6 de junio de 2020

Negacionismo militante

La palabra negacionismo en su sentido más amplio se refiere a la negación de la realidad para evadir una verdad incómoda. Yo hasta ahora la utilizaba -además de cuando pensaba en los que todavía niegan el Holocausto- en asuntos tales como el cambio climático, temas en los que, a pesar de que las pruebas científicas que avalan la certeza del fenómeno son aplastantes, algunos les dan la espalda para evitar así tomar medidas que no les interesan. Pero a partir de ahora incluiré en el paquete de los negacionistas a todos aquellos que, en mayor o menor medida, niegan la gravedad de la pandemia que en estos momentos mantiene en vilo a la humanidad. Es más, les daré el nombre de "coronanegacionistas", algo largo, pero fácil de memorizar.

Los negacionistas de la letalidad del coronavirus no son pocos. Lo que hay que preguntarse es cuál es la causa de esta militancia tan extendida, las razones que los llevan a minimizar la gravedad de la pandemia. Pudiera ser que, como sucede con el cambio climático, a los “coronanegacionistas” les moviera razones económicas, ya que las medidas de confinamiento para aislar al virus paralizan en cierta medida la marcha de la actividad empresarial. Pero esto justificaría a una parte de ellos y no a todos. Mucho me temo que en España hay bastantes cuya negación se basa en una simple postura antisistema, en este caso antigubernamental, porque a este gobierno le ha tocado tomar las medidas para combatir la epidemia, y que lo esté haciendo con determinación no se lo perdonan. Para ellos no importa si las disposiciones que se han promulgado son eficaces. Lo que valoran es quién las ha puesto en marcha y no las razones de su ejecución.

Para ilustrar lo que acabo de escribir podría poner bastantes ejemplos, pero, por aquello de la brevedad que me impongo en este blog, me quedo con uno sólo: el voto en contra de las extensiones del estado de alarma. Los “coronanegacionistas” han argumentado para justificar su decisión que ya no eran necesarias, porque la situación había cambiado. No han explicado en qué, simplemente han votado no a una propuesta del gobierno. Que esta herramienta legal fuera imprescindible para obligar a cumplir las medidas de protección adecuadas les traía sin cuidado. Era una  propuesta del gobierno y eso les bastaba para no apoyarla.

Mucho me temo que el número de “coronanegacionistas” vaya aumentando, pero a partir de ahora por razones diferentes a las de arriba, sólo para justificar el incumplimiento de las medidas de prevención contra la epidemia. Qué duda cabe de que el uso de la mascarilla resulta incómodo y de que mantener las ahora llamadas distancias sociales no facilitan en modo alguno la comunicación interpersonal. Por eso, para saltarse las disposiciones, qué mejor que negar las razones que las justifican. Se niega el peligro y a continuación se infringen las normas. Hasta ahora estas actitudes insolidarias han sido excepciones, denunciadas inmediatamente por los medios de comunicación y condenadas por la mayoría de la opinión pública, pero no me sorprendería que a partir de ahora se convirtieran en algo general. Azuzadores del incumplimiento no van a faltar. Son muchos los indicios que apuntan en esa dirección.

Que nadie se engañe, porque el coronavirus está entre nosotros. Se ha conseguido contener y reducir su expansión a base de grandes sacrificios, pero no su eliminación. De manera que para convivir con él hasta que se disponga de la vacuna y de los fármacos adecuados, para no volver a la triste situación que sufrimos hace pocas semanas, no queda otra alternativa que continuar siendo cautelosos y, en consecuencia, cumplir las normas que se nos marquen, digan lo que digan los "coronanegacionistas", argumenten lo que argumenten aquellos que han convertido la pandemia en un arma política.

3 de junio de 2020

¿Se desarrima Arrimadas?

El pasado 2 de febrero publiqué en este blog un artículo que se titulaba "Arrimadas se arrima". Hoy vuelvo al mismo tema, pero en un sentido completamente opuesto. Ya entonces pedí disculpas por el oportunismo del título, de manera que hoy me abstengo y paso directamente al asunto que me interesa.

Mucho me temo que no sean más que sensaciones fugaces, de las que desaparecen tan rápido como las tormentas de verano, pero lo cierto es que me ha parecido percibir un ligero cambio de estrategia en Inés Arrimadas. No sé si será porque las circunstancias políticas la estén obligando a desmarcarse de la derecha/ultraderecha, o porque las corrientes internas de su partido la apremien a atemperar el discurso político, pero, aunque no sea más que en matices que pasan casi desapercibidos, su tono está cambiado. De la intransigente vehemencia con la que se expresaba tras el batacazo electoral y, más tarde, cuando el capitán de su barco abandonó la nave en plena tempestad, ha pasado a lanzar unos mensajes que, aunque inequívocamente conservadores, parecen más moderados.

Si fuera así me alegraría. En España, en estos momentos, no hay centro. Ni centro derecha ni centro izquierda ni centro centro. Ya he dicho en alguna ocasión que a mí las posiciones centristas no me convencen, porque al final no son “ni chicha ni limoná”, permítaseme la castizada. Prefiero hablar de izquierda moderada y de derecha moderada. Sin embargo, ahora mismo carecemos de lo que solemos denominar partidos bisagra, una posición que muy bien hubiera podido ocupar Ciudadanos si no fuera por las ambiciones de su anterior presidente. Quiso ir a por todas y se quedó sin ninguna. Si Inés Arrimadas, por razones estratégicas o por propio convencimiento, intenta ocupar ese espacio, quizá lo consiga, porque en el cada vez más estrecho corrillo ultraconservador no parece tener cabida. No le resultaría fácil, debido a que con sólo diez diputados carece de relevancia parlamentaria. No obstante, las cartas podrían darle juego si las manejara con habilidad.

Ciudadanos en estos momentos está gobernando con el PP en varias Comunidades Autónomas, sin olvidar que en algunas de ellas participa Vox. Soltar lastre conservador no es fácil, si por un lado se pretende mantener los compromisos pactados con sus socios y por otro empezar a crear una nueva imagen con la vista puesta en las próximas elecciones. Recobrar la credibilidad perdida, recomponer la imagen de la moderación y aspirar a gobernar con la izquierda allí donde ésta haya conseguido ser la lista más votada no es tarea fácil. Los electores han demostrado que las componendas que consisten en soy de centro, pero apoyo leyes absolutamente ultraconservadoras, no los engañan. Por eso, si Ciudadanos no establece una estrategia clara, que la diferencie con nitidez de la derecha hoy al uso en España, no tendrá nada que hacer, algo de lo que supongo que Inés Arrimada ya se habrá dado cuenta.

De la misma manera que Podemos eligió la estrategia de acercarse al PSOE, procurando al mismo tiempo mantener su propia identidad política, y de momento no le ha ido mal, Ciudadanos no puede hacer lo mismo con el PP. Su única salida sería volver a la moderación, separarse lo más posible del Partido Popular y de Vox, sin caer en tentaciones de ocupar el espacio progresista, porque ya está ocupado. Sólo le queda el centro. Su única posibilidad de sobrevivir es convertirse en bisagra de la política española. ¿Es eso lo que ha entendido Inés Arrimadas? Si fuera así, desde mi punto de vista podría resultar un acierto político. Significaría que reconoce que la derecha está monopolizada por un Partido Popular que ha perdido la moderación y se deshace en esfuerzos por rivalizar con Vox, y que entrar en esa lucha cainita no puede reportarle nada útil.

Cuando en política se pretende cambiar la deriva, los movimientos son lentos porque la nave que se maneja es de gran tonelaje. Por eso habrá que estar atentos a los mensajes que siga lanzando la cúpula de Ciudadanos, pero sobre todo a las decisiones parlamentarias que este partido vaya tomando. Yo he percibido un cierto giro a la moderación, pero no me sorprendería que no fueran más que ingenuas figuraciones mías.

30 de mayo de 2020

¡Cuidado con los patinazos!

El improvisado e inoportuno acuerdo del gobierno con Bildu para conseguir su abstención en la votación de hace unos días, me ha dejado con la preocupación de que el gobierno de coalición PSOE-UP no esté siendo consciente de que, en medio de esta tormenta por la que estamos pasando, tiene la obligación ineludible de redefinir el alcance de su programa político a medio y largo plazo. Los objetivos sociales con los que se presentaron a las elecciones no se pueden mantener íntegros en medio de una crisis como la que se nos ha venido encima. No solamente deberían de reconocerlo, y por tanto actuar en consecuencia, sino que además es urgente que lo manifiesten a la sociedad con toda crudeza, sin paliativos y, sobre todo, con pedagogía.

Se han tenido que tapar tantos agujeros -y esto no ha hecho más que empezar-, que mantener enhiestas las banderas reivindicativas de entonces sería un suicidio. No digo, en absoluto, que haya que renunciar a los objetivos sociales por los que muchos les votaron, sino acondicionar los ritmos a la nueva situación. Haber llegado a esta situación es lamentable, pero mucho más sería perder la credibilidad y dar al traste con la oportunidad de que en España siga habiendo un gobierno que lleve adelante políticas sociales.

No sé qué papel habrá jugado en todo este desatino UP, pero las palabras de Pablo Iglesias me dejaron con la sensación de que la radicalidad intransigente pudiera estar detrás del embrollo del otro día. Nadia Calviño –la cara más moderada del gobierno- tuvo que intervenir inmediatamente, porque ni a la patronal ni a nuestro socios europeos ni tan siquiera a los sindicatos les había gustado la promesa de derogar íntegramente la reforma laboral del PP. A cada uno de ellos por razones muy distintas, es verdad, pero en definitiva debido a la falta de coherencia entre lo que se estaba negociando con detenimiento entre las partes afectadas por la reforma y lo que salía a la luz en ese momento. Tengo la sensación de que Bildu, con todo lo que este partido implica en el escenario de la política española, era lo de menos. Lo preocupante estaba en lo acordado y no en con quién se había llegado al acuerdo.

Tampoco sé que pasó por la cabeza de los responsables del grupo parlamentario del PSOE, pero es más que evidente que no estuvieron a la altura de las circunstancias. Nunca debieron haber llegado a un acuerdo de estas características -ni con Bildu ni con ningún otro partido- que deja unos daños colaterales políticos que tenían la obligación de haber medido de antemano. La falta de sintonía con el propio gobierno que sustentan fue evidente. Vino a ser algo así como si hubieran pensado que su responsabilidad era ganar aquella votación y que lo que sucediera después ya lo arreglarían otros.

Sigo teniendo la sensación de que, pese a las evidentes diferencias de criterio en  determinados asuntos, la coalición PSOE-IU funciona razonablemente bien. Yo, que siempre he sido muy crítico con la radicalidad progresista de ciertas izquierdas -la de mucho ruido y pocas nueces- estoy satisfecho con la moderación que observo en general. Pero este incidente ha encendido todas mis alarmas, porque pudiera significar que existen fisuras.  Ojalá me equivoque y todo este embrollo se quede en una simple anécdota parlamentaria.

En tiempos difíciles, y éstos no lo pueden ser más, hace falta realismo. La radicalidad, las prisas y la intransigencia no conducen a nada positivo, porque nunca se resolverán los problemas sociales de las clases más necesitadas si el país naufraga. Por eso digo que hay que redefinir los objetivos a corto, pero sobre todo explicando las causa de la redefinición. No se trata, ya lo he dicho, de renunciar a políticas progresistas, sino de acompasar los ritmos a las circunstancias.

Ya lo dijo Ignacio de Loyola: en tiempos de desolación no hacer mudanzas.

26 de mayo de 2020

Juegos de palabras

Siempre he pensado que a las palabras las carga el diablo. Suprimiendo o añadiendo un adjetivo, modificando un sustantivo o alterando con intención una frase, se pueden decir cosas muy diferentes, incluso opuestas. Esa es una de las grandezas del idioma, quizá la que a mí más me fascine. Pero también uno de los peligros de utilizarlo sin la debida cautela. Por eso, cuando se escribe hay que esmerarse en redactar lo que de verdad se quiere expresar y no dar lugar a equívocos; y también cuando se habla, aunque en este caso la trascendencia del equívoco siempre será menor, porque a las palabras se las lleva el viento. Si en todo este estúpido embrollo del acuerdo con Bildu no se hubieran empleado las palabras derogación íntegra de la ley laboral del PP, el gobierno se habría ahorrado más de un dolor de cabeza; y los que están siempre al acecho de cualquier desliz que cometa no contarían con un pretexto regalado para meter discordia a presión.

El otro día estaba yo viendo en directo la sesión del Congreso en la que se discutía una nueva extensión del Estado de Alarma, cuando el presidente del gobierno le agradeció a la portavoz de Bildu su decisión de abstenerse. Ésta le contestó inmediatamente que, si daba por hecho tal abstención, debía suponer que el gobierno había aceptado su propuesta de derogar íntegramente la reforma laboral del PP. Al principio no entendí muy bien el alcance de aquel diálogo, pero me vino a la memoria lo de “algo huele a podrido en Dinamarca”. La derogación íntegra de una ley del PP, negociada con  un partido del perfil de Bildu, no era una buena noticia.

Después vinieron los gritos de unos, las explicaciones de otros, las declaraciones del secretario general de Podemos, las puntualizaciones de la ministra Calviño y todo un rosario de intervenciones tan dispares e incluso contradictorias que pensé que, o se ponía orden en tanta discordancia, o las justificaciones podían complicar todavía más la situación que había creado el acuerdo con los de Bildu. No sería la primera vez que las aclaraciones complican todavía más la situación creada por una actuación equivocada. Esto sucede en política y en muchos otros órdenes de la vida.

El gobierno, o los negociadores en nombre del gobierno, se equivocaron. Es cierto que no tenían garantizada la extensión del Estado de Alarma, porque la irresponsabilidad del PP con su voto negativo podía habernos dejado a todos sin medidas cautelares frente a la pandemia. Si el gobierno no pudiese limitar la movilidad de los españoles con el respaldo de la ley, los rebrotes de la infección estarían garantizados. Eso no lo digo yo, ni lo dice el gobierno, lo aseguran los epidemiólogos. Echemos un vistazo a nuestro alrededor y veamos que está ocurriendo en otros países donde se ha sido mucho menos exigente con las medidas cautelares.

Pero a pesar de todo se equivocaron, porque la falta de coordinación, las precipitaciones y las variopintas explicaciones complicaron una situación que podía haberse manejado con más tacto. La reforma del Estatuto de los trabajadores está en el programa del gobierno, lo que sin duda significará la eliminación de algunas de las medidas que se adoptaron durante el gobierno de Mariano Rajoy. Pero las discusiones para llevar adelante estas modificaciones están inscritas en lo que se llama diálogo social, un conjunto de conversaciones entre sindicatos, organizaciones empresariales y gobierno, que por cierto está dando muy buenos resultados. Sacarlas de ese contexto y convertirlas en un pacto con Bildu supone, no ya un error, sino un auténtico disparate.

A mí las explicaciones que se al final se han dado sobre el verdadero alcance de este acuerdo me convencen, y estoy seguro que convencerán a sindicatos a empresarios y a tantos millones de españoles, a quienes lo que de verdad les preocupa ahora es salir de la crisis y recuperar el pulso económico.

22 de mayo de 2020

Haz de la necesidad virtud y gobernarás en minoría

A pesar de las dificultades que supone gobernar en minoría, Pedro Sánchez está llevando adelante su programa progresista, al menos aquella parte que la terrible situación por la que está pasando el mundo y por tanto España le permite. El gobierno de coalición, al que los críticos le daban muy poca esperanza de continuidad, sigue unido, a pesar de que de vez en vez chirríen los engranaje. Pero pasado el sobresalto, se dan algunas explicaciones y el ejecutivo recompone la figura. De manera que no parece que por ahí el presidente del gobierno se vaya a encontrar con problemas insoslayables para continuar gobernando, al menos de momento.

Sin embargo, para sacar leyes adelante, es decir para gobernar en el exacto sentido de la palabra, se necesita algo más que un gobierno cohesionado, ya que es necesario contar en cada votación con mayoría parlamentaria suficiente. Como Pedro Sánchez no cuenta con esa mayoría, tiene que recurrir a lo que en política se ha dado en llamar geometría variable, una expresión que nos indica que unas veces se pacta con unos y otras con otros, dependiendo de la ley de que se trate. No es la primera vez que esto sucede en España, gobernando el PP o el PSOE, pero nunca hasta ahora había sido tan difíícil conseguir los apoyos requeridos, porque el fraccionamiento del parlamento en muchas minorías y de signos tan distintos y contrarios jamás había alcanzado tanta dispersión. En ocasiones anteriores, algún partido bisagra, de índole nacional o de carácter autonómico, echaba una mano y el gobierno en minoría seguía adelante

A pesar de esta evidente dificultad aritmética, el actual gobierno está manejando los pactos a diestra y a siniestra con habilidad política, precisamente apoyándose en la dispersión parlamentaria. Son muchos partidos, totalmente distintos, con proyectos económicos que en nada se parecen y con visiones de la organización del estado que a veces están en las antípodas. Manejar esa diversidad no es fácil; sin embargo, por lo menos hasta ahora, el gobierno lo está consiguiendo. Dicho de otro modo, Pedro Sánchez aprovecha la diversidad ideológica para, mediante una curiosa alquimia negociadora, gobernar.

Supongo que los detractores del gobierno, que son muchos y muy variados, dirán que esta habilidad es consecuencia de las concesiones que se ve obligado a hacer a los que le apoyan en cada ocasión, convenios  políticos a los que unas veces se les llama pactos de legislatura y otras espurios contubernios, dependiendo de quien ponga el adjetivo y el sustantivo. Pero lo cierto es que, se  llame como se  llame a estos acuerdos, yo no he visto hasta ahora que Pedro Sánchez se haya hipotecado con nadie. Ni siquiera en lo de Cataluña, porque una cosa es el diálogo negociador y otra muy distinta los resultados de la negociación.

Por eso digo que el gobierno está haciendo de la necesidad virtud. Es la única solución posible si se quiere gobernar en medio de este maremágnum de pensamientos políticos, donde ya no se sabe qué piensa cada uno y hasta dónde está dispuesto a llegar para hacerse con el poder o, simplemente, para mantener la cabeza por encima de la superficie y poder seguir respirando políticamente.

La pandemia está modificando muchos planteamientos en el mundo, pero de lo que poca gente habla es de cómo van a cambiar los posicionamientos políticos y de qué manera se va a reequilibrar la política nacional e internacional. Mucho me temo que la derecha se radicalice aún más de lo que ya está, de la misma manera que confío en que la izquierda ocupe el hueco de la centralidad, se reorganice en torno a la moderación progresista y a la fortaleza del Estado del bienestar, un pensamiento  que siempre se ha llamado socialdemocracia, una idea que comparto.

N.B. Mientras revisaba el contenido de este artículo para publicarlo, se ha desatado  el "escándalo Bildu". A la espera de que las aguas se serenen, y pueda por tanto contemplar la realidad de su alcance con más perspectiva, he decidido no modificar lo anterior, porque -siempre desde mi subjetivo punto de vista- considero que lo que en él expreso sigue siendo válido. En cualquier caso, creo que este rocambolesco asunto merece que en otro momento le dedique una reflexión. Quedo comprometido a ello.

19 de mayo de 2020

Los "cacerolos" de Núñez de Balboa

He indagado sobre el origen de las caceroladas como manifestación de protesta política y me he encontrado con la sorpresa de que al parecer proceden de ciertos ritos carnavalescos en los que se reivindicaba el placer frente a la penitencia. No sé qué tendrá de cierto esta explicación, pero es verdad que cuando veo batir cacharros de cocina me acuerdo de los carnavales de cualquier lugar del mundo, mucho ruido, furia desenfrenada y extrañas indumentarias, como la bandera de España a modo de capa de Superman, en un alarde de falta de respeto hacia un signo que representa a todos. Las de Núñez de Balboa, además, se pueden ver en directo desde hace unos días en el telediario de las nueve de TVE, con lo cual ahora disponemos de una farsa grotesca que suaviza la triste realidad de las noticias sobre la pandemia.

Yo lo siento por los vecinos de aquel barrio, porque menuda tabarra; pero dicen que sarna con gusto no pica, de manera que algunos quizá disfruten pensando que con semejante estruendo culinario van a derribar al gobierno. Puede ser que la satisfacción que les produzca suponer que Pedro Sánchez sucumbirá a su ruidosa protesta les compense las molestias auditivas. O quizá suceda que la válvula de escape de la bulla callejera los alivie de sus frustraciones.  Pero ojo, que todavía no está  el horno para bollos, no está la pandemia para saltarse las medidas cautelares. Sería muy triste que los “cacerolos”, además de martirizar los tímpanos de sus conciudadanos, contagiaran el virus  a su alrededor. Por lo demás, allá cada uno con sus manifestaciones.

Al ponerle título a este artículo me he acordado de algo que tenía muy olvidado. A mediados de los sesenta, cuando unas sutiles brisas de libertad en las costumbres se colaban por las ranuras de las puertas de la dictadura, había un grupo de pijos veinteañeros que se paseaba por las calles del barrio de Salamanca, presumiendo con ostentación de atuendos modernos y de tupés a lo Elvis Presley. Cuando te cruzabas con ellos te miraban por debajo del flequillo, como lo haría el mismísimo James Dean, entre condescendientes y perdonavidas. Se les conocía por los peripatéticos de Goya, un nombre elegante, de raíces aristotélicas, que recordaba su deambular constante a lo largo de las calles del conocido barrio madrileño. En cualquier caso un nombre sonoro y evocativo.

Recuerdo aquello con nostalgia, no porque a mí la estética tribal de los peripatéticos me gustara, sino porque forma parte de mis vivencias de juventud. Hay momentos en la vida que hasta las estupideces más profundas se rememoran con satisfacción, porque están asociadas a una etapa de la vida en la que todo es futuro por llegar, naturalmente feliz. Por eso, al pensar en los “cacerolos” de ahora me han venido a la memoria los peripatéticos de entonces.

Sin embargo, el nombre de “cacerolos” de Nuñez de Balboa tiene connotaciones un tanto vulgares. A mí me recuerda a olores de refritos y a fregado de cacharros de cocina. Pero los tiempos cambian y ahora ni las personas ni los barrios son lo mismo. Se ha pasado de pantalones campana, de patillas provocadoras y de Gin Fizz en California, en Manila o en Roma a zarandear con estrépito el menaje de cocina. Un cambio que, aunque no sea más que por la pérdida de estilo, resulta decepcionante.

Por lo demás, que los “cacerolos” hagan con sus cacerolas lo que les dé la gana. Faltaría más. Ya se les pasará la rabieta, como se les pasa a todos los que en tantos países tercermundistas así se manifiestan. Al final, como dice el sabio refrán, mucho ruido y pocas nueces.

16 de mayo de 2020

Odio, rencor y frustración

Si se define el odio como un sentimiento profundo e intenso de repulsa hacia alguien, si se entiende por rencor la hostilidad hacia una persona a causa de una ofensa o un daño recibidos y si la frustración consiste en la decepción que causa la imposibilidad de satisfacer una necesidad o un deseo, elijo estas tres palabras para encabezar la reflexión que viene a continuación. Desde mi punto de vista, encajan aquí que ni pintadas.

La derecha española, entendiendo como tal el conjunto de partidos conservadores, a los que se ha unido en los últimos tiempos la vetusta muchachada de la ultraderecha, nunca ha aceptado de buen grado que los sucesivos gobiernos progresistas que han gobernado España desde el retorno de las libertades fueran legítimos. Ni los cuatro sucesivos que presidió Felipe González ni los dos de la época de José Luis Rodríguez Zapatero ni por supuesto el actual. Pero este rechazo, cuasi visceral, se ha intensificado de manera ostentosa a partir del voto de censura que cesó al señor Rajoy en 2018 y, más tarde, desde que Pedro Sánchez consiguiera formar gobierno en minoría después de ganar las elecciones.

Sucede además que ahora, en medio de esta gigantesca tormenta provocada por la epidemia, cuando el  gobierno está manejando el timón con prudencia y al mismo tiempo con la humildad necesaria para reconocer los errores que se cometen en una situación que carece de  manual de instrucciones, a algunos líderes de la derecha les está subiendo la bilirrubina a valores clínicos de alta peligrosidad. Se dan cuenta de que muchos españoles, aunque incómodos por las medidas restrictivas que se han tenido que tomar, están aceptando con ejemplar disciplina las disposiciones que se dictan, porque las consideran acertadas. Como consecuencia, los dirigentes conservadores temen que esta tremenda catástrofe pueda inclinar todavía más la balanza en contra de sus intereses electorales, muy dañados en las últimas convocatorias. Lo que dicen todos los días y cómo lo dicen demuestra que están muy nerviosos. El otro día le oí a Abascal llamar matasanos al presidente del gobierno, acusándolo al mismo tiempo de las muertes que el coronavirus está ocasionado en España. ¿Se puede exteriorizar mejor el odio?  No lo creo.

En situaciones especiales, medidas excepcionales. El estado de alarma implica el control de facto de algunas competencias autonómicas, como consecuencia de la necesaria centralización de las decisiones que se tengan que tomar para combatir la epidemia. No se trata de un retroceso en el Estado de las Autonomías, sino de una situación coyuntural que desaparecerá cuando desaparezca el riesgo. Atacar al gobierno porque se haya visto obligado a centralizar el mando es una ignominia, que no sólo está en boca de algunos dirigentes nacionalistas, sino también en la de no pocos líderes conservadores. En los primeros se puede llegar a entender la reticencia, porque la llevan en el ADN. En los segundo no. Nunca se han mostrado muy a favor de la descentralización autonómica y ahora, cuando se limita por causas mayores, ponen el grito en el cielo.

Si se quiere ser efectivo, no se puede estar consultando con la oposición cada medida que se toma, como reclaman Pablo Casado y otros dirigentes de la oposición. La situación requiere agilidad, toma rápida de decisiones y determinación en su aplicación. Eso es algo que está implícito en la excepcionalidad de la situación. Utilizarlo como argumento para atacar al gobierno es de absoluta deslealtad hacia quien tiene la responsabilidad de liderar la lucha contra la pandemia. Lo que los ciudadanos quieren, sean de derechas o de izquierdas, es acabar cuanto antes con el coronavirus y regresar después a la normalidad. En definitiva, exigen decisiones rápidas y menos dimes y diretes.

La oposición debe ejercer una crítica que esté a la altura de las circunstancias, lo que significa señalar errores y proponer soluciones. Pero mucho me temo que los odios, los rencores y las frustraciones no se lo permitan, porque a algunos les ciegan las prisa por recobrar el poder perdido.

13 de mayo de 2020

No puede ser cierto tanto desvarío

Cuando observo las tribulaciones que rodean últimamente a la señora Díaz Ayuso me sale la vena escéptica, esa desconfianza hacia lo no demostrado con pruebas fehacientes que nunca me abandona, y  me da por pensar que quizá se trate de una campaña orquestada para quemarla políticamente. Mi sentido común me dicta que no es posible que meta la pata con tanta frecuencia. Es verdad que si yo fuera aficionado a las peleas de gallos siempre me pondría a favor del desplumado, del herido, del que está perdiendo la lucha. Es una de mis debilidades. De manera que, ante la incredulidad que me produce esta situación, me he puesto a recopilar los chismes que se cuentan de ella. Quizá así, reunidos todos, la visión del conjunto me permita sacar conclusiones. La dispersión de la información no ayuda a formar criterio. Veamos.

Dicen que doña Isabel ha dicho que la “d” de covid-19 viene del hecho de que la epidemia llegó a España en diciembre de 2019. No carece de lógica su conclusión, porque si nadie la ha informado de que se trata de una denominación oficial de la OMS para nombrar a la enfermedad que provoca el coronavirus, no tiene por qué saber que el origen de esa letra procede de la palabra “disease”, enfermedad en inglés. Si además estamos acostumbrados a referirnos a fechas memorables con letras y números (23-F, 10-N, …), nada tiene de particular que la presidenta de Madrid cayera en un error. La colocación del guión favorece la confusión.

Lo de las pizzas y las Coca-Cola, para sustituir a la alimentación que los escolares madrileños han dejado de recibir a diario como consecuencia del cierre de los colegios, debe de responder a sus gustos particulares. La pizza le gusta a casi todos los niños y la Coca-Cola también. Es verdad que tomar esta dieta a diario resulta algo duro. Pero teniendo en cuenta que la situación es temporal, ¿por qué no contratar a tres conocidas empresas de alimentación del país y sacar el asunto adelante? Todo menos que nuestros escolares pasen hambre.

Lo de la fiesta campera que se organizó para celebrar el cierre del hospital provisional que se había instalado en Ifema no es más que el producto del acaloramiento que causan las emociones. Es verdad que lo había montado la UME, es decir el gobierno central, pero había que celebrar un éxito, en cierto modo personal, y qué mejor que invitar a muchos diputados para que disfrutaran del momento de gloria. Las cosas se desbordaron un poco, es cierto, porque hubo abrazos, besos y sobos en la espalda. Además era imposible mantener las distancias recomendadas, porque el ardor de los exaltados sentimientos no ponía las cosas fáciles y las lágrimas de la alegría convertían a las mascarillas en instrumentos de tortura.

Lo de las fotos tipo Casa de Bernarda Alba en El Mundo no es más que un pequeño arrebato de vanagloria, insignificante y sin mayor trascendencia. Es cierto que las poses son algo forzadas, incluso ridículas. Pero eso es culpa de los fotógrafos que siempre están intentando conseguir de sus modelos la mayor originalidad posible. Puede que además el asesor de imagen de la presidenta de la Comunidad de Madrid no estuviera presente, lo que explicaría que doña Isabel se prestara a un carrusel de posturitas un tanto estrambóticas.

Sus prisas por entrar en la fase 1 de la reducción del confinamiento se justifica perfectamente. No quiere que  los madrileños se arruinen con tanta inactividad y, aunque sus asesores le digan que la sanidad de Madrid no está todavía en condiciones para hacer frente a la epidemia, los empresarios se lo han exigido y ella ha sido fiel a las necesidades de la economía productiva. Esta vez los del Ministerio de Sanidad se lo han impedido, pero con su proverbial insistencia es posible que muy pronto consiga su objetivo.  

Me queda un detalle que había olvidado, lo del apartamento de lujo en el que la señora Díaz Ayuso vive desde que estuvo en cuarentena. Dicen que se lo cedió en su momento un conocido empresario de la hostelería y que después, cuando se recuperó de la enfermedad, le había gustado tanto que la presidenta decidió seguir utilizándolo.  En esto cuesta más ser comprensivo. Debería explicar la situación con todo lujo de detalles o mucho me temo que se empiece a pensar que le están haciendo un regalo encubierto a cambio de algo. Y ya se sabe lo que suele ocurrir con estas cosas.

9 de mayo de 2020

A veces las segundas partes son necesarias

Procuro no insistir en un mismo tema en artículos consecutivos (el coronavirus no es un tema, sino un escenario). Quizá sea mi desapego a los seriales de cualquier tipo –incluidas las series de televisión- la razón que me induce a no repetir los asuntos que trato en el blog, al menos sin que haya transcurrido un tiempo prudencial. Pero esta vez voy a saltarme la costumbre, porque mi artículo “¿Qué futuro inmediato nos aguarda?” ha merecido que algunos lectores de este blog, es decir algunos de mis amigos, me hayan hecho llegar su impresión de que en esto de las consecuencias de la pandemia que nos acosa soy un tanto cenizo. Varios mensajes escritos y alguna conversación telefónica me demuestran que no todo el mundo tiene la misma percepción que tengo yo respecto a la gravedad de la situación.

Yo comprendo que haya prisa por salir del confinamiento y por recobrar la normalidad. Pero la vehemencia no debería ofuscarnos, porque si las cosas no se hacen con la debida prudencia corremos el riesgo de que se produzca un retroceso en los avances conseguidos. La tendencia es buena, no lo niego, pero el progreso es tan lento que pensar que en un par de meses estaremos como si aquí no hubiera sucedido nada es absolutamente ingenuo y sobre todo temerario. Las autoridades no lo van a decir nunca con la crudeza que lo digo yo, porque entre otras cosas entre sus obligaciones está la de mantener alta la moral de la población. Eso por un lado. Por otro, que la política obliga con frecuencia a utilizar extraños circunloquios, por no decir a disimular la auténtica realidad.

Ya he contado aquí en alguna ocasión que entre mis tareas “autoexigidas” está la de sintonizar todos los días algunos canales de televisión de habla inglesa, durante un buen rato. Esta circunstancia me está permitiendo observar que lo que sucede en nuestro país es exactamente igual a lo que está sucediendo en Estados Unidos y en los más importantes países europeos. También hay prisas allí por salir del confinamiento, y tampoco los responsables se expresan con demasiada claridad. El dilema economía/sanidad está presente en todas las entrevistas que veo y oigo, y en ellas la balanza se inclina a favor del dinero o de la salud en función de la mentalidad política de quien hable. Que la política meta las narices en todas partes es una constante universal.

Como no nos dicen toda la verdad, unos por no alarmar y otros por abrir cuanto antes la actividad económica, nuestras mentes están hechas un lío. Por eso estamos obligados a ser críticos, a ponernos en lo peor y a tomar tantas precauciones como podamos. No se trata de caer en paranoias, sino en ser realistas. Hay que aprender a leer entre líneas y a captar mensajes que no acaban de expresarse con la claridad que desearíamos, porque en muchas ocasiones a buen entendedor con pocas palabras debería bastar. Las discusiones sobre la prorroga del Estado de Alarma son un ejemplo de lo que estoy diciendo. El gobierno sabe bien lo que sucede y no quiere que el control de la pandemia se le vaya de las manos. Lo que ha sucedido con el esperpento que ha organizado la cagaprisas -apelativo coloquial y malsonante, pero cariñoso- de la señora Díaz Ayuso es digno de figurar en las antologías de la insensatez humana. Los responsables del Ministerio de Sanidad han impedido la debacle que se avecinaba si la Comunidad de Madrid hubiera entrado ya en la llamada fase 1.

La situación es grave y por tanto debemos armarnos de paciencia, oír con atención las normas que se dictan y después cumplirlas. Los efectos de la pandemia y su posible duración, incluso su potencial rebrote, no son exageraciones. Son una realidad que no se puede ignorar. Por eso creo que si temo que este verano no vaya a poder moverme de Madrid no es porque sea un cenizo, sino porque las evidencias están ahí. Ojalá me equivoque y pueda contemplar dentro de poco la puesta de sol sobre el castillo de Sancti Petri y más tarde sentarme a la sombra de la pérgola del huerto de Castellote a ver pasar el tiempo.

6 de mayo de 2020

¿Qué futuro inmediato nos espera?

Estamos tan inmersos en lo cotidiano, en combatir al virus, en no infectarnos y en pasar el confinamiento lo mejor posible, que reparamos muy poco en cómo pueda afectarnos todo esto dentro de unos meses. Cuando empezó la epidemia nadie pensaba que sus efectos durarían más allá de unas semanas. El único punto de referencia que teníamos era el de la lejana China y parecía que allí las cosas estaban más o menos controladas. Como además empezaba el mes de marzo, nadie se planteaba todavía cómo organizar el veraneo. Nuestras mentes acostumbradas a que en estos tiempos no hay catástrofes que frenen la andadura de un país, no perdían un minuto en estas consideraciones, como si nada importante estuviera sucediendo.

Pero han pasado casi dos meses, la epidemia se ha extendido por el mundo entero, las fronteras siguen cerradas, el número de muertos aumenta, los ERTE y el paro se multiplican, la economía se ralentiza, los cursos escolares no se reanudan, la hostelería está cerrada y nuestra moral flaquea. Estamos empezando a intuir que, aunque el virus no nos infecte, las consecuencias de su ataque por sorpresa dejarán a nuestras sociedades muy trastocadas. Lo que, dicho de otra forma mucho más comprensible, transformará por completo nuestra manera de vivir.

Como hay veces que no tenemos más remedio que agarrarnos a un clavo ardiendo, las mejoras que muestran las estadísticas nos hacen pensar que muerto el perro se acabó la rabia. Pero mucho me temo que la realidad vaya a ser muy distinta. La pandemia puede que pase –ojalá-, pero dejará un terreno tan devastado que no lo reconoceremos. Incluso, antes de que llegue, ya se le ha dado el eufemístico nombre de nueva normalidad.

En los desplazamientos veraniegos nos encontraremos con situaciones poco agradables, porque en muchos lugares de España a los veraneantes se les mirará con recelo. No digo por los hosteleros, por supuesto, sino por los del lugar. Como por otro lado, a pesar del desconfinamiento escalonado las medidas de proteción continuarán, habrá que entrar en las tiendas con mascarilla, con guantes, de uno en uno y a distancia del dependiente, que nos mirará con desconfianza. Las terrazas estarán cerradas o, acaso, distribuidas de tal forma que la tertulia alrededor de unas cervezas o de unos vinos resultará un tanto desangelada. Los restaurantes, si se abren, colocarán las mesas de tal forma que los comensales parecerán atareados empleados de oficina en plena jornada laboral, en vez de placenteros veraneantes disfrutando de un buen pescado al horno. Discotecas, verbenas, ferias o lugares de entretenimiento social brillarán por su ausencia. Y no sigo porque no es caritativo abundar en las desgracias propias y ajenas.

De los viajes al extranjero, una actividad cada vez más frecuente entre los españoles, para qué hablar. Suponiendo que se reabran algunos itinerarios, cumplir con los protocolos que se vayan a exigir en aviones, pasos fronterizos, entradas en los hoteles, visitas a los museos o recorridos por los lugares de interés hará que a uno, por viajera que tenga el alma, se le quiten las ganas por completo. Pero si los desplazamientos sobrepasan los límites geográficos europeos, correrá el riesgo además de que lo "cuarentenen".

Las segundas viviendas, esas que se situan en localidades donde a uno ya no se le mira como a un extraño, se convertirán de repente en lugares lejanos, porque los cambios en el entorno serán tales que parecerán desconocidos. Los que están allí pensarán que bastante tienen con lo suyo y que a cuento de qué aparecen aquellos intrusos; y los que llegan desconfiarán de lo que se puedan encontrar a su alrededor. Una relación biunívoca de desconfianza que puede crear una gran incomodidad.

Sí, es verdad: lo de arriba es una visión pesimista, incluso algo catastrofista de lo que pueda suceder. Pero mucho me temo que este verano lo mejor que uno pueda hacer es quedarse en casa. Ojalá me equivoque, pero yo, por si acaso, ya he llamado a los del aire acondicionado para que revisen mi instalación.

2 de mayo de 2020

Neologismos, barbarismos y otras formas de mal hablar

Siento decirlo de Grande-Marlasca, una persona que merece todas mis consideraciones como jurista y como político, pero no puedo morderme la lengua. Le he oído en varias ocasiones decir “preveyó” en vez de previó. No es el único que no sabe conjugar el verbo prever, tan sencillo como hacerlo con el ver, del que proviene por la simple anteposición del prefijo pre. Sí, porque prever significa ver antes de. Lo que sucede es que muchos lo confunden con el verbo proveer, cuyo significado nada tiene que ver con el otro. Proveyó sí, pero “preveyó” es un error gramatical impropio en una persona culta. Y el mimistro del Interior no es el único a quien he sorprendido retorciendo este verbo, porque al señor Ábalos le he oído decir también en más de una ocasión, no lo habíamos “preveído”. Ministros, por favor, repasen la gramática.

De la “desescalada”, como llaman ahora a la progresiva disminución de las medidas de confinamiento, preferiría no hablar. Este verbo, “desescalar”, no existe en el idioma español. Viene a ser algo así como decir “desaumentar” para decir disminuir. A las montañas se escala y después se desciende, no se “desescala”. Sin embargo es un vocablo que ha llegado de la mano de políticos y periodistas, que, para esto del idioma, por separado son peligrosos, pero juntos se convierten en temibles. Mucho me temo por tanto que ésta expresión se quede entre nosotros. La Academia termina aceptando muchas de estas barbaridades lingüísticas, porque considera que el uso reiterado las convierte en vocablos aceptables. Yo nunca he estado de acuerdo con esta tolerancia, pero doctores tiene la Iglesia.

Lo que ahora me tiene muy preocupado es la expresión “nueva normalidad”, que se utiliza para denominar a lo que se nos viene encima. ¿Por qué no dicen la nueva anormalidad? La normalidad es lo que teníamos y vamos a perder. Pero una vez más nos encontramos ante un invento de los políticos, que prefieren utilizar una expresión políticamente correcta a otra que pueda levantar sarpullidos. Es cierto que en este caso no podemos hablar de error lingüístico, porque desde un punto de vista gramatical la locución es correcta. La incorrección deriva del sentido que quiere dársele, porque hasta que el nuevo escenario que nos aguarda se haya convertido en normal estaremos viviendo en la más absoluta de las anormalidades. Si llevar mascarilla y guantes y tener que tomar una cerveza detrás de una mampara protectora se considera normal, que el cielo nos asista.

La verdad es que no sé por qué algunos dicen que se aburren. Debe de ser porque no prestan atención a lo que se dice en las radios y las televisiones y a lo que se escribe en los periódicos. Es un ejercicio fácil que recomiendo. Hay que prestar un poco de atención a la forma en detrimento del fondo. Pero si se tiene en cuenta que este último es repetitivo y cansino, fijarse en las palabras resulta entretenido. Además, no hay nada tan trasversal como la ignorancia lingüística. De ella no se libran ni derechas ni izquierdas ni gentes de orden ni de mal vivir.

Recuerdo un personaje de Paul Auster que confesaba que desde que murió Gene Kelly no había vuelto a ir al cine. Yo, desde que murió Alfredo Pérez Rubalcaba, no consigo oír a ningún político expresarse con corrección, ni en la forma ni en el fondo.

Hay excepciones, pero no las digo porque se me vería el plumero.

29 de abril de 2020

Tener clase

Hay una expresión coloquial en nuestro idioma, “tener clase”, que viene a ser algo así como el antónimo de “ser vulgar”. Como estas expresiones nacidas de la sabiduría popular siempre me han fascinado, he buscado una posible definición que explicara qué queremos manifestar cuando decimos de alguien que tiene clase. Navegando por Internet he encontrado un artículo de Manuel Vicent que, entre otras cosas, dice lo siguiente: “Tener clase es un don enigmático que la naturaleza otorga a ciertas personas sin que en ello intervenga su inteligencia, el dinero ni la edad. Se trata de una secreta seducción que emiten algunos individuos a través de su forma natural de ser y de estar, sin que pueda hacer nada para evitarlo”.

Me gusta esta definición porque coincide en gran parte con la idea que siempre he tenido sobre este tipo de individuos. He conocido a personas procedentes de clases humildes de la sociedad que destilaban clase por cada uno de los poros de su piel y a prepotentes aristócratas que transmitían más vulgaridad que una alpargata usada. No es por tanto la cuna la que otorga esta categoría sino “la secreta seducción” de la que están dotados. Tampoco el dinero, ya que de patanes millonarios está lleno el mundo. Sin embargo me he encontrado con algún mendigo que hubiera invitado a comer en mi casa si no fuera por eso de los estúpidos convencionalismos humanos. De hecho, para suplir esta carencia escribí hace años un relato breve que se titulaba “El mendigo de la armónica”. Ya sabemos que la escritura se convierte a veces en una oportuna válvula de escape de las frustraciones.

Por ponerle algún inconveniente a la definición de Vicent, no estoy demasiado seguro de que en esto de la clase no intervenga la inteligencia, porque al fin y al cabo esta facultad es el motor de todos los comportamientos del ser humano. Quizá lo que haya querido decir es que la clase se transmite sin que el intelecto necesite hacer ningún esfuerzo. Surge espontáneamente del individuo, como si estuviera desligada  de la personalidad de su propietario. Pero intervenir, aunque sea en un segundo plano, interviene. Yo no he conocido a ningún tonto con clase, lo que no significa que los inteligentes necesariamente la tengan. Es más, a éstos la carencia de clase se les nota más.

Cabría meter en esta disquisición a la educación, en el sentido amplio de la palabra. Quiero decir que cuando hablo de educación no me estoy refiriendo a la recibida en el seno de la familia ni a la formación académica  ni al dominio de idiomas ni a ninguna de las capas de conocimientos adquiridos a lo largo de la vida, sino al filtro personal que el individuo haya utilizado para asimilarlos. Es por tanto un concepto en el que, sin dejar a un lado la educación convencional, depende de la capacidad de utilización de la misma. ¿Quién no ha tenido un ilustre profesor más ordinario que un regüeldo?

Como dice mi admirado Manuel Vicent, tener clase es un don. Por eso, qué difícil es encontrar a alguien a quien se le pueda tachar de esta manera. A lo largo de la vida nos relacionamos con ricos, con guapos y con cultos, con torpes y con listos, con humildes y con vanidosos. Pero hay que buscar con lupa a los que tengan clase, porque se trata de un bien muy escaso.

26 de abril de 2020

¡Cómo está el patio!

Ya he contado en alguna ocasión que cumplo a diario con el rito de los aplausos de las ocho de la tarde en homenaje a los sanitarios de nuestro país, reconocimiento que en mi fuero interno hago extensivo a todos los trabajadores que en estos aciagos días se exponen al contagio en beneficio de la sociedad entera. Lo hago desde una ventana que se asoma a un enorme patio de manzana, al que dan las viviendas de cuatro calles. Calculo que en total, a una media de cinco portales en cada lado del rectángulo, habrá unas treinta comunidades de vecinos. Si tenemos en cuenta que cada inmueble tiene seis alturas y que en cada piso hay dos viviendas que se asoman a ese gran espacio, resulta un total de trescientos sesenta residencias familiares. Si por último calculamos una media de dos personas por familia, resultará un total de setecientos veinte potenciales aplaudidores, que, hechas las deducciones corespondientes a los edificios de oficinas y a los pisos vacios, puede que se queden en trescientos. Una buena muestra estadística de la que extraer conclusiones del comportamiento humano.

El ambiente durante los cuatro o cinco minutos de aplausos es festivo, yo diría que alegre, como si los que allí estamos intentáramos hacer de tripas corazón y quisiéramos transmitirnos a nosotros mismos unos ánimos que posiblemente no tengamos. De vez en cuando algún viva, pero completamente desprovisto de intencionalidad política. Viva la sanidad y cosas  por el estilo. Después, despedidas agitando los brazos, algún hasta mañana y cada mochuelo a su olivo. Un ejemplo, ya lo he dicho en algún momento, de civismo. Supongo que lo que describo no será muy distinto de lo que suceda a esa misma hora en cualquier otro lugar de España.

Pero el otro día, una hora más tarde de la de los aplausos, cuando estaba viendo el telediario de las nueve y concretamente una comparecencia de Pedro Sánchez anunciando una nueva prórroga de las medidas de confinamiento, empecé a oír una especie de estruendo metálico y me asomé intrigado. En un mirador, justo enfrente de mí ventana y a unos ciento cincuenta metros de distancia, una señora agitaba un sonoro artefacto en un evidente intento de que otros vecinos se unieran al conato de cacerolada. Nadie, absolutamente nadie la siguió. Se subieron algunas persianas, se abrieron unas cuantas contraventanas, que volvieron a cerrase en cuanto los curiosos comprobaron la naturaleza del molesto ruido. Supongo, pero sólo es una elucubración sin más fundamento que la intuición, que aquella señora obedecía las consignas que le hubieran enviado a través de alguna red social. El tiempo me dará o no la razón, porque pienso estar muy atento.

Cuesta creer que en una situación como la que estamos viviendo, cuando una gran mayoría de ciudadanos -pertenecientes a todas las corrientes políticas del país- de lo que de verdad están preocupados es de salir cuanto antes de esta situación tan amarga por la que estamos pasando, una minoría, alentada por los extremistas que aprovechan cualquier ocasión para manifestar sus desacuerdos políticos, colabore en la sucia e insolidara tarea de acoso y derribo que ha emprendido la ultraderecha antisistema. No cesan en los actos de histeria que les provoca el odio ni siquiera en esta situación tan dramática. Sus rencores y sus frustraciones los convierte en auténticos enemigos de la convivencia civilizada, precisamente uno de los valores más preciados en estos momentos.

Sé perfectamente que denunciar este comportamiento es hablar por hablar, porque nadie los va a convencer de que hagan las cosas como se deben hacer en situaciones como éstas. No ignoro que los razonamientos que se les haga  no serán más que predicaciones en el desierto. No van a dar tregua, porque sus ansias de revancha no se lo permiten. Seguirán con sus campañas difamatorias, con la verborrea demagógica y con las caceroladas tercermundistas.

La única esperanza que queda es que algunos de los que hasta ahora han confiado en ellos se den cuenta de lo que de verdad representan y terminen dándoles la espalda para siempre.

23 de abril de 2020

Me gustan los eufemismos

Dice la Academia que eufemismo es la manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante. Por su parte, el diccionario de María Molinar lo define como expresión con que se sustituye otra que se considera demasiado violenta, grosera, malsonante o proscrita por algún motivo. Por último, leo en Fundeu la definición que el escritor Gavilanes Laso da sobre esta palabra, a la que describe como un procedimiento de sustitución de la expresión que se considera hiriente, inoportuna, vulgar, dura, grosera, malsonante, incluso peligrosa, por otra elegante, suave, decorosa, que tiende a dulcificar o a atenuar el significado susceptible de molestar o afligir.

A mí siempre me han llamado la atención los eufemismos, porque me parecen ingeniosos artilugios del idioma, recursos mentales transformados en palabras para esquivar la implícita acritud de ciertas palabras o expresiones. Pero sobre todo me encantan aquellos que proceden de la espontaneidad del hablante. Tanto es así que durante un tiempo me dio por coleccionarlos, como si de sellos se tratara. En cuanto alguien decía algo que sonara a intento de evitar las palabras que en realidad hubieran correspondido al mensaje que transmitía, lo apuntaba en cualquier papel que tuviera a mano. Dejé de hacerlo hace años, cuando me di cuenta de que no hubiera habido en el mundo disco duro suficiente para almacenar todos los eufemismos que se decían a diario.

El otro día oí uno que a punto estuvo de resucitar mi antigua afición. Una presentadora de televisión entrevistaba a una meretriz, interesándose por cómo esta pandemia que estamos sufriendo afectaba a su trabajo. Pero cuando la entrevistadora se refirió al oficio de la entrevistada, no utilizó ninguna de los innumerables vocablos que describen la profesión más antigua del mundo, dijo que era una "mujer en condición de prostitución". Más eufemístico imposible. Y otro de hoy, esta vez de Pablo Iglesias, quien al referirse a la economía sumergida, que en sí ya es un eufemismo, ha dicho los que se ganan la vida mediante "mecanismos informales". No tiene desperdicio.

Ahora ya no se habla tanto de eufemismos como de lo políticamente correcto. Si el otro día el general Santiago en la rueda de prensa del comité de seguimiento del coronavirus hubiera utilizado un eufemismo o una expresión políticamente correcta, se hubiera evitado el aluvión de críticas que le llegaron desde la oposición. Si en vez de decir “minimizar el clima contrario a la gestión de la crisis por parte del gobierno” hubiera dicho “desenmascarar los bulos que circulan en contra de la gestión del Gobierno”, la cosa hubiera sido distinta. Si, además, en vez de la palabra Gobierno hubiera utilizado la expresión instituciones del Estado, el supuesto escándalo no existiría. Yo estoy completamente convencido de que en realidad quiso hablar de esto último, porque estaba dando cuenta del combate que mantiene la Guardia Civil contra los bulos y los montajes fraudulentos, que no son libertad de expresión sino delitos; pero lo dijo a la pata la llana, porque al fin y al cabo no tenía nada que ocultar.

Benditos sean los eufemismos y benditas las expresiones políticamente correctas si ayudan a la convivencia. Es verdad que hay veces que a los hijos de puta hay que llamarlos hijos de puta y dejarse de zarandajas. Sin embargo, la mayoría de las veces se puede sustituir esta expresión tan dura y malsonante por alguna menos hiriente. Incluso se puede precisar la intencionalidad con una frase aclaratoria, como aquella de "tu madre será una santa pero tú eres un hijo de puta". Y así no hay lugar a dudas.

18 de abril de 2020

¿Dónde está el Estado del bienestar?

Cuando todos los días me asomo a las ocho de la tarde a una de las ventanas de mi casa para aplaudir al vacio, pienso que detrás de aquel acto simbólico de agradecimiento a los sanitarios de nuestro país hay algo más que un simple homenaje a un determinado colectivo. Tengo la sensación de que los que allí estamos aplaudiendo al unísono nos trasmitimos unos a otros un mensaje de solidaridad. Los médicos, los enfermeros, los celadores y los responsables de la limpieza en los hospitales no nos oyen –aunque sepan que lo estamos haciendo-, pero los ciudadanos nos alentamos unos a otros con un gesto que transmite por un lado el apoyo que se necesita en un momento tan difícil y por otro la alegría que supone estar venciendo al virus. Se trata de uno más de esos símbolos que las sociedades siempre han necesitado para seguir unidas.

Pero desgraciadamente estos días no todo lo que se ve son manifestaciones de solidaridad y de ánimo, porque hay una minoría que se salta las medidas de confinamiento como si las cosas no fueran con ellos, como si vivieran en un mundo paralelo en el que la pandemia no existiera. Estos individuos no sólo ponen en peligro a los demás, sino que con su actitud insolidaria le dan la espalda a la sociedad. El anterior presidente del gobierno no debería haber salido de su casa para hacer jogging, como se le ha visto y fotografiado in fraganti en los últimos días. Es posible que en la soledad de su urbanización ni se contagie ni contagie a nadie, pero su posición le obliga a dar ejemplo.

Estos días están apareciendo por todas partes gestos de solidaridad, cuyos protagonistas, muchos de ellos anónimos, intentan ayudar a la sociedad en la medida de sus limitadas posibilidades. Bienvenidas sean sus aportaciones, por pequeñas que éstas sean. Pero no es la forma de hacer frente a una crisis de las proporciones de la que estamos sufriendo. El estado está obligado a proveerse de los recursos necesarios para defender a la sociedad en situaciones que, aunque inesperadas, son posibles. Los que ahora están al frente de los recursos disponibles se han encontrado con una sanidad mermada por las políticas de austeridad de los últimos gobiernos, de manera que se se ven obligados a improvisar, y todos sabemos que las improvisaciones adolecen de defectos. La oposición, que ahora cacarea los errores de este gobierno, debería estar proponiendo reformas estructurales para que esto no volviera a suceder. Sin embargo parece que le resulta más fácil, o quizá más productivo desde un punto de vista electoral, señalar con el dedo los defectos de gestión.

Lo que me preocupa ahora no es que la oposición grite, porque eso es algo a lo que estamos muy acostumbrados. Lo que de verdad me intranquiliza es que guarde silencio sobre las medidas que habrá que adoptar cuando esto acabe. Ese mutismo da a entender que volverían a repetir las mismas políticas que estuvieron aplicando cuando gobernaban, las que han conducido a debilitar los pilares del Estado del bienestar. No se les oye ni una sola palabra que ponga en evidencia que están dispuestos a rectificar, ni una frase que dé a entender su disposición a cambiar las políticas neoliberales que practicaron cuando el destino de la nación estaba en sus manos. Ni una ni media. Sólo críticas sobre la falta de mascarillas, sobre las políticas de adquisición de los materiales necesarios para combatir al virus y sobre las imprecisiones estadísticas. Da la sensación de que los conservadores no están dispuestos a bajar la guardia en la defensa del capitalismo salvaje.

Decía el otro día que después de lo que estamos pasando van a cambiar muchas cosas en el mundo. Confío en que una de ellas sea la percepción de las sociedades sobre la necesidad de contar con un Estado fuerte que disponga de las estructuras necesarias para no dejar a nadie al descubierto frente a catástrofes como la que estamos sufriendo. Pero para eso, en contra de lo que defienden los conservadores,  es necesario pagar impuestos.

14 de abril de 2020

Tantos interrogantes me inquietan

Sí, hoy me he levantado pesimista. O mejor dicho,  hoy me he puesto a pensar en los efectos de la pandemia del coronavirus a medio y a largo plazo. El aumento de las cifras de contagio y mortalidad en el mundo entero son tan impresionantes que asusta pensar en ellas. La ciencia médica sigue sin dar ni con la vacuna ni con los fármacos adecuados. Las naciones continúan jugando a sálvese quien pueda y no se observa ni una pizca de solidaridad internacional. Los políticos no dejan de aprovechar la coyuntura para hacer política partidista. La economía se ralentiza. El paro aumenta. Y ni siquiera se sabe cómo afrontar la reducción de las restricciones, eso que algunos llaman “desescalada”, desafiando a la Academia que no reconoce el verbo “desescalar”, porque viene a ser algo así como decir “desubir” cuando existe el verbo bajar. ¿No sería mejor hablar de descenso o de recuperación o de tantos otros nombres aplicables al caso?

Lo mire como lo mire, no encuentro dónde agarrarme para no caer en el abatimiento. He intentado ver las cosas desde un punto de vista personal, analizando con cierto detalle cómo esta situación pueda afectarme a mí. Es una manera egoísta de ver las cosas, lo reconozco, pero he pensado que si llegara a la conclusión de que puedo salir intacto de la catástrofe quizá me quedara algún resquicio de esperanza. Sin embargo resulta que, como soy uno de esos individuos “de riesgo”, las tímidas medidas que puedan ir adoptándose para volver a la normalidad no me afectarán hasta vaya usted a saber cuándo. Es decir que ni salir a la calle ni pasear por mi ciudad ni veranear ni viajar ni nada de nada. Los que de esto entienden me dirán, quédese usted en casa que a su edad es donde mejor puede estar.

De manera que, como ni siquiera me queda el salvavidas personal, he vuelto a pensar en la humanidad, a la que esta catástrofe ha pillado completamente desprevenida. Decía yo el otro día que habrá un después, pero lo que decía estaba dictado por ese optimismo sin límites con el que he nacido y crecido. Hoy, cuando me he puesto la gorra de la criticidad, cuando he analizado la situación sin tapujos y sin hacerme trampas en el solitario, he llegado a la conclusión de que mucho tienen que cambiar las cosas en el mundo para que la sociedad sea capaz de remontar esta situación. No está preparada.  No lo digo en el sentido técnico sino en el de las mentalidades. La Organización Mundial de la Salud, teóricamente la máxima autoridad en el mundo en materia de sanidad, intenta marcar unas pautas de conducta, pero son muchos los que están, no sólo desoyendo sus recomendaciones, sino además defendiendo políticas suicidas. Hay que ver los disparates que han dicho Bolsonaro, López Obrador, Trump, Johnson, etc. etc. Así no hay quien saque esto adelante.

Tengo la sensación de que cuando la pandemia acabe resurgirá con fuerza la antigua polémica entre lo público y lo privado, entre la fortaleza del Estado y el liberalismo económico, entre un sistema que disponga de recursos para hacer frente a situaciones adversas, sin dejar a nadie abandonado a su suerte, y otro en el que la iniciativa privada resuelva todo. No, no es buscarle tres pies al gato, es constatar que, ante situaciones de esta gravedad, los Estados fuertes salen adelante con más facilidad que los Estados débiles. Compárese China con Europa y Europa con Estados Unidos y sáquense conclusiones.

En cualquier caso, esta pandemia no se va a quedar en unas simples estadísticas de mortalidad. Va a traer consecuencias en muchos frentes, desde el fiscal -porque está poniendo en evidencia que sin dinero los servicios públicos no funcionan como deberían funcionar-, pasando por el de las relaciones internacionales –ya que el centro de gravedad de los equilibrios geoestratégicos quizá se mueva de donde ahora está- y terminando por el de la política nacional -como consecuencia de que las correlaciones entre fuerzas políticas dentro de cada país cambien de forma significativa-. Si combinamos todo esto y lo agitamos en una coctelera, vaya usted a saber que panorama nos dejara el coronavirus.

Ya lo había advertido. Hoy me he levantado pesimista. Quizá mañana vea las cosas de manera distinta.

10 de abril de 2020

Historias del confinamiento

Me contaron una vez que cuando acabó la guerra civil y los familiares y conocidos se reencontraban después de no haberse visto durante meses o quizá años, se decían unos a otros no me cuentes tu guerra que te cuento yo la mía. Ignoro hasta qué punto la simpática advertencia se hizo popular, pero mucho me temo que dentro de poco se ponga de moda algo por el estilo, ahora sustituyendo la palabra guerra por la de cuarentena. Estoy seguro de que este cambio de vida al que nos hemos visto obligados, tan repentino y tan drástico, está depositando en cada uno de nosotros un cúmulo de experiencias, de esas que a uno le gusta compartir con los demás. Yo no me libro de la tentación.

Empezaré contando algo que me ha llamado la atención. Como ahora las entrevistas son siempre telemáticas y en directo desde los hogares de los entrevistados, es curioso observar cómo casi todos se colocan delante de algún mueble librería, como si este “atrezzo” constituyera su mejor carta de presentación. No importa que haya pocos libros ni que estos sean de cualquiera de esos autores escandinavos especialistas en literatura negra, lo importante es que se vean. Junto a los libros suele haber alguna fotografía familiar, y por supuesto no faltan  figuritas de porcelana, algunas de Lladró, ni "souvenirs" de viajes más o menos exóticos. Yo, lo confieso, me pierdo recorriendo con la vista las estanterías, intentando desentrañar la personalidad del protagonista.

Por otro lado, el envío indiscriminado de información o desinformación a través de WhatsApp está resultando estos días mucho más insoportable de lo que yo hubiera sospechado al principio, y mira que uno está acostumbrado a las adversidades. Pero lo más curioso es que nadie o casi nadie envía algo de su autoría, porque es mucho más cómodo reenviar lo que te llega de terceros que ponerte a pensar y sobre todo a escribir. Consejos, falsas noticias, presuntos entretenimientos de dudoso gusto y cosas por el estilo, que de todo hay. De la cantidad de versiones de Resistiré que he recibido prefiero no hablar.

Además, el confinamiento nos está obligando a todos a improvisar algún tipo de ejercicio físico que atenúe en parte la falta de movimiento. En esto, como en casi todo, hay clases. Los que disponen de "chalet" o casa de campo con jardín cuentan con un espacio físico que les permite resolver este problema sin hacer demasiado el ridículo. Pero los que como yo estamos recluidos en el reducido espacio de un piso de tamaño medio nos vemos obligados en nuestras andanzas domiciliares a repetir el mismo itinerario una y otra vez, hasta terminar exhaustos, no de cansancio físico sino de aburrimiento. Yo, para mitigar el hartazgo, les pongo un nombre a cada “paisaje”, como el de Cañada de Benatanduz al pasillo, Órganos de Montoro a mi estudio, nacimiento del río Pitarque a la cocina, las Hoces del Guadalope al cuarto de baño y alguno más que me recuerde mi añorado Maestrazgo. Pero como esto continúe voy a tener que emprender una nueva ruta.

Sin embargo, lo de tomar el sol, por aquello de la vitamina D que recomiendan los médicos, lo he resuelto bien, aunque, todo hay que decirlo, con algo de incomodidad. Sentado frente a la ventana de mi dormitorio, en una incómoda posición forzada que permita que los rayos solares lleguen hasta mí, paso unos quince minutos todos los días -si no está nublado- pensando en las musarañas, porque en esa forzada postura no hay manera de pensar en otra cosa. Estoy seguro de que no sirve absolutamente de nada, pero me quedo más tranquilo cumpliendo con el protocolo.

Menos mal que a las ocho de la tarde, hasta hace poco de noche y ahora todavía de día, hago algo de vida social aprovechando los merecidos aplausos al personal sanitario. Desde el primer día no he dejado ni uno solo de asomarme a la ventana y aplaudir al espacio abierto durante unos minutos, como supongo que hará la mayoría de los ciudadanos de pro. Es una experiencia que, además de servir de exponente del sentido de la solidaridad social, permite hacer amistades, a distancia por supuesto -en mi caso a mucha-, con gente que no conocías y que ahora te saludan con la mano. Incluso nos despedimos a gritos con un sonoro hasta mañana.

Lo dejo aquí, porque si sigo escribiendo no me quedará por contar ninguna historia de mi cuarentena cuando ésta haya acabado.

7 de abril de 2020

Nunca llueve a gusto de todos

Lo que está sucediendo estos días en el mundo entero ha cogido a las sociedades completamente en la inopia, tan desprevenidas que las reacciones se han hecho notar por su lentitud. Nadie, absolutamente nadie podía imaginar que algo tan dramático fuera a ocurrir. Hay algunos que comparan la situación con la de una guerra, pero en éstas no suele haber sorpresa, porque los contendientes se lo huelen antes del estallido, con lo cual en mayor o menor medida les da tiempo para preparar sus defensas. Sin embargo, en este caso el ataque ha sido por sorpresa y ha habido que reaccionar sobre la marcha. Mejor o peor, pero cuando el virus ya estaba entre nosotros, lo cual obliga a la improvisación.

A toro pasado no es difícil encontrar fallos en las medidas que se han ido tomando. Pero no podemos olvidar que el mundo entero, incluida la Organización Mundial de la Salud, consideraba que la epidemia que se había iniciado en China era un caso local, debido a circunstancias muy particulares. Cuando más tarde se empezó a ver la situación del norte de Italia, mucho más cercana a nosotros, ni la OMS ni los epidemiólogos de los países europeos sospecharon que el contagio a los vecinos fuera a producirse con tanta rapidez y virulencia.  Incluso después, en España, tras detectarse el primer caso en un turista alemán en La Gomera, todo parecía indicar que la situación estaba bajo control.

La oposición, que desgraciadamente confunde con demasiada frecuencia su obligación de servir de legítimo contrapeso a la labor del gobierno con maniobras desleales de acoso y derribo, se está comportando con una tibieza que no corresponde a la gravedad del momento. No me refiero al señor Abascal y a sus amigos, que amenazan nada más y nada menos con denuncias judiciales y otras lindezas por el estilo. Lo mejor que puedo hacer con ellos es dedicarles el silencio. Me refiero a Pablo Casado, que entre expresiones de lealtad introduce unas puyas que dejan mucho que desear. La última que le he oído ha sido algo así como que no se cuente con ellos para arruinar España. Menos mal, señor líder de la oposición, me deja usted tranquilo. Pero no dice cómo habría que gestionar esta crisis. Se limita a expresar su desacuerdo con las medidas que se van adoptando, aunque como no le queda más remedio luego las apoye.

Escribo estas líneas bajo la sensación de que las cifras de contagio se van reduciendo. Y lo digo con la misma prudencia que las autoridades sanitarias lo van anunciando. Como nos han explicado, es el primer paso para vencer al enemigo común, porque, si el número de afectados disminuye día a día, el sistema sanitario podrá sentirse más desahogado, las UCI no se colapsarán y en consecuencia la mortalidad irá descendiendo. Y si, como está sucediendo, el número de altas sigue aumentando y el de contagiados disminuyendo, quizá podamos empezar a vislumbrar el final de esta impresionante catástrofe nacional, la más importante que hemos sufrido las generaciones actuales.

Para ablandar mi endurecido oído, hace tiempo que sintonizo a diario durante un rato canales de televisión británicos o americanos. En los últimos días, Donald Trump, al frente de lo que ellos llaman el “coronavirus task force”, le cuenta al pueblo estadounidense desde la sala de prensa de la Casa Blanca las últimas noticias sobre el desarrollo de la epidemia en su país, explicaciones que sigo a través de la CNN con doble interés, el idiomático y el de conocer qué se está haciendo en el gigante americano para combatir la pandemia. Es curioso observar como, tras los primeros titubeos motivados por el absoluto desconocimiento que allí como aquí se tenía de la trasmisión y de la letalidad del virus, ahora están siguiendo los mismos pasos que siguió primero China, después Italia y más tarde España. ¿Le suena a alguien la expresión nos esperan días muy duros? Se la he oído al presidente de los EEUU en varias ocasiones.

No. No está siendo fácil mover esta enorme maquinaria para combatir el virus, pero a trancas y barrancas entre todos, algunos encerrados en nuestras casas, lo estamos consiguiendo. Aquí sólo sobran los palos en las ruedas.

3 de abril de 2020

Sanidad pública y sanidad privada

Hay controversias recurrentes que de vez en vez saltan a la palestra del debate público, como las aguas del Guadiana salen a la superficie. Digo esto porque el otro día sufrí las opiniones “whatsaperas” de algunos que sostenían que defender la sanidad pública y utilizar la privada demuestra falta de coherencia. Los que así se expresaban ponían como ejemplo que mientras que Esperanza Aguirre había ingresado en un hospital público, la vicepresidenta Carmen Calvo convalecía en el Ruber, uno de los paradigmas de la sanidad privada en Madrid.

Lamento discrepar de la opinión de estos buenos amigos. No sé dónde encuentran la falta de coherencia. Yo defiendo la sanidad pública, porque me parece que poner el sistema de salud al alcance de todos, sea cual sea su capacidad adquisitiva, es un gran logro de las sociedades avanzadas. Sin embargo, pertenezco a una sociedad privada cuyos servicios de medicina utilizo cuando los necesito. No hay ninguna contradicción, porque no se trata de dos sistemas excluyentes ni antagónicos, como quizá algunos pretendan.

Pero es que esta discusión me lleva a una consideración de rango superior. Hay quienes consideran que disfrutar de una posición acomodada en la sociedad es incompatible con defender políticas progresistas, si por políticas progresistas entendemos estar decididamente a favor del estado del bienestar. No sé dónde ven la incompatibilidad. Puede ser que porque consideren que cuando alguien tiene cubierta las espaldas desde un punto de vista económico no necesita prestaciones sociales o porque crean que el dinero que el Estado se gasta en asistencias sociales procede de unos impuestos que preferirían ahorrarse. Sus razonamientos giran alrededor de su personal situación social y lo que suceda en el resto de la sociedad parece traerlos al pairo.

Según esta manera de pensar, los ricos tiene que ser necesariamente de derechas y los pobres de izquierdas, y el que se salga de este estereotipo está traicionando a su clase. Pero no es así, como todos sabemos. Muchos ciudadanos pertenecientes a las clases medias acomodadas votan a partidos progresistas, como también son muchos los que con un poder adquisitivo bajo o relativamente bajo, se sienten más cómodos cuando gobierna un partido conservador. Por tanto, no hay ni nunca habrá una relación biunívoca entre pensamiento político y estatus social. Recomiendo que si alguien tiene dudas respecto a este aserto eche un vistazo a su alrededor. No tardará en comprobar lo que digo.

Buscar incoherencias en las ideas versus la posición social es un auténtico despropósito, que a veces se utiliza para atacar al adversario. Creo que Esperanza Aguirre está en su derecho al acudir a la sanidad pública, donde posiblemente encuentre facilidades de todo tipo por el mero hecho de haber sido presidenta de la Comunidad de Madrid; mientras que al mismo tiempo comprendo que la vicepresidenta Calvo, que se puede permitir pagar religiosamente las cuotas de un seguro médico, se sienta más cómoda en el Ruber. Yo hubiera hecho exactamente lo mismo que ha hecho cada una de ellas si hubiera estado respectivamente en cada uno de los casos.

La coherencia o la incoherencia habría que buscarlas en otro lugar. Lo que no tiene ningún sentido es utilizar la sanidad pública y defender su privatización; o, por el contrario, acudir a la privada y propugnar que no hay necesidad de ella si se dispone de un sistema público de salud. ¿Alguna de estas dos conocidas políticas encaja en alguno de estos dos supuestos?

Aquí lo dejo, para que sea el lector quien conteste a la pregunta. Si tiene dudas que consulte las hemerotecas. Yo ya lo he hecho.

31 de marzo de 2020

Es señal de que avanzamos

Hay veces que abro el ordenador con la intención de desarrollar una idea y la mente se me queda en blanco. Sé de lo que quiero escribir pero no encuentro las palabras que lo expliquen. Confieso que se trata de una situación bastante desagradable, porque en definitiva me sucede como a aquellos que después de haber sufrido algún tipo de lesión cerebral quieren expresar algo y no son capaces de articular palabra. Es cierto que como una de mis virtudes –alguna tenía que tener- es la tenacidad, insisto e insisto y mejor o peor acabo escribiendo lo que pretendía.

Pero estos días no me sucede esto. Son tantas las noticias, tantos los temas a tratar, que tengo que contener el ímpetu. Sólo con acordarme de las frecuentes intervenciones de la ínclita Isabel Díaz Ayuso tendría materia para estar escribiendo horas y horas. La presidenta de la Comunidad de Madrid debería escuchar con atención la frase que yo acabo de oír hace un momento: hay quienes se quedan en el reproche y quienes aportan soluciones. Pero doña Isabel no es la única que se deleita en la crítica con la intención de borrar protagonismo al adversario político, ya que un coro de serafines pregoneros de apocalipsis la acompaña, es verdad que algo desafinado, pero con letras muy parecidas. Como si no tuviéramos bastante con lo que tenemos.

Esta mañana le he oído decir por la radio a la escritora Elvira Lindo que el otro día, cuando veía un programa de Ana Rosa Quintana, uno de los tertulianos, con tono chulesco y aires perdonavidas, espetó: “es que no saben ni comprar mascarillas”. Son los mismos que hace unas semanas gritaban por las esquinas que el "bolivariano" Ábalos tenía que dimitir, porque no le perdonaban su entrevista con la vicepresidenta de Venezuela, como si aquella torpeza –que lo fue- hubiera sido un delito de lesa majestad. Ahora se les ha acabado la cuerda del “delcygate” y han empezado con las culpas a Pedro Sánchez por el fallido pedido de pruebas del virus. Digo han empezado, porque todo apunta a que este "testgate" irá “in crescendo”.

Lo cierto es que los que así se expresan no se creen lo que dicen, porque es imposible interiorizar tanta majadería. Lo que sucede es que ven con preocupación que el presidente del gobierno está manejando el timón de la nación en unos momentos tan delicados con decisión y sin responder a este tipo de críticas. Está yendo a lo que tiene que ir, a gestionar la difícil situación corrigiendo el rumbo cuando así se lo indican los expertos. Y eso, el pueblo, que no es tonto como algunos se creen, lo está apreciando en su justo valor, no sólo por sus afines sino también por muchos que no le votaron.  

Pero hay más. En Europa, donde algunos países ricos se llaman andana, el presidente del gobierno se está batiendo el cobre con duros enfrentamientos con los mandatarios de los países que no quieren solidarizarse con la deuda que necesariamente España y otros países del sur contraerán. Una lucha que no es fácil, un combate valiente y sin precedentes en la historia reciente de nuestras relaciones con la Unión Europea. Pero eso no está en el argumentario de los denigradores, que se han apresurado a colgar en las redes una intervención del diputado popular Esteban González Pons, un buen discurso sin duda que yo también aplaudo, pero del que no van a llegar las soluciones. Que a nadie le quepa la menor duda de que si se doblega la terquedad de Alemania, de los Países Bajos y de algunos socios escandinavos no será por lo que se diga en el parlamento europeo, sino sobre todo por la contundente defensa de la solidaridad que están haciendo algunos líderes, entre ellos Pedro Sánchez. Pero de esto último no se habla en los cenáculos ultraconservadores, no vaya a ser que el presidente del gobierno español consiga más prestigio.

Como decía al principio, también hay momentos en los que la mente no se me queda en blanco.