12 de julio de 2019

La Historia también miente

Durante algún tiempo creí a cierra ojos aquello de que hubo un pasado –la Edad Media en concreto- a través del cual las tres principales religiones monoteístas –cristiana, judía y musulmana- convivían sin fricciones, en perfecta e idílica armonía. La Historia ha presentado la tolerancia entre las creencias durante aquella época como un ejemplo de comportamiento cívico a imitar y los analistas sociales modernos se apoyan en esa supuesta realidad pretérita para contrastarla con la creciente tensión que hoy se observa entre los diferentes credos religiosos. Pero la realidad fué muy distinta de la que retrata el bondadoso cuadro de convivencia entre las tres culturas religiosas. La intolerancia, la animadversión e incluso la hostilidad abierta en forma de guerras despiadadas siempre han estado presentes entre los creyentes de las principales religiones y mucho más entre sus jerarquías eclesiásticas. Que en ocasiones se hayan visto obligadas a cohabitar el mismo territorio no quiere decir que hubiera buen entendimiento. Por eso precisamente se inventaron los guetos.

La pregunta que uno debería hacerse es por qué las cosas han sido y siguen siendo así. Sé que alrededor de un asunto tan complejo como es éste existen infinidad de concienzudos estudios y pormenorizados análisis, de manera que osar yo ahora a expresar mi opinión puede resultar, no sólo temerario, también presuntuoso. Pero como tengo mi propio criterio me liaré a la cabeza la manta del atrevimiento o, si se prefiere, me pondré en los ojos la venda de la audacia y trataré de explicarme. En cualquier caso -quede claro- me voy a limitar a entrar en el terreno humano, porque hacerlo en el divino sería miel de otro panal.

Las religiones toman forma de colectivos humanos sometidos a una ferrea disciplina, tanto en lo material como en lo espiritual. Además, quienes administran esa obediencia viven por cuenta del mayor o menor número de seguidores de los preceptos en los que se base la creencia en concreto. La convivencia entre creyentes de distintos credos fomenta el transfuguismo en uno u otro sentido –las llamadas conversiones-, de manera que nada tiene de particular que para no perder “fieles” la jerarquía anatemice a los “infieles”. Anatemice, en el mejor de los casos, o elimine en tantos otros que son bien conocidos.

Por otro lado las religiones se basan en la Verdad –con mayúscula-, aunque existan tantas verdades como religiones. Y cuando se está en posesión de la verdad es difícil no mirar con recelo y desconfianza al equivocado, a la oveja descarriada. Si no acepta que lo que yo creo es indiscutible, siendo como es la única e inexorable verdad, no puedo fiarme. Mejor será que me aparte de él o, mucho más práctico, que lo aparte a él de mí.

Ni a la jerarquía ni a la feligresía de ninguna de las religiones les gusta la convivencia con las otras. Prefieren el aséptico aislamiento, las barreras infranqueables o, como ahora gusta decir, los cordones sanitarios, un estado de cosas protector de la propia identidad que, tal y como nos enseña la experiencia, con facilidad se desliza hacia el enfrentamiento y la hostilidad, hacia la guerra sin cuartel o hacia el terrorismo.

Si añadiéramos a todo lo anterior la intervención de los poderes públicos, siempre en interesada connivencia con la religión dominante, la explicación de la permanente animadversión entre creencias religiosas estaría servida. En muchas ocasiones ni siquiera es precisa la intervención de creyentes y jerarquías, porque son los poderes públicos los que se encargan de lo que pudiéramos denominar el juego sucio. Es mucho menos comprometedor para las iglesias que sean los gobernantes los que pongan orden, los que aislen a los enemigos de los amigos. 

Por eso digo que la Historia también miente, por mucho respeto que yo le tenga, que se lo tengo.

8 de julio de 2019

Ambiciones desmedidas

La Academia de la Lengua define la palabra ambición como el deseo ardiente de conseguir poder, riqueza, dignidades o fama. Si lo dejáramos así, en la escueta definición académica, es muy posible que alguno considerara que ser ambicioso no es tan malo. Podría incluso llegar a contemplar la ambición como una virtud, porque las personas que carecen de ella pueden llegar a convertirse en seres acomodaticios, en pasotas como ahora gusta decir, sin ganas de hacer nada útil en la vida. Por eso las palabras, para que se entienda bien el significado que se les quiere dar en cada momento, necesitan ser adjetivadas. De lo que pretendo hablar en estas líneas es de la ambición desmedida.

A muchos de los líderes de hoy se les llena la boca con expresiones grandilocuentes, entre las que no puede faltar la palabra patria. En vez de políticos semejan predicadores de una doctrina sacrosanta en la que los conceptos etéreos y difusos constituyeran su núcleo fundamental. No son capaces de descender a lo concreto, a lo cotidiano, a lo que realmente preocupa a los ciudadanos. Su ambición desmedida les nubla las entendederas y los convierte en loros repetidores de eslóganes fáciles y manidos, de frases que a ellos les parecen de gran calado ideológico, cuando en realidad no son más que subterfugios para disimular la ignorancia aguda que padecen. Han llegado a la cumbre de sus partidos gracias a la elocuencia, a la facilidad de palabra, y para qué descender al terreno de lo concreto. Lo suyo es la oratoria, cuanto más sonora y redonda mejor, pero apoyada, eso sí, en temas que no susciten rechazo. Lo concreto, lo del día a día ya es otra cosa, porque en ese terreno se puede patinar con suma facilidad.

Los ambiciosos desmedidos además buscan atajos. No se conforman con el ritmo normal de las cosas, con la consolidación progresiva de las posiciones alcanzadas. Se ven impelidos a la vehemencia, se vuelven ansiosos,  no se andan con demasiados miramientos, no sea que otros les  pisen el terreno y los arrojen a la cuneta. En definitiva, se convierten en parlanchines, en marionetas movidas por los hilos de sus propios anhelos. Se ven reyes en el tablero del ajerez, cuando no son más que peones.

Por si fuera poco, los ambiciosos desmedidos miran de frente con fijeza, pero no pierden detalle de sus flancos, porque sabido es que por ahí es por donde llegan las emboscadas más peligrosas. No se fían ni de su sombra. Recelan de todo el que se mueva a su alrededor, no vaya a superarles en ambición. Si hace falta dan cozazos y patadas y lanzan exabruptos, a veces incluso fuera del tono que les enseñaron sus educadores. Pero es que practican aquello de insulta que algo queda.

Supongo que a estas alturas de esta deshilvanada reflexión alguno estará pensando que no tardaré en poner nombres. Pero no lo voy a hacer, porque hoy prefiero que sean mis amigos lectores los que los pongan. Por supuesto que los tengo en la cabeza y no son ni uno ni dos sino algunos más. Sin embargo, como estoy convencido de que los nombres de mis ambiciosos desmedidos no coincidirán con los de algunos de los que lean estas líneas, aquí me quedo hoy. De esa manera quizá induzca a meditar. Pero sobre todo evito problemas.

4 de julio de 2019

Por qué sigo escribiendo

El título que hoy he elegido no es una pregunta que me haga a mí mismo, sino la manera de introducir una reflexión que ya he traído aquí en alguna ocasión y en la que hoy, a la vista de algún amable comentario que me ha llegado “a micrófono cerrado”, voy a insistir. Escribo para expresar mis propias ideas sobre el mundo que me rodea, mi personal percepción acerca de las personas y de las cosas, pero no con la intención de convencer a nadie. Simplemente lo hago para expresar por escrito lo que expresaría de palabra si estuviera hablando con uno y cada uno de los que leen lo que escribo. Por eso, no pretendo aportar nada en el sentido de presentar datos que contribuyan a cambiar las ideas de los demás. Para eso hubiera elegido otro camino, me hubiera convertido en político de los de ahora, en predicador de púlpito de los de siempre o en mercachifle de feria de los de ayer hoy y mañana, profesiones para las que reúno condiciones sobradas, a la vista de lo que se estila.

Otra cosa es que se coincida o no con mis percepciones, porque afortunadamente no todos tenemos la misma apreciación sobre los temas opinables. Cada uno de nosotros ha desarrollado su propio mundo interior, tanto en ideas como en anhelos, de la misma manera que no hay dos personas que se deleiten con los mismos prejuicios. Ya lo dije en alguna ocasión, yo soy yo y mis manías.

No ignoro que la lectura sitúa al lector en inferioridad de condiciones frente al  escritor. Las ideas de este último, equivocadas o acertadas, quedan ahí, inamovibles sobre el papel o sobre la pantalla, mientras que el primero no puede expresar el desacuerdo, al menos de momento. Por eso, insisto, que nadie se dé por aludido cuando lea mis opiniones. Son sólo eso, el producto de una de las infinitas posiciones que se puedan adoptar sobre un tema determinado. Lo que sucede es que son la mías y yo he decidido explicárselas por escrito a mis amigos.

Acabo de enterarme de la muerte de Arturo Fernández, el desenfadado galán del cine español. Como consecuencia ha llegado hasta mí una de sus declaraciones, aquella de que mientras la chaqueta le sentara bien seguiría sobre los escenarios. Pues bien, yo, en otro orden de cosas, seguiré escribiendo en este blog mientras sea capaz de hilvanar ideas y mientras la pereza no me venza. Y continuaré haciéndolo sin pretensiones de aportar nada

1 de julio de 2019

Lo que no puede ser no puede ser y además es imposible

A mí las declaraciones de algunos ministros en funciones advirtiendo de que Pedro Sánchez está dispuesto, si no obtuviera la investidura en las dos primeras votaciones, a convocar elecciones sin esperar a que transcurran los dos meses que le concede la ley electoral, no me han parecido amenazas sino el reconocimiento de una realidad indiscutible, la de que dada la actitud de sus potenciales aliados no cuenta con mayoría suficiente para gobernar. Si Podemos no está dispuesto a apoyarle sin renunciar a la exigencia de que acepte en el gobierno ministros de este partido, volvamos a las urnas y a quien Dios se la dé San Pedro se la bendiga. Insisto, tales avisos, desde ni punto de vista,  no son amenazas sino la consecuencia de un hecho incontrovertible, que con estas premisas no es posible gobernar.

La investidura de un presidente de gobierno es condición sine qua non para gobernar, pero no garantiza en absoluto la gobernabilidad. Y lo que está sucediendo estos días con las pretensiones de Podemos, fundamentadas en la desconfianza hacia los socialistas, demuestra claramente que con un gobierno de coalición estaríamos abocados a la inestabilidad permanente. Si Pedro Sánchez cediera ante la presión de Pablo Iglesias, además de perder otros apoyos, y por tanto seguir sin la mayoría que necesita para gobernar, la investidura conduciría a un equilibrio inestable imposible de manejar con éxito. Esto es tan evidente, que no hay que ser demasiado sagaz ni gozar de grandes dotes intelectuales para reconocerlo. Es de Perogrullo.

La oportunidad de la izquierda se está perdiendo entre personalismos, tacticismo a corto plazo e intentos de seguir montado en el machito a costa de lo que haga falta. Tratar de imponer un gobierno de izquierda radical es en estos momentos un auténtico contrasentido, porque las urnas no sostienen tal pretensión. La izquierda que ha ganado las elecciones no es la que representa Pablo Iglesias, quien debería aceptar la oferta que Pedro Sánchez le ha hecho en público –y supongo que también en privado- de considerarlo un socio preferente y apoyar la investidura sin tantos aspavientos. Pero lo que no debe hacer es intentar manejar la política española durante los cuatro próximos años, porque los resultados han sido los que han sido, le guste o no le guste al secretario general de Unidas Podemos.

Pero ante la cerrazón no cabe otra actitud que la del realismo. Si Pedro Sánchez no puede gobernar en minoría con apoyos de uno u otro lado según el tema que se trate en cada momento, volvamos a las urnas, por mucha pereza que nos dé. La derecha ha establecido la estrategia del no es no, lo que a nadie puede sorprender. Pero que la izquierda radical dinamite un proyecto progresista, porque la intensidad del mismo no sea la que a ellos les hubiera gustado, es un auténtico esperpento, un sinsentido que nunca le perdonarán los progresistas de este país, ni siquiera los suyos.

Así no se puede, como escribí hace unos días en estas páginas, pero además es imposible, como parece ser que dijo el torero Rafael Guerra en una ocasión.

28 de junio de 2019

Y en la derecha un tridente desdentado

Se veía venir, aunque algunos no se lo creyeran. La derecha, dividida en tres fracciones -no por razones ideológicas sino por intereses personales de sus líderes-, está conformando un frente político en apariencia cohesionado, con la vista puesta en que de ninguna manera gobierne la izquierda. Empezaron los coqueteos entre ellos con mascarillas y guantes profilácticos para no contagiarse los unos de los otros, pero al final, como sucede en los colegios infantiles, el sarampión les ha atacado a todos. Ahora, cuando se les mira la cara, es difícil distinguir a unos de otros.

Los intentos por parte de Ciudadanos de marcar diferencias con las otras derechas resultan hasta ridículos, por no decir patéticos. Proclamaban que habían llegado a la política para regenerarla y se alían con un partido que tiene más líderes imputados o en la cárcel que escaños en el Congreso. Presumían de centristas y ahora van de la mano de los herederos del franquismo sociológico. Pretendían –y aún pretenden- sentarse en la bancada de los liberales europeos y en nuestro parlamento se acomodan junto a los amigos de Le Pen y de Salvini. Unos contrasentidos que, si no fueran preocupantes por lo que tienen de engaño a los ciudadanos, inducirían a la carcajada contagiosa.

El Partido Popular está maniobrando con astucia sibilina, aunque con sus manejos ponga a prueba constantemente su credibilidad. Por una parte se presenta como una derecha de línea dura, para intentar así seducir a los hermanos descarriados que se pasaron a Vox y retornarlos a la casa del padre, y por otra no se sonroja en absoluto tratando a los de Ciudadanos como si profesaran su misma fe, limitándose a afearles de vez en cuando que se propongan invadir un terreno que ya está ocupado. En definitiva, tratando a unos y a otros con cierta conmiseración, a la espera de que dejen de molestar. O dicho de otra forma ninguneándolos.

Vox, mientras tanto, lleva algún tiempo regodeándose con el desconcierto de sus circunstanciales aliados, que cada día que pasa le conceden más cancha donde jugar. A base de tiras y aflojas va abriéndose camino en la política española, sabiendo como sabe que la derecha no tiene hoy más remedio que contar con ellos. Un panorama alentador para la ultraderecha, que necesita visibilidad, porque no ignora  que cuentan con un número importante de adeptos que añoran unos tiempos que según ellos fueron mejores que los actuales.

Llegados a este punto, me pregunto hasta dónde llevará a los partidos conservadores su deriva. Y sólo por especular, porque entre mis escasas virtudes no se encuentra la de adivinar el futuro, empiezo a vislumbrar un PP  avanzando entre tanto desbarajuste, un Ciudadanos incapaz de salir de sus propias contradicciones -cada vez más evidentes como ha denuciado Manuel Valls- y un Vox que ha llegado para quedarse, aunque su presencia implique, al menos por el momento, escasa capacidad de decisión.

Si eso fuera así, el tiempo daría la razón a una reflexión que hice en este blog hace ya tiempo, cuando pensaba que los emergentes (Podemos y Ciudadanos), superado un periodo de cierta exaltación por la novedad, terminarían sin fuelle, y que, como consecuencia, los dos partidos con arraigo (PP y PSOE) resistirían el embate y volverían a aglutinar a los conservadores y a los progresistas respectivamente. Creo recordar que entonces utilicé una expresión coloquial, aquella de para qué inventar la pólvora cuando ya está inventada.

23 de junio de 2019

El sombrero me lo quito y me lo pongo

Oír estos días a los líderes de las tres derechas dar explicaciones sobre sus pactos y alianzas resulta, además de desconcertante, divertido.  Vi el otro a Begoña Villacís, la flamante vicealcaldesa de Madrid, hacer verdaderas contorsiones dialécticas para explicar que Ciudadanos no ha pactado ni pactará con Vox, sino exclusivamente con el PP. A preguntas de los periodistas explicaba que si los populares llegaban a acuerdos con los de la extrema derecha era un asunto que no les concernía.  Es más, cuando la pregunta se concretó en si al señor Ortega Smith y a sus compañeros de filas se les iba a dar algún cargo de responsabilidad política en alguno de los distritos de Madrid, contestó que bueno, que quizá, que no sabía, pero que en cualquier caso dispondrían de poca capacidad de decisión. Y se quedó más ancha que larga, a pesar de que ya goza de buena estatura.

Ciudadanos está insultando la inteligencia de sus votantes, porque no creo que haya uno sólo que en el fondo se crea tanta patraña, tanto embuste pergeñado con la exclusiva intención de ocultar que lo que quieren es tocar el poder, no importa a costa de quién y de qué. Se han convertido en cómplices necesarios para que Vox se introduzca en las instituciones españolas y, a pesar de la evidencia, lo niegan. Lo que sucede es que con tanta negativa, con tantas explicaciones para demostrar que ellos tienen las manos limpias, cada vez se enfangan más.

Si Macrón fuera un sustantivo común en lugar de un nombre propio, uno de sus diminutivos sería “macronito”. Albert Rivera pretendía ser un político a la medida de Macrón y se está quedando con sus esperpénticas maniobras poselectorales en un simple aspirante a segundón del PP por culpa de la carencia que padece de ideas propias. Si hay que meter a Vox en las instituciones qué más da y si hay que decir que el presidente francés respalda sus alianzas pues se dice. Luego vienen los categóricos desmentidos del Palacio del Elíseo y se capea el temporal como se puede. No, no fue el gobierno francés quien lo dijo, sino el partido que lo sustenta.

Pero de todos los tropiezos que está teniendo Ciudadanos por culpa de sus propias contradicciones, quizá la contundente respuesta que le ha dado Manuel Valls a Albert Rivera ante su errática deriva sea la más categórica. No creo que en España, en los últimos años, ningún político en activo haya recibido un castigo tan demoledor como han sido las declaraciones del señor Valls, en su día presentado a bombo y platillo como el gran fichaje de la formación naranja y convertido hoy en denunciante de la incoherencia de sus líderes, acusaciones que no han terminado y ya veremos cómo acaban. Lo veía venir, pero confieso que nunca llegué a pensar que la dureza de la respuesta llegara a estos extremos.

Yo también pensé en algún momento –muy breve por cierto- que Ciudadanos pudiera suponer una reforma necesaria a la corrupción institucional que se había instalado en la derecha española. Pero ya ha llovido lo suficiente como para no haberme despertado de aquellas ilusas ensoñaciones.

19 de junio de 2019

Un mapa de España en tres dimensiones

Con este título no me refiero a uno de aquellos entrañables mapas murales que en mi época escolar decoraban las aulas de los colegios y en los que figuraban las provincia de España a todo color, sino a otro, mucho más difícil de dibujar, en el que se reflejaran los partidos, las plataformas, las alianzas y los pactos –y algunos chanchullos- que al final, después de tantas idas y venidas, de tantos quebraderos de cabeza, de tantos dimes y diretes y de tanta saliva gastada, han logrado hacerse con el poder en los Ayuntamientos de nuestro país. Yo me declaro incapaz de confeccionarlo, entre otras cosa porque mi estuche de lápices de colores, que no anda escaso de matices, no abarca tanta variedad. Sería preciso recurrir al rayado y a otros artificios gráficos para completarlo. Incluso debería ser tridimensional, para así reflejar los cambios de alcalde a mitad de legislatura. Dos años para mí y dos para ti, y aquí todos contentos o, como ahora dicen los castizos, así todos tocamos cacho.

Me considero un adicto al seguimiento del acontecer político, hasta el punto de que intento conocer con detalle los pormenores de lo que en cada momento sucede en el panorama que dibujan nuestras no siempre probas clases dirigentes. Reconozco que este rastreo nunca ha sido labor fácil, pero en estos momentos, recién acabada la fase de las negociaciones entre partidos, y a la vista de los enjuagues de todo tipo que se han producido, me declaro incapaz de continuar adelante con mi adición. Quizá sea bueno, porque las servidumbres adictivas nunca han dejado de ser un lastre para la libertad del individuo.

Cada vez entiendo más a aquellos que se declaran apolíticos, aunque con esta confesión quieran en realidad decir una cosa muy distinta de la que dicen, porque políticos lo son por el mero hecho de ser personas y por tanto tener opinión y criterio. Lo que quizá pretendan manifestar es que les cansa el comportamiento de sus líderes, que les aburren las descaradas falsedades y que les martirizan el desatino y la estupidez de los que deberían predicar con el ejemplo de la coherencia y a ser exponentes de la ética y del buen comportamiento social, cuando en realidad son unos marrulleros. No sólo a medida que pasa el tiempo les entiendo más, sino que me pregunto si toda esta farsa al servicio de sus intereses personales merece un minuto de atención.

Yo reconozco que el bipartidismo tenía inconvenientes, entre otros porque favorecía las formación de mayorías absolutas que nunca trajeron nada bueno. Pero de eso a esta amalgama amorfa de ideologías, si es que así se le puede llamar a los intereses especulativos de algunos políticos del momento, hay una gran distancia. Estamos pasando, sin darnos cuenta, de la hegemonía de dos partidos al frentismo, un sistema más nocivo que el anterior, entre otras cosas porque los aliados en cada frente nunca han sido de fiar, pendientes como están de defender su supremacía en la manada en vez de llevar adelante los programas políticos de la alianza circunstancial que hayan elegido.

A quien lea estas líneas le pido disculpas, porque hoy me he lanzado a escribir bajo la sensación de que los ciudadanos somos un cero a la izquierda, peones a los que se nos llama de vez en cuando para que dibujemos con nuestros votos el panorama político de nuestro país, pero a los que, una vez terminado el recuento, se nos daja a un lado para que sean ellos, los elegidos, los que hagan lo que les salga por el forro de sus intereses espurios. Quizá otro día, más calmadas mis inquietudes, menos alborotadas mis glándulas de secreción interna, vuelva a este tema.

Pero hoy no tengo más remedio que decir que así no hay quien dibuje un mapa político de España.

15 de junio de 2019

Notre Dame de París

No creo que haya nadie a quien no impresionaran en su momento las imágenes de la catedral de París envuelta en llamas y estoy completamente convencido de que serán muy pocos los que no hayan lamentado la pérdida de una parte de la magnífica arquitectura gótica de este monumento, no sólo entre los católicos, también entre los fieles de otras religiones y entre los laicos del mundo entero. Además supongo que no habrá quien no entendiera el significado mediático de las multimillonarias aportaciones de algunos magnates de la industria francesa y del apoyo desmedido de las instituciones del país para reconstruir cuanto antes aquel patrimonio de la humanidad.

Por eso me ha sorprendido la apatía con la que en España se recibió la noticia de los incendios que devastaron varias docenas de endebles barracones en Lepe, un fuego incontrolable que dejó a un gran número de jornaleros subsaharianos en la más absoluta de las miserias, más allá incluso de la que arrastraban hasta ese fatídico momento. No he oído a nadie lamentar esta catástrofe humana, salvo algún que otro tímido lloriqueo, ni he observado el más mínimo movimiento de solidaridad hacia las víctimas, ni en la opinión pública ni en los medios de comunicación ni en los estamentos oficiales. Un silencio absoluto que, como decía aquel amigo mío que cito de vez en cuando, da que pensar.

Me ha venido a la cabeza el terremoto que asoló Haití el 12 de Enero de 2010. En aquel momento las impresionantes imágenes de la catástrofe causaron una enorme impresión en las conciencias de los ciudadanos del mundo entero, muchos de los cuales ignoraban hasta entonces que el seísmo había castigado precisamente a uno de los países más pobres del mundo.  Recuerdo muy bien que algunas celebridades de la élite hollywoodiense se movilizaron para organizar una gala en beneficio de las víctimas, un detalle más simbólico que otra cosa, porque no era la caridad la que debía resolver aquel problema sino la colaboración de las naciones más poderosas. Pero mientras que éstas ayudando a Haití no hubieran obtenido ningún rédito, los actores y las actrices al menos se hacían notar, y la publicidad siempre ayuda.

Alguno estará pensando qué tiene que ver Notre Dame con Lepe y con Haití, qué tiene que ver el culo con las témporas. Muy fácil: en los tres casos hay catástrofe y en los tres necesidad de ayuda. La diferencia está en que en el primero los magnates y las autoridades se han volcado, porque colaborar en la reconstrucción de la catedral de París otorga prestigio y renombre; en el segundo los afectados son unos modestos inmigrantes y para qué molestarse en ayudarles; y en el tercero, pasado el tiempo y acabadas las galas oportunistas e ineficaces, todo sigue igual o peor.

Mucha hipocresía y muy poca solidaridad.

12 de junio de 2019

A trancas y barrancas

Siempre me ha gustado la frase que hoy he elegido para ponerle título a esta reflexión, quizá porque contenga dos palabras en desuso y yo sea un romántico del idioma. Se trata de una expresión coloquial que significa con grandes dificultades, pero también que, a pesar de los obstáculos y aunque sea con lentitud, se progresa. Es más, si me propusiera exprimir el aforismo  hasta sus últimas consecuencias, es posible que encontrara en su espíritu la consideración de que la elegida es la única manera de alcanzar el objetivo propuesto. Pues bien, eso es lo que está sucediendo estos días con las negociaciones poselectorales del PSOE, que avanzan a trancas y barrancas, aunque no siempre se consiga abrir las primeras y salvar las segundas.

Las conversaciones entre los partidos son tantas y tan variadas, que no voy a entrar en pormenores de todos conocidos. Me limitaré a intentar encontrar el común denominador de todas ellas, o al menos algunas características que distingan la estrategia escogida por los socialistas de las que están siguiendo otros partidos durante estos días. Estrategia que, en mi opinión, en ningún caso implica que el PSOE se haya impuesto rígidas normas a seguir, ni mucho menos dibujado líneas rojas inamovibles. Estas autolimitaciones en política sólo caben en los muy  estrechos de miras.

Pedro Sánchez y los suyos pretenden en primer lugar gobernar con independencia programática y sin ataduras ni servidumbres con otros. De ahí que los socialistas no quieran hablar de ministros de Podemos en el gobierno. Es cierto que esta formación política es imprescindible para que el presidente en funciones logre la investidura, pero no lo es menos que representa una izquierda muy escorada hacia las reivindicaciones radicales y que, además, en estos momentos no goza precisamente de un gran prestigio político. El candidato a la presidencia sabe que no puede ni debe enfrentarse a los poderes económicos nacionales ni internacionales, inmersos como estamos en un mundo globalizado, y algunos ven a Pablo Iglesias y a sus más preclaros colaboradores como cruzados anticapitalistas.

Tampoco quieren lo socialistas llevar adelante su programa con la colaboración de los independentistas de cualquier signo. Una cosa es el diálogo para encontrar soluciones políticas que satisfagan a todos y otra muy distinta aparecer como aliados de grupos cuyas reivindicaciones sobrepasen los límites constitucionales. El PSOE no cedió ante las presiones de los separatistas durante el interregno que transcurrió entre la moción de censura y la convocatoria de elecciones –a pesar de las reiteradas y falsas acusaciones que lanzaban las tres derechas al unísono- y no parece que esté dispuesto a ceder ahora.

En cuanto a Ciudadanos, El PSOE no está pidiendo su cooperación, porque sería algo así como intentar cazar liebres en el mar, cuando ya sabemos que es mentira tra-la-rá. Los socialistas tienen claro que este partido no sólo es conservador, sino que además está dispuesto a aliarse con la ultraderecha con tal de gobernar. Por eso se limitan a lanzarles advertencias para que no obstruyan la formación de gobiernos socialistas donde hayan sido los más votados, argumentando que lo contrario contradice completamente sus pretensiones centristas. Lo que sucede es que, no nos engañemos, Ciudadanos no es de centro. De manera que un pacto global entre los socialistas y los de Rivera está totalmente descartado.

Con estas consideraciones tácticas y estratégicas, a nadie puede sorprenderle que las negociaciones que está manteniendo el PSOE para obtener apoyos suficientes estén yendo a trancas y barrancas. Lo que sucede es que no hay otra manera.

8 de junio de 2019

Nunca digas nunca jamás

A veces los títulos de las películas me vienen a huevo para encabezar alguna de estas reflexiones. Hemos oído tantas afirmaciones rotundas a lo largo de la campaña electoral, que deberíamos prepararnos para asimilar lo que va a suceder a partir de ahora, la articulación de unos inesperados pactos que pondrán al rojo vivo las hemerotecas, aunque seguramente no alterarán el pulso de los que caigan en contradicción con sus declaraciones anteriores. Como el panorama de este fenómeno de aparentes contradicciones entre lo dicho y lo hecho promete ser muy amplio, hoy voy a limitarme al entorno del PSOE, cuyos militantes cuando celebraban la victoria en las elecciones generales le pedían a gritos a su secretario general que de Ciudadanos “ni mijita”.

La llamada aritmética parlamentaria es muy extravagante y caprichosa, mucho más ahora con tanta fragmentación del voto. A Ciudadanos, que no ha logrado ninguno de los objetivos que se había marcado -entre ellos superar al PP-, los resultados sin embargo lo han convertido en un partido central –que no centrado-, capaz de decidir el color de muchos gobiernos municipales y autonómicos. Lo cual significa que puede pactar con las derechas, y dar lugar a gobiernos y ayuntamientos del PP, o con el partido socialista, y permitir así que sean éstos los que gobiernen, y en los dos casos apuntarse las contrapartidas oportunas

Para resolver el entuerto han organizado un comité de sabios que analice la situación y proponga lo que más interese a la gobernabilidad -dicen ellos- o lo que más interese a su partido –dicen otros-, porque las dos cosas no tienen por qué ser coincidentes, aunque tampoco necesariamente dispares. Pero esta maniobra, que en principio parecería fácil, no lo es tanto. En realidad se trata de un puzle de muchas piezas, en el que si te equivocas al colocar una no acabas de terminarlo o lo acabas mal. Pero es que además los de Ciudadanos han proclamado con tanta insistencia que con Vox ni a la vuelta de la esquina y que a Pedro Sánchez hay que negarle el pan y la sal, que ahora torcer el rumbo requiere dar muchas explicaciones.

Lo que sucede es que estamos hablando de política y ya se sabe que en política todo es relativo. No lo digo peyorativamente, sino todo lo contrario, porque cuando se ejerce aquella se precisa flexibilidad y capacidad de diálogo. Las defensas numantinas de los principios ideológicos son contraproducentes y los cordones sanitarios demenciales. Se debe poner los pies en la tierra, templar el ánimo y muchas veces, por qué no decirlo, hacer de tripas corazón.

Manuel Valls, un político con más tablas que Queta Claver, ha propuesto que Ada Colau gobierne el ayuntamiento de Barcelona con el apoyo del PSOE, sin pedir contraprestaciones a cambio. Su objetivo es evitar que los separatistas accedan a la alcaldía. Al mismo tiempo en Madrid, Íñigo Errejón sugiere que Ciudadanos y el partido socialista se pongan de acuerdo para gobernar el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid, también sin exigir compensación alguna. En este caso al exdirigente de Podemos le guía la intención de evitar que la ultraderecha entre de la mano del PP en las instituciones madrileñas.

No sé hasta dónde llegarán estas maniobras, que cuentan con innumerables obstáculos que vencer; pero de lo que no tengo la menor duda es de que nunca se debe decir nunca jamás.

5 de junio de 2019

La paranoia climática


Desde que tengo uso de razón no hago otra cosa que oír la conocida frase de “el tiempo está loco”, una expresión que manifiesta la sorpresa que inexplicablemente produce en algunos un hecho cierto y bien conocido, que el clima varía constantemente, sometido como está a infinidad de factores, todos ellos aleatorios. Los que así se expresan vienen a decir algo así como, “si toca llover por qué no llueve”, “si en esta época debería hacer calor por qué hace frío” o “si estamos en primavera a cuento de qué nieva en Navacerrada". Dan por cierto que el clima debe comportarse de acuerdo con unas leyes elaboradas con precisión matemática y que las desviaciones respecto a la norma significan que algo raro está sucediendo.

En mis tiempos universitarios estudié una asignatura que se llamaba Climatología. Allí aprendí, de forma estructurada y con rigor científico, que nunca se repiten con absoluta precisión las mismas condiciones climatológicas, porque el conocido efecto mariposa impide la duplicación exacta de cualquier estado atmosférico que se haya dado con anterioridad. Entre los ejercicios que como estudiante tuve que desarrollar figuraba la recopilación de los datos climáticos de una determinada zona geográfica, a lo largo de un periodo de varias décadas, para después realizar con ellos estudios estadísticos. De ese análisis se deducía lo que acabo de decir, que la previsión atmosférica no puede determinarse con gran anticipación porque el comportamiento del clima es absolutamente impredecible.

Pero también, por medio de aquellas prácticas,  supe que cualquier situación atmosférica, por atípica que pueda parecer, ya se ha dado con anterioridad en algún momento. Es decir, ni el clima responde a normas matemáticas preestablecidas, por lo que no podemos extrañarnos de lo que suceda en un momento determinado, ni deberíamos alarmarnos ante las condiciones extremas que se den en otro cualquiera, porque seguro que en líneas generales ya se habrán producido en el pasado e indefectiblemente volverán a repetirse en el futuro.

No estoy hablando hoy del cambio climático debido al deterioro medioambiental que está originando un lento, indiscutible y preocupante proceso de cambio a largo plazo. Me estoy refiriendo a las sorpresas que muchos ciudadanos dicen sentir cada vez que se levantan y el tiempo no responde a sus expectativas. Estoy pensando en todos aquellos a quienes extraña que nos entre por el noroeste una borrasca en mayo, y las temperaturas bajen diez grados de repente, o en los que se sorprenden cuando en estas fechas se estabiliza sobre nosotros un anticiclón y los termómetros se disparen a temperaturas estivales.

Yo a este comportamiento ciudadano de sorpresa diaria ante las situaciones atmosféricas lo llamo paranoia climática, porque no deja de ser una obsesión. En primavera avanzada, cuando en general siempre ha hecho buen tiempo, los informativos nos sorprenden con bañistas en las playas, si las temperaturas han subido un poco por encima de lo esperado, o con los últimos esquiadores, si ha caído alguna nevada tardía; y nos presentan la noticia como sorprendente, como si nunca hubiera ocurrido antes. Una manera quizá de llenar los telediarios "hablando del tiempo", pero que en cierto modo alimenta la idea de que el clima se ha vuelto loco.

No, el tiempo no se ha vuelto loco. Lo que sucede es que tenemos muy poca memoria climática.

30 de mayo de 2019

Mis santos laicos

Hace algún tiempo algo dije sobre mis amores ocultos y secretos. Hoy me propongo traer aquí unos cuantos santos laicos a los que en ciertos momentos de mi vida he profesado alguna devoción. Son o han sido personas de carne y hueso, que nada tienen que ver con aquellos que figuran en el santoral de la Iglesia. Quede claro por tanto que mis santos no guardan relación ni con el misticismo ni con la ortodoxia religiosa ni con la música celestial.

Mi primer santo laico fue Emilio Salgari. Empecé a leer sus novelas cuando apenas tenía doce o trece años y no dejé de hacerlo hasta que cumplí los dieciocho o los diecinueve. Eran libros de formato barato, creo recordar que editados por Saturnino Calleja, unas historias que alimentaron por aquel entonces mis ansias de conocimientos geográficos y que contribuyeron a ampliar los horizontes de mi imaginación. Me atrevería a decir que Salgari fue el causante de mi desmedida afición a la lectura, que a su vez me animó  en ocasiones a emprender alguna que otra aventura como escritor. Supongo que ahora me llevaría alguna desilusión si releyera los libros de este autor, lo que no impide que a veces me entren ganas de rebuscar en las librerías de lance y rescatar alguno de sus volúmenes.

Otro santo, este de mayor enjundia, fue Miguel de Unamuno. En 1964, cuando se cumplía el centenario de su nacimiento, la colección Austral de Espasa Calpe inundó los escaparates de su centro de la Gran Vía de Madrid con nuevas ediciones de las obras de este escritor y filósofo; y yo, que por aquel entonces rondaba los veintidos y mi mente buscaba con ansiedad respuesta a las grandes dudas que siempre han intrigado al ser humano, caí en las redes del genial escepticismo unamuniano. Recuerdo que durante meses devoré los escritos de don Miguel, muchos de sus ensayos y alguna de sus novelas. Incluso abrí un fichero manual -los ordenadores personales aún no se habían inventado- en el que guardaba sus reflexiones más significativas o, por lo menos, las que a mí me llamaban más la atención. A este santo laico le sigo teniendo una gran devoción y con frecuencia releo alguna parte de su obra.

Miguel Delibes me fascinaba. Pero entre su numerosa obra quisiera destacar “El hereje”, una novela a la que debo el hecho de haberme levantado un día de mi sillón de lectura, abrir el ordenador y empezar a escribir “El corazón de las rocas”. Mi entusiasmo por aquel libro era tal, que sin medir mis fuerzas empecé a redactar nada más y nada menos que una novela de caracter histórico, algo completamente disparatado si se considera que ni soy escritor ni mucho menos historiador. Pero nada en aquel momento hubiera podido frenar mi ímpetu. Aunque no sólo haya sido por eso, Miguel Delibes figura entre mis santos laicos predilectos. Nunca perdonaré que no le otorgaran el premio Nobel de Literatura.

Hay muchos otros nombres en mi santoral laico. Entre los extranjeros, Ernest Hemingway, cuyas andanzas por el Paris de los años veinte del siglo pasado me sedujeron tanto que tengo preparada, desde hace algún tiempo, una minuciosa ruta por aquella ciudad, para recorrer los lugares que este genial escritor pisó durante su juventud. Aunque el tiempo y los años se van echando encima y no tengo ninguna seguridad de que logre cumplir mi proyectado peregrinaje.

Pero aquí no se acaba la lista de mis santos. Lo que se acaba es el papel que he preparado hoy para escribir. Por eso, quizá otro día continúe confesando mis devociones laicas.

27 de mayo de 2019

Así no se puede

Si algo hubiera que destacar de los resultados de las últimas elecciones sería el impresionante batacazo que se han dado las formaciones políticas situadas a la izquierda del PSOE, léase las llamadas confluencias de Podemos. Salvo alguna excepción, como es el caso de Kichi en Cádiz que ha rozado la mayoría absoluta en su ciudad, el panorama que hoy ofrece este partido es desolador. La incoherencia organizativa, la deriva programática y el liderazgo errático y rocambolesco han hundido a los podemitas  en la más ruin de las miserias. Un hecho que lamento, porque en su caída han arrastrado en algunos lugares a lo que yo llamo la izquierda moderada y que en España se encuadra en el partido socialista. Manuela Carmena, que nunca ha pertenecido a Podemos y que además en los últimos meses ha dejado claras sus diferencias con los de Pablo Iglesias, dejará de ser alcaldesa como consecuencia de las turbulencias electorales de sus antiguos aliados; y Ángel Gabilondo, que ha logrado una extraordinaria ventaja en votos y en escaños sobre sus rivales más inmediatos de la derecha, no podrá ser investido presidente de la Comunidad de Madrid.

Se veía venir. Las utopías que prometen la reversión drástica e inmediata de las injusticias sociales no pueden progresar a corto plazo, porque por definición son ideales inalcanzables. Mantenerse en la intención de conseguir con urgencia unos cambios profundos que ponen en alerta  la sensibilidad de muchos trae consigo el fracaso. Pero como además los votantes de estas ideologías proceden de la izquierda moderada, de los partidos que saben perfectamente que los cambios requieren tiempo y que, por si fuera poco, hay que gobernar para impulsarlos, su fracaso arrastra a los intereses de las fuerzas progresistas en general y deja el campo abierto a las alianzas reaccionarias del tipo Andalucía.

Se pueden sacar otras muchas conclusiones de estas elecciones, entre ellas que el PSOE las ha ganado con gran diferencia respecto a su rival tradicional, el PP. Pero también que el Partido Popular se mantiene en la primera posición de las tres derechas. Yo empiezo a percibir una vuelta al bipartidismo, no al estilo anterior a la aparición de los llamados partidos emergentes, porque no creo que ahora puedan conseguirse con facilidad mayorías absolutas; pero sí en el sentido de la existencia de dos partidos hegemónicos, el partido socialista y el PP. Lo que sucede es que mientras que en la izquierda hay una tendencia perniciosa a la centrifugación cainita, en la derecha se practica aquello de Dios los cría y ellos se juntan.

Ciudadanos, por su parte, tiene ahora un gran reto. Los resultados no han sido buenos para ellos, por mucho que su líder se ponga ronco al proclamarlo. Pero sí es cierto que se ha convertido en un partido bisagra o, al menos, con posibilidades de ejercer como tal. Ahora bien, de la misma manera que las puertas se pueden abrir en un solo sentido o en los dos dependiendo del mecanismo que las mantenga unidas a la jamba, ellos pueden mirar hacia uno u otro lado y elegir la opción que más convenga, o a uno sólo y convertirse en un anexo del PP, con la ayuda, además, de la ultraderecha.

Y Vox, que ya había entrado en el Congreso, lo ha hecho ahora en Comunidades y en Ayuntamientos. Es cierto que con poca fuerza; lo que sucede es que como las otras derechas lo necesitan, a partir de ahora contarán con unos amplificadores muy potentes de su radicalidad. Y eso sí que es un verdadero peligro para la democracia.

En cualquier caso, esto no ha hecho más que empezar.

23 de mayo de 2019

Las cosas no funcionan porque sí

Estamos tan acostumbrados a que las cosas que constituyen nuestro pequeño mundo funcionen con total normalidad, que casi nunca nos paramos a pensar qué hay detrás para que así suceda. Pulsamos un interruptor y la luz se enciende; abrimos el grifo y el agua fluye; sacamos la basura y al día siguiente ha desaparecido; marcamos un número en el teléfono y alguien contesta desde el otro lado de la línea.

Es lógico que la normalidad no nos llame la atención, porque en definitiva forma parte del universo en el que hemos nacido, y las prestaciones de lo que nos rodea han ido creciendo con nosotros y mejorando de forma paulatina e imperceptible a lo largo de nuestra vida. Mejor dicho, la normalidad no nos llama la atención hasta que se quiebra, porque entonces nuestras iras se desatan y nuestro sentido del derecho adquirido busca inmediatamente responsables. Ni siquiera justificamos que se haya podido producir un accidente, porque siempre encontraremos alguna imprevisión imperdonable o algún descuido punible. Diremos aquello tan manido de no hay derecho a esto.

Hoy propongo que cambiemos el paradigma, que por un momento dejemos de considerar que el funcionamiento de lo que nos rodea es el que debe ser y que prestemos atención a la multitud de causas que motivan que las cosas rueden como ruedan. Y lo propongo no por puro divertimento, sino para que disfrutemos aún más de nuestros privilegios, de todo aquello que contribuye a hacernos la vida cómoda. Sólo si somos capaces de valorar las dificultades que entraña mantener el buen funcionamiento de cuanto nos rodea, apreciaremos en su totalidad su valor. Así de sencillo.

Los servicios públicos traen consigo un gran esfuerzo de muchas personas trabajando en la sombra. Son labores anónimas, de escaso lucimiento social y por lo general mal remuneradas. El agua llega porque las cañerías están en buen estado; la luz se enciende porque la red eléctrica se mantiene en condiciones; la basura se recoge a diario porque una flota de camiones debidamente coordinada se encarga de ello; el teléfono contesta porque un sistema cada vez más sofisticado distribuye con eficacia el tráfico de llamadas.

Es lo normal, solemos decir. Estaría bueno que las cosas no fueran así, añadimos. Pero si alguno de estos servicios falla ponemos el grito en las remotas galaxias, porque damos por hecho que no hay justificación que valga. Casi nadie se pone a pensar qué ha podido suceder, son muy pocos los que le dedican un minuto a meditar sobre la infinidad de causas que pudieran haber originado la interrupción del servicio, desde la avería accidental hasta el inevitable error humano.

No estoy proponiendo que seamos indulgentes con los suministradores de servicios cuando estos fallan. Digo simplemente que si consideráramos sólo por unos instantes la cantidad de variables que concurren para que dispongamos del bienestar que nos rodea, nos ahorraríamos muchos sofocos y derramaríamos menos bilis. Creo que meditar, aunque sólo sea por unos instantes, sobre la complejidad que se oculta tras el funcionamiento de lo cotidiano, nos procuraría un bienestar añadido, el que se deriva de ser conscientes de que las cosas no funcionan porque sí.

19 de mayo de 2019

Resaca electoral

Algunos bebedores no pueden ni oler el vimo durante las resacas producidas por el exceso de alcohol. Otros, por el contrario, toman cervezas matutinas como remedio que mitigue el malestar que sienten. Pues bien, en esto de las derrotas electorales también se dan las dos modalidades. Por un lado, la de los que conscientes de que los excesos cometidos durante la campaña no les han sentado demasiado bien procuran no reincidir en sus afirmaciones anteriores, y, por otro, la de los que insisten con más de lo mismo, por si no hubiera quedado claro lo que les llevó al fracaso.

Pablo Casado ha confesado que se equivocó de estrategia. Incluso relaciona el error con su deriva hacia la extrema derecha, aunque no lo diga con claridad, porque en esto de las confesiones políticas no conviene ser demasiado trasparente. En cualquier caso, son muchos los dirigentes de su partido que le recuerdan constantemente la mayúscula equivocación que cometió con tanta agresividad, con tan mal estilo. Algunos incluso afilan los cuchillos a la espera de desenvainarlos una vez concluidos lo comicios que se avecinan.

Por el contrario, Albert Rivera se cura la resaca con más de lo mismo. No sólo presume de no haber cometido errores, sino que además da por hecho que el exiguo crecimiento de Ciudadanos se debe a la campaña que eligió. Está exultante, hasta el punto de exigir a voz en grito el liderazgo de la oposición. Hace unos días, para explicar los fundamentos en los que basa tan insólita pretensión, dijo algo así como que mientras que el PP ha descendido, él no hace más que crecer. Él -en primera persona del singular-, no Ciudadanos, porque en los partidos caudillistas los méritos nunca son colectivos sino siempre individuales.

En cualquier caso estamos asistiendo a una resaca electoral muy curiosa, en la que los perjudicados por el resultado se atacan a degüello entre ellos. Las tres derechas, los tres líderes que las dirigen se dedican mutuamente unos reproches tan descarados que en ocasiones resultan grotescos. Su vocerío semeja las riñas en el patio de un colegio infantil, donde la frase más oída es aquella de “no te ajunto”. Se niegan entre ellos el pan y la sal, cuando hace unos días todo eran carantoñas, zalamerías y lisonjas, y ofrecían o reclamaban entre ellos futuras carteras ministeriales como si tal cosa.

No es posible que en un país que ha demostrado a lo largo de los últimos años una madurez digna de encomio proliferen unos dirigentes políticos tan cortos de vista. Resulta difícil aceptar que una fuerza que en España ha representado las legítimas tendencias conservadoras de una parte considerable de las clases medias esté ahora tan dividida. Supongo, porque no encuentro otra explicación, que las ambiciones fuera de control deben de ser, entre otras razones, las responsables de tanta inmadurez.

De todas formas, yo creo que cuando las aguas vuelvan a su cauce nos encontraremos con sorpresas. Me atrevo a vaticinar que el PP, en el momento que su propia dinámica interna corrija los desajustes producidos por la errática gestión electoral de su actual presidente, volverá a convertirse en la alternativa de gobierno que ha sido durante los últimos años. Además, creo que Ciudadanos, una vez que su electorado sea consciente de que su bamboleante ideología no dispone de espacio político propio, encajado como está entre una izquierda moderada y una derecha muy parecida a la suya, descenderá vertiginosamente en apoyos y se quedará en una fuerza testimonial. En cuanto a Vox, no tengo la menor duda de que la ultraderecha ha hecho acto de presencia para quedarse, porque sus votantes nunca se sintieron cómodos en las filas de la derecha democrática. Aunque confío en que jamás lleguen a ocupar una posición influyente en los destinos de nuestro país.

En cualquier caso, veamos qué sucede en los comicios que se avecinan. Quizá a partir de ese momento se empiece a clarificar un panorama que hoy parece algo confuso. Demos tiempo al tiempo.

16 de mayo de 2019

Las bicicletas no son para el verano

Como me tengo por ecologista y además presumo de sumarme con facilidad a las corrientes innovadoras, he de tener mucho cuidado con lo que diga a continuación, no vaya a ser que caiga en contradicción con mis propias ideas. Pero no tengo más remedio que decirlo: a mí esto de las bicicletas circulando entre los automóviles en pleno centro de Madrid me parece una auténtica descabellada. Lo digo por los ciclistas, pero también y sobre todo por los que en su exaltada sabiduría han llegado a la conclusión de que de esta forma nos ponemos a la altura de los países más avanzados. Vayamos por partes.

Los que se atreven a circular en bici por las calles de nuestra ciudad suelen comportarse como si fueran los amos de la calzada. Raramente respetan las señales -quizá porque se consideren una especie de híbridos entre el peatón y el conductor- como si para ellos no rigieran las normas dictadas para los demás. Levantar el brazo para indicar que van a girar en uno u otro sentido no forma parte de su conducta, posiblemente porque consideren que los que vengan detrás están en la obligación de adivinarles el pensamiento. Los semáforos no existen para los ciclistas, puede que porque consideren que si no se ve a nadie en el cruce tienen tiempo suficiente para quitarse de en medio. Lo del casco protector brilla por su ausencia, porque ellos no compiten sino pasean. Y no sigo para no alargar esta reflexión, pero podría revisar el código de la circulación artículo por artículo y en casi todos me encontraría con alguna infracción habitual en los ciclistas urbanos.

Los que en su momento decidieron desde sus despachos del Ayuntamiento dar patente de corso a los ciclistas no debieron tener en cuenta que las características de nuestra ciudad nada tienen que ver con las de otras ciudades europeas, donde las bicis campan a sus anchas, hasta el extremo de que allí son los peatones lo que corren verdadero peligro si no se andan con cuidado. Esas ciudades disponen de carriles para ciclistas perfectamente señalizados y sólo de forma ocasional sus itinerarios coinciden con los del tráfico a motor. Pero en Madrid, salvo excepciones, apenas existen como tales, y para remediar la carencia los munícipes se han limitado a pintar iconos identificativos de los ciclistas en alguno de los carriles ya existentes en la calzada, muchas veces incrustado entre otros dos, uno de ellos el reservado al transporte público. Han convertido la vía de las bicicletas en un sandwich  muy peligroso para los ciclistas y, por consiguiente, para los conductores.

Supongo que la intención era buena. Por un lado pretendían contribuir a descontaminar Madrid, favoreciendo un tráfico alternativo no contaminante y, por otro, ambicionaban dar a nuestra ciudad un toque de modernidad europea al estilo de Ámsterdam, Copenhague o Viena. Pero mucho me temo que no estén consiguiendo ninguna de las dos cosas. Si el tráfico contaminante se hubiera reducido se debería a otras medidas más inteligentes, porque son muy pocos los que en nuestra ciudad han decidido dejar el coche y coger la bicicleta. Y en cuanto al toque de modernidad, el efecto desaparece en cuanto se observa a los ciclistas perdidos como pasmarotes en medio del tráfico amenazador, con los cinco sentidos activados para seguir con vida.

No, definitivamente, las bicicletas no están hechas para Madrid, ni en verano ni en invierno.

11 de mayo de 2019

Los ni-ni y los sí-sí

Creo que  ahora se llama a los que ni estudian ni trabajan los ni-ni. Por contraposición, doy por hecho que se denominará sí-sí al que hace las dos cosas. Por tanto, a nadie puede extrañarle que yo, para ampliar el vocabulario de las necedades lingüísticas, me refiera a los que estudian y no trabajan como los sí-ni, y a los que no estudian pero sí trabajan como los ni-sí. Abierta la veda de las simplificaciones sintácticas, no voy a ser yo el único que no se sume al tropel de los lengüicidas, aunque sólo sea durante un rato, justo el tiempo que empleo en escribir esta divagación. En cuanto acabe regresaré al redil de la ortodoxia. Hasta ahí podíamos llegar.

Vivimos tiempos convulsos para nuestra lengua. Parece como si el ansia de simplificar la expresión dominara las conversaciones. Ya nadie se preocupa ni de ampliar el vocabulario ni de ajustarse a la correcta sintaxis. Se habla mal y deprisa, quizá porque con la celeridad se intente ocultar la pobreza expresiva. Pero no sólo en la calle, también en los medios de comunicación. Oír un informativo, sea de la cadena radiofónica o televisiva que sea, es asistir a un espectáculo de vulgaridad lingüística que zarandea el sentido del oído. Redactores y presentadores vapulean nuestra lengua a mansalva, sin que nadie les tire de la oreja.

Yo no defiendo la exquisitez lingüística, porque a veces los florituras pueden resultar pedantes. Simplemente echo de menos la corrección. Pero hay algunos que a base de simplificar las expresiones que utilizan las convierten en un vocerío ininteligible, cuando precisamente la variedad léxica y la originalidad sintáctica aportan a la comunicación inteligencia y, por qué no decirlo, belleza. Las imágenes, por mucho que pretendan transmitir el pensamiento, nunca lograrán la profundidad compresiva que consiguen las palabras. Quizá por eso, porque ahora se vive más de lo gráfico que de la palabra escrita o hablada, el lenguaje, en una burda imitación de la cinematografía, se esté limitando a expresar ideas muy generales, sin matizaciones.

Hay algunos que ante los reproches que reciben por algún error de sintaxis cometido reaccionan alegando aquello de “si me has entendido, qué más da”. No se dan cuenta de que si lo intentaran podrían ir un poco más allá de simplemente hacerse entender. Pero para eso hay que saber y además esforzarse, para eso hay que tener aptitud y por añadidura actitud, dos atributos intelectuales que lamentablemente no todo el mundo posee, ni siquiera aquellos que por su responsabilidad como comunicadores deberían predicar con el ejemplo. Cuando el otro día le oí decir a un conocido y admirado escritor decir “preveyó” en vez de previó, se me alteró la tensión arterial, ya de por sí bastante inestable. Y cuando un afamada locutora de radio a la que oigo con frecuencia dijo aquello de “perdona, no te escucho bien, volveré a llamarte”, los temblores musculares estuvieron a punto de deformarme el rostro. Pero ahí no acaban las cosas, porque hoy, sin ir más lejos, he oído a una simpática presentadora de televisión explicar que determinada maravilla arquitectónica se estaba "cayendo a cachos".

Las cadenas de televisión o las emisoras de radio, sobre todo las públicas, tienen en este asunto una responsabilidad que no deberían eludir. Pero lamentablemente hacen dejación de sus obligaciones educativas con harta frecuencia, inmersos como están en una lucha despiadada por conseguir audiencia. Y como la radio y la televisión son para muchos las principales vías de aprendizaje del idioma, en vez de fomentar la riqueza del lenguaje contribuyen a destruirlo.

Estamos todavía a tiempo de rectificar. Pero si no lo hacemos pronto terminaremos todos hablando de los ni-ni y de los sí-sí como auténticos loros repetidores de lo que oímos.

7 de mayo de 2019

No busquen ustedes el centro, porque no existe

Creo recordar que ya he dado mi punto de vista sobre este asunto en alguna ocasión. Pero hoy, teniendo en cuenta las reiteradas y vehementes declaraciones que los líderes de la derecha están haciendo sobre la necesidad de volver al centro tras su batacazo electoral, voy a insistir sobre la opinión que me merece esta manida expresión, tan en boga hoy en día.

El centro político no existe, señores Casado y Rivera. No se empeñen ustedes en buscarlo, porque perderán el tiempo. Cada uno lo sitúa donde le da la gana o donde le conviene. Lo que sucede es que cuando se pretende moderar las posiciones ideológicas, cuando se intenta recuperar la sensatez se habla de ese hipotético centro, como los descubridores hablaban de El Dorado, que sólo existía en la imaginación colectiva. En realidad se trata de una hipotética posición política que la derecha sitúa a su izquierda y la izquierda a su derecha. Un punto teórico de equidistancia entre los extremos que, insisto, es imposible de determinar. Deberían ustedes hablar de recuperar la moderación, en vez de dar tantas explicaciones sobre la centralidad perdida.  Lo primero se entendería, lo segundo no tiene ningún sentido.

He oído decir a algunos líderes del PP que no hay ninguna razón para que un votante de Vox no les vote a ellos. Tienen muchísima razón, porque, tras la tremendista campaña electoral que han hecho en las últimas elecciones generales, apenas se perciben diferencias entre sus pensamientos, más allá de algún dislate programático que usan los de Abascal, tan fuera de tono que produce sonrojo democrático. Pero por lo demás son tan parecidos, que no les debería sorprender que alguno de sus incondicionales se haya despistado y como consecuencia votado a la ultraderecha. Qué más da -habrán dicho-, para este viaje prefiero las alforjas de los genuinos.

Los de Ciudadanos no hablan de recuperar el centro, porque consideran que ya están en él. En realidad lo que sucede es que la osadía y el atrevimiento forman parte de su ADN, de manera que presumen de haber sido siempre moderados. Eso dicen ellos, porque cualquier espectador objetivo no considerará nunca que su campaña haya tenido templanza alguna. Ese eslogan de lleva usted grabada en la frente la palabra indulto tiene de todo menos de moderación. Ni lo tiene inundar el atril de cachivaches, una actitud  más propia de mercachifles de mercadillo de los martes que de un político maduro. De moderación no se presume, señor Rivera, hay que ejercerla.

No, no se empeñen ustedes en buscar el centro, señores de la derecha, porque no existe. Existen la moderación, la mesura y el comedimiento, pero no el centro. Digan ustedes lo que son, conservadores de pura cepa, y no lo disfracen de centrismo porque así no llegarán a ninguna parte. Todo lo contrario, se dedicarán a disputarse entre ustedes una posición política inexistente, a ponerse zancadillas el uno al otro, a pisarse la manguera como le oí decir en campaña hace unos días al señor Casado.

Sólo si salen ustedes de ese círculo vicioso en el que se han metido podrán seguir contando con una mayoría que les permita gobernar. Tienen ustedes mucho tiempo para reflexionar, porque de momento le ha tocado el turno a la izquierda moderada, que no al centro izquierda como a algunos les gusta decir.

3 de mayo de 2019

Qué tiempos aquellos del prêt-à-porter

Dicen que le preguntaron en cierta ocasión a un conocido actor británico que cómo llevaba lo de envejecer. El flemático y veterano galán, sin dudarlo un instante y con la sonrisa en la boca, contesto: hombre, teniendo en cuenta la alternativa, fantástico. Le doy por completo la razón,  porque el que no se conforma con cumplir años es porque no quiere.

Una de las ventajas de haber haber alcanzado cierta edad es la de no verse uno obligado a renovar el DNI. En la última ocasión, la joven funcionaria de turno me plantificó como fecha de caducidad el 99 del 99 del 9999 y ni se inmutó. Después, quizá para quitarle hierro a la violenta situación, se despidió de mí con un hasta la próxima, aclarándome que, dada la tendencia a prolongar la edad de jubilación, es posible que ella para entonces  todavía continuara en activo.

Pero todo no van a ser buenas noticias, porque no sucede lo mismo con el carné de conducir. La última vez que tuve que someterme al exámen psicotécnico pasé un rato de zozobra con el manejo de la dichosa maquinita detectora de la calidad de los reflejos, debido a que me costaba un gran esfuerzo mantener la bolita entre las dos diabólicas líneas que marcan las márgenes de la carretera dibujada en la pantalla. Como además con cada fallo sonaban estrepitosas bocinas de advertencia, algo así como si la policía estuviera persiguiéndome por infringir reiteradamente la ley, el estruendo contribuyó a alterar mi sentido del equilibrio. Salí airoso, es cierto, aunque supongo que por los pelos.

La edad causa estragos, decía un amigo mío muy realista él. Uno de ellos consiste en no encontrar con facilidad en las tiendas la talla adecuada de ropa. Los pantalones, cuando encajan en la cintura, le tapan a uno los zapatos. Escoger camisas es un auténtico problema,  porque para que no se ciñan demasiado hay que optar por un tamaño al que le sobra un palmo de mangas. Las chaquetas, si se pretende llevarlas abrochadas como mandan los cánones, hay que escogerlas con unas hombreras que casi llegan hasta los codos. Qué tiempos aquellos del prêt-à-porter, cuando compraba la ropa sin necesidad de probármela.

Luego está lo de las medicinas. Ahora, cuando me prescriben alguna nueva ya no pregunto hasta cuándo debo tomarla, porque sé que la contestación será taxativa, de por vida, pauta imprecisa, es cierto, pero también inequívoca. La de la tensión, la del colesterol, la de esto y la de aquello. Yo para evitar confusiones uso un pastillero con cuatro apartados, desayuno, comida, cena y contingencias varias. Es un buen sistema, porque miro el reloj y según la hora abro una u otra compuerta, saco las que haya en el lugar y me las tomo sin rechistar. Las de contingencias, teniendo en cuenta que por definición sólo las necesito en ocasiones, son las que me producen mayor quebradero de cabeza, porque tengo que pensar en la conveniencia o inconveniencia de la dosis, en la oportunidad o inoportunidad del remedio, y eso no deja de causarme un pequeño trastorno. Estoy hablando del paracetamol, que nadie piense en otra cosa.

Sí, es cierto que envejecer, teniendo en cuenta la alternativa, es fantástico. Pero para algunas cosas resulta un auténtico coñazo, se ponga el flemático actor británico como se ponga.