25 de febrero de 2019

La izquierda útil

Los que se consideran progresistas, y en consecuencia votan a partidos de izquierdas, deberían tener bien aprendido que no es posible cambiar la sociedad de la noche a la mañana, que las cosas de palacio van despacio. Los que están convencidos de que las reformas se pueden hacer con tan sólo disponer de voluntad política, o nadan en la utopía o ignoran la realidad que los rodea. Es muy bonito recrearse en ensoñaciones utópicas, pero no sirve de nada. Es tranquilizador suponer que el mundo es distinto a como es, pero se trata de una presunción que lleva al autoengaño y por tanto a la ineficacia.

Manta a manta las viñas no son tantas, un refrán que tenía olvidado y que alguien me ha recordado hace muy poco. Las grandes transformaciones requieren tiempo, no se consiguen de sopetón. La vehemencia es enemiga del progreso, porque no deja tiempo suficiente para vencer resistencias, para convencer, para ganar adeptos; porque la fogosidad y el apasionamiento provocan reacciones en contra, miedos innecesarios. Es cierto que para romper inercias es preciso hacer un gran esfuerzo, pero no confundamos la intensidad con la rapidez. No por mucho madrugar amanece más temprano, otro proverbio que me viene a la memoria.

La sociedad progresa día a día en derechos y en libertades. Éste es un hecho incuestionable, aunque los retrocesos reaccionarios que se producen de cuando en cuando parezcan desmentirlo. Además, me atrevería a decir que muchas veces la reacción se origina porque el desmedido ardor reformista la resucita, porque las ganas de cambiarlo todo deprisa y corriendo provoca su rebrote. Los retrocesos en política suelen ser producto del miedo, de la falta de comprensión de las propuestas progresistas, de no entenderse muy bien  a que tanto denuedo, a qué tanto furor. El radicalismo asusta porque no se entiende. El extremismo espanta. El maximalismo se digiere mal.

Cuando ahora oigo a algunos desde la izquierda acusar al gobierno de no haber sido suficientemente valiente para cambiar ciertas leyes en tan poco tiempo, me hago cruces. Son acusaciones que demuestran mala voluntad o ignorancia. Contra lo primero no tengo antídoto. Para lo segundo, recomendaría a los vehementes que no perdieran la calma, que analizaran con detenimiento el entorno, que meditaran sobre el hecho de que vivimos en una sociedad compleja, en la que existen grandes resistencias, en la que las cortapisas al progreso son muchas y muy variadas, en la que los enemigos de las reformas cuentan con una enorme cantidad de armas para impedir los cambios.

En democracia no hay más que un camino para hacer reformas, el que otorga una mayoría suficiente en las cámaras de representación. Todo lo demás es pura farfolla, pólvora mojada, pataleo inútil. No se puede hacer reformas sin los votos necesarios que las respalden; es imposible cambiar la sociedad en contra de la mayoría de los votos populares. Por eso –vuelvo al principio- los progresistas nunca deberían perder de vista que, por mucho que se denuncien las injusticias, por muchas demostraciones callejeras que se hagan, por mucha algarabía y griterío que se gaste, si no se dispone de una gran mayoría parlamentaria que sustente al gobierno, no hay nada que hacer.

Por tanto, utilicemos la inteligencia y no nos perdamos en votos inútiles.

21 de febrero de 2019

Se veía venir

A mí no me ha sorprendido la intransigencia de los de Aznarñán y los tres mosqueteros de la derecha española con su política de oposición furibunda, ni la cerrazón de los separatistas catalanes con sus intransigentes ensoñaciones. Aunque, si tengo que ser sincero como me gusta serlo, debería añadir que a los primeros no los creía tan sectarios e irresponsables ni a los segundos tan utópicos y tercos. Pero la realidad se ha impuesto y no tengo más remedio que aceptar que vivo en un país fanatizado, en el que resucitan las actitudes rancias de una derecha que añora el franquismo y los comportamientos desmadrados de un nacionalismo que ha perdido el norte y es capaz de elegir como estrategia el “cuanto peor, mejor”.

Ahora, en cualquier caso, lo que importa son las urnas. Tengo la sensación de que, con independencia de lo que adelanten las encuestas, se va a producir un intenso movimiento de votos de uno a otro lado, desde la derecha a la izquierda, desde la izquierda a la derecha, entre las izquierdas y entre las derechas, mucho mayor de lo acostumbrado. El periodo "sanchista" ha sido rico en experiencias y a los ciudadanos, por mucho que se les intente engañar, no se les escapan ciertas cosas. Ahora más que nunca son conscientes de que Pablo Casado está dando al PP un peligroso giro a la ultraderecha, un cambio que a sus seguidores más templados no les gusta; de que a Albert Rivera todavía le quedan chaquetas por probar, ninguna de ellas centristas como dice que las prefiere; de que a Santiago Abascal se le han abierto las puertas de par en par y que lo suyo no ha hecho más que empezar; de que a Pablo Iglesias se le están acabando las pilas de la credibilidad; y de que a Pedro Sánchez, aunque se le han visto con absoluta claridad los modales progresistas y su inequívoca posición frente a las pretensiones anticonstitucionales de los secesionistas, le ha quedado mucho por hacer.

Yo también hago encuestas, en este caso basadas en la intuición y no en la estadística, pero mirándole a la cara a los encuestados que no son otros que mis amigos. Y lo que me dicen es que la derecha está tan dividida que el resultado en escaños será peor que el vaticina la suma de sus votantes; y que en el otro lado, en la izquierda, se prevé una vuelta hacia el PSOE de muchos de los que en su día lo abandonaron, lo que no quiere decir, ni mucho menos, que Podemos vaya a desaparecer.

Si esto fuera así, el resultado de estos comicios será muy apretado. Todos sabemos que la ley d´Hont -los algoritmos que calculan el número de escaños a partir de los votos recibidos- favorece a la concentración y castiga a la dispersión. Por eso la campaña va a ser  decisiva, porque no olvidemos que, si bien son muchos los que no modifican sus intenciones electorales con facilidad, hay una franja de votantes muy amplia que entiende perfectamente eso que algunos llaman el voto útil, que no es otra cosa que reconocer que, si quieres que se hagan las cosas de la forma más parecida a lo que ti te gustaría, no debes nunca desperdiciar tu papeleta. Lo anterior lo saben todos –derechas e izquierdas-, pero quizá en estos momentos la derecha esté tan desunida que no pueda evitar las consecuencias de su dispersión.

Queda poco para verlo.

10 de febrero de 2019

La hora de los valientes, la hora de los cobardes

La cobardía en política consiste en rehuir los problemas que, aunque sean trascendentes para la convivencia entre los ciudadanos, gozan de impopularidad y por consiguiente se adivina el riesgo de que puedan pasar factura electoral. Por eso, cuando oigo a los tres cabezas visibles de la derecha que nos está tocando vivir en estos días llamar cobarde al presidente del gobierno, me sonrojo. Enfrentarse al desafío separatista con la esperanza de que mediante el diálogo y dentro de la legalidad constitucional se pueda desactivar el conflicto, no es una cobardía. Podría ser una ingenuidad, un intento inútil o un error de cálculo, pero nunca una cobardía. Los cobardes son los que no sólo no tienen el coraje necesario para enfrentarse con eficacia al reto, sino que además se aprovechan de él y lo utilizan como argumento electoral. Ni tienen el valor que se precisa para resolver el conflicto ni el más mínimo sentido de la responsabilidad que se le debe exigir a un político demócrata.

Estoy totalmente en contra de la independencia de Cataluña –ya lo he dicho aquí en muchas ocasiones-, pero soy consciente de que la quiebra social en aquella parte de España es una realidad incuestionable y, como consecuencia, estamos obligados a gestionarla con inteligencia, no con políticas maximalistas que sólo consigan agudizar y prolongar el problema.  Por eso me preocupa que, ante un reto como el que está sufriendo nuestro país, no se apoye al gobierno en la estrategia que ha escogido para defender la integridad territorial de nuestro país, tergiversando espuriamente la realidad con la acusación de que su presidente se ha convertido en cómplice de los separatistas. Es tan burdo lo que vocean, que produce rubor oírlo.

El separatismo, desde que gobierna Pedro Sánchez,  no ha dado un paso adelante en sus pretensiones, si acaso se ha debilitado. Mucha palabrería, bastante postureo ridículo y algo de algarabía callejera. Una huida hacia adelante sin salida. Ni ha progresado en apoyos internacionales ni, según las encuestas, ha aumentado el número de seguidores. No sólo eso, sino que en su frente se han abierto profundas discrepancias y muchas dudas sobre la estrategia a seguir. Por tanto, las acusaciones carecen de fundamento. Lo que sucede es que la derecha de este país se ha echado al monte y, como no debe de encontrar debilidades reales en las acciones del gobierno actual, ha escogido un camino muy peligroso para la convivencia entre los españoles.

La historia del relator ha resultado un auténtico esperpento. Su anuncio, en mi opinión,  ha sido un error por parte del gobierno, que no supo medir bien el alcance de una iniciativa que, además de carecer de sentido práctico, se prestaba a interpretaciones fraudulentas por parte de los que están siempre dispuestos a sacarle punta a las palabras. Pero de ahí a dar sentido a manifestaciones “patrióticas” en defensa de la unidad de España hay un abismo. La dispersa derecha -que no es lo mismo que fraccionada- no sabe ya que hacer, y acude al tremendismo, a la demagogia populista y a eslóganes como el de “acudamos a Colón para salvar a España”, un estilo que yo, en mi optimismo, creía completamente desterrado de nuestras fronteras. Un planteamiento “guerracivilista”, permítaseme la expresión en sentido figurado. Porque la derecha española ha pasado de ser muy conservadora, como lo ha sido siempre, a extremadamente reaccionaria, como lo es en estos momentos.

Ahora que el gobierno ha anunciado que las conversaciones con la Generalitat se han interrumpido porque no está dispuesto, como nunca estuvo, a transigir con el referéndum de autodeterminación ni con otras pretensiones anticonstitucionales que reclaman los independemtistas, me gustaría saber qué van a decir los ultramontanos. Pero estoy seguro de que digan lo que digan no me sorprenderé, porque ya estoy curado de espantos.

6 de febrero de 2019

Carta abierta a don Pablo Casado

Muy señor mío:

me dirijo a usted para explicarle que, en mi modesta opinión, se está equivocando con la estrategia que ha elegido para ejercer la acción opositora. No voy a darle consejos, porque ni me los iba a aceptar ni creo que los necesite, ya que cuenta con un gabinete de asesores de renombre –como el señor García Egea, campeón de lanzamiento de hueso de oliva en 2008 entre otros méritos-, pero sí mi punto de vista, el de un demócrata que entiende que la crítica política es legítima, pero no el insulto rabalero ni la falta de rigor.

Está en su perfecto derecho –hasta ahí podíamos llegar- en sacar a relucir cuantos defectos quiera de la política que lleva a cabo el presidente del gobierno. Al fin y al cabo desde el último congreso del PP ejerce usted el liderazgo de un partido conservador, cada vez más alejado de la línea progresista que marca el rumbo del gobierno actual, y no puede sorprenderme que sus puntos de vista discrepen. Por tanto no seré yo quien ponga pegas a su contestación política, porque, entre otras cosas, entiendo que sus seguidores no se lo admitirían. Pero en lo que no puedo estar de acuerdo es en esa mezcla de mentiras de bulto y de tergiversaciones de la realidad que utiliza para desgastar la labor gubernamental. Se le ve tanto el plumero de la falsedad, que hasta sus más fieles defensores, aunque lo aplaudan a veces, en no pocas ocasiones se quedan perplejos ante su osadía.

Yo comprendo que cuenta con pocas armas políticas para desgastar al gobierno, porque la prudencia y contención con la que Pedro Sánchez está llevando a cabo su política le deja poco margen. Pero eso no justifica que recurra usted a la demagogia populista y a la falta de rigor con las que adorna continuamente sus proclamas. Lo que dice es tan exagerado, tan falto de coherencia, que da la sensación de que estuviera a la defensiva de los posibles ataques que le pudieran llegar. Al fin y al cabo no en vano ha sido usted partícipe, en su calidad de miembro de la cúpula del PP, de los manejos del gobierno anterior, y todos sabemos las causas que motivaron la moción de censura al señor Rajoy.

Las encuestas no le están yendo demasiado bien. Supongo que las causas son varias, pero no le quite importancia a una de ellas, el estilo que está utilizando. A los ciudadanos no les gustan las malas formas ni mucho menos la reiteración del insulto canalla. El español es un pueblo maduro, que sabe distinguir muy bien la crítica política del tremendismo surrealista, que no confunde la discrepancia con la pelea barriobajera. Yo le recomendaría, aunque ya le he dicho al principio que sé muy bien que no me hará caso, que se acordara de lo que le enseñaron los Hermanos Maristas de su ciudad natal. Haga caso a sus recomendaciones de entonces, por lo menos en lo que se refiere a la educación ciudadana.

Supongo también que su deriva hacia posiciones ultraderechistas le esté pasando factura, porque le flanquean dos compañeros de viaje muy peligrosos para sus intereses. Alguno de sus antiguos votantes le recriminará ese viaje hacia la extrema derecha que ha emprendido desde el principio de sus labores al frente del partido y mirará hacia Ciudadanos, algo más edulcorado; y otros, por el contrario, lo harán hacia Vox, pensando que al fin y al cabo qué más da uno que otro.

De todas formas, le deseo mucha suerte en lo personal.

Atentamente

3 de febrero de 2019

La encrucijada de Venezuela

Si algo tengo claro a estas alturas de la película respecto a la situación por la que atraviesa Venezuela, es que Maduro no debe seguir ni un día más al frente de los destinos de aquel país sin pasar primero por el filtro de unas elecciones limpias y transparentes. Después podría hacer otras consideraciones –y de hecho las haré a continuación-, pero ninguna de ellas tiene la suficiente contundencia para anular a la primera. El heredero de Hugo Chávez ha demostrado a lo largo del tiempo que ni está capacitado para resolver los problemas del pueblo venezolano ni dispuesto a someterse al juego limpio de las urnas. Hay que exigirle por tanto que se eche a un lado inmediatamente y dé paso a un sistema democrático.

No voy a negar que EEUU esté al frente de la maniobra de acoso y derribo de la llamada revolución bolivariana, ni que la razón que guía su intervención no sea precisamente el bienestar del pueblo venezolano. Un conglomerado de intereses económicos, por un lado, y un conjunto de consideraciones geoestratégicas, por otro, llevan tiempo agudizando el instinto intervencionista de Washington, siempre dispuesto a practicar la doctrina Monroe, América  para los americanos. Por eso Europa -y España con ella, pero no sin ella como parece demandarle al gobierno español la desnortada derecha de nuestro país-, debe buscar soluciones que de verdad acaben con la angustiosa situación de aquel pueblo, sin que el oportunismo permita que el pretexto sirva para convertir a Venezuela en otro coto cerrado de la ultraderecha internacional, del capitalismo incontrolado.

Europa, lamentablemente, carece de una política exterior unificada que sea capaz de proponer soluciones eficaces; y siento decirlo porque me considero un europeísta convencido. Pero, en cualquier caso, tiene suficiente peso en el ámbito internacional para contribuir, aunque sólo sea desde la presión diplomática, a lograr que la salida de la crisis sea pacífica y ordenada, sin intervenciones militares que pongan en peligro vidas humanas, sin invasiones militares que provoquen un derramamiento de sangre.

Me cuesta creer que todavía haya voces en la izquierda radical que defiendan la tiranía populista de Nicolás Maduro, aunque justifiquen que lo hacen para poner freno al intervencionismo norteamericano. Si las cosas se hubieran hecho bien desde el principio, si no se le hubiera dado cancha a una dictadura populista, quizá ahora estuviéramos hablando de una situación completamente distinta. Pero desgraciadamente sigue habiendo quien confunde progresismo con populismo anticapitalista, que no distingue el culo de las témporas. Ser de izquierdas nunca ha sido patente de corso para defender dictaduras, sino todo lo contrario.

Ahora es tarde y ya no hay quien detenga el proceso. Más de dos millones de emigrados por razones económicas, una inflación galopante y un desabastecimiento que pone a las clases más humildes al borde de la inanición no permiten más retrasos. Justo lo que los enemigos de la revolución bolivariana estaban esperando, que la situación se conviertiera en insostenible y así contar con un pretexto para hacerse con el control del país.¡Cuándo aprenderán algunos!

31 de enero de 2019

Máximos Comunes Denominadores

Cuando se elige una opción política entre el abanico de la oferta electoral disponible, es difícil, por no decir imposible, que exista total coincidencia entre las ideas propias y las del partido elegido. Siempre habrá aspectos que a juicio de uno falten y también propuestas que sobren. Pero si se desea ser práctico, si no se quiere que el voto se diluya en la inmensidad estelar, es preciso elegir al que, dentro de los que tengan posibilidades de gobernar, su ideario cuente con suficientes puntos en común con el de uno mismo.

Ésta es una lección que el electorado de izquierdas tiene muy mal aprendida. La volatilidad del voto progresista siempre ha sido mucho mayor que la del voto conservador. El votante progresista cambia con demasiada frecuencia la intención de su voto, quizá porque analice más el contenido de los programas y, como consecuencia, los árboles no le dejen ver el bosque. Un error de proporciones descomunales, porque el resultado es la dispersión del electorado, la fragmentación de los partidos y la consecuente pérdida de oportunidades para conseguir mayorías que permitan gobernar, al fin y al cabo lo más importante en política.

Los votantes conservadores suelen ser mucho más prácticos. Contemplan el bosque y no se entretienen demasiado en fijar su atención en cada uno de los árboles. Si el conjunto les resulta medianamente atractivo, los ingredientes no les importan. Obvian la letra pequeña, porque se mueven guiados por mensajes grandilocuentes y no por detalles programáticos. Los hipnotizan las palabras con mayúscula enfática, Patria, Nación, Bandera, Orden, Autoridad, vocablos a los que dan un sentido posesivo, como si ellos fueran los únicos que valoraran en su justo término el significado que tienen.

Los de izquierdas, por el contrario, centran mucho más la atención en cada uno de los individuos que componen la patria y la nación, en las personas y no en los grandes conceptos. Les preocupa la falta de igualdad de oportunidades, el deterioro de las prestaciones sociales, el desprecio hacia los derechos de las minorías, los umbrales de pobreza, la desigualdad entre hombres y mujeres, los abusos de los poderes fácticos. Y es ahí donde, con tantas variables, con tantos pormenores que analizar, muchas veces se pierden al establecer prioridades, al elegir la opción política que pueda resolver sus inquietudes. En definitiva, en los laberintos de la inoperancia.

El resultado de esta situación está ahí. Una derecha que, aunque tripartita en apariencia, tiene claros sus objetivos y no va a dudar en poner al frente de los destinos del país a cualquiera de los trillizos, como oí hace unos días que denominaba a los líderes conservadores una lenguaraz portavoz parlamentaria. Porque al final, si gobierna uno gobiernan todos. Y aquí paz y después gloria.

Un Podemos fragmentado como el actual, en continua bronca interna por un quítame allá esas pajas, perdido en el dsconcierto, con la aguja de marear averiada, mucho me temo que, tras las próximas elecciones generales, no vaya a poder contribuirr con sus escaños a presentar batalla parlamentaria a una derecha monolítica, que tiene la mirada fija en cuatro ideas sencillas, como suelen ser las proclamas nacional populistas. Y el PSOE, con  los resultados de los sondeos a sus favor, pudría quedarse sin gobernar una vez más por falta de apoyos suficientes, aunque fuera el partido más votado con diferencia.

No. No son éstos buenos tiempos para los progresistas por culpa de la dispersión del voto. Aunque me duela decirlo.

27 de enero de 2019

Cohesión, cohesión y cohesión

No he querido hacer más largo el título, aunque sea consciente de que, de acuerdo con mi propósito de hoy, me he quedado corto. Debería haber sido: cohesión, cohesión y cohesión, y, si hace falta, más cohesión. Sin orden y concierto, sin disciplina interna, sin acatamiento de las normas autoestablecidas no hay colectivo humano que funcione. Al menos que funcione con eficacia. El asambleísmo, la revisión continua de lo acordado, la oficialización de corrientes discrepantes y la contestación permanente conducen al colapso funcional. Y esto, en mi opinión, es lo que le viene sucediendo desde su fundación al conglomerado de corrientes políticas que conocemos como Podemos, un fenómeno que en los últimos tiempos, por culpa del inevitable desgaste, está tomando tintes de gravedad.

No digo que el contraste de opiniones sea desaconsejable. Lo que digo es que no se puede estar permanentemente discutiendo lo acordado, porque así no se avanza. La democracia interna está muy bien, nunca lo negaré, pero no hasta el extremo de discutir al día siguiente lo acordado el día anterior. Cuando esto sucede es porque hay una indefinición programática que suscita la continua disidencia, la indisciplina y el transfuguismo. Y así, con tales premisas, no es posible hacer política. Quizá se pueda hacer activismo social y movimientos callejeros, pero no política, que es la única vía que existe para sacar adelante los programas que se defienden.

El origen de este partido ha sido tan explicado que queda muy poco por añadir. Un grupo de progresistas descontentos con la deriva acomodaticia del PSOE decidió, hace pocos años, aprovechar el malestar popular para fundar una organización política que pudiera concurrir a las elecciones en todos los niveles, estatal, autonómico y local. No había credo, o si lo había era una mezcla de comunismo, de revisionismo, de anarquismo, de anticapitalismo y de socialismo ultraradical. Las fronteras ideológicas nunca estuvieron claras, lo que ha originado en unos el desconcierto y en otros la indisciplina. No obstante,  sí se ha dado una especie de culto a la personalidad, la peor de las recetas para crear espíritu de grupo, porque las disidencias se convierten en rivalidades personales.

El caso de Manuela Carmena, la alcaldesa de Madrid, es paradigmático. Aunque en las anteriores elecciones municipales se presentó apoyada por Podemos, desde el primer momento quiso dejar claro que su posición política era independiente de la formación de Pablo Iglesias. Sin embargo, los líderes de éste partido han manipulado con cierta frecuencia la posición ideológica de la edil madrileña, presentando sus éxitos como propios, algo así como si el “carmenismo” fuera una confluencia más de las que componen el partido. Y esa falta de rigor por parte de sus aliados la ha llevado a crear su propia plataforma electoral, Más Madrid, independiente de la influencia de Podemos, aunque éste  la apoye. A nadie se le escapa que a juicio de Carmena la excesiva concordancia con este partido la perjudicaba electoralmente. Ella sabe que goza de reconocido prestigio -incluso, y ya es decir, entre algunos conservadores moderados- gracias a su independencia, y lo único que pide es el voto de los ciudadanos, no el apoyo de los partidos.

La falta de unidad programática, la falta de disciplina interna -lo he dicho al principio y ahora lo repito-, es letal para los partidos políticos. Y a Manuela Carmena no se le escapaba lo que estaba sucediendo a su alrededor.

23 de enero de 2019

Ideas o personas

En esto de las preferencias políticas, a algunos les resulta difícil separar a las personas de las ideas que representan. Con frecuencia la decisión del voto depende de la simpatía –muchas veces antipatía- que provoque el líder de turno. Se aparta a un lado la ideología, se mide el atractivo o repulsión de quien las defiende y se decide votar o no la lista que encabece en función del resultado subjetivo de la medición. Si me cae bien lo voto –dicen algunos- y si no elijo a uno de “los otros”, aunque siempre haya criticado sus ideas porque no son las mías.

Craso error, diría yo. Las personas desaparecen, porque la propia dinámica de la política las elimina con el tiempo; las ideas permanecen, al menos el núcleo central de las mismas. Y si se toman decisiones basadas en las simpatías o antipatías personales, se traiciona a las propias convicciones en función de un dato coyuntural, de una variable que probablemente mañana no estará ahí. Se ha elegido en función de lo circunstancial y no de lo substancial. Lo cual, al menos a mí, me crearía una cierta inquietud, un inevitable desasosiego por actuar con tanta frivolidad.

Yo he conocido políticos de todos los colores: altos, bajos, guapos, feos, flacos, gordos, simpáticos y antipáticos; y también otros que, sin que me gustaran algunas de sus propuestas políticas, representaban a mi opción preferida. Digamos, como le oí el otro día a Rajoy, que estaba dentro del paquete. Ninguna circunstancia personal ha hecho nunca que variara mi intención de voto, porque siempre he considerado que las características personales del líder en concreto quedaban disueltas en el conjunto de la organización.  El equilibrio de fuerzas que debe darse en cualquier organización política de carácter democrático impide que ni siquiera el cabeza de lista haga lo que le venga en gana. Sólo en los partidos de tinte autoritario se corre el riesgo de que la palabra del que manda se imponga sobre la propia organización.

Otra cosa es que las convicciones sean débiles, que uno lleve tiempo pensando en que no está eligiendo lo que en realidad desearía elegir, que haya ido cambiando sin darse o dándose cuenta su pensamiento político. En ese caso estaría en su perfecto derecho a votar a una opción que hasta hace poco no le gustaba. La fidelidad a ultranza a las ideas no tiene que ser necesariamente una virtud. Los electores tenemos capacidad de razonar, de juzgar las propuestas y, como consecuencia, de cambiar nuestras preferencias, en política o en cualquier otro orden de la vida. Pero en este caso que no se ponga como pretexto a las personas en concreto, porque hacerlo significa apoyarse en circunstancias que nada tienen que ver con el meollo de la cuestión.

En estos tiempos en los que todos los días –permítaseme la exageración- aparecen nuevos partidos con nuevos nombres a la cabeza, son muchos los que están cayendo en el error de ni siquiera leer las líneas generales de sus propuestas. Oyen al líder, lo miden antropológicamente, se quedan con alguna proclama que les suene bien, lo tildan inmediatamente de más firme, de más centrado, de más seguro, de más de lo que sea o les convenga, y se cambian de chaqueta. Las convicciones, el modelo de sociedad que hasta hace poco guiaba sus preferencias políticas ha quedado arrumbado a un lado. A las ideas las ha sustituido una figura, que no tardará demasiado en desaparecer de la primera línea de la política.


19 de enero de 2019

Que viene el coco

Yo les aconsejaría, con la debida humildad, a los dirigentes de los partidos de la izquierda que dejaran de mentar la bicha y recompusieran sus estrategias. Vox está ahí, su presencia es preocupante -no lo voy a negar-, pero no deja de ser una formación política inscrita en un sistema democrático, el nuestro, que digan lo que digan los agoreros funciona. Y en una democracia existen carriles legales por los que hay que circular, se quiera o no. Además, que nadie se lleve a engaño, lo que defienden, salvo algunas estridencias malsonantes y malolientes, ya lo defendía el ala derecha del PP y lo sigue defendiendo ahora. Por tanto, a qué tanta sorpresa.

Otra cosa es que algunos líderes de la izquierda pretendan ocultar sus fracasos políticos tratando de desviar la atención hacia donde les interesa. Pero en mi opinión se equivocan, porque lo que toca ahora es reconocer errores, definir políticas y no perder el norte. No es fácil, ya lo sé, porque el día a día continúa y hay muchos frentes abiertos. Pero no vendría mal que, mientras se continúa haciendo política social desde la Moncloa, se intenta aprobar los presupuestos y se mantienen a trancas y barrancas las conversaciones con los separatistas catalanes, el PSOE resolviera sus diferencias internas, dejara clara su posición en los asuntos más sensibles y explicara la nítida diferencia que para los ciudadanos supone estar gobernados por políticos neoliberales conservadores o por socialdemócratas progresistas.

En su día pensé y escribí que la aparición de Podemos le iba a hacer daño a la izquierda en su conjunto. Ahora, pasado algún tiempo, me reafirmo en aquel pensamiento. Mientras que los partidos de la derecha son capaces de llegar a alianzas que les permita gobernar -porque no tienen complejos ideológicos y si los tienen los disimulan-, los de la izquierda son mucho más celosos de sus identidades y no se prestan con facilidad a apaños coyunturales. Por eso, desde el partido socialista se mira con reticencia el radicalismo de Pablo Iglesias y, por eso también, Podemos no cesa de aguijonear al PSOE. Su actual concordancia es sólo momentánea, propiciada por el voto de censura necesario en su momento para sacar al PP del poder. Pero nada más, porque los planteamientos de los dos partidos están tan lejos el uno del otro que cualquier acuerdo se encontrará siempre en equilibrio inestable.

La única posibilidad de que la izquierda gobierne depende de que el PSOE afiance su hegemonía y consiga una mayoría abultada en el Congreso, una posición que le permita aprobar leyes mediante pactos puntuales, si no permanentes. La creación de una alianza progresista, siento decirlo, es imposible, no hay más que mirar alrededor. Podemos buscó en su día con ímpetu el sorpasso, pero no lo consiguió. No sólo eso, sino que a partir de unos evidentes triunfos iniciales pronto se desinfló. Y ahora, en una coyuntura tan difícil para el progresismo como es la actual, diera la sensación de que se deshace por momentos. Lo del ingenuo romanticismo de las convergencias y del asambleísmo no ha funcionado; y, en mi modesta opinión, nunca funcionará.

España ya no es aquel país que olía a pueblo como cantaba la inolvidable Cecilia. España es un país con una extensísima clase media, mucho más informada que la de hace cuarenta años, que ya no cree en cantos de sirena. Sigue haciendo falta una izquierda fuerte, porque sigue habiendo enormes desigualdades que corregir y grandes retos que afrontar en las prestaciones sociales. Pero esa socialdemocracia, la que logró movilizar con ilusión a una inmensa mayoría del país en los ochenta y en los noventa, tiene que dejar a un lado las utopías inalcanzables, debe pisar la tierra de la realidad y está obligada a avanzar paso a paso. Necesita, ya lo he dicho, redefinir su estrategia sin perde un minuto.

14 de enero de 2019

Paparruchas

Esta mañana he oído decir a un sagaz y avispado periodista en mi sesión de radio matutina, que por qué decimos fake news cuando disponemos en español de la maravillosa palabras paparrucha. Me he levantado de mi asiento como un resorte con la tostada en la boca -todavía no había terminado de desayunar-, he abierto el diccionario de la lengua española, he consultado por si fuera poco el María Moliner y me he encontrado con la siguiente definición: “noticia falsa y desatinada de un suceso, esparcida entre el vulgo”. Y a continuación con esta otra: “tontería, estupidez, cosa insustancial y desatinada”. Más claro el agua.

Quizá bastara con decir bulo, pero a partir de ahora diré paparrucha, no sólo porque el vocablo me fascina por su contundencia y sonoridad, también porque así podré llamar a los fake news makers “paparrucheros”. No tengo en la cabeza a nadie en concreto. Aunque si me dejara llevar por la imaginación, si bajara un poco la guardia de la debida prudencia, seguramente encontraría alguno de ellos entre los que se empeñan en construir un muro para separar  EEUU de Méjico, argumentando que con él se evitaría la entrada de la acechante delincuencia sureña; o, más cerca de nosotros, entre los que aseguran que con esto de la inmigración corremos el riesgo de que millones de africanos nos invadan; o, a la misma distancia que los anteriores, entre los que explican que las mujeres en nuestro país no necesitan medidas especiales de protección contra la violencia machista, porque ésta no es más que un invento de exarcerbados radicales. Todos los días se oyen las innumerables paparruchas que cuentan los numerosos “paparrucheros” del mundo entero.

Pero a los nuestro, que en cuanto me descuido me voy por los cerros de Génova y sus aledaños. No estoy en principio en contra del uso de expresiones extranjeras, porque en ocasiones resuelven carencias propias. Si lo analizamos con detenimiento, todos los idiomas modernos se nutren de palabras ajenas; y el nuestro, a pesar de su inagotable riqueza, no iba a ser una excepción. Pero lo que sí me incomoda es esta moda de utilizar barbarismos innecesarios, por aquello del encanto sensual que tienen algunas palabras foráneas. Y también -no lo perdamos de vista- por la cursilería rampante que lucen algunos oradores posmodernos.

¿Por qué tenemos que hablar del core de un problema –palabra que le oí pronunciar hace unos días a un preboste de la política nacional- cuando podemos utilizar la palabra núcleo? Quizá, supongo, porque el político en cuestión quería dejar sentado ante el auditorio su cosmopolitismo, su dominio del inglés. ¿O por qué tenemos que utilizar la expresión black friday cuando ahora hasta los niños de guardería conocen su traducción? No creo que sea porque dicho así las rebajas sean mayores.

Confieso que yo también utilizo barbarismos. Claro que sí, porque al fin y al cabo las infecciones lingüísticas se propagan con facilidad y son difíciles de curar. Por eso digo smart phone, pen drive, look, copyright y tantos otros anglicismos al uso. E incluso utilizo, y no sé cómo remediarlo, la palabra blog. He leído por ahí que esta última podría traducirse por bitácora, pero la propuesta no me convence nada. También por cibersitio. ¡Qué horror! Espero que no me vea nunca obligado a utilizar alguna de estas traducciones, porque sería el final de mi hobby –afición o pasatiempo- de escribir en estas páginas.

11 de enero de 2019

Salvemos el puente del pantano de Santolea

Hace unos días me invitaron a sumarme a la reivindicación emprendida por un colectivo que pretende salvar de la destrucción un viejo puente que, hasta hace un mes o poco más, permanecía sumergido bajo las aguas del pantano de Santolea, el extraordinario lago artificial situado en el término municipal de mi querido Castellote. Las obras para construir una nueva presa, que sustituya y mejore en su función a la actual sin destruirla, ha obligado a vaciar el embalse por completo, de manera que el paisaje que ahora se puede contemplar es el mismo que disfrutaban mis abuelos y mis bisabuelos, un enigmático cañón rocoso, entre impresionantes farallones calcáreos, por donde antes fluía libre el río Guadalope y a través del cual serpenteaba la vieja carretera que permitía el acceso a las masadas diseminadas por aquellos parajes y a los pequeños núcleos rurales situados aguas arriba. Ni que decir tiene que me adherí a la iniciativa sin dudarlo.

Digo esto porque soy un convencido partidario de preservar el patrimonio cultural, como lo soy de proteger el entorno natural. Pero eso no significa que me oponga al progreso. Las obras del mencionado pantano hay que hacerlas, porque significan progreso, bienestar y contribución a la mejora de la calidad de vida de muchas personas. Aunque ya se han silenciado, desde que se empezó a oír hablar de este proyecto se alzaron voces en contra, ante el temor de que supusiera una agresión paisajística, un atropello medioambiental. Yo nunca lo percibí así, porque más agua embalsada y más energía disponible no contaminante no tiene en principio que significar un ataque al medio ambiente, siempre que se hagan  las cosas como se deben hacer. Estoy convencido, además, de que aquel maravilloso entorno natural mejorará en belleza paisajística.

Nunca me ha parecido que sobraran las organizaciones ecologistas, sino todo lo contrario. Las tenaces y valientes luchas que mantienen para denunciar los desmanes que tantas veces comporta la ambición empresarial son de agradecer, porque sirven de contrapunto a las barbaridades. Pero una cosa es delatar las agresiones al medio ambiente y otra muy distinta oponerse de forma indiscriminada a cualquier iniciativa de progreso. Seguiríamos como estábamos hace siglos si no se hubieran construido embalses, si no se hubieran trazado autopistas, si no se hubieran horadado túneles, si no se hubieran erigido puentes. El progreso material, cuando redunda en el bienestar de los ciudadanos, necesita iniciativas públicas de este tipo. Y hay que afrontarlas sin lugar a dudas. Con controles, por supuesto, pero sin absurdas cortapisas.

Recuerdo que hace unos quince o veinte años, cuando se iniciaron las obras para reformar la carretera que desde Castellote conduce al pantano de Santolea -y que desde allí se adentra en la abrupta comarca del Maestrazgo turolense-, se alzaron voces, a mi juicio injustificadas, por el supuesto destrozo que aquellas actuaciones causarían al entorno. La carretera antigua, cuyo trazado original debía de datar del siglo XVIII, era tortuosa y estrecha, y había que mejorarla necesariamente, no sólo por el peligro que suponía circular por ella, también por la velocidad tan lenta a la que estaban obligados los conductores. La obra se hizo, se abrieron trincheras para eliminar curvas, se amplió la anchura, se asfaltó de nuevo el firme, y el viejo camino se convirtió en una carretera digna. Y el entorno, algo descarnado al principio como consecuencia de los movimientos de tierras, se ha repoblado de manera natural. Ahora nadie diría que por allí pasaron hace muy pocos años las excavadoras.

Protejamos el entorno, conservemos el patrimonio cultural, pero no nos convirtamos en radicales talibanes del inmovilismo. Y salvemos el puente de Castellote, que, según parece, era el nombre por el que lo conocían los habitantes del desaparecido pueblo de Santolea cuando se referían a él.

8 de enero de 2019

Hay que ver cómo está el patio de mis vecinos

Menudo espectáculo el que está dando el “three party” andaluz. Ahora resulta que no se ponen de acuerdo en algo de tanta trascendencia  como la defensa de la mujer ante la violencia machista. Con palabras distintas a las de Vox, pero análoga intención, el PP de Pablo Casado se deshace en razones para explicar que esto del feminismo es una exageración propia de radicales, que mucho cuidado con tanta pamplina reivindicativa porque ellas también zurran a los hombres. Incluso, cuando nunca lo habían hecho, ahora sacan del cajón de los olvidos documentadas estadísticas para demostrar que la discriminación positiva a favor de la protección de la vida de las amenazadas es injusta, ya que deja a los hombres indefensos ante el atroz acoso de las mujeres vengativas.

Esta mañana he oído un antiguo refrán que tenía olvidado: por la caridad entra el cólera. El actual Partido Popular está tratando a su escisión ultraderechista Vox con una exquisitez, con un mimo que llama la atención por descarado. Pero ojo, porque de la misma manera que los caritativos que atendían a los enfermos de la fatídica epidemia corrían el riesgo de contagiarse, les puede suceder a ellos lo mismo con la radicalidad de la extrema derecha española. Eso si no están ya contagiados, porque los últimos movimientos de los populares muestran preocupantes síntomas de contagio.

No voy a entrar en si su estrategia de paños calientes con el cisma más radical de la derecha española es acertada o no para sus intereses. Pero se me ocurre pensar que como sigan así de zalameros con su hasta hace poco compañero de filas Abascal, corren el riesgo de que muchos electores interpreten que tanto monta, monta tanto, votar a Vox como al PP. Los primeros movimientos ya se han visto en Andalucía y, como apuntan las encuestas, es muy posible que sigamos viéndolos en las elecciones que se aproximan.

Los de Ciudadanos están con esto de la intransigencia de Vox en materia de protección contra la violencia machista sin saber muy bien qué hacer y qué decir. Su proclamado centrismo tiembla como un flan casero cada vez que se menciona la bicha. Dicen que no les gusta, pero no se atreven a plantar cara a la intolerancia. Sí pero no; no pero sí. Circunloquios y juegos malabares. Al fin y al cabo falta de claridad ideológica. Se limitan a recordar que su pacto es con el PP, sin aclarar qué ocurrirá si, como parece cierto, los populares a su vez pactan con la ultraderecha.

Pero como a los tres les resultaría muy duro perder el gobierno de Andalucía por un asunto que según parece ni les va ni les viene, no tengo la menor duda de que juntos acabarán desatando el nudo gordiano. Todo sea –dirán- por acabar con la hegemonía del socialismo andaluz, que por cierto fue, una vez más, la opción más votada en las últimas elecciones, aunque no las ganara.

Cuando voy a darle al “enter” para publicar este artículo, me entero de que los secretarios generales del PP y de Vox -Teodoro García Egea y Javier Ortega Smith respectivamente- van a reunirse con discreción para cerrar un acuerdo definitivo que zanje tan incómoda situación. Por supuesto sin Ciudadanos.

Hay que ver cómo está el patio de mis vecinos.

5 de enero de 2019

No le pidas a un esclerótico que baile la samba

Nunca me ha gustado la expresión “en mis tiempos”, porque quien la utiliza considera que los actuales ya no le pertenecen. Se trata de una frase que presupone que el ser humano atraviesa durante algunos años una fase en la que es dueño y señor de su destino y que, terminada ésta, su vida útil, la capacidad de influir en el entorno que lo rodea se ha acabado. Y aunque todos sabemos que estas palabras a lo que en realidad aluden es a la juventud, me niego a aceptarla como válida por su inexactitud. Los tiempos de uno empiezan el día que nace y acaban el que muere. Nada por tanto tienen que ver con la edad.

Siempre he sentido rechazo hacia esta locución, pero con los años mi repudio se ha agravado, posiblemente, y no lo voy a negar, como consecuencia de un reflejo de autodefensa. Porque una cosa es que el ritmo vital se vaya ralentizando y otra muy distinta que el tiempo ya no te pertenezca. El estar de vuelta de muchas cosas, cuando otros todavía las están buscando, no significa que no te interesen, simplemente que como ya las conoces prestas atención a otras.

La juventud es como el sarampión: hay que pasarla. Pero también, como le ocurre a esta enfermedad infantil, casi siempre se cura. La vejez, sin embargo, es una dolencia crónica, degenerativa e incurable. Pero eso no significa que el tiempo ya no pertenezca a los viejos, sigue siendo también el suyo. Otra cosa es que con los años contemplen el mundo de otra manera, con una perspectiva distinta, entre otras cosas porque lo conocen mejor y, como diría un filósofo, algunos opten por cambiar el paradigma. Si no fuera así, si siguieran persiguiendo metas ilusas, significaría que la vida no les ha enseñado nada, que están tan despistados como lo estaban antes, que el paso de los años poco les ha aportado.

Los gustos cambian con la edad por dos tipos de razones distintas, unas de naturaleza física y otras de raíz psíquica. Empecemos por las primeras. Cuando las facultades motrices empiezan a fallar, no te puede apetecer apuntarte a un maratón; y cuando las articulaciones se endurecen, no le pidas al esclerótico que baile una samba. La complacencia, entonces, la busca uno en otra parte, porque los deleites se adaptan al paso de los años como el musgo a las rocas.

Las condiciones psíquicas influyen de otra manera. Cuando se ha vivido ya una larga vida, por poco intensa que ésta haya sido, se es consciente de la vacuidad de muchas de las apetencias anteriores, de lo absurdo de haber empleado tantas energías en perseguir quimeras inalcanzables, de los errores cometidos en la determinación de objetivos, de la intrascendencia de las metas anteriores. Entonces uno serena el espíritu, desmitifica los valores y relativiza lo trascendente.  En definitiva, se humaniza un poco más.

Pero uno sigue estando en su tiempo. De otra manera, pero en su tiempo. Con menos fuerzas, con más lentitud, con los reflejos disminuidos y con otras perspectivas, pero en su tiempo. Porque el tiempo, el mundo que lo rodea sigue perteneciéndole. Nadie se lo puede arrebatar. Ni con hechos ni con palabras huecas.

31 de diciembre de 2018

Malditos aeropuertos

En realidad el adejetivo malditos sobra, porque mencionado el sustantivo aeropuerto la maldición se supone como el valor se suponía en la desaparecida mili. Volé por primera vez en mi vida recién nacido, aunque naturalmente de aquel primer vuelo no recuerde nada. Después, primero por circunstancias familiares, más tarde por requerimientos profesionales y en los últimos tiempos por eso que algunos –no sé por qué- llaman placer, no he dejado de hacerlo a lo largo de toda mi vida. Por eso, si tuviera un mínimo de capacidad para la escritura y algo más de voluntad en la sesera, podría escribir una novela, un ensayo y hasta un tratado científico sobre esta resbaladiza materia. Pero como para tan pretenciosa tarea me faltan fuerzas, voy a limitarme a referir algunas impresiones sobre el asunto.

De la misma manera que el ilustre Arias Cañete nos confesaba hace ya algún tiempo que recordaba con nostalgia aquellos camareros uniformados que servían el café con protocolo versallesco, yo echo de menos los viajes de los años cincuenta y sesenta, cuando, y no exagero demasiado, se facturaba nada más llegar, en las salas de espera se podía uno sentar sin menoscabo de su integridad física, la megafonía se oía con claridad, no había pasillos sin final que recorrer, las pocas indicaciones se entendían porque estaban escritas en caracteres latinos y no en jeroglíficos egipcios, y nadie te cacheaba porque el simple hecho de viajar en avión excluía que uno perteneciera al hampa; y luego, ya en el avión, te encontrabas con una amable azafata o con un simpático auxiliar de vuelo para atender a cada siete u ocho pasajeros, no sólo para indicar lo del respaldo vertical, lo del cinturón de seguridad, lo del chaleco salvavidas y lo de las puertas de emergencia. Además, la comida era buena y las maletas no se perdían nunca.

No voy a describir los sinsabores que proporciona viajar ahora en avión, porque cualquiera que lea estas impresiones sabe perfectamente de qué estoy hablando. Me limitaré simplemente a contar alguna reciente experiencia personal. Un viaje de Madrid a Moscú, con escala en París, y regreso desde San Petersburgo, también con la correspondiente parada en la capital francesa. Salida de Barajas a las 11.30 de la mañana y llegada a la capital de Rusia a las 12 de la noche hora local, una menos en España. La vuelta por supuesto por el estilo, porque los vientos de cola al parecer aquel día no servían de nada. Las dos escalas en la ciudad de la luz y del amor dantescas. Corredores interminables, cambio de edificio en autobuses sobrecargados, nadie a quien preguntar, letreros confusos, indicaciones contradictorias y nuevos controles policiales, uno en cada cambio de terminal y otro en cada acceso a la zona de embarque. Cacheos, fuera zapatos y cinturones, y parpadeos y sirenas en los arcos de acceso. El aeropuerto moscovita tan vacío a aquella hora como lo deben de estar las estepas rusas. El de la ciudad de Catalina la Grande tan concurrido que uno se hacía daño en los codos para avanzar.

No, esto no es lo que era y además empeora a pasos agigantados. Por eso, me estoy planteando reducir mi ámbito viajero a un radio que pueda abarcar en coche o si acaso en tren. No aguanto los aeropuertos y no soporto el martirio que supone que las piernas no te quepan entre tu asiento y el de delante. Sufro esperando las maletas. Me estreso cuando me veo en esos fatídicos corredores anteriores al control de pasaportes, más aptos para reses que para seres minimamente humanos. Me salen erupciones en la piel cuando el funcionario de turno me obliga a quitarme los zapatos y el cinturón. Tiemblo cuando paso el arco detector de supuestas ignominias. Reniego cuando no encuentro un lugar donde sentarme en la sala de espera. Se me hace interminable la cola que se forma para entrar en el avión, con la tarjeta de embarque en una mano, el pasaporte en la otra y el equipaje de mano en el suelo empujado a patadas.

Que alguien me diga si merece la pena viajar así. No me valen las opiniones de la gente joven. Trampas no, por favor.

29 de diciembre de 2018

Sin complejos

Creo que fue Aznar quien dijo hace ya bastantes años aquello de que la derecha española debería quitarse los complejos de inferioridad de encima y defender su conservadurismo sin tapujos. Parece que ahora, algún tiempo más tarde, su recomendación ha calado en la mente de muchos españoles, entre otras cosas porque la oferta conservadora desde entonces se ha multiplicado por tres. José Luis Rodríguez Zapatero, con cierta agudeza retórica, denomina al triunvirato que gobernará en Andalucía three party, porque aquello de tripartito está ya demasiado manoseado. La alusión al tea party de la derecha ultraconservadora de los Estados Unidos viene aquí que ni pintada.

No seré yo quien discuta el resultado de unas elecciones democráticas. Pero sí seré quien le saque punta al lápiz para escribir algunas ideas sobre el laboratorio político en que las circunstancias han convertido a la Comunidad Autónoma de Andalucía, porque todo hace pensar que lo que allí está ocurriendo pueda repetirse en otras comunidades, e incluso en las elecciones generales que, tarde o temprano, acabarán llegando.

Pero en realidad, ¿qué está sucediendo? Primero, y quizá lo más importante, que la derecha en su conjunto se ha quitado los complejos de encima. Le ponen apellidos a las distintas tendencias –centro derecha, derecha o extrema derecha- pero en realidad las diferencias son tan pequeñas que ni se notan. La prueba está en que el PP firma acuerdos con Vox ante los focos y sin disimulos e incluso sus líderes explican que en sus respectivos idearios hay muchas coincidencias, aunque no expliciten cuáles, porque a tanto no se atreven.

En segundo lugar, Ciudadanos anda intentando disimular su cambio de chaqueta, aunque se le note todo, como decía Pepe Iglesias, el Zorro, aquel humorista argentino tan popular en la España de los años cincuenta y sesenta. Sus más preclaros portavoces proclaman que su único aliado es el PP, al que hasta hace poco denigraban hasta la afonía, pero hay que ser corto de entendederas, lento de pensamiento, para no ver la realidad de hasta dónde están dispuestos a llegar. Nacieron conservadores, crecieron oportunistas y se mantienen adheridos como lapas a las corrientes triunfadoras. Sólo hay que recordar cómo hasta hace muy poco apoyaban al gobierno de Susana Díaz y cómo ahora la han convertido en su mayor enemigo.

De Vox poco voy a decir, simplemente que los de Santiago Abascal se lo deben de estar pasando teta con tanta publicidad gratuita sobrevenida. Ya disponen de una tribuna y es de esperar que la utilicen con descaro. Del trío ganador son los únicos que nunca han tenido complejos. Son lo que son y los tomas o los dejas.

Volviendo al three party, conviene recordar lo que vino después del tea party: nada más y nada menos que Donald Trump, éste sí que sin complejos. En España, candidatos para emular al actual presidente norteamericano no faltan, Lo que ocurre es que están repartidos en tres formaciones políticas y por tanto es difícil saber de dónde saldrá el ganador.

Una vez eliminados los complejos que estorbaban, todo vale. Y, si no, al tiempo.

26 de diciembre de 2018

Yo soy yo y mis rutinas

No conozco a nadie que no viva inmerso en sus rutinas o, dicho con algo más de elegancia, en sus costumbres. Ni siquiera se libran aquellos que presumen de ser muy distintos del resto de la humanidad, los que alardean de originalidad. Serán todo lo singulares que quieran, pero repiten con tanta frecuencia lo atípico que al final caen en el hábito. Por eso yo ya hace tiempo que, para evitar discusiones estériles, decidí confesar que soy un hombre de vida monótona, rutinaria y repetitiva. Sí: yo soy yo y mis rutinas.

También tuve las circunstancias a las que se refería Ortega y Gasset con su frase memorable. Lo que sucede es que poco a poco se fueron convirtiendo en rutinas. Poco a poco, es verdad, porque al principio cuando uno es joven intenta controlar las que le hayan tocado en suerte en la vida, soslayar las negativas y aprovechar las positivas, porque todos sin distinción hemos venido al mundo con un bagaje circunstancial muy surtido. Sin embargo, al final lo único que logramos es modificar en mayor o menor medida el premio o el castigo recibido en la lotería que supone aparecer en este mundo. Después, una vez modificado el legado, las variantes que resulten son nuestras nuevas circunstancias y éstas se convierten con el tiempo en el caldo de cultivo de nuestras rutinas.

Es cierto que las rutinas pueden ser de naturaleza muy distinta. Pongamos algunos ejemplos, porque ya se sabe que no hay buenas lecciones sin verbigracia. Los magnates del acero, del petróleo o de cualquier otra materia, prima o no prima, hacen casi todos lo mismo y con perseverancia. Cenas en Maxim´s, viajes en jet privado, veraneo en las Bahamas y esquí en Saint Moritz. Cómo no se aburren con tanta repetición. Los deportistas, ya lo decía el inolvidable Tony Leblanc, por la mañana a la Casa de Campo y por la tarde al gimnasio. Que pesadez. Los escritores -supongo- todo el día imaginando argumentos y horas y horas corrigiendo sus escritos. No sé cómo continúan en la brecha. Los jugadores de golf constantemente pendientes de reservar hora en el campo, después golpe tras golpe a la bola y más tarde explicación de sus golpes y jugadas a quien se preste a escucharlos. Y así sucesivamente porque podría seguir poniendo ejemplos.

Eso que llamamos hobbies no es más que la institucionalización de la rutina. Por eso, cuando alguien me pregunta si tengo algún hobby suelo contestar que muchos. No voy a entrar en detalles, porque sería prolijo, pero no hago otra cosa que practicarlos, desde que me levanto y me lavo los dientes con un cepillo verde –no me gustan los de otros colores-, hasta que me acuesto y me llevo un vaso de agua a la mesilla –nunca bebo por la noche pero si no lo tengo a mano me entra sed-. Ya sé que alguno estará pensando que eso no son hobbies, que son manías. Pero, ¿hay alguna diferencia?

Nadie se libra de la rutina, ni los ricos ni los pobres ni los poderosos ni los humildes ni los reyes ni los plebeyos. Nadie. Todos somos nosotros y nuestras rutinas. ¿O no?

23 de diciembre de 2018

La Nochebuena se viene, la Nochebuena se va


Una vez más estamos en Navidad, unas fiestas que, con independencia de su origen y trasfondo religioso, se han convertido en un periodo de alegría y buenos deseos para los cristianos de todas las tendencias y modalidades, para los agnósticos dubitativos y hasta para los ateos convencidos. Forman parte de una tradición milenaria, y nadie serio, a estas alturas del siglo XXI, cuestiona su celebración como días especialmente señalados en el calendario. Al menos en el mundo occidental, porque fuera de sus fronteras culturales los fundamentalismos siguen berreando. Los ataques a los mercados navideños europeos son un signo dramático de esa barbarie e intolerancia. Son otras tradiciones –que no otras religiones- atacando a la de origen cristiano. De aquellas luchas religiosa estas intolerancias. De aquellos polvos medievales estos lodos posmodernos.

Pero como estamos en Navidad, no es momento para continuar por ahí. Hoy no quiero hablar de intransigencias ni de dogmatismos ni mucho menos de fanatismos. Hoy quiero hablar de concordia o, como se dice ahora, de buen rollo. Quiero abstraerme de la realidad que me circunda  -al menos durante el rato que dedico a la escritura de este artículo- y convencerme de que vivo en un mundo perfecto. Es difícil, ya lo sé, porque la realidad es aplastante y no da tregua. Pero, ¿por qué no imaginarme que la sociedad combate la violencia machista con medidas preventivas en vez de utilizar los crímenes con fines partidistas? O, ¿por qué no creerme que los inmigrantes llegan a Europa sin jugarse la vida y sin pasar penurias, y que son acogidos como se acoge a los seres humanos sea cual sea su condición? O, ¿por qué no pensar que en las cumbres internacionales sobre el cambio climático los representantes de las naciones poderosas llegan a acuerdos eficaces y no simplemente a vestir la mona de seda? O, ¿por qué no soñar que a los ciudadanos lo que verdaderamente les preocupa es la reinserción social de los encarcelados en vez de moverse por móviles vengativos?

Será sólo un rato, no demasiado largo, porque tengo el sueño ligero y enseguida me despierto. Pero por poco que dure la ingenua ensoñación quiero disfrutarla. Lo que sucede es que las pesadillas interceden y no me dejan vivir el momento como desearía. La realidad es tan distinta de lo que imagino, que hasta soñando reconozco que ese mundo de fantasías es falso. Pero aun así prefiero seguir dormido porque algo de sosiego le llega a mi espíritu, por efímera que sea la alucinación. Incluso no ignorando que tan sólo se trata de delirios pasajeros, son unos instantes que me proporcionan paz, aunque sospeche que al despertar me llevaré un disgusto.

Las Navidades son un poco así, una breve interrupción en el ejercicio de la intolerancia, una tregua concedida por los intransigentes, un ligero aletargamiento del odio. Pero tan breve como un sueño. De hecho nadie abandona las trincheras, de manera que algún disparo furtivo suena de vez en vez. Da la sensación de que se trate de una situación forzada. Es cierto que durante esos días la gente sonríe más, desea lo mejor a todos sin excepción, demuestra una empatía arrolladora. Es la cara positiva. La negativa es la brevedad.

En cualquier caso, me alegro de que estemos en Navidad. Por eso, y aprovechando la ocasión, desde aquí quiero desearles a todos los que lean estas líneas muchas felicidades y el mejor año nuevo posible.

18 de diciembre de 2018

Amistades peligrosas

No es la primera vez que me propongo hablar aquí de la amistad. En otras ocasiones me he referido a casos concretos, como cuando escribí sobre  las virtudes de una persona que había convertido el fomento de las relaciones con los demás en casi una religión personal. Hoy, sin embargo, voy a ser mucho más impreciso, porque lo que pretendo es reflexionar sobre el concepto y no sobre la utilidad de tener amigos. Un pretensión para la que quizá me falten conocimientos teóricos, pero no prácticos. Veamos.

Dicen algunos que la amistad se basa en la afinidad de caracteres, pero yo no estoy de acuerdo. Según una aseveración tan categórica, dos personas con diferentes puntos de vista sobre el mundo y sus ciscurstancias nunca se llevarían bien. Sin embargo, la experiencia me dicta que se puede tener amigos con opiniones muy distintas de las tuyas. Incluso la diferencia de criterio en aquellos temas que consideramos más polémicos, como  los religiosos o los políticos, nunca han sido en mi opinión obstáculos insalvables para mantener una buena amistad. Una cosa son las discusiones circunstanciales en tiempo y lugar entre amigos y otra muy distinta que éstas logren deshacer las buenas amistades.

Es cierto que a veces se da lo que algunos llaman incompatibilidad de caracteres, una expresión que a pesar de su ambigüedad define perfectamente un conjunto de discrepancias tan profundo que pudiera llegar a obstaculizar la amistad entre dos personas. No obstante, ni siquiera ese estado de contraposición extendida consigue necesariamente romper las relaciones entre amigos. La frase coloquial “son cosas suyas, ya sabemos cómo es” suele resolver las dificultades. Incluso a veces se hace de la necesidad virtud y las discrepancias terminan convirtiéndose en caldo de cultivo de las relaciones entre amigos. Se dice aquello de “es muy rarito, pero es mi amigo", y adelante con las rarezas. O se le tilda de peculiar, y a otra cosa mariposa.

Pero hay veces en las que, en vez de discrepancias circunstanciales y de incompatibilidad de caracteres, se da el fenómeno de la dejadez o desidia en el mantenimiento de la amistad por alguna de las partes. Cuando esto sucede, los lazos acaban desatándose. El caldo de cultivo al que antes me refería se transforma en un jugo agrio de aspecto desagradable, de manera que en vez de cultivar las relaciones de amistad las esterilizan. En esas condiciones, por mucho que se intente mantener los vínculos, estos desaparecen poco a poco. La distancia es el olvido -dice el bolero-, pero no hace falta que ésta sea material. Puede ser tan intangible como lo es el abandono del compromiso. Porque la amistad, no nos quepa la menor duda, significa compromiso.

Conclusión: no es difícil mantener las buenas amistades, porque resisten  las tensiones, las discrepancias y las diferencias ideológicas. Lo que no soportan es el abandono, la pereza o la falta de cuidado. Con estos último ingredientes, pasivos por naturaleza, la ruptura está servida.

15 de diciembre de 2018

Y colorín colorado...

La expresión no es mía. La utilizó el otro día Iñaki Gabilondo en una de sus locuciones periódica en la SER, refiriéndose al calentamiento del conflicto catalán. Llegados a este punto –venía a decir-, si el señor Torra se empeña en romper la baraja, rómpase. Una cosa son las provocaciones bravuconas y otra elevar el tono de las amenazas y anunciar que si para lograr la independencia hay que llegar al enfrentamiento civil se llegará.

Es cierto que las escaladas verbales tienen límites, pero estos son muy difíciles de precisar cuando se intenta llegar a acuerdos firmes y duraderos. Lo que hay en juego -nada más y nada menos que la unidad de España y la concordia entre los españoles-, bien merece no dar pasos en falso, no dejarse llevar por impulsos viscerales. El gobierno de Pedro Sánchez, cuyo proposito de resolver el conflicto mediante pactos que no vulneren la legalidad siempre he visto con buenos ojos, se encuentra en una difícil situación, en la del jugador de las siete y media, un juego en el que ya sabemos que o te pasas o no llegas. Y como le decía don Mendo a Magdalena: “…el no llegar da dolor, pues indica que mal tasas y eres del otro deudor. Más ¡ay de ti si te pasas! ¡Si te pasas es peor!”. Una ocurrente definición de la conveniencia de medir con acierto el momento en el que se deben tomar las decisiones, que a mi juicio queda aquí que ni pintada. No hay que precipitarse, pero ojo con no actuar a tiempo.

Lo fácil es pedir que el cielo descargue rayos y centellas sobre los líderes separatistas, como solicitan al unísono las tres derechas en liza y también ciertas izquierdas. No les importa que la contundencia de las medidas abra todavía más las brechas separatistas y que, como consecuencia, cada vez se haga más difícil llegar a una solución que cierre definitivamente el conflicto. De hecho ni siquiera reconocen el alcance social del problema. Para ellos se trata de la manipulación de la opinión pública por parte de unos pocos, de manera que muerto el perro se acabó la rabia. Pero, desgraciadamente, siendo lo anterior verdad, es bastante más complejo que todo eso.

Estoy completamente convencido de que si se vulnera la legalidad el gobierno actuará con firmeza. En su momento, los que ahora gobiernan apoyaron la aplicación del 155 sin condiciones. De manera que todo hace pensar que si volvieran a producirse hechos como los que dieron lugar a aquellas medidas de excepción, no dudarían en activarlas de nuevo. Lo que sucede es que, salvo fanfarronadas, exabruptos y salidas de tono de muy mal gusto, los separatistas están teniendo sumo cuidado en que no se produzcan situaciones de verdadera ilegalidad. Proponer la independencia, aunque no nos guste, no es ilegal. Por eso, supongo, el gobierno de momento mantiene el pulso, aunque ya haya advertido en sede parlamentaria de hasta dónde está dispuesto a llegar.

El bloque independentista se está desestructurando. Su estrategia se basa en el enfrentamiento directo, en la provocación. La negociación no les favorece, pero no pueden negarse a ella. De ahí que cada día que pasa se observen mayores divergencias entre las distintas tendencias que defienden la independencia. Intentan mantener la unidad de criterio, pero las diferencias se perciben con nitidez. Ante esa situación de desintegración lenta pero evidente, el gobierno debe mantener la cabeza fría y no precipitarse.

Desgraciadamente éste no es el pensamiento que hoy impera. Pero yo no diría lo que pienso si dijera lo contrario de lo que acabo de decir. Y en este blog me puedo equivocar, pero nunca mentir.

11 de diciembre de 2018

Elogio a mi ciudad

Como me había prometido a mí mismo, hace unos días fui a darme un garbeo por el intricado centro de Madrid, con la intención de comprobar si las medidas que restringen el tráfico rodado habían servido para algo. El paseo fue largo, desde Neptuno a la Gran Vía, pasando por Cibeles, desde Callao a la plaza Mayor, atravesando Sol, y desde allí al museo del Prado, bajando por la carera de San Jerónimo. Era un día festivo de diciembre y por tanto fechas prenavideñas. Además, nos encontrábamos en mitad de un largo puente y disfrutábamos de una tregua en la sucesión de borrascas otoñales que han estado aguándonos la fiesta en los últimos tiempos. Y la capital de España, no lo olvidemos, continuaba siendo una ciudad de cuatro millones de habitantes.

Lo primero que observé fue que el tráfico había disminuido hasta límites insospechados. Algunos taxis, pocos coches -que o gozaban de bula municipal o circulaban despistados- y los autobuses de siempre avanzando con soltura y sin atascos. No es que se tratara de una visión idílica -tampoco hay que exagerar-, pero reconfortaba el ánimo comprobar que al menos se había dado un buen paso en el camino que conduce a la mejora del bienestar ciudadano.

Pero con independencia de esta grata impresión, me llamó la atención comprobar la ingente cantidad de transeúntes que llenaba las aceras del centro de Madrid, auténtica marea humana desbordada por las calles peatonales, hasta el extremo de que en algunos tramos resultara defícil dar un paso. Nunca me he sentido a gusto en mitad de las aglomeraciones, pero aquella multitud me hizo reflexionar sobre el poder de atracción de una ciudad como Madrid, que hasta hace muy poco daba la impresión de que estuviera excluida o casi excluida de los circuitos turísticos interiores y exteriores.

La experiencia de cruzarme con tanta gente que en apariencia vagaba sin destino concreto, contemplando a su alrededor lo que veía y descubriendo aspectos urbanos desconocidos u olvidados, me hizo pensar en que algo estaba cambiando en la capital de España. Quizá –pensé- la Villa y Corte estuviera pasando de ser una ciudad gestionada con criterios muy cerrados y bastante catetos, a ser una urbe con pretensiones cosmopolitas. Reconozco que, a pesar de mi fobia a las multitudes, aquel descubrimiento me llenó de satisfacción y, permítaseme la vanagloria, de cierto orgullo.

Es cierto que las circunstancias ayudaban ese día. Pero no lo es menos que ciertas políticas de apertura al paseante y de inteligente venta de imagen favorecen el fenómeno. Si se le devuelve el protagonismo a los peatones, si se limita el tráfico rodado a lo imprescindible, si se amplían las aceras y se reduce el número de carriles hábiles para los vehículos, al ciudadano de a pie le apetece mucho más salir a la calle y disfrutar de la ciudad; y a los forasteros, españoles o extranjeros, conocer una ciudad que antes asustaba por su vorágine y ahora invita al paseo. Disponen de algo que habían perdido, de un espacio utilizable que hasta hace poco les estaba vedado.

Como ya sé que habrá muchos escépticos que duden de que mi entusiasmo esté justificado, les invito a que hagan lo que yo he hecho, a que se acerquen al centro de Madrid –sin coche por supuesto-, que se den una buena caminata por donde la aguja de marear los lleve y que observen a su alrededor cuanto acontece. Estoy seguro de que llegarán a la conclusión de que me he quedado muy corto en este breve elogio a la ciudad en la que vivo.