29 de noviembre de 2016

El culo y las témporas

Según el diccionario de la Academia, se entiende por tic el movimiento convulsivo, que se repite con frecuencia, producido por la contracción involuntaria de uno o varios músculos. De ahí que, en sentido figurado, a veces nos refiramos con esta palabra a ciertos comportamientos. Cuando algo se repite con frecuencia, y aparentemente fuera del control consciente de quien ejercita la acción, podemos hablar de tic. Pues bien: para mí, la ausencia deliberada de los diputados de Podemos del hemiciclo del congreso, cuando iba a guardarse un minuto de silencio en recuerdo de la recién fallecida Rita Barberá, responde a un tic de sus dirigentes, que parecen incapaces de reprimir determinadas convulsiones. Pero allá ellos con sus actitudes, que por cierto  no creo que apruebe la mayoría de los españoles. Muchos de éstos se hubieran quedado de pie en su sitio y se hubiera mantenido en respetuoso silencio, porque  puede compatibilizarse perfectamente el respeto a los demás con la defensa de las ideas propias.

Por otro lado, hace unos días pudimos ver a la senadora –en esos momentos del grupo mixto- en el patio del congreso, a la salida de la apertura de la legislatura recién inaugurada, llamar a gritos al ex ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo: “Margui, Margui…no me has saludado” . No sé a los demás, pero a mí la escena me sorprendió y sobre todo me dejó un regusto de tristeza; y no por el ridículo apelativo cariñoso –que también-, sino por la soledad que desprendía la escena. Rita Barberá estaba completamente sola, en medio de sus antiguos compañeros de partido, y ninguno se dignaba acercarse a ella. Era como si hacerlo les fuera a contagiar.

El Partido Popular no tiene ahora la conciencia tranquila por el trato que dispensó a Rita Barberá en los últimos meses. No hay más que oír las declaraciones de sus líderes para comprender que lo que acabo de decir es cierto. Pero si alguien tiene dudas, que revise las hemerotecas, que compare lo que muchos de sus dirigentes decían cuando les ayudaba a ganar elecciones y lo que empezaron a decir de ella cuando primero saltó el escándalo y después el juez la imputó. Tenían que separarse de su persona, porque volvían a estar en periodo electoral y no querían que la situación de su antigua compañera los manchase. Cosas veredes que farán hablar las piedras.

Lo que ha representado Rita Barberá en este país durante los últimos años ahí está, tan documentado que abundar sobre hechos y comportamientos pudiera resultar reiterativo. No son los mil euros de su generosa donación a las arcas del partido (no voy a entrar en si los recuperó o no) lo que la puso en evidencia ética y política, sino el fango maloliente que desde hace un tiempo se percibe en las filas del que fuera su partido, en la Comunidad Valenciana. Lo primero puede resultar una anécdota intrascendente por la cantidad (aunque no por la naturaleza de la misma), pero lo segundo demuestra un estado de cosas de las que la ex alcaldesa era responsable. Ella fue “la jefa” política de los populares en esta región durante un cuarto de siglo, de manera que por sus manos pasaron decisiones, controversias y conflictos, que resolvió como su mejor saber y entender le dictaba. Alguna responsabilidad tendría, digo yo.

Dejemos descansar en paz a Rita Barberá, pero extraigamos conclusiones de los comportamientos, a mi juicio inaceptables, que se produjeron a raíz de su muerte. Tanto los líderes de Podemos como los del PP deberían revisar sus escalas de valores, para no confundir como en esta ocasión el culo con las témporas.

22 de noviembre de 2016

Les está saliendo el tiro por la culata

La expresión derecha alternativa -tan de moda ahora en Estados Unidos- hay que traducirla lisa y llanamente por ultraderecha o extrema derecha. Ya sé que dicho así suena peor, pero en política cuantos menos eufemismos se utilicen mejor se entienden las cosas. La tendencia que parece que a partir de ahora va a dirigir los destinos del coloso americano -y en cierta medida los del mundo entero-, es la derecha de siempre llevada al extremo de la intolerancia y la sinrazón. Otra cosa será lo que los del tea party y sus amigos del Ku Klux Klan sean capaces de hacer, porque, ya lo he dicho en alguna ocasión en este blog, el rumbo de la nave americana es difícil de alterar, quizá porque sus fundadores previeran desde el principio que alguien intentaría algún día modificarlo y ante tal contingencia tomaran las precauciones pertinentes.

En Europa no nos libramos de esta amenaza. Estemos muy atentos, porque la ultraderecha avanza sin que parezca que las fuerzas moderadas sean capaces de detener su progreso. El caso de Francia, con el Frente Nacional de Marine Le Pen, lo tenemos tan cerca que asusta pensar en lo que pudiera suceder en España si allí venciera la xenofobia y el racismo, porque el rechazo de lo distinto es más contagioso que la peor de las enfermedades infecciosas. Menos mal que la ley electoral de nuestros vecinos prevé una segunda vuelta, sistema que permite corregir los entuertos que se produzcan en la primera, gracias a la posibilidad de que se unan fuerzas antagónicas para derrotar a un adversario común.

Lo que habría que preguntarse es por qué está sucediendo este fenómeno, cuáles son las causas de que la extrema derecha avance a pasos agigantados en la Europa occidental. Desde mi punto de vista, la radicalización de cierta izquierda es una de ellas. Al electorado no le gusta ni la inestabilidad ni las aventuras de resultados inciertos, porque en definitiva estamos hablando de sociedades acomodadas que temen que la radicalidad acaben con su estatus ventajoso. Si las fuerzas moderadas desaparecen, acusadas de inoperancia, los electores se refugiarán en el lado opuesto al que temen, sin percibir que  están saliendo de Málaga para meterse en Malagón.

En España no existe en realidad una extrema derecha organizada con representación en las Cortes, porque los votantes de esta tendencia han encontrado hasta ahora acomodo en el Partido Popular. No digo que el PP sea de ultraderecha, porque muchos de sus partidarios son simplemente conservadores, que creen de buena fe que las doctrinas neoliberales defienden mejor que las progresistas la mejora económica y social. Lo que digo es que los radicales de derechas están ahí, porque aunque les gustaría que se le diera más caña al mono, de momento se sienten satisfechos con la oferta política que les presentan los populares.

El problema en nuestro país está en que si el radicalismo de izquierdas sigue avanzando, cada vez serán más los que se refugien en la derecha y, por consiguiente, cada vez mayor la tendencia de los dirigentes de ésta a defender postulados ultraconservadores. El equilibrio que representaban los partidos moderados se ha roto o corre riesgo de romperse, como en los últimos meses se ha podido comprobar en urnas y en encuestas; y esa ruptura propicia el avance decidido de la extrema derecha en España.

A los de la izquierda radical, a esos que venían a redimir a los más necesitados, les está saliendo el tiro por la culata.

17 de noviembre de 2016

Sabia pedagogía de Confucio

El otro día, paseando por Madrid, leí no sé dónde, quizá en el escaparate de alguna librería -porque las tiendas de libros me hipnotizan como la miel a las moscas-, una reflexión de Confucio, o al menos al conocido pensador chino se le atribuía la autoría. Decía algo así como “Lo que oigo lo olvido / lo que leo lo entiendo / lo que hago lo aprendo”. Dado que me pareció todo un compendio de sabia pedagogía, lo apunté en mi cuaderno de notas urgentes y hoy lo traigo a colación.

En cualquier proceso que implique asimilar algún conocimiento se suelen dar estas tres etapas, a no ser, claro está, que se decida estancarse en una de ellas y no pasar a las siguientes. Oímos muchos conceptos, que almacenamos en la memoria de forma transitoria y que olvidamos antes o después si no hacemos nada por retenerlos. Pero si sentimos interés por ellos y queremos asimilar la sabiduría que incluyen, es decir, si pretendemos entenderlos, será preciso buscar documentación y leer con detenimiento lo que esté a nuestro alcance y trate sobre el asunto. Si además una vez entendidas las ideas las ponemos en práctica, las ejercitamos o las utilizamos, es muy posible que nuestra mente las retenga, o sea, las aprenda. De otra forma, haberlo oído y leído no habrá servido para nada en absoluto.

Esta recomendación, que a mí me parece indiscutible, debería enseñarse en las escuelas desde parvulitos. Oíd, niños, con atención lo que se os explica en clase; leed luego lo que figura en vuestros libros, y practicad a continuación las enseñanzas recibidas hasta que dominéis el tema. Si de matemáticas se trata, escuchad las explicaciones, poneos a descifrar el texto y haced cuantos problemas o ejercicios podáis. Si de lengua, no os limitéis a distinguir la diferencia que hay entre un complemento directo y un indirecto, entre la voz activa y la pasiva, oíd las explicaciones, estudiadlas para entenderlas e incorporadlas a vuestro lenguaje cotidiano para aprenderlas. Si de arte, poned empeño en diferenciar el románico del gótico, pero luego visitad cuantos monumentos estén a vuestro alcance. Sólo así podréis llegar a dominar las materias que estudiáis.

Mucho se está hablando estos días sobre una nueva reforma educativa y sobre la necesidad de un pacto de estado para llevarla a cabo. No sé si se trata una vez más de escaramuzas políticas que luego se queden en nada, pero si de verdad se pretende sacar al alumnado de la mediocridad que los expertos apuntan, sería preciso tener en cuenta estos principios tan básicos. Nuestra educación adolece de excesiva teoría frente a escasa práctica. Mientras los alumnos teoricen y no practiquen, de nada servirán las leyes educativas de turno, porque lo oído y leído no se retendrá si no se ejercita a continuación. Aunque se haya entendido el concepto, pronto desaparecerá de la mente del estudiante.

Pero mucho me temo que la discusión vaya a centrarse una vez más entre religión sí o religión no (la Iglesia siempre presente en el epicentro de los debates), entre una reválida más o una reválida menos, y se olvide lo fundamental, el camino que se debe transitar para conseguir que nuestros alumnos mejoren de manera significativa su nivel de conocimientos y estén preparados para contribuir con lo aprendido a su desarrollo personal y al de la sociedad a la que pertenecen.

13 de noviembre de 2016

Populismos hasta en la sopa

Que alguien como yo –a quien le gusta escribir sobre la actualidad política- tenga que dedicar unas palabras a la victoria de Donald Trump, parece tan evidente que ayer un buen amigo me lanzó algunas recomendaciones anticipadas sobre este asunto, sintácticas y ortográficas por lo demás, no fuera yo a meter la pata lingüística al referirme al personaje. Excuso decir que se lo agradecí, porque no soy persona a quien le guste quedar en evidencia por culpa de la escritura, aunque estoy seguro de que más de una vez me habrá sucedido.

Del recién elegido presidente de los Estados Unidos de América ya escribí aquí, en este blog, en una ocasión, y creo que quedó clara mi profunda repulsa a sus mensajes y mi absoluto desacuerdo con lo que este personaje significa. Por ello, y para no reincidir machaconamente en lo mismo, hoy voy a intentar ver el fenómeno trumpista desde una perspectiva diferente. El personaje cuenta con tantos y tan cualificados detractores, que en estos momentos parece innecesario sumarse al coro de los críticos.

En mi opinión se ha creado una alarma injustificada. Lo digo por dos razones que intentaré explicar en pocas palabras. La primera, porque es bien conocido que lo que se hace una vez alcanzado el poder no suele coincidir con lo que se vocifera durante las campañas electorales. Esto que acabo de decir es tan sabido, que ni hace falta recurrir a ejemplos para justificar el aserto ni se precisan grandes explicaciones para justificarlo. Bastaría con mirar alrededor con un poco de atención. Una cosa es ganarse el apoyo de determinados sectores para que le aúpen a uno en volandas y otra muy distinta cumplir con lo prometido, simplemente porque por lo general se trata de promesas incumplibles. A esto de las falsos compromisos electorales algunos lo llaman populismo, que por cierto no entiende ni de derechas ni de izquierdas, pero sí mucho de oportunismo.

La segunda razón también tiene algo que ver con la imposibilidad de cumplir lo imposible. Las sociedades disponen de una dinámica propia, de una inercia imparable. Pensar que el imperio americano, el país que controla los derroteros por los que camina el mundo va a cambiar sus ritmos de la noche a la mañana por mor de la ideología de su presidente es, cuando menos, una ingenuidad. La globalidad, de la que Estados Unidos posee el copyright, está tan imbricada en la economía del mundo, en las finanzas internacionales, que pensar que un autócrata recién llegado a la Casa Blanca la va a derribar es una auténtica estulticia. No digo que no vaya a notarse la mano del nuevo presidente en determinados y muy concretos asuntos que afecten a ciertos sectores industriales; pero en líneas generales todo va a seguir siendo como era hasta ahora o al menos así lo vamos a percibir los ciudadanos de a pie.

De sus otras bondades, de la xenofobia, de la homofobia, de la falta de respeto a las mujeres, de los muros fronterizos con Méjico, del racismo y de esa larga sucesión de ideas trasnochadas con las que dice que quiere cambiar el mundo, yo no creo que merezca la pena preocuparse demasiado, más allá de la repugnancia que su actitud provoca en las mentes abiertas y tolerantes. O, mejor dicho, no me parece que el  bravucón de Donald Trump sea muy distinto a tantos y tantos otros líderes que se mueven a nuestro alrededor.

De la misma manera que Obama fue recibido casi como si se tratara del salvador del universo -y el mundo apenas ha cambiado durante sus mandatos-; el Papa Francisco parecía que fuera a renovar de arriba abajo los usos y costumbres de la Iglesia Católica  a lo largo de su pontificado -y la jerarquía y el clero siguen igual-, Donald Trump llevará el timón de una nación que casi desde su fundación navega con el piloto automático activado, y no hay capitán, por intrépido que sea, que pueda modificar su rumbo.

En cualquier caso, el tiempo lo dirá.

8 de noviembre de 2016

La balanza electoral se desequilibra

Las amplias clases medias de nuestro país han ido, desde la transición, inclinado la balanza electoral hacia la derecha o hacia la izquierda, otorgándole alternativamente el poder al PP o al PSOE, a los que, en una simplificación ideológica, identificaban respectivamente como el centro derecha y el centro izquierda del panorama político español. Desde la recuperación de la democracia, los votos se han ido deslizando en cada elección hacia una u otra alternativa, pero nunca hacia los extremos.

La última encuesta del CIS demuestra, una vez más, que ésta tendencia hacia las opciones que se perciben como moderadas continúa. La intención de voto al PSOE ha descendido, pero a favor del PP (y de la abstención), no de Podemos y de sus adláteres.  El “sorpasso”, de acuerdo con los resultados del sondeo, se debería más al movimiento del voto progresista moderado hacia la derecha, que al hecho de que algunos votantes socialistas estuvieran decididos a dar su apoyo a la “otra” izquierda, a la que muchos de ellos consideran radical, utópica y populista.

De este análisis se podrían sacar varias conclusiones. La primera sería que si hubiera habido que ir a unas terceras elecciones, como muchos pedían a gritos, es muy posible que el PP, con la ayuda de Ciudadanos, hubiera alcanzado la mayoría absoluta, es decir, volviera a estar en condiciones de manejar la tijera de los recortes a su antojo. Los de Podemos se relamerían de gusto por haberse convertido en la segunda fuerza del parlamento, pero los ciudadanos se encontrarían una vez más bajo el rodillo implacable de una derecha ultraconservadora y antisocial, con muy pocas trabas en el parlamento.

La segunda, y no menos importante, es que da la sensación de que el equilibrio de fuerzas se haya roto o, al menos, corriera el riesgo de romperse a favor del voto conservador. Al principio de los ochenta, el PSOE tuvo que moderar su discurso, abandonar el marxismo y adaptar su programa al perfil social de las clases medias, mayoritarias en el país. Si no lo hubiera hecho así, nunca habría sido una opción de gobierno, porque gran parte de sus votantes son progresistas, pero poco amigos de la inestabilidad social y de aventuras de incierto porvenir. En estos momentos, con un partido socialista que no acaba de encontrar el rumbo y una izquierda radical, anticapitalista y comunista intentando sustituirlo, el contrapunto de la izquierda moderada ha perdido peso, lo que, si se examina con objetividad, no es una buena noticia para los progresistas y sí magnífica para los conservadores.

Las declaraciones de Pedro Sánchez en el programa de Jordi Évole hace unos días no ayudan en absoluto a que el partido socialista recupere el pulso. Por el contrario, pareciera como si de repente al ex secretario general se le hubiera encendido la luz de la inspiración política y descubriera en Podemos todo lo contrario de lo que a lo largo de los meses ha estado sosteniendo. Se equivoca con ese extraño movimiento de aproximación a la formación de Pablo Iglesias, porque en su ingenuidad política no se da cuenta de que corre el riesgo de que lo fagoticen, como ya han hecho con otras formaciones de la izquierda. Por eso, creo que tienen razón los que desde el PSOE defienden que antes de resolver el asunto de los cargos hay que redefinir el partido, es necesario clarificar lo que se pretende alcanzar, se precisa marcar con nitidez las diferencias con otras opciones. Si no lo hacen así, si continúan con esa lucha intestina que los ha llevado a la peor situación desde que existen, acabarán entre todos con un partido que ya está moribundo.

Si esto sucede, millones de progresistas españoles se encontrarán huérfanos de opción política. Aunque siempre, triste consuelo, quedaría el voto en blanco.

30 de octubre de 2016

De la mala educación, la falta de estilo y otras debilidades del espíritu

A ninguna persona civilizada se le oculta que la educación, la cortesía y el trato afable con los demás son  conquistas de la civilización, mejoras evolutivas. Los humoristas suelen retratar a los hombres de la prehistoria, a los cavernícolas, con un grueso garrote entre las manos, aspecto fiero y cara de pocos amigos. Qué duda cabe de que no son más que caricaturas de lo que debió de ser aquella realidad, pero a pesar de ello se trata de un estereotipo que refleja perfectamente el mundo primitivo, cuando la sociedad estaba compuesta por un conjunto de desconfiados y amedrentados individuos, casi animales del bosque, que pocas palabras debían intercambiar entre ellos, puede que las imprescindibles para mantener a sus congéneres a distancia prudencial. Es fácil imaginar que los gruñidos y los aspavientos cafres dominaran las conversaciones entre los humanos, porque la amabilidad todavía estaba por inventar.

El tiempo ha pasado, y aunque es cierto que la cortesía no ha llegado a todos los rincones del planeta por igual, aquí, en España, gozamos de un razonable clima de concordia ciudadana, disponemos de un nivel de educación que excluye la agresividad dialéctica de la escena cotidiana. No es que el trato sea versallesco, ni mucho menos, pero es difícil encontrar personas que no tengan conciencia de dónde acaba la educación y empieza la grosería. Ya sé que las excepciones existen, como en todo en la vida, y no se me oculta que hay muchos aspectos que mejorar. Pero no hay nadie que cuando insulta, cuando saca los pies del tiesto, no sea consciente de que lo está haciendo.

Por eso me sorprenden cada vez más las groserías parlamentarias, quiero decir las que se prodigan en el parlamento, en el templo de la palabra como a algunos redichos les gusta decir (valga la redundancia). Los señores diputados –a los senadores los tengo poco controlados quizá porque se dejen ver menos que sus colegas del Congreso-, que debieran ser conscientes de que los ciudadanos los observan, examinan su proceder, vigilan su oratoria y escudriñan su expresión corporal, tendrían que poner un esmero exquisito en lo que dicen y en cómo lo dicen. Pero no es así, o al menos no lo está siendo últimamente. Se empieza a observar un estilo, entre agresivo y faltón -por no decir macarra-, que parece más dirigido a dar satisfacción a los electores de su cuerda que a representarlos con dignidad.

Yo no pido que se suavicen los debates con florituras palaciegas ni con edulcoradas monsergas, de esas que rellenan los mensajes de artificio pero los dejen sin contenido, completamente vacíos. Al contrario, a sus señorías se les debe exigir que debatan con ardor, que defiendan sus propuestas con entusiasmo y convicción y que censuren con fervor lo que no les guste  Pero para ello no es necesario ni insultar ni denigrar, porque cuando lo hacen sus palabra pierden fuerza, aunque algunos en su inmensa ingenuidad crean lo contrario, quizá porque estén convencidos de que lo políticamente incorrecto está de moda y equivale a decir la verdad.

Ya sé que a estas alturas alguno estará esperando que a continuación ponga nombres y apellidos, pero no lo voy a hacer. Y no lo voy a hacer por dos motivos: el primero porque no quiero caer precisamente en lo que estoy censurando, en la descortesía acusatoria; y el segundo porque todo el mundo sabe ya de quién o de quiénes estoy hablando. ¿O no?

26 de octubre de 2016

El parto de los montes (fábula de Esopo)

Después de un gran ruido mediático, de muchas elucubraciones –algunas bienintencionadas y otras no tanto-, de demasiadas explicaciones innecesarias, de un gran alboroto previo, hace unos días tuvo lugar el Comité Federal del PSOE en el que se decidió la posición oficial del partido socialista con respecto a la investidura de Rajoy, que, como ya era sabido, o al menos sospechado, no fue otra que la de que su grupo parlamentario se abstuviera en la segunda votación. Lo que queda por saber ahora es que harán con su voto los diputados disconformes con la decisión, si acatarla con disciplina o mantenerse en el No es No. En cualquier caso, parece claro que, por muchas discrepancias que haya, la investidura saldrá adelante.

No voy a entrar en este momento a analizar si se trata de un gran error o de un gran acierto, porque a estas alturas muy poco sentido tiene volver a las andadas, que han sido muchas y muy tormentosas. Lo que de verdad importa ahora es lo que los socialistas vayan a hacer a partir de haber tomado esta decsión. En mi opinión, sus primeras obligaciones son recomponer la figura, preparar su congreso, elegir una nueva dirección y empezar a hacer una oposición firme, responsable e inteligente desde el primer día. Firme frente a la injusticia con la que ha estado gobernando el PP durante la legislatura anteriior; responsable ante la difícil coyuntura económica en la que seguimos instalados; e inteligente para conseguir del gobierno en minoría los mayores beneficios posibles para la ciudadanía de este país. Y todo ello sin ignorar el espacio que España ocupa en Europa y en el mundo, porque Bruselas nos va a seguir exigiendo sacrificios.

En contra de lo que algunos opinan, el PSOE no ha firmado ningún cheque en blanco al PP, todo lo contrario. Si Mariano Rajoy quiere llevar adelante sus propuestas no tendrá más remedio que contar con el visto bueno de los socialistas. Entraremos en una nueva dinámica, inédita en España, en la que un gobierno conservador, con un pedigrí antisocial y autoritario –además de lacrado por la corrupción institucional-, se tendrá que ver las caras con una oposición que no parece que esté dispuesta a permitir que las cosas vuelvan a ser como han sido. Una experiencia nueva en España, a la que deberíamos asistir al menos con cierta expectación. No ha sido posible que el PSOE articulara una alternativa, por muchas razones que hoy no viene a cuento recordar por ser de todos conocidas, pero sí está a su alcance instrumentar una oposición eficaz.

Sin embargo, podría suceder que las diferencias que han surgido durante estos meses en el seno del partido continuaran hiriendo a los socialistas si no inician inmediatamente una política de conciliación interna. Verdugos externos no les van a faltar, no sólo los que proceden de la derecha de siempre, también los de esa nueva izquierda que parece obsesionada por finiquitar al PSOE en vez de emplear sus energías en combatir al neoliberalismo antisocial del PP. Por eso, ya que se van a ver obligados a navegar en un mar plagado de tiburones hambrientos, no deberían caer en la tentación de iniciar una guerra fratricida, por muchas e importantes que hayan sido las discrepancias. Si lo hacen, si no cierran las heridas cuanto antes, si no concilian posiciones ideológicas con urgencia, si no salen de la contemplación de su ombligo y recapacitan sobre la posición que la socialdemocracia representa en España y en toda Europa, obligada a mantenerse entre dos extremos cada vez más hostiles, se desangrarán y morirán exangües.

Yo no deseo que eso ocurra, pero no está en mis manos evitarlo. A mí sólo me quedaría continuar dándoles mi confianza en las urnas, siempre que a mi juicio siguieran mereciéndosela.

23 de octubre de 2016

¿Es ésto populismo?

Explica el diccionario de la lengua que por populismo se entiende la tendencia política que pretende atraerse a las clases populares. Pero añade, a continuación, que se suele utilizar en sentido despectivo. Quizá por eso yo me haya negado hasta ahora a emplear este término cuando me refería a determinados comportamientos tan de moda en los tiempos que corren, como las algarabías estudiantiles en la puerta de un aula universitaria cuando se iba a pronunciar una conferencia -con ridículas caretas para ocultar el rostro-, o las pancartas en el hemiciclo parlamentario reivindicativas de los derechos humanos, nada más y nada menos. Pero todo tiene un límite y hoy he decidido abandonar el lenguaje timorato y no andarme con rodeos. Por eso digo que comportamientos como los que acabo de citar son populistas y que quien no los condena con contundencia se sitúa el primero en la lista del populismo, por méritos propios.

Me confesaba hace unos días una persona, que por edad pertenece a la generación de mis hijos, que en las últimas elecciones había dado su vota a Podemos, pero que había decidido no otorgarle su confianza en las próximas. Argumentaba que en su momento le había parecido que sus mensajes representaban un sano y necesario revulsivo en la política española, pero que sus comportamientos posteriores, desde que disponen de representación parlamentaria, desde cuando les llegó la hora de hacer política y no “callejerismo”, le habían defraudado. Las formas populistas no le convencían por vacuas e inútiles y le habían hecho cambiar de idea.

Hace tiempo escribí en este blog que el día que vi entrar por primera vez en la sala de plenos del parlamento a los diputados electos de Podemos sentí vergüenza ajena, se me cayeron los palos del sombrajo como diría un castizo. Hasta ese momento, aunque sus mensajes radicales no acabaran de gustarme, y mucho menos de convencerme, conservaba la esperanza de que hubieran abandonado la etapa del campamento urbano para entrar en la dinámica política civilizada. Pero no era así y en aquel momento comprendí que lo peor estaba por llegar. Chaquetas en los respaldos de los asientos, recién nacidos amamantados en el escaño, gritos estridentes, charangas en la Carrera de San Jerónimo, un comportamiento que nada tiene que ver con el honorable oficio de la cosa pública, con la representación de los ciudadanos, y sí mucho con la chabacanería y el mal ejemplo social.

Desde entonces han sucedido muchas cosas, entre ellas que el electorado ha frenado sus expectativas de “asalto a los cielos”. Si hago caso de lo que me decía mi joven amigo hace unos días, quizá la causa haya que buscarla en esas formas, tan alejadas del sentir general de la ciudadanía española, a quien no le gusta ni las vulgaridades ni los estereotipos ni las exageraciones, a quien no le convence el populismo. El pueblo español está mucho más maduro de lo que algunos creen y nunca aceptará democráticamente actitudes que rechinen. No son prejuicios, no: es sabiduría popular.

Con esos materiales es imposible hoy por hoy construir en España una alternativa seria de izquierdas. No hay un sustrato homogéneo que la soporte, como lo había cuando el PSOE convencía a las amplias clases medias de este país, que son las que inclinan la balanza en las elecciones. Es cierto que el PSOE debe adaptarse a las nuevas circunstancias, revisar sus políticas y renovar sus estructuras. Pero mientras tanto, mientras este proceso tiene lugar -y en estos momentos lo está teniendo con intensidad-, hará muy bien en marcar las diferencias con lo que representa Podemos, como lo hizo cuando nunca se dejó convencer por los cantos que le llegaban desde el Partido Comunista, primero, y desde Izquierda Unida, más tarde.

Si no lo hace así, si se deja envolver por el radicalismo de sus “amigos” de Podemos cometerá un error, puede que irreversible, porque ni recuperará el voto perdido ni conservará la fidelidad de sus actuales votantes. Además, aunque muchos no acaben de entenderlo, lo peor será que algunos de esos votos irán a la abstención y otros a engrosar el número de electores conservadores, en cualquier caso a favorecer al partido popular.

En mi opinión, ya lo he dicho más de una vez en este blog, la aparición de Podemos, que pudo haber revitalizado la izquierda española, en realidad lo que ha conseguido es dinamitar a corto plazo las aspiraciones de la progresía moderada de este país, que es mucho más amplia de lo que algunos creen.


20 de octubre de 2016

Más sobre la militancia socialista y algo sobre los "amigos" de otros partidos

Es curioso observar la relatividad de los puntos de vista, aquello de los diferentes colores con los que se ve la realidad dependiendo del cristal con que se mire. Me refiero, para que no haya dudas interpretativas, a los asuntos opinables, sean de índole religiosa, política o sencillamente social, dicho lo último con el significado de todo aquello que afecte a un colectivo humano. Lo opinable no son ciencias exactas, no tiene soluciones únicas, sino que por el contrario puede haber varias respuestas, todas buenas -¿por qué no?-, dependiendo de las premisas que cada uno ponga al emitir su opinión.

Escribía yo hace unos días, a propósito de la abstención o voto negativo del grupo socialista en la investidura de Rajoy, que me parecían cortoplacistas las opiniones que defienden el no. Por supuesto que se trata de mi opinión, es decir, la que me dicta a estas alturas la visión que tengo del panorama político. Rajoy va a ser presidente del gobierno en cualquier caso y por tanto retrasar el momento no tiene ninguna ventaja. Por eso, aunque mi mente progresista me pida a gritos el voto negativo, veo alguna utilidad en acabar de una vez con la interinidad del PP y empezar a hacer una oposición efectiva.

Pero esa es mi opinión, que como todo el mundo sabe no comparten bastantes militantes socialistas. Estos días he tenido ocasión de volver a cambiar impresiones con alguno de ellos y me devolvía la oración por pasiva. Para él la visión cortoplacista radica en permitir que Rajoy gobierne gracias al voto socialdemócrata, porque esta actitud estigmatizaría al partido de tal manera que después puede que resultara muy difícil recuperar la credibilidad. Dos puntos de vista, como se ve, diametralmente distintos, dos opiniones que proceden de dos personas que defienden el mismo modelo de sociedad, al menos en líneas generales.

Es muy curioso observar como, en esta situación de debate interno del PSOE, los de Podemos piden a gritos a sus “amigos” socialistas el voto negativo. Digo que me parece curioso, porque a nadie se le escapa que con unas nuevas elecciones la izquierda corre el riesgo de que el PP mejore su posición parlamentaria, puede incluso que alcanzando la mayoría absoluta. Sin embargo, poco parece importarles a los de Pablo Iglesias –no sé a los de Íñigo Errejón- esta amenaza, lo que demuestra de manera evidente que prefieren asistir a la derrota de sus adversarios socialistas que controlar a la derecha antisocial y corrupta desde el parlamento, con la actual composición de la cámara baja. Al fin y al cabo lo que dicen que quieren, y pregonan a los cuatro vientos, es hacer oposición en la calle.

No sé cómo va a acabar la cosa, si con no, con abstención o con libertad de voto, porque a estas alturas todo cabe. Yo espero con interés la próxima reunión del Comité Federal del PSOE, en el que previsiblemente se decidirá la estrategia a seguir. No tengo ni idea de cuál será el resultado, porque por lo que me llega cualquier cosa pudiera suceder, ya que las discrepancias sobre este asunto son profundas. No diferencias ideológicas, me atrevo a decir, sino de carácter coyuntural, porque digan lo que digan algunos -sobre todo los "amigos"-, a ningún socialista le gusta que gobierne la derecha. En mi opinión, el partido no corre riesgo de dividirse por estas divergencias, como algunos agoreros señalan; aunque es evidente que en cualquier caso tendrá que someter sus estructuras a un profundo análisis de situación.

¿Pero quién no tiene que revisar sus estructuras?

12 de octubre de 2016

De la militancia, el asambleísmo y otros menesteres tan de moda

Me escribía el otro día un asiduo lector del blog que en esto de las tribulaciones del PSOE no me mojaba. En realidad lo que sucede es que quizá no haya tenido las ideas claras, lo confieso, como supongo que le estará ocurriendo a muchos de los que suelen votar al partido socialista, porque me parece un disparate permitir con la abstención que gobierne Rajoy, pero se me antoja una temeridad ir a una nueva repetición de elecciones, no ya pensando en los intereses del país -como pregonan los patriotas de vía estrecha-, sino en los del propio PSOE, el único partido que en España representa a la socialdemocracia. Por eso intento acercarme al problema siguiendo día a día la evolución de los acontecimientos, sin demasiados prejuicios, procurando formarme una opinión coherente. Y en ese proceder, en el análisis de las circunstancias que concurren, lo que sí he conseguido hasta ahora es desbrozar en parte el terreno. Me explicaré.

Con absoluto y total respeto a los militantes de cualquier partido, incluidos por supuesto los del partido socialista, lo que no se puede ni se debe hacer es recurrir al asambleísmo para tomar las decisiones del día a día. Las militancias son necesarias porque crean opinión, alimentan desde la base las ideologías de los partido y sirven de cantera para la extracción de sus líderes; y también, al menos en el PSOE, para elegir en primarias al secretario general. Pero no para acordar las tareas del día a día ni para enmendar la plana en situaciones de conflicto a los órganos de dirección, en los que hay que suponer que están representadas todas las tendencias. Me sorprende la miopía cortoplacista de algunos líderes socialistas, que no contentos con el espectáculo que entre todos –TODOS- montaron hace unos días, sigan insistiendo en la necesidad de consultar ya a las bases y en la conveniencia de celebrar en estos momentos un congreso extraordinario. Consulta sí, congreso también, pero no bajo la presión de las circunstancias. Hacerlo ahora sería un suicidio.

Por otro lado, la disciplina -no la obediencia ciega, que son afanes muy distintos- es un valor irrenunciable. La derecha lo sabe muy bien y así le van las cosas. Cuando ahora oigo voces discrepantes dentro del grupo parlamentario socialista, que proclaman a voz en grito que decida lo que decida el Comité Federal ellos votarán no en la investidura de Rajoy, se me altera el ritmo cardiaco. Algunos se han empeñado en cargarse el PSOE desde dentro y es posible que lo logren, porque aliados externos ni les faltan ni les van a faltar. ¿No sería más sensato esperar a las decisiones que adopte el órgano de dirección del partido, en cuya próxima reunión se supone que habrá un debate en profundidad? Pues no: siempre ha habido más papistas que el Papa.

Yo sigo confiando en que la cordura se imponga. De momento, Javier Fernández, un hombre que goza del respeto de una gran parte de la militancia y de la dirección, está haciendo en mi opinión las cosas bien desde la gestora del PSOE, sin precipitaciones innecesarias, a pesar de que el calendario apremia. Parece que sus propuestas van encaminadas a la abstención, previo acuerdo con el PP para depurar los presupuestos. Bruselas aprieta los tornillos, y para los socialistas siempre será preferible que las medidas a adoptar se pacten previamente. Es el mejor servicio que dadas las circunstancias pueden aportar en defensa de los más necesitados.  Es posble que no lo vean así algunos militantes y algunos dirigentes, pero así lo vemos muchos votantes o simpatizantes. Porque el mundo no se acaba con esta investidura, hay mucha tela todavía que cortar.

Creo que algo más sí me he mojado. ¿O no?


8 de octubre de 2016

Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios

Si consideramos que los partidos políticos son organizaciones necesarias e imprescindibles para que la democracia funcione con corrección, y añadimos a nuestras reflexiones que lo mejor que le puede suceder a un país es disponer de un sistema político de libertades democráticas, es muy posible que lleguemos a la conclusión de que ese discurso tan de moda ahora de que primero España y después el partido es una auténtica memez, una estulticia que ofende a la inteligencia. Elegir en una coyuntura poselectoral adversa la estrategia que más conviene no es ir contra los intereses generales, sino decidir lo que más interesa hacer, dentro del panorama completo del juego democrático en el que se participa. Actuar así beneficia al partido, por consiguiente al sistema y por lo tanto al país.

Durante todo este largo proceso -traumático para unos e hilarante para otros- que ha concluido con la dimisión de Pedro Sánchez como secretario general del PSOE, por mi mente han pasado muchas reflexiones, unas a favor de aquél y otras en contra. Algunas las he manifestado en este blog y otras las he guardado a buen recaudo en mi interior. Pero entre ellas nunca ha figurado la de que sus propuestas lesionaran los intereses de la nación. En política hay que tomar decisiones y a veces se acierta y otras se yerra. No sólo en política, sino ante cualquier disyuntiva en la que haya que decidir un camino a recorrer. Por eso, las acusaciones de haber puesto en riesgo los intereses del país me parecen infundadas, incluso me atrevo a decir que malintencionadas.

Ahora nos encontramos ante una curiosa situación, la de que al PP pudiera interesarle repetir las elecciones. Sabe, como sabemos todos los que hayamos seguido la situación durante las últimas semanas, que la debilidad actual del PSOE le favorecería, porque los conservadores dan por hecho que algunos de sus votantes fieles caerían en la abstención, otros no tan fieles irían a parar a Podemos y, por qué no, quizá algún desencantado se dejara deslumbrar por la estabilidad de la que presumen los neoliberales y les diera su confianza. Eso significaría probablemente un cambio de pesos relativos entre derechas e izquierdas en el parlamento y por tanto poder gobernar con mayor soltura que con la composición actual. Si hicieran eso, si Rajoy rechazara presentarse a una nueva votación de investidura alegando que no cuenta con suficientes apoyos (ya lo hizo hace unos meses), se le podría acusar de falsario, de hipócrita, de oportunista y de muchas otras cosas, pero no de maniobrar contra los intereses de España. Pretender presidir un gobierno estable no es antipatriótico, por mucho que para lograrlo haya que recurrir a añagazas parlamentarias. Como no lo era que Pedro Sánchez dijera aquello de no es no. Una cosa son los errores y otra actuar contra los intereses generales.

De todas formas, y volviendo a la hipótesis de que Rajoy decidiera no presentarse ahora a la sesión de investidura, dando lugar con ello a unas nuevas elecciones- las terceras en menos de un año-, lo que sí quedaría de manifiesto es la hipocresía con la que habría pasado de tildar a Sánchez de antipatriota a actuar después de la misma forma que durante tanto tiempo ha estado condenando a voz en grito. Eso se lo deberían tener en cuenta sus votantes, pero ya se sabe que los comportamientos que faltan a la ética más elemental no pasan factura en las elecciones, como no la pasa la corrupción galopante que su gobierno ha tolerado durante los últimos años. Es curioso, pero parece como si a los electores se les pusieran ciertas vendas ante los ojos cuando van a votar. Los politólogos utilizan el eufemismo de que el electorado ya había amortizado el dato.

Aunque no me sirva de consuelo, este fenómeno no es exclusivamente español. No hay más que acordarse de Berlusconi o, más recientemente, de la nominación de Trump como candidato del partido republicano a la presidencia de EEUU.

No, no somos los únicos.

4 de octubre de 2016

Sacudir el árbol para que se desprendan las hojas secas

Un viejo proverbio proclama que de vez en vez hay que agitar el árbol para que se desprendan las hojas secas, sabio consejo aplicable a muchas facetas de la vida. Le decía yo el otro día a un buen amigo, a propósito de la coyuntura por la que atraviesa el PSOE, que es posible que, a pesar del espectáculo que los socialistas dieron el sábado pasado, su partido salga fortalecido a medio plazo. No soy tan optimista como para opinar que el guirigay que formaron no les vaya a pasar factura a corto, pero sí lo suficiente animoso para recordar que las transformaciones políticas de cierta importancia suelen surgir tras grandes debates y fuertes controversias. De todo ello hubo en el Comité Federal, incluso en demasía.

El PSOE, visto desde mi óptica -por supuesto muy distinta de la que puedan tener los conservadores del PP o los anticapitalistas, comunistas, radicales de izquierda y toda esa larga retahíla de tendencias que militan o simpatizan con Podemos-, necesita un alto en el camino, una reflexión serena y una redefinición de objetivos y estrategias. El panorama político ha cambiado, para bien o para mal, pero ha cambiado. Esa es una realidad incuestionable que obliga, en primer lugar, a remarcar las diferencias con la izquierda radical –que son muchas y muy profundas- y, en segundo, a explicárselas a los ciudadanos. Nunca como ahora se hace tan imprescindible para los socialistas ejercer la pedagogía política, una ciencia que da la sensación de que hubieran olvidado por completo.

Supongo, aunque en política no se pueda estar seguro de nada, que ahora, tras la dimisión de Pedro Sánchez, los socialistas terminarán absteniéndose en la segunda votación de investidura de Rajoy, en la que, al no necesitarse mayoría absoluta, estarían permitiendo la formación de un gobierno conservador. Las cuentas para articular una alternativa no salen, por mucho que algunos intenten retorcerlas, y unas terceras elecciones podrían bajar aún más la representación que ahora ostenta el PSOE en el Congreso de los Diputados, con la consecuencia añadida de que el PP podría bordear la mayoría absoluta o incluso alcanzarla. Por eso, mientras que los 85 escaños actuales no permiten a los socialistas gobernar, sí los deja en buenas condiciones para controlar al gobierno de Rajoy desde la oposición.

Como todo eso hasta ahora no lo han explicado a la ciudadanía, enzarzados como estaban en disputas subterráneas -y no tan subterráneas-, nada de particular tiene que ningún dirigente socialista reconozca en estos momentos que es proclive a la abstención. Habrá que esperar a la próxima reunión del Comité Federal para comprobar qué sucede, pero no hay que ser demasiado sagaz para sospechar que por ahí, por la abstención en la segunda votación, irán las cosas.

Mientras tanto, Podemos pondrá el grito en el cielo acusándolos de ser lo mismo que el PP (en realidad eso lo vienen diciendo desde que nacieron), tratando así de ganar nuevos adeptos; y el señor Rajoy, que se las prometía felices pensando en unas terceras elecciones, no tendrá fácil excusa para eludir el voto de investidura. Los primeros continuarán con su incansable acoso al PSOE, que a veces parece que es lo único que les interesa, y los segundos se verán obligados a gobernar en minoría, con una oposición que no les permitirá cometer los desatinos de la pasada legislatura, cuando gozaban de mayoría absoluta.

Como decía al principio, es posible que si el partido socialista pone inteligencia, a medio plazo salga fortalecido tras el desagradable episodio que sus máximos dirigentes protagonizaron este fin de semana. Todo dependerá del saber hacer de los responsables. Si hacen las cosas bien, sin miopes, torpes y cortoplacistas precipitaciones, se lo agradecerán sus militantes y, sobre todo, los millones de españoles que todavía siguen confiando en soluciones progresistas moderadas, porque ni son conservadores ni confían en los cantos de sirena ni en las promesas cargadas de utopías.

30 de septiembre de 2016

¿Golpe de estado en el PSOE o chapuza cuartelera?

Los enemigos del PSOE no podrán quejarse de las oportunidades que se les está dando para regodearse un rato largo. Digo  enemigos, porque los adversarios –que es cosa muy distinta- lamentan la situación. Pero vayamos al grano.

Lo que está sucediendo en el seno de la cúpula de la centenaria formación política trae causa de una profunda brecha ideológica. Hablar de luchas por el poder me parece malintencionado, cuando con ello se quiere dar a entender que lo que en el fondo subyace es el personalismo, el amor a la silla o la ambición política desmedida. Puede que algo de ello haya en algunos casos concretos, pero eso no es patrimonio exclusivo del PSOE, sino que está repartido con generosa extensión a su derecha y a su izquierda. Ahora bien, si con la expresión personalismo se quiere decir que detrás de las dos posiciones ideológicas hay personas, con nombres y apellidos, no puedo por menos que estar de acuerdo con la apreciación. Por poner algún ejemplo, Pedro Sánchez no piensa políticamente lo mismo que Susana Díaz, ni Borrell que García Page, ni Alfonso Guerra que Felipe González. Ni piensan igual ni tienen por qué hacerlo. Un partido es el resultante de la convergencia de ideologías afines, pero no una secta.

No voy a caer en la vulgaridad de decir que unos son de izquierdas y que los otros no. Doy por hecho que todos son socialistas convencidos. Las discrepancias están en los matices, tan sutiles que en ocasiones no se perciben. Y en el caso concreto que nos ocupa, en esta situación que ha desembocado en la alborotada y extemporánea dimisión de diecisiete miembros de la Comisión Ejecutiva, no tengo la menor duda de que las diferencias no están tanto en el voto en contra o en la abstención al nombramiento de Rajoy, como en las posibles alianzas para formar un gobierno alternativo que el secretario general está sondeando. Lo demás, esa dignidad política que dicen que les obliga a asumir responsabilidades políticas es una monserga que ni ellos se la creen. ¿Por qué no dimitieron nada más conocerse el resultado electoral del 26 J y han dejado pasar todo el verano y parte del otoño? Ahora los veo en las fotos de familia posteriores al cierre de las urnas y parecen, si no entusiasmados, al menos satisfechos.

Con independencia de cómo acabe esto (espero que haya suficiente inteligencia entre todos para reconducir la situación), lo que han hecho los diecisiete de marras –aleccionados por otros desde la sombra o desde las declaraciones ante los medios- es de una deslealtad que espanta por lo burdo y chapucero. El miedo a que Pedro Sánchez llegara a dominar la situación en la reunión prevista del Comité Federal les ha inspirado una maniobra peligrosísima y han puesto a su partido al borde de la ruptura. Ver al representante del grupo dimisionario, Antonio Pradas, en la puerta de la sede de Ferraz, atacado de los nervios porque no le habían dejado recoger el retrato de su hijo me pareció un esperpento, un insulto a la inteligencia. Debía haber supuesto que el que fue elegido secretario del partido en primarias, refrendado después en un congreso, no se iba a rendir ante la vulgar chapuza que acababa de producirse.

No estoy diciendo que Pedro Sánchez sea el líder que necesita el PSOE en la etapa que se avecina, ni tengo por qué dudar de la talla política de Susana Díaz; simplemente me atengo a un razonamiento muy elemental, el de que las formas son tan importantes, y a veces más, que las razones.

Así no.

27 de septiembre de 2016

Que cada palo aguante sus velas

Como no tengo ninguna vocación ni de analista político ni mucho menos de cronista de la cosa pública, no voy a entrar en grandes profundidades al analizar las causas que en mi opinión han conducido a los resultados electorales del pasado domingo en Galicia y en el País Vasco. Pero no puedo evitar hacer alguna reflexión, aunque no sea más que para ordenar las ideas que bullen en mi cabeza.

Lo primero que se me ocurre es que el electorado ha premiado la estabilidad y ha castigado las derivas partidistas. Tanto ha estado yendo el cántaro a la fuente de las líneas rojas, que al final se ha roto, o parece que se está rompiendo. No voy a negar, porque sería no admitir la evidencia, que Pedro Sánchez y su ejecutiva hayan tenido una gran responsabilidad en los resultados obtenidos por el PSOE, un retroceso histórico en las dos comunidades autónomas, después de que este partido haya sido en ellas, durante mucho tiempo, una opción clara de gobierno. Pero centrar toda la crítica en el secretario general de los socialistas me parecería un error mayúsculo, que tendría desde mi punto de vista la consecuencia de no contemplar el panorama completo de las responsabilidades.

Quien de verdad ha perdido no ha sido el PSOE, sino la izquierda en su conjunto, los votantes de mentalidad progresista. Las peleas de gallos entre los dos principales partido de izquierdas y las luchas intestinas en ellos no son la mejor imagen para un país que necesita, por encima de cualquier otra consideración, normalidad democrática. Es cierto que la corrupción debería haber pasado factura al PP, pero no es menos que el electorado prefiere la corrupción, confiando en que la justicia acabe por poner las cosas en su sitio, que contemplar el espectáculo de las peleas internas y externas de los partidos de la izquierda. En el fondo, la mayoría de los votantes es en cierto modo conservadora, no quiere aventuras de futuro incierto y no confía en redentores de pacotilla. Sólo si ve estabilidad, moderación y propuestas viables confiará en los partidos de la izquierda. Pero lamentablemente llevamos un tiempo en que las formas desdibujan el fondo de las propuestas programáticas.

Mucho me temo que lo peor esté por venir. A Podemos le ha faltado tiempo para romper los pactos que mantenía con el PSOE en Castilla-La Mancha y en Extremadura. Tengo algo más que la sospecha de que no se trata de una improvisación, sino de parte de toda una estrategia inscrita en el acoso y derribo al partido socialista. Lo he dicho ya en alguna ocasión y lo vuelvo a repetir: la irrupción de Podemos en la política o, mejor dicho, el estilo de alguno de sus líderes ha machacado las expectativas de la izquierda. Aunque los de Pablo Iglesias digan lo contrario, a quien consideran su verdadero enemigo es a lo que ellos llaman la vieja izquierda, a la que quieren sustituir por completo y quedarse con su espacio político, aun a costa de lo que está sucediendo, que muchos votantes progresistas de toda la vida estén mirando a su derecha, a ver si en ella encuentran un mínimo de cobertura a sus inquietudes. Difícil de creer, pero así es. A los resultados me remito.

El partido socialista debería cambiar completamente de rumbo. El espectáculo que está dando es esperpéntico, como si lo hubiera concebido algún estratega de la derecha. La Ejecutiva Federal ha torpedeado lo que ha podido las iniciativas de Pedro Sánchez, quien se ha visto atacado por todos los flancos, los barones del PSOE, Podemos y el PP, este último haciéndole además culpable de todos los males que afectan a nuestro país. Aunque me parezca una maniobra muy peligrosa, que posiblemente se volverá contra él, en cierto modo comprendo que ante los obstáculos que le ponen sus propios compañeros quiera clarificar la situación con una consulta a las bases y mediante un congreso extraordinario. Una arriesgada decisión, puede que extemporánea, que sólo se justifica si, como parece, los votantes del PSOE no aceptan bajo ningún pretexto la abstención del grupo socialista en la investidura de Rajoy.

Veamos pues que sucede el sábado en la reunión de la Ejecutiva Federal, que promete ser de antología.

26 de septiembre de 2016

Callejeos por Madrid

Supongo, aunque seguro no estoy, que ya he escrito en alguna ocasión en este blog que callejear por Madrid se ha convertido en mí en una costumbre ineludible, en una auténtica adición. Me refiero a pasear por sus calles sin propósito concreto, simplemente por el placer de ver lo que me encuentre. Pero no todos los distritos de la capital me atraen por igual. Las zonas que en realidad me fascinan son las que podríamos llamar antiguas, aunque el término antigüedad aplicado a las calles de una ciudad es un tanto impreciso, ya que no hay un lugar en ellas que no haya ido cambiando a lo largo del tiempo y, por tanto, perdiendo mucho de su pasado. Lo diré entonces con otras palabras: a mí lo que me interesa de Madrid es el centro, el intrincado laberinto de calles trazadas en su momento sin responder a planes preconcebidos de urbanismo. La perpendicularidad y el paralelismo de los sucesivos ensanches me aburren, porque todos ellos me parecen cortados por el mismo patrón, incluido aquel en el que vivo. Pero afortunadamente ese centro es tan extenso, que por mucho que repita mis paseos siempre descubro algo nuevo.

El otro día íbamos mi mujer y yo deambulando por el Paseo del Prado,  (¡por qué se habrá perdido el nombre original de Salón del Prado!), frente al museo Thyssen, cuando observé que una nube de ciclistas circulaba a velocidad moderada por uno de sus laterales. Cuando prestamos más atención, pudimos comprobar que se trataba de adolescentes, posiblemente escolares de enseñanza secundaria o bachillerato, todos con el reglamentario casco y el chaleco amarillo fluorescente. Entre ellos, algunos adultos –aunque jóvenes también -, sin lugar a dudas profesores que con sus miradas atentas y algún grito que otro ponían orden entre la acalorada riada de escolares. El tráfico estaba cortado y sólo podía verse en la calzada la algarabía juvenil, alegre y disciplinada, y en las aceras los paseantes como nosotros que contemplaban con asombro la manifestación, mitad deportiva y mitad festiva, que cruzaba ante sus miradas.

Cuando descubrimos que a la altura de Neptuno cambiaban de sentido y regresaban en dirección a Cibeles, decidimos seguir los pasos de la comitiva y averiguar algo más sobre ella. Enseguida comprobamos que se dirigían a Correos, hoy sede del ayuntamiento de Madrid y, por tanto, lugar de trabajo de su alcaldesa, Manuela Carmena. Allí se disolvería la concentración y se formarían varias comitivas, cada una en una de las direcciones de la rosa de los vientos, para que en ellas los escolares regresaran, también pedaleando, a sus colegios respectivos. Pero antes, pudimos ver como la corregidora bajaba de su despacho, subía a una tribuna preparada a tal efecto y se dirigía al millar de jóvenes ciclistas con palabras sencillas, inteligibles y carentes por completo de inútil prosopopeya. Entre sus mensajes se me quedó grabado el de que colaboraran con el ayuntamiento a fomentar el uso del trasporte público, porque la ciudad de Madrid corría el riesgo de convertirse en una urbe irrespirable. Mientras tanto, el tráfico en los carriles centrales se había reanudado y una masa impresionante de vehículos, como si se propusiera apoyar con su ruidosa presencia la advertencia de la alcaldesa, volvía a lanzar al aire la ponzoña de sus motores de explosión. Una imagen de contraste con la tranquila presencia de los ciclistas.

Como el propósito de esta reflexión no es otro que explicar por qué me gusta pasear por Madrid, lo dejo aquí. Quizá otro día hable de bicis en la ciudad, de contaminación ambiental, de iniciativas municipales o de tantas otras cosas que me sugiere lo arriba escrito. Pero hoy aquí me quedo, en que callejear por la ciudad representa para mí una inagotable caja de sorpresas, porque cada día descubro cosas distintas, todas interesantes, por nimias que sean. O por lo menos a mí me lo parecen.

23 de septiembre de 2016

Ucronía: ¿qué habría pasado si los acontecimientos hubieran sido distintos ?

El diccionario de la lengua define ucronía como la reconstrucción lógica, aplicada a la historia, dando por supuestos acontecimientos no sucedidos, pero que habrían podido suceder. Alguna narrativa de este estilo he leído a lo largo de mi vida y confieso que, por lo general, la pura especulación alrededor de lo que podría haber sucedido si… me entretiene, no por su rigor, como es lógico, sino por la creatividad que suele demostrar el especulador.

¿Qué habría sucedido en las últimas elecciones en España (me refiero a las del 20 de diciembre de 2015) si la izquierda no se hubiera presentado a ellas dividida en dos facciones cainitas como lo hizo? Para mí sólo hay una respuesta: en estos momentos tendríamos un gobierno progresista presidido por Pedro Sánchez, el PP estaría en la oposición y, como dicen los clásicos, otro gallo nos cantara. Pero no fue así, porque la presencia de Podemos dividió el voto progresista, que en aquellos momentos de profundo hartazgo por los recortes era mayoritario. Las consecuencias las conocemos todos.

Es cierto que algunos errores, determinados casos de corrupción y un cierto anquilosamiento de lo que se denomina el aparato del partido socialista propiciaban la aparición de una alternativa de izquierdas. No lo voy a negar. Sin embargo, lo que debería haber sido un revulsivo, un intento de reconducir su rumbo, se convirtió en una campaña por sustituirlo y a ser posible borrarlo del mapa. Al principio muchos creyeron que Podemos representaba una corriente regeneracionista que, una vez sentados sus reales en el escenario político, convergiría con la histórica formación. Pero pronto se comprobó que por ahí no iban sus intenciones, sino que, muy por el contario, se trataba de un movimiento radical que pretendía sustituir por completo, no ya al PSOE, sino a toda una línea de pensamiento, el de la social democracia.

En estos momentos se observa en Podemos la existencia de una rebelión interna, llamémosla de los moderados, más próximos al PSOE que lo están los que representa Pablo Iglesias. No tengo claro todavía si se trata de una vulgar lucha interna, al estilo de las que ellos critican en los que denominan viejos partidos, o una escisión de raíces ideológicas. Si fuera esto último y si, como digo, se tratara de un cierto giro de parte de su estructura hacia posiciones más realistas y, sobre todo, moderadas, se abriría una puerta a la esperanza de esa hipotética convergencia de la izquierda, la única posibilidad real que existe de desplazar durante unos años del escenario político a la derecha neoliberal que nos gobierna desde hace cinco y que ha permitido que se implante la corrupción en las instituciones de nuestro  país con un descaro inusitado.

Mientras tanto, cualquier intento de acuerdo entre las dos fuerzas se me antoja una quimera. Pablo Iglesias no está haciendo otra cosa que lo que hizo a partir del 20D, repetir a gritos con estilo rapero que quiere pactos y exigir al partido socialista lo inadmisible; y todo ello bajo la mirada atenta de la derecha española que preside Rajoy, en cuya mente nunca ha dejado de estar presente la repetición de elecciones, porque sabe muy bien que la estúpida división de la izquierda terminará dándole más votos y puede que la mayoría absoluta.

Por seguir con la especulación ucrónica, ¿qué habría pasado si Podemos se hubiera unido al pacto transversal y regeneracionista que proponía Pedro Sánchez tras el resultado de aquellas elecciones? La respuesta otra vez es fácil: muchas de las propuestas que defienden los de Pablo Iglesias estarían ya en marcha y su partido no habría perdido un millón de votos en los comicios del 26 J.

19 de septiembre de 2016

Turismo interior o turismo exterior

Cuántas veces habremos oído aquello de para qué vas a viajar al extranjero, existiendo en España lugares tan maravillosos que visitar, dos proposiciones que nada tienen que ver la una con la otra, totalmente independientes entre sí y que, además, la primera en ningún caso debería ser consecuencia de la segunda. Se puede hacer y se debe hacer turismo interior, pero sin abandonar los viajes al extranjero, siempre y cuando el presupuesto lo soporte y la salud lo resista. Contraponer lo uno a lo otro me parece algo estrecho de miras y en cualquier caso falto de rigor.

Cuando se viaja por placer, es decir, cuando se hace turismo, puede deberse a varios motivos. Unos lo harán guiados por el afán de descubrir países, ciudades, monumentos o paisajes, y otros para conocer costumbres, usos y formas de vivir. A los primeros les interesan más las cosas y a los segundos las personas, aunque en realidad la mayoría de los viajeros llevan en la mochila de sus inquietudes un poco de todo, en mayor o menor proporción. Los hay incluso que viajan simplemente por encontrar algo nuevo, sin plantearse a priori que será lo que conozcan. La sorpresa para ellos forma parte del atractivo del viaje.

Desde mi punto de vista, el turismo interior se diferencia de los viajes al extranjero en las sorpresas que se puedan encontrar en uno u otro. Si uno viaja dentro de España, no pude esperar descubrir grandes novedades en el comportamiento de los habitantes de los lugares que visite, porque por lo general poco diferirá del que observa en su lugar de residencia a lo largo de todo el año, por mucho que se aleje de su entorno habitual y por peculiares que resulten las costumbres de los lugareños. Al fin y al cabo estará entre compatriotas, que beben a diario en las mismas fuentes culturales que bebe el turista, dicho sea en el sentido amplio de la palabra cultura.

Sin embargo, cuando se cruzan las fronteras exteriores, en el momento que uno pisa un país distinto al suyo, empezará a notar que los que lo rodean se comportan de forma diferente a como lo hacen sus conciudadanos. Naturalmente esas diferencias no tendrán la misma intensidad si viaja por Europa que si recorre Asia o América o cualquier otro continente. La distancia es un factor diferencial decisivo, porque no en vano cuanto más lejos menor habrá sido la intercomunicación a lo largo del tiempo entre los compatriotas del viajero y los habitantes del país que visita.

En los últimos meses he tenido ocasión de visitar con cierto detenimiento tres comarcas españolas, tan distintas entre sí como puedan ser las Rías Altas gallegas, la Jacetana pirenaica y las serranías de Ronda y Cadiz, unas zonas naturales separadas entre sí por la distancia, con topografías y climas completamente diferentes, pero todas ellas dentro de nuestras fronteras. Si las juzgo por sus bellezas naturales, no admiten comparación, porque cada una de ellas responde a la hermosura de su entorno. Pero si pongo atención en las personas, en sus formas de vida, en sus preocupaciones, poco difieren las unas de las otras o de las mías, más allá de pequeños matices, por lo general anecdóticos y conocidos.

Sin embargo, cuando cruzo nuestras fronteras percibo inmediatamente la diferencia, no en las cosas, sino en las personas. Los aeropuertos serán iguales o parecidos a los nuestros, pero el comportamiento de los empleados cambiará según el lugar, no ya por el idioma, que sin duda es un hecho diferencial, sino por el temperamento de las gentes. Y si tomo un taxi, el vehículo será igual o parecido al que hubiera parado en España, pero el taxista me hablará y me mirará de forma distinta, porque al fin y al cabo su comportamiento responderá al de los habitantes del país en cuestión, diferente por supuesto del que se estila en el nuestro.

Viajemos por España, claro que sí, recreémonos en las bellezas de sus rincones, que nunca dejarán de sorprendernos, pero no lo comparemos con las salidas al extranjero, porque es fuera de nuestro entorno cotidiano donde de verdad se pueden conocer comportamientos distintos a los que nos rodean día a día, donde nuestra cultura ciudadana se verá enriquecida. Para bien o para mal, pero eso es otra historia.

12 de septiembre de 2016

Una de política ficción (Cataluña independiente)

Cuando uno no quiere que suceda algo le resulta muy difícil ponerse en la situación no deseada. Sin embargo, desde mi punto de vista, esa actitud adolece de un gran defecto, el de la incapacidad intelectual de medir las exactas consecuencias que tendría el que sucediera lo que uno no desea que suceda. Ese es el caso de muchos españoles, que más allá de los tópicos, generalmente usados con carácter disuasorio, nunca nos ponemos a pensar qué podría ocurrir si realmente Cataluña llegara algún día a ser independiente de España. Hoy voy a dedicarle unos minutos a elucubrar sobre esta teórica eventualidad. Procuraré, además, hacerlo sin prejuicios, aunque es conocido que éstos son como las manchas en la piel, que a veces afloran sin que uno sepa por qué y sin que nada pueda hacer para evitarlo.

Con objeto de simplificar, voy a dividir las consecuencias en dos categorías, la primera de carácter sentimental y la segunda de trascendencia económica. Sé que se trata de una clasificación más que simple simplista, pero para mí propósito pudiera servir perfectamente. En la primera englobaré todas aquellas que tengan que ver con los sentimientos, sean estos personales, familiares o colectivos, y en la segunda las que pudieran estar relacionadas con el bolsillo de los ciudadanos. En cualquier caso, y como premisa, basaré mi reflexión en que ambas partes, la catalana y la española, hubieran pactado previamente la separación y, como consecuencia, se habrían adoptado por las dos partes todas las medidas necesarias para evitar en lo posible traumas y descalabros. Pongo esta condición como preliminar, porque no me cabe en la cabeza que pudiera ser de otra manera.

Somos muchos los españoles no catalanes que tenemos amigos y familiares catalanes y viceversa. Es más, es sabido que en Cataluña una gran parte de la población desciende de no catalanes, mantiene el castellano como idioma familiar y visita sus pueblos de origen con frecuencia. Pues bien, no se me ocurre pensar que tras la independencia alguien se viera obligado a perder el trato con sus amigos ni a negar los vínculos familiares. Estoy completamente convencido de que las cosas seguirían exactamente igual que ahora, más allá de alguna broma sobre la nueva situación. Las fronteras permanecerían tan abiertas como lo están en este momento, los teléfonos, salvo algún cambio de prefijo, nos unirían de la misma forma que nos unen en la actualidad y las comunicaciones ferroviarias y aéreas no sufrirían cambio alguno, salvo pequeñas variaciones de carácter administrativo, más curiosas que prácticas. Ni los españoles ni los catalanes notaríamos que hubieramos cruzado al otro lado de la línea imaginaria, al menos nada distinto de lo que ahora percibimos.

En cuanto al mundo económico, si vivimos en la globalidad y no hay quien pare la tendencia, a quién se le puede ocurrir que la posible independencia fuera a quebrar la situación. En España se seguiría comprando sanitarios de Roca y comiendo butifarra del Ampurdán, y en Cataluña consumiendo uvas de Almería y utilizando camiones Iveco, siempre y cuando fabricantes y recolectores cumplieran con los requisitos del mercado, es decir, con las exigencias de los consumidores, que -torpes y ridículos boicots aparte- son independientes del origen del producto. Las empresas que no fueran ya multinacionales adquirirían inmediatamente este carácter y las sucursales que hubieran quedado al otro lado de la frontera pasarían a ser filiales exteriores de la matriz. Los empleados dirían mi jefe es español o catalán, según el caso, como ahora muchos dicen que quien los dirige es francés, alemán o británico, a pesar de que trabajen en Madrid o en Barcelona, en Carrión de los Condes o en Sant Sadurní d´Anoia. 

Todo lo demás lo pongo aparte, porque sería entrar en política y hoy no quiero. Prefiero dejarlo en pura elucubración, en divagación intrascendente. Tiempo habrá para lo otro.

9 de septiembre de 2016

El oficio más antiguo del mundo

Se dice que la prostitución es el oficio más viejo del mundo. Sin embargo, esta mañana, mientras recorría con deliberada parsimonia el mercado de abastos de Chiclana de la Frontera, me recreaba en la contemplación del ir y venir de la gente entre pescaderías y fruterías y escuchaba con auténtica atención las variopintas conversaciones entre vendedores y compradores, me ha dado por pensar que hay uno que debió de nacer antes que el del comercio carnal, el del mercadeo en general, llámese al lugar  lonja, zoco, plaza, mercadillo o feria, que para el propósito de esta reflexión poco importa el nombre.

Escribía hace un tiempo sobre la falta de profesionalidad que se observa en general en la hostelería española y en particular en aquellas localidades que sufren el despiadado aluvión turístico durante los meses estivales. La estacionalidad obliga a los negocios de este sector a contratar a gentes no formadas en el oficio, que suelen ignorar los más elementales principios por los que se rigen las relaciones entre camareros y clientes, situación que se agrava con la saturación de los lugares de ocio, con las prisas de muchos y a veces con la huevona cachaza de otros. La temporalidad y la falta de continuidad causan estragos. Los empresarios del ramo deben de pensar que no están obligados a fidelizar a unos clientes que consideran poco menos que aves migratorias. Para qué molestarse en preparar mínimamente a los camareros, si los que hoy nos visitan mañana habrán migrado a sus asentamientos de invierno. Craso error, pero así son las cosas.

Sin embargo, hoy voy a rendir un pequeño homenaje a los vendedores de los mercados, sin excepción de especialidad. Lo mismo me da que sean fruteros, carniceros, pescaderos, charcuteros o panaderos, porque todos en general conocen a la perfección su oficio y manejan con maestría las pocas reglas que el buen saber aconseja utilizar en sus transacciones. Expresión corporal desenvuelta, palabras adecuadas, consejos oportunos e incluso chascarrillos ocurrentes estarán presentes en todas las conversaciones que se vean obligados a mantener a lo largo de las muchas y supongo que tediosas horas que permanezcan tras el mostrador. Un espléndido alarde de relaciones humanas que manejan a la perfección, porque no en vano las han aprendido de sus mayores, como éstos a su vez las aprendieron de los suyos.

Visitar mercados siempre me ha producido un placer inusitado, sean estos alborotados zocos orientales, desordenados mercadillos pueblerinos, asépticas plazas nórdicas o ajetreadas ferias monográficas. Y es precisamente la observación de las artes ancestrales que utilizan los vendedores lo que me causa admiración, porque en cada frase, en cada palabra o en cada gesto descubro la sabiduría acumulada durante siglos por los vendedores, técnicas que no enseñan las escuelas de marketing, sino que se trasmiten por vía oral y se practican “a pie de puesto” desde antes de que al aprendiz le hayan salido las muelas del juicio. Poca oratoria, concisa expresión y sobre todo rapidez, pero en suma eficacia al máximo.

Cómo no voy a volver a mi pescadería de siempre en el mercado de Chiclana, cuando la pescadera, a la que había pedido cuarto de kilo de gambas blancas al precio de 12,50, después de pesarlas y comprobar que había cogido trescientos gramos, seguramente los últimos que le quedaban, me mira seria y circunspecta y me dice: ni para usted ni para mí, se lo dejo en 10,00 euros.

Por cierto, si alguno se ha quedado con la duda de si la prostitución es más antigua o menos que el mercadeo en general, que se pregunte dónde iban a comprar las meretrices de entonces si no se hubieran inventado ya los mercados. Está claro, ¿no?

5 de septiembre de 2016

Vengan ollas y pasen días (dicho medieval)

Confesaba el otro día que soy un aficionado a coleccionar frases. La que  he escogido como título de la reflexión que viene a continuación se la oí al genial Peridis, a propósito de la esperpéntica situación que atravesamos los españoles, consecuencia directa de la composición del Congreso de los Diputados que, entre todos, hemos elegido. A Rajoy no le quieren más que sus incondicionales de siempre, bastante menos en número que lo fueron en su día; y Sánchez, con muchos menos escaños que los conservadores, no cuenta con apoyos “fiables” en el amplio espectro de la oposición al PP.  Una situación diabólica donde las haya, cuya salida no está clara, más allá de lo que cada uno de los protagonistas proponga como solución y sus acólitos aplaudan con fruición.

Vayamos por partes. La salida de tono del portavoz del PP el otro día,  durante la sesión de investidura, sólo tiene parangón con el desparpajo de Albert Rivera solicitando en público a Rajoy que fuera pensando en ceder el puesto a otro. Una pelea en el estrado, con luz y con taquígrafos, que evidenció la debilidad del acuerdo entre las dos formaciones conservadoras. Confieso que me sonrojé tanto con la una como con la otra, aunque en mi fuero interno comprendiera la propuesta del segundo y el cabreo del primero. Pero es que las formas siguen sorprendiéndome cada vez que chirrían y en este caso las dos chirriaron en mis oídos hasta la dentera.

El líder de Podemos –me refiero a Pablo Iglesias Turrión, para evitar confusiones de liderato y nombre- continúa en campaña electoral y utiliza el parlamento como pudiera utilizar la plaza de toros de Vistalegre en un mitin. Ni siquiera en una situación tan delicada como la que estamos atravesando es capaz de dejar a un lado el afán de protagonismo. No sabe o no quiere utilizar un lenguaje conciliador y moderado, por mucho que a continuación repita hasta la saciedad aquello de "fíese de nosotros, señor Sánchez". Cuando ofrece ayuda, no lo hace pensando en la persona que propone como alternativa a Rajoy, en este caso el secretario general del partido socialista, sino en él mismo. Lo que quiere no es que haya un gobierno del PSOE, pasar a la oposición y controlar su gestión con la fuerza de los escaños de su grupo. Pretende formar parte directa de la solución. A estas alturas todavía no reconoce que la socialdemocracia y Podemos son cosas distintas, de difícil aleación, aunque compartan algunos objetivos. Mucho me temo que su falta de realismo pueda poner una vez más a Rajoy en la meta de salida. Ya lo hizo en una ocasión y no me sorprendería que repitiera la jugada.

En cuanto a los nacionalistas, continúan con el raca-raca, sin admitir que con un gobierno progresista cabrían fórmulas de carácter federalista, que ni por asomo se darían con el PP. Otra falta de realismo político que, una vez más, puede dar oxígeno a Mariano Rajoy. Ni siquiera los independentistas de izquierdas anteponen la progresía al separatismo.

De Ciudadanos no sé qué decir. Como han convertido el posibilismo en su guía programática, quizá vuelvan a la senda de la regeneración política y abandonen su acercamiento a los que hasta hace unos días no querían ver ni en pintura. El tiempo lo dirá. Pero ya se sabe: tanto viraje puede hacer zozobrar la nave.

Mientras tanto “vengan ollas y pasen días”. A algunos, como a José Manuel Soria, les viene como anillo al dedo la actual situación de interinidad, que lleva camino de convertirse en crónica.