las extraordinarias  obras de ingeniería del segundo, las definitivas aportaciones de nuestro premio Nobel a la bioquímica aplicada o las clarividentes reflexiones metafísicas de don Miguel se sustentaran en falsos títulos, en asignaturas convalidadas de cualquier manera o en carreras aprobadas sin el esfuerzo requerido.

Creo que no, que no fue así, entre otras cosas porque en aquellos tiempos todavía no se había inventado la universidad Juan Carlos I, esa factoría de falsos titulados, de másteres fantasmas, de adornos curriculares. Pero si mis sospechas sobre las acreditaciones académicas de los excelsos universitarios que he citado arriba se confirmaran, ¿importaría algo en realidad el maquillaje de sus expedientes académicos? Por supuesto que no. Sus aportaciones al progreso de la humanidad ahí estarían, con diplomas o sin diplomas, con fotografía o sin fotografía en la orla de su promoción.

¿Quiere esto decir que disculpo las corruptelas? No, claro que no. Lo que sucede es que  relativizo su importancia. En mis tiempos de ejercicio profesional, me hubiera costado un disgusto verme obligado a prescindir de un buen colaborador por el hecho de que, en un momento determinado, se hubiera descubierto que había obtenido uno de sus títulos académicos por arte de birlibirloque, por la cara como dicen los castizos. Es posible, eso sí, que a partir de ese momento lo hubiera observado con más detenimiento, no fuera a ser que en el ejercicio de su responsabilidad encontrara fallos hasta entonces no detectados. Pero superado ese periodo de observación, me hubiera olvidado y hubiera seguido contando con su colaboración profesional.

Ni me parece mal que el periodismo de investigación denuncie situaciones como las que en los últimos meses han salido a la palestra, ni mucho menos que la justicia investigue las responsabilidades que hubiera lugar, entre otras cosas porque en algunos casos posiblemente se hayan cometido delitos que castigar. Pero no vayamos más allá, no hagamos víctimas inocentes, no convirtamos las corruptelas de difícil comprobación en condenas a la hoguera. Que hable la justicia cuando deba hacerlo y que el electorado depure en las urnas a los que no le merezcan confianza.

Y esta reflexión que hago me sirve para todos, para unos más que para otros.

8 de septiembre de 2018

Vuelta al cole

No me lo había propuesto, pero al final ha sido así. La pereza me ha vencido y he sido incapaz durante varias semanas de abrir el ordenador y ponerme a escribir. No es que no haya habido situaciones que me llamaran la atención, porque éstas han sido muchas, variadas y llamativas. Ha ocurrido, simplemente, que la vagancia veraniega ha podido conmigo. Pero ya va siendo hora de empezar a dar un poco la murga.

He oído últimamente que algunos dicen que para qué perder el tiempo exhumando los restos de Franco, habiendo tantas cosas importantes por hacer. No aclaran que les gustaría que siguieran allí, porque a tanto no se atreven. Sería algo así como reclamar que continúe abierto un mausoleo dedicado a la memoria de un dictador, al recuerdo del vencedor de una guerra civil que enfrentó a la mitad de los españoles con la otra mitad. Y eso sería reconocer una estrechez de miras democráticas poco acorde con los tiempos que corren. Con los votos no se juega.

Según parece, otros -¿quizá los mismos?- proponen la promulgación de una ley de concordia y reconciliación entre los españoles, para sustituir a la que se refiere a la memoria histórica. Deben de considerar que esta última hurga demasiado en hechos poco confesables y que mejor sería “firmar la paz” de una vez y dejarse de monsergas. Los muertos muertos están y para qué localizarlos y enterrarlos con dignidad. Reconciliémonos y olvidemos el pasado. Además –recalcan-, quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Es decir, reconocen el pasado pecaminoso, pero lo reparten por igual, como si los represaliados al finalizar de la contienda civil hubieran pertenecido a los dos bandos y no sólo al de los vencidos.

Lo de la inmigración desbocada por no dejar que se ahoguen los emigrantes que intentan llegar a Europa es culpa, según proclaman otros, -¿los de antes?- de un gobierno oportunista al que le gustan más los gestos que los hechos. Dicen que no deberíamos andarnos con tantas contemplaciones. Aquí no cabemos todos –explican- y el Estado no puede ni debe convertirse en una ONG caritativa. Mano dura, pelotazo y tente en pie. Que se queden en su país que aquí no pintan nada.

Hay también -¿serán los mismos?– los que consideran que las proclamas incendiarias que lanzan Carles, Quim y compañía son la consecuencia inmediata de unos pactos secretos e inconfensables acordados para llevar adelante la moción de censura que arrebato el poder a los conservadores. Tanto diálogo, tanta contemplación, tanta llamada a la cordura y a la sensatez –repiten hasta la saciedad- terminará quebrando la convivencia, provocando males irreversibles. Con el 155 y con las cargas del 1 de octubre  se estaba arreglando el desaguisado y ahora vienen éstos a estropearlo todo con su afición al dialogo, con su afán de oír al adversario, con su manía de buscar puntos de encuentro.

Lo que no sé, me pregunto a la vista de lo anterior, es cómo con todas estas lindezas he sido incapaz de vencer la galbana veraniega durante tanto tiempo. Quizá sea porque los años causan estragos, me guste o no admitirlo. Aunque, pensándolo bien, nunca es tarde si la dicha es buena.