16 de febrero de 2025

¡Cuántos inmigrantes hay!

Hoy voy a empezar planteando un reto a los que leéis estas ocurrencias mías. Os sugiero que os molestéis en contar y apuntar los inmigrantes que os encontráis a lo largo de un día cualquiera y los servicios que os prestan. Analizad también la calidad de su trabajo, su atención, su amabilidad y, por qué no, su profesionalidad. Es muy posible que, como me sucede a mí, os quedéis maravillados, siempre y cuando dejéis a un lado posibles prejuicios xenófobos.

Decía el otro día una prestigiosa publicación norteamericana, cuyo nombre no recuerdo, que el buen crecimiento del Producto Interior Bruto que está experimentando España en los últimos años en comparación con otros países de su entorno, se debe entre otros factores a la buena adaptación de los inmigrantes que llegan  aquí a nuestra forma de hacer las cosas. A mí no se me había ocurrido, pero esa opinión me ha hecho abrir los ojos y los oídos para observar el fenómeno.

Que todavía haya en España grupos de desatados xenófobos produce sorpresa. No me refiero sólo a la ultraderecha, porque de estos se conocen sus premisas, la de que se trata de delincuentes que vienen a quitar el trabajo a los españoles, sino a muchos conservadores moderados e incluso a algunos que se consideran progresistas. Yo me imagino que a estos últimos las sensaciones se les quedan en la epidermis y que en consecuencia no procesan correctamente la idea de lo que para nuestro progreso económico está suponiendo este fenómeno.

Se suele utilizar con frecuencia la dicotomía inmigración controlada versus inmigración incontrolada. Es verdad que estos profesionales que nos atienden día a día forman parte de la primera de las categorías, porque tienen “papeles”, pagan impuestos y cotizan a la seguridad social. Pero no lo es menos que si analizáramos su llegada aquí, en algún momento formaron parte de la segunda.

De lo que se trata, por tanto, no es de poner freno a la inmigración, sino de canalizarla adecuadamente. Con independencia de que estamos hablando de seres humanos que vienen a España a ganarse la vida y salir de la miseria de sus países, resulta, además, que son útiles para una sociedad como la nuestra que padece un crecimiento demográfico preocupante y cuya pirámide de población muestra claramente el envejecimiento en su conjunto.

El PP, en vez de reclamar que se envíe a la flota para evitar la llegada de cayucos y pateras (Miguel Tellado), debería ponerse de acuerdo con el gobierno para establecer un plan viable de inmigración ordenada. El problema está en que la palabra orden admite muchas interpretaciones, desde, como decía mi abuela, la de que tranquilidad viene de tranca, hasta la de establecer un sistema de acogida inteligente, pero sobre todo un esquema de inserción, de adaptación y de asimilación.

Sé que se trata de una batalla difícil de ganar. En primer lugar, porque sería un programa que habría que dotar de recursos económicos suficientes para no convertirlo en un fracaso. Por si fuera poco, porque los prejuicios xenófobos no son fáciles de extirpar. Pero sobre todo, porque pedirle al PP que colabore con el actual gobierno es algo así como intentar vaciar los océanos.

Pero a nuestra sociedad le va mucho en ello y, si no se afronta el problema con inteligencia, terminaremos perdiendo una magnífica oportunidad y pagaremos las consecuencias de nuestra torpeza. Una vez más se impone el sabio consejo de hacer de la necesidad virtud.

Por cierto, lo dejo aquí porque es la hora del aperitivo y a continuación me voy a tomar una cerveza en una terraza atendida por unas encantadoras camareras rumanas y, si me da tiempo, me pasaré por el chino del barrio para comprar unos cuadernos que necesito y que venden a un buen precio. 

12 de febrero de 2025

¡Dios bendiga a Trump!


Supongo que quien lea estas líneas y me conozca sabrá que el título que he escogido encierra alguna trampa. Lo leí el otro día en un chat frecuentado por la extrema derecha, en realidad una retahíla de estupideces que cayó en mis manos cuando brujuleaba por aquí y por allá, y me ha parecido que podía utilizarlo para llamar la atención del lector. En esa extensa conversación a través de Internet, los charlistas, no sólo le dedicaban al actual presidente de los EE. UU. la jaculatoria anterior, sino que además lo calificaban de salvador de la humanidad, de garante de las libertades y de látigo de los depravados. No encontré por ningún lado la palabra Mesías, lo cual es lógico, porque como la mayoría son devotos cristianos, para ellos el enviado de Dios ya estuvo en la tierra y la invocación podría convertirse en blasfemia.

El 15 de noviembre de 2024 escribí en este blog un artículo que titulé “Trump y el inalterable equilibrio cósmico”, en el que sostenía la idea de que, por mucho que el ahora presidente norteamericano quiera cambiar el mundo, los equilibrios geoestratégicos internacionales no se lo iban a poner fácil. También sostenía que disgustos nos iba a dar muchos, pero que serían pasajeros. Incluso me atrevía a vaticinar que las reacciones en el mundo entero pueden ser tan inesperadas, que los europeos incluso a lo mejor salimos ganando.

Dice un conocido refrán que solo nos acordamos de santa Bárbara cuando truena. Si traducimos santa Bárbara por Unión Europea y suponemos que los truenos son las amenazas del ínclito Trump, el refrán puede servirnos. Europa tiene que reaccionar, no enfrentándose a EE. UU., lo que sería una insensatez, sino fortaleciendo su unión, a pesar de que las ultraderechas y los neofascismos que nos rodean estén trabajando en contra, no ya sólo con discursos ambiguos como los del PP, sino de manera explícita y amenazadora como los de Vox. La “internacional facha" que se celebró el otro día en Madrid no deja lugar a dudas sobre sus intenciones.

No se acaba de entender como los “patriotas” aplauden a un presidente que nos amenaza con unos aranceles que pueden debilitar nuestra economía de manera sustancial. Es incomprensible que se pongan a favor de un enemigo de nuestro bienestar. Sólo hay una explicación, la de que van a lo suyo, a medrar en las políticas europeas y que el bienestar de los ciudadanos de sus países se la refanfinfla.

Lo de convertir Gaza en la Riviera del Próximo Oriente es tan descabellado, por no decir desalmado, que, si no fuera porque de los irresponsables se puede esperar cualquier disparate, yo me lo tomaría a broma. En cuanto a Ucrania, la paz que quiere imponer Trump significaría una clara victoria de Putin, por supuesto en perjuicio de los intereses de la Unión Europea. Otra ocurrencia que, de llevarse a cabo, nos dejaría a los europeos una vez más a merced de las dos grandes potencias.

Yo sigo pensando lo que decía en aquel artículo de hace unos meses, que la realidad de los equilibrios internacionales no permite tanta estulticia. Pero, lo confieso, no las tengo todas conmigo, porque en ocasiones los salvadores de la humanidad hunden el mundo.

8 de febrero de 2025

Una experiencia "whatsappera"

Siempre he considerado que la comunicación escrita implica el riesgo de no acertar con las palabras precisas y en consecuencia dar lugar a equívocos interpretativos. Con la oral es distinto, porque al estar presente el receptor o los receptores, se puede rectificar inmediatamente si se perciben equívocos. Yo, aunque procuro comunicarme de palabra siempre que puedo, recurro inevitablemente al WhatsApp de vez en cuando.

Hace seis años, un buen amigo mío y antiguo compañero de colegio y yo nos propusimos contactar con el mayor número posible de nuestros antiguos condiscípulos, para, de vez en cuando, reunirnos a comer y charlotear. Como medida complementaria, creamos una lista de WA en la que incluimos la media docena de nombres que habíamos localizado hasta entonces y que con el tiempo se ha ido incrementando hasta sobrepasar la quincena.

Naturalmente, el propósito de esta lista era el de facilitar la comunicación entre nosotros, pensando en las convocatorias de comidas, lo que no es óbice para que, ya que existe, se aprovechara para enviar a los demás alguna información que pudiera ser de interés general o incluir algún simpático chascarrillo. También, por qué no, para felicitar santos y cumpleaños.

Sin embargo, como existe tan mala cultura de la utilización de esta útil herramienta de comunicación, evidente contagio de la bazofia que circula por las redes, pronto empezaron a aparecer escritos de carácter político, de esos de “enviado muchas veces”, por supuesto no escritos por el remitente, sino simplemente “catapultados”. Por cierto, entre ellos fake news, pero sobre todo insultos y burdas descalificaciones. Añadiré, además, que los dardos siempre iban dirigidos en la misma dirección, desde posiciones conservadoras y de ultraderecha hacia el gobierno actual y sus socios. Nunca me he encontrado ninguno en sentido contrario, lo que resulta curioso y da que pensar, teniendo en cuenta que en esta lista hay no pocos progresistas.

Yo intenté cortar aquello hasta en tres ocasiones, simplemente recordando que nuestro grupo de WA no se había creado para “desunir”, sino para “unir”. Obtuve buenas respuestas y, lo más importante, durante un tiempo cesó el bombardeo. Pero poco a poco fueron reapareciendo estos reenvíos, hasta convertirse en una avalancha de burlas, insidias y maledicencias, escritos con el desparpajo propio de quienes están convencidos de que todos piensan como ellos. Ya se sabe que hay profesionales de la elaboración de agravios, al servicio del populismo y de la demagogia.

El otro día, tras el reenvío de una “malévola” lista prefabricada de agravios a todo lo que suene a Pedro Sánchez, en la que no faltaba de nada -incluso acusaciones de insultos al rey e insinuaciones de actitudes anticlericales-, puse una cuarta advertencia del riesgo de convertir la lista en una herramienta peligrosa para nuestra permanencia como grupo de viejos compañeros. No ha habido muchas respuestas, sólo alguna dándome la razón, otra contemporizando y achacándole al infundio la categoría de broma, una tercera diciendo que no nos dividamos que para eso ya está el gobierno. Incluso, y esto resulta llamativo, alguna sacando a relucir la libertad de expresión, como si este tipo de actuaciones representara la quinta esencia de la democracia.

En cualquier caso, hablé a continuación con el autor del último envío, una persona a quien le tengo un gran aprecio y respeto personal. No nos veíamos desde la época escolar y los dos sabemos que ahora estamos en las antípodas políticas. Pero eso para mí no es ningún inconveniente, siempre que respetemos las ideas del otro como personas civilizadas que somos. Y, si entre nosotros hay debate en algún momento, que sea en otro foro, no aprovechando una lista de WA que no se creó para desunir sino para unir. Dejé claro que mi comentario no va dirigido contra las ideas de nadie, sino contra que se expresen en este grupo. 

Como decía más arriba, han pasado varios días desde que envié mi advertencia. Al principio observé un cambio de estilo que prometía tranquilidad y sosiego, pero lamentablemente han vuelto a aparecer los viejos soflamas, los burdas insultos y la misma mala baba "reenviada muchas veces". De otras listas de WA ya me hubiera dado de baja hace tiempo, pero de ésta, que me une a una época escolar inolvidable, no lo voy a hacer. A pesar de que tentaciones tengo muchas.

4 de febrero de 2025

El nuevo socialismo

 

Desde hace algún tiempo, desde que un congreso socialista nombró a Pedro Sánchez secretario general del PSOE, se oyen voces, más o menos recurrentes, elogiando las figuras de los socialistas “históricos”, Felipe González y Alfonso Guerra entre otros, invocaciones que naturalmente persiguen el agravio comparativo con la actual cúpula del partido. Suelen proceder de la derecha, aunque también es frecuente oírselo decir a antiguos votantes socialistas, que en su momento fueron progresistas pero que los años los han derechizado.

En mi opinión, aquel PSOE de actitudes “tibias” de los años ochenta y noventa fue necesario, porque veníamos de donde veníamos y la mentalidad de los españoles no estaba preparada para atragantarse con los grandes cambios que necesitaba España. Yo, lo confieso, le di mi confianza al PSOE de entonces en las cuatro elecciones generales que precedieron a las correspondientes legislaturas que gobernó Felipe González. Su manera de hacer las cosas, sin prisas, pero sin pausas, me parecían prudentes. España estaba cambiando sin necesidad de que se produjeran sobresaltos.

Pero aquella época de prudencia y de pies de plomo pasó, y el electorado progresista empezó a reclamar más contundencia y más valentía a la hora de resolver los problemas de los españoles con menos recursos económicos. La derecha crecía, la ultraderecha empezaba a asomar la cabeza y el PSOE se había apoltronado, por no decir desinflado en sus convicciones progresistas. El electorado de izquierdas empezó a movilizarse y originó un terremoto, cuyo signo más visible fue la aparición de Podemos.

A pesar de esa señal de alarma, de ese evidente toque de atención de las bases progresistas, algunos dirigentes históricos del PSOE ignoraron las señales de alarma, como si aquello no fuera con ellos. Pedro Sánchez, que representaba una clara renovación dentro del partido socialista, tuvo que abandonar momentáneamente la primera línea, se recluyó en sus cuarteles de invierno y reinició la batalla por hacerse democráticamente con las riendas de la organización. Hubo un congreso, salió elegido secretario general y los socialistas iniciaron una nueva época, sacudiendo el árbol para que se cayeran las hojas secas.

Este PSOE responde a una nueva época, en la que ya no es necesario andarse con paños calientes. Por supuesto, ha provocado la reacción enfebrecida de las derechas y ultraderechas españolas, que se sentían mucho más tranquilas con la tibieza a la que había llegado el partido socialista. Además, como el parlamento se ha fraccionado como nunca lo había estado, los socialistas se han visto obligados a hacer de la necesidad virtud y a pactar con todos aquellos que puedan ayudarlos ha sacar el país adelante y a alejarlo de la peligrosa amenaza de los neofascistas emergentes.

Por cierto, aunque las acusaciones de pactos anticonstitucionales circulan por las redes sin recato ni pudor, yo no he visto hasta ahora que se haya acordado nada que vulnere la legalidad.  Son infundios, falsedades y bulos sin más fundamento que la desesperación de los conservadores cuando ven que han perdido el control de la situación. En cuanto a Cataluña, si comparamos la situación actual con la que sobrevino tras los errores cometidos por los gobiernos del PP, creo que a nadie le quedará la menor duda de que esta manera de hacer las cosas es la más conveniente para garantizar la unidad de España.

Por eso, que Felipe González continúe en los nuevos círculos a los que lo ha llevado su deriva conservadora y que Pedro Sánchez y sus nuevos colaboradores continúen adelante con valentía progresista.

31 de enero de 2025

Los despropósitos de don Alberto

Se lo tienen dicho, pero él ni caso. Sus barones más centrados, o menos descentrados, le han advertido por activa y por pasiva que en política la coherencia es un valor que hay que preservar, porque de lo contrario se pierde credibilidad. Pero el señor Núñez Feijóo erre que erre, porque está convencido de que ya es mayorcito y no necesita consejos de nadie. Además, como unos le dicen una cosa y los otros la contraria, ha debido de pensar que lo mejor es hacer de su capa un sayo y aquí paz y después gloria.

Las explicaciones que dio el otro día para justificar el apoyo a la propuesta parlamentaria del gobierno, no las superaría en humor surrealista ni el mismísimo Groucho Marx. Si en vez de salir al estrado con el rictus marcado por el mal rato que debía de estar pasando por culpa de la indiscutible incoherencia, lo hubiera hecho con un puro en la boca y flexionando un poco las corvas, se le hubiera confundido con el inolvidable humorista. Pero naturalmente el peso de la contradicción era tan grande, que no debía de estar en ese momento para muchas bromas.

Después de haber votado en contra de la aprobación del decreto de revalorización de las pensiones hace tan sólo unos días, con el único y exclusivo propósito de castigar al gobierno, ahora, cuando se ha puesto de manifiesto que la ley sale adelante aun con su voto en contra, intenta justificar el cambio de criterio con argumentos contradictorios entre sí. Por un lado, invoca a los pensionistas, a los usuarios del transporte y a los damnificados por la DANA, de los que se había olvidado en la votación anterior, y por otro argumenta que si vota ahora que sí es para que Pedro Sánchez no se salga con la suya y lo acuse de antisocial. Pero, don Alberto, ¿no percibe usted en sus argumentos la más que evidente contradicción que observamos el resto de los mortales?

Lo cierto es que se ha puesto de manifiesto una vez más que el gobierno cuenta con resortes suficientes para seguir gobernando, y al mismo tiempo que a la oposición no le queda más recurso que el del pataleo, como les sucede a los niños cuando se les quita de la boca un caramelo que estaban a punto de saborear. La derecha de Feijoo se frotaba las manos y su satisfacción se ha convertido en patente decepción. Se han quedado con el culo al aire, permítaseme la expresión coloquial. 

Es verdad que los apoyos parlamentarios que sustentan al gobierno constituyen un batiburrillo difícil de manejar. Pero no lo es menos que la mezcolanza es consecuencia de los nuevos tiempos, en los que, al haberse acabado el bipartidismo, no es fácil formar mayorías sólidas. Pero Pedro Sánchez hasta ahora está manejando bien la situación, sin que sea cierta la acusación de la oposición sobre presuntas concesiones anticonstitucionales a los separatistas. A no ser que le llamen así al esperpéntico berrinche que les ha entrado con la devolución del palacete de París al gobierno vasco.

El próximo hito serán los presupuestos del Estado. Pero visto lo visto, a mí no me extrañaría que se terminaran aprobando por mayoría suficiente. Entonces vendrá el crujir de dientes de la derecha y de la ultraderecha, en su constante pugna para ver quien la tiene más grande.

27 de enero de 2025

Recuerdos olvidados 35. Las cuadras y el huerto abandonado

Supongo que algunos de los que leen mi blog se habrán preguntado que de dónde saqué en su día el título de “El huerto abandonado”. Como es una historia que a mí me parece curiosa, le voy a dedicar unas líneas. Pero antes necesito exponer algunos antecedentes para que se entienda mejor el relato, pensando sobre todo en aquellos que no conozcan Castellote.

Nuestra casa del pueblo, propiedad que compartimos los cuatro hermanos, dispone como la mayoría de las antiguas edificaciones de Castellote de cuadras, no en vano proceden casi todas de una época en la que la mayoría de sus habitantes se dedicaban al campo. Desde hace años, desde que desaparecieron las caballerías y los animales domésticos se concentraron en grandes granjas, las cuadras perdieron su utilidad como tales. Por eso, algunos de sus propietarios, entre ellos nosotros, las hemos reconvertido en estancias para la diversión y el entretenimiento. Las nuestras, de unos ciento cincuenta metros cuadrados, constan de bodega, comedor y cocina, tres estancias contiguas que hemos ido amueblando y decorando poco a poco con aportaciones de cada uno de nosotros, pero sin eliminar los pesebres, que permanecen como vestigios del pasado.

Pero de lo que no disponen la mayoría de las casas del pueblo es de un huerto como el nuestro, de cerca de mil quinientos metros cuadrados, al que se accede directamente desde la casa precisamente a través de las cuadras. Este huerto, que cuando yo era un niño constituía el escenario principal de nuestros juegos, estuvo siempre al cuidado de medieros, el último el bueno del “tío" Emilio, una auténtica institución en nuestra familia. Pero Emilio se jubiló hace ya muchos años y nadie entró para sustituirle, por lo que el huerto quedó abandonado y, poco a poco, se fue asilvestrando hasta convertirse en un lugar casi inaccesible o, al menos, poco atractivo para pasar ratos en él.

Una noche de hace más de treinta años -aquí empieza la historia que hoy pretendo relatar-, estaba yo con un grupo de amigos y familiares cenando en las cuadras de unos primos nuestros. Observé que entre los elementos de decoración habían colocado sobre las paredes unas celosías pintadas en verde, con macetas colgadas que contenían plantas artificiales, una manera muy ingeniosa y al mismo tiempo vistosa de quitarle aspereza a la visión de unas viejas estancias con poca prestancia. Me quedé con la idea, porque la decoración de interiores siempre ha llamado mi atención. 

Otro día, cuando esta vez la cena tenía lugar en nuestras cuadras, le comenté a una de las propietarias de la casa que acabo de mencionar que me había gustado mucho la solución de las celosías y que quería hacer algo parecido allí. Me miró con ojos sorprendidos y me dijo algo así como, "si nosotros tuviéramos un huerto como el vuestro, no habríamos colocado flores artificiales en las cuadras".

El mensaje estaba claro y encendió una luz en mis inquietudes, siempre en estado de alerta. Nuestro huerto no podía seguir abandonado, había que reconvertirlo en una zona ajardinada que nos sirviera de lugar de esparcimiento, como lo había sido hasta hacía poco. Las cuadras, cuya utilización ya estaba en marcha, seguirían su camino y el huerto empezaría su propia andadura.

Aunque tenía las ideas claras y como consecuencia el firme propósito de recuperar el huerto abandonado, lo cierto es que la tarea se me antojaba ardua, por no decir imposible. Algunos frutales se habían secado, las malas hierbas se extendían por todas partes y el suelo en verano estaba más seco que un secarral. Cuando lo recorría buscando por dónde empezar, se me caía el alma a los pies incapaz de decidirme.

Pero el relato de la historia de la recuperación del huerto tendrá que esperar a otro día, porque creo que merece un cierto detalle y porque aquí sobrepasaría la extensión que me he marcado para estos artículos Entonces, cuando le toque el turno, explicaré cómo dejó de estar abandonado.

22 de enero de 2025

Salir del fango

Cuando escribo estas líneas, ha transcurrido mucho tiempo desde que Sánchez, tras unos días de ausencia, anunciara que continuaba al frente del ejecutivo. Al principio, después de oír su intención de iniciar una nuevo estilo, cuando aseguró que iba a hacer todo lo posible por cambiar el ambiente de agresividad que inunda las instituciones, mi siempre desbordado optimismo me hizo pensar que entrábamos en una nueva etapa. También mi ingenuidad me llevó a imaginar que, si una de las dos partes rompía esta dinámica diabólica en la que nos encontramos, la otra acomodaría el compás a una nueva manera de hacer las cosas. Pero no sólo no ha sido así, sino que el ruido se ha recrudecido hasta convertirse en ensordecedor.

Hay una expresión figurada que consiste en decir que algo se ha pasado de rosca, y ya se sabe que cuando a un mecanismo le sucede algo así se convierte en inservible. La oposición se ha pasado de rosca y gira libremente como los tornillos sin fin. Ni encuentra el tope necesario ni quiere encontrarlo. Cuando se le ofrece lo rechaza, porque eso significaría tener que aceptar que Sánchez siga gobernando. Es más fácil hostigar que contemporizar. Resulta mucho más útil para sus intereses a corto continuar con el mantra de la falta de legalidad del actual gobierno, que ejercer de oposición. Si además llueve sobre el mojado que han ido creando durante los últimos años, mejor.

La polarización es cosa de dos. Uno sólo no puede romperla. De manera que, si una de las partes no quiere porque no le interesa, es imposible acabar con ella. Entonces la pregunta es qué hacer. La respuesta que se me ocurre no es otra que lamentablemente este gobierno tendrá que seguir navegando en aguas embarradas, no porque quiera, sino porque el otro no le deja salida. Así de fácil.

Ahora bien, navegar en aguas embarradas no implica echar más barro. No es fácil, por supuesto, pero sí posible. Este gobierno podría acabar la legislatura si se propone hacer las cosas de otra manera. No digo mejor, aunque todo es perfectible, digo de manera distinta. Ahora bien, para ello tiene que contar con sus socios de gobierno y con los partidos llamados de la investidura, porque si éstos continúan con el espectáculo al que nos tienen acostumbrados, no hay nada que hacer. Si no anteponen a sus intereses  electorales a corto plazo una inteligente visión de futuro, no habrá nada que hacer. Porque ya me dirán los señores de Junts qué pueden esperar de un gobierno del PP y Vox. Desde mi punto de vista, el amago de dimisión de Sánchez perseguía el objetivo de alertarles sobre esta posibilidad. Ahora bien, no estoy seguro de que, pasado el primer momento de estupefacción, el frente común que parecía haber renacido vaya a continuar.

Como no hay nada nuevo sobre la faz de la tierra, lo que está sucediendo ahora tampoco es novedad. La democracia resiste los embates más duros, porque, aunque a veces sus enemigos la hagan tambalearse, al final la inercia del progreso social vence los ataques. Prefiero pensar así, porque de otra manera tendría que empezar a entonar un réquiem por las libertades.

Para acabar con el barro en la política no se puede contar con esta oposición. Este gobierno tendría que hacerlo en solitario y con habilidad democrática. ¿Es eso posible? Mucho me temo que no.

17 de enero de 2025

No se puede ser más miserable en tan poco tiempo

 

La expresiva frase del título no es mía. La tomo prestada de un comentarista político, cuando hace unos días explicaba a su audiencia radiofónica que el ínclito Carlos Mazón había dicho en público que los palestinos de Gaza tenían mucha suerte, porque habían recibido 24 millones de euros del gobierno español para paliar la catástrofe humanitaria provocada por Netanyahu, mientras que Valencia no había recibido ni uno.

Yo quizá hubiera sido más suave y hubiera escogido otro, como por ejemplo “Se defiende como gato panza arriba”. Porque el ilustre presidente de la comunidad valenciana, acosado por todas partes, incluso por los de su propio partido, ya no sabe qué decir para librarse de las acusaciones de inepto que recaen sobre su persona. Ha escogido la estrategia de la burda mentira, olvidándose de que a un mentiroso se le coge antes que a un cojo.

¿Sabe el señor Mazón lo que ha costado y sigue costando la movilización de la UME? ¿Ignora a caso el desembolso del Estado en la reparación de las infraestructuras básicas, autopistas y ferrocarriles? ¿Nadie le ha dicho los millones de euros que el ejecutivo central está dedicando a ayudas directas a los damnificados, todas ellas perfectamente detalladas en el BOE?

Yo puedo llegar a entender que, cuando uno ha cambiado tantas veces de versión sobre su injustificada ausencia en los primeros momentos de la tragedia, esté desesperado y no sepa a qué clavo ardiendo agarrase. Pero acudir a la falsedad, a la falacia y al embuste manifiesto, sobre todo cuando todo lo que dice es muy fácil de desmentir, demuestra, no sólo su falta de talla política, sino también su carencia de principios morales.

Las hemerotecas desmienten sus acusaciones. No sólo las hemerotecas, sino también la ingente información gráfica que nos ha ido llegando a todos de las actuaciones de los recursos del Estado desde el primer momento. Pero Mazón, no sólo niega la mayor, sino que además mete a la tragedia humana de los palestinos por en medio, una comparación absolutamente improcedente, sólo digna de un político más torpe que donde los hagan.

Feijóo, consciente de la torpeza de su barón, lo defiende en público, lo arropa e intenta darle algo de oxígeno, por supuesto con la boca chica. Yo no creo que Mazón vaya a pasar la criba del próximo congreso del partido popular en Valencia, porque reelegirlo como presidente supondría someter al PP a un riesgo electoral innecesario. Los valencianos tardarán mucho tiempo en olvidar su ausencia injustificada en los primeros momentos de la tragedia, entre otras cosas porque, si hubiera estado desde el primer momento al frente de las medidas que había que tomar, es posible que se hubieran evitado muchas muertes.

Pensándolo bien, no voy a cambiar el título de este artículo, porque mucho me temo que el citado comentarista tenga razón: no se puede ser más miserable en tan poco tiempo.

13 de enero de 2025

Recuerdos olvidados 34. Mis múltiples colegios.


Creo que a lo largo de estos recuerdos olvidados he contado en más de una ocasión la circunstancia personal de que cursé las enseñanzas de primaria y secundaria hasta en seis colegios distintos. Supongo que también he dicho que ignoro si tanto cambio de centro escolar favoreció o perjudicó mi formación, pero eso es algo que ya a estas alturas de mi vida poco importa.

Mi primer colegio fue el de Nuestra Señora de El Pilar de Tetuán, ciudad en aquel entonces capital del Protectorado Español de Marruecos, en la que viví durante los nueve primeros años de mi vida. De este centro, en el que debí de estudiar dos cursos de primaria, conservo pocos recuerdos, más allá de un gran patio para el recreo y un árbol de morera del que cogíamos hojas para alimentar a nuestros gusanos de seda. Sin embargo, no se me han olvidado los traslados desde el colegio al centro de la ciudad, en filas de a tres en fondo, a través de unos descampados y unas cuestas endemoniadas, que las lluvias convertían en barrizales y que Google Earth me muestra ahora cubierto de urbanizaciones. Fue en aquel colegio donde aprendí a leer, a escribir y las cuatro reglas de la aritmética, pero lo cierto es que no recuerdo a ninguno de mis profesores y casi nada de mis compañeros, salvo a un tal Ángel Martínez de Velasco, con quien tuve una buena amistad y que luego, al cabo de muchos años, volví a encontrarme en un par de ocasiones. Como anécdota, interesante y curiosa en los tiempos que corren, contaré que cuando los alumnos católicos nos poníamos de pie para rezar en clase lo que procediera, los musulmanes, aproximadamente el treinta por ciento de la clase, permanecían respetuosamente sentados. Había un absoluto y total respeto entre las dos comunidades. Digo más, entre las tres, porque entre mis compañeros recuerdo algún hebreo.

El segundo fue un internado en las estribaciones de los Pirineos gerundenses, del que mantengo vivos recuerdo y en el que estudié el llamado entonces Ingreso al Bachillerato (curso 1951-52). De aquella experiencia, que compartí con mi hermano Manolo, si he escrito aquí varias anécdotas, porque mi memoria retiene bien el cúmulo de sensaciones derivadas del paso de la pasiva inercia infantil al desarrollo de la personalidad, que sin duda en mi caso se inició allí. Pero lo cierto es que sólo estuvimos en ese colegio un curso, porque la dureza de las condiciones me envalentonó para exigir a mis padres que no nos obligaran a repetir la experiencia. Esto último ya lo he contado en algún otro sitio de estos deslavazados recuerdos.

El tercero fue una academia seglar y mixta, la Cocuard, en la ciudad de Gerona. Como curiosidad diré que el director y dueño del centro era un antiguo republicano, de los pocos que se libraron de la represión franquista. Mi padre, militar y excombatiente en el otro lado, conocía la circunstancia; pero debía de ser tal el prestigio de aquel docente que no dudó en matricularnos a los dos. 

En ese colegio cursé el Primero de Bachillerato (curso 1952-53), y tengo la sensación -lo he confesado en varias ocasiones- que aquella experiencia escolar, niños y niñas juntos, y sobre todo una educación alejada de la influencia religiosa, me ayudó en gran medida a iniciar el uso de la razón, a confiar en la ciencia y a alejarme de fantasías indemostrables. Aunque sólo fuera el principio de un proceso no demasiado largo, creo fue allí donde empezó una profunda catarsis emocional, que luego continuaría hasta desembocar en la mentalidad librepensadora que me acompaña desde hace muchos años.

En el cuarto, el colegio de La Salle Josepets de Barcelona, estudié Segundo (curso 1953-54), y Tercero (curso1954-55) de Bachillerato. Volvía a la enseñanza segregada y religiosa, un cambio que a pesar de mi edad noté. Quizá una de las características más emblemáticas de aquel centro fuera el fomento del deporte que, dadas las características del pequeño espacio que disponía, se centraba en el baloncesto y en la gimnasia. Blume, el conocido gimnasta español que triunfó en los campeonatos internacionales de final de los 50 y principios de los sesenta, había estudiado en aquel colegio, razón por la que los hermanos de La Salle idolatraban su figura. Sin embargo, recuerdo muy poco a profesores -todos religiosos- y compañeros, más allá de algún apellido al que no soy capaz de poner cara. 

El quinto fue el Colegio Calasancio de Madrid (cursos 1955-56, 1956-57 y 1957-58) en los que cursé Cuarto, Quinto y Sexto de Bachillerato. De este centro si mantengo muchos recuerdos y sobre todo bastantes amigos, con algunos de los cuales me veo de vez en vez, unos encuentros que, aunque a todos nos haya llevado la vida por caminos muy distintos, nos permite rememorar juntos una época que sin duda fue la cuna de nuestras respectivas personalidades.

El sexto y último fue una academia seglar, pero no mixta, también en Madrid. Allí cursé el Preuniversitario (curso 1958-1959). Mantengo algunos recuerdos, pero sobre todo el del profesor de Lengua y Literatura, un hombre que despertó en mí el furor por la lectura. Yo en aquella época leía ya bastante, pero todavía no había salido de la lectura de los libros juveniles, Emilio Salgari, Julio Verne y otros de narrativa fácil y entretenida. El señor Casajús recondujo mi afición y me hizo saltar sin miedo a la literatura con mayúsculas, de la que no me he despegado hasta ahora. Nunca olvidaré sus palabras: lean ustedes todo lo que puedan, no hay placer mayor que el de la lectura. 

Seis colegios, seis experiencias y, como nada me impide pensarlo así, supongo que un cóctel enriquecedor, no sólo en el plano educativo, también en el aprendizaje de vivir la vida, la asignatura más importante y también la más difícil. Hay algunos que no la aprenden nunca.

9 de enero de 2025

Recuerdos olvidados 33. Mamá, quiero ser escritor

Pido disculpas por la broma del título, sólo un guiño a mi admirada Concha Velasco por su insistencia en que quería ser artista. Creo que siempre, desde niño, estuve enamorado de ella. Amores imposibles, que son los menos peligrosos  porque no comprometen. De esos he tenido varios.

Andaría yo por los 18 o 19 años y había empezado a estudiar la carrera, cuando leí una novela sobre la vida de un joven que se encerraba en un cottage, totalmente aislado en la campiña inglesa, para escribir su primera novela, porque quería ser escritor a costa de lo que fuera necesario. No recuerdo ni el título del libro ni el nombre del autor ni siquiera el final de la historia. Sólo se ha quedado grabada en mi memoria la secuencia de la machaconería con la que aquel personaje se enfrentaba a su obsesión.

Puede, no estoy seguro, que de aquella lectura naciera mi interés por escribir novelas. Yo también he querido ser escritor toda la vida, entre otras cosas porque siempre me ha parecido uno de los ejercicios intelectuales más interesantes a los que un ser humano pueda enfrentarse. Por consiguiente, como se trataba de una asignatura pendiente que quería aprobar, cuando ya rondaba los sesenta años me senté un día frente a mi ordenador y empecé a hilvanar palabras, sin esquema previo y sin más ayuda que el diccionario de la academia y un manual de sinónimos y antónimos. Pensé que lo demás, eso que llaman inspiración, sería consecuencia de mi trabajo. No tenía ni idea de lo que significaba todo aquello, pero en peores garitas había hecho guardia.

Inventé un título -por algún sitio hay que empezar-, me propuse sondear en mis recuerdos juveniles -por supuesto sólo a modo de inspiración y no de confesión- y empecé a redactar mis ocurrencias. Cuando acababa un párrafo no sabía cuál sería el siguiente y cuando cerraba el ordenador después de cuatro horas de sentada ininterrumpida no tenía ni idea de por dónde continuaría cuando volviera a abrirlo. Sin embargo, pocas veces volvía a revisar la secuencia argumental, quizá porque me asustara hacerlo, aunque sí corregía y corregía el estilo del texto hasta la saciedad. De aquel primer esfuerzo nació al cabo de un año de gestación “La voz de los almendros”, que guardé en un cajón, no sé si porque en aquel instante no sabía si deshacerme de él o esperar a otro momento.

Pero lo cierto es que, como ya le había cogido el tranquillo a la tarea, y también había empezado a saborear el placer de la escritura, inicié un segundo libro, esta vez una novela de carácter histórico, aunque apoyada en los recuerdos de un personaje actual, a la que titulé “El corazón de las rocas”. Cuando la acabé, tras otro año de aporrear el teclado y más envalentonado que la primera vez, encontré un anuncio de una empresa de autoedición, me fui con el borrador bajo el brazo a una oficina situada en la Glorieta de Quevedo, llamé a un timbre, me recibieron unas simpáticas, brillantes y guapísimas señoritas de la edad de mis hijos, me atendieron como si fuera el mismísimo Cela y me explicaron en qué consistía su colaboración.

Al cabo de unos días de inquieta espera, recibí una llamada de mi ahora amiga Minerva, la directora de la editorial, que me anticipó que les había gustado a quienes la habían leído, que era publicable y que fuera a verla. Yo no cabía en mí de satisfacción.

“El Corazón de las rocas” se publicó en 2006. Slovento, así se llamaba la editorial, organizó una presentación del libro en el café Libertad 8, en la calle del mismo nombre, un lugar de sabor bohemio y de ambiente recogido, en el que me acompañaron hasta cincuenta amigos y familiares. Se sentaron conmigo en el estrado una de las guapas editoras, y Pilar, mi gran amiga y consejera literaria. Cuando me tocó el turno, solté un discurso de unos quince minutos, notando tras cada palabra que el torrente de adrenalina se precipitaba en mis venas. Estaba empezando a disfrutar de un mundo totalmente desconocido para mí, el que rodea a los escritores. Puede que fuera en aquel momento cuando me convertí en un adepto a la escritura.

Después de aquel estreno me atreví a publicar la que había guardado en el cajón de mi escritorio. La corregí por enésima vez, la llevé a Slovento, me aconsejaron su edición y la presenté, esta vez en el café del Prado, un lugar que ya no existe. Como había hecho con la primera, inicié una gira de presentaciones -Teruel, Alcañiz, Castellote y otras localidades turolenses-, por aquello de que se trataba de historias localistas e imaginaba que allí mis ficciones podrían tener más interés que en otros lugares

Más tarde vino otra novela, “Las musas del asfalto”, una historia muy alejada de mis vivencias, porque quería probar mi capacidad creativa, imaginando tramas que nada tuvieran que ver con mis experiencias. Después un par de libros de viajes, “Las sombras del Nilo” y “Viaje al centro de la Historia”, con pretensiones de ensayos. Por último este blog y estos recuerdos olvidados, deslavazados y entrelazados con otras reflexiones, ocurrencias y paridas.

Ahora -a la vejez viruela- estoy metido de lleno en otro proyecto literario. Pero de éste de momento no voy a descubrir nada, porque pertenece al secreto del sumario. Espero que me queden fuerzas para airearlo en algún momento.



5 de enero de 2025

Recuerdos olvidados 32. Yo fui pregonero en las fiestas de mi pueblo

 

No recuerdo bien la fecha, pero teniendo en cuenta que lo que voy a relatar sucedió poco después de que hubiera publicado mis dos primeras novelas, creo que no me equivocaría demasiado si la situara en la primavera de 2007. Estábamos Ana Mary y yo pasando unos días en Castellote fuera de las temporadas para nosotros habituales, tomábamos unos vinos en la barra del Guarch -refugio de lugareños, forasteros, caminantes y andariegos- cuando se me acercó alguien cuya cara me resultaba muy conocida, pero que al principio no conseguía identificar. Era "el Montero", un amigo mío de los veraneos infantiles castellotanos.

“Luis” -me dijo con un atisbo de timidez en la mirada-, “no sé si sabes que soy el actual concejal de festejos. Ya que te he visto, quería pedirte en nombre del ayuntamiento que aceptaras dar el pregón en las fiestas de este año”. Me quedé tan perplejo, entre la ilusión que me hacía aquella propuesta y la duda de que yo fuera la persona más indicada, que empecé a contestarle, no con evasivas, pero sí con ciertas reservas. “Montero, te agradezco mucho el detalle, pero creo que esto de los pregones es cosa de gente joven. Lo que yo pueda contar no le interesa a nadie. ¿Quieres que les hable de mi vida a nuestros paisanos?”. Me miró sonriendo y me contestó que eso era precisamente lo que quería el alcalde y también lo que a él le gustaría. “De todas formas -añadió- puedes hablar de lo que te venga en gana”.

Naturalmente acepté, muy consciente de que cumplir bien con aquel compromiso no iba a ser tarea fácil. Durante los meses siguientes me devané el seso intentado encontrar un hilo argumental que pudiera tener un cierto interés para un colectivo en el que algunos, muy pocos, son de mi edad, pero la mayoría mucho más jóvenes. Tenía además el reto de conseguir darle al discurso un tono adecuado, alejado de retóricas alambicadas, pero sin caer en la vulgaridad. Al pan, pan y al vino, vino, pero a ser posible candeal el primero y de reserva el segundo.

Elegí contar mis experiencias en Castellote, desde que aparecí en el pueblo por primera vez cuando todavía no había cumplido los trece años, hasta la fecha. Rebusqué en la memoria algunos personajes que me hubieran dejado buenos recuerdos, describí someramente las precariedades en las infraestructuras de la época, sin agua corriente ni alcantarillas y con continuos cortes de electricidad. Pero sobre todo me centré en una época, la de los sesenta y parte de los setenta, cuando Castellote se había convertido en un auténtico pueblo minero. Hablé de la prosperidad de entonces, que evidentemente la hubo, pero también y sobre todo de los sacrificios de un oficio tan duro como es el de la minería del carbón.

No sé si atiné, pero agradecí los espaldarazos que recibí. Tengo la sensación de que hablar de los mineros emocionó a algunos –para otros era un tema del que apenas conocían detalles-. El alcalde se me acercó después y me dijo que recogía el reto que le había lanzado desde el atril sugiriendo que se instalara un pequeño monumento o lápida en algún lugar del pueblo, para que el recuerdo de aquella época no se perdiera. La verdad es que hasta ahora no se ha hecho nada, pero es que los presupuestos son los presupuestos.

Recuerdo cuando bajaba en la comitiva desde el ayuntamiento a la plaza de “El caballón” del brazo de una guapísima maja -cómo me gusta lo de maja- que me preguntó qué tal bailaba el vals, porque después los concejales y el pregonero tenían que iniciar el baile. Creo que le contesté que prefería la salsa, pero que haría lo que pudiera. Los nervios y la excitación provocan chistes fáciles.

Cuento todo esto porque, aunque haya pasado ya tanto tiempo, mantengo un recuerdo inolvidable de aquel día, en el que me sentí muy orgulloso al contemplar que se había contado conmigo para un evento anual que tiene más importancia de la que suele dársele. Cuando hablas desde una tarima y tras un atril en la inauguración de las fiestas de algún lugar, estás representando la inteligencia colectiva de los que te oyen.

Ahí queda mi satisfacción y mi agradecimiento a quienes me propusieron.

1 de enero de 2025

Sí, claro que hay lawfare

 

Empezaré confesando que he tenido que buscar en "fuentes generalmente bien informadas" -Internet- el significado de la expresión inglesa lawfare. Parece ser que se trata, si lo he entendido bien, de un juego de palabras entre law (ley) y warfare (relativo a la guerra). Así que, con un poco de imaginación estaríamos hablando de juego sucio en la administración de justicia. Pues bien, como digo en el título, existir, existe, no digo en general, pero sí en determinadas ocasiones.

No pretendo  entrar en casos concretos. Los tengo en la cabeza, pero precisamente como estoy convencido de que no se puede juzgar sin pruebas me los callo. Además, si no quiero adentrarme en detalles es porque no creo que el problema sea de individuos aislados, sino de estructura política. De los colectivos profesionales que sucedieron a los que existían durante la dictadura, estoy convencido de que el de la judicatura ha sido el más inamovible y el más maleable por los intereses políticos.

Se trata de uno de los llamados poderes del Estado, junto al ejecutivo y al legislativo. Pero como el ejecutivo, en sus distintas etapas, contando con el legislativo cuando ha gozado con mayoría suficiente, ha intentado hacer de su capa un sayo con la justicia, nos encontramos en una situación que me parece francamente preocupante desde el punto de vista del correcto funcionamiento democrático de un estado de derecho. Creo que hay que decirlo alto y claro, no para cargar las tintas, que ya bastante cargadas están, sino para tomar conciencia de que se deben corregir los entuertos, por supuesto con los procedimientos que brinda la democracia.

Como todos los días se aprende algo nuevo, he intentado y supongo que conseguido entender qué es una investigación prospectiva. Copio: es aquella que se produce cuando no hay un hecho delictivo claro, por lo que no debería hacerse. Como ejemplo, la fuente que he consultado añade: casos que se conocen a través de los medios de comunicación y que un juez decide investigarlos sin denuncias previas. En esta categoría están aquellos que se inician "para ver si se encuentra algo".

A mí este asunto me recuerda a los procedimientos de la Inquisición. Entonces no había medios de comunicación como ahora los entendemos, pero sí mentideros en las villas. Los inquisidores aceptaban sin mayor consideración las difamaciones del populacho y así le fue durante aquel triste periodo de la humanidad a los países que tuvieron que soportar las hogueras, entre otros mi querida España como cantaba Cecilia.

No voy a negar que haya corrupción en la clase política, porque desgraciadamente la tendencia al robo, al enriquecimiento ilícito y la propensión al pelotazo está en el ADN del ser humano y, lamento decirlo, nunca desaparecerán. Los presuntos corruptos a los tribunales cuando existan pruebas suficientes y, si se demuestra fehacientemente su culpabilidad, que paguen sus delitos. Pero meter al adversario político de la mano de ciertos jueces en acusaciones no demostradas sólo para debilitarlo, es propio de la Inquisición y hay que acabar con ello.

Ya está bien de andarse con rodeos en un asunto tan preocupante.

28 de diciembre de 2024

La otra noche tuve un sueño

Martin Luther King dijo en una ocasión que tenía un sueño. Soñaba con que la comunidad de raza negra de Estados Unidos lograra algún día alcanzar los mismos derechos que gozaba la de los blancos. Sólo eso y lo asesinaron

El mío ha sido distinto, lo advierto, porque confío en que nadie tome represalias. Me encontraba inmerso en una sociedad, ésa a la que llamamos occidental y en ocasiones con altivez el primer mundo, en la que habían desaparecido los prejuicios sociológicos heredados de una historia tachonada de mensajes egoístas y exclusivistas, de predicadores encerrados en sus burbujas de privilegios, de patrioteros vocingleros de mente angosta. Los inmigrantes no morían a centenares intentando alcanzar las costas de sus ilusiones y cuando llegaban eran acogidos como seres humanos y no como peligrosos delincuentes. Los ciudadanos elegían a quién amar y no estaban condicionados por mandamientos religiosos. Las mujeres eran dueñas del destino de sus cuerpos y a sus en ocasiones difíciles decisiones no se añadía el estigma de la intolerancia. Los humanos se miraban directamente a los ojos y los matices del color de su piel no eran más que variaciones de los pigmentos cutáneos que no afectaban a su dignidad como personas. Soñaba que me encontraba en un mundo al que por fin había llegado la civilización y la cultura. La razón se había impuesto sobre las supersticiones.

No oculto que en determinados momentos del sueño me asaltaban dudas, porque tanta belleza tenía que ser imposible. Pero como en aquellos momentos de inconsciencia onírica mi ángel del optimismo vencía a su contrario, al de la amargura, me sobreponía a las dudas y continuaba soñando. Es verdad que me parecía muy extraño, porque hasta soñando es imposible perder por completo el sentido de la realidad. 

Dicen que los sueños son restos del pensamiento alojados en desorden en el cerebro, por lo que no hubiera debido tener ninguna duda de que lo que me imaginaba mientras dormía era cómo me gustaría que las cosas fueran y no cómo son en realidad. También afirman que son válvulas de escape de las aspiraciones utópicas, de los anhelos insatisfechos. Puede ser, no lo voy a negar, que este sueño haya sido por tanto consecuencia de alguna frustración.

Me desperté, intenté recuperar el sentido de la realidad, y enseguida concluí que todo aquello no había sido más que un deseo. Ya por la mañana, cuando oía en la radio las noticias mientras desayunaba, empezaron a llegarme los mismos mensajes de intolerancia a los que estoy acostumbrado, los exabruptos de los Trump y las Meloni, los voceríos de los Orbán y los Bolsonaro, las amenazas de los Putin y los Netanyahu. Pero también los de muchos de mis compatriotas, porque no hay que cruzar fronteras para tropezar constantemente con la intolerancia y la sinrazón.

La otra noche tuve un sueño, pero no fue más que un sueño. 

24 de diciembre de 2024

Recuerdos olvidados 31. La tertulia de La Galette

No recuerdo con exactitud la fecha en la que un grupo de amigos y amigas empezamos aquella larga e interesante serie de reuniones quincenales, actividad que denominábamos La tertulia; aunque no creo que me equivoque demasiado si digo que debió de ser a partir de 2008. Empezábamos aproximadamente a las diez y media de la mañana tomando unos cafés en una especie de apartado que había puesto a nuestra disposición el restaurante La Galette, situado en la calle de Bárbara de Braganza de Madrid -hoy desaparecido como todos aquellos lugares que me traigan buenos recuerdos-, y terminábamos con el aperitivo o quedándonos a comer allí o en algún otro lugar cercano. 

Al principio no fue fácil organizarla, porque cuando propuse la idea nadie creía en que aquello pudiera ir adelante. Pero cuando se puso en marcha cundió el interés. Los dos primeros encuentros fueron en el Café Gijón por aquello del mimetismo tertuliano, pero dada la incomodidad y el trasiego humano nos resultaba incómodo. En La Galette, sin gente a nuestro alrededor a esas horas, nos dábamos conferencias los unos a los otros de propósito cultural, invitábamos a "artistas especiales" para que nos las dieran ellos a nosotros y hablábamos y hablábamos. Sólo nos habíamos puesto una condición, la de no entrar en temas políticos, porque no todos teníamos las mismas ideas y por consiguiente para qué crear tensiones.

Los había entusiastas -mi gran amigo José Luis- y convidados de piedra -no doy nombres- que parecían estar allí siempre de mal humor. Pero el ambiente colectivo que se respiraba era el de un grupo de amigos que pretendía mediante la cultura ir un poco más allá de sus contactos habituales. No tratábamos temas excesivamente complejos, sino todo lo contrario. Recuerdo algún invitado hablándonos de la cría del cerdo, a otro sobre el cuidado de sus viñedos, a la joven sobrina de uno de mis amigos contándonos sus experiencias como colaboradora en organizaciones de ayuda humanitaria y a un gran amigo -viajero y no turista- explicando como recorría la India en autobús, con un nativo sentado en el respaldo de su asiento en posición gallinácea. E incluso a un físico explicándonos el universo de las microdimensiones y a una de nuestras tertulianas, brasileña de nacimiento, detallando los interesantes entresijos de su  país. De todo como en botica.

También pasó por allí una poeta que empezaba a abrirse camino en el sendero de la poesía, un actor secundario de cine y teatro, galán sesentón que nos explicó el mundo que se esconde tras las bambalinas sociales de los “cómicos”, y a una actriz madura que había sido compañera sentimental de un conocido actor del cine español y que además de interpretar escribía. Asistimos al estreno de una de sus obras en un céntrico teatro de Madrid, representación que no recuerdo que me causara un gran impacto.

Yo di algunas charlas sobre temas en los que había tenido que profundizar al escribir una de mis novelas. La orden de los Templarios y la expulsión de los moriscos fueron dos de ellas. También, y la recuerdo con cierto cariño porque al prepararla tuve que profundizar en datos que me resultaron muy interesantes, otra sobre los grandes países del mundo en extensión y en población. Pura geografía.

Hicimos varios viajes (Córdoba, Soria, Vitoria, Oviedo, San Sebastián…), escapadas entre la cultura y la diversión, todas interesantes y, debo confesarlo, bien preparadas por los responsables de turno. La de Córdoba concretamente fue un auténtico éxito, gracias al interés de mi amigo y excompañero de trabajo José Luis -otro José Luis-, experto en organizar reuniones numerosas y de complicada logística.

Pero como todo envejece en la vida, hasta la disposición al contacto con los amigos, empecé a notar ciertas desganas, algo de apatía y síntomas de abandono. La tertulia se extinguió porque a unos cuantos les empezó a faltar interés y nunca se debe navegar contra marea. 

Aquella etapa, que duró unos diez años, constituye para mí un periodo interesante. Nos reuníamos, aprendíamos y disfrutábamos. Yo hubiera seguido hasta asistir a la tertulia apoyado en un bastón. 

20 de diciembre de 2024

Otra vez Navidad. La nimiedad de lo intrascendente

Podría haber elegido otro subtítulo, como por ejemplo la insignificancia de lo poco importante, pero entonces hubiera quedado el mensaje muy directo y a mí me gustan los circunloquios retóricos. Porque hoy, aprovechando que estamos en Navidad, pretendo reflexionar sobre un tema que siempre me ha llamado la atención, la trascendencia que le dan algunos a lo banal. Existe un tipo de personas que van por el mundo tomándose demasiado en serio lo que para la mayoría no tiene más importancia que la de pasar un rato, divertirse o dar salida a los malos humores. Su escaso sentido de la realidad social, o quizá su misantropía, les hace convertir lo baladí en relevante, lo insignificante en trascendente.

La vida es ya lo suficientemente enrevesada como para juzgar los comportamientos desenfadados con la misma rigurosidad que algunos católicos, no todos, juzgan los pecados mortales o los jueces, también algunos, las infracciones del código penal.  

Pongamos unos ejemplos. Tomar las uvas para acompañar las campanadas que señalan el inicio de un nuevo año es una costumbre trivial, que lo único que pretende es que el que lo haga se divierta en compañía de familiares o amigos. Renunciar a ello por considerarlo baladí es convertir la nimiedad en trascendencia. Felicitar a los amigos por Navidad sólo es una etiqueta para poner de manifiesto los vínculos afectivos que nos unen a las personas de nuestro entorno. Por tanto, considerar que hacerlo no tiene ningún sentido, porque la felicidad hay que desearla todos los días del año, es dar importancia a lo que no es más que un ritual intrascendente. En este caso, además, una cortesía social muy extendida.

Me quedo con estos ejemplos, inspirados en dos situaciones de las que he sido testigo en alguna ocasión, cuando felicitaba hace tiempo la víspera del día de Navidad a un amigo o cuando le explicaba a otro el rato tan divertido que paso yo todos los años oyendo las campanadas de la Puerta del Sol, mientras me atraganto tomando las uvas con mi mujer, con mis hijos y con mis nietos, entre risas y alborozo intrascendente. Los dos me habían dado su "trascendente opinión".

La vida, afortunadamente, no es una continua sucesión de situaciones determinantes y sustanciales, sino que, por el contrario, para un buen equilibrio mental conviene alternar los momentos serios y profundos con los divertidos y superficiales. En cada situación se debe responder como corresponda, o con la seriedad que requieren los asuntos importantes o con desenfado a los triviales. Los que reaccionan a los intrascendentes con seriedad y circunspección pueden caer en la misantropía; mientras que los que frente a los trascendentes se ponen el mundo por montera corren el riesgo de llegar a la irresponsabilidad.

Hay que ver lo que dan de sí dos anécdotas intrascendentes, la felicitación de Navidad y las uvas de Nochevieja. Puede ser que me hayan sido útiles para mantenerme en el propósito de no confundir nunca lo nimio y trivial con lo importante y fundamental. O para seguir tomando las uvas en Nochevieja y continuar deseando felicidad  a mis amigos en Navidad..

¡Feliz Navidad a todos!

16 de diciembre de 2024

Recuerdos olvidados 30. El carrusel de las ostras

 

Supongo que andaría yo por los 38 o quizá los 39 años, así que situémonos en los finales de los setenta del siglo pasado. Mi empresa organizaba unos viajes para ejecutivos de nuestros clientes, bajo el nombre de Study Tour (recorrido de estudios), elegante denominación para una corta excursión de tres días con el propósito de visitar centros de IBM que a nuestro juicio vendieran imagen de solidez empresarial y tecnología de vanguardia.

Los traslados se hacían en un jet privado de la compañía, piloto, copiloto, asistente de vuelo y media docena de pasajeros, entre ellos un representante de nuestra organización comercial, en realidad el responsable directo de que todo funcionara de acuerdo con el plan establecido. Yo tuve la ocasión de disfrutar de aquella interesante experiencia en varias ocasiones. No era fácil, debo de advertirlo, porque surgían con frecuencia problemas de carácter logístico que había que resolver, porque además era necesario engrasar con mucho detalle el enlace con nuestros compañeros de otros países, no siempre conscientes de nuestros propósitos, y porque por si fuera poco los idiomas siempre han sido un serio obstáculo para la comunicación fluida. Al menos para mí, que no me gusta atascarme en los discursos.

Recuerdo que en la ocasión que voy a relatar hicimos dos escalas, una en Montpellier para visitar una fábrica – de discos, si no recuerdo mal- y otra en Niza, donde pernoctamos, con el objeto de que nos enseñaran un laboratorio, el de La Gaude.

En la primera de las localidades, después de la visita nos fuimos los seis a comer a un restaurante de los típicos de la región, en el que el plato principal consistía en ostras. En una mesa redonda, los camareros colocaron en el centro un carrusel giratorio repleto de conchas abiertas del preciado molusco bivalvo, al alcance de todos los comensales, artefacto que hacíamos girar a nuestra conveniencia.

Entre mis responsabilidades, quizá la más importante, estaba la de mantener una conversación lo más continua posible entre nuestros importantes invitados, todos ellos presidentes, consejeros delegados y directores generales. Retengo en la memoria algunos nombres, pero no vienen a cuento.

En estas ocasiones nunca se entra en detalles, sino que se habla de macroeconomía, de índices, de inflaciones e incluso a veces del sexo de los ángeles. Pero lo que es muy importante, y como consecuencia yo estaba obligado a facilitar, era la comunicación entre todos ellos. Los silencios sobrevenidos nunca son recomendables en el mundo de los negocios.

Pues bien, como ya he dado a entender arriba, a mí las ostras me encantan. Empezamos a comer, el condumio y la conversación circulaban por los cauces adecuados, yo hablaba y no paraba, sonreía cuando era necesario, ponía cara de admiración si el guion me lo exigía y animaba a los más reticentes a que no perdieran el ritmo. Era lo que tenía que hacer y para eso estaba allí.

De repente en alguna pausa involuntaria miré mi plato. Estaba a rebosar de conchas, amontonadas en orden -el desorden siempre me ha deprimido-, pero al mismo tiempo a un tris del derrumbe. Miré los de los demás y observé que alguno estaba vacío y que en los otros sólo había dos o tres solitarios caparazones. Busqué una salida digna a mi indignidad gastronómica y sólo se me ocurrió decir algo así como, "deberíais haberme advertido de que no os gustaban las ostras y hubiéramos pedido otra cosa". Entonces, el que en cierto modo parecía el decano del grupo, un hombre de pelo canoso, voz algo engolada y ademanes refinados, me miró por encima de sus gafas y contestó: pero sin embargo parece que a ti te encantan.

En la vida de los negocios ocurren situaciones verdaderamente chocantes. Por mucho que uno esté entrenado para hacer las cosas correctamente siempre aparecerán imprevistos. Yo en aquella ocasión tomé una drástica decisión, la de no volver a tomar ostras jamás en presencia de un cliente.

A partir de ese momento sólo me atrevía, y siempre con mucho cuidado, a pedir mejillones en los alrededores de la Grand Place de Bruselas, aunque no sea lo mismo. Pero sin pasarme nunca de la media docena que marcan los cánones.

12 de diciembre de 2024

La injuria manifiesta y el irónico desprecio

Quienes lean estas ocurrencias mías habrán observado que intento guardar una cierta frecuencia al publicarlas. Suelen ser periodos de cuatro día, que a veces se convierten en cinco por la molicie y otras en tres por la impaciencia. Esta vez la idea me bulle en la sangre.

El otro día, mientras desayunaba, tuve ocasión de oír la primera pregunta que el señor Núñez Feijóo le hacía al señor Sánchez durante el último debate de control del gobierno de la nación. Como suele ocurrir en estos casos, en realidad no fue una pregunta sino una retahíla de acusaciones y, como siempre, en el estilo menos parlamentario y más macarra que yo haya oído a un político en mi vida. Entre otras lindezas soltó la siguiente frase: estas Navidades sentará usted a su mesa a dos imputados. Cuando el presidente del gobierno contestó a la gentileza, lo primero que le dijo fue: ¡Vaya, señor Feijóo, ha venido usted hoy muy flojo! O algo así, porque no tomé nota.

El asunto anterior lo dejo aquí, porque creo que poco hay que añadir a este aburrido acoso de la oposición, que ni pregunta por el empleo ni por el déficit ni por los niveles de los alquileres ni por nada que le preocupe de verdad a los españoles. Siembra odio y espera recoger triunfos. Pero me sirve de introducción a una reflexión sobre las respuestas inteligentes a las impertinencias necias. Cada vez estoy más convencido de que a éstas nunca hay que contestar con el mismo estilo, sino cambiar el tono y utilizar la ironía. Lo digo arriba: frente a la injuria, la ironía.

La verdad es que yo pocas injurias he recibido en mi vida, no sé si porque no he dado lugar a ello o porque no ha habido ocasión. Pero siendo temperamental como soy -es cuestión de genes- mucho me temo que no sabría contestar con la serenidad precisa. Manolo, un amigo mío, muy ocurrente y castizo él, en ciertas situaciones contestaba déjalo “pa prao”, supongo que una simpática expresión asturiana adquirida en sus tiempos de ingeniero en las minas de carbón. Pues bien, yo a lo más que llegaría ahora sería a contestar como lo hacía él.

El ingenio, la agudeza, la ironía, el sentido de la oportunidad y, sobre todo, el humor, no deberían estar nunca ausentes en una discusión, por agresiva y corrosiva que ésta sea. Pero eso es algo que forma parte del talento de cada uno y que no es fácil adquirir mediante entrenamientos. Enzarzarse en discusiones suele ser estéril, además de una manera de realimentar las injurias del contrario. Lo mejor es salirse por la tangente y dejarlo “pa prao”.

Ahora bien, después de lo que he oído en el debate citado, voy a ver si me entreno. Por lo menos quiero intentarlo, porque me ha parecido una respuesta inteligente a un comentario necio y torticero, de esos de mala leche. Yo, cuando estudiaba primaria tenía una asignatura que se llamaba Urbanidad y en la que te enseñaban modales. Como el señor Núñez Feijóo es bastante más joven, es posible que a él no le llegaran aquellas inestimables recomendaciones porque cambiara el plan de estudios. Pero, como dijo su compañero de partido en la mesa del Congreso, ¡manda huevos!

Lo dejo aquí porque en cuanto me descuido vuelvo a  lo que no quiero, al contragolpe en vez de a la ironía y la sutileza. Pero es que para esto último puede que no sirva. Al menos de momento, porque, ya lo he dicho, voy a entrenarme con ahínco.

9 de diciembre de 2024

Recuerdos olvidados 29. El juego de las banderas de señales

 

Esto que voy a contar a continuación sucedió cuando yo tenía once o doce años y vivía con mis padres en el Hospital Militar de Barcelona, una de las épocas más felices de mi infancia, porque aquel enorme recinto, plagado de pabellones para enfermos y con todo tipo de instalaciones diseminadas entre grandes jardines, era un escenario ideal para nuestros juegos infantiles. No era necesario salir de allí para disponer de todo aquello que necesita un niño.

Un día, cuando deambulaba yo por los jardines del hospital en compañía de algunos amigos, se nos acercó un cabo primero completamente uniformado, casco y correaje incluidos, algo inusual en aquel lugar, donde lo normal era ver batas blancas. Nos saludó y nos preguntó si vivíamos allí. Era el jefe del retén que custodiaba a los enfermos que cumplían algún tipo de condena carcelaria. Entre el medio millar de hospitalizados siempre había algún preso, por lo que todos los días se enviaba desde cualquiera de los cuarteles de la ciudad un pequeño destacamento para asegurar su custodia.

Aquel militar, que andaría por los veintitantos, quería que le enseñáramos el recinto para hacerse una idea de por dónde podría fugarse un preso. Era la primera vez que cumplía con aquella obligación y, según nos dijo, no sería la última. Supongo, esto lo he pensado mucho después, que aquel joven estaba aburrido y que con el paseo estiraba las piernas y combatía el tedio. Pero lo cierto es que nos cayó a todos muy bien, hicimos buenas migas y a partir de entonces nos buscaba cada vez que le encomendaban el mando del destacamento de turno.

Cuento esto, porque un día se presentó con dos banderas de señales, de esas que, sujetas una con cada mano y colocando los brazos en diferentes posiciones, permiten mediante un código tipo morse enviar mensajes a distancia. A partir de entonces, los de nuestra pandilla, formada por algo más de media docena de chicos y chicas, nos convertimos en atentos alumnos de unas clases muy entretenidas, de cuyas enseñanzas pensábamos sacarle partido en nuestros juegos infantiles.

He intentado con ayuda de Internet buscar referencias que me ayudaran a recordar los colores de las banderas y el código de letras. Pero no estoy seguro de haber encontrado lo que, muy borrado por el paso del tiempo, retiene mi memoria. Lo más parecido es algo que se denomina Código Semáforo y que, según leo, se usa en las marinas. Las banderas que recuerdo eran una blanca y otra roja y las de este código son iguales, formadas las dos por un triángulo rojo y otro blanco. Además, quien nos enseñaba cómo utilizarlas no era un marino sino un militar del arma de transmisiones.

Aquellas enseñanzas se convirtieron en la base de un nuevo juego, el de las banderas de señales, con las que nos transmitíamos mensajes de un lugar a otro del hospital, ante los ojos sorprendidos de quien nos viera. Supongo, no lo recuerdo bien, que con el tiempo decaería nuestro interés por aquel entretenimiento, para ser sustituido inmediatamente por cualquier otro. El escenario, ya lo he dicho, no podía ser más apropiado para dar rienda suelta a nuestras calenturientas imaginaciones.

Aquellos si eran juegos y no estos de ahora de las PlayStation. Tengo la sensación de que el mundo de los entretenimientos se está deteriorando a una velocidad increíble. Aunque puede que esta última lamentación sea consecuencia de mi edad, a pesar de que intento llevarla bien o, al menos, con resignación.

6 de diciembre de 2024

Resistir no es gobernar

 

Hace unos días meditaba yo en estas páginas sobre la enfermiza obsesión de la oposición con Pedro Sánchez. Hoy voy a reflexionar acerca de la consigna socialista de resistir, que no sé si ha nacido en el seno del propio PSOE o se trata de una más de las maledicencias de la oposición.

A mí esta expresión no me gusta por lo que significa. Resistir suele llevar aparejada una cierta inactividad, porque el que resiste en política no tiene tiempo para hacer otra cosa que no sea contrarrestar las embestidas del adversario. Por tanto, si este gobierno adoptara la estrategia de la resistencia frente a los ataques conservadores, se resentirían las iniciativas políticas, dejaría de alimentar el boletín oficial con nuevas leyes progresistas y sería el principio del fin.

Una cosa es que la estrategia elegida por la oposición conservadora sea la de acoso y derribo -ya lo hicieron con Felipe González- y otra muy distinta que el gobierno establezca una política de resistencia a ultranza y abandone la gobernanza. Lo primero, la desazón de los conservadores por no poder gobernar está ahí y es una realidad con la que el gobierno tiene que contar. Pero si en vez de seguir impulsando políticas de progreso entra en la dinámica de la resistencia, apaga y vámonos, como diría un castizo.

Yo creo que es ahora más que nunca cuando el gobierno está obligado a redoblar sus esfuerzos para sacar leyes progresistas adelante, en vez de dar la sensación de que se ha atrincherado y que se limita a devolver los golpes. Sus votantes no lo entenderían y empezarían a mirar para otro lado. Los aliados del PSOE dejarían de apoyarlo, temiéndose que si siguen junto a ellos se vean arrastrados por la caída de los socialistas. Pero sobre todo la derecha y la ultraderecha empezarían a tener argumentos que ahora no tienen para hacer oposición contra el gobierno y ya no se verían obligados como ahora a utilizar argumentos judiciales sin pruebas.

Es verdad que de este congreso socialista ha salido la consigna de redoblar esfuerzos, de cargarse las pilas y de ir a por todas. Pero no lo es menos que si esta intención se queda sólo en palabras, una parte de la sociedad lo interpretará como un cierre de filas para resistir. Si el PSOE quiere recuperar credibilidad, tiene que empezar a dar muestras de nuevos bríos, cuanto antes mejor. 

Una vieja frase que a mí me gusta utilizar de vez en vez es que en ocasiones hay que mover el árbol para que se caigan las hojas secas. Encierra un mensaje que los socialistas están obligados a cumplir de inmediato si quiere seguir gobernando. En su estructura hay muchas hojas secas, demasiada rémora orgánica y bastante estanqueidad organizativa. No es fácil romper esta dinámica, porque las deslealtades siempre estarán al acecho, unas veces por razones ideológicas y otras por intereses espurios. Pero peor que las deslealtades son las incompetencias. A los desleales se le puede neutralizar con facilidad, mientras que a los incompetentes hay que eliminarlos políticamente aunque a veces no sea fácil. Están ocupando puestos de responsabilidad que podrían estar en manos de personas mucho más aptas.

Ignacio de Loyola dijo aquello de que en tiempos de tribulación no hacer mudanzas. Pero esa consigna, que me parece prudente pero muy conservadora, no se puede convertir en el leitmotiv de un partido político progresista. Es cierto que hay tribulación, pero ello no debe impedir hacer mudanzas urgentes. 

De la misma forma que el otro día opinaba yo que el PP con su política de acusaciones infundadas puede terminar favoreciendo a Sánchez, hoy me atrevo a decir que o el PSOE incorpora nuevos valores en su estructura para reforzar las iniciativas o Feijóo acabará aprovechando la situación de inmovilidad de su adversario.

2 de diciembre de 2024

Obsesiones enfermizas

Vaya por delante que estoy completamente seguro de que no todos los que lean lo que viene a continuación compartirán mi punto de vista. Pero como mi propósito cuando escribo aquí es explicar mi valoración sobre todo aquello que me rodea, voy a desarrollar la idea que hoy me ha sentado frente al ordenador.

La sensación que a mí me da cuando oigo las invectivas de los líderes de la oposición contra Pedro Sánchez es que padecen una obsesión en grado superlativo, una fijación mórbida, enfermiza y patológica. No hablan de él como político, sino como si fuera el enemigo público número uno. No censuran sus iniciativas políticas, sino que se enredan en acusaciones indemostradas y puede que indemostrables. No utilizan un lenguaje político o un estilo parlamentario, sino la más vulgar de las retóricas barriobajeras. No proponen ninguna alternativa, sino simplemente le piden que se vaya, que dimita, que les deje el campo libre. En definitiva, no hacen oposición democrática, sino tan sólo gritan, tan fuerte como pueden y con tanta mala baba como son capaces.

A mí esa actitud me parece tan ridícula, tan pueril y sobre todo tan inútil, que he llegado a la conclusión de que en vez de perjudicar al objeto de sus desvelos lo están favoreciendo con tanta monserga, porque salvo a sus incondicionales, y a éstos no hay que convencerlos, al resto de los españoles les tiene que sorprender un estilo tan descarnado y tan vulgar. El otro día, sin ir más lejos, el señor Feijoo, en un alarde de ocurrencia sobrevenida, le dijo a Sánchez desde el atril de un mitin que ya no le pedía que se fuera, sino que esperaría a que las urnas lo "echaran" democráticamente. A mí me parece que el subconsciente traicionó al líder conservador, porque si antes no confiaba en que el juego democrático decidiera el futuro político del presidente del gobierno, ¿a qué se refería cuando gritaba que los españoles lo iban a echar?

Por otro lado, las contradicciones en que caen con tanto acaloramiento son llamativas. Acusan a Sánchez de totalitario, de usurpar las instituciones, y al mismo tiempo confían en que las urnas, las únicas capaces de cambiar o mantener gobiernos democráticos, quiten a Sánchez de en medio. Puede ser, no lo descarto, que por fin hayan llegado a la conclusión de que hay legislatura para rato y hayan decidido cambiar de estrategia.

Además, en su desesperación cometen errores políticos de bulto. El empeño que pusieron en evitar que Teresa Rivera fuera nombrada vicepresidenta del ejecutivo europeo se quedó en agua de borrajas, porque la desfachatez que se sacaron de la manga para tapar la ineptitud de su compañero de filas el señor Mazón se convirtió en un auténtico fracaso. No sé con qué cara tratarán ahora a la presidenta Úrsula von der Leyen ni con que fuerza moral hablarán a partir de este momento con sus colegas europeos. Un auténtico fracaso político que Feijóo ha convertido, gracias a sus obsesiones patológicas, en un éxito rotundo de Sánchez.

En un estado democrático se gobierna cuando se tiene el respaldo social suficiente. Feijóo, que llegó a decir en un alarde de ingenuidad política que no era presidente porque no quería, no lo tiene, aun contando con el apoyo de la ultraderecha. Pero en vez de reconocerlo, y en consecuencia hacer una oposición inteligente pensando en las elecciones de 2027, ha optado por el berrinche y por las maniobras descalificadoras.

Yo creo que sería bueno que reflexionaran, que censuraran sin apasionamiento las capacidades del gobierno actual, pero que al mismo reconocieran que están más solos que lo han estado nunca. Porque de otra manera, están favoreciendo sin querer a su enemigo público número uno.

Así, señores de la oposición, no van ustedes a ningún sitio y tendrán que esperar tres años más. Entonces, cuando llegue el momento, ya se verá qué sucede. Y, suceda lo que suceda, será lo que los ciudadanos hayan decidido.