19 de febrero de 2020

¿Extrema pobreza o leyenda negra?

Llevado por la curiosidad, he indagado en el contenido de las declaraciones de Philip Alston, -el relator especial de la ONU para la extrema pobreza y los derechos humanos- que se han publicado en los medios de comunicación. Las noticias que me llegaban habían encendido mis alarmas, porque traslucían unas impresiones demoledoras sobre el panorama que el alto funcionario había observado entre nosotros durante su visita oficial a España. De manera que he querido comprobar hasta qué punto lo que se decía en sus informes era cierto o por el contrario exageraciones periodísticas. Y la conclusión que he sacado es que, como me temía, sus impresiones dejan poco resquicio para escurrir el bulto, a no ser que se tenga  alma de cántaro, que ya sabemos que son vasijas que están huecas.

Pero, a pesar de que sus opiniones supongan una crítica perfectamente documentada y absolutamente cierta de la situación de abandono que padecen amplios sectores de nuestra sociedad, tengo la impresión de que aquí, ni en el gobierno ni en la oposición, se esté prestando demasiada atención a sus denuncias. Parece ser que el informe oficial verá la luz en junio de este año y quizá por tanto en ese momento sebremos algo más. Pero mientras tanto, y en base a la información disponible, no quiero dejar de dar mi opinión.

El comentario de Alston que más me ha llamado la atención es aquel en el que asegura que ha visitado lugares que muchos españoles no reconocerían como parte de su país, bolsas de extrema pobreza cuyos moradores se siente totalmente abandonados, sin luz, sin alcantarillado, sin las mínimas condiciones de salubridad que deben exigirse en una sociedad avanzada como la nuestra. Denuncia que, siendo España un país rico, existen barrios pobres en condiciones peores que las que se dan en un campamento de refugiados. Y añade que cuando visitaba España como turista se encontraba con un país rico culturalmente, diverso y próspero, mientras que como relator de la pobreza, y por tanto yendo más allá de lo que se ve a simple vista, ha descubierto un porcentaje inusual de población que vive al límite y tiene dificultades para sobrevivir.

El señor Alston asegura que en España, entre 2007 y 2017, el 1% más rico incrementó su riqueza en un 24%, mientras que el 90% en menos del 2%. Lo que significa que no sólo hay una escandalosa desigualdad, sino que además la brecha entre pobres y ricos se va haciendo cada vez mayor. Además, siempre según Alston, la presión fiscal ha descendido en un 5%, de manera que las políticas llevadas a cabo por el gobierno anterior en materia fiscal han disminuido sensiblemente la capacidad de recaudación para fines sociales.

Ya sé que cuando no se quieren ver las cosas como son ni siquiera un informe como éste, procedente de tan alta instancia y carente por completo de visión partidista, se tiene en cuenta. Las verdades hieren y para algunos cuanto menos se airee esta insultante realidad mejor. Solucionar una situación tan injusta requiere políticas agresivas y serán muchos los que piensen que no está el panorama político español como para tomar medidas que aún tensionen más. Pero la realidad es que este gobierno ha llegado amparado por los que han creído en la promesa de mejorar las condiciones sociales del país y si no aborda decididamente la desigualdad que se ha instalado en nuestra sociedad fracasará por completo.  Perderá credibilidad y como consecuencia parte de los votos que lo sustentan.

14 de febrero de 2020

Chufla, chufla, como no te apartes tú

Me he acordado muchas veces de aquella secuencia de la película de Florián Rey, Nobleza Baturra (1935), que por primera vez vi cuando ni siquiera había cumplido los diez años. Un baturro a lomos de un asno cabalgaba por las vías del tren y, aunque oía los silbidos desesperados del maquinista para que se apartara,  no estaba dispuesto a echarse a un lado. Hasta ahí podíamos llegar, pensaría.

Aquel cuento me recuerda ahora a la tozudez con la que el gobierno actual está afrontando la legislatura. Digo tozudez, para mantener en lo  que voy a exponer a continuación un cierto paralelismo con la anécdota del maño, pero en realidad debería decir tenacidad. Sí, porque no se está arredrando ni un ápice ante los incesantes silbidos que le lanzan los maquinistas de las tres derechas y mira que es difícil mantener la calma en medio de la insistente algarabía que, aunque basada en supuestos no demostrables, resulta más molesta que una mosca cojonera. Y lo peor está por llegar, porque a medida que se avance en la aprobación de las leyes que figuran en su programa, los ataques cada vez serán más fuertes, más virulentos y más mordaces.

En la película que cito arriba, el baturro al final cede y se aparta de las vías. Una cosa es mantener el tipo y otra suicidarse. Yo espero que el gobierno en esto no se parezca al protagonista de nuestro cuento, porque está en la obligación de seguir cabalgando aunque ladren, ya que, como cuenta El cantar del mío Cid, precisamente por eso ladran. Otra cosa es que deba hacerlo con mesura, agilidad de cintura política y sentido de la oportunidad, porque ya se sabe que por la boca muere el pez. O los peces, porque en este caso hay dos bocas. Pero si la prudencia política acompaña a la clara decisión de mejorar las condiciones sociales de los españoles y la calidad democrática del país, el gobierno no tendrá por qué apartarse del camino elegido, chufle quien chufle.

En la oposición hay inquietud, que duda cabe. Digo yo que será porque no les gusta el panorama que se les avecina a corto plazo. Como no está en sus manos evitar que se aprueben leyes de carácter social, porque al fin y al cabo la mayoría de los españoles, sean del color que sean,  las respalda, se dedica a atacar por los flancos de la anécdota cuando no del esperpento. El otro día le oí exclamar a una diputada del PP que la ley de la eutanasia tenía como objetivo ahorrar costes a expensas de la vida de los españoles, mientras se quedaba tan ancha respaldada por los aplausos de la bancada conservadora. ¿Qué anidará en la mente de esta ilustre representante del pueblo español para expresar en sede parlamentaria tamaña majadería? En cuanto a la historia interminable de la caza y captura del ministro Ábalos, lo que la oposición está haciendo deja claro que, al no encontrar por dónde atacar al gobierno con argumentos políticos, lo intentan sin ningún pudor en un asunto que tiene más de rocambolesca maniobra de improvisación ante circunstancias inesperadas que de maquinación política. Pero qué más da, pensarán, son oposición y algo tienen que decir.

Había un chiste, también baturro, que contaba que una maña le preguntaba a su marido todas las mañanas cuando éste salía a trabajar al campo: ¿y ésta noche cuando vuelvas de trabajar con qué ropa quieres que te reciba? A lo que el otro le contestaba: “ti” pongas lo que “ti” pongas, "te va a traer lo mismo”. Aquel hombre tenía las ideas muy claras.

Hay que ver lo que dan de sí los chascarrillos que se cuentan en  mi tierra.

10 de febrero de 2020

Amistad, divino tesoro

Nacemos hijos de nuestros padres, nietos de nuestros abuelos y hermanos de nuestros hermanos, pero no amigos de nuestros amigos. La amistad es algo que nace por casualidad, se consolida a través del tiempo y perdura o no en función de infinidad de variables, algunas incontrolables y otras determinadas por la voluntad de quienes la ostentan. Hacerse amigo de alguien es un curioso fenómeno, donde influye, entre otras muchas cosas, la afinidad de gustos, aunque no necesariamente tengan que ser idénticos. Las amistades infantiles y las juveniles tiene la gran ventaja de que como se traban durante la época del desarrollo de la personalidad, los caracteres de los amigos se van formando al unísono, en una constante interacción en la que no se sabe quién influye en quién. Después, si estas amistades de los primeros años de la existencia se mantienen a lo largo del tiempo, es muy posible que sean para siempre. Lo que sucede es que, al cambiar las circunstancias personales con la edad, suelen ser efímeras.

Pero no todas las amistades nacen a esa edad. Otras aparecen durante la edad adulta, entre personas que no compartieron la etapa de formación, cuando las mentalidades de los amigos ya están totalmente desarrolladas. En estos casos, las amistades se fraguan previa observación del otro, de manera más o menos consciente, pero en cualquier caso a la sombra del azar de las circunstancias. Si existen suficientes coincidencias de caracter se va adelante con la nueva relación de amistad y si no se deja a un lado. En este último caso, no hablamos de amigos sino de compañero de trabajo, de afición o de tantas otras variantes. Son aquellos a los que denominamos conocidos, una especie de limbo de la amistad.

También existen las amistades recuperadas, aquellas que se dieron en algún momento anterior y se abandonaron porque las circunstancias no favorecían la continuidad, pero que años después, por casualidad o con intención, se reactivan. En estos casos, después de años de separación, la amistad se puede reavivar con facilidad, ya que en realidad había quedado sólo adormecida de manera involuntaria. Pero también el intento puede  resultar un fracaso estrepitoso. Los viejos amigos han ido interiorizando por separado distintos modelos de vida y por tanto adoptando diferentes actitudes frente a la sociedad, de tal manera que cuando se reencuentran ni se conocen. El sustrato más o menos común sobre el que se mantuvo en su día la antigua amistad se ha desvanecido por completo y ya no hay manera de recuperar la sintonía que en su momento hubo. En estos casos se puede mantener un mínimo de cercanía amistosa en honor de lo que fueron los viejos tiempos, pero muchas veces ni tan siquiera eso.

La amistad tiene un valor del que muchas veces ni se es consciente. Parece como si se tratara de algo indestructible y no hiciera ninguna falta cuidar. Por eso, la mayoría de las amistades mueren por inanición, por falta del alimento que es preciso darles para que no perezcan. Y entre los ingredientes que se necesitan está el de la continuidad en el trato. La dejadez, el abandono y el olvido acaban con las mejores amistades, por muy sólidas que estas sean.

Como digo en el título, la amistad es un tesoro. Cuidémosla por tanto como se merecen las cosas valiosas o acabaremos sin darnos cuenta más solos que los antiguos fareros.

6 de febrero de 2020

Arrimadas se arrima

Empezaré pidiendo encarecidamente disculpas por el oportunista título que he escogido para este artículo, porque como chiste es muy malo. Además, ni tan siquiera es mío. Se lo he oído esta mañana a un tertuliano graciosillo y desenfadado y me ha parecido que encajaba a la perfección con lo que hoy quiero exponer aquí. La maniobra que está fraguando la líder in pectore de Ciudadanos con la intención de crear una alianza electoral con el PP en determinados territorios de nuestro país, no es otra cosa que un movimiento de aproximación a los populares. Debe de ser consciente de que a su partido en solitario le queda muy poco recorrido e intenta salvar los muebles del desastre y a su persona del ostracismo.

No sé cómo le saldrá la jugada a Inés Arrimadas, porque la maniobra es tan descarada que ni en el Partido Popular ni en Ciudadanos hay unanimidad a la hora de aceptar su propuesta. Las reticencias de los populares provienen de considerar que esta alianza no sólo no les hace ninguna falta, sino que además pudiera perjudicarles a medio plazo. En cuanto a Ciudadanos, algunos de sus  dirigentes ya han empezado a argumentar que una asociación de estas características los apartaría aun más de lo que están del centro político, su eslogan electoral. Es decir, que en los dos lados del posible acuerdo se sospecha, después de haber llovido lo que ha llovido en los últimos meses, que un pacto de esta índole resultaría contra natura.

Si yo fuera votante del PP o de Ciudadanos –de momento no parece que haya ningún riesgo- estaría preocupado. No lo digo con la ironía propia del rival político, sino con absoluto convencimiento. Estos bandazos, estas maniobras en momentos no electorales demuestran un gran desconcierto, una exagerada preocupación por su situación, tan desproporcionada que llama la atención. Quizá se deba a que no hayan asimilado las sucesivas derrotas de los últimos meses, o a que les cueste aceptar que están pasando horas bajas desde que una ola de corrupción sistémica puso al Partido Popular contra las cuerdas del voto de censura, o a que la irrupción de Vox amenace con alterar de manera drástica el reparto del voto conservador, o a que obligados a reorganizarse a toda prisa no hayan tenido tiempo para reflexionar con serenidad sobre la estrategia política que requiere una situación tan crítica. Pero, en cualquier caso, si yo fuera votante del PP o de Ciudadanos –repito- estaría preocupado.

La maniobra que intenta la señora Arrimadas se me antoja algo esperpéntica. Esta mañana le oí decir a la líder de Ciudadanos que no sólo llamaba al PP para unir fuerzas, sino que hacía extensiva su convocatoria a todas aquellas organizaciones de la sociedad civil que se oponen al “sanchismo”. Así de sencillo, sin más explicaciones. Si no fuera porque uno tiene ya el corazón endurecido después de haber oído tantas ocurrencias, pensaría que a la que fue segunda de Albert Rivera le ha dado una ventolera, dicho sea con absoluto respeto a su persona, que se lo tengo. Por cierto, de Vox ni palabra, faltaría más. A la bicha, como advierten los supersticiosos, no se la nombra. Después, si su colaboración fuese necesaria, ya se verá.

Algo les está sucediendo a los políticos de la derecha española cuando a estas alturas andan con tantos tejemanejes. Su electorado está ahí y no es pequeño, sino todo lo contrario. Sin afinar demasiado, la mitad de la población española tiene alma conservadora en mayor o menor grado, lo que permitiría que continuaran en el juego de la alternancia como hasta ahora. Lo que sucede es que ante tanta incoherencia, ante tanta inestabilidad y ante tanta anécdota insustancial a la hora de hacer oposición, sus electores no saben dónde mirar. Es muy posible que cuando caigan en la cuenta de sus errores recuperen la capacidad de reorientar el voto que ahora está tan desorientado.

Mientras tanto, la izquierda está obligada a seguir gobernando. Yo espero que con decisión progresista y con prudente moderación, que no son valores antagónicos. Y sin caer en las numerosas trampas que algunos quieren tenderles.

1 de febrero de 2020

¿Por qué destrozan el idioma?

Quizá me haya convertido sin darme cuenta en un defensor romántico de la pureza de nuestro idioma. Lo digo porque el romanticismo siempre ha sido una corriente que sólo atrae a minorías y observo a  mi alrededor que son muy pocos los que se preocupan de expresarse con un mínimo de corrección gramatical. No digo con calidad literaria, porque eso sería pedirle demasiado a las nuevas generaciones, más pendientes  por razones prácticas del fondo de los mensajes que lanzan que de la forma con la que los expresan. Me limito con la debida humildad a exigir el cumplimiento de las más elementales normas que dicta nuestra gramática. No creo que sea mucho pedir, aunque supongo que alguno al observar mi empeño pensará que me gusta entrar en batallas perdidas de antemano.

La última bestialidad que he oído ha sido en un anuncio en televisión, de esos que aunque no quieras oír terminan entrando en tus indefensos pabellones auditivos. Un conocido presentador de televisión, convertido en este caso en modelo publicitario, decía entre exclamaciones admirativas “¡una pedazo de tarifa!” en un reclamo de cierta operadora de telefonía. No doy nombres, porque para qué. El daño ya está hecho y nada hay que pueda remediar la situación, ni una condena leve ni la prisión permanente revisable ni tan siquiera el garrote vil, porque en este caso no se puede aplicar el proverbio de muerto el perro se acabó la rabia. El virus está en el aire, de boca en boca, y el contagio ya es masivo y no hay mascarillas que valgan. Y lo peor de todo es que como destrozar el idioma no es delito, ni siquiera falta, el anuncio sigue en antena machacando los oídos de los espectadores día a día, como el rayo que no cesa.

Lo de “las miles de personas”, esa barbaridad lingüística de la que creo haber hablado ya en alguna ocasión, se ha extendido de tal forma que se lo oigo (no digo se lo escucho como ahora dicen tantos) a personas de cuyo ascendiente académico cabría esperar una mínima corrección gramatical. Lo que sucede es que los virus del lenguaje se transmiten a tal velocidad que es imposible cortar la epidemia. Habría que cerrar, como están haciendo las autoridades chinas, varias ciudades o, en este caso, varias cadenas de radio y televisión, algo impensable en nuestro mundo de libertades. Además este tipo de virus también muta, porque el otro día le oí decir a un locutor “varias millones de especies”, lo que tratándose de las millones supera en mucho a las miles.

Pero vaya usted a explicarle a estos bárbaros aquello de la concordancia gramatical, porque le mirarán a uno de arriba abajo con caras de panolis, preguntándose sorprendidos éste de qué va. De nada serviría argumentar que miles y millones son masculinos y por tanto no admiten artículos femeninos. No lo entenderían, a pesar de que muchos de estos delincuentes gramaticales ostenten con orgullo el título de Licenciado en Ciencias de la Información.

Insisto en que la degradación del idioma no cesa. Y si no cesa es porque nadie corrige a los infractores. Los periódicos, las emisoras de radio y las cadenas de televisión deberían contar con departamentos de vigilancia lingüística que pusiera orden entre tantos indocumentados. Pero con el pretexto de que el periodismo requiere agilidad no se molestan en llamar la atención a sus profesionales. Y si no hay control, ya se sabe, el deterioro está servido.

28 de enero de 2020

La veteranía es un grado

Cuando lo pienso, siempre llego a la misma conclusión, que no es cierto que a determinada edad se pierda interés por el mundo que le rodea a uno. Simplemente sucede que después de haber vivido un largo trecho de la existencia se llega al convencimiento de que no puede ourrir nada que no haya ocurrido ya y por tanto no se conozca Al fin y al cabo, lo que de verdad importa en la vida cambia muy poco a lo largo del tiempo. No me refiero a lo anecdótico o a lo circunstancial, a las modas o a los usos, sino a lo trascendente y a lo categórico, a lo que de verdad marca la vida de las personas. Las novedades suelen ser, como dice el sabio refrán castellano, los mismos perros con distintos collares.

Lo que ocurre es que se tarda algún tiempo en aprender esta lección. Pasamos gran parte de la vida pendientes de las posibles innovaciones que puedan cambiar nuestra visión del mundo y por tanto nuestras vidas. Y sólo cuando al cabo de los años  llegamos al convencimiento de que nunca aparece nada digno de consideración, terminamos perdiendo interés por las novedades, que en cualquier caso no son más que futilezas y nimiedades. Supongo que cuando se alcanza ese estadio de la vida es cuando se ha llegado a lo que algunos llaman madurez.

Cuando se tiene la vida por delante es obligado mantener una cierta esperanza en que todo mejore, esperanza que constituye el impulso vital necesario para continuar en la brecha del acontecer diario. Sin embargo, cuando uno alcanza cierta edad, comprobada la utopía que encierra esa ilusión, lo único que se pretende es que las cosas por lo menos no empeoren. El largo proceso de maduración que experimenta el ser humano a lo largo de su existencia concluye precisamente con el descubrimiento de que hasta entonces ha estado persiguiendo cambios  que nunca se darán. No me refiero a metas de carácter material, porque en el mejor de los casos quizá éstas se hayan alcanzado. Estoy pensando en esa vaga sensación de que cada amanecer nos tiene que traer algo distinto y por supuesto mejor.

No me gustaría que quien lea estas líneas sacara la conclusión de que estoy entonando un canto de tristeza o melancolía. Todo lo contrario, porque lo que digo es que cuando se llega al convencimiento de que no hay que esperar nada distinto de lo que ya se conoce, se ha alcanzado, como decía antes, la madurez plena, lo que en ningún caso puede ocasionar tristeza. Ni tampoco quisiera que alguien pensara que sostengo que con la edad se pierden los estímulos  por continuar en el mundo activo. Nada más lejos de mi intención. Simplemente constato que llega un momento en el que, al ser consciente uno de que nada interesante le queda por descubrir, enfoca su interés hacia lo que de verdad merece la pena, lo cotidiano que le rodea, y abandona la búsqueda de novedades que nunca son tales.

Ya lo dijo Calderón: “¿Qué es la vida? Un frenesí” “¿Qué es la vida? Una ilusión”, “una sombra, una ficción”. Nuestro insigne hombre de letras lo descubrió muy pronto y llevó sus conclusiones a la literatura universal. Había descubierto lo que la mayoría tardamos algún tiempo en comprender y algunos nunca comprenden, que la vida es una nebulosa de anhelos y de afanes, de ambiciones y de pretensiones que no encuentran respuesta. Una fábula imaginada.

Hoy lo voy a dejar aquí porque me he dado cuenta de que me estoy poniendo demasiado lírico, cuando lo que a mí mejor me va es la prosa.Y también algo filósofo, terreno que me produce verdadero vértigo.

23 de enero de 2020

De la igualdad de oportunidades al PIN parental

Existe una linea de pensamiento conservador que sostiene que en esta vida quien no progresa es porque no le da la gana. Los que  se manifiestan así ignoran por completo las diferentes circunstancias que acompañan a cada uno cuando nace. Dan por hecho que todos partimos de condiciones similares, que llegamos al mundo en cunas muy parecidas. Ya sé que parece increíble que alguien piense así, pero yo me he encontrado a lo largo de mi ya larga existencia a bastantes que en mayor o menor medida opinan de esta manera, puede ser que porque de verdad lo crean o quizá debido a que de esa manera tranquilicen sus conciencias. Es evidente que según esta teoría la igualdad de oportunidades ya existe, de manera que para qué forzarla. Si alguien tiene más es porque ha hecho mayor esfuerzo y los rezagados en las conquistas del bienestar se han buscado la situación que padecen con su desidia e inoperancia.

Como yo también tengo pensamiento político, y sobre todo derecho a manifestarlo, voy hoy a dedicarle unas líneas a este escurridizo asunto. Perseguir la justicia social, ese concepto tan manoseado y tan poco entendido por algunos, consiste desde mi punto de vista en procurar para todos las oportunidades que les permita enfrentarse a los desafíos de la vida en igualdad de condiciones que los demás. Cualquier reforma social que persiga este objetivo estará dirigida a procurar justicia social. Por el contrario, quien abandone el principio de que es preciso igualar las oportunidades de todos estará haciendo política antisocial y reaccionaria. Dicho de otra forma, ser progresista consiste en perseguir que se den las mismas oportunidades a todos los ciudadanos; ser conservador significa dar por hecho que ésta igualdad ya se da y no hay que hacer nada para conseguirla.

Por tanto, y abundando más en este asunto, hacer políticas sociales no sólo es repartir con mayor equidad la riqueza que ya existe entre todos mediante políticas fiscales, sino además y sobre todo otorgar oportunidades a los que más las necesitan. Por eso es preciso poner la educación -ese bien social al que no todos pueden acceder en igualdad de condiciones- a disposición de cualquier ciudadano. El desarrollo personal es la mejor manera de dotar a los más necesitados de la plataforma necesaria para progresar y por tanto la primera  de las políticas sociales que hay que defender. Aun así, otras diferencias de oportunidades empañarán la bondad de las medidas que se pongan para que todo el mundo, sea cual sea su origen, tenga acceso a la educación en todos sus grados. Pero, en mi opinión, con una buena formación los demás escollos son más fáciles de salvar.

A ver si de una vez en este país se llega de verdad a un consenso sobre la educación al servicio de todos y nos dejamos de zarandajas que distorsionen cualquier política educacional que se quiera desarrollar. Pero los prejuicios de los reaccionarios están a flor de piel, de tal manera que nunca se han mostrado de acuerdo con defender la educación pública como un bien social irrenunciable, con el pretexto de que la socialización educativa significa ejercer control sobre la ciudadanía. Qué majadería tan grande, qué desatino tan desmesurado Lo que sucede en realidad es precisamente todo lo contrario, que para ellos la educación en igualdad de condiciones para todos significa perder el control que siempre han detentado sobre los sistemas educativos. Lo del PIN parental -¡qué nombrecito!-, esta controversia tan sacada de contexto por la ultraderecha, es una muestra más de la resistencia que ponen algunos a conseguir la igualdad de oportunidades educativas. Vox ha traído el tema a la palestra, pero Pablo Casado está coreando las consignas de aquél quizá incluso con mayor vehemencia. No todos los del PP dicen lo mismo, por supuesto, porque ya se empiezan a oír voces discrepantes. Y Ciudadanos, como nos tiene acostumbrados, no acaba de definir su posición.

La única manera de lograr una sociedad más justa es conseguir la igualdad de oportunidades para todos. Lo que sucede es que los que ya gozan de todas ellas desde que nacen no quieren perder los privilegios que les han tocado en suerte. Dicen eso de hasta ahí podíamos llegar. Que los profesores, que de esto entienden poco, nos dejen a los padres decidir lo que deben o no aprender nuestros hijos. Faltaría más.

19 de enero de 2020

Hechos son amores y no buenas razones

Son tantos los oráculos, las predicciones y los augurios truculentos que se han hecho y se siguen haciendo sobre el futuro que se cierne sobre nuestro país por causa del triunfo electoral de la izquierda, que hubo un momento que pensé titular este artículo “Miedo me da”. Al fin y al cabo siempre he sido un hombre temeroso y los anuncios catastróficos me causan inquietud. Además, por si fuera poco, los vaticinadores de estas futuras hecatombes no son ni uno ni dos ni tres, sino todo un coro de querubines perfectamente orquestado por la batuta de la incontenible verborrea política. Sin embargo, cuando me puse a pensar con detenimiento sobre el fundamento de tanto alarmismo, llegué muy pronto a la conclusión de que ni uno solo de los presagios era algo más que pura conjetura. No encontré ninguno que se basara en consideraciones razonadas ni en hechos debidamente constatados. Incluso algunas de las justificaciones rozaban el límite del esperpento.

Por eso he decidido encabezar esta entrada con un refrán que nos enseña que lo que de verdad importa son los resultados y no los enunciados. Es cierto que este gobierno se va a encontrar con grandes retos, porque a los que nuestro país ya tiene planteados habrá que sumar los palos que le va a estar arrojando la derecha a las ruedas en cada pedaleo. Pero no por eso debería alarmarme a priori, sino que por el contrario creo que lo razonable es observar los acontecimientos con objetividad y sacar conclusiones sobre los hechos, que son amores, y no sobre las buenas razones, que no dejan de ser visiones interesadas.

Cuando escribo estas líneas ya hay gobierno. A algunos ministros  los conozco y sobre ellos ya he formado mi propio juicio; y de los nuevos sólo he visto sus “curriculum”, por cierto con contenido de buena formación académica y profesional. Lo que venga a continuación ya se verá, porque como dice uno de mis hermanos algunos se dejan todo en la carrera y no les queda nada después para ejercerla. Pero, a pesar de todo, les otorgo a todos ellos un voto de confianza, el mismo que les daría si procedieran del lado conservador.

Los de Podemos son para mí una incógnita, que quizá tarde algún tiempo en despejar. Tengo la sensación de que están entrando con buen talante en esta nueva andadura -la de la verdad-, porque deben de ser consciente de que su proyecto político, y por tanto el de la izquierda en su conjuto, se juega mucho. Yo espero que haya sintonía política entre los dos partidos que forman la coalición progresista, que dejen unos y otros atrás las diferencias y que asistamos a una buena orquestación. Deseo que la consigna de un solo gobierno y una sola voz sea cierta y no un mero eslogan publicitario.

Lo de Cataluña va a ser sin lugar a dudas la prueba de fuego de la credibilidad de este ejecutivo. Hasta ahora, por mucho que digan los agoreros, Pedro Sánchez no ha dicho ni prometido nada que vulnere la legalidad vigente, incluida en ella por supuesto la Constitución. Mesa de dialogo, reconocimiento de que existe un problema político y consulta –que no “referéndum” de autodeterminación- a los catalanes. Sacar conclusiones previas es aventurado, porque todo ello puede hacerse, según sostienen reconocidos constitucionalistas, dentro de nuestro ordenamiento jurídico. Es cierto que en las negociaciones con ERC para la investidura los socialistas han cedido en algunos aspectos, pero de la misma manera que los independentistas han abandonado la unilateralidad, que no es moco de pavo.  Exigirles además que renunciaran por adelantado a sus pretensiones soberanistas hubiera sido algo así como pedirle peras al olmo. Habrá que esperar y ver como se desarrollan las conversaciones. Pero lo que no se puede negar es que se abre una etapa esperanzadora simplemente porque por fin se van a sentar a dialogar.

Insisto: todo, absolutamente todo está por venir. Lo único que ha quedado claro hasta ahora es que las instituciones han funcionado y se han impuesto sobre los intentos de bloqueo. Porque la democracia resiste hasta los delirios, como le oí decir hace unos días a un conocido político español. Dejémonos de vaticinios de hecatombes, hágase oposición firme pero no de trazo grueso y veamos que sucede. Aunque, pensándolo bien, quizá sea pedirle mucho a los vehementes.

16 de enero de 2020

La ciudad que ya no existe

Hace muchos años, quizá más de treinta, hice un viaje en tren desde Londres hasta Southapton, una pequeña ciudad situada en el sur de Inglaterra, a orillas del canal de La Mancha. Ni que decir tiene que aproveché cada minuto y cada kilómetro de aquel breve recorrido de menos de dos horas para contemplar la campiña que se extiende por esa parte del Reino Unido, puesto que para mí resultaba una novedad. Pero curiosamente lo que más llamó mi atención de lo que vi fueron las estaciones de ferrocarril por las que pasábamos, que parecían extraídas de alguna película ambientada en el siglo XIX. Limpias, relucientes y funcionales, conservaban toda la belleza de la época victoriana, como si el tiempo no hubiera pasado sobre ellas.

Si aquel descubrimiento me sorprendió fue por contraste con lo que sucede en nuestro país, tan poco respetuoso con el patrimonio heredado. Me refiero no sólo a los monumentos romanos y a las catedrales góticas, sino también a las modestas construcciones civiles que han desaparecido y siguen desapareciendo todos los días bajo la piqueta de la irresponsabilidad. Sucede que el afán de modernización, unido a que son muchos los políticos que no resisten la tentación de dejar su impronta en los lugares que en algún momento les ha tocado administrar, no deja títere con cabeza. De tal manera que la fisonomía de nuestras ciudades nada tiene que ver con el aspecto que tuvieron en épocas pasadas.

Sé muy bien que las ciudades están vivas y que es preciso en ocasiones derribar lo viejo para construir lo nuevo con criterios actuales. Pero una cosa es modernizar y otra muy distinta arramblar con todo lo anterior sin miramientos, para, en el mejor de los casos, edificar con la vista puesta en la mejora de la ciudad o para, en el peor y más frecuente, especular. Madrid, la ciudad en la que vivo desde ya ni me acuerdo cuando, no se ha librado de los derribos a mansalva, de las apisonadoras interesadas. Por eso, cuando trato de localizar lugares que sé que existieron y no encuentro ni vestigios me deprimo.

Lo que sucede es que, haciendo de la necesidad virtud, la búsqueda de lo que la pica se llevó por delante ha llegado a convertirse en mí en una especie de entretenimiento, que me anima a pasear por la ciudad con un libro entre las manos. Últimamente estoy recorriendo los trazados que seguían las murallas de la capital de España –la musulmana (siglo IX) y la cristiana (siglo XI)-, en un intento de entender mejor su historia. Digo los trazados, porque lamentablemente apenas queda algún resto, más o menos escondido entre el caserío. Pero algo es algo, porque los historiadores, a golpe de conocimientos y no menos intuición, han conseguido determinar con bastante exactitud dónde estaban situadas. Recorrer detenidamente ese trazado ya inexistente resulta muy interesante, sobre todo cuando uno lo relaciona con la configuración actual del casco antiguo, que curiosamente refleja en cierto modo el recorrido de las murallas.

Estos paseos no tienen desperdicio, aunque, todo hay que decirlo, lo poco que se puede ver de lo que existió aparezca en estado lamentable, no porque el tiempo haya dejado su huella, sino por la desidia municipal y la barbarie ciudadana. A modo de ejemplo de lo que acabo de decir, dejo en este artículo una foto de unos restos de la muralla cristiana. Y no hago comentarios porque a mi juicio sobran.

Pero, a pesar de los pesares, animo a los amantes de pasear por la ciudad a que recorran a pie las desaparecidas murallas de Madrid. Estoy seguro de que disfrutarán.

13 de enero de 2020

Nunca segundas partes fueron buenas

Titulo este artículo con una frase proverbial cervantina, que viene al pelo del asunto. Las continuaciones con frecuencia  se convierten en remedos torpes de las primeras partes, grotescos intentos de parecerse a lo anterior. Es un fenómeno que sucede además en muchos ámbitos de la vida, por lo que nada tiene de particular que la política no se libre de sus consecuencias. La señora Arrimadas, tras la renuncia de su jefe de filas, el señor Rivera, a continuar en la brecha, tuvo una magnífica oportunidad de cambiar el rumbo errático de su partido, reconducirlo hacia el verdadero centro político y situarlo en posiciones intermedias entre los dos frentes que el intento de bloqueo había abierto en la política española. Pero en vez de hacerlo prefirió continuar con la extravagante andadura que llevó a Ciudadanos al fracaso electoral más contundente que yo recuerde. Ha optado por escribir una segunda parte.

Las actitudes de la señora Arrimadas se parecen tanto a las de su anterior líder que si no fuera por la voz femenina que la distingue uno no sabría si está hablando Albert o Inés. Aunque, pensándolo mejor, debo reconocer que hay algunas diferencias, porque las patéticas recomendaciones a los barones del partido socialista para que traicionaran a su jefe de filas o las ridículas y estériles llamadas a la deserción dirigidas a los diputados del PSOE son palabras que nunca se las oí pronunciar al señor Rivera. Con estas melodramáticas imploraciones, repetidas una y otra vez en un tono de súplica plañidera,  ha conseguido diferenciar algo su discurso del de su antecesor. Aunque lamentablemente se trate de diferencias que empeoran el modelo imitado.

El debate de investidura nos ha regalado una gran cantidad de anécdotas dialécticas, algunas divertidas, otras algo repulsivas, sin que hayan faltado las que rezuman odio y rencor por cada una de sus sílabas. Con todas ellas podría documentarse un tratado de oratoria que explicara a los alumnos lo que debe decirse y lo que no conviene mencionar en una tribuna. Pero sólo voy a citar hoy una que logró dibujar cierta sonrisa en mis labios, aunque supongo que a más de uno se le saltaría la hiel al oírla. Fue cuando el candidato dijo aquello de que las tres derechas eran tan iguales que resultaba difícil encontrar diferencias entre ellas. Si acaso, añadió, Vox representaría una extrema derecha de tapa dura, el PP de tapa blanda y Ciudadanos una edición de bolsillo.

Siento sinceramente que las cosas sean así, porque a mí me gustaría que existiera un centro de verdad, no de pacotilla. Viviría más feliz pensando que las diferencias entre mi pensamiento y el de los que se situan a mi derecha son menores, no como sucede en estos momentos, que son tan grandes que en ocasiones me producen vértigo. Las posiciones de centro suelen estar ocupadas por partidos que no miran con desconfianza ni a la derecha ni a la izquierda. Ocupan una posición bisagra que les permite apoyar uno u otro lado en función de las circunstancias y de la coyuntura política, con lo que gozan de un gran poder de influencia, ya que los partidos colindantes se ven obligados a moderar sus discursos políticos para no parecer extremistas.

Ciudadanos hoy, como le sucedió a UPD en su día, ha fracasado en el intento de ocupar el centro. Y si ha fracasado hay sido porque en realidad no nació con vocación centrista, sino con la pretensión de desplazar al PP. Vano intento, diría yo, porque a los partidos consolidados como el popular no es fácil sustituirlos. Suelen estar sólidamente implantados, los electores los identifican con facilidad y rechazan el quítate tú para que me ponga yo. A  Rivera se le vio el plumero del sorpasso; a Arrimadas el de la lucha por la supervivencia a costa de lo que sea, incluido el tamayazo.

Mientras tanto, el centro ni está ni se le espera. Los que sí están son los de Vox, a quienes, entre otros, Rivera y Arrimadas han ayudado a encumbrar. Si eso es el centro, que venga Dios y lo vea.

8 de enero de 2020

Miente, que algo queda

Aunque no frecuento las llamadas redes sociales, sí participo en algunas -muy pocas- listas de WhatsApp. Lo hago para facilitar de manera rápida y concisa la comunicación entre los componentes de algún grupo de amigos o familiares a los que afectan temas comunes, nunca como medio de difusión de mis opiniones políticas o de cualquier otro signo. Sin embargo, son muchos los que las utilizan para transmitir indiscriminadamente a los restantes participantes del colectivo todo aquello que les llega de otras fuentes, tenga o no algo que ver con el asunto para el que fue creado. A ellos les ha gustado lo que han recibido porque el contenido satisface su pensamiento y por qué no procurarles el mismo placer a sus amigos. No hace daño y en cualquier caso si les pica que se rasquen.

El otro día me llegó un video de una supuesta manifestación en Teruel contra Guitarte, el diputado de Teruel Existe. Una enorme muchedumbre, muy superior a la población de esta ciudad, a través de una inmensa avenida, que de ser turolense se saldría de sus límites, enarbolaba banderas españolas y gritaba enfebrecida “Guitarte, traidor”, “Guitarte, traidor”. El rugido era ensordecedor y las palabras de la marea humana se distinguían perfectamente. Un burdo montaje cinematográfico que sólo engaña a los más ignorantes, precisamente a aquellos a los que van dirigidas las fake news, por ser carne de engañifa ramplona.

Las fake news, esas modernas noticias falsas elaboradas con la pretensión de que mediante la insistencia en las redes sociales lleguen a convertirse en verdaderas, adolecen por lo general de una adulteración de la realidad que las convierte en auténticas patrañas. A pesar de todo, aunque en general rezuman mentira ramplona por todos sus poros, engañan a muchos, sobre todo a los poco duchos en la materia que se trate. Funcionan, lamentablemente, porque están dirigidas a los predispuestos a tragarse los embustes que les gustan, sin poner demasiada resistencia crítica. Lo que acabo de contar de Teruel Existe es un claro ejemplo de mentira pestilente. Conozco muy bien esa interesante ciudad y a mí no me la dan.

En las sesiones de investidura de estos días hemos sido testigos de muchas fake news, lanzadas a voz en grito desde la tribuna de oradores por Vox y por alguno de sus imitadores. Falsas estadísticas sobre la criminalidad en nuestro país y otras mentiras numéricas sin base ni fundamento, con la pretensión de alimentar la xenofobia. Y aunque algunas fueron desmentidas inmediatamente, han saltado a las ondas del infundio, han empezado a entrar en los oídos de los ingenuos y es posible que terminen convenciendo a algunos de que las cosas son como ellos mienten con descaro. En la guerra como en la guerra, dice el eslogan, y muchos de los difusores de estas noticias falsas parecen estar en continua contienda bélica.

Desgraciadamente ese es el futuro inmediato que aguarda a nuestra sociedad, el delembuste repetido y repetido hasta la saciedad para que con la insistencia se convierta en verdad. Frente a ello sólo cabe un recurso, el de la información exhaustiva, el de la pedagogía. Pero en cualquier caso, entre los esfuerzos por mentir y el afán por desmentir se gastan demasiadas energías, que deberían ser utilizadas en otros menesteres.


Es verdad que ahora estamos más cerca de la información que antes. Pero, ojo, también de la desinformación

31 de diciembre de 2019

Mis paseos por Madrid

He confesado en alguna ocasión que para pasear necesito algún pretexto. Dar vueltas alrededor de un parque o recorrer kilómetros de playa bordeando la orilla no va conmigo, porque me aburro soberanamente. Necesito poner la atención en lo que tengo alrededor intentando descubrir algo nuevo, y ni los árboles ni la arena ni las olas me sirven para ello. Por eso me gustan las ciudades, porque detrás de cada esquina siempre aparece algo nuevo, a veces visto pero no con la suficiente atención. De manera que no tiene nada de particular que después de alguno de mis paseos tire de documentación y complemente lo que he visto con informaciones adicionales que, además de permitirme profundizar en lo contemplado ese día, me animen a volver al mismo lugar en otro momento. Es evidente que eso no me sucedería ni con los castaños de Indias del Retiro ni con las dunas de la playa de Chiclana, por mucho que me gusten los dos lugares.

El otro día, durante un largo paseo por las calles del Madrid de los Austrias, una de las zonas más bonitas y mejor conservadas de la capital de España, animado por la curiosidad que me despertaron los nombres de algunas calles y plazas, ya de vuelta en casa me metí a indagar. Y enseguida topé con las murallas y las cercas históricas de la ciudad, tan poco conocidas por la mayoría. Después de una lectura rápida, me centré en una de ellas, la cerca que se construyó en la época de Felipe IV, concretamente en 1625 y que no fue derribada hasta 1896. Se trataba de un enorme muro de 13 kilómetros de longitud y cinco metros de altura que circunvalaba la capital. Su propósito no era defensivo, sino un instrumento de control fiscal y sanitario. Contaba con un buen número de puertas y portillos, que se cerraban por la noche.  En ellos se cobraba un impuesto por las mercancías que entraban y se controlaba a las personas que no siendo residentes visitaban la ciudad.

Aunque me gustaría, no voy a entrar hoy en detalles, primero porque la información está al alcance de todos y segundo debido a la extensión que me he impuesto en los artículos que escribo en este blog. Pero sí voy a contar que, una vez analizado el recorrido de la cerca, me puse a contemplar cuidadosamente el plano de Madrid, cuyo trazado actual refleja perfectamente como aquella tapia constriñó a la ciudad durante dos siglos y medio, impidiendo su expansión. Los nuevos barrios -de Salamanca, de Chamberí, de Argüelles, etc.- nacieron tras el derribo de la cerca a partir de finales del siglo XIX, ya con un trazado moderno en cuadrícula. Lo que estuvo durante tantos años dentro de la cerca destaca a simple vista por la irregularidad del recorrido de las calles y por la aparente anarquía de su urbanismo.

Diré además que me sorprendió que lo que hoy es el parque del Retiro -entonces Jardines del Buen Retiro- quedara dentro del recinto. De hecho, el muro seguía el actual trazado de la calle de Menéndez Pelayo hasta la de Alcalá,  descendía hacia Serrano y, tras recorrer un buen tramo de ésta, bajaba por la de Jorge Juan hasta el paseo de Recoletos. También me llamó la atención que el muro discurriera por el mismo recorrido de los desaparecidos bulevares, para continuar después por la calle de la Princesa hasta llegar al río Manzanares a través de la plaza de España y de la cuesta de San Vicente, y continuara por Virgen del Puerto. Por último, para rematar el recorrido, seguía por las rondas de Segovia, de Toledo, de Valencia y de Atocha hasta encerrar el Retiro por el sur. 

Otro día contaré algo de las puertas y portillos de la cerca, muchos de ellos desaparecidos, pero todos localizables.  Como dije al principio, si hay que andar ando, pero para ello necesito un pretexto. Si no, me quedo en casa

28 de diciembre de 2019

Dejes, tonos y tonillos

Le oí decir una vez al escritor Manuel Vázquez Montalbán que en Madrid hablábamos como los chinos. Quería decir que silabeábamos con cierta exageración, troceando las palabras con énfasis. Pongamos un ejemplo: "é-cha-te-pa-llá". Es cierto que la risa va por barrios, porque no es lo mismo cómo se remarca la entonación entrecortada en unos o en otros. El casticismo y el consiguiente gracejo están desigualmente repartidos a lo largo y a lo ancho de los distritos de la capital de España. Pero, en mayor o menor medida, a un madrileño –de nacimiento o adopción- se le notan los hablares a distancia.

Si a eso le unimos la chulería verbenera, la distracción está servida. El otro día oí por la calle una deliciosa bravuconería, que apunté inmediatamente en mi cuaderno de notas para traer aquí: “Se me entiende o explicito”. Deliciosa, porque desde un punto de vista lingüístico es impecable, bravucona, ya que la amenaza estaba implícita. Podría haber dicho déjeme usted en paz y no me haga perder más el tiempo, pero seguramente la ocasión requería mayor contundencia expresiva. No añado por innecesario que la frase salió de la boca del castizo sílaba a sílaba, despacio y con parsimonia. Ni hace falta que diga que tuve que contener la carcajada sonora, habida cuenta de que estaba en un lugar público y me hubieran podido tomar por demente senil. Las formas, sobre todo a cierta edad, hay que cuidarlas con esmero. Pero, en cualquier caso, tardé un buen rato en borrar la sonrisa de mi cara.

De la misma manera que me encanta el lenguaje, me resulta interesante la manera, la entonación o el deje con los que nos expresamos. A veces no son los acentos, sino también la forma de construir las conversaciones. En la provincia de Cádiz, otro de mis lugares de adopción, los diálogos se alargan por aquello de que los interlocutores siempre tienen algo que añadir, sobre todo si la gracia y la ironía andan por en medio, lo que allí sucede con harta frecuencia. Si uno dice una frase, el otro la remata con alguna réplica que venga a cuento, en una especie de carrusel de aportaciones ingeniosas. Hasta que alguno de los dos se queda sin nada que decir, en cuyo caso siempre le quedará el “… digo”, para así acabar el último.

España es un buen escenario para comprobar como el habla es el espejo del alma. En Cataluña, que conozco muy bien porque además de haber vivido allí unos cuantos años visito con frecuencia, remarcan las consonantes como si les fuera la vida en ello. Si un castellano parlante pronuncia la palabra pueblo, esa b y esa l juntas sonarán casi como si se tratara de un solo fonema. Pero si un catalán dice “poble”, nadie tendrá duda de cómo se escribe, porque juntará la b a la primera sílaba y la l a la e final. De la pronunciaciones de la doble l (la antigua elle) y de la y ni hablemos, porque los diferencian de tal manera que cuando nos oyen hablar a los no catalanes les extraña que confundamos sus sonidos. En la franja, esa larga zona comprendida entre Aragón y Cataluña, tampoco los confunden, lo que demuestra que las pronunciaciones no entienden de fronteras.

Otra curiosidad lingüística es “la contestación a la gallega”, esa manera de expresarse sin compromiso, para que el interlocutor no sepa si se sube o se baja la escalera. Según me contó una vez un gallego de Lugo, muy culto por otra parte, su origen está en la desconfianza innata de los gallegos, porque viene a ser algo así como “dilo tu primero”. Quizá la rica historia de aquellas tierras les haya creado un sentido de suspicacia que los ponga a la defensiva.

En fin, dispongo de un nuevo entretenimiento. Hasta ahora me gustaba pasear por las calles de las ciudades para ver cosas. A partir de ahora añadiré el oír lo que se habla, porque a veces los viandantes aportan más a la cultura que los monumentos. Eso sí, lo haré con discreción y disimulo.

23 de diciembre de 2019

Zambombas y villancicos

Qué deprisa va esto, mucho más de lo que a mí me gustaría. Otra vez estamos en Navidad y como corresponde a estas fechas otra vez voy a dedicarle a la festividad unas palabras. Guardo un Papá Noel de fieltro, en realidad una larga tira de tela roja con una silueta del entrañable personaje y una fecha en la parte inferior, cuya numeración cambio todos los años por el simple procedimiento de pegar la nueva sobre las anteriores. Tiene casi cincuenta años, me lo regalaron en una cena de empresa cuando iniciaba mis primeras andaduras profesionales y lo conservo desde entonces. Está algo vetusto y apolillado, las letras blancas con la palabra Felicidades descolorida, pero no he dejado de colocarlo en el exterior de la puerta de entrada de mi casa desde 1970. Es una manera de dar la bienvenida a quien nos visite esos días.

Aunque creo que no soy hombre de costumbres repetitivas -eso que algunos llaman de carácter tradicional-, la repetición por mi parte de determinados comportamientos puede que contradiga lo que acabo de decir. Es posible que sin yo saberlo me haya convertido con el paso de los años en un conservador, no de ideas sino de hábitos, que son cosas muy distintas. Lo que sucede es que lo que repito son rutinas que yo establecí hace años y continúo practicando casi sin darme cuenta. No se trata de usos heredados ni de prácticas acrisoladas ni de costumbres ancestrales. Simplemente son actividades que han nacido conmigo y supongo que conmigo morirán. Pero no por ello les quito la importancia que para mí tienen.

Decía todo esto por lo del Papá Noel, ese envejecido fieltro navideño del que adjunto una fotografía. Pero ahí no queda la cosa, porque en Navidad también está lo que algunos llaman cenas y comidas señaladas, que no enumero porque de todos son conocidas. En ellas también repito todos los años el mismo protocolo, por otra parte muy sencillo. Siempre en mi casa –de aquí no me mueve nadie- y siempre con las mismas personas, que no son otras que los míos. Creo que no exagero si digo que desde hace cincuenta años mantengo la misma rutina, salvo algunas excepciones obligadas por las circunstancias. Y cuando digo obligadas, estoy usando el verbo adecuado. Si las circunstancias no me hubieran obligado, no habría cambiado mis costumbres.

En lo de la gastronomía de estas fechas no entro, en primer lugar porque soy muy poco “cocinicas” y en segundo porque mi mujer no me deja, diría yo que gracias a Dios. De manera que lo que haya esos días para comer o para cenar es para mí una incógnita, sólo desvelada cuando pongo la mesa, porque esa sí es una obligación ineludible por mi parte. Para montarla con el rigor protocolario que merecen las ocasiones es preciso que conozca de antemano lo que se va a servir y en qué orden. Si no, las cosas pueden salir manga por hombro y no son fechas para andarse con chapuzas.

Bueno, todo lo anterior, aunque sea absolutamente cierto, no es más que un pequeño y desenfadado prolegómeno para felicitar a mis amigos la Navidad y desearles un buen año 2020. No digo lo de próspero porque es una expresión que está en desuso por culpa de la crisis que no cesa.

22 de diciembre de 2019

Justicia europea

Me considero un europeísta convencido. Lo he dicho aquí en varias ocasiones y lo volveré a decir siempre que venga a cuento. Por eso pienso que, aunque pertenecer a una comunidad de estados suponga ceder algunas parcelas de autonomía en beneficio del conjunto, el balance entre lo que se pierde y lo que se gana es siempre positivo. Si a eso le unimos que cuando se crean supranacionalidades es preciso dotarlas de instituciones comunes, nada tiene de particular que la Unión Europea cuente con un Tribunal de Justicia, de la misma manera que dispone de un Parlamento, de una Comisión, de un Consejo y de un Banco Central. Pero es que además, cuando se está en el empeño de crear una comunidad de naciones como la europea, es necesario unificar criterios en todos los ámbitos, en el económico, en el laboral, en el de las relaciones exteriores, en el de la defensa y, cómo no, en el de la justicia. Si no fuera así, no estaríamos hablando de una comunidad de naciones sino de un simple pacto coyuntural entre estados.

El Tribunal de Justicia de la Unión Europea es un órgano institucional con competencias en el conjunto de la Unión y por tanto en España. Decir, como les he oído expresar a algunos, que con el dictamen sobre la inmunidad de Oriol Junqueras los jueces europeos se han inmiscuido en los asuntos internos de nuestro país es ignorar la realidad institucional de Europa. Los magistrados de este tribunal  son también magistrados españoles, como los jueces españoles lo son comunitarios. Decir lo contrario es faltar a la verdad, o por desconocimiento manifiesto o por mala fe. Existen unos tratados de obligado cumplimiento y es preciso respetarlos, nos guste o no.

Digo nos guste o no, porque es evidente que la resolución del alto tribunal europeo ha dejado muy satisfechos a algunos y muy insatisfechos a otros. Esa diferencia de percepciones es legítima, porque al fin y al cabo estamos ante una cuestión que afecta a la política, en la que cabe toda clase de posiciones. Pero lo que no es admisible es considerar que el Tribunal de Justicia Europeo se haya inmiscuido en nuestros asuntos de manera fraudulentae. Lo ha hecho porque tiene competencia para ello desde el momento en que España pertenece a la Unión Europea.

No voy a entrar hoy en el meollo del caso concreto de Oriol Junqueras, en primer lugar porque sería meterme en un terreno muy resbaladizo y no me gusta patinar, y en segundo porque ni siquiera los que de verdad tienen competencia para hacerlo, los tribunales españoles de justicia, se han pronunciado hasta ahora, más allá de pedir a las partes que se manifiesten. Quizá más adelante cuando la situación se clarifique, me atreva a dar mi opinión, que por supuesto la tengo.

Lo que toca ahora es dejar a la justicia que hable, a la española y a la europea. Es un asunto que pertenece al ámbito jurídico y que por tanto no debe mezclarse con el de la política. Ya sé que alguno pensará que me paso de ingenuo, pero es que creo firmemente en que una cosa es la administración de justicia y otra muy distinta la gestión de la cosa pública. Dejemos a los jueces que hablen entre ellos y animemos a nuestros políticos a que sigan negociando lo que a ellos les corresponda. 

18 de diciembre de 2019

¿De qué nos quejamos?

Dice un viejo proverbio que quien no llora no mama. Quizá por eso, porque desde recién nacidos nos acostumbramos a protestar para conseguir algo, nunca estemos contentos con el mundo que nos rodea. Tendemos a otorgarle a cuanto sucede a nuestro alrededor un suspenso o si acaso un aprobadillo muy justo. También es cierto que otro sabio refrán nos enseña que nunca llueve a gusto de todos, de manera que los lloros no afectan siempre a las mismas personas ni por las mismas causas. En cualquier caso dejemos a un lado el refranero por un momento y vayamos al meollo de lo que hoy pretendo contar.

Yo no voy a decir aquello que decía el otro de España va bien, primero porque me parecería una presuntuosidad triunfalista y segundo porque todo es mejorable. Pero cuando ahora oigo con alguna frecuencia aquello de que a dónde vamos a llegar con esta situación política, no tengo más remedio que pensar que se trata de una pregunta malintencionada, sólo justificable desde la parcialidad partidista. Si está siendo difícil formar gobierno se debe ni más ni menos a que los españoles, con su voto dividido en un sinnúmero de opciones, así lo han decidido. Y no se puede defender la democracia y al mismo tiempo tachar a los electores de equivocados.

Nuestro sistema democrático está funcionando perfectamente, algo de lo que deberíamos alegrarnos por encima de cualquier otra consideración. Lo que sucede es que son muchos los que se niegan a votar a los únicos partidos que tienen posibilidad de gobernar, hoy por hoy el PSOE y el PP, mañana ya veremos quién. De manera que ese legítimo empecinamiento, cuyos efectos se complementan con la circunstancia de que a su vez las alternativas son muchas y muy variadas, produce una fragmentación parlamentaria enrevesada y muy difícil de gestionar.

Si a todo esto le unimos que algunos partidos parecen no estar dispuesto a echarse a un lado para facilitar el gobierno del único que hoy por hoy tiene posibilidades de gobernar, argumentando apocalipsis venideras -que no son más que puras hipótesis imposibles de demostrar a priori-, no es extraño que nos encontremos en una coyuntura de muy difícil salida. Pero no por eso hay que lanzar las campanas al vuelo de la catástrofe ni bailar al son de la ingobernabilidad. Porque, aunque a algunos les moleste, las leyes funcionan, la Constitución no corre peligro y las instituciones, aunque en ocasiones chirríen, no han dejado de estar en ningún momento a la altura de las circunstancias ni hay por qué pensar que vayan a dejar de estarlo.

Entonces, ¿por qué nos quejamos? O, mejor dicho, ¿por qué se quejan algunos? Pues porque los resultados electorales no han salido como les hubiera gustados a ellos, de manera que,  incapaces de alterar el resultado –hasta ahí podíamos llegar- fuerzan la máquina de la confrontación hasta límites que rayan en la falta de patriotismo, palabra que por cierto utilizan con mucha profusión. Esa es la explicación y no otra.

Lloran para seguir mamando, cuando los españoles con sus votos han decidido que ahora les toca a otros.

15 de diciembre de 2019

Luchando con el subjuntivo

Conocí una vez a un alemán, un tipo simpático y jovial que andaría entonces por los cuarenta cuando yo por los treinta y pico. Hicimos buena amistad, a pesar de que pocas cosas nos unieran, porque es cierto que las relaciones laborales, sobre todo las de carácter comercial, lo llevan a uno en ocasiones a establecer vínculos insospechados. Hablaba muy bien el español, a pesar de que llevara viviendo muy poco tiempo en España. Un día le pregunté por su mujer y me contestó taxativamente: luchando con el subjuntivo, por lo demás muy bien.

Cuento esta anécdota porque tengo la impresión de que, a pesar de la riqueza que aporta a nuestro idioma la utilización de los tiempos verbales del subjuntivo, se está deteriorando su uso. Es verdad que en los idiomas vivos  con el tiempo caen en desuso muchas expresiones y no pocas palabras, pero me produce verdadera tristeza observar el mal trato que en concreto se le da a este modo verbal. El subjuntivo es imprescindible cuando se pretende formular afirmaciones hipotéticas, irreales, de incertidumbre o de incredulidad. Es cierto que en ocasiones se puede sustituir por el indicativo, pero a costa de perder la intención que subyace en la mente del hablante. No es lo mismo decir si vienes te lo explicaré que si vinieres te lo explicaría. Es sólo un ejemplo, pero invito a los que lean estas líneas a que analicen la diferencia.

El ejemplo que he puesto está en futuro (vinieres), quizá el tiempo más vilipendiado del subjuntivo. La Academia nunca lo ha desterrado de nuestro idioma, pero algunos lingüistas consideran su utilización un anacronismo. Se basan en que se puede sustituir por otros tiempos, del subjuntivo o del indicativo. Si alguien lo hiciere (si es que llega a hacerlo) se le llamaría la atención no expresa lo mismo que si  alguien lo hace se le llama la atención. En el primer caso hay duda, incertidumbre o incluso incredulidad; en el segundo certeza.

Otro error muy frecuente, del que muy pocos se libran, es confundir el pretérito imperfecto del subjuntivo con el futuro del subjuntivo. Si a esas horas hubiera llegado (no llegó pero podría haberlo hecho) no es lo mismo que si a esas horas hubiere llegado (puede ser que llegue a la hora prevista, pero no es seguro). Con las dos expresiones se transmite incertidumbre, pero al utilizar la primera nos estamos refiriendo a horas anteriores al momento de hablar y al formular la segunda a un tiempo porsterior. 

Metidos en el laberinto del subjuntivo -¡hay que tener ganas!, confesaré que siempre me ha parecido un prodigio de nuestro idioma la sabia combinación del subjuntivo con el condicional. Pondré un ejemplo para que se entienda mejor: si hubiera venido habría tenido que echarlo. La primera parte (subjuntivo) expresa hipótesis. La segunda (condicional) nos dice que sólo si se hubiera cumplido la condición se habría procedido a ejecutar la amenaza. En algunos lugares de España (donde manejan mal el subjuntivo) hubieran dicho: si habría venido le habría cantado las cuarenta.

La verdad es que no sé por qué le doy vueltas a estos vericuetos de nuestro idioma, cuando corro el riesgo de salir trasquilado. Pero es que a veces envidio el riesgo de andar por un cable tenso sin perder el equilibrio.

11 de diciembre de 2019

Santa Greta

No seré yo quien critique la lucha contra la degradación medioambiental. Aunque no me considere un acendrado ecologista, nunca he ignorado ni mucho menos despreciado las recomendaciones de los que, desde hace ya mucho tiempo, nos alertan del grave riesgo que corre el planeta si no se toman medidas adecuadas. Hace años, no lo voy a negar, consideraba que la propia naturaleza sería capaz de contrarrestar los funestos efectos que el progreso incontrolado ejerce a diario sobre el equilibrio ecológico. Pero hoy ya no me cabe la menor duda de que o se toman medidas para evitarlo o la vida del ser humano en muy poco tiempo estará en peligro. Se trata de algo que muy posiblemente yo no veré, pero esta circunstancia no le quita un ápice de carga a mi preocupación.

Otra cosa es que esté de acuerdo en cómo se está llevando a cabo la lucha contra el deterioro. Por un lado, aunque todavía no se conocen las medidas que se adopten en la cumbre de Madrid, mucho me temo que mientras no se sumen a las iniciativas los “grandes” todo se quede en papel mojado. No quiero decir con ello que los implicados en la toma de medidas –entre ellos la Unión Europea- deban desistir en su empeño de reducir la emisión de gases contaminantes a la atmósfera, porque la perseverancia consigue milagros, incluso en las conciencias de los más recalcitrantes. Es más, no sólo no deben desistir, sino que además están obligados a adoptar posturas beligerantes contra los intereses creados, que son muchos. Porque, no lo olvidemos, cualquier cambio que se haga supondrá inversiones millonarias y en consecuencia menores beneficios, algo que choca con los principios capitalistas.

En cuanto a las iniciativas de la sociedad civil, las de esos grupos de ecologistas que vociferan contra los poderes fácticos sin conseguir moverlos ni una micra de sus posiciones cerradas, en mi opinión sus acciones reivindicativas tienen más de folclórico que de seriedad. Debo confesar que la niña de moda, Greta Thumberg –en sueco se pronuncia con acento agudo y no llano como oigo a menudo- me produce extrañas sensaciones, la de una jovencita visionaria, enardecida por su propia obsesión y por la manipulación de los que la rodean, que, cuando debería estar en el colegio como cualquier niña de su edad, se pasea de manifestación en manifestación con unos modales que a mí me causan perplejidad. Se está convirtiendo, o la están convirtiendo, en una especie de santita del siglo XXI, que vocifera contra no se sabe quién ni qué, con más alarde teatral que rigor dialéctico. Mucho me temo que sus intervenciones perjudiquen más que ayuden a la causa que defiende. Aunque no ignoro que los símbolos y los iconos vivientes a veces mueven montañas.

Creo que la situación climática hay que tomársela en serio. Sin embargo,  desconfío de las cruzadas cargadas de frivolidad. Los temas serios deben tratarse con seriedad. Y si no se aborda un plan internacional a medio y largo plazo de reconversión industrial y de cambio de usos y costumbres de la población civil no se avanzará. Dos cosas nada fáciles de conseguir. La primera porque poderoso caballero es don dinero; la segunda porque es más fácil vaciar los océanos que cambiar voluntades colectivas.

Pero o se frena la degradación medioambiental o nuestros nietos y bisnietos lo pasarán muy mal.

8 de diciembre de 2019

Banderita tu eres roja

Las discusiones sobre el uso o el abuso de los símbolos nacionales es una de las muestras más representativas de la estupidez humana. Cada vez que oigo a alguien considerar facha a quien lleva una bandera de España, o cuando por el contrario me entero de que a otro lo han tachado de rojo por no llevarla, se me revuelve la indignación en las entrañas. Qué tendrán que ver los símbolos colectivos con las ideologías. Nada, absolutamente nada, a no ser que se pretenda retorcer espuriamente su significado –el de los signos- por ignorancia o por mala fe, algo que lamentablemente sucede con demasiada frecuencia.

Los colectivos humanos se han dotado desde siempre de un conjunto de alegorías identificativas de su propia identidad, representaciones simbólicas que los distingue de manera fácil de otros grupos. Los Estados, que en definitiva son conjuntos de personas que habitan un mismo territorio y comparten intereses comunes, disponen de determinados símbolos que denotan su realidad, como la bandera o el himno, figuras representativas de lo que evocan. Ni más ni menos.

Ni más, porque sacralizarlos o darles valor independiente de lo que representan no tiene ningún sentido. Ni menos, porque ignorarlos o ningunearlos tampoco. Lo que sucede es que son pocos los que en esto de los símbolos no se pasan de rosca, unos porque les confieren valores casi espirituales y otros porque los consideran representaciones reaccionarias. Los primeros, con su burdo “manoseo”, caen con frecuencia en su ridiculización. Los tirantes o las pulseras o los paraguas con los colores de la bandera nacional siempre me han parecido auténticas faltas de respeto hacia ésta, o mejor dicho hacia lo que representan, a pesar de que quien los luce considere que con su actitud pone de manifiesto un acerbado patriotismo. De la misma manera que me parece incivilizado que no se mantengan ciertas formas de respeto en presencia de la enseña o cuando suena el himno nacional en determinados actos oficiales o en algunas celebraciones públicas, porque al fin y al cabo la falta de cortesía no es hacia el símbolo propiamente dicho, sino hacia el conjunto de ciudadanos que identifica.

Los que se envuelven materialmente en la bandera no son por este hecho más patriotas que los demás, por mucho que se empeñen. Quizá lo sean, pero tendrán que demostrarlo de otra manera. De la misma manera que los que no hacen ostentación de banderas pueden ser unos grandes patriotas. Y si no lo son, será por otras causas.

En esto de los símbolos, como en tantas otras cosas, falta pedagogía. Por las dos partes, por la de los que izan banderas gigantes como prueba de su fervor patriótico y por la de los que no respetan su presencia porque consideran que al guardar las formas participan en un acto de sumisión a no se qué. Qué tendrán que ver los colores del paraguas con la solidaridad entre los que pertenecemos a un Estado, en la que al fin y al cabo reside el patriotismo. Qué tendrá que ver el culo con las témporas, cuando todos sabemos que el uno y las otras se encuentran en lugares muy distintos.

3 de diciembre de 2019

Feministas y trogloditas

El espectáculo que pudo contemplar toda España hace unos días cuando una víctima de la violencia machista se enfrentó a un dirigente de Vox durante un acto en el Ayuntamiento de Madrid, pasará a la Historia con mayúscula como una de las situaciones más vergonzosas en las que pueda verse implicado un político en activo. Los desgarradores lamentos de aquella mujer desde su silla de ruedas, a la que está atada desde hace años como consecuencia de los disparos que recibió cuando defendía a su hermana de los ataques de su marido, pasarán a la historia de la lucha contra la violencia machista como una muestra de la indignación de las maltratadas frente a los que consideran que las protestas de las maltratadas no son más que majaderías inventadas por los progres. Aquellas patéticas escenas no han podido dejar indiferente a ningún bien nacido.

Es difícil entender cuáles puedan ser los mecanismos intelectuales que conduzcan a actitudes abiertamente beligerantes contra las reivindicaciones feministas en general y contra las medidas para combatir la violencia machista en particular. Cuesta creer que estos comportamientos se basen en la vieja creencia de la superioridad del hombre sobre la mujer. En pleno siglo XXI hay que tener una mente muy primitiva para admitir este viejo prejuicio, en otros tiempos tan arraigado en las conciencias que se pueden encontrar citas incluso en los libros sagrados de no pocas religiones, entre ellos en la Biblia. Tampoco me parece posible que a estas alturas haya quien crea que la mejor defensa de la mujer sea la sumisión a los hombres. Es tan absurdo considerar que aquellas no tengan capacidad para decidir su propio destino sin rendir cuentas a nadie, que cuando uno observa a determinados personajes predicar contra el feminismo no tiene más remedio que pensar que algo extraño sucede en sus mentes.

Por tanto, sólo cabe pensar en que la estrategia antifeminista de la ultraderecha se base exclusivamente en cálculos electorales porque sus líderes hayan llegado a la conclusión de que con su actitud ganan votos. Es difícil de aceptar, pero mucho me temo que por esos derroteros vayan sus razonamientos, por el convencimiento de que todavía son muchos -y también muchas- los que consideran que donde mejor está la mujer es a la sombra de los hombres. Eso explicaría que el ínclito dirigente mencionado no apoyara declaraciones conjuntas contra la violencia de género y que le diera la espalda con ostentación bravucona a la indignada víctima que lo increpaba. Puede ser, aunque cueste creerlo, que haya gente que aplauda su “valentía”.

Lo peor de todo es comprobar que en las filas del machismo figuren tantas mujeres. Unas por razones ideológicas –el patriarcado como norma-, otras por ignorancia supina y algunas por miedo, son muchas las que abominan de la lucha por la igualdad de géneros. Parece mentira, pero así sucede. Mujeres modernas, aparentemente liberadas de prejuicios ancestrales y cuyo comportamiento parecería en principio demostrar que en sus mentes no hubiera ni un atisbo de machismo, sin embargo se comportan como tales. Es difícil de entender, pero es una realidad palpable. Aunque parezca un contrasentido, están luchando contra sus propios intereses, pero ellas parecen ignorarlo.

La lucha contra la violencia de género, un frente que apoyaba la práctica totalidad de los partidos españoles sin distinción de ideologías, ha entrado de la mano de Vox en la controversia política. Y el asunto no es baladí, porque allí donde tienen fuerza –la que les otorga los partidos que los apoyan- se corre el peligro de que se baje la guardia, precisamente en un asunto que a estas alturas nadie cuestionaba.

Pero es que hay muchos trogloditas.