28 de marzo de 2019

La España vaciada

He decidido acudir a la manifestación que se celebrará en Madrid el próximo 31 de marzo (La España vaciada), una concentración convocada por varias plataformas reivindicativas de la atención especial que requieren determinados territorios del interior del país por parte de las autoridades centrales, autonómicas y locales. Precisamente acabo de regresar de un viaje a unas recónditas tierras turolenses –el Maestrazgo-, comarca que en otros tiempos gozó de una próspera economía rural y que hoy, por culpa, entre otras razones, del abandono institucional, se está quedando sin pobladores. Por eso, y no por otro motivo, he abierto hoy el ordenador y he empezado a teclear. A veces necesito, como escribía el poeta cubano José Martí, echar los versos del alma.

El Maestrazgo turolense es una intricada comarca montañosa a caballo del Sistema Ibérico, un paisaje de peñas escarpadas y profundas simas, de arroyos susurrantes y sinuosos, de sendas quebradas  y de minúsculos pueblos diseminados, donde sólo se oye el silbido del viento. Una tierra despoblada, de la que alguna vez he pensado que si en vez de en España estuviera en Estados Unidos sería un parque nacional, protegido a cal y canto, pero abierto al turismo responsable. Y no consigo quitarme esa idea de la cabeza, aunque reconozca que en nuestro país resulte un tanto utópica.

Durante esta breve estancia, un día me acerqué a La Algecira, aldea con sonoro nombre de recuerdos mudéjares, un topónimo procedente de una cultura que dejó huella. Tres calles, la de Arriba, la de en Medio y la de Abajo, una iglesia de torre enhiesta, poco más de una docena de casas apretadas, muchos gatos zalameros y confianzudos…, y sólo una persona con quien hablar. ¿Es usted del pueblo? –preguntamos-. No, yo no; he venido de visita –contesta-. Aquí sólo viven tres personas, la señora Carmen y mis dos cuñados. En verano es otra cosa, llegan a ser hasta treinta o más –añade-. ¿De qué viven?, si no es indiscreción –inquirimos sin pudor-. De las pensiones y un poco de los huertos. Dinerico no les falta –responde sin vacilación-. Cuidarán ustedes a estas tres personas –aseguramos a modo de pregunta retórica-. Toma, claro –sentencia-.

En La Algecira muere una carretera, bacheada y con los arcenes mordidos por el agua, la nieve y el hielo, que comunica la aldea con Ladruñán -pedanía de tan sólo 50 habitante, perteneciente al municipio de Castellote-, en realidad una pista mal asfaltada, tan estrecha que uno implora a la providencia que no aparezca otro coche de frente. Y más allá el río Guadalope, con un vado que permite, si la corriente ese día no baja demasiado embravecida, cruzar a la otra orilla y ascender aguas arriba, bordeando las hoces del río por un sendero accidentado, sólo apto para potentes todoterrenos y conductores osados. Un paisaje maravilloso, enigmático y solitario. Un espectáculo paisajístico salvaje y montaraz.

Pero ese mundo, en otros tiempos con vida humana, está desapareciendo. La desidia por parte de las administraciones, la tiranía de los mercados, la falta de alicientes para los más jóvenes y la escasez de recursos económicos están destruyendo una forma de vida que en muchos aspectos es envidiable, están liquidando el maravilloso mundo rural. Y nadie puede esperar que la iniciativa privada lo mantenga con vida si las administraciones no van por delante abriendo camino. No niego que sea difícil, no se me escapa que si no hay retorno de la inversión nadie pone dinero, no ignoro que los políticos sólo se mueven con la esperanza de conseguir votos. Pero eso no impide que reclamemos a gritos la atención de quien proceda, porque en caso contrario nuestros descendientes habrán perdido un tesoro insustituible y quizá irrecuperable.

25 de marzo de 2019

Un candelabro de tres brazos

A la derecha española, con tanta dispersión sobrevenida, no le van bien las cosas en los sondeos. En realidad lo que mantienen entre ellos son sólo pequeñas diferencias, muchas de ellas ni siquiera ideológicas, matices tan sutiles que, si no fuera porque tengo buen oído y distingo las voces de sus líderes con claridad, en muchas ocasiones no sabría ponerle nombre al autor de la ocurrencia de turno. Tanta es la similitud de su estilo, que se me ha ocurrido proponer un concurso televisivo o radiofónico que se titule: “Adivine quién ha dicho la siguiente frase”. El concursante debería elegir entre tres opciones: A) Santiago Abascal, B) Pablo Casado y C) Albert Rivera. La pregunta, por poner un ejemplo, podría ser: ¿Quién dijo, refiriéndose al presidente del gobierno: “los que quieren destruir España”?. El premio podría ser sustancioso, ya que la probabilidad de acertar es tan baja que el bote se iría incrementando día a día. Voy a ver si me pongo en marcha con la idea.

Una de los mayores logros de Manuel Fraga fue darle un tono a sus discursos capaz de regalar los oídos de un gran parte de los votantes conservadores, desde el franquismo sociológico hasta el centro derecha colindante con el centro izquierda. Sus mensajes eran tan hábiles para no comprometer demasiado las intenciones subyacentes, que logró aglutinar tras las siglas del PP a una amplia mayoría de españoles.  Después, como es sabido, José María Aznar consolidó en las urnas el resultado de la estrategia de su antecesor.

Sin embargo, ya se sabe que todo lo que implique tensión interna provoca escisiones. Esta es una realidad que no sólo afecta a la derecha, también a la izquierda. Pero hoy me toca hablar de la primera, que hasta ahora parecía inmune al riesgo de dividirse, pero que en estos momentos semeja un candelabro de tres brazos, con tres velas que compitieran entre sí para ver cuál brilla más, cuál produce mayor luminosidad. Y lo malo -o lo bueno según quien mire- es que pueden terminar consumiéndose las tres y dejar a los conservadores en la más triste de las penumbras. Aunque lo más probable será que, aunque cada una de las luminarias se quede en poco, unan sus exiguas luces para tratar de sobrevivir. Ya lo hemos visto en Andalucía.

El PP de Fraga, de Aznar y de Rajoy ya no existe. En parte porque las derechas colindantes lo están limando por sus respectivos flancos, el de la extrema derecha, que ha perdido por completo los complejos, y el de los que se dicen liberales, aunque no expliquen a nadie a qué liberalismo se refieren. Pero también porque un nuevo líder, envalentonado con su éxito congresual, se ha tirado al monte de la intolerancia, de la falta de sentido de la prudencia y de los modales antisistema. No le auguro, y mira que no lo siento, un buen resultado en las urnas.

De Ciudadanos ya he hablado hace poco. Además de más voluble que el humo del cigarro de Groucho Marx, miente. Su líder, Albert Rivera, se permite la osadía de declarar en pantalla –parece que con poca audiencia- que Pedro Sánchez les prometió a los secesionistas catalanes un indulto. Demuéstrelo, señor Rivera, si tiene lo que hay que tener, y déjese de paparruchas.

De Vox prefiero no hablar, porque poco hay que decir. En todo caso si quiero confesar que lo veía venir. Sus votantes estaban en el cuarto trastero del PP y ahora van saliendo uno a uno. No es una tendencia nueva, si acaso una corriente que no había aflorado gracias a la habilidad, como he dicho antes, de algunos de los dirigentes anteriores del Partido Popular. Pero Pablo Casado, con sus actitudes extremistas, les ha iluminado el camino.


19 de marzo de 2019

Se les debe de haber acabado el discurso

Uno tiene la sensación de que a los líderes de la derecha se les ha acabado el discurso político. Las constantes referencias al adversario socialista –concretamente a Pedro Sánchez- en términos que nada tienen que ver con las ideas, con los programas o con los proyectos para mejorar el país, me hacen pensar que su obsesión por quien representa la opción rival con más posibilidades de que les haga sombra va más allá del simple temor. Parece como si la imagen del secretario general del PSOE hubiera llegado a convertirse en una fijación enfermiza en sus mentes, en una nada desdeñable paranoia persecutoria. Oír hablar machaconamente del Falcon, del ocupa de la Moncloa, del golpista o del amigo de los terroristas ofende a la inteligencia de muchos españoles, que se preguntan con razón si no será que no tienen otra cosa que decir.

Hace unos meses mantuve una interesante conversación con un buen amigo de la adolescencia y de la juventud, alguien con quien había perdido el contacto hacía muchos años. Cuando lo retomamos, después de varias décadas de no haber sabido absolutamente nada el uno del otro, nos vimos en la obligación de ponernos al corriente, entre tantas otras muchas cosas, de la evolución de nuestros respectivos pensamientos políticos, que simplificando resultaron ser el suyo neoliberal conservador y el mío socialdemócrata. A partir de ahí, puestas las cartas boca arriba, defendimos nuestras ideas en términos absolutamente políticos, con razonamientos económicos y sociales, sin aspavientos, sin mencionar siglas de partidos y sin recurrir a vulgares anécdotas que nos apartaran del debate principal. Un ejemplo de que las discrepancias políticas no son otra cosa que el contraste entre los modelos de sociedad que cada uno prefiere.

Si este intercambio civilizado de ideas se da entre particulares que mantienen posiciones políticas muy distantes -incluso  antagónicas- sin que provoque enfrentamiento personal ni mucho menos menoscabo de la amistad, me pregunto por qué sucede que algunos líderes no sean capaces de utilizar un tono riguroso en sus discursos, sin anécdotas que rocen la inmadurez, sin insultos que los sitúen en el terreno de la educación chabacana. Y me contesto: quizá porque no tengan en este momento otra cosa que decir.

Acabo de leer en La Vanguardia que “crece la preocupación en el PP por la deriva que está tomando Pablo Casado”. Según este artículo (Carmen Riego), son muchos los dirigentes del Partido Popular que creen que su actual presidente se mueve a base de ocurrencias, sin rumbo, sin estrategia, forzando un giro a la extrema derecha que los aleja cada vez más del centro en el que alguna vez estuvieron. Es decir, hasta a sus fieles les sorprende el peligroso rumbo que ha elegido.

Lo peor que le puede suceder a un partido político es quedarse sin discurso político y sustituirlo por proclamas populistas. Y esto puede ocurrir por dos razones, la primera porque otros más avezados le estén pisando el terreno, la segunda porque su líder no sepa qué decir. Tengo la sensación de que aquí confluyen las dos causas. Pero allá ellos con sus discursos vacuos y sin sentido.

15 de marzo de 2019

El abuso del lenguaje inclusivo

Es cierto que la evolución del lenguaje a lo largo del tiempo ha venido marcada, entre otros muchos factores que afectan a la construcción de los idiomas, por los cambios sucesivos de costumbres y por la mentalidad imperante en cada momento. No en vano los humanos somos quienes construimos día a día la forma de expresarnos y por tanto nada tiene de particular que nuestra manera de percibir la realidad social haya ido dejando huella en el habla. Pero lo contrario, creer que mediante la modificación de la gramática se pueden cambiar los comportamientos humanos es, como poco, ingenuo.

Por eso, no tiene ningún sentido intentar ahora manipular el idioma con forzadas expresiones supuestamente feministas, persiguiendo un cambio en las costumbres sociales a través de la modificación del lenguaje. El uso del masculino como genérico de la clase referida es el que todos entendemos y el que además, por si fuera poco, defiende la Academia. Cuando ahora oigo a ciertas mujeres decir “nosotras” para referirse a un colectivo formado por hombres y mujeres, no puedo evitar que me parezca ridículo. Me suena como si alguien, al hablar del conjunto que forma con su pareja heterosexual, dijera “a las dos nos gusta el cine” o “las dos desayunamos a la misma hora". Ridículo, ¿verdad?

De  los miembros y las “miembras” que dijo hace tiempo alguna ilustre ministra y de los portavoces y las “portavozas” que hemos oído decir a cierta líder de ahora, no voy a hablar para evitar desternillarme. Estos casos, además de ser hilarantes, demuestran ignorancia en grado muy elevado. Ni siquiera se justifican como forma de llamar la atención sobre la discriminación machista. Son simplemente barbaridades lingüísticas, desatinos gramaticales, vulgaridades que descalifican a quien las utiliza.

Siempre se ha dicho al iniciar un discurso o una conferencia “señoras y señores” a modo de cortesía introductoria. Pero la utilización reiterada de expresiones como “nosotros y nosotras”,  “trabajadores y trabajadoras”, “asalariados y asalariadas" o “espectadores y espectadoras” resulta cansina a los oídos, quizá no sólo por un principio de economía del lenguaje -como explican los académicos-, también porque se trata de redundancias innecesarias en la comunicación verbal. Si siguiéramos esa norma, deberíamos decir: “los padres y las madres o los tutores y las tutoras de los niños y las niñas que estudian en este colegio pueden pasarse por Administración para pagar la cuota correspondiente a los alumnos y a las alumnas”. O también: "los hombres y las mujeres deben educar a sus  perros y a sus perras o, en su caso, a sus gatos y a sus gatas, para que no molesten a sus vecinos y a sus vecinas”.

Hoy, sin ir más lejos, he oído a una conocida líder referirse a su partido como Unidas Podemos. Si siguieramos esta nueva costumbre,  la capital de Suecia podría llamarse dentro de poco Estocolma y la de Francia Parisa. Al fin y al cabo se seguiría la misma norma que la mencionada dirigente ha utilizado para feminizar un nombre propio, el de una organización política. 

Que nadie confunda el feminismo con este burdo ataque al idioma, porque le hará un flaco favor a la causa que reivindica la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Dará pretexto a los machistas para que se burlen de sus pretensiones.

13 de marzo de 2019

Alirongo, alirongo, alirongo; la chaqueta me la quito y me la pongo

Hace muchos, muchísimos años –debió de ser a finales de los cincuenta del siglo pasado, cuando yo todavía era un ingenuo jovenzuelo capaz de dejarse impresionar por las cosas más nimias-, vi una película cuyo argumento no recuerdo, salvo que el protagonista, un zíngaro afincado en los Estados Unidos, cambiaba tantas veces de chaqueta –en el sentido literal de la expresión- que la variedad de modelos que lucía llegaba a convertirse en uno de los ingredientes más llamativos de la trama. En realidad se trataba de alguien que intentaba adaptarse al ambiente que lo rodeaba y que, como consecuencia, había llegado a la conclusión de que, si quería alcanzar sus objetivos sociales, no tenía más remedio que vestir en cada momento la moda que imperara. Albert Rivera y su coro de fieles me recuerdan aquella película. Sus constantes cambios de directriz política, sus alianzas a diestra y a siniestra se parecen mucho a la actitud de aquel personaje cinematográfico, que cambiaba de atuendo tan sólo guiado por sus ansias de incorporarse a un mundo extraño para él.

A mí me resulta tan descarada la errática y cambiante actitud de Ciudadanos, que no puedo entender las dudas de aquellos que dicen ser progresistas y contemplan esta opción con complacencia. Me resulta incomprensible que personas de izquierdas consideren la posibilidad de dar su confianza a un partido que, además de errático y voluble,  es, como dicen los castizos, más de derechas que el grifo del agua fría.

Sin embargo, puedo llegar a comprender que los votantes de la derecha de toda la vida, a la vista de lo visto busquen amparo en un partido parecido al suyo de siempre, por aquello de vamos a probar. Al fin y al cabo Ciudadanos se parece tanto al PP que no se precisan demasiadas escusas mentales para mudar de lealtad, ya que en realidad estamos hablando de lo mismo. Pero, insisto, no me entra en la sesera que una persona progresista -a la que se le supone la intención de sacar a España mediante su voto de la desigualdad social a la que los avatares históricos y la reacción conservadora la han llevado- se plantee esta alternativa. O mejor dicho, puedo entenderlo dede dos puntos de vista, o porque en realidad nunca haya tenido clara la idea de lo que significa progreso social o porque la tenaz propaganda de las derechas le haya hecho dudar.

No comprendo cómo estos tránsfugas no se dan cuenta de que los de Albert Rivera están dispuesto a pactar con la ultraderecha, ni de cómo durante meses estuvieron tapando la corrupción que rodeaba a Mariano Rajoy, ni de  los mensajes conservadores que lanzan a los cuatro vientos en sus proclamas electorales, ni de los intentos de pactos –o mejor dicho pactos consumados- con quien se les ponga  a tiro. Me resulta incomprensible que no les alarmen los llamativos y descarados cambios de chaqueta con los que nos sorprenden un día sí y otro también. No entra en mis cabales.

Postdata: cuando estaba a punto de pulsar intro para publicar esta entrada, me ha venido a la memoria el título y los protagonistas de la película a la que me refería arriba. Se titulaba Sangre caliente y la protagonizaban dos grandes de la época, Cornel Wilde y Jane Rusell. ¡Qué tiempos aquellos, cuando cambiar de chaqueta era sólo un atractivo cinematográfico!

8 de marzo de 2019

No todo el mundo sabe qué significa la palabra feminismo

Es curioso observar el tratamiento que los líderes conservadores intentan dar a algo en principio tan falto de adscripción política como es el movimiento feminista, sólo porque las reivindicaciones que lo sustentan han tenido origen a lo largo de la Historia en partidos de carácter progresista. Resulta chocante su crítica constante a quienes defienden la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Un auténtico esperpento que, entre otras cosas, demuestra que no saben o no quieren saber qué significa la palabra feminismo.  En las últimas semanas he oído, en más de una ocasión y en boca precisamente de mujeres, esa frase tan redonda de “yo soy femenina pero no feminista”, como si se tratara de dos conceptos antagónicos. Lo dicho: ignorancia supina.

Aunque cada una de las tres facciones en las que se ha dividido la derecha española lo haga a su manera, todas coinciden en ningunear la lucha por alcanzar la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres. Deben ver en el feminismo la mano oculta del rojerío y, en consecuencia, les entran indisimuladas inquietudes, a veces incluso grotescas. Oír hablar de feminazis –termino que tiene origen en el ultraconservador tea party norteamericano- produce sonrojo, sobre todo viniendo de quien viene. Despreciar las discriminaciones positivas, como la de la paridad entre hombres y mujeres, argumentando que lo que debe imperar es el mérito y no el sexo, resulta ridículo. Bastaría con echar un vistazo a la lista de los siete magistrados que componen la sala que está juzgando a los del procès -sólo hay una mujer entre ellos-, para comprender lo que en realidad sucede en nuestra sociedad. En la judicatura, más de la mitad de sus integrantes pertenecen al sexo femenino. Las mujeres, se diga lo que se diga, no tienen las mismas facilidades que los hombres para alcanzar altos puestos de responsabilidad.

Lo que en realidad ocurre es que a la hora de la verdad el alma conservadora no acepta la igualdad de derechos entre los dos sexos. La educación sexista, enraizada durante siglos en nuestra sociedad, ha logrado crear un estereotipo de mujer sumisa, dependiente del hombre, cuidadora de sus hijos, recatada y modosa. Lo que significa que sus ansias de emancipación y la lucha por la igualdad de oportunidades con las de los varones rompen los moldes del cómodo statu quo al que muchos están acostumbrados. ¿A qué viene tanta reclamación, tanto ruido, si así estamos muy bien? –dicen algunos-. ¿A dónde nos quieren llevar estas extremistas con tanta algarabía callejera, con tanto alboroto, con tanta bulla? –piensan otros, aunque no lo digan en voz alta-.

En cualquier caso, la revolución feminista está en marcha y no hay quien la pare. Por eso, no acabo de entender la torpeza de esos líderes conservadores que, o la combaten con mensajes trasnochados, más propios de catequistas decimonónicos que de políticos del siglo XXI, o en el mejor de los casos se ponen de lado como si aquello no fuera con ellos. Se están equivocando, porque, aunque haya muchas mujeres con el alma machista –femeninas y no feministas-, la inmensa mayoría está convencida de que para salir del lugar al que la sociedad las ha relegado tienen que gritar cada vez más fuerte.

Yo, que soy feminista –aunque lamentablemente conserve dejes machistas, porque así fui educado y no es fácil quitarse de encima ciertos estigmas- me congratulo de los avances en materia de igualdad de oportunidades que se van consiguiendo día a día, y no me cansaré de denunciar a los que combaten activa o pasivamente el feminismo. Por eso, ahora mismo me voy a sumar a la manifestación convocada.

5 de marzo de 2019

¿Qué es el populismo?

A falta de encontrar una definición sobre la palabra populismo que me convenza, voy a permitirme dar una de mi invención, que, sin contradecir a las oficiales y semioficiales que circulan entre los que de esto saben mucho más que yo, me resulta clarificadora. Populismo es decirle al pueblo cosas simples, auténticas perogrulladas, que, además de que por sencillas cualquiera las puede entender, regalan los oídos de aquellos que tienen muy pocas ganas de perderse en disquisiciones complejas. Dos características fundamentales, la simplicidad intelectual de los mensajes y la predisposición de la audición a oírlos. No importa si lo que se dice es falso o verdadero, lo fundamental aquí es que se entienda con facilidad y a la vez deleite los oídos.

Es evidente que populismo es una palabra de corte peyorativo. Quien la utiliza transmite la acusación de falta de rigor hacia el que lanza las proclamas populistas y tacha de ingenua ignorancia a quien las acepta. El populismo es transversal, se da tanto en la izquierda como en la derecha. Cada uno con su estilo, por supuesto, porque mientras que los primeros hablarán de los remedios infalibles para sacar a los más desposeídos de la miseria, de la redención social y de otras promesa liberadoras, los segundos usarán conceptos grandilocuentes, como ese tan en boga ahora de no se puede pactar con los enemigos de España, con el terrorismo separatista . Dos ejemplos que a mi modesto entender ilustran mi definición de populismo.

Los populistas tienen la gran ventaja de que no necesitan ser demasiado creativos con sus eslóganes. Repiten incansablemente los mismos lugares comunes, bombardean a quien les oye con tópicos simplistas, machacan a los cándidos que los escuchan con “verdades como puños”, por aquello de que el que insiste deja huella. Además, no cambian demasiado el contexto de los mensajes, no vaya a ser que los oyentes se despisten. Dicen: mantengámonos en la misma línea y no mareemos la perdiz con complicaciones innecesarias, porque quizá terminen no entendiéndonos.

A veces el populismo se confunde con la demagogia, pero son cosas distintas. Según los eruditos, esta última es la práctica política consistente en ganarse con halagos el favor popular. Los populistas cuentan de antemano con ese afecto, el de los seguidores de la simplicidad, el de los que huyen de la complejidad intelectual. La demagogia además no tiene por qué basarse en falsedades, mientras que el populismo se sustenta en la mentira o en las medio verdades. La demagogia, aun siendo una corrupción de la práctica política, no es tan burda como el populismo, no es tan grosera. Otra cosa es que los populistan en ocasiones también practiquen la demagogia

Estamos rodeados de populistas por los dos extremos del espectro político y por alguna de sus meridianas centrales. Su insistencia es machacona, produce vergüenza ajena. Y lo peor no es eso, lo peor es que compiten entre ellos con los mismos eslóganes, con idénticas falsedades, con iguales dejes. Nadamos, si se me permite la hiperbólica metáfora, en un mar de gigantescas olas populistas.

Vayamos con cuidado, porque corremos el riesgo de ahogarnos todos. O quizá no, porque pudiera ser que se salvaran sólo los rigurosos, los que no acuden a prácticas populistas.

1 de marzo de 2019

Prejuicios enraizados

Parece ser que Einstein dijo en alguna ocasión que es más fácil desintegrar un átomo que deshacer un prejuicio. Soy muy escéptico respecto a las autoría de las citas de los famosos, pero, lo dijera o no el conocido científico, el aserto desde mi personal punto de vista es cierto. Cuando determinadas ideas anidan en el imaginario colectivo no hay fisión nuclear que las deshaga. Es el caso de la confusión tan generalizada entre “lo catalán” y “el separatismo catalán”. Estoy convencido de que muchos españoles se acercan al grave problema del separatismo bajo la influencia de un sentimiento anticatalán, tan inconcreto y difuso como real. Supongo que decir lo que acabo de decir es políticamente incorrecto, porque son muy pocos los capaces de reconocer que profesan esta debilidad. Sin embargo es lo que me dicta la experiencia, que, permítaseme la vanidad, en este asunto no es pequeña.

Es cierto que la hosca, desagradable e incluso en ocasiones grosera defensa que hacen algunos separatistas de sus pretensiones contribuye a realimentar  el prejuicio, por aquello de “qué se puede esperar de los catalanes”. Pero eso no justifica la confusión. Es una lástima, la verdad, porque mientras no seamos capaces de distinguir las churras de las merinas la bola se irá haciendo cada vez mayor y terminará aplastándonos a todos. Por eso conviene hablar de este asunto, proclamar que los catalanes son tan españoles como los demás, pero reconociendo al mismo tiempo  sus peculiaridades, su cultura y su lengua, en vez de fomentar de manera indirecta el extremismo separatista mediante agravios centralistas. La Constitución, de la que todos hablan y muy pocos han leído, reconoce la diversidad de los pueblos de España y, en consecuencia, dibujó el Estado de las Autonomías. Proponer un paso atrás, como ahora proponen los líderes de las derechas, es anticonstitucional, tanto como pretender alcanzar la independencia saltándose las leyes. Ni más ni menos. Conviene no olvidarlo.

Se necesita menos vísceras y más inteligencia. Menos prejuicios y más objetividad. Negociar no es anticonstitucional, aunque se negocie con anticonstitucionales, aunque se negociara con el mismísimo demonio. No lo es porque, mientras no se acuerden medidas que vulneren las leyes, no se cruzan las fronteras entre la legalidad y la ilegalidad. Los negociadores oyen las propuestas del contrario, discuten su viabilidad, intentan llegar a acuerdos que teniendo el mismo resultado práctico no violenten la legislación vigente, procuran entender las razones del otro. En definitiva, usan la capacidad de raciocinio en vez de la amenaza y la fuerza.

Tampoco es anticonstitucional aspirar a la independencia por vías legales, es decir dentro del marco constitucional. No olvidemos que existen mecanismos que permiten modificar la Constitución. Lo que resulta absolutamente anticonstitucional es elegir vías unilaterales, saltarse las leyes, desoír las decisiones de los tribunales de justicia, celebrar referendos ilegales. Pero no lo es pretender la independencia. Por lo primero algunos están siendo juzgados en estos momentos, por lo segundo no debería juzgarse a nadie nunca.

Los prejuicios impiden ver las cosas como realmente son, manejan a las voluntades torticeramente, no permiten la serenidad y clarividencia que se necesitan para abordar un problema tan grave como el del independentismo catalán. Y cuando alguien lo intenta por medio del diálogo, como lo ha intentado el gobierno socialista durante estos meses, los que prejuzgan lo fulminan, lo anatemizan, intentan destruirlo.

En este asunto como en cualquier otro, no hay nada tan peligroso como creerse en posesión de la verdad absoluta. O pregonarlo aunque no se crea en ello.

25 de febrero de 2019

La izquierda útil

Los que se consideran progresistas, y en consecuencia votan a partidos de izquierdas, deberían tener bien aprendido que no es posible cambiar la sociedad de la noche a la mañana, que las cosas de palacio van despacio. Los que están convencidos de que las reformas se pueden hacer con tan sólo disponer de voluntad política, o nadan en la utopía o ignoran la realidad que los rodea. Es muy bonito recrearse en ensoñaciones utópicas, pero no sirve de nada. Es tranquilizador suponer que el mundo es distinto a como es, pero se trata de una presunción que lleva al autoengaño y por tanto a la ineficacia.

Manta a manta las viñas no son tantas, un refrán que tenía olvidado y que alguien me ha recordado hace muy poco. Las grandes transformaciones requieren tiempo, no se consiguen de sopetón. La vehemencia es enemiga del progreso, porque no deja tiempo suficiente para vencer resistencias, para convencer, para ganar adeptos; porque la fogosidad y el apasionamiento provocan reacciones en contra, miedos innecesarios. Es cierto que para romper inercias es preciso hacer un gran esfuerzo, pero no confundamos la intensidad con la rapidez. No por mucho madrugar amanece más temprano, otro proverbio que me viene a la memoria.

La sociedad progresa día a día en derechos y en libertades. Éste es un hecho incuestionable, aunque los retrocesos reaccionarios que se producen de cuando en cuando parezcan desmentirlo. Además, me atrevería a decir que muchas veces la reacción se origina porque el desmedido ardor reformista la resucita, porque las ganas de cambiarlo todo deprisa y corriendo provoca su rebrote. Los retrocesos en política suelen ser producto del miedo, de la falta de comprensión de las propuestas progresistas, de no entenderse muy bien  a que tanto denuedo, a qué tanto furor. El radicalismo asusta porque no se entiende. El extremismo espanta. El maximalismo se digiere mal.

Cuando ahora oigo a algunos desde la izquierda acusar al gobierno de no haber sido suficientemente valiente para cambiar ciertas leyes en tan poco tiempo, me hago cruces. Son acusaciones que demuestran mala voluntad o ignorancia. Contra lo primero no tengo antídoto. Para lo segundo, recomendaría a los vehementes que no perdieran la calma, que analizaran con detenimiento el entorno, que meditaran sobre el hecho de que vivimos en una sociedad compleja, en la que existen grandes resistencias, en la que las cortapisas al progreso son muchas y muy variadas, en la que los enemigos de las reformas cuentan con una enorme cantidad de armas para impedir los cambios.

En democracia no hay más que un camino para hacer reformas, el que otorga una mayoría suficiente en las cámaras de representación. Todo lo demás es pura farfolla, pólvora mojada, pataleo inútil. No se puede hacer reformas sin los votos necesarios que las respalden; es imposible cambiar la sociedad en contra de la mayoría de los votos populares. Por eso –vuelvo al principio- los progresistas nunca deberían perder de vista que, por mucho que se denuncien las injusticias, por muchas demostraciones callejeras que se hagan, por mucha algarabía y griterío que se gaste, si no se dispone de una gran mayoría parlamentaria que sustente al gobierno, no hay nada que hacer.

Por tanto, utilicemos la inteligencia y no nos perdamos en votos inútiles.

21 de febrero de 2019

Se veía venir

A mí no me ha sorprendido la intransigencia de los de Aznarñán y los tres mosqueteros de la derecha española con su política de oposición furibunda, ni la cerrazón de los separatistas catalanes con sus intransigentes ensoñaciones. Aunque, si tengo que ser sincero como me gusta serlo, debería añadir que a los primeros no los creía tan sectarios e irresponsables ni a los segundos tan utópicos y tercos. Pero la realidad se ha impuesto y no tengo más remedio que aceptar que vivo en un país fanatizado, en el que resucitan las actitudes rancias de una derecha que añora el franquismo y los comportamientos desmadrados de un nacionalismo que ha perdido el norte y es capaz de elegir como estrategia el “cuanto peor, mejor”.

Ahora, en cualquier caso, lo que importa son las urnas. Tengo la sensación de que, con independencia de lo que adelanten las encuestas, se va a producir un intenso movimiento de votos de uno a otro lado, desde la derecha a la izquierda, desde la izquierda a la derecha, entre las izquierdas y entre las derechas, mucho mayor de lo acostumbrado. El periodo "sanchista" ha sido rico en experiencias y a los ciudadanos, por mucho que se les intente engañar, no se les escapan ciertas cosas. Ahora más que nunca son conscientes de que Pablo Casado está dando al PP un peligroso giro a la ultraderecha, un cambio que a sus seguidores más templados no les gusta; de que a Albert Rivera todavía le quedan chaquetas por probar, ninguna de ellas centristas como dice que las prefiere; de que a Santiago Abascal se le han abierto las puertas de par en par y que lo suyo no ha hecho más que empezar; de que a Pablo Iglesias se le están acabando las pilas de la credibilidad; y de que a Pedro Sánchez, aunque se le han visto con absoluta claridad los modales progresistas y su inequívoca posición frente a las pretensiones anticonstitucionales de los secesionistas, le ha quedado mucho por hacer.

Yo también hago encuestas, en este caso basadas en la intuición y no en la estadística, pero mirándole a la cara a los encuestados que no son otros que mis amigos. Y lo que me dicen es que la derecha está tan dividida que el resultado en escaños será peor que el vaticina la suma de sus votantes; y que en el otro lado, en la izquierda, se prevé una vuelta hacia el PSOE de muchos de los que en su día lo abandonaron, lo que no quiere decir, ni mucho menos, que Podemos vaya a desaparecer.

Si esto fuera así, el resultado de estos comicios será muy apretado. Todos sabemos que la ley d´Hont -los algoritmos que calculan el número de escaños a partir de los votos recibidos- favorece a la concentración y castiga a la dispersión. Por eso la campaña va a ser  decisiva, porque no olvidemos que, si bien son muchos los que no modifican sus intenciones electorales con facilidad, hay una franja de votantes muy amplia que entiende perfectamente eso que algunos llaman el voto útil, que no es otra cosa que reconocer que, si quieres que se hagan las cosas de la forma más parecida a lo que ti te gustaría, no debes nunca desperdiciar tu papeleta. Lo anterior lo saben todos –derechas e izquierdas-, pero quizá en estos momentos la derecha esté tan desunida que no pueda evitar las consecuencias de su dispersión.

Queda poco para verlo.

10 de febrero de 2019

La hora de los valientes, la hora de los cobardes

La cobardía en política consiste en rehuir los problemas que, aunque sean trascendentes para la convivencia entre los ciudadanos, gozan de impopularidad y por consiguiente se adivina el riesgo de que puedan pasar factura electoral. Por eso, cuando oigo a los tres cabezas visibles de la derecha que nos está tocando vivir en estos días llamar cobarde al presidente del gobierno, me sonrojo. Enfrentarse al desafío separatista con la esperanza de que mediante el diálogo y dentro de la legalidad constitucional se pueda desactivar el conflicto, no es una cobardía. Podría ser una ingenuidad, un intento inútil o un error de cálculo, pero nunca una cobardía. Los cobardes son los que no sólo no tienen el coraje necesario para enfrentarse con eficacia al reto, sino que además se aprovechan de él y lo utilizan como argumento electoral. Ni tienen el valor que se precisa para resolver el conflicto ni el más mínimo sentido de la responsabilidad que se le debe exigir a un político demócrata.

Estoy totalmente en contra de la independencia de Cataluña –ya lo he dicho aquí en muchas ocasiones-, pero soy consciente de que la quiebra social en aquella parte de España es una realidad incuestionable y, como consecuencia, estamos obligados a gestionarla con inteligencia, no con políticas maximalistas que sólo consigan agudizar y prolongar el problema.  Por eso me preocupa que, ante un reto como el que está sufriendo nuestro país, no se apoye al gobierno en la estrategia que ha escogido para defender la integridad territorial de nuestro país, tergiversando espuriamente la realidad con la acusación de que su presidente se ha convertido en cómplice de los separatistas. Es tan burdo lo que vocean, que produce rubor oírlo.

El separatismo, desde que gobierna Pedro Sánchez,  no ha dado un paso adelante en sus pretensiones, si acaso se ha debilitado. Mucha palabrería, bastante postureo ridículo y algo de algarabía callejera. Una huida hacia adelante sin salida. Ni ha progresado en apoyos internacionales ni, según las encuestas, ha aumentado el número de seguidores. No sólo eso, sino que en su frente se han abierto profundas discrepancias y muchas dudas sobre la estrategia a seguir. Por tanto, las acusaciones carecen de fundamento. Lo que sucede es que la derecha de este país se ha echado al monte y, como no debe de encontrar debilidades reales en las acciones del gobierno actual, ha escogido un camino muy peligroso para la convivencia entre los españoles.

La historia del relator ha resultado un auténtico esperpento. Su anuncio, en mi opinión,  ha sido un error por parte del gobierno, que no supo medir bien el alcance de una iniciativa que, además de carecer de sentido práctico, se prestaba a interpretaciones fraudulentas por parte de los que están siempre dispuestos a sacarle punta a las palabras. Pero de ahí a dar sentido a manifestaciones “patrióticas” en defensa de la unidad de España hay un abismo. La dispersa derecha -que no es lo mismo que fraccionada- no sabe ya que hacer, y acude al tremendismo, a la demagogia populista y a eslóganes como el de “acudamos a Colón para salvar a España”, un estilo que yo, en mi optimismo, creía completamente desterrado de nuestras fronteras. Un planteamiento “guerracivilista”, permítaseme la expresión en sentido figurado. Porque la derecha española ha pasado de ser muy conservadora, como lo ha sido siempre, a extremadamente reaccionaria, como lo es en estos momentos.

Ahora que el gobierno ha anunciado que las conversaciones con la Generalitat se han interrumpido porque no está dispuesto, como nunca estuvo, a transigir con el referéndum de autodeterminación ni con otras pretensiones anticonstitucionales que reclaman los independemtistas, me gustaría saber qué van a decir los ultramontanos. Pero estoy seguro de que digan lo que digan no me sorprenderé, porque ya estoy curado de espantos.

6 de febrero de 2019

Carta abierta a don Pablo Casado

Muy señor mío:

me dirijo a usted para explicarle que, en mi modesta opinión, se está equivocando con la estrategia que ha elegido para ejercer la acción opositora. No voy a darle consejos, porque ni me los iba a aceptar ni creo que los necesite, ya que cuenta con un gabinete de asesores de renombre –como el señor García Egea, campeón de lanzamiento de hueso de oliva en 2008 entre otros méritos-, pero sí mi punto de vista, el de un demócrata que entiende que la crítica política es legítima, pero no el insulto rabalero ni la falta de rigor.

Está en su perfecto derecho –hasta ahí podíamos llegar- en sacar a relucir cuantos defectos quiera de la política que lleva a cabo el presidente del gobierno. Al fin y al cabo desde el último congreso del PP ejerce usted el liderazgo de un partido conservador, cada vez más alejado de la línea progresista que marca el rumbo del gobierno actual, y no puede sorprenderme que sus puntos de vista discrepen. Por tanto no seré yo quien ponga pegas a su contestación política, porque, entre otras cosas, entiendo que sus seguidores no se lo admitirían. Pero en lo que no puedo estar de acuerdo es en esa mezcla de mentiras de bulto y de tergiversaciones de la realidad que utiliza para desgastar la labor gubernamental. Se le ve tanto el plumero de la falsedad, que hasta sus más fieles defensores, aunque lo aplaudan a veces, en no pocas ocasiones se quedan perplejos ante su osadía.

Yo comprendo que cuenta con pocas armas políticas para desgastar al gobierno, porque la prudencia y contención con la que Pedro Sánchez está llevando a cabo su política le deja poco margen. Pero eso no justifica que recurra usted a la demagogia populista y a la falta de rigor con las que adorna continuamente sus proclamas. Lo que dice es tan exagerado, tan falto de coherencia, que da la sensación de que estuviera a la defensiva de los posibles ataques que le pudieran llegar. Al fin y al cabo no en vano ha sido usted partícipe, en su calidad de miembro de la cúpula del PP, de los manejos del gobierno anterior, y todos sabemos las causas que motivaron la moción de censura al señor Rajoy.

Las encuestas no le están yendo demasiado bien. Supongo que las causas son varias, pero no le quite importancia a una de ellas, el estilo que está utilizando. A los ciudadanos no les gustan las malas formas ni mucho menos la reiteración del insulto canalla. El español es un pueblo maduro, que sabe distinguir muy bien la crítica política del tremendismo surrealista, que no confunde la discrepancia con la pelea barriobajera. Yo le recomendaría, aunque ya le he dicho al principio que sé muy bien que no me hará caso, que se acordara de lo que le enseñaron los Hermanos Maristas de su ciudad natal. Haga caso a sus recomendaciones de entonces, por lo menos en lo que se refiere a la educación ciudadana.

Supongo también que su deriva hacia posiciones ultraderechistas le esté pasando factura, porque le flanquean dos compañeros de viaje muy peligrosos para sus intereses. Alguno de sus antiguos votantes le recriminará ese viaje hacia la extrema derecha que ha emprendido desde el principio de sus labores al frente del partido y mirará hacia Ciudadanos, algo más edulcorado; y otros, por el contrario, lo harán hacia Vox, pensando que al fin y al cabo qué más da uno que otro.

De todas formas, le deseo mucha suerte en lo personal.

Atentamente

3 de febrero de 2019

La encrucijada de Venezuela

Si algo tengo claro a estas alturas de la película respecto a la situación por la que atraviesa Venezuela, es que Maduro no debe seguir ni un día más al frente de los destinos de aquel país sin pasar primero por el filtro de unas elecciones limpias y transparentes. Después podría hacer otras consideraciones –y de hecho las haré a continuación-, pero ninguna de ellas tiene la suficiente contundencia para anular a la primera. El heredero de Hugo Chávez ha demostrado a lo largo del tiempo que ni está capacitado para resolver los problemas del pueblo venezolano ni dispuesto a someterse al juego limpio de las urnas. Hay que exigirle por tanto que se eche a un lado inmediatamente y dé paso a un sistema democrático.

No voy a negar que EEUU esté al frente de la maniobra de acoso y derribo de la llamada revolución bolivariana, ni que la razón que guía su intervención no sea precisamente el bienestar del pueblo venezolano. Un conglomerado de intereses económicos, por un lado, y un conjunto de consideraciones geoestratégicas, por otro, llevan tiempo agudizando el instinto intervencionista de Washington, siempre dispuesto a practicar la doctrina Monroe, América  para los americanos. Por eso Europa -y España con ella, pero no sin ella como parece demandarle al gobierno español la desnortada derecha de nuestro país-, debe buscar soluciones que de verdad acaben con la angustiosa situación de aquel pueblo, sin que el oportunismo permita que el pretexto sirva para convertir a Venezuela en otro coto cerrado de la ultraderecha internacional, del capitalismo incontrolado.

Europa, lamentablemente, carece de una política exterior unificada que sea capaz de proponer soluciones eficaces; y siento decirlo porque me considero un europeísta convencido. Pero, en cualquier caso, tiene suficiente peso en el ámbito internacional para contribuir, aunque sólo sea desde la presión diplomática, a lograr que la salida de la crisis sea pacífica y ordenada, sin intervenciones militares que pongan en peligro vidas humanas, sin invasiones militares que provoquen un derramamiento de sangre.

Me cuesta creer que todavía haya voces en la izquierda radical que defiendan la tiranía populista de Nicolás Maduro, aunque justifiquen que lo hacen para poner freno al intervencionismo norteamericano. Si las cosas se hubieran hecho bien desde el principio, si no se le hubiera dado cancha a una dictadura populista, quizá ahora estuviéramos hablando de una situación completamente distinta. Pero desgraciadamente sigue habiendo quien confunde progresismo con populismo anticapitalista, que no distingue el culo de las témporas. Ser de izquierdas nunca ha sido patente de corso para defender dictaduras, sino todo lo contrario.

Ahora es tarde y ya no hay quien detenga el proceso. Más de dos millones de emigrados por razones económicas, una inflación galopante y un desabastecimiento que pone a las clases más humildes al borde de la inanición no permiten más retrasos. Justo lo que los enemigos de la revolución bolivariana estaban esperando, que la situación se conviertiera en insostenible y así contar con un pretexto para hacerse con el control del país.¡Cuándo aprenderán algunos!

31 de enero de 2019

Máximos Comunes Denominadores

Cuando se elige una opción política entre el abanico de la oferta electoral disponible, es difícil, por no decir imposible, que exista total coincidencia entre las ideas propias y las del partido elegido. Siempre habrá aspectos que a juicio de uno falten y también propuestas que sobren. Pero si se desea ser práctico, si no se quiere que el voto se diluya en la inmensidad estelar, es preciso elegir al que, dentro de los que tengan posibilidades de gobernar, su ideario cuente con suficientes puntos en común con el de uno mismo.

Ésta es una lección que el electorado de izquierdas tiene muy mal aprendida. La volatilidad del voto progresista siempre ha sido mucho mayor que la del voto conservador. El votante progresista cambia con demasiada frecuencia la intención de su voto, quizá porque analice más el contenido de los programas y, como consecuencia, los árboles no le dejen ver el bosque. Un error de proporciones descomunales, porque el resultado es la dispersión del electorado, la fragmentación de los partidos y la consecuente pérdida de oportunidades para conseguir mayorías que permitan gobernar, al fin y al cabo lo más importante en política.

Los votantes conservadores suelen ser mucho más prácticos. Contemplan el bosque y no se entretienen demasiado en fijar su atención en cada uno de los árboles. Si el conjunto les resulta medianamente atractivo, los ingredientes no les importan. Obvian la letra pequeña, porque se mueven guiados por mensajes grandilocuentes y no por detalles programáticos. Los hipnotizan las palabras con mayúscula enfática, Patria, Nación, Bandera, Orden, Autoridad, vocablos a los que dan un sentido posesivo, como si ellos fueran los únicos que valoraran en su justo término el significado que tienen.

Los de izquierdas, por el contrario, centran mucho más la atención en cada uno de los individuos que componen la patria y la nación, en las personas y no en los grandes conceptos. Les preocupa la falta de igualdad de oportunidades, el deterioro de las prestaciones sociales, el desprecio hacia los derechos de las minorías, los umbrales de pobreza, la desigualdad entre hombres y mujeres, los abusos de los poderes fácticos. Y es ahí donde, con tantas variables, con tantos pormenores que analizar, muchas veces se pierden al establecer prioridades, al elegir la opción política que pueda resolver sus inquietudes. En definitiva, en los laberintos de la inoperancia.

El resultado de esta situación está ahí. Una derecha que, aunque tripartita en apariencia, tiene claros sus objetivos y no va a dudar en poner al frente de los destinos del país a cualquiera de los trillizos, como oí hace unos días que denominaba a los líderes conservadores una lenguaraz portavoz parlamentaria. Porque al final, si gobierna uno gobiernan todos. Y aquí paz y después gloria.

Un Podemos fragmentado como el actual, en continua bronca interna por un quítame allá esas pajas, perdido en el dsconcierto, con la aguja de marear averiada, mucho me temo que, tras las próximas elecciones generales, no vaya a poder contribuirr con sus escaños a presentar batalla parlamentaria a una derecha monolítica, que tiene la mirada fija en cuatro ideas sencillas, como suelen ser las proclamas nacional populistas. Y el PSOE, con  los resultados de los sondeos a sus favor, pudría quedarse sin gobernar una vez más por falta de apoyos suficientes, aunque fuera el partido más votado con diferencia.

No. No son éstos buenos tiempos para los progresistas por culpa de la dispersión del voto. Aunque me duela decirlo.

27 de enero de 2019

Cohesión, cohesión y cohesión

No he querido hacer más largo el título, aunque sea consciente de que, de acuerdo con mi propósito de hoy, me he quedado corto. Debería haber sido: cohesión, cohesión y cohesión, y, si hace falta, más cohesión. Sin orden y concierto, sin disciplina interna, sin acatamiento de las normas autoestablecidas no hay colectivo humano que funcione. Al menos que funcione con eficacia. El asambleísmo, la revisión continua de lo acordado, la oficialización de corrientes discrepantes y la contestación permanente conducen al colapso funcional. Y esto, en mi opinión, es lo que le viene sucediendo desde su fundación al conglomerado de corrientes políticas que conocemos como Podemos, un fenómeno que en los últimos tiempos, por culpa del inevitable desgaste, está tomando tintes de gravedad.

No digo que el contraste de opiniones sea desaconsejable. Lo que digo es que no se puede estar permanentemente discutiendo lo acordado, porque así no se avanza. La democracia interna está muy bien, nunca lo negaré, pero no hasta el extremo de discutir al día siguiente lo acordado el día anterior. Cuando esto sucede es porque hay una indefinición programática que suscita la continua disidencia, la indisciplina y el transfuguismo. Y así, con tales premisas, no es posible hacer política. Quizá se pueda hacer activismo social y movimientos callejeros, pero no política, que es la única vía que existe para sacar adelante los programas que se defienden.

El origen de este partido ha sido tan explicado que queda muy poco por añadir. Un grupo de progresistas descontentos con la deriva acomodaticia del PSOE decidió, hace pocos años, aprovechar el malestar popular para fundar una organización política que pudiera concurrir a las elecciones en todos los niveles, estatal, autonómico y local. No había credo, o si lo había era una mezcla de comunismo, de revisionismo, de anarquismo, de anticapitalismo y de socialismo ultraradical. Las fronteras ideológicas nunca estuvieron claras, lo que ha originado en unos el desconcierto y en otros la indisciplina. No obstante,  sí se ha dado una especie de culto a la personalidad, la peor de las recetas para crear espíritu de grupo, porque las disidencias se convierten en rivalidades personales.

El caso de Manuela Carmena, la alcaldesa de Madrid, es paradigmático. Aunque en las anteriores elecciones municipales se presentó apoyada por Podemos, desde el primer momento quiso dejar claro que su posición política era independiente de la formación de Pablo Iglesias. Sin embargo, los líderes de éste partido han manipulado con cierta frecuencia la posición ideológica de la edil madrileña, presentando sus éxitos como propios, algo así como si el “carmenismo” fuera una confluencia más de las que componen el partido. Y esa falta de rigor por parte de sus aliados la ha llevado a crear su propia plataforma electoral, Más Madrid, independiente de la influencia de Podemos, aunque éste  la apoye. A nadie se le escapa que a juicio de Carmena la excesiva concordancia con este partido la perjudicaba electoralmente. Ella sabe que goza de reconocido prestigio -incluso, y ya es decir, entre algunos conservadores moderados- gracias a su independencia, y lo único que pide es el voto de los ciudadanos, no el apoyo de los partidos.

La falta de unidad programática, la falta de disciplina interna -lo he dicho al principio y ahora lo repito-, es letal para los partidos políticos. Y a Manuela Carmena no se le escapaba lo que estaba sucediendo a su alrededor.

23 de enero de 2019

Ideas o personas

En esto de las preferencias políticas, a algunos les resulta difícil separar a las personas de las ideas que representan. Con frecuencia la decisión del voto depende de la simpatía –muchas veces antipatía- que provoque el líder de turno. Se aparta a un lado la ideología, se mide el atractivo o repulsión de quien las defiende y se decide votar o no la lista que encabece en función del resultado subjetivo de la medición. Si me cae bien lo voto –dicen algunos- y si no elijo a uno de “los otros”, aunque siempre haya criticado sus ideas porque no son las mías.

Craso error, diría yo. Las personas desaparecen, porque la propia dinámica de la política las elimina con el tiempo; las ideas permanecen, al menos el núcleo central de las mismas. Y si se toman decisiones basadas en las simpatías o antipatías personales, se traiciona a las propias convicciones en función de un dato coyuntural, de una variable que probablemente mañana no estará ahí. Se ha elegido en función de lo circunstancial y no de lo substancial. Lo cual, al menos a mí, me crearía una cierta inquietud, un inevitable desasosiego por actuar con tanta frivolidad.

Yo he conocido políticos de todos los colores: altos, bajos, guapos, feos, flacos, gordos, simpáticos y antipáticos; y también otros que, sin que me gustaran algunas de sus propuestas políticas, representaban a mi opción preferida. Digamos, como le oí el otro día a Rajoy, que estaba dentro del paquete. Ninguna circunstancia personal ha hecho nunca que variara mi intención de voto, porque siempre he considerado que las características personales del líder en concreto quedaban disueltas en el conjunto de la organización.  El equilibrio de fuerzas que debe darse en cualquier organización política de carácter democrático impide que ni siquiera el cabeza de lista haga lo que le venga en gana. Sólo en los partidos de tinte autoritario se corre el riesgo de que la palabra del que manda se imponga sobre la propia organización.

Otra cosa es que las convicciones sean débiles, que uno lleve tiempo pensando en que no está eligiendo lo que en realidad desearía elegir, que haya ido cambiando sin darse o dándose cuenta su pensamiento político. En ese caso estaría en su perfecto derecho a votar a una opción que hasta hace poco no le gustaba. La fidelidad a ultranza a las ideas no tiene que ser necesariamente una virtud. Los electores tenemos capacidad de razonar, de juzgar las propuestas y, como consecuencia, de cambiar nuestras preferencias, en política o en cualquier otro orden de la vida. Pero en este caso que no se ponga como pretexto a las personas en concreto, porque hacerlo significa apoyarse en circunstancias que nada tienen que ver con el meollo de la cuestión.

En estos tiempos en los que todos los días –permítaseme la exageración- aparecen nuevos partidos con nuevos nombres a la cabeza, son muchos los que están cayendo en el error de ni siquiera leer las líneas generales de sus propuestas. Oyen al líder, lo miden antropológicamente, se quedan con alguna proclama que les suene bien, lo tildan inmediatamente de más firme, de más centrado, de más seguro, de más de lo que sea o les convenga, y se cambian de chaqueta. Las convicciones, el modelo de sociedad que hasta hace poco guiaba sus preferencias políticas ha quedado arrumbado a un lado. A las ideas las ha sustituido una figura, que no tardará demasiado en desaparecer de la primera línea de la política.


19 de enero de 2019

Que viene el coco

Yo les aconsejaría, con la debida humildad, a los dirigentes de los partidos de la izquierda que dejaran de mentar la bicha y recompusieran sus estrategias. Vox está ahí, su presencia es preocupante -no lo voy a negar-, pero no deja de ser una formación política inscrita en un sistema democrático, el nuestro, que digan lo que digan los agoreros funciona. Y en una democracia existen carriles legales por los que hay que circular, se quiera o no. Además, que nadie se lleve a engaño, lo que defienden, salvo algunas estridencias malsonantes y malolientes, ya lo defendía el ala derecha del PP y lo sigue defendiendo ahora. Por tanto, a qué tanta sorpresa.

Otra cosa es que algunos líderes de la izquierda pretendan ocultar sus fracasos políticos tratando de desviar la atención hacia donde les interesa. Pero en mi opinión se equivocan, porque lo que toca ahora es reconocer errores, definir políticas y no perder el norte. No es fácil, ya lo sé, porque el día a día continúa y hay muchos frentes abiertos. Pero no vendría mal que, mientras se continúa haciendo política social desde la Moncloa, se intenta aprobar los presupuestos y se mantienen a trancas y barrancas las conversaciones con los separatistas catalanes, el PSOE resolviera sus diferencias internas, dejara clara su posición en los asuntos más sensibles y explicara la nítida diferencia que para los ciudadanos supone estar gobernados por políticos neoliberales conservadores o por socialdemócratas progresistas.

En su día pensé y escribí que la aparición de Podemos le iba a hacer daño a la izquierda en su conjunto. Ahora, pasado algún tiempo, me reafirmo en aquel pensamiento. Mientras que los partidos de la derecha son capaces de llegar a alianzas que les permita gobernar -porque no tienen complejos ideológicos y si los tienen los disimulan-, los de la izquierda son mucho más celosos de sus identidades y no se prestan con facilidad a apaños coyunturales. Por eso, desde el partido socialista se mira con reticencia el radicalismo de Pablo Iglesias y, por eso también, Podemos no cesa de aguijonear al PSOE. Su actual concordancia es sólo momentánea, propiciada por el voto de censura necesario en su momento para sacar al PP del poder. Pero nada más, porque los planteamientos de los dos partidos están tan lejos el uno del otro que cualquier acuerdo se encontrará siempre en equilibrio inestable.

La única posibilidad de que la izquierda gobierne depende de que el PSOE afiance su hegemonía y consiga una mayoría abultada en el Congreso, una posición que le permita aprobar leyes mediante pactos puntuales, si no permanentes. La creación de una alianza progresista, siento decirlo, es imposible, no hay más que mirar alrededor. Podemos buscó en su día con ímpetu el sorpasso, pero no lo consiguió. No sólo eso, sino que a partir de unos evidentes triunfos iniciales pronto se desinfló. Y ahora, en una coyuntura tan difícil para el progresismo como es la actual, diera la sensación de que se deshace por momentos. Lo del ingenuo romanticismo de las convergencias y del asambleísmo no ha funcionado; y, en mi modesta opinión, nunca funcionará.

España ya no es aquel país que olía a pueblo como cantaba la inolvidable Cecilia. España es un país con una extensísima clase media, mucho más informada que la de hace cuarenta años, que ya no cree en cantos de sirena. Sigue haciendo falta una izquierda fuerte, porque sigue habiendo enormes desigualdades que corregir y grandes retos que afrontar en las prestaciones sociales. Pero esa socialdemocracia, la que logró movilizar con ilusión a una inmensa mayoría del país en los ochenta y en los noventa, tiene que dejar a un lado las utopías inalcanzables, debe pisar la tierra de la realidad y está obligada a avanzar paso a paso. Necesita, ya lo he dicho, redefinir su estrategia sin perde un minuto.

14 de enero de 2019

Paparruchas

Esta mañana he oído decir a un sagaz y avispado periodista en mi sesión de radio matutina, que por qué decimos fake news cuando disponemos en español de la maravillosa palabras paparrucha. Me he levantado de mi asiento como un resorte con la tostada en la boca -todavía no había terminado de desayunar-, he abierto el diccionario de la lengua española, he consultado por si fuera poco el María Moliner y me he encontrado con la siguiente definición: “noticia falsa y desatinada de un suceso, esparcida entre el vulgo”. Y a continuación con esta otra: “tontería, estupidez, cosa insustancial y desatinada”. Más claro el agua.

Quizá bastara con decir bulo, pero a partir de ahora diré paparrucha, no sólo porque el vocablo me fascina por su contundencia y sonoridad, también porque así podré llamar a los fake news makers “paparrucheros”. No tengo en la cabeza a nadie en concreto. Aunque si me dejara llevar por la imaginación, si bajara un poco la guardia de la debida prudencia, seguramente encontraría alguno de ellos entre los que se empeñan en construir un muro para separar  EEUU de Méjico, argumentando que con él se evitaría la entrada de la acechante delincuencia sureña; o, más cerca de nosotros, entre los que aseguran que con esto de la inmigración corremos el riesgo de que millones de africanos nos invadan; o, a la misma distancia que los anteriores, entre los que explican que las mujeres en nuestro país no necesitan medidas especiales de protección contra la violencia machista, porque ésta no es más que un invento de exarcerbados radicales. Todos los días se oyen las innumerables paparruchas que cuentan los numerosos “paparrucheros” del mundo entero.

Pero a los nuestro, que en cuanto me descuido me voy por los cerros de Génova y sus aledaños. No estoy en principio en contra del uso de expresiones extranjeras, porque en ocasiones resuelven carencias propias. Si lo analizamos con detenimiento, todos los idiomas modernos se nutren de palabras ajenas; y el nuestro, a pesar de su inagotable riqueza, no iba a ser una excepción. Pero lo que sí me incomoda es esta moda de utilizar barbarismos innecesarios, por aquello del encanto sensual que tienen algunas palabras foráneas. Y también -no lo perdamos de vista- por la cursilería rampante que lucen algunos oradores posmodernos.

¿Por qué tenemos que hablar del core de un problema –palabra que le oí pronunciar hace unos días a un preboste de la política nacional- cuando podemos utilizar la palabra núcleo? Quizá, supongo, porque el político en cuestión quería dejar sentado ante el auditorio su cosmopolitismo, su dominio del inglés. ¿O por qué tenemos que utilizar la expresión black friday cuando ahora hasta los niños de guardería conocen su traducción? No creo que sea porque dicho así las rebajas sean mayores.

Confieso que yo también utilizo barbarismos. Claro que sí, porque al fin y al cabo las infecciones lingüísticas se propagan con facilidad y son difíciles de curar. Por eso digo smart phone, pen drive, look, copyright y tantos otros anglicismos al uso. E incluso utilizo, y no sé cómo remediarlo, la palabra blog. He leído por ahí que esta última podría traducirse por bitácora, pero la propuesta no me convence nada. También por cibersitio. ¡Qué horror! Espero que no me vea nunca obligado a utilizar alguna de estas traducciones, porque sería el final de mi hobby –afición o pasatiempo- de escribir en estas páginas.

11 de enero de 2019

Salvemos el puente del pantano de Santolea

Hace unos días me invitaron a sumarme a la reivindicación emprendida por un colectivo que pretende salvar de la destrucción un viejo puente que, hasta hace un mes o poco más, permanecía sumergido bajo las aguas del pantano de Santolea, el extraordinario lago artificial situado en el término municipal de mi querido Castellote. Las obras para construir una nueva presa, que sustituya y mejore en su función a la actual sin destruirla, ha obligado a vaciar el embalse por completo, de manera que el paisaje que ahora se puede contemplar es el mismo que disfrutaban mis abuelos y mis bisabuelos, un enigmático cañón rocoso, entre impresionantes farallones calcáreos, por donde antes fluía libre el río Guadalope y a través del cual serpenteaba la vieja carretera que permitía el acceso a las masadas diseminadas por aquellos parajes y a los pequeños núcleos rurales situados aguas arriba. Ni que decir tiene que me adherí a la iniciativa sin dudarlo.

Digo esto porque soy un convencido partidario de preservar el patrimonio cultural, como lo soy de proteger el entorno natural. Pero eso no significa que me oponga al progreso. Las obras del mencionado pantano hay que hacerlas, porque significan progreso, bienestar y contribución a la mejora de la calidad de vida de muchas personas. Aunque ya se han silenciado, desde que se empezó a oír hablar de este proyecto se alzaron voces en contra, ante el temor de que supusiera una agresión paisajística, un atropello medioambiental. Yo nunca lo percibí así, porque más agua embalsada y más energía disponible no contaminante no tiene en principio que significar un ataque al medio ambiente, siempre que se hagan  las cosas como se deben hacer. Estoy convencido, además, de que aquel maravilloso entorno natural mejorará en belleza paisajística.

Nunca me ha parecido que sobraran las organizaciones ecologistas, sino todo lo contrario. Las tenaces y valientes luchas que mantienen para denunciar los desmanes que tantas veces comporta la ambición empresarial son de agradecer, porque sirven de contrapunto a las barbaridades. Pero una cosa es delatar las agresiones al medio ambiente y otra muy distinta oponerse de forma indiscriminada a cualquier iniciativa de progreso. Seguiríamos como estábamos hace siglos si no se hubieran construido embalses, si no se hubieran trazado autopistas, si no se hubieran horadado túneles, si no se hubieran erigido puentes. El progreso material, cuando redunda en el bienestar de los ciudadanos, necesita iniciativas públicas de este tipo. Y hay que afrontarlas sin lugar a dudas. Con controles, por supuesto, pero sin absurdas cortapisas.

Recuerdo que hace unos quince o veinte años, cuando se iniciaron las obras para reformar la carretera que desde Castellote conduce al pantano de Santolea -y que desde allí se adentra en la abrupta comarca del Maestrazgo turolense-, se alzaron voces, a mi juicio injustificadas, por el supuesto destrozo que aquellas actuaciones causarían al entorno. La carretera antigua, cuyo trazado original debía de datar del siglo XVIII, era tortuosa y estrecha, y había que mejorarla necesariamente, no sólo por el peligro que suponía circular por ella, también por la velocidad tan lenta a la que estaban obligados los conductores. La obra se hizo, se abrieron trincheras para eliminar curvas, se amplió la anchura, se asfaltó de nuevo el firme, y el viejo camino se convirtió en una carretera digna. Y el entorno, algo descarnado al principio como consecuencia de los movimientos de tierras, se ha repoblado de manera natural. Ahora nadie diría que por allí pasaron hace muy pocos años las excavadoras.

Protejamos el entorno, conservemos el patrimonio cultural, pero no nos convirtamos en radicales talibanes del inmovilismo. Y salvemos el puente de Castellote, que, según parece, era el nombre por el que lo conocían los habitantes del desaparecido pueblo de Santolea cuando se referían a él.

8 de enero de 2019

Hay que ver cómo está el patio de mis vecinos

Menudo espectáculo el que está dando el “three party” andaluz. Ahora resulta que no se ponen de acuerdo en algo de tanta trascendencia  como la defensa de la mujer ante la violencia machista. Con palabras distintas a las de Vox, pero análoga intención, el PP de Pablo Casado se deshace en razones para explicar que esto del feminismo es una exageración propia de radicales, que mucho cuidado con tanta pamplina reivindicativa porque ellas también zurran a los hombres. Incluso, cuando nunca lo habían hecho, ahora sacan del cajón de los olvidos documentadas estadísticas para demostrar que la discriminación positiva a favor de la protección de la vida de las amenazadas es injusta, ya que deja a los hombres indefensos ante el atroz acoso de las mujeres vengativas.

Esta mañana he oído un antiguo refrán que tenía olvidado: por la caridad entra el cólera. El actual Partido Popular está tratando a su escisión ultraderechista Vox con una exquisitez, con un mimo que llama la atención por descarado. Pero ojo, porque de la misma manera que los caritativos que atendían a los enfermos de la fatídica epidemia corrían el riesgo de contagiarse, les puede suceder a ellos lo mismo con la radicalidad de la extrema derecha española. Eso si no están ya contagiados, porque los últimos movimientos de los populares muestran preocupantes síntomas de contagio.

No voy a entrar en si su estrategia de paños calientes con el cisma más radical de la derecha española es acertada o no para sus intereses. Pero se me ocurre pensar que como sigan así de zalameros con su hasta hace poco compañero de filas Abascal, corren el riesgo de que muchos electores interpreten que tanto monta, monta tanto, votar a Vox como al PP. Los primeros movimientos ya se han visto en Andalucía y, como apuntan las encuestas, es muy posible que sigamos viéndolos en las elecciones que se aproximan.

Los de Ciudadanos están con esto de la intransigencia de Vox en materia de protección contra la violencia machista sin saber muy bien qué hacer y qué decir. Su proclamado centrismo tiembla como un flan casero cada vez que se menciona la bicha. Dicen que no les gusta, pero no se atreven a plantar cara a la intolerancia. Sí pero no; no pero sí. Circunloquios y juegos malabares. Al fin y al cabo falta de claridad ideológica. Se limitan a recordar que su pacto es con el PP, sin aclarar qué ocurrirá si, como parece cierto, los populares a su vez pactan con la ultraderecha.

Pero como a los tres les resultaría muy duro perder el gobierno de Andalucía por un asunto que según parece ni les va ni les viene, no tengo la menor duda de que juntos acabarán desatando el nudo gordiano. Todo sea –dirán- por acabar con la hegemonía del socialismo andaluz, que por cierto fue, una vez más, la opción más votada en las últimas elecciones, aunque no las ganara.

Cuando voy a darle al “enter” para publicar este artículo, me entero de que los secretarios generales del PP y de Vox -Teodoro García Egea y Javier Ortega Smith respectivamente- van a reunirse con discreción para cerrar un acuerdo definitivo que zanje tan incómoda situación. Por supuesto sin Ciudadanos.

Hay que ver cómo está el patio de mis vecinos.