29 de julio de 2020

El baile de las mascarillas

Qué lejos queda ya aquella historia de ir buscando mascarillas hasta debajo de las piedras para protegernos de la amenaza vírica. Cuánto tiempo ha transcurrido desde que nos veíamos obligados a hacer cola en las farmacias con la intención de proveernos de la preciada prenda protectora. Aquellas angustias que sentíamos en primavera ante la carencia de una tela que nos aislara de los ataques del coronavirus han quedado atrás, se han convertido en una anécdota perdida en el pasado. Ahora, no sólo las hay por todas partes en abundancia, sino además del color y la textura que uno quiera, por exóticas que sean las preferencias.

Me llamó el otro día la atención la que lucía un obispo o arzobispo en plena ceremonia litúrgica, con una flamante cruz de Santiago estampada sobre el lado izquierdo, signo claro y evidente de su condición de prelado compostelano. Supongo que en cada circunscripción religiosas el detalle ornamental será distinto, vírgenes del Pilar, de la Macarena o del Rosario, alguna que otra representación del santoral, como las llagas de san Francisco de Asís, el niño de san Antonio de Padua o el perro de san Roque, porque la simbología que usa este colectivo es muy amplia y hay un gran surtido donde elegir.

No se quedan atrás los patriotas de toda clase y condición, aunque en este caso se limiten a usar casi exclusivamente la bandera nacional, de distinto tamaño, eso sí, seguramente en consonancia con su ardor patriótico. El máximo exponente de esta categoría lo vi el otro día en una manifestación reivindicativa de no sé qué, puede que de las correrías del Cid Campeador por las estepas castellanas o de la espada de Santiago Matamoros en alguna batalla de la Reconquista, donde los colores nacionales cubrían la totalidad de la mascarilla. Me fijé en si las gomas sujetadoras guardaban armonía con el conjunto, pero mi vista, cada vez más cansada por tantas cosas vistas, no pudo apreciar el detalle.

Hasta las “mises”y los “mister” exhiben en los desfiles de sus respectivos concursos de belleza cierta originalidad estética en las mascarillas, porque ser guapo oficial no protege de la infección. Ellas con un difuso floreado azul y ellos, más discretos, con rayado grisáceo o, quizá, con un moteado de baja intensidad, siempre a tono con el glamur que muestran en la pasarela. Supongo que este año para triunfar en estos reñidos certámenes sólo será preciso tener los ojos bonitos, las pestañas largas y la mirada penetrante, careciendo de importancia el trazado de la boca, el tamaño de la nariz o el óvalo de la cara, a no ser que haya un jurado oculto que, fuera de los focos, examine las restantes facciones, eso sí guardando las distancias de seguridad requeridas.

Los pijos también tienen dónde elegir, porque la variedad de la oferta permite escoger la que quieran, siempre de acuerdo con el resto del atuendo, sea éste de invierno o primavera, de verano o de otoño, de mañana, tarde o noche. Supongo que Ágata Ruiz de la Prada estará haciendo su agosto, porque en tan exigua prenda cabe toda la colorida variedad de sus diseños. Parece ser que ahora en los armarios de los elegantes, además de corbatero y zapatero, se instalan “mascarilleros”, una barra larga con enganches para colgar la colección completa. Y si no, ahí queda la idea.

Los militares, siempre sobrios en sus usanzas, obligados a la uniformidad propia del mundo castrense, habrán tenido que reglamentar el tamaño y el color de las mascarillas. Siendo como son tan detallistas, supongo que entre las de obligado uso estarán las variedades de etiqueta, de gala, de semigala, de diario y de combate, esta última por supuesto camuflada. Aunque también es posible que con el tiempo incluyan en la mascarilla los distintivos del rango, sean éstos estrellas o galones, y el emblema del cuerpo al que pertenecen.

Y paro aquí, porque ya está bien por hoy de desvaríos veraniegos. Aunque, pensándolo bien, en muchos casos no se trata de desvaríos sino de palpables realidades. Para comprobarlo, no hay más que echarle un vistazo a la foto que acompaña a este artículo, extraída de un catálogo comercial.

26 de julio de 2020

Coordinar no es centralizar (jaula de grillos)

Los padres de la Constitución diseñaron la España de las autonomías con la idea, entre otras muchas, de descentralizar las administraciones del Estado. Un país como el nuestro, con cuarenta y siete millones de habitantes, quinientos mil kilómetros cuadrados de superficie y una orografía que siempre ha complicado las comunicaciones internas, exigía acercar más la gestión administrativa a los ciudadanos. Si a esas circunstancias le unían la diversidad cultural, lingüística e histórica de sus regiones, los constituyentes no dudaron en dotar al país de una estructura de corte federal, muy similar a la de tantos otros de nuestro entorno.

No voy a entrar hoy aquí en consideraciones sobre la bondad de aquella decisión, porque a estas alturas del desarrollo autonómico, con las tensiones separatistas creadas por la intransigencia de unos y de otros, es un asunto  tan complicado que no encaja en un artículo como éste. Por supuesto que tengo mis opiniones, puntos de vista que en algunos momentos he ido exponiendo en el blog; pero hoy sólo pretendo referirme a las disfunciones que se han puesto en evidencia como consecuencia de la pandemia, una de las mayores catástrofe de ámbito nacional que hayamos sufrido en los últimos años.

Aunque no haya sido la única competencia que ha necesitado una coordinación centralizada, la gestión de la sanidad ha brillado con luz propia durante la epidemia, aunque haya sido con destellos un tanto lúgubres. La intervención del Estado ha suplido en cierta medida la heterogeneidad de medios y procedimientos que se había producido entre las distintas administraciones autonómicas después de tantos años de descentralización, de manera que, gracias al principio de “mando único”, impuesto por ley desde el gobierno central, se ha podido contener con bastante eficacia la primera ola de la infección. Ahora, cuando los múltiples brotes amenazan con convertirse en un nuevo tsunami, las administraciones autonómicas están volviendo a poner en evidencia la debilidad de sus respectivos sistemas de salud. No me extrañaría que dentro de poco haya que recurrir de nuevo a los decretos que autoricen los estados de alarma.

Es evidente que coordinar no es lo mismo que centralizar. Lo que sucede es que en este asunto existe una gran confusión, ya que son muchos los que tensan la cuerda en los dos sentidos, unos celosos de perder la autonomía obtenida hasta ahora, otros aprovechando la evidente falta de coordinación entre el Estado y las autonomías para maniobrar en contra de la transferencia de competencias. Nacionalistas e independentistas en todas sus variedades, por un lado; centralistas ultramontanos y reaccionarios, por el otro. Dos estigmas en la cada vez más vapuleada concordia nacional.

En mi opinión, si hay que revisar en algún aspecto la Constitución con carácter de urgencia es en éste, en el de la coordinación a nivel Estado de las competencias transferidas cuando las condiciones de emergencia lo exijan. Es muy posible que cualquier avezado constitucionalista me diga que los estados de alarma, excepción y sitio, contemplados en el Título V de la carta magna, ya prevén las situaciones excepcionales. Pero tengo la sensación de que cualquier puesta en marcha de los mismos requiere unos trámites parlamentarios tan laboriosos que pueden llegar a inmovilizar al ejecutivo, de manera que al final no resulten todo lo efectivos que debieran ser. Las prórrogas de los estados de alarma durante los meses anteriores, aunque conseguidas todas gracias a eso que se ha dado en llamar geometría variable, han resultado partos muy dolorosos. La cerrazón nacionalista por un lado y la deslealtad conservadora por otro han puesto tantos obstáculos de carácter partidista, por no decir sectario, que deberían hacernos a todos meditar sobre un asunto que, aunque complejo, requiere revisión.

Todo menos que la falta de coordinación entre el Estado y las autonomías convierta a España en una jaula de grillos.


21 de julio de 2020

Se veía venir

Antes de empezar a escribir este artículo he revisado algunas de mis entradas en el blog, aquellas en las que reflexionaba sobre la pandemia. En varias de ellas me mostraba bastante pesimista sobre su futuro desarrollo, hasta el punto de que fueron varios los que me comentaron en su momento que me veían demasiado sombrío. Ahora, cuando mis conjeturas de entonces parecen desgraciadamente darme la razón, he decidido volver a la carga con alguno de los temores que expresaba entonces. Lo hago sobre todo porque estoy convencido de que esto va para largo.

Un día hablé de los “coronanegacionistas”, una categoría en la que englobaba a todos aquellos que por activa o por pasiva sostienen que lo que está sucediendo no es para tanto. Pero ahora, con mayor conocimiento sobre el comportamiento de nuestros semejantes –lo de semejantes es un decir-, creo que estoy en condiciones de diseccionar algo más la actitud de los que se comportan frente a la epidemia como si no fuera con ellos.

Voy a recordar en primer lugar que para combatir al virus hay que entender que no basta con protegerse uno mismo, que es preciso además no contaminar a los que te rodean. Algunos, no sé si  por egoísmo o por desconocimiento, actúan como si lo único que les preocupara fuera contraer la enfermedad, importándoles muy poco si pueden o no contagiar al de al lado, actitud que confirma aquello de que la caridad empieza por uno mismo, pero que ignora que cuantos más infectados haya mayor posibilidad tiene uno de contagiarse.

Tampoco puede ovidarse la existencia de asintomáticos y “presintomáticos”, los primeros portadores del contagio, pero que no muestran ni mostrarán nunca los síntomas del covid-19; los segundos también contagiados, pero que aún la enfermedad no se ha manifestado en ellos. Podemos tenerlos a nuestro alrededor vivitos y coleando, pero transmitiéndonos el virus sin que ni ellos ni nosotros lo sepamos.

También hay que tener en cuenta la importancia de la frecuencia de los posibles contactos con el coronavirus, aunque no sea más que por un sencillo cálculo de probabilidades. El otro día, después de estar comiendo con unos amigos, cuando volví a colocarme la mascarilla, uno de ellos me preguntó que por qué me la ponía después de haber estado sin ella durante el rato de la comida. Pues por eso, porque cuantas menos oportunidades le demos al “bicho”, mejor. Si se minimiza el tiempo de riesgo se aumenta la protección. Tan sencillo como eso.

Ahora, cuando los rebrotes están apareciendo por todas partes, conviene más que nunca meditar sobre las medidas de autoprotección, porque está claro que, si bien muchos no las practicaban ni durante el confinamiento, ahora con la nueva normalidad se las toman a chirigota. Nunca le hicieron caso a las prohibiciones y cuando éstas han desaparecido deben de pensar que, si entonces no se contagiaron, ahora ni de broma.

Los rebrotes actuales se están produciendo, entre otros, en dos escenarios recurrentes, el primero, las reuniones multitudinarias, protagonizadas por lo general por gente joven y promovidas por auténticos delincuentes; el segundo, los llamados ambientes familiares, en los que concurren abuelos, hijos y nietos, cuando no algún bisabuelo y algún bisnieto. Del primero poco que decir, porque cualquier cosa que diga ya se habrá dicho antes; el segundo motivado por la igenuidad supina de algunos, que parecen ignorar que consanguinidad no es lo mismo que convivencia. El verano se presta a este tipo de encuentros familiares y son bastantes los que, llevados por la querencia, parece que no están dispuestos a cambiar sus costumbres.

Mucho cuidado, porque tengo la sensación de que esto que ahora estamos llamando rebrotes no es más que el principio de una nueva ola, aquella que algunos vaticinaban para otoño, pero que se está adelantando por culpa de la irresponsabilidad ciudadana. De la irresponsabilidad y de la ignorancia.

No es sólo que esté pesimista, es que cada vez lo estoy más.

17 de julio de 2020

¿Qué les pasa a los nuevos?

Cuando hace unos años saltaron al escenario de la política nacional Ciudadanos y Podemos, el comentario general fue que el bipartidismo había muerto. Los partidos tradicionales, que hasta entonces habían aglutinado los votos conservadores (PP) y progresistas (PSOE), se habían escindido en otros varios y, como consecuencia, a partir de entonces habría que hablar de una nueva política. Aunque lo cierto es que no todos creyeron en aquel momento que el multipartidismo hubiera llegado para quedarse, porque fueron muchos los analistas políticos que opinaron desde el primer momento que tarde o temprano se volvería a la situación anterior. Según éstos, la fragmentación respondía a circunstancias del momento, de manera que, superadas éstas, reaparecerían con más fuerza los dos partidos dominantes de ámbito nacional y se volvería a la alternancia, con una serie de formaciones regionales o nacionalistas que, en función de su fuerza parlamentaria, inclinarían la balanza en uno u otro sentido cuando no hubiera mayoría absoluta.

Yo no voy a entrar hoy aquí en conjeturas sobre qué es mejor, si el bipartidismo o el desdoblamiento multipartidista. No es que no tenga opinión, que la tengo. Lo que sucede es que sobre lo que quiero reflexionar hoy es sobre algo distinto, porque la pregunta que me hago es si hemos llegado ya al punto de retorno a lo anterior o no. Los resultados en las elecciones autonómicas gallegas y vascas de los dos partidos llamados entonces emergentes parecen indicar que algo está sucediendo. Ciudadanos ya obtuvo unos resultados desastrosos en los últimos comicios nacionales y no parece que lo sucedido en los autonómicos de hace unos días hayan dejado en muy buen lugar a Podemos.

Tengo la opinión de que el nacimiento de nuevos partidos suele responder a ambiciones personales, legítimas por supuesto, pero casi siempre carentes de rigor ideológico. Ciudadanos, que nació con la vocación de combatir desde la derecha al nacionalismo catalán porque el PP no levantaba cabeza en aquella región, dio el salto a la política nacional envalentonado por sus resultados electorales. Sólo disponía de un espacio político muy ajustado, el centro, pero los aires caudillistas de su anterior presidente, que intentó desplazar al PP, dieron al traste con sus intenciones. Ya he dicho en alguna ocasión que si su actual dirección intentara volver a la idea de convertirse en un partido bisagra podría tener algún éxito, pero tengo la sensación de que sus líderes no acaban de definir una estrategia que devuelva a este partido la credibilidad perdida.

El caso de Podemos es distinto, pero guarda con el anterior la similitud del personalismo. Una serie de jóvenes universitarios, de ascendencia izquierdista y de modales inconformistas, aprovecharon las convulsiones internas del PSOE para salir de sus cenáculos a la calle, apoyarse en el descontento de una parte de los tradicionales votantes socialistas y fundar un partido que desplazara a Izquierda Unida y, si fuera posible, al partido socialista. Su ideología siempre fue confusa, una mezcla de comunismo, socialismo extremista y populismo progresista.

Sin embargo, una circunstancia puramente aritmética, la insuficiente fuerza parlamentaria del PSOE, dio a Podemos la oportunidad de formar parte del actual gobierno de coalición. La oportunidad y también el riesgo, porque los hechos están demostrando que su obligada adaptación a las circunstancias de la realidad, no sólo está poniendo en evidencia su radicalidad, sino que además su líder se ha convertido, muy a su pesar, en el policía malo de la pareja que forman las dos cabezas visibles de la alianza. Es curioso observar como la imagen de Pedro Sánchez gana en moderación día a día, simplemente por comparación con lo que dice y hace Pablo Iglesias.

No digo que no pueda haber nuevos partidos. Simplemente sostengo que para que tengan éxito deben de haber elegido perfectamente su sitio, porque no basta con declaraciones de intención ni con intentar ocupar el espacio político que ya estaba ocupado. Los electores terminan diciendo que para eso prefieren al genuino.

13 de julio de 2020

Inquietantes y perturbadoras noticias

El día 15 de julio de 2018 publiqué en este blog un artículo, “Reino o república”, en el que explicaba mi posición sobre este asunto, que no ha cambiado ni un ápice desde entonces a pesar de las noticias que nos llegan sobre el comportamiento del rey emérito. Si mis amigos lectores de estas líneas quieren recordar mi opinión, les remito a su lectura, para lo cual he dejado arriba el enlace correspondiente.

En aquel artículo no decía por innecesario que muchos de los que votaron a favor de la Constitución a pesar de que suponía el retorno de la monarquía, lo hicieron convencidos de que el nuevo rey habría aprendido la lección de la Historia y se comportaría con la integridad moral que le exigía desempeñar el cargo de jefe del Estado. Yo fui uno de ellos, ya lo decía en aquel artículo, y por eso también soy de los que se sienten enormemente frustrados ante lo que se va sabiendo. En mi caso, además de frustrado, indignado, porque nunca pude llegar a pensar que Juan Carlos I pudiera estar bajo sospecha de un latrocinio como el que está ahora en boca de todos, más propio de otras latitudes.

Como soy también un defensor de la presunción de inocencia, no voy a entrar ahora en conjeturas jurídicas. Los tribunales de justicia dirán -eso espero- lo que tengan que decir, pero sí voy a dar mi opinión sobre dos asuntos relacionados con la reacción de algunos políticos ante los supuestos regalos millonarios y las cuentas opacas, ya que son completamente independientes de lo que pueda suceder con la justicia.

Empezaré por decir que me parece perfecto que el presidente del gobierno se haya referido al escándalo, como respuesta a una pregunta de los medios de comunicación, con la expresión de noticias inquietantes y perturbadoras. Es cierto que su posición institucional lo obliga a la máxima prudencia, pero no los es menos que no debe disociarse de la realidad hasta el punto de no reconocer que el Estado tiene  un auténtico problema, que entre otras cosas afecta a la estabilidad del país y a su credibilidad frente a la opinión internacional. Pablo Casado lo ha acusado de no proteger al rey, uno más de sus ataques fuera de tono. Habría que preguntarle al líder conservador qué hubiera hecho o dicho él, si disimular mirando hacia otro lado o mentir diciendo que aquí no pasa nada.

La segunda reflexión que me sugiere el escándalo es que los que ahora dicen defender a la monarquía contra los vientos y las mareas de la triste realidad nunca estuvieron, salvo pocas excepciones, a favor de aquella institución. Los herederos del franquismo, que vilipendió a don Juan de Borbón durante cuarenta años y que retrasó todo lo que pudo la reinstauración, se han convertido de repente en una chocante guardia pretoriana. Ellos sabrán lo que hacen con sus estrategias, pero, si no son capaces de permitir que se separe convenientemente lo podrido de lo sano, corren el riesgo de favorecer lo que intentan evitar. La monarquía, que en la España contemporánea nunca gozo del arraigo popular necesario, corre más peligro si se defiende partidistamente que si la sensatez institucional procura proteger la estabilidad poniendo los puntos sobre las íes.

Veremos en qué acaba todo esto. De momento el escándalo está servido, con el consiguiente riesgo de inseguridad institucional, algo que, con tantos frentes abiertos, parece poco conveniente. Pero, dada la vehemencia de los antimonárquicos, unida a la irresponsabilidad partidista de los "nuevos monárquicos", no me extrañaría que se avecinaran tiempos tormentosos. Todo dependerá de la habilidad del gobierno para manejar la difícil situación y -no lo perdamos de vista- de la actitud de la propia casa real.

9 de julio de 2020

¿Qué te han hecho los refranes?


(Dedicado a mi amigo, el viajero impenitente)

Le oí decir hace poco a un buen amigo mío que odiaba los refranes. Mejor dicho, no se lo oí, sino que leí su opinión en uno de sus muchos escritos, todos ellos por cierto muy interesantes. Si su juicio hubiera sido que su utilización como recurso literario resulta en ocasiones oportunista o que algunos de ellos no son más que tópicos disfrazados de originalidad, quizá hubiera estado dispuesto a considerar sus apreciaciones. Pero la palabra odio ha provocado en mi subconsciente un rechazo, porque soy un convencido de que, como decía Gonzalo Torrente Ballester, el refranero constituye el compendio de la sabiduría de un pueblo.

Como la franqueza no es agravio, ni ser sincero resabio, hoy me he levantado pronto para escribir este artículo, aunque sé muy bien que no por mucho madrugar amanece más temprano. Pero como el que algo quiere algo le cuesta, y como además lo cortés no quita lo valiente, voy a intentar defender el honor del vapuleado refranero. Aunque aviso de antemano que no me extenderé demasiado, ya que debo recordar que lo bueno si breve, dos veces bueno, y si malo menos malo.

Sin embargo, como el que tiene boca se equivoca y el que juega con fuego sale quemado, no quisiera ir a por lana y volver trasquilado. Defender el refranero de acusaciones frivolas es una cosa y otra muy distinta  correr el riesgo de sembrar vientos y recoger tempestades, aunque en este caso no deba olvidarme de que perro ladrador poco mordedor. No obstante debería andar con mucho cuidado, no vaya a ser que alguien me diga que los toros se ven mejor desde la barrera. Además, y sobre todo, no quisiera que me recordaran que una cosa es predicar y otra dar trigo.

En realidad no sé por qué la frase de mi amigo ha herido tanto mi sensibilidad, cuando una golondrina no hace verano. Quizá debería haberme acordado de que el agua que no has de beber debes dejarla correr y, también, de que en boca cerrada no entran moscas. Pero, como tengo vocación de abogado de pleitos pobres, lo que me ha venido a la memoria es que el que calla otorga, de manera que en vez de tener en cuenta que el tiempo todo lo cura, menos vejez y locura, he preferido quitarme la espina y aplicar aquello de ande yo caliente y ríase la gente.

Querido amigo, no te metas con el ingenio popular porque ya sabes que es mejor no menear el arroz aunque se pegue. Yo, aunque no me olvido de que no es oro todo lo que reluce, le tengo tanto cariño al refranero español que unas veces lo utilizo porque sus mensajes me vienen como anillo al dedo y otras porque a falta de pan buenas son tortas, aunque nunca sepa de antemano la reacción que su lectura provocará, ya que ojos que no ven corazón que no siente.

Como había prometido brevedad y ha llegado la hora de comer lo dejo aquí, porque sabido es  que con la barriga vacía ninguno muestra alegría. Además me acabo de dar cuenta de que en esto de los refranes, como en casi todas las contingencias de la vida, lo mejor es que cada palo aguante su vela. Y, aunque a lo hecho pecho, dejaré por hoy de ir de la Ceca a la Meca.



5 de julio de 2020

Filias y fobias

Me confesaba hace poco un buen amigo que hubiera continuado votando al PSOE si no fuera porque siente un profundo rechazo hacia Pedro Sánchez. Un argumento que, colocado como premisa de cualquier otra consideración, podría resultar inapelable. Si uno no traga al líder, ¿cómo puede pararse a examinar el programa que su partido defiende?

Lo que sucede es que yo no estoy de acuerdo con que las decisiones de voto, es decir las preferencias políticas, deban estar condicionadas por las percepciones que cada uno tenga sobre las personas que las representan en un momento determinado. Éstos pasan, son sustituidos por otros, mientras que las ideas del partido que lideran, al menos desde el punto de vista de las líneas maestras, permanecen. Lo primero es anecdótico, lo segundo categórico. Renunciar a la defensa de una ideología porque el líder del momento "te caiga mal" tiene poco sentido, sobre todo si como consecuencia de esa antipatía se termina votando a los adversarios, es decir a los que representan la antítesis política de los primeros. Si se dejara el voto en la abstención, es decir en cuarentena momentanea, podría llegar a entenderlo. Pero cambiar de ideario por culpa de la opinión que se tenga de una persona me parece poco riguroso.

Yo creo que cuando se pone a las personas como justificación de la modificación del voto, lo que se hace en realidad es utilizar un pretexto para cambiar de “bando” sin tener que dar a nadie demasiadas explicaciones. En realidad se ha elegido una nueva ideología, se han modificado los parámetros bajo los que antes se tomaban las decisiones de voto, y, como a nadie le resulta demasiado decoroso el transfuguismo, se pretextan desacuerdos con el líder del momento. Todo menos reconocer que se ha cambiado de pensamiento político, que ya no se defiende lo que se defendía antes.

Esto cambios de adscripción política pueden suceder por varias razones. A veces ocurre porque la edad modifica la percepción personal del modelo de sociedad que uno quiere y, como consecuencia,  se empieza a ver el mundo con ojos distintos. Otras, porque el entorno familiar presiona tanto que obliga de manera inconsciente, pero efectiva, a cambiar el compromiso. Por último, y esto puede coincidir con los anteriores supuestos, porque nunca se estuvo convencido de las ideas que se tenían antes, de manera que cambiarlas por otras resulta muy fácil.

En cualquier caso, aceptando que todo el mundo tiene derecho a elegir el partido que le dé la gana, lo que me sorprende es que haya que pretextar antipatías personales. Cuando las ideas están claras, el líder del partido que las defiende podrá gustarte más o menos, pero esa circunstancia no debería influir en tu voto. Hacerlo significa, no sólo dar la espalda al sujeto merecedor de esas antipatías, sino a todo un programa, a toda una ideología. Salvo que, como digo arriba, lo del rechazo personal no sea más que una excusa para cambiar de chaqueta.

Yo he conocido ya a muchos secretarios generales del PSOE, desde Felipe González, que tuvo que gobernar en medio de una democracia todavía débil y amenazada, hasta Pedro Sánchez que ha heredado una situación de desprestigio de las instituciones y de pérdida de calidad democrática como nunca se había dado antes. Y a todos ellos, desde el primero al último, les he “sacado defectos”, porque es imposible que una persona responda en su totalidad a tus gustos políticos. Pero más allá de esos desacuerdos estaban las ideas y los programas, y sobre todo la comparación con los adversarios. Cuando ponía cada una de estas cosas en el platillo correspondiente de la balanza de las decisiones, mis posibles dudas se disipaban.

Cambia de bando cuando quieras, querido amigo, pero no pongas pretextos, porque corres el riesgo de que se te vea el plumero de la mala conciencia que te provoca haber dicho digo y ahora Diego.


30 de junio de 2020

Hablando se entiende la gente.

Una de las novedades que nos ha traído la pandemia ha sido la celebración de catorce conferencias semanales, todas ellas telemáticas, entre el presidente del gobierno central y sus homólogos autonómicos. He seguido con cierta atención -hasta donde me ha sido posible- las ruedas de prensa de unos y otros al acabar cada sesión y he ido sacando la conclusión de que, aunque en determinados momentos se hayan producido tensiones -unas debidas a peticiones de recursos, nunca bien satisfechas a gusto de todos, y otras a simples movimientos tácticos con la vista puesta en los respectivos electorados autonómicos-, el funcionamiento de esta gran herramienta institucional ha sido excelente y, en mi opinión, el resultado muy provechoso. Creo que se trata de un asunto que merece una reflexión.

Cuando los “padres de la Constitución” decidieron diseñar el Estado de las Autonomías, pusieron el foco en dos aspectos muy concretos, por un lado descentralizar la administración y por otro reconocer políticamente la diversidad cultural de nuestro país. Pero dejaron a los futuros parlamentos la labor de legislar el funcionamiento de un sistema que, aunque sólo fuera por lo novedoso, presentaba dificultades de coordinación. Las Cortes fueron haciendo el trabajo pendiente en lo relativo a la transferencia de competencias, pero nunca abordaron en profundidad un asunto tan trascendente como sería el de potenciar las herramientas que permitieran una buena comunicación de arriba abajo y, todavía más importante, que obligaran a los gobiernos autonómicos a no perder nunca de vista la problemática general del país. Soy de la opinión de que esa falta de cauces políticos ha sido una de las causas de muchos de los problemas de desafección que se observan en España.

De la misma manera que una gran organización supranacional, como es el caso de la Unión Europea, necesita de constantes conversaciones, de inacabables negociaciones y de una enorme dosis de diplomacia para conseguir la unidad de acción, un país como el nuestro, con una administración tan descentralizada, precisa de mecanismos que ayuden a las partes a no perder nunca de vista el conjunto y al conjunto a no olvidarse en ningún momento de las partes. En el caso de Europa la necesidad viene impuesta porque se parte de una absoluta división territorial y política y se aspira a la creación de una cierta unidad de acción en todos los ámbitos. En el de España, el imperativo procede del hecho de que, con absoluto respeto al reparto de competencias, no se debe permitir que la descentralización administrativa lleve a la falta de entendimiento y por tanto a la desunión.

Yo espero que los políticos hayan aprendido la lección y se propongan institucionalizar una herramienta, la conferencia de presidentes de comunidades autónomas, que, aunque prevista, apenas se había puesto en práctica hasta ahora. El coronavirus ha obligado a una coordinación excepcional, pero son muchos los temas que, aunque menos llamativos que una pandemia, obligan a la más estrecha colaboración entre las partes, algo que sólo se consigue alrededor de una mesa, con absoluta lealtad hacia el conjunto y hacia las partes. En esta ocasión muchos presidentes, de todos los colores por cierto, han manifestado su satisfacción por lo aprendido políticamente a lo largo de las muchas horas de reunión con sus pares, porque, entre otras cosas, han descubierto que los problemas suelen ser comunes y que las soluciones son mejores cuando proceden de un acuerdo multilateral.

Este gobierno ha tenido la ocasión de utilizar una herramienta que muchos echaban de menos. Confío en que no se desaproveche la oportunidad una vez más. Reformar el Senado para convertirlo en una cámara de representación autonómica está en la mente de muchos, pero en ningún plan concreto. Sin embargo, sentarse de vez en vez alrededor de una mesa es algo que ya se ha puesto en práctica con absoluta normalidad, con resultados muy positivos.

Ojalá que esta experiencia no se quede en un inútil brindis al sol.

26 de junio de 2020

Desescalar no es descalabrar

En más de una ocasión me he referido en este blog a mi punto de vista sobre la pandemia que azota al mundo. Mejor dicho, no sobre la pandemia sino sobre sus consecuencias inmediatas. Cuando estábamos en pleno confinamiento solía referirme de vez en vez a lo que vendría después, pero lo hacía bajo la impresión de que se trataría de un futuro exento de riesgos. En aquellos primeros días todos creíamos que los científicos serían capaces de resolver la situación en muy poco tiempo, mediante vacunas preventivas y fármacos curativos. A nadie se le ocurría pensar que llegaría un momento en el que tendríamos que convivir con el peligroso coronavirus, sin más protección que la que cada uno se procurara. Pero ese día ha llegado ya y lo ha hecho con el rimbombante nombre de Nueva Normalidad.

Parece, sin embargo, que una parte de la población no ha entendido la realidad de la situación y, en consecuencia, se comporta como si el riesgo de contagio no fuera con ellos. Se trata de personas que consideran que el peligro de propagación ha desaparecido o que les importa muy poco convertirse en agentes propagadores. Son individuos antisociales o asociales que no están dispuestos a renunciar a lo que les apetezca en cada momento, saltándose  las medidas cautelares que recomiendan e incluso ordenan las autoridades.

En el subconsciente de esta clase de personas deben de circular ideas muy confusas sobre la gravedad de la situación, en unos, porque su capacidad de discernimiento no da para más, y en otros debido a que su falta de solidaridad social no les permite dedicarle un minuto a meditar sobre lo que significa seguir viviendo como si aquí no pasara nada. Por eso de la simplificación, y sin ánimo de insultar a nadie, a los primeros los llamaré mentecatos y a los segundos irresponsables. Puede que existan otras variedades, porque la especie humana es muy rica en modalidades que se apartan de la normalidad, pero de momento me quedo sólo con las categorías de los tontos y de los insolidarios.

No hace falta poner ejemplos, porque todos los días aparecen casos en los medios de comunicación que ilustran lo que está sucediendo tras la desaparición del confinamiento obligado, noticias que hacen temer lo que se nos avecina en los próximos meses. Botellones, bodas multitudinarias, reuniones sociales sin precauciones, hogueras en las playas, etc., ocupan las noticias de estos días, siempre bajo la denominación de actuaciones irresponsables. Pero nadie dice, y creo que hay que decirlo, que los protagonistas de estos comportamientos son personas faltas de entendederas o insolidarias de manual.

Como esto es así, y no creo que vaya a cambiar por muchas campañas de civismo que se organicen, he llegado a la conclusión de que estamos obligados cada uno de nosotros a cuidar de nuestra propia integridad física. Eso exige sacrificios personales, porque hay que renunciar a muchas de las cosas que formaban parte de nuestra cotidianidad y porque nos aboca a tener que vivir de manera distinta a como nos gustaría seguir viviendo. Pero como los descerebrados y los insolidarios campan a sus anchas, la única manera de librarse de los efectos de sus desatinos y de sus irresponsabilidades es apartarse de ellos lo más posible.

Apunto estaba de darle al ENTER para publicar estas reflexiones cuando ha sonado el timbre de mi casa. Me he puesto la mascarilla, he abierto la puerta y me he encontrado con una joven empleada de la compañía del agua que venía a medir el contador. "Veo que lleva usted mascarilla", me dice. "Por supuesto", le contesto. "Uy, si yo le contara", me sonríe. "La mayoría no la lleva y, cuando les pido que se la pongan, algunos me contestan que están en su casa y allí no les ve nadie".

En cualquier caso, y esta es la buena noticia, ya llegarán tiempos mejores. Pero ojo, porque si queremos verlos tenemos la ineludible obligación de alejarnos de los idiotas y de los irresponsables. Lo que está sucediendo con los rebrotes no es ninguna broma y esto no ha hecho más que empezar.

22 de junio de 2020

El dinero europeo y los patriotas españoles

Una de las mayores infamias que se pueden cometer en política  es la de no apoyar al gobierno de turno en cualquier negociación de carácter internacional. Si además, como es el caso de las actuales conversaciones en el seno de la Unión Europea, se trata de discutir las cantidades de dinero que se van a recibir y las condiciones que rijan los préstamos o las subvenciones recibidas, las maniobras por parte de la oposición para dificultar el logro de un buen acuerdo sólo pueden calificarse de traición a los intereses de España.

Lamentablemente eso es lo que está sucediendo en estos momentos con algunos de los representante de los partidos de la derecha española en Europa. Con el pretexto de que lo que pretenden con sus maniobras es que el dinero se utilice adecuadamente y no en políticas partidistas, están moviendo todos los hilos que pueden para influir en el ánimo de los que tienen que decidir las ayudas. Una labor tan descarada, que ni siquiera tratan de disimular. Parece como si, para debilitar al gobierno español, estuvieran dispuestos a aliarse con los enemigos de su propio país.

La oposición sabe que si se consiguen las ayudas en buenas condiciones de devolución, Pedro Sánchez obtendría un indiscutible triunfo político, no sólo porque habría doblegado la voluntad de los socios más reticentes del norte de Europa, sino además porque con ese dinero España podría salir con más facilidad de la crisis que se nos avecina. Dos victorias, una política y otra económica, que afianzarían al gobierno, triunfos que los tramontanos que ahora manejan los partidos conservadores en España no están dispuestos a consentir.

Resulta difícil de creer, pero es así. La oposición no sólo no está respaldando como debería las arduas negociaciones del gobierno con la Comisión, sino que las está boicoteando. Pero es que además lo está haciendo de la manera más burda que se puede hacer, alertando de posibles despilfarros, aleccionando para que se arbitren controles y sugiriendo que se aten muy de corto los movimientos del gobierno español. Es como si les persiguiera el recuerdo de lo que les pasó a ellos en la crisis financiera, cuando gobernaban. Entonces se nos exigieron unos sacrificios que ahora podrían obviarse, porque los fundamentos de esta recesión nada tienen que ver con los de aquella.

Por eso lo digo alto y claro: lo que está haciendo la oposición en este asunto es una auténtica traición a los intereses de los españoles que no admite excusas. Los que presumen de patriotas y se envuelven en banderas nacionales como si fueran capas de Superman están maquinando con vileza contra su país, sólo con la mirada puesta en hacerse con el poder cuanto antes. Han encontrado otro frente donde atacar y no se andan con miramientos. Lo importante para estos líderes no son los españoles, sino que sean ellos y no el gobierno actual los que dirijan los destinos del país. Cuanto peor, mejor, se repiten. Ya llegaremos nosotros a deshacer los entuertos.

Le oí decir el otro día a uno de los líderes de la derecha que algunos de los países que ponen trabas a la concesión de préstamos a los más afectados por la crisis tienen gobiernos socialdemócratas, de manera que “convénzalos usted, señor Sánchez, porque son de los suyos”. Hacía tiempo que yo no veía en este país una desvergüenza mayor. Mejor dicho, hacía tiempo que nadie se atrevía en España a ejercer tanta ignominia.

18 de junio de 2020

Mucho ruido y pocas nueces

No hace falta ser un buen observador de la actualidad parlamentaria para percibir la falta de contenido de los mensajes que lanza la oposición desde que Pedro Sánchez llegó a la Moncloa. Son tan burdos, tan de bulto, a veces tan infantiles, que a mí me ha dado por pensar que los actuales líderes de la derecha carecen por completo de un programa político que defender. Lo que, dicho de otra manera, significa que en estos momentos nadie está censurando con rigor la labor de los que gobiernan, porque las intervenciones de los portavoces del PP y de Vox se limitan a críticas contra las personas que gobiernan y no contra las ideas que defienden. A mí, como demócrata, me preocupa mucho la carencia de contrapeso político, absolutamente necesario en un sistema parlamentario.

El mundo empresarial debe de estar muy preocupado por este vacío programático, porque tradicionalmente han sido los partidos conservadores los que se han batido el cobre en defensa del mundo empresarial. De la misma manera que los trabajadores confían en que los gobiernos de izquierdas legislen a favor de sus intereses, o en el caso de estar en la oposición censuren las medidas de carácter antisocial que promuevan los gobiernos conservadores, los empresarios esperan que los partidos de derechas defiendan los suyos. Quizá sea ésta una clasificación un tanto simplista, pero en el fondo así ha sido desde que existe la democracia parlamentaria.

En estos momentos no se oye ninguna crítica hacia la batería de medidas de carácter social que está sacando adelante el gobierno de Pedro Sánchez, no sé si porque el PP y Vox sepan que por ahí no pueden atacar o porque su obcecación por recuperar el poder los lleve por otros derroteros, más toscos, pero quizá de más fácil comprensión por parte de sus incondicionales. Menos mal que los empresarios cuentan con Antonio Garamendi, quien, ante la dejación de los líderes de la derecha, defiende con rigor los intereses patronales. Cuando el presidente de la CEOE tuvo que dar un portazo por el acuerdo con Bildu, lo dio argumentando razones de carácter laboral. Después, tras las oportunas rectificaciones, volvió a sentarse con los sindicatos y con el gobierno para continuar con el diálogo social. Un fenómeno curioso que conviene no perder de vista. Mientras que PP y Vox hablaban de “etarras”, la CEOE lo hacía del estatuto de los trabajadores.

A la derecha no debe de interesarle entrar en debates ideológicos, porque sabe muy bien que muchos de sus votantes aprueban las medidas de carácter social que defiende el actual gobierno. Casado y Abascal prefieren atacar por otros flancos, como son el de la fragilidad parlamentaria de Pedro Sánchez, el de las discrepancias que en ocasiones se destapan entre los dos partidos que conforman la coalición o el de los errores tácticos que se cometen en cualquier acción de gobierno. Es mucho más fácil criticar la manifestación feminista del 8 de marzo que sacarle punta al ingreso mínimo vital. Es más cómodo votar no a las extensiones del estado de alarma que proponer alternativas que permitan controlar la movilidad, una medida necesaria para evitar contagios y por tanto muertes.

¿Dónde están las ideas que justifican el ideario conservador? No se ha visto ni una sola propuesta legislativa que intente modificar las numerosas iniciativas progresistas del gobierno de Pedro Sánchez, pero sí muchos ataques personales, mucha algarabía criticando aspectos marginales que nada tienen que ver con la defensa de su pensamiento político. Para criticar el ingreso mínimo vital recurren a calificaciones como la de “paguita”, o sacan a relucir viejos tópicos xenófobos, como el del manoseado efecto llamada.

Con este tipo de oposición, tan de trazo grueso, el gobierno puede que esté incómodo, pero no preocupado por su supervivencia política. Nunca los asuntos triviales han conseguido derribar gobiernos. Pero allá ellos -PP y Vox, Vox y PP- con sus estrategias, allá ellos con la estrategia que han elegido para hacer oposición.

14 de junio de 2020

Futbol, terrazas y colegios

Con esto de la desescalada es muy curioso observar las prioridades que establecen los ciudadanos a la hora de recuperar la normalidad perdida. Hay una aspiración muy generalizada, la de libertad de movimiento por el territorio nacional. Es lógico, porque el verano está encima, y a quien más y a quien menos le apetece pasar unos días fuera de casa, en la playa o en el interior.  Pero, después de este anhelo preferente, las siguientes aspiraciones están muy repartidas.

Me llama la atención que la reanudación de los campeonatos de futbol y la apertura de las terrazas al aire libre sean dos de las preocupaciones que ocupan más titulares en los medios de comunicación, tantos que, si uno se dedicara a leer todas las opiniones de los expertos y de los profanos en la materia, no le quedaría tiempo para ocuparse de las protestas antirracistas en Estados Unidos ni para analizar cómo evoluciona la pandemia en el mundo. La primera, la de la liga, con sus variantes de espectadores sí o espectadores no, además de con la bizantina discusión de si en todos los campos al mismo tiempo o si en unos antes que en otros, por aquello de que el coronavirus no ha atacado a todas las hinchadas con la misma intensidad. La segunda en torno a la distancia que debe haber entre mesas, que por fin ha quedado fijada en la salomónica cifra de metro y medio, ni uno, que parecía corta, ni dos por excesiva.

Vendrían a continuación otras preocupaciones, pero ya a cierta distancia de las anteriores en intensidad. Por mencionar alguna, el uso de las playas, los metros cuadrados que le corresponde a cada bañista, si se  podrán usar las duchas o no, quién y cómo se controlará el acceso a las zonas secas y a las húmedas, y todo lo que conlleva utilizar esos espacios tan deseados, que si en época normal ya suponía un cúmulo de incomodidades, ahora con la nueva normalidad sospecho que se convertirá en un auténtico calvario.

Sin embargo, no observo que nadie esté demasiado preocupado con el parón educativo que está sufriendo nuestro país. No creo que exagere si digo que el periodo lectivo 2019-2020 se va a convertir en un curso perdido a todos los niveles, desde los parvularios hasta la universidad. Puede ser que al final gracias a los “exámenes patrióticos” –así se denominaba a los que se celebraron al acabar la guerra civil- sean muchos los que no repitan curso, que al fin y al cabo es lo que más suele preocupar a la gente. Pero del vacío educacional, de la enorme bolsa de conocimientos perdida nadie habla, por aquello de que mal de muchos consuelo de tontos.

La ministra Celaá ha propuesto una serie de recomendaciones para reabrir los colegios en septiembre. Aunque la mayoría de las Comunidades Autónomas las aceptan, otras, como la de Madrid, ponen pegas. El consejero de Educación del gobierno de la señora Díaz Ayuso dice que las exigencias ministeriales no se pueden cumplir, porque supondría un desembolso económico muy alto, más profesores, acondicionamiento de los colegios, etc. El dinero adicional que le entrega el gobierno para estos menesteres le resulta insuficiente y, de acuerdo con su ideología neoliberal, no quieren recurrir al aumento de los impuestos. No importa que lo que está en juego sea la educación de los niños madrileños ni que lo que se pretenda sea que el regreso a la aulas se haga en condiciones de seguridad. La crisis anterior, la del sector financiero, la resolvieron con recortes y no parece que estén en disposición de hacer las cosas de manera diferente. Pero afortunadamente ahora hay un gobierno central progresista y no creo que les vaya a dar facilidades para resolver esta situacións como resolvieron aquella. Iremos viendo.

Decía yo al principio de la pandemia que habría un antes y un después. Cuando lo razonaba pensaba en que un revulsivo como éste nos dejaría huellas provechosas, porque la humanidad suele sacar enseñanzas de los periodos de convulsión. Pero ahora, visto el orden de las preocupaciones de muchos para volver a la normalidad, me temo que, no sólo no vaya a ser así, sino que resulte todo lo contrario.

10 de junio de 2020

Cuchufletas y dardos envenenados

Tengo la impresión de que son los políticos, y nada más que los políticos, los que andan crispados estos días, unos más que otros, algunos incluso al borde de la demencia. Lo digo porque a mí me da la sensación de que a los ciudadanos no les contagia tanto griterío, tanto insulto y tanta desfachatez dialéctica, lo que no quiere decir que no les gusten más unos que otros. Pero, salvo excepciones, no detecto crispación, en el exacto sentido de la palabra, entre las personas que trato habitualmente, colectivo en el que hay rojos, como las granadas maduras, y azules, como el mar océano, por no citar más que dos colores, aunque, si me lo propusiera, no tendría suficientes con los de la gama del arco iris.

Yo no había visto entre los políticos tanta grosería e impertinencia en mi vida, un derroche de mala educación que, además, destaca por venir de quien viene, de personas a las que por su posición en las estructuras sociales del país se las supone de dialéctica moderada y de expresión contenida. En ocasiones parece que uno en vez de asistir a una sesión parlamentaria estuviera en medio de una trifulca callejera, de esas de insultos malsonantes y navajas en la liga. Y aunque no son muchos los que se comportan así, entre los que destacan hay profesores universitarios y aristócratas de linaje. A veces tengo la sensación de que compiten por decir, no ya la última palabra, sino la más insolente.

Entre los ejemplos que puedo poner para ilustrar esta reflexión me han venido a la cabeza dos. El primero lo protagonizó Pablo Iglesias con su reiterada insistencia en llamar a la portavoz del PP señora marquesa. No había ninguna necesidad de utilizar la burla, a la que se suele recurrir cuando uno se queda sin argumentos. Es cierto que en este caso no se trata de un insulto, pero sí de una innecesaria alusión personal, actitud que, si bien en cualquier caso es inapropiada, en un vicepresidente de gobierno resulta inaceptable.

Pero la respuesta de la aludida fue mucho peor, yo diría que envenenada con toda la ponzoña que una persona puede almacenar en los rincones de su subconsciente. Llamar al vicepresidente hijo de terrorista supone una vileza imposible de superar en sede parlamentaria. Cuando lo oí no daba crédito a las palabras de Cayetana Álvarez de Toledo, a la que imaginé en aquel momento poseída por sus demonios internos. Veremos en que queda su falsa acusación, porque, como le advirtió el insultado, puede que estuviera cometiendo un delito. Los jueces lo dirán.

Ante tanto ruido de gallos (y gallinas) encrespados no hay justificación posible, ni tan siquiera si luego, pasada la refriega, se piden disculpas, que por cierto nunca son completas, siempre matizadas y sobre todo más falsas que los billetes de un euro. Puede ser que sosegado el ímpetu se den cuenta de que han metido la pata hasta el corvejón, pero su soberbia, su incapacidad de reconocer errores los mantiene firmes, aunque noten que su entorno se desmarque de las actitudes groseras.

En todos estos comportamientos hay un denominador común, que los exabruptos se pronuncian en los debates públicos, con luz y con taquígrafos, porque en definitiva lo que el ofensor busca es el aplauso de los suyos. Pero, señorías, ¿dónde han dejado ustedes la cortesía parlamentaria que se les supone, como al soldado el valor? Mucho me temo que estén tan metidos en sus duros caparazones políticos que no noten la gravedad de los insultos, la incomodidad que produce su rudeza en la mayoría de los ciudadanos. Así, con estas descalificaciones, lo único que conseguirán es ganarse fama de maleducados. Y, si acaso, quizá logren el aplauso de alguno de sus incondicionales. Pero, créanme, en realidad lo que ganan es descrédito político, porque se les ve a la legua que lo que les sucede es que se quedan sin argumentos.

6 de junio de 2020

Negacionismo militante

La palabra negacionismo en su sentido más amplio se refiere a la negación de la realidad para evadir una verdad incómoda. Yo hasta ahora la utilizaba -además de cuando pensaba en los que todavía niegan el Holocausto- en asuntos tales como el cambio climático, temas en los que, a pesar de que las pruebas científicas que avalan la certeza del fenómeno son aplastantes, algunos les dan la espalda para evitar así tomar medidas que no les interesan. Pero a partir de ahora incluiré en el paquete de los negacionistas a todos aquellos que, en mayor o menor medida, niegan la gravedad de la pandemia que en estos momentos mantiene en vilo a la humanidad. Es más, les daré el nombre de "coronanegacionistas", algo largo, pero fácil de memorizar.

Los negacionistas de la letalidad del coronavirus no son pocos. Lo que hay que preguntarse es cuál es la causa de esta militancia tan extendida, las razones que los llevan a minimizar la gravedad de la pandemia. Pudiera ser que, como sucede con el cambio climático, a los “coronanegacionistas” les moviera razones económicas, ya que las medidas de confinamiento para aislar al virus paralizan en cierta medida la marcha de la actividad empresarial. Pero esto justificaría a una parte de ellos y no a todos. Mucho me temo que en España hay bastantes cuya negación se basa en una simple postura antisistema, en este caso antigubernamental, porque a este gobierno le ha tocado tomar las medidas para combatir la epidemia, y que lo esté haciendo con determinación no se lo perdonan. Para ellos no importa si las disposiciones que se han promulgado son eficaces. Lo que valoran es quién las ha puesto en marcha y no las razones de su ejecución.

Para ilustrar lo que acabo de escribir podría poner bastantes ejemplos, pero, por aquello de la brevedad que me impongo en este blog, me quedo con uno sólo: el voto en contra de las extensiones del estado de alarma. Los “coronanegacionistas” han argumentado para justificar su decisión que ya no eran necesarias, porque la situación había cambiado. No han explicado en qué, simplemente han votado no a una propuesta del gobierno. Que esta herramienta legal fuera imprescindible para obligar a cumplir las medidas de protección adecuadas les traía sin cuidado. Era una  propuesta del gobierno y eso les bastaba para no apoyarla.

Mucho me temo que el número de “coronanegacionistas” vaya aumentando, pero a partir de ahora por razones diferentes a las de arriba, sólo para justificar el incumplimiento de las medidas de prevención contra la epidemia. Qué duda cabe de que el uso de la mascarilla resulta incómodo y de que mantener las ahora llamadas distancias sociales no facilitan en modo alguno la comunicación interpersonal. Por eso, para saltarse las disposiciones, qué mejor que negar las razones que las justifican. Se niega el peligro y a continuación se infringen las normas. Hasta ahora estas actitudes insolidarias han sido excepciones, denunciadas inmediatamente por los medios de comunicación y condenadas por la mayoría de la opinión pública, pero no me sorprendería que a partir de ahora se convirtieran en algo general. Azuzadores del incumplimiento no van a faltar. Son muchos los indicios que apuntan en esa dirección.

Que nadie se engañe, porque el coronavirus está entre nosotros. Se ha conseguido contener y reducir su expansión a base de grandes sacrificios, pero no su eliminación. De manera que para convivir con él hasta que se disponga de la vacuna y de los fármacos adecuados, para no volver a la triste situación que sufrimos hace pocas semanas, no queda otra alternativa que continuar siendo cautelosos y, en consecuencia, cumplir las normas que se nos marquen, digan lo que digan los "coronanegacionistas", argumenten lo que argumenten aquellos que han convertido la pandemia en un arma política.

3 de junio de 2020

¿Se desarrima Arrimadas?

El pasado 2 de febrero publiqué en este blog un artículo que se titulaba "Arrimadas se arrima". Hoy vuelvo al mismo tema, pero en un sentido completamente opuesto. Ya entonces pedí disculpas por el oportunismo del título, de manera que hoy me abstengo y paso directamente al asunto que me interesa.

Mucho me temo que no sean más que sensaciones fugaces, de las que desaparecen tan rápido como las tormentas de verano, pero lo cierto es que me ha parecido percibir un ligero cambio de estrategia en Inés Arrimadas. No sé si será porque las circunstancias políticas la estén obligando a desmarcarse de la derecha/ultraderecha, o porque las corrientes internas de su partido la apremien a atemperar el discurso político, pero, aunque no sea más que en matices que pasan casi desapercibidos, su tono está cambiado. De la intransigente vehemencia con la que se expresaba tras el batacazo electoral y, más tarde, cuando el capitán de su barco abandonó la nave en plena tempestad, ha pasado a lanzar unos mensajes que, aunque inequívocamente conservadores, parecen más moderados.

Si fuera así me alegraría. En España, en estos momentos, no hay centro. Ni centro derecha ni centro izquierda ni centro centro. Ya he dicho en alguna ocasión que a mí las posiciones centristas no me convencen, porque al final no son “ni chicha ni limoná”, permítaseme la castizada. Prefiero hablar de izquierda moderada y de derecha moderada. Sin embargo, ahora mismo carecemos de lo que solemos denominar partidos bisagra, una posición que muy bien hubiera podido ocupar Ciudadanos si no fuera por las ambiciones de su anterior presidente. Quiso ir a por todas y se quedó sin ninguna. Si Inés Arrimadas, por razones estratégicas o por propio convencimiento, intenta ocupar ese espacio, quizá lo consiga, porque en el cada vez más estrecho corrillo ultraconservador no parece tener cabida. No le resultaría fácil, debido a que con sólo diez diputados carece de relevancia parlamentaria. No obstante, las cartas podrían darle juego si las manejara con habilidad.

Ciudadanos en estos momentos está gobernando con el PP en varias Comunidades Autónomas, sin olvidar que en algunas de ellas participa Vox. Soltar lastre conservador no es fácil, si por un lado se pretende mantener los compromisos pactados con sus socios y por otro empezar a crear una nueva imagen con la vista puesta en las próximas elecciones. Recobrar la credibilidad perdida, recomponer la imagen de la moderación y aspirar a gobernar con la izquierda allí donde ésta haya conseguido ser la lista más votada no es tarea fácil. Los electores han demostrado que las componendas que consisten en soy de centro, pero apoyo leyes absolutamente ultraconservadoras, no los engañan. Por eso, si Ciudadanos no establece una estrategia clara, que la diferencie con nitidez de la derecha hoy al uso en España, no tendrá nada que hacer, algo de lo que supongo que Inés Arrimada ya se habrá dado cuenta.

De la misma manera que Podemos eligió la estrategia de acercarse al PSOE, procurando al mismo tiempo mantener su propia identidad política, y de momento no le ha ido mal, Ciudadanos no puede hacer lo mismo con el PP. Su única salida sería volver a la moderación, separarse lo más posible del Partido Popular y de Vox, sin caer en tentaciones de ocupar el espacio progresista, porque ya está ocupado. Sólo le queda el centro. Su única posibilidad de sobrevivir es convertirse en bisagra de la política española. ¿Es eso lo que ha entendido Inés Arrimadas? Si fuera así, desde mi punto de vista podría resultar un acierto político. Significaría que reconoce que la derecha está monopolizada por un Partido Popular que ha perdido la moderación y se deshace en esfuerzos por rivalizar con Vox, y que entrar en esa lucha cainita no puede reportarle nada útil.

Cuando en política se pretende cambiar la deriva, los movimientos son lentos porque la nave que se maneja es de gran tonelaje. Por eso habrá que estar atentos a los mensajes que siga lanzando la cúpula de Ciudadanos, pero sobre todo a las decisiones parlamentarias que este partido vaya tomando. Yo he percibido un cierto giro a la moderación, pero no me sorprendería que no fueran más que ingenuas figuraciones mías.

30 de mayo de 2020

¡Cuidado con los patinazos!

El improvisado e inoportuno acuerdo del gobierno con Bildu para conseguir su abstención en la votación de hace unos días, me ha dejado con la preocupación de que el gobierno de coalición PSOE-UP no esté siendo consciente de que, en medio de esta tormenta por la que estamos pasando, tiene la obligación ineludible de redefinir el alcance de su programa político a medio y largo plazo. Los objetivos sociales con los que se presentaron a las elecciones no se pueden mantener íntegros en medio de una crisis como la que se nos ha venido encima. No solamente deberían de reconocerlo, y por tanto actuar en consecuencia, sino que además es urgente que lo manifiesten a la sociedad con toda crudeza, sin paliativos y, sobre todo, con pedagogía.

Se han tenido que tapar tantos agujeros -y esto no ha hecho más que empezar-, que mantener enhiestas las banderas reivindicativas de entonces sería un suicidio. No digo, en absoluto, que haya que renunciar a los objetivos sociales por los que muchos les votaron, sino acondicionar los ritmos a la nueva situación. Haber llegado a esta situación es lamentable, pero mucho más sería perder la credibilidad y dar al traste con la oportunidad de que en España siga habiendo un gobierno que lleve adelante políticas sociales.

No sé qué papel habrá jugado en todo este desatino UP, pero las palabras de Pablo Iglesias me dejaron con la sensación de que la radicalidad intransigente pudiera estar detrás del embrollo del otro día. Nadia Calviño –la cara más moderada del gobierno- tuvo que intervenir inmediatamente, porque ni a la patronal ni a nuestro socios europeos ni tan siquiera a los sindicatos les había gustado la promesa de derogar íntegramente la reforma laboral del PP. A cada uno de ellos por razones muy distintas, es verdad, pero en definitiva debido a la falta de coherencia entre lo que se estaba negociando con detenimiento entre las partes afectadas por la reforma y lo que salía a la luz en ese momento. Tengo la sensación de que Bildu, con todo lo que este partido implica en el escenario de la política española, era lo de menos. Lo preocupante estaba en lo acordado y no en con quién se había llegado al acuerdo.

Tampoco sé que pasó por la cabeza de los responsables del grupo parlamentario del PSOE, pero es más que evidente que no estuvieron a la altura de las circunstancias. Nunca debieron haber llegado a un acuerdo de estas características -ni con Bildu ni con ningún otro partido- que deja unos daños colaterales políticos que tenían la obligación de haber medido de antemano. La falta de sintonía con el propio gobierno que sustentan fue evidente. Vino a ser algo así como si hubieran pensado que su responsabilidad era ganar aquella votación y que lo que sucediera después ya lo arreglarían otros.

Sigo teniendo la sensación de que, pese a las evidentes diferencias de criterio en  determinados asuntos, la coalición PSOE-IU funciona razonablemente bien. Yo, que siempre he sido muy crítico con la radicalidad progresista de ciertas izquierdas -la de mucho ruido y pocas nueces- estoy satisfecho con la moderación que observo en general. Pero este incidente ha encendido todas mis alarmas, porque pudiera significar que existen fisuras.  Ojalá me equivoque y todo este embrollo se quede en una simple anécdota parlamentaria.

En tiempos difíciles, y éstos no lo pueden ser más, hace falta realismo. La radicalidad, las prisas y la intransigencia no conducen a nada positivo, porque nunca se resolverán los problemas sociales de las clases más necesitadas si el país naufraga. Por eso digo que hay que redefinir los objetivos a corto, pero sobre todo explicando las causa de la redefinición. No se trata, ya lo he dicho, de renunciar a políticas progresistas, sino de acompasar los ritmos a las circunstancias.

Ya lo dijo Ignacio de Loyola: en tiempos de desolación no hacer mudanzas.

26 de mayo de 2020

Juegos de palabras

Siempre he pensado que a las palabras las carga el diablo. Suprimiendo o añadiendo un adjetivo, modificando un sustantivo o alterando con intención una frase, se pueden decir cosas muy diferentes, incluso opuestas. Esa es una de las grandezas del idioma, quizá la que a mí más me fascine. Pero también uno de los peligros de utilizarlo sin la debida cautela. Por eso, cuando se escribe hay que esmerarse en redactar lo que de verdad se quiere expresar y no dar lugar a equívocos; y también cuando se habla, aunque en este caso la trascendencia del equívoco siempre será menor, porque a las palabras se las lleva el viento. Si en todo este estúpido embrollo del acuerdo con Bildu no se hubieran empleado las palabras derogación íntegra de la ley laboral del PP, el gobierno se habría ahorrado más de un dolor de cabeza; y los que están siempre al acecho de cualquier desliz que cometa no contarían con un pretexto regalado para meter discordia a presión.

El otro día estaba yo viendo en directo la sesión del Congreso en la que se discutía una nueva extensión del Estado de Alarma, cuando el presidente del gobierno le agradeció a la portavoz de Bildu su decisión de abstenerse. Ésta le contestó inmediatamente que, si daba por hecho tal abstención, debía suponer que el gobierno había aceptado su propuesta de derogar íntegramente la reforma laboral del PP. Al principio no entendí muy bien el alcance de aquel diálogo, pero me vino a la memoria lo de “algo huele a podrido en Dinamarca”. La derogación íntegra de una ley del PP, negociada con  un partido del perfil de Bildu, no era una buena noticia.

Después vinieron los gritos de unos, las explicaciones de otros, las declaraciones del secretario general de Podemos, las puntualizaciones de la ministra Calviño y todo un rosario de intervenciones tan dispares e incluso contradictorias que pensé que, o se ponía orden en tanta discordancia, o las justificaciones podían complicar todavía más la situación que había creado el acuerdo con los de Bildu. No sería la primera vez que las aclaraciones complican todavía más la situación creada por una actuación equivocada. Esto sucede en política y en muchos otros órdenes de la vida.

El gobierno, o los negociadores en nombre del gobierno, se equivocaron. Es cierto que no tenían garantizada la extensión del Estado de Alarma, porque la irresponsabilidad del PP con su voto negativo podía habernos dejado a todos sin medidas cautelares frente a la pandemia. Si el gobierno no pudiese limitar la movilidad de los españoles con el respaldo de la ley, los rebrotes de la infección estarían garantizados. Eso no lo digo yo, ni lo dice el gobierno, lo aseguran los epidemiólogos. Echemos un vistazo a nuestro alrededor y veamos que está ocurriendo en otros países donde se ha sido mucho menos exigente con las medidas cautelares.

Pero a pesar de todo se equivocaron, porque la falta de coordinación, las precipitaciones y las variopintas explicaciones complicaron una situación que podía haberse manejado con más tacto. La reforma del Estatuto de los trabajadores está en el programa del gobierno, lo que sin duda significará la eliminación de algunas de las medidas que se adoptaron durante el gobierno de Mariano Rajoy. Pero las discusiones para llevar adelante estas modificaciones están inscritas en lo que se llama diálogo social, un conjunto de conversaciones entre sindicatos, organizaciones empresariales y gobierno, que por cierto está dando muy buenos resultados. Sacarlas de ese contexto y convertirlas en un pacto con Bildu supone, no ya un error, sino un auténtico disparate.

A mí las explicaciones que se al final se han dado sobre el verdadero alcance de este acuerdo me convencen, y estoy seguro que convencerán a sindicatos a empresarios y a tantos millones de españoles, a quienes lo que de verdad les preocupa ahora es salir de la crisis y recuperar el pulso económico.

22 de mayo de 2020

Haz de la necesidad virtud y gobernarás en minoría

A pesar de las dificultades que supone gobernar en minoría, Pedro Sánchez está llevando adelante su programa progresista, al menos aquella parte que la terrible situación por la que está pasando el mundo y por tanto España le permite. El gobierno de coalición, al que los críticos le daban muy poca esperanza de continuidad, sigue unido, a pesar de que de vez en vez chirríen los engranaje. Pero pasado el sobresalto, se dan algunas explicaciones y el ejecutivo recompone la figura. De manera que no parece que por ahí el presidente del gobierno se vaya a encontrar con problemas insoslayables para continuar gobernando, al menos de momento.

Sin embargo, para sacar leyes adelante, es decir para gobernar en el exacto sentido de la palabra, se necesita algo más que un gobierno cohesionado, ya que es necesario contar en cada votación con mayoría parlamentaria suficiente. Como Pedro Sánchez no cuenta con esa mayoría, tiene que recurrir a lo que en política se ha dado en llamar geometría variable, una expresión que nos indica que unas veces se pacta con unos y otras con otros, dependiendo de la ley de que se trate. No es la primera vez que esto sucede en España, gobernando el PP o el PSOE, pero nunca hasta ahora había sido tan difíícil conseguir los apoyos requeridos, porque el fraccionamiento del parlamento en muchas minorías y de signos tan distintos y contrarios jamás había alcanzado tanta dispersión. En ocasiones anteriores, algún partido bisagra, de índole nacional o de carácter autonómico, echaba una mano y el gobierno en minoría seguía adelante

A pesar de esta evidente dificultad aritmética, el actual gobierno está manejando los pactos a diestra y a siniestra con habilidad política, precisamente apoyándose en la dispersión parlamentaria. Son muchos partidos, totalmente distintos, con proyectos económicos que en nada se parecen y con visiones de la organización del estado que a veces están en las antípodas. Manejar esa diversidad no es fácil; sin embargo, por lo menos hasta ahora, el gobierno lo está consiguiendo. Dicho de otro modo, Pedro Sánchez aprovecha la diversidad ideológica para, mediante una curiosa alquimia negociadora, gobernar.

Supongo que los detractores del gobierno, que son muchos y muy variados, dirán que esta habilidad es consecuencia de las concesiones que se ve obligado a hacer a los que le apoyan en cada ocasión, convenios  políticos a los que unas veces se les llama pactos de legislatura y otras espurios contubernios, dependiendo de quien ponga el adjetivo y el sustantivo. Pero lo cierto es que, se  llame como se  llame a estos acuerdos, yo no he visto hasta ahora que Pedro Sánchez se haya hipotecado con nadie. Ni siquiera en lo de Cataluña, porque una cosa es el diálogo negociador y otra muy distinta los resultados de la negociación.

Por eso digo que el gobierno está haciendo de la necesidad virtud. Es la única solución posible si se quiere gobernar en medio de este maremágnum de pensamientos políticos, donde ya no se sabe qué piensa cada uno y hasta dónde está dispuesto a llegar para hacerse con el poder o, simplemente, para mantener la cabeza por encima de la superficie y poder seguir respirando políticamente.

La pandemia está modificando muchos planteamientos en el mundo, pero de lo que poca gente habla es de cómo van a cambiar los posicionamientos políticos y de qué manera se va a reequilibrar la política nacional e internacional. Mucho me temo que la derecha se radicalice aún más de lo que ya está, de la misma manera que confío en que la izquierda ocupe el hueco de la centralidad, se reorganice en torno a la moderación progresista y a la fortaleza del Estado del bienestar, un pensamiento  que siempre se ha llamado socialdemocracia, una idea que comparto.

N.B. Mientras revisaba el contenido de este artículo para publicarlo, se ha desatado  el "escándalo Bildu". A la espera de que las aguas se serenen, y pueda por tanto contemplar la realidad de su alcance con más perspectiva, he decidido no modificar lo anterior, porque -siempre desde mi subjetivo punto de vista- considero que lo que en él expreso sigue siendo válido. En cualquier caso, creo que este rocambolesco asunto merece que en otro momento le dedique una reflexión. Quedo comprometido a ello.

19 de mayo de 2020

Los "cacerolos" de Núñez de Balboa

He indagado sobre el origen de las caceroladas como manifestación de protesta política y me he encontrado con la sorpresa de que al parecer proceden de ciertos ritos carnavalescos en los que se reivindicaba el placer frente a la penitencia. No sé qué tendrá de cierto esta explicación, pero es verdad que cuando veo batir cacharros de cocina me acuerdo de los carnavales de cualquier lugar del mundo, mucho ruido, furia desenfrenada y extrañas indumentarias, como la bandera de España a modo de capa de Superman, en un alarde de falta de respeto hacia un signo que representa a todos. Las de Núñez de Balboa, además, se pueden ver en directo desde hace unos días en el telediario de las nueve de TVE, con lo cual ahora disponemos de una farsa grotesca que suaviza la triste realidad de las noticias sobre la pandemia.

Yo lo siento por los vecinos de aquel barrio, porque menuda tabarra; pero dicen que sarna con gusto no pica, de manera que algunos quizá disfruten pensando que con semejante estruendo culinario van a derribar al gobierno. Puede ser que la satisfacción que les produzca suponer que Pedro Sánchez sucumbirá a su ruidosa protesta les compense las molestias auditivas. O quizá suceda que la válvula de escape de la bulla callejera los alivie de sus frustraciones.  Pero ojo, que todavía no está  el horno para bollos, no está la pandemia para saltarse las medidas cautelares. Sería muy triste que los “cacerolos”, además de martirizar los tímpanos de sus conciudadanos, contagiaran el virus  a su alrededor. Por lo demás, allá cada uno con sus manifestaciones.

Al ponerle título a este artículo me he acordado de algo que tenía muy olvidado. A mediados de los sesenta, cuando unas sutiles brisas de libertad en las costumbres se colaban por las ranuras de las puertas de la dictadura, había un grupo de pijos veinteañeros que se paseaba por las calles del barrio de Salamanca, presumiendo con ostentación de atuendos modernos y de tupés a lo Elvis Presley. Cuando te cruzabas con ellos te miraban por debajo del flequillo, como lo haría el mismísimo James Dean, entre condescendientes y perdonavidas. Se les conocía por los peripatéticos de Goya, un nombre elegante, de raíces aristotélicas, que recordaba su deambular constante a lo largo de las calles del conocido barrio madrileño. En cualquier caso un nombre sonoro y evocativo.

Recuerdo aquello con nostalgia, no porque a mí la estética tribal de los peripatéticos me gustara, sino porque forma parte de mis vivencias de juventud. Hay momentos en la vida que hasta las estupideces más profundas se rememoran con satisfacción, porque están asociadas a una etapa de la vida en la que todo es futuro por llegar, naturalmente feliz. Por eso, al pensar en los “cacerolos” de ahora me han venido a la memoria los peripatéticos de entonces.

Sin embargo, el nombre de “cacerolos” de Nuñez de Balboa tiene connotaciones un tanto vulgares. A mí me recuerda a olores de refritos y a fregado de cacharros de cocina. Pero los tiempos cambian y ahora ni las personas ni los barrios son lo mismo. Se ha pasado de pantalones campana, de patillas provocadoras y de Gin Fizz en California, en Manila o en Roma a zarandear con estrépito el menaje de cocina. Un cambio que, aunque no sea más que por la pérdida de estilo, resulta decepcionante.

Por lo demás, que los “cacerolos” hagan con sus cacerolas lo que les dé la gana. Faltaría más. Ya se les pasará la rabieta, como se les pasa a todos los que en tantos países tercermundistas así se manifiestan. Al final, como dice el sabio refrán, mucho ruido y pocas nueces.

16 de mayo de 2020

Odio, rencor y frustración

Si se define el odio como un sentimiento profundo e intenso de repulsa hacia alguien, si se entiende por rencor la hostilidad hacia una persona a causa de una ofensa o un daño recibidos y si la frustración consiste en la decepción que causa la imposibilidad de satisfacer una necesidad o un deseo, elijo estas tres palabras para encabezar la reflexión que viene a continuación. Desde mi punto de vista, encajan aquí que ni pintadas.

La derecha española, entendiendo como tal el conjunto de partidos conservadores, a los que se ha unido en los últimos tiempos la vetusta muchachada de la ultraderecha, nunca ha aceptado de buen grado que los sucesivos gobiernos progresistas que han gobernado España desde el retorno de las libertades fueran legítimos. Ni los cuatro sucesivos que presidió Felipe González ni los dos de la época de José Luis Rodríguez Zapatero ni por supuesto el actual. Pero este rechazo, cuasi visceral, se ha intensificado de manera ostentosa a partir del voto de censura que cesó al señor Rajoy en 2018 y, más tarde, desde que Pedro Sánchez consiguiera formar gobierno en minoría después de ganar las elecciones.

Sucede además que ahora, en medio de esta gigantesca tormenta provocada por la epidemia, cuando el  gobierno está manejando el timón con prudencia y al mismo tiempo con la humildad necesaria para reconocer los errores que se cometen en una situación que carece de  manual de instrucciones, a algunos líderes de la derecha les está subiendo la bilirrubina a valores clínicos de alta peligrosidad. Se dan cuenta de que muchos españoles, aunque incómodos por las medidas restrictivas que se han tenido que tomar, están aceptando con ejemplar disciplina las disposiciones que se dictan, porque las consideran acertadas. Como consecuencia, los dirigentes conservadores temen que esta tremenda catástrofe pueda inclinar todavía más la balanza en contra de sus intereses electorales, muy dañados en las últimas convocatorias. Lo que dicen todos los días y cómo lo dicen demuestra que están muy nerviosos. El otro día le oí a Abascal llamar matasanos al presidente del gobierno, acusándolo al mismo tiempo de las muertes que el coronavirus está ocasionado en España. ¿Se puede exteriorizar mejor el odio?  No lo creo.

En situaciones especiales, medidas excepcionales. El estado de alarma implica el control de facto de algunas competencias autonómicas, como consecuencia de la necesaria centralización de las decisiones que se tengan que tomar para combatir la epidemia. No se trata de un retroceso en el Estado de las Autonomías, sino de una situación coyuntural que desaparecerá cuando desaparezca el riesgo. Atacar al gobierno porque se haya visto obligado a centralizar el mando es una ignominia, que no sólo está en boca de algunos dirigentes nacionalistas, sino también en la de no pocos líderes conservadores. En los primeros se puede llegar a entender la reticencia, porque la llevan en el ADN. En los segundo no. Nunca se han mostrado muy a favor de la descentralización autonómica y ahora, cuando se limita por causas mayores, ponen el grito en el cielo.

Si se quiere ser efectivo, no se puede estar consultando con la oposición cada medida que se toma, como reclaman Pablo Casado y otros dirigentes de la oposición. La situación requiere agilidad, toma rápida de decisiones y determinación en su aplicación. Eso es algo que está implícito en la excepcionalidad de la situación. Utilizarlo como argumento para atacar al gobierno es de absoluta deslealtad hacia quien tiene la responsabilidad de liderar la lucha contra la pandemia. Lo que los ciudadanos quieren, sean de derechas o de izquierdas, es acabar cuanto antes con el coronavirus y regresar después a la normalidad. En definitiva, exigen decisiones rápidas y menos dimes y diretes.

La oposición debe ejercer una crítica que esté a la altura de las circunstancias, lo que significa señalar errores y proponer soluciones. Pero mucho me temo que los odios, los rencores y las frustraciones no se lo permitan, porque a algunos les ciegan las prisa por recobrar el poder perdido.