28 de noviembre de 2024

No maltratemos nuestro idioma, por favor

Alguna vez me he atrevido a escribir aquí alguna reflexión sobre lo que yo considero una constante degradación del idioma español por parte de los hablantes. No busco culpables -Fuenteovejuna todos a una- porque creo que la responsabilidad está muy repartida. Simplemente pretendo dar rienda suelta a una de mis tantas inquietudes.

Desde hace ya varios años estoy observando el mal uso que se hace de la palabra efectivos cuando se utiliza como sustantivo. Los efectivos son un conjunto de medios disponibles para desempeñar un cometido a las órdenes de un determinado mando, sea militar o no. Se puede decir, por ejemplo, los efectivos de bomberos enviados al incendio consistían en dos coches bomba, una escalera desplegable y veinte bomberos. O, también, aquellos efectivos incluían dos carros de combate y treinta y cinco infantes. Sin embargo, no es correcto en el primer ejemplo hablar de veinte efectivos al referirse a los bomberos, ni en el segundo citar treinta y cinco efectivos para nombrar a los militares. Los bomberos y los militares están incluidos en los efectivos de los ejemplos.

La confusión procede de considerar que un hombre o una mujer individualmente constituye un efectivo, es decir, considerar esta palabra como unidad de medida. Se podría decir que como efectivos sólo se contaba con un vigilante en la obra, pero nunca que sólo había un efectivo para vigilar la obra. No sé si queda claro.

La palabra efectivos es equivalente en cierto modo a la de recursos. Nadie dice, por ejemplo, en mi departamento hay diez recursos, sino diez administrativos o diez personas o diez dependientes. Porque los recursos, igual que los efectivos, son un conjunto de medios.

Desde lo de la DANA de Valencia, se oye en los medios de comunicación noticias tales como la UME ya cuenta con siete mil efectivos en la zona. Lo correcto sería decir que los efectivos enviados por la UME incluyen un número de siete mil militares o siete mil hombres y mujeres. Porque un militar no es un efectivo, sino que está incluido en algún efectivo.

Supongo que este asunto de la utilización correcta de la palabra efectivos le interesa a muy poca gente; pero como a mí me quema, aquí queda mi opinión. En cualquier caso, recomiendo que se le eche un vistazo a lo que dice el diccionario de la academia, porque al fin y al cabo es la “autoridad competente” en estos pormenores. Yo no soy más que un aprendiz de nuestro idioma.

23 de noviembre de 2024

Recuerdos olvidados 28. El incendio de los graneros

 

No sé por qué me ha venido a la memoria de repente este recuerdo tan perdido en el túnel de los tiempos. No lo sé, aunque no descarto que haya sido como consecuencia de observar el comportamiento solidario de la ciudadanía en la catástrofe medioambiental de Valencia. Lo que voy a contar sucedió en Castellote, en el verano de 1957 o quizá en el de 1958. Me resulta imposible precisar el mes, porque los veraneos escolares de aquella época se iniciaban a finales de junio y concluían a principios de octubre. 

Un día, a la caída del sol, puede que hacia las 7 o las 8 de la tarde, empezaron a sonar las campanas de la iglesia de la Virgen del Agua, con una insistencia y una cadencia que yo nunca había oído antes. Se trataba, como no tardé en saber, de una llamada de arrebato, señal inequívoca de que algo grave debía de estar sucediendo.

Alguien dijo que posiblemente se tratara de un incendio y que mediante el toque de campanas se estaba pidiendo la colaboración ciudadana. Yo debía andar por los 15 o los 16 años, esa edad en la que uno es capaz de comerse el mundo. Le dije a mi madre que iba a bajar a la plaza para enterarme de lo que sucedía y echar una mano si fuera preciso; ella me contestó que de acuerdo pero que no cometiera temeridades.

Nada más salir a la calle, me topé con un gentío inusual en un pueblo tan pequeño y a aquellas horas de la tarde. Había hombres y mujeres de todas las edades, algunos con cubos caseros en la mano, algo que me sorprendió, y con expresiones en las caras de todos en las que se adivinaba la preocupación, por no decir el miedo. Ya se sabía perfectamente lo que estaba sucediendo, un incendio en los graneros de los Buñuel, situados en el desván de un edificio que hoy ya no existe y cuya demolición dio lugar a la placita hoy conocida como Planillo de la Virgen. Los incendios en un pueblo como Castellote pueden convertirse en auténticas tragedias, porque la proximidad de los edificios facilita la propagación de las llamas con mucha rapidez.

Nada más llegar a la plaza de la iglesia, me di de bruces con mosén Adolfo, el párroco del pueblo, una auténtica institución en el Castellote de entonces, a quien recuerdo con cariño, posiblemente porque el paso del tiempo borre de la memoria los aspectos más ásperos del carácter de las personas. Me vio, me obligó a que cogiera un cubo de entre los que había almacenados enfrente de la casa parroquial y me ordenó que me colocara en la larga cadena humana que se había formado entre la fuente más cercana y el edificio en llamas, la única manera de acarrear el agua cubo a cubo hasta el pie de la escalera que la Guardia Civil había colocado para acceder al granero incendiado. Recuerdo perfectamente que desde mi posición en la cadena veía a los guardias subir los cubos uno a uno y no se me olvidará nunca que el cabo primero jefe del puesto era quien desde arriba los introducía en el ático y arrojaba el agua sobre el fuego, sin duda jugándose la vida.

No sé cuánto duró aquello, supongo que un par de horas o algo más, pero sí que volví a casa, henchido de orgullo y satisfacción, para contarles con todo detalle a mi madre y a mis hermanos pequeños la "heroicidad" que acababa de protagonizar. No todos los días se convierte uno en miembro de protección civil, aunque entonces nadie utilizara esta expresión.

Por cierto, aquella improvisada colaboración ciudadana funcionó perfectamente gracias a que quienes tenían la responsabilidad y el mando, es decir las autoridades locales, alcalde y concejales, supieron desde el primer momento qué tenían que hacer. Si esto hubiera sido así en las inundaciones de Valencia, posiblemente se habrían evitado muchas muertes. Son situaciones muy distintas, ya lo sé, pero la moraleja es válida.


19 de noviembre de 2024

La educación ciudadana y la mentalidad de cada uno

 

Escribo este artículo para expresar la teoría de que el optimismo o el pesimismo respecto a la evolución de los comportamientos sociales y de la educación ciudadana están directamente relacionados con la ideología de cada uno. Siempre lo he sospechado, pero es que desde hace un tiempo, después de haber observado con cierto detenimiento alguno de los entornos que me rodean, me quedan muy pocas dudas. Los conservadores ponen el grito en el cielo ante lo que ellos consideran un galopante deterioro de las costumbres sociales, mientras que los progresistas sostienen que la evolución del comportamiento social en su conjunto no es más que la adaptación a los tiempos que corren, y no sólo se mantiene dentro de unos parámetros aceptables, sino que además mejora. Curioso fenómeno, el de la percepción según ideologías, del que quizá pocos sean conscientes.

Supongo que detrás de esta dicotomía se ocultan los propios valores del progresismo y del conservadurismo. Mientras que para los progresistas las variaciones del comportamiento ciudadano no son más que consecuencia de la propia evolución de la sociedad, para los conservadores cualquier cambio se convierte en ruptura del estatus quo establecido y por tanto lo interpretan como un deterioro de la educación ciudadana.

Yo tengo la sensación de que lo que de verdad ha cambiado en el mundo y sigue cambiando día a día es el aumento de lo que me gusta llamar permeabilidad social, es decir el incremento de la capacidad de relacionarnos cada día con un mayor número de personas procedentes de entornos distintos al nuestro. Mientras que hace años nos movíamos en un estrecho círculo de amistades, casi todas pertenecientes al “ambiente social” de cada uno, ahora lo hacemos con multitud de personas que proceden de distintas capas sociales y con distintos grados de formación. Antes, me refiero para no ir más lejos a la primera mitad del siglo XX, era raro que alguien interactuara fuera de su entorno social más allá de lo imprescindible. Como consecuencia, convivía sólo con individuos procedentes del suyo y, si se salía de él, era por lo general bajo el prisma de la sumisión de unas clases frente a otras. Lo que en sociología se conoce como síndrome del amo o del siervo, según sea el caso.

Por tanto, la visión de lo que se consideraba educado o maleducado, refinado o chabacano, fino o grosero se percibía siempre en comparación con los estándares del grupo al que se pertenecía. Ahora, sin embargo, como consecuencia de la permeabilidad social se vive inmerso en una sociedad diversa, en la que las diferencias de educación entre capas sociales tienden a desaparecer. Debido a ello, comportamientos que siempre han existido se ven por algunos como nuevos, como signos del deterioro de las costumbres, cuando no son más que la manifestación exacta de la sociedad en su conjunto.

Dije yo el otro día en un determinado foro, muy uniforme en su extracción social y en su nivel educativo, que sigue habiendo gente bien educada en la sociedad como siempre ha habido. Alguien, de indudable mentalidad conservadora, me contestó: puede ser, pero deben de estar muy escondidos. Lo dicho, los hay que preferirían seguir encerrados en sus burbujas, en las que la mala educación, al menos como ellos la entienden, no tiene cabida. 

En lo que hay que confiar es en que la mejora de la permeabilidad social enriquezca el conjunto de la educación social y no lo deteriore, aunque ahora las varas de medirla sean distintas a las de antes.



15 de noviembre de 2024

Trump y el inalterable equilibrio cósmico

 

A mí me gusta creer en la existencia del llamado equilibrio cósmico, concepto que viene a explicar que la contraposición de fuerzas de carácter opuesto permite que el universo continúe inalterable a lo largo de los tiempos, a pesar de los cataclismos siderales. Prefiero pensar, además, que lo que es cierto en las inconmensurables dimensiones del universo, también lo es en el entorno que nos rodea. Yo no he visto a lo largo de mi vida grandes cambios en el mundo, más allá de los que se derivan del progreso de la tecnología y del lento y continuo avance de los derechos humanos. Pero en su conjunto, a pesar de que he vivido cambios políticos significativos a nivel nacional e internacional, tengo la sensación de que permanece inalterable.

Digo esto, porque estoy convencido de que Trump, a pesar de su verborrea y de sus amenazas, no va a cambiar el rumbo del mundo. Nos va a dar más de un disgusto, como nos lo dieron Hitler, Stalin, Mussolini y tantos otros, pero no serán más que tormentas pasajeras, porque la contraposición de intereses neutralizará muchas de sus intenciones. Es fácil decir que va a enfrentarse a la amenaza china y al mismo tiempo dejar de apoyar a Ucrania, es decir a Europa, porque son dos objetivos contrapuestos. No se puede amenazar a Irán y al mismo tiempo compadrear con su aliado Putin. Es totalmente imposible torpedear la economía europea mediante aranceles, sin temer que la repercusión en la economía de sus aliados se vuelva contra sus propios intereses.

De la personalidad del presidente electo de los EEUU no voy a hablar hoy, porque tengo la sensación de que ya está todo dicho. Yo, en mis modestas reflexiones en este blog, ya largué hace cuatro años algunas de mis impresiones. Creo que se trata de un personaje atípico, abrupto en sus expresiones y con la idea equivocada de que un país se dirige como una empresa. Un error garrafal, del que ya le debía de haber alertado su incapacidad de poner patas arriba todo durante su mandato anterior. Las urnas lo echaron y, aunque es cierto que también ellas lo han traído ahora, en su país existe un sistema de equilibrios capaz de frenar las grandes insensateces. Tribunales de justicia que no puede controlar la Casa Blanca, gobernadores que no son de la cuerda del presidente de turno, prensa independiente y un sinfín de mandos intermedios que no estarán dispuesto a jugar su juego con facilidad.

Pero es que, además, en este mundo globalizado, en el que el equilibrio entre bloques se mantiene a pesar de los constantes cambios de posición de alguno de sus peones, ninguna de las grandes potencias, ni siquiera USA, puede hacer lo que le venga en gana. Habrá amagos, intentos de mover piezas para mejorar posiciones en el tablero del juego internacional, pero con resultados muy limitados, porque, lo decía arriba, el equilibrio cósmico se mantiene.

Eso sí, nos va a hacer pasar malos ratos, a unos más que a otros. Porque los hay que están aplaudiendo con las orejas, convencidos de que la llegada de un nacionalista acérrimo como Trump sólo les puede traer fortuna. Pero ojo, porque a éstos les puede salir el tiro por la culata. Europa también avanza, aunque lo haga con lentitud, y no hay mayor estímulo para la cohesión que percibir un peligro exterior.  

Esperemos a que se ponga en marcha su mandato y ya habrá tiempo para hablar de Trump y del inalterable equilibrio cósmico.

9 de noviembre de 2024

La maldita logística

 

Las guerras se ganan o se pierden en función de la capacidad logística que se disponga. Los rusos hace tres años llegaron a Kiev en un día y sus columnas blindadas echaron el freno antes de entrar, viéndose obligadas a retroceder cuando parece que su capacidad militar era muy superior a la de los ucranianos. Se habían dado cuenta de que sus apoyos de mantenimiento y abastecimiento no eran los adecuados y tomaron la inevitable decisión de frenar sus  impulsos iniciales.

En el lamentable, triste y caótico episodio de la Dana, lo primero que falló fue la gestión de la logística. Tengo la sensación de que los servicios de protección civil disponen de medios, pero no de unos detallados planes de apoyo logístico. Cuando oigo decir que por qué la UME no envió más efectivos desde el primer momento, me doy cuenta de que quien se expresa así no tiene idea de lo que significa mover hombres y mujeres sobre un terreno totalmente destruido, sin más medios a su alcance que los que pudieran llevar al hombro en sus mochilas. ¿Dónde iban a pernoctar? ¿Qué iban a comer? ¿Cuál sería la responsabilidad de cada una de las unidades en la ingente tarea que tenían por delante?

Se habla, se habla y se habla sin tener en cuenta el contexto real. Los primeros auxilios tenían que haber surgido de los propios municipios, como conocedores de la realidad de la catástrofe, apoyados por una ciudadanía bien dirigida y aleccionada. Pero ese primer escalón falló por falta de preparación y de protocolos.

Como segundo escalón estaba la administración de la comunidad, que tardó mucho en reaccionar, supongo que por ineptitud de algunos de sus responsables y seguramente por no tener previstos planes de contingencia debidamente coordinados con los municipios afectados. Debería haber puesto en marcha un despliegue de primeros auxilios y otro de orden público, para evitar la patética escena de los ciudadanos barriendo el barro sin saber dónde ponerlo y para impedir los previsibles saqueos que podían producirse. Pero tampoco tenía planes establecidos y ensayados.

El tercero escalón es el Estado, con toda su capacidad de protección civil. Lo que sucede es que cuando fallan el primer y segundo escalón, el tercero tarda en movilizarse, eso sin tener en cuenta en este caso los remilgos del gobierno autonómico a la hora de pedir ayuda al central, un auténtico sinsentido. Que la petición de ayuda dependa del color político de unos y otros constituye un auténtico esperpento, cuando están en juego las vidas de los ciudadanos. Porque si no te dicen cuál es la situación exacta y por tanto qué hay que hacer y dónde, es imposible ayudar.

Supongo que los responsables a los tres niveles habrán sacado sus propias conclusiones, aunque mucho me temo que se pueda estar gastando pólvora en salvas de disculpas, en detrimento de la eficacia. Lo mínimo que debemos exigir ahora es que se definan inmediatamente unos planes de emergencia viables e indiscutibles. No creo que sea el momento de las acusaciones y sí el de prever el futuro. Aunque parece imposible evitar que la indignación ciudadana exija responsabilidades, como está ocurriendo en las calles de Valencia mientras escribo estas líneas.

5 de noviembre de 2024

El desconcierto nacional

 

No soy ni mucho menos un experto en gestión de catástrofes medioambientales. No lo soy, pero tengo el sentido común suficiente como para darme cuenta de que lo que sucedió en los primeros momentos con la gestión de las ayudas a la población afectada por el paso de la mortífera y destructiva DANA por Valencia fue un auténtico esperpento, imágenes nada dignas de un país como España que presume de pertenecer al primer mundo. Voluntarios escoba casera al hombro, deambulando por las calles embarradas, mirando a las cámaras con desconcierto, unos en una dirección y los otros en la contraria. De vez en cuando algún grupo de ciudadanos voluntariosos moviendo el barro de un lado a otro, pero no sacándolo de allí para dejar las vías transitables. Los coches amontonados en las calles, ni una excavadora, ni una grúa, ni una pala mecánica, ni una bomba de achique, ni un miembro de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, ni un militar, nada de nada, sólo buena voluntad de los afectados y ninguna dirección institucional.

Habrá que preguntarse qué sucedió para que las ayudas empezaran a llegar tan tarde. Posiblemente una de las causas fuera el mal funcionamiento de los protocolos de coordinación entre las distintas administraciones, o porque están mal definidos o porque la incompetencia de los políticos los paralizó o por las dos cosas a la vez En las situaciones complicadas, y ésta lo fue y mucho, lo primero que se precisa es tener muy claro quién tiene el mando, porque si no los voluntarios no sabrán qué tienen que hacer, y no sólo correrán el riesgo de ser inútiles, sino que además estorbarán.

Desde que se creó la UME aplaudí la idea. Pero la colaboración de la UME hay que cuantificarla y solicitarla. Son las autonomías, como primeras responsables de hacer frente a las catástrofes, las que deben medir los recursos necesarios y poner la cifra en conocimiento del gobierno central, lo que en ningún caso disculpa la pasividad de éste. Pero se actuó con una lentitud inexplicable, no se sabe si por remilgos a la hora de pedir ayuda o por desconocimiento de la situación o porque el Estado en su conjunto se quedó paralizado. Pero sea por H o por B, resultó un espectáculo muy difícil de entender por la ciudadanía.

Declaraciones como las de Feijóo el otro día, pidiendo en plena tragedia responsabilidades al gobierno de Sánchez, son inaceptables, impropias de un líder que pretende gobernar. La cara de su compañero de partido, el presidente de la Comunidad de Valencia, era el vivo reflejo del desconcierto. Debía de estar dándose cuenta de que las palabras de su jefe eran totalmente inapropiadas para el momento tan complicado que se estaba viviendo. Se notaba además que Manzón estaba aturdido, porque la envergadura de la situación lo sobrepasaba. 

Después ha venido un carrusel de declaraciones exculpatorias inadmisibles, contradicciones entre lo que se dijo y lo que se dice, mentiras sobre la responsabilidad de las alarmas, acusaciones a la UME de no actuar con prontitud, tirar chinas al de enfrente en vez de establecer entre todos juntos un plan viable para paliar en la medida de lo posible la catastrófica situación de una población sumida en la indignación, cuya máxima expresión se alcanzó con la violencia ejercida contra las autoridades, que aunque manejada por extremistas de la ultraderecha, mostraba con claridad el caldo de cultivo que se había formado.

Los colectivos humanos sin dirección, y en este caso no la había, no sólo son incapaces de resolver los asuntos de gestión complicada, sino que además su desorientación aumenta la ineficacia del esfuerzo. Y eso fue exactamente lo que sucedió en Valencia al principio, muchos voluntarios aficionados con ganas de ayudar, pero sin saber qué hacer, y ninguna cabeza rectora dando instrucciones claras.

Ahora el jefe de la oposición le solicita al gobierno central que tome las riendas de la situación, petición que deja en muy mal lugar a su compañero de filas, el presidente de la comunidad. Se le ha contestado que no, que en un estado de corte federal hay que cogobernar, cada uno en su nivel de responsabilidad. Lo demás es marear la perdiz y no entender el mandato constitucional.

Espero que de este desconcierto nacional se saquen conclusiones. Habrá que pedir responsabilidades a los ineptos, pero sobre todo será preciso poner en marcha un auténtico plan de emergencias que no deje hilos sueltos y que defina con claridad quien está al mando. Porque sin cadenas de mando bien estructuradas nada funciona.

31 de octubre de 2024

Recuerdos olvidados 27. La primera Guijarrada

 

En junio de 2005, poco después de morir mi madre, me llamó la asistenta que entonces teníamos en Catellote, una mujer que llevaba muchos años, puede que más de treinta, encargándose de la limpieza y los cuidados de nuestra casa. Quería informarme de que acababa de encargar un funeral en la parroquia del pueblo, iniciativa que me dejó sorprendido, pero que naturalmente le agradecí. Hablé con mis hermanos y decidimos que nos trasladaríamos todos al pueblo para asistir a la ceremonia religiosa, que por cierto a ninguno de nosotros se nos había ocurrido. Se habían celebrado unas exequias en Madrid y supongo que todos consideramos que con esto habíamos cumplido con el protocolo al uso.

No recuerdo exactamente cuantos fuimos, pero sí que estábamos los cuatro hermanos y nuestras mujeres. Tampoco se me ha olvidado que también asistió la que había sido cuidadora de mi madre durante los últimos años de su vida, Ana Rosa, una ecuatoriana que vino a España arrastrada por la ola migratoria de su país a principios del siglo XXI.

Como es lógico, después del acto religioso nos reunimos a comer en casa, en una mesa de comedor, la de la sala que conocemos por cocina aragonesa, lo que me hace pensar que no debíamos de ser más de 12 personas. Esa mesa, aun con un tablero adicional, no admite más comensales.

No sé de quien surgió la idea, puede que partiera como iniciativa colectiva, pero lo cierto es que en aquella comida se propuso que a partir de entonces nos reuniéramos todos los miembros de la familia en Castellote, una vez al año. No fijamos fecha, ni siquiera se le dio el nombre con el que ahora conocemos estos encuentros, el de Guijarrada.

Desde entonces, teniendo en cuenta que consideramos aquella estancia en el pueblo de nuestras raíces como primera Guijarrada, no hemos dejado de celebrarlas ni un solo año. Incluso en 2020, el año del Covid, no la cancelamos, aunque en esta ocasión no viajáramos a Castellote por razones obvias y organizáramos nuestra ya tradicional reunión familiar en Madrid.

Cuando escribo esto acabamos de celebrar la vigésima, una cifra que pone de manifiesto que la repetición y la constancia se han convertido en tradición. Además, como se trata de algo que en este momento compartimos ya tres generaciones de descendientes de mis padres, supongo que perdurará en el tiempo, o al menos prefiero pensarlo así.

Es curioso observar como la palabra Guijarrada ya se conoce en el pueblo como la reunión que celebra nuestra familia allí, todos los años. Por eso, hasta está en el repertorio de jotas locales, de momento sin nombre, aunque es fácil imaginar cómo se la terminará llamando. La letra dice así:

*Una fiesta señalada,

*En octubre en Castellote.

*Una fiesta señalada.

*Porque en la calle La Fuente

*Celebran la Guijarrada.

*Una fiesta señalada,

*En Octubre en Castellote.

Lo dicho, hay iniciativas que se convierten en costumbre y terminan en tradición. La Guijarrada es una de ellas.

27 de octubre de 2024

Inestabilidad política versus oposición rancia

En más de una ocasión, algunas personas de mi círculo de amistades me han dado a entender que en mis artículos de carácter político se me ve mucho el plumero de mis preferencias y, en consecuencia, me recomiendan que sea más imparcial en mis apreciaciones. Como procuro que los consejos bienintencionados no caigan en saco roto, estas opiniones me han hecho meditar y me han llevado a analizar mi comportamiento al respecto.

Como consecuencia de este análisis, diré en primer lugar que soy totalmente consciente de que mi mentalidad progresista y mi adscripción a las ideas socialdemócratas inclinan mi balanza ideológica hacia los gobiernos de izquierdas. Por tanto, a nadie debería extrañarle que defienda aquello que me parece mejor para la sociedad en la que vivo. Si a esta consideración le añadimos que la alternativa que se me ofrece es una derecha rancia y apolillada, que camina de la mano de una ultraderecha antisistema con nostalgia de tiempos pasados, es inevitable que se me noten las preferencias.

Es cierto que el PSOE gobierna en coalición con una izquierda radical, que por cierto no es del todo de mi gusto. Siempre he preferido la moderación y he considerado contraproducentes los gestos inútiles, las florituras dialécticas, el populismo y la demagogia. Soy un defensor del pragmatismo y, como decía don Miguel de Unamuno, prefiero la gota que orada a la convulsión volcánica. Siempre he creído que las reformas deben hacerse con mucha cautela y prudencia, porque con frecuencia las precipitaciones retardan los avances. Nunca se debe perder de vista que la política no es otra cosa que el enfrentamiento entre intereses de distinto signo, por lo que los ataques radicales de un lado provocarán inevitablemente los contrataques virulentos del otro.  

Sin embargo, esta alianza progresista es en este momento absolutamente imprescindible para que el gobierno actual pueda gobernar, dada la aritmética parlamentaria que nos dejaron las últimas elecciones. Por tanto, como si no se gobierna no se pueden hacer reformas, admito el pacto como necesario, sobre todo cuando se ha podido comprobar que, salvo matices, en las propuestas que saca adelante el gobierno prevalecen las líneas programáticas socialistas.

Tampoco me gusta que sean necesarios los apoyos de ciertos partidos independentistas. Pero como estoy convencido de que las concesiones que el gobierno hace no traicionan mis convicciones porque son más de forma que de fondo, no me duelen prendas cuando los votos de estos partidos ayudan a sacar adelante las iniciativas socialistas. Es más, estoy convencido de que, gracias a esta nueva manera de hacer las cosas, la tensión separatista se ha reducido en Cataluña de manera muy significativa, como creo que el nacionalismo que representa Bildu, aquel que antes miraba hacia otro lado cuando ETA asesinaba, ahora se mueve por los senderos de la legalidad parlamentaria, lo que no significa que haya abandonado sus pretensiones soberanistas.

Siempre he apoyado al PSOE, al de Felipe González en su momento y al de Pedro Sánchez ahora, porque con independencia de las personas que estén al frente es el único partido que en mi opinión defiende las ideas socialdemócratas que son de mi gusto. Si a ello le unimos, como ya he confesado antes, que la alternativa que observo es un frente ultraconservador que amenaza con revertir las mejoras sociales y frenar el avance del progreso, a mí no me caben dudas a la hora de elegir opción, lo que inevitablemente se trasluce en mis opiniones en este blog.

Por tanto, como lo que aquí escribo es producto de mis reflexiones y de mis convencimientos, seguiré en la línea que me dicta la conciencia, lo que no significa que vaya a olvidar los errores que cometa el gobierno actual y que los ponga de manifiesto aquí. Seguiré huyendo como siempre he hecho de las certezas absolutas, porque me muevo con mayor comodidad en el mar de las dudas y del escepticismo.

23 de octubre de 2024

Gastar pólvora en salvas o la mala educación

 

Tomo el título de este artículo de un viejo proverbio español, el que aconseja no gastar pólvora en salvas. Naturalmente utilizo aquí la expresión en sentido figurado, porque a lo que voy a referirme es a las manifestaciones políticas histriónicas y teatrales en el ámbito de la política. Defecto éste, por cierto, muy extendido en los dos lados del espectro, tanto en el izquierdo como en el derecho, aunque lo cierto es que cuanto más se acerca uno a cualquiera de los extremos se incrementa el efecto.

Tengo la sensación de que cuando se acude a la afectación dialéctica a la hora de enviar mensajes políticos, es porque quienes así se comportan no tienen demasiada seguridad en lo que defienden y se sienten inclinados a acudir a una ridícula teatralidad para sentirse más seguros de que su contenido cale en la audiencia. Asaltar los cielos, como en su momento decían algunos, o salvar a España de sus enemigos, como ahora pregonan otros, son alaracas inútiles que en los únicos que puede hacer efecto es en sus adictos más convencidos, nunca en la mayoría de los que los oyen, que ante la exageración y la desmesura hacen oídos sordos.

Ahora ha aparecido una variante del histrionismo político, la de la mala educación. Políticos mal educados ha habido siempre, pero tengo la sensación de que ahora estamos asistiendo a un festival de despropósitos, en el que son muchos los que pujan por conseguir el puesto más alto en el podio. Ni un presidente de gobierno ni un jefe de la oposición ni un ministro ni una presidenta de comunidad pueden permitirse el desahogo de insultar al contrincante. Es verdad que la actividad parlamentaria para que sea útil debe ser dinámica, incisiva y si se me apura lacerante. Pero sin acudir a la descalificación personal ni a la injuria barriobajera, sino al oportuno ingenio en el uso de la palabra.

Se gasta mucha pólvora en salvas. Pero lo que es peor, una pólvora que huele mal, que contamina el ambiente, que ensordece los oídos. Porque al final, detrás de cada exabrupto y de cada denuesto no hay nada. Mucho ruido y pocas nueces, demasiados aspavientos y muy poco contenido. Nuestra sociedad, que se esfuerza por alcanzar día a día mejores cotas de bienestar, observa tanta mala educación con el escepticismo propio de quien sabe que no son más que palabras huecas y malsonantes, y que ningún contenido práctico se esconde detrás. Algunos, los que creen estar convencidos de que están en posesión de la verdad, no sólo aplauden el esperpéntico espectáculo, sino que además se suman a él a través de las redes sociales, un instrumento que han encontrado para dar rienda suelta a sus frustraciones sin correr demasiados riesgos, convirtiéndose en meras catapultas de los insultos de otros. Pero la inmensa mayoría de los ciudadanos empieza a estar harto de esta situación y a pensar que lo mismo da ocho que ochenta.

A propósito, corruptos ha habido siempre y siempre los habrá, porque la propensión a la corrupción forma parte de la condición humana. Lo que hay que exigirles a los políticos es que no los amparen, que los denuncien y que los pongan en la palestra. Porque si no lo hacen, se convertirán automáticamente en sospechosos de complicidad, en víctimas de su propia torpeza. Pero lamentablemente son pocos los que lo hacen, dando lugar a que los escándalos estallen y se conviertan en el late motiv de la política, cuando debería ser asunto de la judicatura. Pero puestos a gastar pólvora en salvas, algunos piensan que en estos casos leña al momo.

Menos mal que no todos los días me levanto tan pesimista. Mañana será otro día.

19 de octubre de 2024

Los militares de la democracia

 

Me decía hace unos días un buen amigo, lector habitual de estas páginas, que le preocupaba que toda esta agitación política que los ciudadanos estamos soportando, provocada por unos y por otros, pudiera llamar al alboroto en los cuarteles. Le contesté que en mis preocupaciones no entraba una cosa así, porque creo conocer bien el estamento y no me parece que exista ninguna posibilidad. Es verdad que la mentalidad de algunos militares es conservadora o muy conservadora, pero si hay un colectivo del Estado que haya sufrido una enorme transformación desde el inicio de la democracia hasta hoy es precisamente el militar. Esas cartas que circulan de vez en vez con berrinches malhumorados están firmadas por “viejas glorias” ya retiradas. No son más que pataletas.

Los militares constituyen en la actualidad una de las carreras más valoradas de nuestra sociedad. La nota de corte para entrar en las Academia Militar, en la Escuela Naval o en la Academia del Aire es la más alta de las exigidas en cualquier centro universitario de España. Además, ahora los militares salen de sus centros educativos con las dos estrellas de teniente o con la barra de alférez de navío en las hombreras y un título de ingeniería en el bolsillo. Estamos hablando, por tanto, de ciudadanos con un alto nivel de formación y con un gran conocimiento del mundo que les rodea.

Por otro lado, su capacidad profesional, sometida a continua revalidación por el exigente sistema de ascensos vigente, está obligada a mantenerse al día, posiblemente en un grado bastante mayor que en muchas otras profesiones. Su entorno de trabajo los obliga a dominar un alto nivel de conocimientos técnicos debido a la evolución de los complejos sistemas de armas y de comunicaciones que utilizan.

Por si todo lo anterior no fuera suficiente para concluir que estamos muy lejos de aquellos militares con fama de aburrirse en sus cuarteles, porque no tenían demasiadas cosas que hacer y se entretenían en conspiraciones cuarteleras, no se debe olvidar que ahora forman parte de unas alianzas globales que propician el contacto frecuente con sus colegas de otros países, todos ellos democráticos, donde los ruidos de sables no tienen cabida.

Decía arriba que el colectivo militar ha sufrido una enorme transformación. Ojalá otros sectores profesionales hubiera evolucionado al mismo ritmo que lo han hecho las Fuerzas Armadas y alcanzado unas cotas de democratización semejantes a las de los militares. La transformación del colectivo castrense se inició nada más acabar la dictadura, cuando aún en su cúpula figuraban militares franquistas, muchos de los cuales no veían con buenos ojos el advenimiento de la democracia. Sin embargo, poco a poco, sin grandes aspavientos y gracias a una paulatina transformación de los planes de estudios, la cosa fue cambiando, hasta el punto de que hoy podemos decir que contamos con unos ejércitos profesionales totalmente adaptados a nuestros tiempos, disciplinados y a las órdenes del gobierno de turno.

Ahora, cuando algunos políticos vocean sus frustraciones por las esquinas, me he acordado de una frase que me dijo hace un tiempo un general amigo mío: los socialistas serán lo que sean, pero saben mandar mejor que los otros.

15 de octubre de 2024

Los nostálgicos del terrorismo de ETA

Estoy convencido de que una de las razones por la que los españoles nos podemos sentir orgullosos de serlo es por la forma con la que el Estado supo en su momento acabar con la lacra asesina de ETA. No cundió el pánico, se fue poco a poco cercando a la banda, las pocas negociaciones que hubo se manejaron con discreción, nunca se tomaron medidas contraproducentes en el duro y prolongado combate y, por si lo anterior no fuera suficiente, además se la derrotó sin concesiones. El GAL, por si alguien cae en la tentación de mencionarlo, sólo fue una lamentable, torpe y estúpida gota de agua en un océano de aciertos.

La derecha de este país ha intentado desde siempre utilizar aquella lucha como arma política contra sus adversarios. Las acusaciones a lo largo del tiempo han sido de diverso calibre, unas veces culpando a los gobiernos socialistas de débiles y otras intentando soliviantar a una sociedad que estaba consternada y en algunos casos atemorizada. Afortunadamente, a pesar de las palabras y de los gestos, el PP nunca llegó a sacar del todo los pies del plato de la continuidad en la estrategia establecida, de manera que al final, gracias a unos y a otros, ETA anunció que abandonaba la lucha armada, lo que sucedió, conviene recordarlo, cuando gobernaba el PSOE, hace ya 12 años, bajo la presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero.

Cuando ETA no es más que un triste y doloroso recuerdo del pasado, cuando hace ya tanto tiempo que el nacionalismo radical ha dejado de matar, ciertos líderes del PP sacan ahora a relucir a los asesinados por la banda como bandera de sus aspiraciones políticas. El comportamiento el otro día del señor Tellado en el Congreso, exhibiendo una pancarta con fotografías de socialistas asesinados por los terroristas mientras señalaba con el dedo al gobierno actual para acusarlo de connivencia con sus asesinos, es miserable, completamente impropio en una democracia europea. Un acto, no sólo miserable, sino también esperpéntico, una actitud que demuestra la calaña de su protagonista y que pone de manifiesto el odio y la frustración que lo deben de embargar.

Acabo de leer que Isabel Díaz Ayuso, la presidenta de La Comunidad de Madrid, ha manifestado que ETA está ahora más fuerte que nunca, a lo que el escritor Juan José Millás ha contestado que, como ETA ya no existe, debe de ser la expresión de un deseo repleto de nostalgia. Yo añadiría, también la evidencia de la incapacidad de utilizar la inteligencia en la política, el reflejo de la desesperación que deben de sentir aquellos a los que se les acaban los razonamientos.

Yo no voy a entra hoy aquí en el complicado análisis de las conmutaciones de pena, en el origen de esta ridícula avalancha de críticas de la oposición. Sólo diré que a mí cualquier medida que rebaje la tensión social y que tienda a la normalización de la convivencia entre los españoles me parece acertada, porque de revanchas, de venganzas y de heridas mal cerradas está la Historia llena, y nunca para demostrar que ese sea el camino acertado. Sólo los fuertes, y el estado español ha demostrarlo serlo en la lucha contra ETA, se pueden permitir la benevolencia. Por el contrario, los débiles de espíritu mantendrán las espadas alzadas cuando el enemigo se haya rendido y los miserables seguirán utilizando a los muertos para descalificar al adversario.


10 de octubre de 2024

Vigésima Guijarrada y la creación de la Orden del Cachirulo Miravete

Acabamos de celebrar en Castellote nuestra vigésima Guijarrada, la reunión familiar que celebramos todos los años los cuatro hermanos Luis, Manolo, Javier y Carlos Guijarro Miravete, nuestras mujeres y nuestros descendientes, un encuentro que este año ha congregado a 36 personas, todos los que en la actualidad componemos la familia, sin excepción.

Como en las Guijarradas anteriores, hemos seguido un programa previamente establecido por la Comisión Gestora (formada por cuatro personas y en la que están representadas las tres generaciones actuales), parte del cual se mantuvo en secreto hasta última hora para aumentar la expectación. 

Antes de entrar en detalles, me gustaría señalar que, como sucede cada vez que nos reunimos, la colaboración de uno y cada uno de los participantes ha sido plena, con una tendencia creciente hacia el relevo generacional, algo que los mayores agradecemos cada vez más. Los “servicios” de tesorería e intervención, de abastecimiento, de cocina, de mantenimiento, de tramoya y de limpieza han funcionado como un reloj, lo que pone de manifiesto que el espíritu de solidaridad con el que se crearon estos encuentros ha arraigado en la conciencia de todos.

Este año hemos contado con una cena de inauguración (viernes 4 de octubre), con una excursión en 4X4 a las ruinas del monasterio benedictino conocido como Desierto de Calanda (sábado por la mañana), con una suculenta paella de artístico diseño (comida del sábado), con un recital de jotas -entre ellas una dedicada a la Guijarrada- y, a continuación, con la presentación de la Orden del Cachirulo Miravete (tarde del sábado). Por último, también el sábado y como cena de despedida, con una barbacoa de chuletas de cordero y de morcillas burgalesas. Todo esto sin citar los correspondientes aperitivos, repartidos estratégicamente para no dar descanso al cuerpo.

Quisiera resaltar la creación de la Orden del Cachirulo Miravete, de la que he sido nombrado inmerecidamente Gran Maestre por aclamación, por supuesto después de que yo lo propusiera, no fuera a adelantárseme otro. Pertenecemos a ella todos los que asistimos a las Guijarradas, tengamos o no el apellido Miravete, porque, como se dijo en la presentación, no es el nombre quien otorga el derecho a la pertenencia, sino el espíritu que contagia a los que frecuentan la casa Miravete. 

En el acto inaugural se entregaron a todos, desde el mayor al más pequeño, los certificados acreditativos de Dama o Caballero, así como el correspondiente distintivo -un cachirulo turolense con el escudo familiar bordado en una de sus esquinas-, pronunciándose en cada entrega las palabras del ritual establecido, “para que luzcas más chulo, yo te entrego el cachirulo”, seguido del coro general que entonaba en cada entrega el “alirongo, alirongo, alirongo, el cachirulo me lo quito y me lo pongo”. Todo muy serio, como puede observarse.

Como dicen que una imagen vale más que mil palabras, dejo en este artículo varios testimonios gráficos que reflejan, mucho mejor que mis torpes palabras, la importancia de esta vigésima Guijarrada.

Ahora a preparar la vigésimo primera.




 

7 de octubre de 2024

Recuerdos olvidados 26. Veraneos en la Costa Brava

 

Quien me conoce sabe que siento un especial cariño por las tierras catalanas, por su cultura y por sus gentes. No tengo ninguna duda de que este afecto tan arraigado en mi conciencia procede de los cuatro años que viví en Cataluña, dos en Gerona y dos en Barcelona, a una edad -entre los nueve y los trece años- cuando la mente absorbe hasta la más mínima sensación que proceda del exterior, como lo hacen con el agua las esponjas secas cuando se las sumerge en ella.

A principio de los 80, cuando todavía no había cumplido cuarenta años, mi mujer y yo decidimos alquilar un chalé en un pueblo de la Costa Brava del que hasta entonces no habíamos oído hablar, Calonge, y más concretamente en una urbanización, La Pineda, próxima a la playa de Sant Antoni. Habíamos encontrado un anuncio en el periódico, que nos remitió a una agencia local. La “torre” era propiedad de unos franceses, que sólo la alquilaban en el mes de Julio, nuestro habitual mes de vacaciones. Estaba completamente amueblada, disponía de cuatro dormitorios y dos cuartos de baño y contaba con una maravillosa terraza y con un gran jardín con piscina. La urbanización era pequeña, con tan sólo una docena de viviendas, casi todas propiedad de barceloneses que disfrutaban de ellas como segundas viviendas.

Allí pasamos el mes de julio de 1981, el año del 23 F. Nos gustó tanto la experiencia que la repetimos durante los siguientes seis años. Hasta que al cabo de ese tiempo decidimos comprarnos un apartamento muy lejos de allí, en Chiclana de la Frontera. Según nuestros amigos catalanes, en septiembre la tramontana empieza a soplar y las temperaturas a bajar. Una cosa era pasar un mes de vacaciones en pleno verano y otra comprar allí una segunda vivienda para utilizarla durante todo el año, como era nuestra intención.

Aquellos años constituyen una etapa en nuestras vidas y en las de nuestros hijos inolvidable. Suponía un cambio de ambiente tan grande, que resultaba enriquecedor. Por supuesto que ya existían algunos tufillos de separatismo, pero jamás nos vimos en ninguna situación desagradable, porque los que nos rodeaban nos acogieron, no sólo con respeto, sino también con cariño. Hicimos grandes amigos, algunos ya desaparecidos, amistades que hemos conservado a lo largo del tiempo. Dicen de los catalanes que no es fácil ganarse su amistad, pero que cuando ésta se establece es ya para siempre. Quizá sea un tópico, pero yo puedo dar fe de que en nuestro caso así es.

Volver allí durante siete años consecutivos nos permitió ahondar en el conocimiento que yo ya tenía de la provincia de Gerona. Muchos días organizábamos excursiones a los pueblos de la costa o a las comarcas del interior, excursiones de todo un día gracias a las cuales llegamos a conocer con bastante detalle la geografía gerundense, incluida su capital, la ciudad del Ter y del Oñar. Para mí recuperar unos parajes que había conocido treinta años antes me producía un placer inigualable, acrecentado por la oportunidad de podérselo explicar a mis hijos.

La comarca del Pla de l´Estany, con su capital Bañolas y su conocido lago, no podía faltar en nuestros recorridos, como tampoco el que fue mi colegio durante un curso entero cuando tenía diez años, el entonces internado de Santa María del Collell, un lugar en mi caso cargado de recuerdos, de los que ya se ha deslizado alguno en estas páginas. Aquellos veraneos, no sólo fueron tiempos de vacaciones con playa incluida, también para mí de regreso al pasado. Pero sobre todo de acrecentar mi querencia hacia unas tierras que nunca me cansaré de visitar.

2 de octubre de 2024

El infantilismo de cierta izquierda

 

Que la presidenta electa de Méjico no haya invitado a Felipe IV a su toma de posesión, justificando su decisión en que el rey todavía no ha pedido perdón a su país por las barbaridades que cometieron los españoles durante la conquista de la Nueva España -hace nada más y nada menos que quinientos años-, me ha parecido una decisión, además de esperpéntica, populista y demagoga, también de un subido infantilismo. No sé qué pretende con este gesto, aunque supongo que ganarse el fervor de los ignorantes, porque “habelos, haylos” en todas partes.

Es curioso observar cómo, durante siglos, los países que pertenecieron al Imperio Español han estado dirigidos por unas élites constituidas en su mayoría por descendientes directos de los españoles que intervinieron en la conquista y se quedaron allí. Incluso los llamado libertadores y los gobiernos que los sucedieron pertenecen a esa categoría. Que ahora, esas mismas élites nos pidan cuentas a los que posiblemente no tengamos ningún ascendiente que haya pisado aquellas tierras, resulta cuanto menos ridículo. Que se lo pidan a sus antepasados y no a nosotros, porque pedírselo al jefe de estado de un país es pedírselo a sus ciudadanos.

Hay una cierta izquierda repartida por el mundo -también aquí entre nosotros- que, en vez de dedicarse a resolver los problemas que sufren los ciudadanos más desfavorecido, pierden el tiempo en florituras inútiles, en lavar mediante propuestas o declaraciones llamativas la cara de su incapacidad política. En Méjico existen múltiples problemas que su nueva presidenta debe combatir con arrojo y valentía, en vez de crear inútiles conflictos diplomáticos con España, enfrentamientos que ninguno de sus antecesores había planteado antes. Debe combatir una desigualdad insultante, luchar contra el narcotráfico, acabar con un machismo galopante, procurar elevar el bajo índice de renta per cápita de su país (11.496,52 dólares, la tercera parte de la española), atajar la creciente huida de sus ciudadanos hacia los Estados Unidos, denunciar el trato que sus vecinos del norte aplican a los mejicanos que llegan hasta allí y, en definitiva, ordenar su casa en vez de pedir explicaciones en otra.

Es curioso observar como aquí, donde tampoco nos libramos del ingenuo infantilismo político de cierta izquierda, algunos se alinean con la nueva mandataria mejicana, no se sabe si porque sus conciencias les reclaman pedir perdón o porque de esa forma aprovechan para atacar la figura del rey. En cualquier caso, una actitud inútil, que en nada favorece ni a los mejicanos ni a los españoles.

Yo estoy de acuerdo con la decisión del gobierno español de no enviar ningún representante a la toma de posesión de doña Claudia Sheinbaum. Si usted, señora presidenta, no entiende que un desplante a un jefe de estado constitucional es menospreciar a los ciudadanos del país que representa, debería empezar a tomar clases de diplomacia, porque se trata de una materia que se imparte en el primer curso de la carrera. Si no, se va a llevar algún que otro disgusto a lo largo de su mandato, lo que por cierto no le deseo en absoluto.

28 de septiembre de 2024

Recuerdos olvidados 25. El complicado examen de acceso a cabo

En 1968, cuando hice el servicio militar, una vez acabado el campamento de instrucción (CIR nº 2, en Alcalá de Henares), a mi hermano Manolo y a mí nos destinaron a una unidad entonces acuartelada en El Goloso y que las distintas reorganizaciones del Ejercito han terminando suprimiendo. En realidad, como ya he contado en alguna otra ocasión, este destino lo habíamos elegido nosotros, acogiéndonos a la normativa entonces vigente, que nos lo permitía por ser hijos de militar. 

Pero vayamos a lo que íbamos. El capitán de la  nueva compañía, que sabía perfectamente que nuestro padre era un compañero suyo de más alta graduación (entonces teniente coronel), nos informó de que por nuestra condición de universitarios habíamos sido elegidos para hacer el curso de cabos. Pero añadió que, cuando llegara el momento del examen nos convendría suspender, porque era mucho más difícil conceder permisos por estudios a un cabo que a un soldado, advirtiéndonos de que, como el examen lo corregían tenientes jóvenes recién salidos de la Academia Militar y por tanto con el espíritu castrense muy a flor de piel, nos anduviéramos con mucho cuidado a la hora de elegir los errores, porque podrían mosquear a los examinadores.

Creo que nunca me había encontrado hasta entonces con una dificultad tan grande, la de hacer un examen mal sin que se notara la intención de suspender. Como no teníamos ni idea de cuáles serían las preguntas, no había forma de prepararse debidamente. Por tanto, decidimos que improvisaríamos sobre la marcha.

A mí, entre otras cosas, me tocó escribir el artículo quinto del cabo, que empezaba algo así como “El cabo, como inmediato superior del soldado, se hará querer y respetar, no le disimulará las faltas, …”. Los puntos suspensivos son los que puse en la hoja del examen, dando a entender que no me lo sabía completo, evidentemente un error imperdonable en un aspirante a cabo. No recuerdo ahora cuales, pero sí que a lo largo del ejercicio fui deslizado algunas otras equivocaciones, procurando que no se notara la malévola intención de suspender.

Mi hermano, ante la pregunta de cuál es la diferencia entre prendas mayores y prendas menores, contestó que las primeras eran las que servían para varios soldados, como por ejemplo la tienda de campaña, y las segundas las de uso individual, verbi y gracia las botas y la ropa interior, cuando en realidad la contestación correcta hubiera sido que las mayores pasan de reemplazo a reemplazo, como el correaje o el casco, y las segundas se sustituyen en cada quinta, como el capote. Creo que la osadía de Manolo estuvo a punto de dejarlo sin permisos durante toda la “mili”.

Lo cierto es que los dos suspendimos, que los dos recibimos un guiño cómplice de nuestro capitán y que a los dos los tenientes nos miraban con un cierto aire de “si de mí dependiera, os ibais a enterar”. Pero gracias a aquella pirueta, pudimos gozar los dos de permisos casi indefinidos y continuar con nuestros estudios.

22 de septiembre de 2024

Recuerdos olvidados 24. El descubrimiento de los hoteles

Para un niño de ocho años cualquier acontecimiento que lo saque de su rutina supone una auténtica efemérides. Por eso, a mí no se me ha olvidado, a pesar del tiempo transcurrido desde entonces, la primera vez que me alojé en un hotel. Creo que fue en 1950. Vivíamos en Tetuán, entonces la capital del protectorado español de Marruecos, y nos dirigíamos a Madrid para desde allí trasladarnos a Sigüenza a pasar los tres meses de verano. Habíamos cruzado el Estrecho en barco y la primera noche nos alojamos en un hotel de Algeciras, porque al día siguiente cogeríamos un tren hasta la capital de España.

Si no me falla la memoria el hotel se llamaba María Cristina. Estaba situado en las afueras de la ciudad, rodeado de un gran parque. Cuando entramos, todo aquello me pareció extraordinario, lo que nada tiene de particular porque era la primera vez en mi vida que pisaba el vestíbulo de un hotel o, al menos, la primera vez que era consciente de ello. No puedo recordar detalles, pero sí que aquel episodio se me quedó grabado en la mente como si se tratara de un hecho memorable, como si constituyera un hito a partir del cual se iniciaba una nueva etapa en mi existencia, en la que empezaría a conocer la enigmática vida de los adultos.

Un año más tarde, con nueve años, de paso hacia el nuevo destino de mi padre, esta vez en Gerona, nos alojamos en el hotel Capitol de Madrid. De éste sí mantengo algunos recuerdos, aunque evidentemente difuminados por el paso del tiempo. Uno de ellos, que me dejó impresionado, eran los botones e interruptores situados junto a la cabecera de la cama, uno de ellos para abrir la puerta de la habitación cuando la camarera llamara para llevarnos el desayuno. Ese descubrimiento, el de los mandos a distancia, todavía no inalámbricos, me pareció algo increíble, casi como si se tratara de un prodigio de los que veía en las películas de ciencia ficción.

Otro de mis descubrimientos en aquella ocasión fue el de la mantequilla en forma de pequeñas caracolas que nos servían en el desayuno. A mí aquello me pareció un refinamiento al que no estaba acostumbrado. Conocía la mantequilla, claro, pero en bloques. Nunca me hubiera podido imaginar que alguien se tomara la molestia de darle aquella sinuosa y al mismo tiempo elegante forma.

Pero el colmo de las sorpresas de aquella breve estancia en Madrid fue cuando mi padre apareció con dos entradas de cine en la mano, me las entregó como si fuera la antorcha del relevo generacional y me dijo que eran para que me fuera con mi hermano Manolo esa tarde a ver una película en el cine Capitol, situado en los bajos del mismo edificio del hotel, en plena Gran Vía. Aquello me causó la impresión de que ya había superado definitivamente la niñez y entraba en la edad adulta. Esa sensación se me quedó grabada de tal forma, que luego, a lo largo de la vida, me he acordado de ella en muchas ocasiones.

Las estancias en hoteles siempre me han resultado muy atractivas. Para mí no significan sólo un lugar para  pasar la noche, sino sobre todo la oportunidad de disfrutar de un ambiente muy distinto al habitual. Con el tiempo, además, me he vuelto muy exigente con sus prestaciones -lo que evidentemente se debe al paso y sobre todo al peso de los años-, exigencia que me obliga a un concienzudo análisis previo de sus características. Nunca me alojo en un hotel sin conocer perfectamente qué me voy a encontrar. Lo que no significa que en más de una ocasión me haya equivocado.

Es evidente que no hay efecto sin causa, aunque a veces no se conozca ésta. Si es así, la causa de mi atracción por los hoteles se debe a aquella estancia de hace tantos años en el hotel María Cristina de Algeciras.


18 de septiembre de 2024

Es que no paran


Dicen que los perros de caza cuando muerden no sueltan su presa porque el instinto se lo impide. Salvando las distancias, y dicho sea el símil anterior con absoluto respeto a las personas, los actuales líderes de la derecha de este país cuando encuentran cualquier pretexto real o inventado, venga o no a cuento, para atacar a Pedro Sánchez, no sólo no cesan en sus ataques, sino que además se ensañan. Todavía resuenan las críticas al no reconocimiento de Edmundo González como ganador de las elecciones venezolanas hasta que se den a conocer las actas -posición compartida por los miembros de la UE- y ya se han enganchado a la crisis diplomática que se ha abierto como consecuencia de las palabras de Margarita Robles acusando a Maduro de dictador.

Fue curioso observar las contradicciones de los líderes del PP al principio, cuando todavía no debían de haber recibido el argumentario oficial de su partido. Mientras unos acusaban a Sánchez de abrir conflictos estériles e irresponsables, otros aplaudían a la ministra de Defensa, una auténtica contradicción. Todo vale con tal de zaherir, aunque se trate de un delicadísimo asunto diplomático, de un conflicto que el sentido común -por no decir el sentido patriótico que tanto les gusta invocar- aconseja desactivar cuanto antes. Pero es que su estilo no se lo permite. En la guerra como en la guerra.

Aunque estoy de acuerdo sin paliativos con las palabras de Margarita Robles, creo que fueron inoportunas. Las relaciones diplomáticas no admiten intromisiones de un representante del gobierno en el área de Exteriores. Fue una irresponsabilidad, un dejarse llevar por los sentimientos y no por las razones de estado. Lo digo de una ministra, pero también de una oposición que critica las complejas decisiones en política exterior en beneficio de sus intereses electorales, sin tener la suficiente información. O teniéndola, pero importándole un bledo los perjuicios que puedan causar a los intereses de su propio país.

En un artículo que publiqué hace unos días hablaba yo de las convicciones y de los intereses, incluyendo en este último concepto los colectivos, no los particulares. Pues bien, creo que estamos ante un claro ejemplo de lo que entonces decía, que en muchas ocasiones es difícil entender los mecanismos que guían a la diplomacia, porque no se tienen a mano datos suficientes para comprender las causas. Yo tampoco los tengo, pero el sentido común me dicta que en casos como éste hay que andarse con pies de plomo antes de dar un portazo al presidente de un país al que nos unen fuertes lazos sentimentales y económicos.

Pero como no paran, ahora, tras las acusaciones del populista ministro de Interior venezolano en las que  acusa a España de intervenir en un complot contra Maduro, ya han abierto la caja de los truenos, ya han vuelto a sacar los pies del plato pidiendo, nada más y nada menos, que la retirada de nuestro embajador en Venezuela, mientras se quejan de carecer de información porque el gobierno no se la ha suministrado. Vamos a ver, señores del PP: si la acusación es falsa como sostiene el gobierno, de qué les tenían que haber informado; y si hubiera algo de cierto, a quién se le ocurre quejarse porque no se haya informado de una operación que afectaría a la seguridad del Estado. 

Lo dicho, siguiendo con el símil canino, son incapaces de soltar la presa.

14 de septiembre de 2024

Recuerdos olvidados 23. Un día memorable

 

Si es verdad que la vida se divide en tres grandes etapas -formación, desarrollo profesional y retiro o jubilación-, es indudable que los días en los que empieza cada una de ellas constituyen auténticos hitos o jalones en la existencia de las personas. En mi caso, aunque tengo algo olvidadas muchas de las sensaciones que me asaltaron el día que acudí por primera vez a las oficinas de la empresa que luego me acogería durante casi treinta años -IBM-, si puedo recordar algunos detalles, pero sobre todo la fuerte impresión de que acababa de dar un paso importante en mi vida. A partir de ese momento gozaría de absoluta libertad, porque se acababa la dependencia económica con respecto a mis padres y empezaba una ilusionante vida nueva que me producía algo de vértigo.

Recuerdo perfectamente los corrillos de recién ingresados que se habían formado en el hall que antecedía a las dependencias que nos acogerían durante los tres siguientes meses, una etapa previa de reciclaje de nuestra formación universitaria. Todos los que estábamos allí teníamos título universitario y para la mayoría de nosotros era el primer trabajo. Nuestras edades estaban alrededor de los veinticinco, veintiséis o veintisiete años, salvo algún treintañero que procedía de trabajos anteriores. Casi todos habíamos pasado directamente de las aulas universitarias a las del departamento de educación interna de IBM.

Me acerqué a uno de los grupos, me presenté y sentí un gran alivio al comprobar que en todos ellos existían las mismas inquietudes y las mismas ilusiones que a mí me embargaban en aquel momento. Éramos unos novatos, en un ambiente absolutamente desconocido, con el porvenir abierto, aunque alguno se las diera de listillo e intentara darnos lecciones sobre lo que allí nos esperaba. Se habló por supuesto de sueldos, pero sobre todo de informática, algo totalmente desconocido por todos nosotros. Recuerdo que hice un chiste cuando dije que, si yo había sido capaz de aprobar Motores de segundo y Fitopatología de tercero, cómo no iba serlo de aprender a programar un ordenador.

El miedo y la incertidumbre que sentía en aquel momento duraron apenas unas horas, las primeras de aquel día. A medida que los distintos instructores del curso que empezábamos ese día fueron presentándose – todos muy jóvenes-, fui sintiéndome más seguro y optimista. De tal forma que cuando ese día volví a casa, no cabía en mí mismo de satisfacción.

Después, a lo largo de los meses que vinieron a continuación, mi estado de ánimo fue fluctuando entre el optimismo y la inquietud, no porque lo que allí nos enseñaban me resultara difícil, sino por el desconocimiento del verdadero cometido profesional que me aguardaba. Se hablaba mucho de los distintos destinos posibles, Técnico de Sistemas o Técnico de Ventas, los primeros con la misión de asesorar a nuestros clientes en los aspectos operativos de los equipos, los segundo una mezcla de comerciales y relaciones públicas. A mí, con mi título de ingeniero agrónomo, no me entraba en la cabeza otra posibilidad que la primera. Estaba convencido de que para lo segundo no valía.

Pero, aunque esto quizá merezca que lo cuente en otra ocasión con cierto detalle, al final, por decisión de mis instructores, acabé convirtiéndome en Técnico de Ventas, viéndome obligado a vencer mis temores. El hombre propone y Dios dispone, como dice el piadoso refrán.

9 de septiembre de 2024

La matraca de la amnistía

Nota previa: El artículo que viene a continuación está escrito antes de que se celebraran las elecciones autonómicas catalanas y, por consiguiente, antes de que los independentistas perdieran la presidencia del gobierno catalán. No obstante me atrevo a publicarlo hoy por dos razones: la primera, porque lo que digo aquí resulta premonitorio de lo que luego ha sucedido; la segunda, porque mis ideas no sólo no han cambiado desde entonces, sino que se han fortalecido con la llegada de Illa a la presidencia de la Generalitat.


Empezaré confesando que me da mucha pereza dedicarle tiempo a escribir sobre el manido asunto de la Ley de Amnistía. Siempre me ha resultado incómodo, pero ahora que el asunto ha bajado en intensidad desde el punto de vista mediático mucho más. Si el ruido ha disminuido ha sido por dos razones, una, porque los detractores se han dado cuenta de que pinchaban en hueso y han empezado a dirigir sus dardos en otras direcciones; dos, porque los defensores de la propuesta legislativa, conscientes de que es éste un asunto muy difícil de digerir por una parte de la opinión pública, prefieren poner sordina. Pero los irreductibles siguen dando la matraca. Son aquellos que consideran que la iniciativa sólo puede traer desgracias a nuestro país y, como consecuencia, no cesan en gritar su desacuerdo en todas las direcciones de la rosa de los vientos.

A mí la amnistía siempre me ha parecido un asunto muy poco estético, porque sus beneficios abarcarán a políticos como Puigdemont, un personaje que, desde mi punto de vista, políticamente deja mucho que desear. Sin embargo, hecha esta consideración, nunca he visto en la iniciativa del gobierno actual grandes riesgos, mucho menos los que pregonan algunos, la ruptura de España. Todo lo contrario, creo sinceramente que los intentos de suavizar tensiones suelen dar buenos resultados, sobre todo si con ellos se logran acuerdos admisibles por las dos partes, lo que en este caso significaría disminuir la tensión separatista de muchos catalanes, por un lado, y respetar sin prejuicios las singularidades históricas de Cataluña, por el otro.

Respecto a la acusación de donde dije digo, digo Diego, yo no creo que en política no haya que rectificar. Todo lo contrario, estoy convencido de que es un oficio que obliga a cambiar de vez en vez de criterio y a adaptarse a las circunstancias constantemente. Es cierto que el PSOE estaba en contra de la amnistía hace un tiempo y no lo es menos que ahora la defiende. Pero si al juzgar este cambio no se tiene en cuenta que las circunstancias han cambiado por completo, se estará cometiendo un error. En la Cataluña de 2017 había una mayoría de separatistas, y muchos de ellos lo eran como consecuencia de las torpezas cometidas por los gobiernos conservadores. En la de 2024 el panorama ha cambiado por completo. Sigue existiendo por supuesto un catalanismo muy arraigado -que por cierto nunca desaparecerá-, pero mucho menos separatismo del que había entonces, aseveración que respaldan las encuestas de opinión. Si esta realidad social no se reconoce, se corre el riesgo de errar en cualquier juicio político que se haga.

Vamos a ver qué sucede en las próximas elecciones autonómicas, porque puede que haya sorpresas. Junts y ERC, las dos formaciones nacionalistas catalanas más importantes, están enfrentadas como no lo habían estado nunca. Las acusaciones que se cruzan son demasiado llamativas como para que después pueda haber componendas entre las dos formaciones. Pero es que además está el PSC de Illa, que con unos buenos resultados puede cambiar por completo el equilibrio. Los independentistas irredentos seguirán hablando de autodeterminación, porque es la única arma que les queda. Pero, lo más importante no es lo que reclamen esos líderes, sino lo que opine la mayoría de los catalanes que hasta ahora los votaban.

La pregunta que hay que hacer es si el independentismo ha bajado en intensidad porque hubo represión o porque ha cambiado el estilo del gobierno central. Yo tengo mi respuesta. Los demás que contesten a la pregunta como quieran, pero que no se hagan trampas en el solitario. 

4 de septiembre de 2024

En mi pueblo, hasta el cura es inmigrante

 

Este año, como vengo haciendo desde niño, he pasado unos días en Castellote, provincia de Teruel, en el histórico Maestrazgo. Esta frecuencia de visitas me ha permitido observar a lo largo del tiempo la evolución de lo que podría ser un buen ejemplo de ese mundo rural que ahora se conoce con el curioso nombre de la España vaciada. He conocido momentos de esplendor, cuando a principios de los sesenta llegó a contar con 2000 habitantes, y tiempos de pujanza turística, con un buen hotel, varios alojamientos turísticos, siete restaurantes, camping y piscina. Pero ahora estoy siendo testigo de un paulatino y preocupante decaimiento, del cierre de lugares de esparcimiento y de un notable descenso de población, a pesar de que sus todavía setecientos vecinos se afanan todos los días en mantener el pueblo vivo, en conservar una calidad de vida que temen que se les vaya de las manos sin que puedan hacer nada para evitarlo.

Una de las causas de este declive se basa en que los pequeños empresarios se jubilan sin que sus descendientes estén dispuestos a seguir sus pasos, a mantener los negocios de sus padres abiertos. Suelen haber estudiado carreras universitarias, porque la situación económica de la familia lo ha permitido, y prefieren ejercer sus carreras en las grandes o pequeñas ciudades, donde no sólo se les ofrecen mayores oportunidades, sino que además encuentran un estilo de vida más acorde con sus aspiraciones. Renuncian a unos negocios que a sus padres les ha permitido vivir con holgura y eligen emprender una trayectoria distinta.

Bastantes de estos negocios terminan en manos de inmigrantes, muchos de ellos procedentes de la Europa del este. En Castellote no es difícil encontrar a rumanos o a ucranianos al frente de restaurantes, bares, panaderías y supermercados. Menos mal, porque de otra forma esos negocios se hubieran cerrado, ayudando a la despoblación del pueblo. En qué estarán pensando los furibundos enemigos de la inmigración. Pero éste es un asunto muy distinto, que hoy no cabe aquí.

Como digo en el título de hoy, en mi pueblo hasta el cura es inmigrante. En este caso la causa es distinta, porque se trata de la creciente falta de vocaciones entre los españoles, de manera que los obispos se ven en la necesidad de contar con hispanoamericanos para no cerrar sus iglesias. Yo no he oído las prédicas del nuevo párroco, pero me dicen que su acento resulta muy llamativo a los oídos de los creyentes que acuden a sus celebraciones religiosas, acostumbrados al soniquete aragonés de los curas anteriores. No las he oído, pero puedo imaginármelas con facilidad. Eso sí, ahora se oyen todos los días los toques de campanas anunciando la misa de las diez y media, un sonido que durante bastante tiempo había dejado de oírse a diario.

Mucho me temo que sólo estemos asistiendo al inicio de un futuro nada prometedor para el mundo rural. Quizá la inmigración sea nada más que un parche momentáneo, porque a los hijos de los que en estos momentos se están haciendo cargo de los pequeños negocios del pueblo les sucederá lo mismo que a los de sus predecesores. Estudiarán carreras universitarias, emigrarán a las ciudades y dejarán a sus padres solos en la estacada.