10 de abril de 2020

Historias del confinamiento

Me contaron una vez que cuando acabó la guerra civil y los familiares y conocidos se reencontraban después de no haberse visto durante meses o quizá años, se decían unos a otros no me cuentes tu guerra que te cuento yo la mía. Ignoro hasta qué punto la simpática advertencia se hizo popular, pero mucho me temo que dentro de poco se ponga de moda algo por el estilo, ahora sustituyendo la palabra guerra por la de cuarentena. Estoy seguro de que este cambio de vida al que nos hemos visto obligados, tan repentino y tan drástico, está depositando en cada uno de nosotros un cúmulo de experiencias, de esas que a uno le gusta compartir con los demás. Yo no me libro de la tentación.

Empezaré contando algo que me ha llamado la atención. Como ahora las entrevistas son siempre telemáticas y en directo desde los hogares de los entrevistados, es curioso observar cómo casi todos se colocan delante de algún mueble librería, como si este “atrezzo” constituyera su mejor carta de presentación. No importa que haya pocos libros ni que estos sean de cualquiera de esos autores escandinavos especialistas en literatura negra, lo importante es que se vean. Junto a los libros suele haber alguna fotografía familiar, y por supuesto no faltan  figuritas de porcelana, algunas de Lladró, ni "souvenirs" de viajes más o menos exóticos. Yo, lo confieso, me pierdo recorriendo con la vista las estanterías, intentando desentrañar la personalidad del protagonista.

Por otro lado, el envío indiscriminado de información o desinformación a través de WhatsApp está resultando estos días mucho más insoportable de lo que yo hubiera sospechado al principio, y mira que uno está acostumbrado a las adversidades. Pero lo más curioso es que nadie o casi nadie envía algo de su autoría, porque es mucho más cómodo reenviar lo que te llega de terceros que ponerte a pensar y sobre todo a escribir. Consejos, falsas noticias, presuntos entretenimientos de dudoso gusto y cosas por el estilo, que de todo hay. De la cantidad de versiones de Resistiré que he recibido prefiero no hablar.

Además, el confinamiento nos está obligando a todos a improvisar algún tipo de ejercicio físico que atenúe en parte la falta de movimiento. En esto, como en casi todo, hay clases. Los que disponen de "chalet" o casa de campo con jardín cuentan con un espacio físico que les permite resolver este problema sin hacer demasiado el ridículo. Pero los que como yo estamos recluidos en el reducido espacio de un piso de tamaño medio nos vemos obligados en nuestras andanzas domiciliares a repetir el mismo itinerario una y otra vez, hasta terminar exhaustos, no de cansancio físico sino de aburrimiento. Yo, para mitigar el hartazgo, les pongo un nombre a cada “paisaje”, como el de Cañada de Benatanduz al pasillo, Órganos de Montoro a mi estudio, nacimiento del río Pitarque a la cocina, las Hoces del Guadalope al cuarto de baño y alguno más que me recuerde mi añorado Maestrazgo. Pero como esto continúe voy a tener que emprender una nueva ruta.

Sin embargo, lo de tomar el sol, por aquello de la vitamina D que recomiendan los médicos, lo he resuelto bien, aunque, todo hay que decirlo, con algo de incomodidad. Sentado frente a la ventana de mi dormitorio, en una incómoda posición forzada que permita que los rayos solares lleguen hasta mí, paso unos quince minutos todos los días -si no está nublado- pensando en las musarañas, porque en esa forzada postura no hay manera de pensar en otra cosa. Estoy seguro de que no sirve absolutamente de nada, pero me quedo más tranquilo cumpliendo con el protocolo.

Menos mal que a las ocho de la tarde, hasta hace poco de noche y ahora todavía de día, hago algo de vida social aprovechando los merecidos aplausos al personal sanitario. Desde el primer día no he dejado ni uno solo de asomarme a la ventana y aplaudir al espacio abierto durante unos minutos, como supongo que hará la mayoría de los ciudadanos de pro. Es una experiencia que, además de servir de exponente del sentido de la solidaridad social, permite hacer amistades, a distancia por supuesto -en mi caso a mucha-, con gente que no conocías y que ahora te saludan con la mano. Incluso nos despedimos a gritos con un sonoro hasta mañana.

Lo dejo aquí, porque si sigo escribiendo no me quedará por contar ninguna historia de mi cuarentena cuando ésta haya acabado.

7 de abril de 2020

Nunca llueve a gusto de todos

Lo que está sucediendo estos días en el mundo entero ha cogido a las sociedades completamente en la inopia, tan desprevenidas que las reacciones se han hecho notar por su lentitud. Nadie, absolutamente nadie podía imaginar que algo tan dramático fuera a ocurrir. Hay algunos que comparan la situación con la de una guerra, pero en éstas no suele haber sorpresa, porque los contendientes se lo huelen antes del estallido, con lo cual en mayor o menor medida les da tiempo para preparar sus defensas. Sin embargo, en este caso el ataque ha sido por sorpresa y ha habido que reaccionar sobre la marcha. Mejor o peor, pero cuando el virus ya estaba entre nosotros, lo cual obliga a la improvisación.

A toro pasado no es difícil encontrar fallos en las medidas que se han ido tomando. Pero no podemos olvidar que el mundo entero, incluida la Organización Mundial de la Salud, consideraba que la epidemia que se había iniciado en China era un caso local, debido a circunstancias muy particulares. Cuando más tarde se empezó a ver la situación del norte de Italia, mucho más cercana a nosotros, ni la OMS ni los epidemiólogos de los países europeos sospecharon que el contagio a los vecinos fuera a producirse con tanta rapidez y virulencia.  Incluso después, en España, tras detectarse el primer caso en un turista alemán en La Gomera, todo parecía indicar que la situación estaba bajo control.

La oposición, que desgraciadamente confunde con demasiada frecuencia su obligación de servir de legítimo contrapeso a la labor del gobierno con maniobras desleales de acoso y derribo, se está comportando con una tibieza que no corresponde a la gravedad del momento. No me refiero al señor Abascal y a sus amigos, que amenazan nada más y nada menos con denuncias judiciales y otras lindezas por el estilo. Lo mejor que puedo hacer con ellos es dedicarles el silencio. Me refiero a Pablo Casado, que entre expresiones de lealtad introduce unas puyas que dejan mucho que desear. La última que le he oído ha sido algo así como que no se cuente con ellos para arruinar España. Menos mal, señor líder de la oposición, me deja usted tranquilo. Pero no dice cómo habría que gestionar esta crisis. Se limita a expresar su desacuerdo con las medidas que se van adoptando, aunque como no le queda más remedio luego las apoye.

Escribo estas líneas bajo la sensación de que las cifras de contagio se van reduciendo. Y lo digo con la misma prudencia que las autoridades sanitarias lo van anunciando. Como nos han explicado, es el primer paso para vencer al enemigo común, porque, si el número de afectados disminuye día a día, el sistema sanitario podrá sentirse más desahogado, las UCI no se colapsarán y en consecuencia la mortalidad irá descendiendo. Y si, como está sucediendo, el número de altas sigue aumentando y el de contagiados disminuyendo, quizá podamos empezar a vislumbrar el final de esta impresionante catástrofe nacional, la más importante que hemos sufrido las generaciones actuales.

Para ablandar mi endurecido oído, hace tiempo que sintonizo a diario durante un rato canales de televisión británicos o americanos. En los últimos días, Donald Trump, al frente de lo que ellos llaman el “coronavirus task force”, le cuenta al pueblo estadounidense desde la sala de prensa de la Casa Blanca las últimas noticias sobre el desarrollo de la epidemia en su país, explicaciones que sigo a través de la CNN con doble interés, el idiomático y el de conocer qué se está haciendo en el gigante americano para combatir la pandemia. Es curioso observar como, tras los primeros titubeos motivados por el absoluto desconocimiento que allí como aquí se tenía de la trasmisión y de la letalidad del virus, ahora están siguiendo los mismos pasos que siguió primero China, después Italia y más tarde España. ¿Le suena a alguien la expresión nos esperan días muy duros? Se la he oído al presidente de los EEUU en varias ocasiones.

No. No está siendo fácil mover esta enorme maquinaria para combatir el virus, pero a trancas y barrancas entre todos, algunos encerrados en nuestras casas, lo estamos consiguiendo. Aquí sólo sobran los palos en las ruedas.

3 de abril de 2020

Sanidad pública y sanidad privada

Hay controversias recurrentes que de vez en vez saltan a la palestra del debate público, como las aguas del Guadiana salen a la superficie. Digo esto porque el otro día sufrí las opiniones “whatsaperas” de algunos que sostenían que defender la sanidad pública y utilizar la privada demuestra falta de coherencia. Los que así se expresaban ponían como ejemplo que mientras que Esperanza Aguirre había ingresado en un hospital público, la vicepresidenta Carmen Calvo convalecía en el Ruber, uno de los paradigmas de la sanidad privada en Madrid.

Lamento discrepar de la opinión de estos buenos amigos. No sé dónde encuentran la falta de coherencia. Yo defiendo la sanidad pública, porque me parece que poner el sistema de salud al alcance de todos, sea cual sea su capacidad adquisitiva, es un gran logro de las sociedades avanzadas. Sin embargo, pertenezco a una sociedad privada cuyos servicios de medicina utilizo cuando los necesito. No hay ninguna contradicción, porque no se trata de dos sistemas excluyentes ni antagónicos, como quizá algunos pretendan.

Pero es que esta discusión me lleva a una consideración de rango superior. Hay quienes consideran que disfrutar de una posición acomodada en la sociedad es incompatible con defender políticas progresistas, si por políticas progresistas entendemos estar decididamente a favor del estado del bienestar. No sé dónde ven la incompatibilidad. Puede ser que porque consideren que cuando alguien tiene cubierta las espaldas desde un punto de vista económico no necesita prestaciones sociales o porque crean que el dinero que el Estado se gasta en asistencias sociales procede de unos impuestos que preferirían ahorrarse. Sus razonamientos giran alrededor de su personal situación social y lo que suceda en el resto de la sociedad parece traerlos al pairo.

Según esta manera de pensar, los ricos tiene que ser necesariamente de derechas y los pobres de izquierdas, y el que se salga de este estereotipo está traicionando a su clase. Pero no es así, como todos sabemos. Muchos ciudadanos pertenecientes a las clases medias acomodadas votan a partidos progresistas, como también son muchos los que con un poder adquisitivo bajo o relativamente bajo, se sienten más cómodos cuando gobierna un partido conservador. Por tanto, no hay ni nunca habrá una relación biunívoca entre pensamiento político y estatus social. Recomiendo que si alguien tiene dudas respecto a este aserto eche un vistazo a su alrededor. No tardará en comprobar lo que digo.

Buscar incoherencias en las ideas versus la posición social es un auténtico despropósito, que a veces se utiliza para atacar al adversario. Creo que Esperanza Aguirre está en su derecho al acudir a la sanidad pública, donde posiblemente encuentre facilidades de todo tipo por el mero hecho de haber sido presidenta de la Comunidad de Madrid; mientras que al mismo tiempo comprendo que la vicepresidenta Calvo, que se puede permitir pagar religiosamente las cuotas de un seguro médico, se sienta más cómoda en el Ruber. Yo hubiera hecho exactamente lo mismo que ha hecho cada una de ellas si hubiera estado respectivamente en cada uno de los casos.

La coherencia o la incoherencia habría que buscarlas en otro lugar. Lo que no tiene ningún sentido es utilizar la sanidad pública y defender su privatización; o, por el contrario, acudir a la privada y propugnar que no hay necesidad de ella si se dispone de un sistema público de salud. ¿Alguna de estas dos conocidas políticas encaja en alguno de estos dos supuestos?

Aquí lo dejo, para que sea el lector quien conteste a la pregunta. Si tiene dudas que consulte las hemerotecas. Yo ya lo he hecho.

31 de marzo de 2020

Es señal de que avanzamos

Hay veces que abro el ordenador con la intención de desarrollar una idea y la mente se me queda en blanco. Sé de lo que quiero escribir pero no encuentro las palabras que lo expliquen. Confieso que se trata de una situación bastante desagradable, porque en definitiva me sucede como a aquellos que después de haber sufrido algún tipo de lesión cerebral quieren expresar algo y no son capaces de articular palabra. Es cierto que como una de mis virtudes –alguna tenía que tener- es la tenacidad, insisto e insisto y mejor o peor acabo escribiendo lo que pretendía.

Pero estos días no me sucede esto. Son tantas las noticias, tantos los temas a tratar, que tengo que contener el ímpetu. Sólo con acordarme de las frecuentes intervenciones de la ínclita Isabel Díaz Ayuso tendría materia para estar escribiendo horas y horas. La presidenta de la Comunidad de Madrid debería escuchar con atención la frase que yo acabo de oír hace un momento: hay quienes se quedan en el reproche y quienes aportan soluciones. Pero doña Isabel no es la única que se deleita en la crítica con la intención de borrar protagonismo al adversario político, ya que un coro de serafines pregoneros de apocalipsis la acompaña, es verdad que algo desafinado, pero con letras muy parecidas. Como si no tuviéramos bastante con lo que tenemos.

Esta mañana le he oído decir por la radio a la escritora Elvira Lindo que el otro día, cuando veía un programa de Ana Rosa Quintana, uno de los tertulianos, con tono chulesco y aires perdonavidas, espetó: “es que no saben ni comprar mascarillas”. Son los mismos que hace unas semanas gritaban por las esquinas que el "bolivariano" Ábalos tenía que dimitir, porque no le perdonaban su entrevista con la vicepresidenta de Venezuela, como si aquella torpeza –que lo fue- hubiera sido un delito de lesa majestad. Ahora se les ha acabado la cuerda del “delcygate” y han empezado con las culpas a Pedro Sánchez por el fallido pedido de pruebas del virus. Digo han empezado, porque todo apunta a que este "testgate" irá “in crescendo”.

Lo cierto es que los que así se expresan no se creen lo que dicen, porque es imposible interiorizar tanta majadería. Lo que sucede es que ven con preocupación que el presidente del gobierno está manejando el timón de la nación en unos momentos tan delicados con decisión y sin responder a este tipo de críticas. Está yendo a lo que tiene que ir, a gestionar la difícil situación corrigiendo el rumbo cuando así se lo indican los expertos. Y eso, el pueblo, que no es tonto como algunos se creen, lo está apreciando en su justo valor, no sólo por sus afines sino también por muchos que no le votaron.  

Pero hay más. En Europa, donde algunos países ricos se llaman andana, el presidente del gobierno se está batiendo el cobre con duros enfrentamientos con los mandatarios de los países que no quieren solidarizarse con la deuda que necesariamente España y otros países del sur contraerán. Una lucha que no es fácil, un combate valiente y sin precedentes en la historia reciente de nuestras relaciones con la Unión Europea. Pero eso no está en el argumentario de los denigradores, que se han apresurado a colgar en las redes una intervención del diputado popular Esteban González Pons, un buen discurso sin duda que yo también aplaudo, pero del que no van a llegar las soluciones. Que a nadie le quepa la menor duda de que si se doblega la terquedad de Alemania, de los Países Bajos y de algunos socios escandinavos no será por lo que se diga en el parlamento europeo, sino sobre todo por la contundente defensa de la solidaridad que están haciendo algunos líderes, entre ellos Pedro Sánchez. Pero de esto último no se habla en los cenáculos ultraconservadores, no vaya a ser que el presidente del gobierno español consiga más prestigio.

Como decía al principio, también hay momentos en los que la mente no se me queda en blanco.

27 de marzo de 2020

Habrá un después

Hace muchos años, tantos que apenas lo recuerdo, la empresa donde trabajaba me encargó la dirección de un programa de planificación de negocio. El método que pusimos en marcha se basaba en el análisis de cuatro aspectos de la coyuntura de cada uno de nuestros clientes más importantes, que denominábamos puntos fuertes, puntos débiles, oportunidades y amenazas. Cuando nos referiamos a él lo hacíamos con el nombre de SWOT, el acrónimo que forman sus siglas en inglés. Del análisis  de aquel enrevesado laberinto surgían las estrategias que convenía aplicar en cada caso para obtener de la actividad de nuestra organización comercial el mayor rendimiento posible, ya que una vez conocidas las necesidades de nuestros compradores las ofertas se podían concretar en los aspectos que a ellos les interesaban, evitando dar palos de ciego.  Aquel proyecto, que como toda innovación fue recibido al principio por los responsables de ventas con algo de escepticismo, tuvo éxito y se mantuvo activo durante mucho tiempo.

Cuento esto, porque quizá ahora, cuando la catástrofe que nos está asolando haya pasado, conviniera que los planificadores de nuestra economía utilizaran el método SWOT. España, después de la epidemia, contará con un panorama muy distinto del que imperaba antes de la llegada del coronavirus. Aprecerán nuevos puntos fuertes y se descubrirán los débiles que permanecían ocultos. Además, se pondrán de manifiesto oportunidades que se desconocían y sin lugar a dudas saldrán a relucir amenazas que hasta ahora habían pasado desapercibidas. Ese nuevo escenario, sometido a análisis y considerando los resultados del estudio como una nueva plataforma desde la que partir, permitiría, no sólo recuperar el pulso económico, sino además incrementar el crecimiento de forma significativa. La telemática y la robótica son claros ejemplos de cómo unas parcelas del desarrollo económico que estaban bastante olvidadas por parte de las administraciones pueden llegar a convertirse en puntas de lanza del progreso económico.

Respecto al estado del bienestar, nadie podrá negar que esta pandemia ha dejado al descubierto grandes carencias en el área de las asistencias sociales. No creo que sea necesario insistir demasiado en este tema, porque todos estamos viendo estos días camillas en los pasillos de los hospitales, lágrimas en los ojos del personal sanitario y lamentos de los enfermos por no contar con la debida atención. Es cierto que se trata de una situación excepcional, pero en una sociedad avanzada, amenazada constantemente por catástrofes de todo tipo, no debería haberse llegado nunca a la situación a la que se ha llegado. La sociedad está dando lo mejor de sí misma, pero la decepción por lo que ve a su alrededor es inevitable. Si disponemos de medios militares en previsión de un posible conflicto bélico, ¿cómo es posible que nuestra sociedad no se haya  preparado para hacer frente a una pandemia de estas características?

Desde el punto de vista político, simplemente un apunte. Los enemigos de los impuestos y partidarios al mismo tiempo de que la iniciativa privada lo cubra todo deberían meditar sobre qué hubiera sucedido en España si no hubiéramos contado con un sistema público de salud como el que tenemos. Si esto lo hubiera tenido que gestionar la iniciativa privada, habría sido un auténtico desastre. Pero lamentablemente los defensores del enflaquecimiento del Estado nunca reconocerán esta realidad, por lo que será preciso recordársela con insistencia a partir de ahora.

Es necesario que haya un antes y un después del coronavirus. El país necesita planificar su futuro partiendo de los nuevos parámetros que están apareciendo estos días, porque el panorama ya no será el mismo. Y esto se puede hacer con el viejo método SWOT o con cualquier otro. Pero hay que hacerlo.

23 de marzo de 2020

Apátridas de patria chica

Leí u oí el otro día que uno es de donde cursó la enseñanza secundaria. Como creo que casi todos los dichos populares tienen siempre algo de razón, si no toda, me dio por pensar en mi propio caso. Obligado por circunstancias familiares -los cambios de destino profesional de mi padre-, repartí los años del bachillerato entre Gerona, Barcelona y Madrid. Sin embargo no nací en ninguno de estas ciudades sino en Zaragoza, un lugar que visito de vez en vez y en el que, por mucho que intente lo contrario, me considero un extraño.  Y quizá por eso, porque mi formación secundaria fue un tanto nómada,  no me sienta muy del todo de ningún sitio o, dicho de otro modo más positivo, de todos por igual. Soy algo así como un apátrida de patria chica.

No sé si esto es bueno o es malo. De lo que no tengo la menor duda es que los excesivos apegos al terruño nunca han aportado al individuo nada que pueda considerarse favorable, sino que, por el contrario, suele cubrirlo de una especie de patina cateta, si por cateto entendemos lo contrario de lo que se entiende por cosmopolita. Los localistas no ven más allá de lo folclórico y de lo costumbrista, y terminan olvidándose de que el mundo continúa más allá de los límites de su término municipal. Embriagados por el colorido y la música, por los petardos y las charangas, pierden el sentido de la globalidad.

Pero es que además el localismo es la antesala del nacionalismo, como éste lo es del separatismo. Se empieza bailando la jota y abominando de la sardana -o al revés- y se termina con la cabeza escondida bajo el ala, la mejor manera de perder el sentido de la realidad. Es curioso observar como los más férreos enemigos de un determinado nacionalismo son a su vez incondicionales de otro de signo distinto.

Las rivalidades entre pueblos colindantes o entre regiones de un mismo país o entre naciones fronterizas  tienen origen en el localismo. Si lo mío es lo mejor, lo de al lado tiene por fuerza que ser peor. Una reducción al absurdo que para ellos no admite discusión. Puede haber otras causas que provoquen esta animadversión, pero en mi opinión la más importante es el excesivo apego a tu localidad.

Por eso pienso que ser apátrida de patria chica no es tan malo. Te evitas un prejuicio y los prejuicios restan libertad. Cuando a uno le gusta tanto su pueblo, siempre ve en los demás lugares del mundo aspectos negativos. Se convierte en un endógamo, dicho sea en un sentido figurado. Sólo quiere estar con sus paisanos, con los que viven junto a él. Corre el riesgo de terminar siendo una persona que poco a poco se vaya olvidando del mundo hasta convertirse en un ser aislado. El localista es algo así como la antítesis del ciudadano del mundo. Aquel no ve más allá de las lindes de su localidad y a éstos el mundo se les queda pequeño.

Todo lo cual no quita que a mí me entusiasme mi pueblo y que cuando oigo cantar o veo bailar una jota me emocione. Lo cortés no quita lo valiente.

19 de marzo de 2020

"Whatsapea" que algo queda


No soy muy aficionado a utilizar redes sociales, lo digo de antemano, porque ni encuentro en ellas demasiada utilidad para mí ni me parece que sean un buen medio de comunicación. Incluso fui algo remiso al principio a entrar en la utilización del WhatsApp, quizá porque, contagiado por mi desafección a aquellas, no viera  que esta herramienta  pudiera aportarme nada distinto a lo que ya me ofrecían otras, como el correo electrónico o los SMS. Pero en cuanto empecé a utilizarlo comprendí sus ventajas y en estos momentos lo uso con frecuencia. Es más, guiado por la necesidad de mantenerme en comunicación con colectivos a los que pertenezco –familia, amigos y alguno más- también he entrado a formar parte de determinados grupos. Sobre esto último me propongo reflexionar a continuación.

Desde mi punto de vista, cuando se acepta entrar a formar parte de un grupo “whatsapero” se sobreentiende que lo que se pretende es recibir o enviar información de interés general para los que lo conforman. Por ejemplo, el lugar donde se va a celebrar una comida, la fecha prevista, la hora de la cita y cosas así, pormenores que ayuden a la coordinación. Por otro lado, no me parece mal que se utilice el grupo para enviar a todos sus componentes algún chascarrillo distendido o alguna curiosidad que no hiera la sensibilidad de ninguno de los incluidos en el colectivo, ya que todos están obligados a leerlo o por lo menos a echarle un vistazo por aquello de saber de qué va la vaina. Estos días de obligado retiro monacal circulan muchos de ellos, que  supongo que se lanzan con la buena intención de hacer más llevadero el duro enclaustramiento. Yo, lo confieso, he reenviado alguno. Lo digo de antemano, porque no quisiera que después las hemerotecas me dejaran en evidencia.


Hasta aquí, nada que objetar. Lo malo empieza cuando en el colectivo hay alguno que no puede contener sus instintos y lo utiliza para lanzar proclamas ideológicas, por no decir insidias malintencionadas, dando por hecho que los restantes componentes del “corralillo” aplaudirán su iniciativa. Además, estos mensajes, siempre rebotados y nunca de conocida propiedad intelectual, suelen ser burdas patrañas –ahora las llaman fake news- descarados embustes a los que se les ve la intención a la primera. Y, por si lo anterior no fuera suficiente para descalificar al que las envía, jamás defienden ideas propias, sino que por lo general denigran a personas o a colectivos.

Sucede además que a veces algún otro componente del grupo, estimulado por el acicate que acaba de recibir, aplaude la iniciativa con lo que anima a su autor a seguir en el empeño, por cierto, siempre con emoticonos que son menos comprometidos que las palabras. Mientras que el resto, o porque no está de acuerdo con el mensaje o porque no comparte que se utilice la lista para estos menesteres, guarda un silencio sepulcral que, ojalá, fuera entendido por aquellos. Pero no, ellos erre que erre y al que Dios se la dé San Pedro se la bendiga.

Digo yo que es una pena que esto suceda, porque, aunque a veces uno sienta la tentación de abandonar el grupo, se resiste a tomar la iniciativa, primero porque la buena intención con la que fue creado prevalece y segundo para no provocar estridencias en un colectivo al que une otras cosas. Yo, cuando recibo algún mensaje de esta índole, me tapo la nariz, lo abro con extremo cuidado y, si es de la especie que acabo de nombrar, lo cierro inmediatamente.

Por cierto, que nadie se dé por aludido por lo que acabo de escribir. Pertenezco a varios grupos y en la mayoría de ellos no se da este fenómeno de intromisión en la intimidad intelectual de los demás.

16 de marzo de 2020

La unión hace la fuerza

En España vivimos sobre dos realidades organizativas. Por un lado pertenecemos a una supranacionalidad –la Unión Europea- y por otro hemos estructurado nuestra organización territorial en Comunidades Autónomas. Dos circunstancias políticas concurrentes que, aunque parezcan funcionar en sentidos divergentes, no se contradicen. Lo que exigen es mantener una absoluta coordinación de arriba abajo y de abajo a arriba, algo que no siempre es fácil, mucho menos en situaciones tan complejas como las que estamos viviendo estos días con la pandemia del Coronavirus. Pero que no sea fácil no significa que sea imposible.

La realidad de la Unión Europa es que, aunque poco a poco se vaya dotando de estructuras políticas que permitan avanzar hacia la unidad en todos los ámbitos, partió de una profunda división territorial de carácter histórico. Con un pasado, en algunos casos muy reciente, de sangrientos enfrentamientos bélicos, siempre motivados por las ansias de supremacía de los unos sobre los otros, cuando los padres fundadores de lo que hoy es la Unión Europea decidieron hacer borrón y cuenta nueva no ignoraban que lo que se proponían no sería labor de unos pocos años, sino que, por el contrario, se necesitarian lustros para alcanzar una situación que pudiera considerarse de verdadera unión. Ahora estamos a mitad de camino y nada tiene de particular que los complejos engranajes que se han ido creando chirríen de vez en cuando, como está sucediendo con la epidemia. Pero, a pesar de ello, lo logrado hasta ahora es positivo, de manera que a mí no me cabe ninguna duda de que para salir de esta situación de alarma, tanto en el terreno sanitario como en el económico, pertenecer a la Unión supone un plus añadido. Pero, seamos realistas, precisamente porque Europa está en mitad de su construcción no se le puede exigir que sus decisiones se conviertan en la panacea universal

En cuanto a la división territorial de España, el Estado de las Autonomías, que algunos tienden a interpretar de manera egoísta y provinciana en el peor sentido de esta última palabra –provincianos hay en Soria y en Badajoz, en Madrid y en Barcelona y en tantos otros lugares- fue una aceptación expresa de la conveniencia de reconocer organizativamente la pluralidad cultural de nuestro país, unido a la necesidad de acercar la administración pública a los ciudadanos. El excesivo centralismo que se había ido acumulando a lo largo de los dos últimos siglos había convertido a España en un monstruo de cabeza gigantesca y extremidades débiles. Los padres de la Constitución lo entendieron así y no dudaron en diseñar una ley fundamental que, reconociendo la diversidad, pusiera remedio a la excesiva centralización.

Pero también la Constitución previó que en determinadas situaciones estaríamos especialmente obligados a remar todos en un mismo sentido y al unísono. El estado de alarma que se acaba de decretar  es una herramienta constitucional que obliga a las instituciones y a los ciudadanos a cumplir con ciertas normas, restándoles capacidad de decisión a unas y a otros. No se trata de una suspensión del Estado de las Autonomías ni de una pérdida de derechos constitucionales, sino de la decidida centralización de la gestión de los recursos disponible para hacer frente a una crisis de proporciones desconocidas.

Y puesto que de la Unión Europea sólo podemos esperar recomendaciones y acaso determinadas políticas económicas para recuperarnos de la crisis económica que se avecina, debemos colaborar con el gobierno y exigirle al mismo tiempo la máxima contundencia en la lucha contra la pandemia.

13 de marzo de 2020

Solidaridad empieza por S de solidario

Llevaba un tiempo queriendo escribir algo sobre el dichoso Coronavirus, pero no me decidía. Como no soy virólogo y además no entendía muy bien qué estaba sucediendo, no me apetecía meterme en jardines desconocidos, a pesar de mi proclividad a opinar sobre cualquier materia que llame mi atención, lo que en ocasiones me lleva a ganarme algún que otro reproche, porque afortunadamente no todos somos del mismo parecer. Pero ha llegado un momento en el que he sido consciente de la gravedad de un asunto en el que la realidad está superando a las previsiones. En cualquier caso, si traigo hoy este tema aquí no es para entrar en terrenos técnicos –Dios me libre- sino con el propósito de reflexionar sobre una de las virtudes que más valoro en el ser humano, la de la solidaridad.

Dice la Academia que solidaridad significa “Adhesión o apoyo incondicional a causas o intereses ajenos, especialmente en situaciones comprometidas o difíciles”. Para que podamos hablar de solidaridad es preciso por tanto que exista causa ajena. Lo que sucede es que cuando las dificultades son colectivas, pero sobre todo indiscriminadas, ajenos somos todos. Por tanto, en este caso la solidaridad debe ser ejercida por cada uno de nosotros sin excepción.

Hasta ahora, salvo pequeños rebuznos esporádicos por parte de algún renombrado líder y de alguna preclara lideresa, de cuyos nombre prefiero no acordarme, la clase política se está comportando con solidaridad ante una situación tan difícil como la que estamos viviendo. Es cierto que algunos ya han empezado a lanzar andanadas críticas hacia la gestión que se está haciendo de la crisis, incapaces de controlar sus instintos más primitivos, pero  son excepciones que confirman la regla. Ojalá las cosas continúen así y no terminen, como ha sucedido otras veces ante situaciones de difícil solución, echándose algunos irresponsables al monte de la insolidaridad para obtener réditos políticos.

Pero no basta con que los dirigentes sean solidarios. Se necesita sobre todo que lo seamos los ciudadanos de a pie. Entre las recomendaciones que estamos recibiendo figuran algunas que suponen indudables incomodidades para las personas, lo que propicia que algunos indisciplinados, además de irresponsables, hagan caso omiso de los consejos, con lo que no sólo se ponen ellos en riesgo de contagio, sino que además contribuyen con su actitud a la propagación del virus.

En china, un país donde impera el ordeno y mando, no ha sido difícil obligar a la población a soportar las medidas que se han tomado, algunas verdaderamente draconianas. Pero gracias a ello parece ser que ese país está consiguiendo vencer al virus. En España, donde muchos irresponsables no entienden ni de solidaridad ni de disciplina, hasta ahora las autoridades han dejado el cumplimiento de algunas medidas en manos del sentido de la responsabilidad de cada individuo. Pero si la insolidaridad continuara, estoy seguro de que el gobierno pasará de las recomendaciones a la imposición de las medidas que considere necesarias, la única forma de que los indisciplinados las cumplan. Entonces, no te recomendarán que no te desplaces de tu lugar de residencia a no ser que sea absolutamente obligado, sino que controles de la Guardia Civil en las carreteras te obligarán a volver a casa. ¿Es eso lo que queremos?

Es una pena que algunos entiendan sólo de derechos y muy poco de obligaciones. Y los incumplimientos de las obligaciones de unos atentan contra los derechos de los demás.

10 de marzo de 2020

Piensa en otra cosa

Se suele utilizar la frase que hoy he escogido como título del artículo para aconsejar a los que están pasando por un mal momento que desvíen su atención hacia cosas distintas de las que les preocupan. Qué duda cabe de que si la mente está entretenida en temas distintos al de la preocupación, poco tiempo quedará para pensar en asuntos desagradables.

No quisiera ponerme ahora pesimista, ni mucho menos melancólico –no es mi estilo-, pero no creo que nadie pueda negarme que la vejez no es precisamente la mejor etapa de la existencia, no sólo porque los achaques y las debilidades merman la calidad de vida del viejo, sino además como consecuencia de que la falta de expectativas restan ilusión y optimismo. No es un lamento arbitrario el que hago, sino la constatación de una realidad palpable. Por eso, cuando las preocupaciones proceden de la edad que se tiene –de la edad avanzada quiero decir-, no basta con aconsejar que se piense en otra cosa, es preciso añadir aquello de que te quiten lo “bailao”. O, si unimos los dos consejos en uno, échale un vistazo a tu vida, recréate en lo bueno y procura soslayar los aspectos negativos. Lo más probable será que el balance resulte favorable, no ya porque en realidad hayas vivido más situaciones agradables que desagradables, sino gracias a que la mente tiene una enorme capacidad para olvidar estas últimas y retener aquellas como si se tratara de un tesoro.

Algunos pensarán que recrearse en el pasado, algo que ya no existe, es una majadería. Yo creo sin embargo que se trata de una buena terapia, de un buen recurso de la imaginación para mitigar los sinsabores que acompañan a la vejez. Recordar lo bueno, traer a la memoria todo aquello que se ha disfrutado durante la vida es enormemente positivo, no sólo porque no deja mucho tiempo para pensar en la realidad del momento, sino además porque, al repasar mentalmente las buenas experiencias, uno se recrea en el hecho de que quizá haya merecido la pena vivir la vida.

Otra cosa será que los recuerdos nos engañen, porque entre las debilidades que antes mencionaba está la pérdida de memoria. Pero aun en este caso, el ejercicio traerá consecuencias positivas. El autoengaño, a modo de sedante, mitigará los sinsabores, reducirá las tendencias depresivas y ayudará a seguir viviendo, aunque sea “de recuerdos”. Por eso, a los jóvenes habría que enseñarles a oír con paciencia las batallitas de sus abuelos, porque al fin y al cabo las cuentan para soportar con mejor talante su vejez. Se recrean en lo que hicieron y ya no pueden hacer y de alguna manera lo están volviendo a vivir.

Le oí decir el otro día alguien que, si tuviera que volver a vivir su vida, muchas cosas las haría de forma distinta a como las hizo en su momento. Yo le aconsejaría que no pensara así, porque de forma implícita está reconociendo que en algo se equivocó, cuando ya no tiene remedio.  Y si no tiene remedio, para qué pensar en ello. Olvídate, recuerda los aspectos agradables de tu vida y repite aquello de que te quiten lo “bailao”. Vivirás más feliz.

5 de marzo de 2020

Patriotas de hojalata

De la misma manera que quien no reconoce sus propias debilidades jamás será capaz de corregirlas, los que sólo miran los aspectos anecdóticos de su país –el folclore, las tradiciones populares, los festejos taurinos, las fanfarrias callejeras, etc. etc.-, sin prestar atención a la calidad de vida de todos sus compatriotas, nunca harán nada para mejorar la sociedad en la que viven. Los primeros están abocados al fracaso personal, porque, si no son capaces de localizar sus propios puntos débiles para corregirlos, no podrán enfrentarse con éxito a los retos que se encontrarán a lo largo de la vida. Los segundos gastarán pólvora en salvas, en vítores y en alabanzas a la raza, pero nunca moverán un dedo para hacer más justa la vida de sus conciudadanos. Entretenidos con atuendos coloristas y sonoras charangas, serán incapaces de percibir los orígenes y las causas de los problemas que aquejan a su país. Aquellos fracasarán como seres humanos y éstos, por mucho que ellos crean lo contrario, nunca serán verdaderos patriotas. A los primeros les recomiendo autocrítica personal; a los segundos que repasen la Historia de nuestro país con sentido crítico y comprueben hasta que nivel de desigualdad nos han llevado los salvadores de la patria.

Llevo un tiempo entretenido en la lectura de la evolución de nuestro país a lo largo de los siglos XIX, XX y XXI con la intención de descubrir claves que me ayuden a entender la situación actual de España. Confesaré que me interesan más los comportamientos sociales que las peripecias individuales, aunque no olvide en ningún momento que las actitudes colectivas están dirigidas por líderes políticos. Pero, incluso teniendo en cuenta esto último, considero que ninguna persona, sin el sustrato social adecuado, es capaz de mover los hilos de la sociedad. Podrá hacerlo con carácter temporal, pero, desde el punto de vista que ahora a mí me interesa, las aguas a medio y largo plazo seguirán por el curso que marquen las tendencias sociales y no por donde los prohombres hayan intentado desviarlas.

Tendemos mucho a fijarnos en las personas y menos en las tendencias sociales. Tiene lógica, ya que suponemos que se puede llegar a entender a los primeros con cierta facilidad, porque al fin y al cabo están hechos de carne y huesos como nosotros mismos. Sin embargo, es muy difícil desentrañar las causas que originan los comportamientos colectivos. Pongamos un ejemplo entre los muchos que se me ocurren.  Eso que se llama ultraderecha, que no es más que una doctrina basada en demagogias redentoras de los males que según ellos nos acechan, es una tendencia arraigada en el alma de muchos españoles. Sus dirigentes –no doy nombres por innecesario- lo saben perfectamente, de manera que manejan las voluntades de sus potenciales votantes con eficacia electoral. Han estado observando durante algún tiempo cómo el votante conservador no acababa de aceptar del todo la oferta del PP por considerarla excesivamente blanda para sus gustos, han tildado a este partido de “derechita cobarde” hasta desgañitarse y se han lanzado a la política al grito de la patria corre peligro.

Por eso, lo que verdaderamente debería preocupar a los conservadores moderados es que los que ahora llevan las riendas del PP, obsesionados con la sangría de votos que les ha ocasionado la aparición de Vox, están escorando tanto a la derecha –al costado de estribor diría un marino-, que terminarán confundiéndose con ellos. De manera que, tarde o temprano, la derecha volverá a reunificarse, pero ya no se llamará Partido Popular sino Vox.

Si repasáramos la Historia reciente de España, nos daríamos cuenta enseguida de que esto ya ha sucedido en nuestro país en bastantes ocasiones, alguna de ellas no muy lejana. Porque los patriotas de hojalata siempre han abundado entre nosotros.

29 de febrero de 2020

Valiente o temerario

Desde que Pedro Sánchez saltó a la primera línea de la política española, pensé que si algo lo caracterizaba era la valentía. Llamo valentía a lo que otros llamarán osadía o irresponsabilidad, porque en esto de los gustos hay mucha variedad.  Pero, en mi opinión, si por valiente se entiende hacer frente a los problemas sin temor a las dificultades y con determinación, qué duda cabe de que con la puesta en marcha de la mesa de diálogo con la Generalitat está demostrando que no hay complejidad que lo arredre.

Lo que sucede es que no basta con ser valiente, se necesita además tener éxito en lo que se emprende. El fracaso convierte la valentía en temeridad, es decir transforma la virtud en defecto. Por eso, si las negociaciones con los independentistas catalanes se torcieran, la oposición aumentaría aún más, si cabe, el redoble de los tambores de guerra y la opinión pública culparía al gobierno de haberlo intentado sabiendo que no había nada que hacer. Porque en un asunto como éste no cabe término medio: o se triunfa o se fracasa.

Es evidente que esto lo sabe el gobierno. Sin embargo no ha dudado en ningún momento en llevar adelante una política de negociación, convencido de que en el conflicto catalán no hay otra salida que el acuerdo político, una vez que ha quedado demostrado que las políticas de mano dura para lo único que sirven es para aumentar el número de independentistas, para nutrir las filas de la sedición y, por tanto, para hacer cada vez más difícil encontrar una solución. Ahora sólo cabe poner las cartas boca arriba, decirse unos a otros a la cara hasta dónde están dispuestos a llegar y tratar de encontrar un punto de encuentro que, suponiendo que llegue, nunca satisfará del todo a ninguna de las dos partes. Pero esto último es una de las características de los acuerdos pactados.

No va a ser fácil, porque las posiciones de partida están muy alejadas. Pero que sea difícil no significa que sea imposible.  Es más, si se consiguiera un acuerdo pactado, creo que todos saldríamos ganando, los españoles en general y los catalanes -independentistas o no- en particular. España no correría el peligro de vivir constantemente bajo la desestabilizadora amenaza de la escisión y Cataluña podría quitarse de encima la obsesión separatista y volcar sus energías en mejorar la vida de los catalanes.

Yo no he visto nada en la puesta en marcha de la mesa de negociación que pueda tacharse de anticonstitucional. No lo he visto hasta ahora y espero no verlo nunca. El gobierno ha dejado claro, como premisa indiscutible, que todo aquello que se pacte estará dentro de la legalidad. Eso no significa que no surjan propuestas de modificaciones de la Constitución. Pero si se hicieran estarían amparadas por las leyes, porque no hay otra manera de hacerlo. España es un Estado de derecho y nadie puede saltárselas.

El tiempo nos dirá si Pedro Sánchez ha sido valiente o temerario. Si acierta habrá logrado un éxito de enorme trascendencia. Si fracasa, todos lo sabemos, habrá puesto en peligro su futuro político.

23 de febrero de 2020

Senderismo urbano

Si algunos llaman termalismo social a "tomar las aguas" durante unos días en un balneario de la mano del IMSERSO o bajo la subvención de alguna dadivosa Comunidad Autónoma, creo que estoy en mi perfecto derecho a referirme como senderismo urbano al sano ejercicio de vagabundear por las calles de cualquier ciudad del mundo. Son dos expresiones eufemísticas que me parecen originales y ocurrentes. Quizá la primera más que la segunda, porque, según me han dicho, lo que se oculta bajo ese nombre empieza con un reconocimiento médico que deje al descubierto el estado de las constantes vitales del huésped, continúa con la entrega de un albornoz que se convertirá en algunos momentos del día en la vestimenta del alojado durante el tiempo que dure su estancia y se desarrolla practicando cuantas actividades termales dispongan los monitores de turno. Sí, decididamente, termalismo social es una expresión bastante más original y ocurrente que senderismo urbano.

Creo que de mis paseos por Madrid he hablado en este blog en varias ocasiones -¡qué no habré contado ya después de tanto rollo que se me ocurre traer aquí!-, una actividad que no me cansa porque siempre descubro algo nuevo, a pesar de que resido en esta ciudad desde hace más de sesenta años. Hace unos dís me fui a dar un garbeo –paseo sin plan prefijado como dice la Academia- por las obras de la calle de Bailén, donde han aparecido los restos de una parte del palacio que algunos llaman de Godoy. Digo llaman, porque en realidad se trata del de Grimaldi, un suntuoso edificio diseñado por Sabatini y construido en la época de Carlos III como residencia de los secretarios de Estado, cuya titularidad ostentaba entonces el último de los mencionados. En 1932, durante la República, se derribó una parte del edificio original para ensanchar la calle que en estos momentos está en obras; y ahora, al remover la tierra, han aparecido vestigios de lo que entonces quedó oculto bajo el asfalto.

En esto de las remodelaciones de las ciudades tengo el alma dividida. Por un lado me disgusta que las sucesivas obras que se van haciendo a lo largo del tiempo desdibujen la antigua  fisonomía urbana, porque me produce la sensación de que se estuvieran destruyendo testimonios de la Historia, o al menos uno de los más reconocibles como es el urbanismo. Pero, por otro, creo que la sociedad requiere ir adaptando los lugares que habita a las nuevas necesidades, acercando cada vez más la calle al viandante y haciendo las poblaciones más habitables.

Las obras de Bailén responden a este último propósito, porque se inscriben dentro de una remodelación total de los alrededores de la plaza de España. Cuando el proyecto esté terminado, quedará un espacio abierto sin solución de continuidad desde la  plaza de Oriente, que además incluirá  el templo de Debod y el parque que se extiende a su alrededor, la Cuesta de San Vicente y los jardines de Sabatini. Y todo ello sin tráfico en la superficie, ajardinado en su totalidad y acondicionado para que los paseantes puedan disfrutar de su entorno.

Por eso sentí curiosidad y fui a contemplar las obras o, mejor dicho, lo que queda de aquel ala del palacio de Grimaldi. En estos momentos los trabajos están paralizados a la espera del dictamen de los expertos sobre la viabilidad de mantener los restos para el disfrute de los ciudadanos, ruinas que permanecerían entre los jardines que estaban previstos en la superficie. Parece ser que los sótanos han aparecido prácticamente en su estado original, lo que significa que también podrían visitarse. De esa manera, aunque inicialmente no estuviera en los planes urbanísticos, se conseguiría  mantener “vivo” un testimonio del pasado de la ciudad, sin renunciar a embellecer Madrid y ponerlo más al alcance de sus moradores y visitantes.

Mi alma, en este caso, ya no estaría dividida.

19 de febrero de 2020

¿Extrema pobreza o leyenda negra?

Llevado por la curiosidad, he indagado en el contenido de las declaraciones de Philip Alston, -el relator especial de la ONU para la extrema pobreza y los derechos humanos- que se han publicado en los medios de comunicación. Las noticias que me llegaban habían encendido mis alarmas, porque traslucían unas impresiones demoledoras sobre el panorama que el alto funcionario había observado entre nosotros durante su visita oficial a España. De manera que he querido comprobar hasta qué punto lo que se decía en sus informes era cierto o por el contrario exageraciones periodísticas. Y la conclusión que he sacado es que, como me temía, sus impresiones dejan poco resquicio para escurrir el bulto, a no ser que se tenga  alma de cántaro, que ya sabemos que son vasijas que están huecas.

Pero, a pesar de que sus opiniones supongan una crítica perfectamente documentada y absolutamente cierta de la situación de abandono que padecen amplios sectores de nuestra sociedad, tengo la impresión de que aquí, ni en el gobierno ni en la oposición, se esté prestando demasiada atención a sus denuncias. Parece ser que el informe oficial verá la luz en junio de este año y quizá por tanto en ese momento sebremos algo más. Pero mientras tanto, y en base a la información disponible, no quiero dejar de dar mi opinión.

El comentario de Alston que más me ha llamado la atención es aquel en el que asegura que ha visitado lugares que muchos españoles no reconocerían como parte de su país, bolsas de extrema pobreza cuyos moradores se siente totalmente abandonados, sin luz, sin alcantarillado, sin las mínimas condiciones de salubridad que deben exigirse en una sociedad avanzada como la nuestra. Denuncia que, siendo España un país rico, existen barrios pobres en condiciones peores que las que se dan en un campamento de refugiados. Y añade que cuando visitaba España como turista se encontraba con un país rico culturalmente, diverso y próspero, mientras que como relator de la pobreza, y por tanto yendo más allá de lo que se ve a simple vista, ha descubierto un porcentaje inusual de población que vive al límite y tiene dificultades para sobrevivir.

El señor Alston asegura que en España, entre 2007 y 2017, el 1% más rico incrementó su riqueza en un 24%, mientras que el 90% en menos del 2%. Lo que significa que no sólo hay una escandalosa desigualdad, sino que además la brecha entre pobres y ricos se va haciendo cada vez mayor. Además, siempre según Alston, la presión fiscal ha descendido en un 5%, de manera que las políticas llevadas a cabo por el gobierno anterior en materia fiscal han disminuido sensiblemente la capacidad de recaudación para fines sociales.

Ya sé que cuando no se quieren ver las cosas como son ni siquiera un informe como éste, procedente de tan alta instancia y carente por completo de visión partidista, se tiene en cuenta. Las verdades hieren y para algunos cuanto menos se airee esta insultante realidad mejor. Solucionar una situación tan injusta requiere políticas agresivas y serán muchos los que piensen que no está el panorama político español como para tomar medidas que aún tensionen más. Pero la realidad es que este gobierno ha llegado amparado por los que han creído en la promesa de mejorar las condiciones sociales del país y si no aborda decididamente la desigualdad que se ha instalado en nuestra sociedad fracasará por completo.  Perderá credibilidad y como consecuencia parte de los votos que lo sustentan.

14 de febrero de 2020

Chufla, chufla, como no te apartes tú

Me he acordado muchas veces de aquella secuencia de la película de Florián Rey, Nobleza Baturra (1935), que por primera vez vi cuando ni siquiera había cumplido los diez años. Un baturro a lomos de un asno cabalgaba por las vías del tren y, aunque oía los silbidos desesperados del maquinista para que se apartara,  no estaba dispuesto a echarse a un lado. Hasta ahí podíamos llegar, pensaría.

Aquel cuento me recuerda ahora a la tozudez con la que el gobierno actual está afrontando la legislatura. Digo tozudez, para mantener en lo  que voy a exponer a continuación un cierto paralelismo con la anécdota del maño, pero en realidad debería decir tenacidad. Sí, porque no se está arredrando ni un ápice ante los incesantes silbidos que le lanzan los maquinistas de las tres derechas y mira que es difícil mantener la calma en medio de la insistente algarabía que, aunque basada en supuestos no demostrables, resulta más molesta que una mosca cojonera. Y lo peor está por llegar, porque a medida que se avance en la aprobación de las leyes que figuran en su programa, los ataques cada vez serán más fuertes, más virulentos y más mordaces.

En la película que cito arriba, el baturro al final cede y se aparta de las vías. Una cosa es mantener el tipo y otra suicidarse. Yo espero que el gobierno en esto no se parezca al protagonista de nuestro cuento, porque está en la obligación de seguir cabalgando aunque ladren, ya que, como cuenta El cantar del mío Cid, precisamente por eso ladran. Otra cosa es que deba hacerlo con mesura, agilidad de cintura política y sentido de la oportunidad, porque ya se sabe que por la boca muere el pez. O los peces, porque en este caso hay dos bocas. Pero si la prudencia política acompaña a la clara decisión de mejorar las condiciones sociales de los españoles y la calidad democrática del país, el gobierno no tendrá por qué apartarse del camino elegido, chufle quien chufle.

En la oposición hay inquietud, que duda cabe. Digo yo que será porque no les gusta el panorama que se les avecina a corto plazo. Como no está en sus manos evitar que se aprueben leyes de carácter social, porque al fin y al cabo la mayoría de los españoles, sean del color que sean,  las respalda, se dedica a atacar por los flancos de la anécdota cuando no del esperpento. El otro día le oí exclamar a una diputada del PP que la ley de la eutanasia tenía como objetivo ahorrar costes a expensas de la vida de los españoles, mientras se quedaba tan ancha respaldada por los aplausos de la bancada conservadora. ¿Qué anidará en la mente de esta ilustre representante del pueblo español para expresar en sede parlamentaria tamaña majadería? En cuanto a la historia interminable de la caza y captura del ministro Ábalos, lo que la oposición está haciendo deja claro que, al no encontrar por dónde atacar al gobierno con argumentos políticos, lo intentan sin ningún pudor en un asunto que tiene más de rocambolesca maniobra de improvisación ante circunstancias inesperadas que de maquinación política. Pero qué más da, pensarán, son oposición y algo tienen que decir.

Había un chiste, también baturro, que contaba que una maña le preguntaba a su marido todas las mañanas cuando éste salía a trabajar al campo: ¿y ésta noche cuando vuelvas de trabajar con qué ropa quieres que te reciba? A lo que el otro le contestaba: “ti” pongas lo que “ti” pongas, "te va a traer lo mismo”. Aquel hombre tenía las ideas muy claras.

Hay que ver lo que dan de sí los chascarrillos que se cuentan en  mi tierra.

10 de febrero de 2020

Amistad, divino tesoro

Nacemos hijos de nuestros padres, nietos de nuestros abuelos y hermanos de nuestros hermanos, pero no amigos de nuestros amigos. La amistad es algo que nace por casualidad, se consolida a través del tiempo y perdura o no en función de infinidad de variables, algunas incontrolables y otras determinadas por la voluntad de quienes la ostentan. Hacerse amigo de alguien es un curioso fenómeno, donde influye, entre otras muchas cosas, la afinidad de gustos, aunque no necesariamente tengan que ser idénticos. Las amistades infantiles y las juveniles tiene la gran ventaja de que como se traban durante la época del desarrollo de la personalidad, los caracteres de los amigos se van formando al unísono, en una constante interacción en la que no se sabe quién influye en quién. Después, si estas amistades de los primeros años de la existencia se mantienen a lo largo del tiempo, es muy posible que sean para siempre. Lo que sucede es que, al cambiar las circunstancias personales con la edad, suelen ser efímeras.

Pero no todas las amistades nacen a esa edad. Otras aparecen durante la edad adulta, entre personas que no compartieron la etapa de formación, cuando las mentalidades de los amigos ya están totalmente desarrolladas. En estos casos, las amistades se fraguan previa observación del otro, de manera más o menos consciente, pero en cualquier caso a la sombra del azar de las circunstancias. Si existen suficientes coincidencias de caracter se va adelante con la nueva relación de amistad y si no se deja a un lado. En este último caso, no hablamos de amigos sino de compañero de trabajo, de afición o de tantas otras variantes. Son aquellos a los que denominamos conocidos, una especie de limbo de la amistad.

También existen las amistades recuperadas, aquellas que se dieron en algún momento anterior y se abandonaron porque las circunstancias no favorecían la continuidad, pero que años después, por casualidad o con intención, se reactivan. En estos casos, después de años de separación, la amistad se puede reavivar con facilidad, ya que en realidad había quedado sólo adormecida de manera involuntaria. Pero también el intento puede  resultar un fracaso estrepitoso. Los viejos amigos han ido interiorizando por separado distintos modelos de vida y por tanto adoptando diferentes actitudes frente a la sociedad, de tal manera que cuando se reencuentran ni se conocen. El sustrato más o menos común sobre el que se mantuvo en su día la antigua amistad se ha desvanecido por completo y ya no hay manera de recuperar la sintonía que en su momento hubo. En estos casos se puede mantener un mínimo de cercanía amistosa en honor de lo que fueron los viejos tiempos, pero muchas veces ni tan siquiera eso.

La amistad tiene un valor del que muchas veces ni se es consciente. Parece como si se tratara de algo indestructible y no hiciera ninguna falta cuidar. Por eso, la mayoría de las amistades mueren por inanición, por falta del alimento que es preciso darles para que no perezcan. Y entre los ingredientes que se necesitan está el de la continuidad en el trato. La dejadez, el abandono y el olvido acaban con las mejores amistades, por muy sólidas que estas sean.

Como digo en el título, la amistad es un tesoro. Cuidémosla por tanto como se merecen las cosas valiosas o acabaremos sin darnos cuenta más solos que los antiguos fareros.

6 de febrero de 2020

Arrimadas se arrima

Empezaré pidiendo encarecidamente disculpas por el oportunista título que he escogido para este artículo, porque como chiste es muy malo. Además, ni tan siquiera es mío. Se lo he oído esta mañana a un tertuliano graciosillo y desenfadado y me ha parecido que encajaba a la perfección con lo que hoy quiero exponer aquí. La maniobra que está fraguando la líder in pectore de Ciudadanos con la intención de crear una alianza electoral con el PP en determinados territorios de nuestro país, no es otra cosa que un movimiento de aproximación a los populares. Debe de ser consciente de que a su partido en solitario le queda muy poco recorrido e intenta salvar los muebles del desastre y a su persona del ostracismo.

No sé cómo le saldrá la jugada a Inés Arrimadas, porque la maniobra es tan descarada que ni en el Partido Popular ni en Ciudadanos hay unanimidad a la hora de aceptar su propuesta. Las reticencias de los populares provienen de considerar que esta alianza no sólo no les hace ninguna falta, sino que además pudiera perjudicarles a medio plazo. En cuanto a Ciudadanos, algunos de sus  dirigentes ya han empezado a argumentar que una asociación de estas características los apartaría aun más de lo que están del centro político, su eslogan electoral. Es decir, que en los dos lados del posible acuerdo se sospecha, después de haber llovido lo que ha llovido en los últimos meses, que un pacto de esta índole resultaría contra natura.

Si yo fuera votante del PP o de Ciudadanos –de momento no parece que haya ningún riesgo- estaría preocupado. No lo digo con la ironía propia del rival político, sino con absoluto convencimiento. Estos bandazos, estas maniobras en momentos no electorales demuestran un gran desconcierto, una exagerada preocupación por su situación, tan desproporcionada que llama la atención. Quizá se deba a que no hayan asimilado las sucesivas derrotas de los últimos meses, o a que les cueste aceptar que están pasando horas bajas desde que una ola de corrupción sistémica puso al Partido Popular contra las cuerdas del voto de censura, o a que la irrupción de Vox amenace con alterar de manera drástica el reparto del voto conservador, o a que obligados a reorganizarse a toda prisa no hayan tenido tiempo para reflexionar con serenidad sobre la estrategia política que requiere una situación tan crítica. Pero, en cualquier caso, si yo fuera votante del PP o de Ciudadanos –repito- estaría preocupado.

La maniobra que intenta la señora Arrimadas se me antoja algo esperpéntica. Esta mañana le oí decir a la líder de Ciudadanos que no sólo llamaba al PP para unir fuerzas, sino que hacía extensiva su convocatoria a todas aquellas organizaciones de la sociedad civil que se oponen al “sanchismo”. Así de sencillo, sin más explicaciones. Si no fuera porque uno tiene ya el corazón endurecido después de haber oído tantas ocurrencias, pensaría que a la que fue segunda de Albert Rivera le ha dado una ventolera, dicho sea con absoluto respeto a su persona, que se lo tengo. Por cierto, de Vox ni palabra, faltaría más. A la bicha, como advierten los supersticiosos, no se la nombra. Después, si su colaboración fuese necesaria, ya se verá.

Algo les está sucediendo a los políticos de la derecha española cuando a estas alturas andan con tantos tejemanejes. Su electorado está ahí y no es pequeño, sino todo lo contrario. Sin afinar demasiado, la mitad de la población española tiene alma conservadora en mayor o menor grado, lo que permitiría que continuaran en el juego de la alternancia como hasta ahora. Lo que sucede es que ante tanta incoherencia, ante tanta inestabilidad y ante tanta anécdota insustancial a la hora de hacer oposición, sus electores no saben dónde mirar. Es muy posible que cuando caigan en la cuenta de sus errores recuperen la capacidad de reorientar el voto que ahora está tan desorientado.

Mientras tanto, la izquierda está obligada a seguir gobernando. Yo espero que con decisión progresista y con prudente moderación, que no son valores antagónicos. Y sin caer en las numerosas trampas que algunos quieren tenderles.

1 de febrero de 2020

¿Por qué destrozan el idioma?

Quizá me haya convertido sin darme cuenta en un defensor romántico de la pureza de nuestro idioma. Lo digo porque el romanticismo siempre ha sido una corriente que sólo atrae a minorías y observo a  mi alrededor que son muy pocos los que se preocupan de expresarse con un mínimo de corrección gramatical. No digo con calidad literaria, porque eso sería pedirle demasiado a las nuevas generaciones, más pendientes  por razones prácticas del fondo de los mensajes que lanzan que de la forma con la que los expresan. Me limito con la debida humildad a exigir el cumplimiento de las más elementales normas que dicta nuestra gramática. No creo que sea mucho pedir, aunque supongo que alguno al observar mi empeño pensará que me gusta entrar en batallas perdidas de antemano.

La última bestialidad que he oído ha sido en un anuncio en televisión, de esos que aunque no quieras oír terminan entrando en tus indefensos pabellones auditivos. Un conocido presentador de televisión, convertido en este caso en modelo publicitario, decía entre exclamaciones admirativas “¡una pedazo de tarifa!” en un reclamo de cierta operadora de telefonía. No doy nombres, porque para qué. El daño ya está hecho y nada hay que pueda remediar la situación, ni una condena leve ni la prisión permanente revisable ni tan siquiera el garrote vil, porque en este caso no se puede aplicar el proverbio de muerto el perro se acabó la rabia. El virus está en el aire, de boca en boca, y el contagio ya es masivo y no hay mascarillas que valgan. Y lo peor de todo es que como destrozar el idioma no es delito, ni siquiera falta, el anuncio sigue en antena machacando los oídos de los espectadores día a día, como el rayo que no cesa.

Lo de “las miles de personas”, esa barbaridad lingüística de la que creo haber hablado ya en alguna ocasión, se ha extendido de tal forma que se lo oigo (no digo se lo escucho como ahora dicen tantos) a personas de cuyo ascendiente académico cabría esperar una mínima corrección gramatical. Lo que sucede es que los virus del lenguaje se transmiten a tal velocidad que es imposible cortar la epidemia. Habría que cerrar, como están haciendo las autoridades chinas, varias ciudades o, en este caso, varias cadenas de radio y televisión, algo impensable en nuestro mundo de libertades. Además este tipo de virus también muta, porque el otro día le oí decir a un locutor “varias millones de especies”, lo que tratándose de las millones supera en mucho a las miles.

Pero vaya usted a explicarle a estos bárbaros aquello de la concordancia gramatical, porque le mirarán a uno de arriba abajo con caras de panolis, preguntándose sorprendidos éste de qué va. De nada serviría argumentar que miles y millones son masculinos y por tanto no admiten artículos femeninos. No lo entenderían, a pesar de que muchos de estos delincuentes gramaticales ostenten con orgullo el título de Licenciado en Ciencias de la Información.

Insisto en que la degradación del idioma no cesa. Y si no cesa es porque nadie corrige a los infractores. Los periódicos, las emisoras de radio y las cadenas de televisión deberían contar con departamentos de vigilancia lingüística que pusiera orden entre tantos indocumentados. Pero con el pretexto de que el periodismo requiere agilidad no se molestan en llamar la atención a sus profesionales. Y si no hay control, ya se sabe, el deterioro está servido.

28 de enero de 2020

La veteranía es un grado

Cuando lo pienso, siempre llego a la misma conclusión, que no es cierto que a determinada edad se pierda interés por el mundo que le rodea a uno. Simplemente sucede que después de haber vivido un largo trecho de la existencia se llega al convencimiento de que no puede ourrir nada que no haya ocurrido ya y por tanto no se conozca Al fin y al cabo, lo que de verdad importa en la vida cambia muy poco a lo largo del tiempo. No me refiero a lo anecdótico o a lo circunstancial, a las modas o a los usos, sino a lo trascendente y a lo categórico, a lo que de verdad marca la vida de las personas. Las novedades suelen ser, como dice el sabio refrán castellano, los mismos perros con distintos collares.

Lo que ocurre es que se tarda algún tiempo en aprender esta lección. Pasamos gran parte de la vida pendientes de las posibles innovaciones que puedan cambiar nuestra visión del mundo y por tanto nuestras vidas. Y sólo cuando al cabo de los años  llegamos al convencimiento de que nunca aparece nada digno de consideración, terminamos perdiendo interés por las novedades, que en cualquier caso no son más que futilezas y nimiedades. Supongo que cuando se alcanza ese estadio de la vida es cuando se ha llegado a lo que algunos llaman madurez.

Cuando se tiene la vida por delante es obligado mantener una cierta esperanza en que todo mejore, esperanza que constituye el impulso vital necesario para continuar en la brecha del acontecer diario. Sin embargo, cuando uno alcanza cierta edad, comprobada la utopía que encierra esa ilusión, lo único que se pretende es que las cosas por lo menos no empeoren. El largo proceso de maduración que experimenta el ser humano a lo largo de su existencia concluye precisamente con el descubrimiento de que hasta entonces ha estado persiguiendo cambios  que nunca se darán. No me refiero a metas de carácter material, porque en el mejor de los casos quizá éstas se hayan alcanzado. Estoy pensando en esa vaga sensación de que cada amanecer nos tiene que traer algo distinto y por supuesto mejor.

No me gustaría que quien lea estas líneas sacara la conclusión de que estoy entonando un canto de tristeza o melancolía. Todo lo contrario, porque lo que digo es que cuando se llega al convencimiento de que no hay que esperar nada distinto de lo que ya se conoce, se ha alcanzado, como decía antes, la madurez plena, lo que en ningún caso puede ocasionar tristeza. Ni tampoco quisiera que alguien pensara que sostengo que con la edad se pierden los estímulos  por continuar en el mundo activo. Nada más lejos de mi intención. Simplemente constato que llega un momento en el que, al ser consciente uno de que nada interesante le queda por descubrir, enfoca su interés hacia lo que de verdad merece la pena, lo cotidiano que le rodea, y abandona la búsqueda de novedades que nunca son tales.

Ya lo dijo Calderón: “¿Qué es la vida? Un frenesí” “¿Qué es la vida? Una ilusión”, “una sombra, una ficción”. Nuestro insigne hombre de letras lo descubrió muy pronto y llevó sus conclusiones a la literatura universal. Había descubierto lo que la mayoría tardamos algún tiempo en comprender y algunos nunca comprenden, que la vida es una nebulosa de anhelos y de afanes, de ambiciones y de pretensiones que no encuentran respuesta. Una fábula imaginada.

Hoy lo voy a dejar aquí porque me he dado cuenta de que me estoy poniendo demasiado lírico, cuando lo que a mí mejor me va es la prosa.Y también algo filósofo, terreno que me produce verdadero vértigo.

23 de enero de 2020

De la igualdad de oportunidades al PIN parental

Existe una linea de pensamiento conservador que sostiene que en esta vida quien no progresa es porque no le da la gana. Los que  se manifiestan así ignoran por completo las diferentes circunstancias que acompañan a cada uno cuando nace. Dan por hecho que todos partimos de condiciones similares, que llegamos al mundo en cunas muy parecidas. Ya sé que parece increíble que alguien piense así, pero yo me he encontrado a lo largo de mi ya larga existencia a bastantes que en mayor o menor medida opinan de esta manera, puede ser que porque de verdad lo crean o quizá debido a que de esa manera tranquilicen sus conciencias. Es evidente que según esta teoría la igualdad de oportunidades ya existe, de manera que para qué forzarla. Si alguien tiene más es porque ha hecho mayor esfuerzo y los rezagados en las conquistas del bienestar se han buscado la situación que padecen con su desidia e inoperancia.

Como yo también tengo pensamiento político, y sobre todo derecho a manifestarlo, voy hoy a dedicarle unas líneas a este escurridizo asunto. Perseguir la justicia social, ese concepto tan manoseado y tan poco entendido por algunos, consiste desde mi punto de vista en procurar para todos las oportunidades que les permita enfrentarse a los desafíos de la vida en igualdad de condiciones que los demás. Cualquier reforma social que persiga este objetivo estará dirigida a procurar justicia social. Por el contrario, quien abandone el principio de que es preciso igualar las oportunidades de todos estará haciendo política antisocial y reaccionaria. Dicho de otra forma, ser progresista consiste en perseguir que se den las mismas oportunidades a todos los ciudadanos; ser conservador significa dar por hecho que ésta igualdad ya se da y no hay que hacer nada para conseguirla.

Por tanto, y abundando más en este asunto, hacer políticas sociales no sólo es repartir con mayor equidad la riqueza que ya existe entre todos mediante políticas fiscales, sino además y sobre todo otorgar oportunidades a los que más las necesitan. Por eso es preciso poner la educación -ese bien social al que no todos pueden acceder en igualdad de condiciones- a disposición de cualquier ciudadano. El desarrollo personal es la mejor manera de dotar a los más necesitados de la plataforma necesaria para progresar y por tanto la primera  de las políticas sociales que hay que defender. Aun así, otras diferencias de oportunidades empañarán la bondad de las medidas que se pongan para que todo el mundo, sea cual sea su origen, tenga acceso a la educación en todos sus grados. Pero, en mi opinión, con una buena formación los demás escollos son más fáciles de salvar.

A ver si de una vez en este país se llega de verdad a un consenso sobre la educación al servicio de todos y nos dejamos de zarandajas que distorsionen cualquier política educacional que se quiera desarrollar. Pero los prejuicios de los reaccionarios están a flor de piel, de tal manera que nunca se han mostrado de acuerdo con defender la educación pública como un bien social irrenunciable, con el pretexto de que la socialización educativa significa ejercer control sobre la ciudadanía. Qué majadería tan grande, qué desatino tan desmesurado Lo que sucede en realidad es precisamente todo lo contrario, que para ellos la educación en igualdad de condiciones para todos significa perder el control que siempre han detentado sobre los sistemas educativos. Lo del PIN parental -¡qué nombrecito!-, esta controversia tan sacada de contexto por la ultraderecha, es una muestra más de la resistencia que ponen algunos a conseguir la igualdad de oportunidades educativas. Vox ha traído el tema a la palestra, pero Pablo Casado está coreando las consignas de aquél quizá incluso con mayor vehemencia. No todos los del PP dicen lo mismo, por supuesto, porque ya se empiezan a oír voces discrepantes. Y Ciudadanos, como nos tiene acostumbrados, no acaba de definir su posición.

La única manera de lograr una sociedad más justa es conseguir la igualdad de oportunidades para todos. Lo que sucede es que los que ya gozan de todas ellas desde que nacen no quieren perder los privilegios que les han tocado en suerte. Dicen eso de hasta ahí podíamos llegar. Que los profesores, que de esto entienden poco, nos dejen a los padres decidir lo que deben o no aprender nuestros hijos. Faltaría más.