7 de julio de 2024

También te digo...

 

En alguna otra ocasión he escrito aquí sobre lo que yo denomino virus del lenguaje, latiguillos que nacen en algún momento sin que se conozca su origen y que se propagan con la rapidez de las epidemias virales. Por eso, como resultan perjudiciales para el buen hablar, a mí me llaman la atención y me ponen en guardia para evitar el contagio, cosa que no siempre logro.

El último que he detectado es la expresión también te digo. Se trata de una coletilla que algunos usan para, después de haber dado cualquier tipo de explicación, añadir algo que pudiera contrastar con lo que se acaba de decir. Viene a ser algo así como el sin embargo o el no obstante, dos locuciones cuyo significado es añadir una frase de signo contrario a lo que se acaba de expresar. Por ejemplo, no me encontraba bien, no obstante, acudí a la reunión. O, me encontraba perfectamente, sin embargo decidí no ir. Ahora los contagiados dirían algo así como, me encontraba perfectamente, pero también te digo que no acudí a la reunión.

De manera que, gracias a este nuevo virus, desaparece lo que el bien hablante siempre ha usado, el no obstante y el sin embargo, y aparece el también te digo. Ya he confesado que ignoro su origen, pero no me extrañaría que procediera de algún influencer o de algún presentador famoso o quizá de algún político de los de nuevo cuño. Pero lo cierto es que se ha extendido en poco tiempo, de tal forma que no me extrañaría que hubiera llegado para quedarse entre nosotros.

Hace tiempo se puso de moda el para nada, una manera enfática de decir en absoluto. Como todos los virus lingüísticos, apareció de repente, se instaló entre nosotros y ahí está. La expresión más fea no puede ser, pero en esto del habla hay quienes no distinguen entre bonito y horroroso, entre incorrecto y admisible. Como algunos dicen, se entiende, ¿verdad? Para qué corregirlo, según ellos.

Recuerdo que en una ocasión, durante una reunión de amigos que organizábamos periódicamente con modestas pretensiones culturales, alguien sacó este tema. Se discutió, hubo unanimidad en la vulgaridad de la expresión y, cuando íbamos a cambiar de tema, una de las tertulianas dijo: expresiones como esa yo no las digo para nada, lo que originó una carcajada generalizada, a la que ella se sumó. Es que los virus del lenguaje se contagian con facilidad y calan en la mente sin que uno se dé cuenta. Lo malo es que no hay más vacuna que el interés por hablar bien y ya se sabe que de esto queda poco.

He sacado este tema en cierto modo para hacer una confesión personal, la de que hace unos días, en una conversación telefónica con un buen amigo, me sorprendí a mí mismo repitiendo en varias ocasiones lo de también te digo. Tardé en darme cuenta, lo que demuestra que el contagio empezaba a hacer efecto en mi organismo.

Es verdad que para hablar bien sobran los remilgos. Pero cuidar el estilo y no caer en vulgaridades no es demasiado difícil. Sólo se necesita poner un mínimo de interés. Aunque también te digo que no sé por qué me molesto en tener este tipo de preocupaciones, cuando mucho me temo que al común de los mortales le traiga al pairo.

1 de julio de 2024

Recuerdos olvidados 19. Mi primer verano en Castellote. Viaje a lo desconocido

A finales de junio de 1954, cuando vivíamos en Barcelona y yo acababa de terminar el segundo de bachillerato del plan vigente entonces, mis padres decidieron llevarnos a los cuatro hermanos a veranear a Castellote. A mi madre, en el reparto del patrimonio de mis abuelos, le había correspondido una propiedad que fue durante muchas generaciones la casa solar de la rama Miravete a la que pertenezco. A través de los relatos que me habían hecho, yo imaginaba lo que me iba a encontrar, un gran edificio algo destartalado -durante la guerra civil había sido primero cuartel de milicias republicanas y después de tropas franquistas-, rodeado de huertos que pertenecían a la casa y que explotaba como mediero el “tío” Roque, un campesino del pueblo. Pero en realidad me resultaba muy difícil hacerme una idea de cómo sería aquello, porque mi mente infantil propendía a reproducir algún rancho del western de los que veía en las películas de la época. No conocía el mundo rural español y como consecuencia carecía de elementos de comparación.

En un minibús que alquiló mi padre, viajamos mi madre, las muchachas que teníamos entonces -Salud y Paquita- y los cuatro hermanos, además de un sinfín de maletas y de fardos, no en vano con aquel viaje mis padres pretendían poner en marcha una vivienda que había estado abandonada durante muchos años. Recuerdo que cuando nos adentramos en la complicada orografía del Maestrazgo turolense, yo temía encontrarme con alguna banda de maquis, ya que desde el final de la guerra habían estado campando por aquellos montes a sus anchas. No vi a ningún guerrillero, pero si muchas parejas de la Guardia Civil, "naranjero" al hombro, señal inequívoca de que todavía quedaba alguno por aquellos parajes.

La llegada al pueblo creó una cierta expectación. Por aquel entonces la presencia de oriundos que regresaran después de años de ausencia no era frecuente y a mi familia la conocían todos. En el Caballón -así se llama la plaza de entrada a Castellote-, nos esperaba el “tío” Roque. Los coches no podían subir hasta nuestra casa, de manera que cargó todo nuestro equipaje en dos machos y emprendió la subida, algo que todavía recuerdo como si lo estuviera viendo, porque me resultó un tanto pintoresco. Empezaba a adentrarme en el mundo rural de la época y me quedaban muchos descubrimientos por hacer.

La casa me pareció gigantesca. Acostumbrado a vivir en pisos de ciudad, sus ochocientos metros cuadrados, divididos en cuatro plantas, en la más alta lo que se conocía por graneros y en la más baja -con salida al huerto- las cuadras, desbordaron mis expectativas.  En realidad, como de las dos plantas intermedias -las  habitables en aquel momento- sólo una estaba amueblada, en ella nos instalamos, aunque nadie ni nada me impedía corretear por el resto de la casa, huerto, cuadras, graneros y habitaciones vacías, algunas con las paredes llenas de grafitis soldadescos, no todos con contenido para menores. Recuerdo con nitidez la satisfacción que me produjo encontrarme con un escenario tan enorme para nuestros juegos infantiles, todo además dentro de casa, pero sin que nadie te vigilara.

En aquellos tiempos todavía no había agua corriente en el pueblo ni se habían construido las alcantarillas; de manera que había que traer el agua en cántaros desde la fuente más cercana -los lavaderos- y las aguas negras vertían en una fosa séptica, oculta bajo los sembrados del huerto. Sí había luz eléctrica, pero los apagones eran muy frecuentes. Cualquier inclemencia meteorológica nos dejaba a oscuras, algo que nuestras mentes infantiles disfrutaban. Por cierto, una leyenda que circulaba entonces atribuía los cortes de suministro eléctrico a avisos a distancia de la presencia de maquis. Creo que nunca llegué a creerme este bulo -ahora se dice fake news-, porque con doce años ya era capaz de distinguir la realidad de la fantasía.

Lo cierto es que aquel verano fue uno de los más felices de mi vida. Después se sucederían otros muchos, de manera que años tras año fui siendo testigo de como cambiaba el pueblo y de como aquella casa destartalada se iba convirtiendo con el paso del tiempo en una vivienda confortable. Las nuevas generaciones de la familia, los nietos de mis hermanos y los míos, serían incapaces de entender que lo que ahora disfrutan fuera entonces como era.

Pero lo más importante de lo que sucedió aquel verano es que, gracias a la iniciativa de mis padres, se puso en marcha un proyecto ilusionante, el de que las cuatro ramas de la familia pudiéramos compartir cuando quisiéramos un espacio común. Estoy convencido de que la unión y entendimiento que existe entre los miembros de cada una de las generaciones y entre las tres generaciones actuales entre sí tiene como causa la convivencia que disfrutamos de cuando en cuando en la casa de Castellote.

Por eso me gusta recordarlo, aunque lo tenga algo olvidado.

Nota bene: La foto que acompaña este artículo es de Mariupe Alía, una de las artistas de la familia. En ella se aprecia en el centro nuestra casa, rodeada de árboles. El huerto de entonces se ha convertido en un bonito jardín, con más de treinta y cinco árboles frutales y ornamentales.

28 de junio de 2024

Recuerdos olvidados 18. Es grande ser joven

 

La primera película que recuerdo haber visto en mi vida es la mítica El Mago de Oz. Debía de tener yo seis o a lo sumo siete años de edad, de manera que estamos hablando de 1948 o de 1949. Aquel cambio del negro al color que sucede cuando se inicia la fantasía musical, es decir cuando Doroty empieza a cantar sobre las baldosas amarillas y a soñar con el espantapájaros, el león y el hombre de lata, le causó tal efecto a mi mente infantil, que estuve durante mucho tiempo enamorado de la coloreada protagonista. Cuando rodó la película, en 1937, Judy Garland tenía diecisiete años, algo mayor para mí por aquel entonces, pero es que siempre he sido un poco precoz para estas cosas del corazón. Al cabo de muchos años he vuelto a ver el musical y, como suelo juzgar el cine vintage con cierta benevolencia, debo confesar que a pesar del tiempo transcurrido me gustó. Su protagonista, que murió en 1969, seguía viva en mis recuerdos.

Ya que he empezado a hablar de cine, voy a contar una anécdota escolar que recuerdo como si hubiera sucedido ayer. En 1956 o 1957 se estrenó en España una película que se titulaba Es grande ser joven, con una banda musical muy pegadiza. El argumento giraba alrededor de un profesor de música (John Mills) en un colegio británico, que en sus clases utilizaba métodos muy peculiares, un sistema participativo que contrastaban con la rigurosa disciplina que se observaba en el centro educativo, lo que le causaba enfrentamientos con la dirección, al mismo tiempo que la incondicional adhesión de sus alumnos.

Un día, cuando me dirigía por la tarde al colegio Calasancio de Madrid, me encontré en la esquina de Conde de Peñalver con Ortega y Gasset -entonces Lista- con un grupo de compañeros que, como yo, se dirigían a reemprender las clases interrumpidas a la hora de comer. En aquellos tiempos no se había implantado todavía la jornada continuada y por consiguiente no funcionaban los comedores escolares. Salvo los internos y los mediopensionistas, los demás comíamos cada uno en su casa.

El contagio de la banda musical de Es grande ser joven se había extendido de tal manera, que casi sin darme cuenta, de repente me vi participando en una coral callejera, formada por mis compañeros de clase. No cantábamos, porque aquella música no tenía letra, sólo tarareábamos aporreando nuestras carteras a modo de baterías musicales improvisadas. La gente nos miraba y sonreía al pasar a nuestro lado, lo que posiblemente nos animara a continuar con el improvisado espectáculo.

Cuando llegó la hora, todos juntos sin disimulos nos dirigimos hacia la puerta del colegio, a unos cien metros de nuestro improvisado escenario. Pero a medida que íbamos entrando, el padre prefecto, el David,, acompañado de algún que otro cazador de alumnos rebeldes nos iba apartando de los demás, obligándonos a todos a formar una fila, la de los castigados por “sedición”. Es muy posible que si hubiéramos entrado por separado, si nuestra ingenuidad no hubiera sido tanta, los laceros con sotana no hubieran sido capaces de distinguir a unos de otros y nos hubiéramos librado de los castigos que se sucedieron a continuación durante varias semanas.

Algunos de los que participaron en aquella sonada entraron al colegio por otra puerta, como si todo aquello no fuera con ellos, y se libraron de las represalias. ¿Los más listos? Puede ser. Aunque a mí entonces me parecieran unos esquiroles insolidarios.

En aquella ocasión aprendí dos cosas que luego, a lo largo de la vida, me han sido muy útiles. La primera, que hay que huir de los tumultos gratuitos, de las manifestaciones que no tengan un propósito concreto; la segunda, que si por alguna razón te has visto envuelto en una de ellas sepárate del grupo en cuanto puedas y procura pasar desapercibido. 


24 de junio de 2024

El difícil equilibrio de poderes


Leí el otro día una interesante anécdota. Parece ser que cuando Margaret Thatcher desempeñaba el cargo de primera ministra del Reino Unido, se produjeron grandes debates sobre la conveniencia o inconveniencia de enviar la flota a las Malvinas para recupera el territorio que había invadido Argentina. La mayoría de las objeciones eran de carácter técnico, porque algunos altos mandos de las fuerzas armadas consideraban un error intentarlo. Después, una vez decidida la intervención por parte del poder ejecutivo, uno de aquellos generales críticos se atrevió a decirle a la mandataria británica que no estaba de acuerdo con la decisión tomada. La respuesta inmediata de la Dama de Hierro fue: “¿y…?”.

La anécdota que acabo de mencionar viene a cuento del debate abierto ahora en España sobre la posición de algunos juristas en contra de la llamada ley de amnistía, propuesta por el poder ejecutivo y aprobada por el legislativo por mayoría absoluta. Si unos cuantos jueces y fiscales se manifiestan en contra de su articulado, habrá que contestarles como contestó la Thatcher a su general, porque el poder judicial no puede interferir las decisiones políticas, de la misma manera que los estados mayores están obligados a obedecer las órdenes que les dicte su gobierno.

Otra cosa será que intervenga el Tribunal Constitucional y considere que existe algún aspecto de la ley que vulnera los principios constitucionales y, como consecuencia, el gobierno se vea obligado a modificar la redacción actual. Pero si eso no sucede, las opiniones personales de los jueces no son más que eso, opiniones personales, por mucha que sea la honorabilidad que emane de sus figuras. Precisamente en eso consiste el tan renombrado principio de la separación de poderes.

Yo diría que, a pesar de las dificultades que en ocasiones surgen para mantener este principio en el que se basa el funcionamiento de la democracia, aquí, en España, funciona. Es cierto que en ocasiones se producen roces y fricciones, pero suelen ser a nivel personal, casi nunca nunca institucional. Es verdad también que algunos intentan desde la política manejar el poder judicial a su conveniencia, como por ejemplo el flagrante caso del bloqueo a la renovación del Consejo General del Poder Judicial, mezquina maniobra de la oposición a la que estamos asistiendo desde hace años. Pero, a pesar de estas disfunciones, insisto, el equilibrio se mantiene.

Nuestra democracia no sólo es joven, sino que además nació sin grandes rupturas a partir de una dictadura muy consolidada, circunstancia que tiene el valor de que entonces no se produjeran tensiones sociales, pero el inconveniente de que muchos vicios de la época anterior prevalecen. La judicatura, aunque ya no queden juristas procedentes del franquismo, mantiene en su seno cierta melancolía autoritaria, aunque no como institución sino a título personal. Pero en democracia la corriente arrastra a las partes, por mucha resistencia que se ponga a los avances. No olvidemos nunca que, además del sistema de recursos judiciales ante instancias superiores, está Europa, una garantía más de que no es posible sacar los pies del plato.

En cualquier caso, a esos jueces y fiscales que critican a título personal la aprobación de algunas leyes habrá que contestarles, cuando levanten la voz, lo que le dijo Margaret Thatcher al militar de alta graduación: ¿y…? Se quedarán sin respuesta a la pregunta.

19 de junio de 2024

Recuerdos olvidados 17. El Semíramis. Prisioneros de guerra

 

El 2 de abril de 1954, cuando yo todavía no había cumplido los 12 años de edad, cursaba tercero de bachillerato del plan de entonces y vivía con mis padres y hermanos en el hospital militar de Barcelona, atracó en el puerto de la Ciudad Condal un buque de bandera liberiana, procedente de Odesa, el Semíramis, con cerca de trescientos repatriados españoles procedentes de la Unión Soviética, después de que hubieran permanecido prisioneros en los campos de concentración de aquel país desde que cayeron prisioneros durante la Segunda Guerra Mundial. La mayoría de ellos habían combatido como voluntarios, encuadrados en la llamada División Azul.

Como es de suponer, aquel hecho constituyó un gran acontecimiento. El régimen de Franco se encargó de rodear los actos del recibimiento de esplendor y de emoción, al mismo tiempo que todas las emisoras de radio del país acaparaban la audiencia transmitiendo a todas horas proclamas de fervor patriótico. Recuerdo que yo contemplaba todo aquello con la indiferencia propia de un niño que no acababa de entender del todo a cuento de qué tanto alboroto, a pesar de que las lágrimas que veía a mi alrededor llamaran mi atención. 

Muchos de aquellos repatriados fueron enviados directamente al hospital militar para ser sometidos a un reconocimiento médico, lo que me permitió vivir muy de cerca escenas que ni las cámaras del No-Do ni las plumas de los periodistas pudieron recoger, el deambular de aquellos cuerpos famélicos por los jardines que rodeaban mi casa, a la espera de que se les diera el alta y pudieran regresar de una vez por todas a sus hogares. 

Mi amigo Pepe, mayor que yo -por aquel entonces debía de tener 15 o 16 años-, me propuso que entrevistáramos a alguno de los que permanecían hospitalizados, con el propósito de que nuestro trabajo se publicara en la revista mensual del colegio donde estudiábamos, el de La Salle Josepets, uno de los muchos a los que asistí cuando cursaba las enseñanzas primaria y secundaria. Ser hijo de militar conlleva un cierto nomadismo, prefiero pensar que enriquecedor.

Recuerdo perfectamente el nombre y los apellidos del entrevistado, pero no los voy a citar por aquello del respeto a la intimidad. Digamos que se llamaba José. Era gallego y rondaría los cuarenta, aunque su extrema delgadez y la tristeza de sus ojos le hacían parecer mucho mayor. Estaba deseando volver a su casa, pero los médicos lo retenían mientras se recuperaba de algún achaque. Nos contó múltiples anécdotas, tanto de los combates durante la guerra contra los soviéticos a orillas del Volchof, como de la dura etapa de cautiverio en un gulag soviético. Aquellas entrevistas se prolongaron durante varios días, hasta el punto de que Pepe y yo llegamos a trabar una buena amistad con el hospitalizado. Llenamos hojas y hojas con preguntas y respuestas, muchas más de las que hubieran sido necesarias para nuestro propósito.

Una vez pulido el texto y pasado a limpio, decidimos entregárselo al hermano director del colegio, con el orgullo propio de dos buenos alumnos preocupados por algo más que aprender las lecciones de nuestros respetivos cursos. Pero, una vez leído, recibimos un categórico no por respuesta, sin más explicaciones que la de que todo aquello era absolutamente ajeno a las preocupaciones del colegio, que nos centráramos en nuestros estudios y que nos olvidáramos de veleidades periodística.

Con el tiempo llegué a entender perfectamente las razones de la rotunda negativa que recibimos. En una revista escolar, poco sentido tenía publicar las impresiones de un prisionero de guerra en la Unión Soviética. Pero creo que en aquel momento, cuando el director del colegio nos dio con la puerta en las narices, dicho sea en sentido figurado, sentí la frustración propia del escritor al que las editoriales le rechazan la publicación de su novela. Supongo que no tardaría mucho en superar el disgusto, porque a esa edad las contrariedades no hacen mella. Pero en aquel momento hubiera prendido fuego al colegio. 

Es posible, no lo sé, que de aquella rotunda negativa de hace tantos años proceda la innegable satisfacción que luego he sentido cada vez que alguno de mis escritos ha visto la luz. Haber trabajado en un proyecto literario durante tanto tiempo, convencido de que nuestras preguntas y las respuestas del entrevistado se publicarían en una revista, había creado en mi ánimo unas expectativas que luego se vieron frustradas en un instante. 

De todo se aprende en la vida, hasta de la incomprensión literaria.

16 de junio de 2024

El desplome de la izquierda radical

 

Soy de la opinión de que el nacimiento de Podemos dañó a la izquierda en su conjunto y creo que ahora, con su caótica evolución de divisiones sucesivas y amalgamas forzadas, continúa perjudicándola. No voy a negar que en su momento el PSOE necesitara un cierto revulsivo que lo sacara del aletargamiento, pero la manera con la que los del 15 de Mayo irrumpieron en la política nacional, atacando al partido socialista y a todos los que no comulgaran con sus ideas redentoras, dividió a los progresistas y, como consecuencia, perjudicó el avance de las reformas de carácter social. Yo en su momento opiné que cuando la pólvora ya está inventada tiene poco sentido volver a inventarla. En aquel momento vaticiné que los emergentes tenían poco recorrido. Hoy Ciudadanos está totalmente fuera de juego y Podemos desangrándose poco a poco.

El resultado de las elecciones europeas ha puesto varias cosas en evidencia. Son tantas, que no voy a entrar hoy en detalles. Pero sí señalaré que los 22 escaños del PP y los 20 del PSOE apuntan hacia una vuelta del bipartidismo, otro de mis vaticinios de entonces. El estigma de la ultraderecha, reforzado ahora con la estrafalaria aparición en escena de Se acabó la fiesta, está ahí, pero en cierto modo contenida por la victoria de los populares y la resistencia de los socialistas. Por otro lado, la izquierda radical se ha pegado un batacazo, tanto el Podemos original como su escisión Sumar. Estos últimos, además, han dejado a dos de sus socios, Izquierda Unida y Más Madrid, fuera del congreso europeo, algo que verdaderamente sorprende. Los independentistas catalanes salen tocados, con lo que vamos a ver que sucede con la estabilidad del gobierno central.

Pero de todo ello lo que a mí como socialdemócrata más me preocupa es la división de la izquierda a la izquierda del PSOE, una situación que los está llevando a la insignificancia política, cuando decían que llegaban para acelerar las políticas progresistas. Seguir creyendo que la radicalidad izquierdista es la panacea universal resulta demencial, sobre todo cuando las derechas y las ultraderechas avanzan por toda Europa. Pero lamentablemente los personalismos de algunos de sus líderes y la miopía de una cierta capa del progresismo, que prefiere las etéreas reivindicaciones utópicas a la gobernanza real moderada, no parece que vaya a cambiar, para regocijo de los conservadores que junto a sus adláteres de la ultraderecha siguen avanzando.

En los partidos situados a la izquierda del PSOE se han empezado a producir dimisiones, junto a promesas de hacer autocrítica. Pero si uno analiza estos movimientos internos con detenimiento, observará que no son más que pequeñas maniobras para salvar los muebles de la inundación, para sobrevivir. No se ve preocupación por el daño causado, sólo inquietud por las posiciones personales de sus líderes. Alegrarse por mantenerse a flote, como le he oído decir a alguna dirigente de Podemos, es una demostración de lo que realmente pasa por su subconsciente. Ni una sola lamentación por haber dejado el terreno abierto a los partidos conservadores para que recuperen el poder y vuelvan a sus políticas neoliberales.

Lamentablemente esta situación no parece tener solución a corto plazo. De manera que, aunque el gobierno de coalición intentará sobrevivir hasta agotar la legislatura, mucho me temo que la radicalidad y la utopía reformadora hayan vuelto una vez más a detener el progreso, una auténtica paradoja, un verdadero sinsentido. ¡Cuándo aprenderán!

10 de junio de 2024

La masacre de Gaza

Cuando estaba escogiendo título para este artículo, he dudado entre las palabras genocidio y masacre. Pero, como parece que el significado de la primera implica ciertas consideraciones propias del derecho internacional, me he decidido por la segunda: matanza de personas, por lo general indefensas, producida por ataque armado o causa similar.

Lo de Gaza es difícil de asimilar por cualquier mente bien nacida o simplemente civilizada. Es tal la brutalidad, que sus efectos sobre la conciencia supera los umbrales de tolerancia de la indignación, quiero decir que es imposible sentir más rabia, más tristeza y más estupefacción. Cuando escribo esto, el número de muertos por los ataques israelíes supera los 38.000, entre ellos más de 4.000 niños. Ahora bien, como la barbaridad continua sin freno, es posible que cuando le dé al enter para publicarlo estas cifras se hayan quedado cortas.

Antes de seguir diré que los ataques de Hamás contra Israel en octubre fueron puro terrorismo, por tanto totalmente injustificados. Mi condena por aquello es absoluta, porque los asesinatos y los secuestros no tienen nunca justificación. Ahora bien, al terrorismo no se le puede combatir con más de lo mismo, porque, además de resultar una medida completamente ineficaz, sitúa a los justicieros al mismo nivel que a los ajusticiados. Si a esto le añadimos la indiscriminación, el ensañamiento y la impunidad con los que está actuando un estado supuestamente democrático contra una población indefensa, la situación no admite ninguna justificación moral.

Aunque sé muy bien que en política determinados movimientos son más simbólicos que efectivos, yo aplaudo las medidas diplomáticas que ha tomado el gobierno español, reconocimiento del estado palestino y apoyo al proceso judicial del tribunal de La Haya. Desde mi punto de vista, es lo mínimo que un país democrático puede hacer. Guardar silencio ante esta masacre es apoyar indirectamente a sus causantes. Una cosa es la prudencia política y otra muy distinta mirar hacia otro lado cuando la barbarie es generalizada.

A mí me sorprende la actitud pusilánime de la oposición en nuestro país. No me refiero a Vox, de la que ya no me sorprende nada, sino al PP actual, al de Feijóo. Dónde, me pregunto, han dejado los valores del humanismo cristiano que tantas veces invocan. Está claro que la razón de su actitud se basa en hacer lo contrario de lo que haga su adversario político, en esa actitud empecinada de achacar todos los males del universo a Sánchez. Si éste reconoce a Palestina, nosotros quietos, que no se mueva nadie. Si el gobierno español apoya el proceso judicial del tribunal internacional, nosotros chitón, ni una palabra.

Lo peor de todo esto es que la escalada del terrorismo en aquella zona del planeta, tanto el perpetrado por bandas organizadas como el cometido por estados reconocidos, continúa. Esta guerra empezó cuando yo no tenía todavía uso de razón y mucho me temo que mis nietos no lleguen a ver nunca la paz en aquellas tierras. Pero es que la torpeza de un gobierno ultraderechista como el de Netanyahu es tan descomunal, que no puede entenderse si no se tiene en cuenta su propia inseguridad política al frente de Israel.

Lamentablemente esto no ha hecho más que empezar.

6 de junio de 2024

Recuerdos olvidados 16. Un anuncio de periódico providencial

 

Cuando estaba acabando la carrera, leí un día en el periódico ABC un anuncio de una academia de informática. El reclamo consistía en proponer la solución de un test más enrevesado que difícil y asegurar que quien fuera capaz de resolverlo tenía capacidad para programar ordenadores. Me puse a ello, lo resolví en unos minutos y concluí que aquello estaba hecho para mí.

En realidad, yo en aquel momento no sabía qué eran los ordenadores, más allá de la idea de que resolvían en poco tiempo procedimientos de gestión que de otra manera requerirían esfuerzos mucho mayores. Estoy hablando de mediados de los sesenta del siglo pasado, cuando aquí, en España, todavía se hablaba de computadoras o de IBM´s. Ni en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Agrónomos me habían hablado de ellos ni en mi círculo de amigos y compañeros existía inquietud alguna al respecto. Sin embargo, yo imaginaba que aquellos conocimientos podrían ser un buen complemento para la carrera que estaba a punto de terminar.

Le propuse a mi padre que me pagara la matricula en aquel centro de formación para conseguir un diploma de programador y así entrar en aquel para mí desconocido mundo. Pero su respuesta fue que no le parecía bien que hiciera nada que pudiera distraerme de mi obligación principal, la de acabar la carrera. Como consideré que ese esfuerzo adicional no me iba a quitar demasiado tiempo, ante su negativa me puse a dar clases particulares de matemáticas y física a universitarios principiantes y, con lo que ganaba, me pagué la academia sin que nadie se enterara.

Cuando obtuve el diploma y más tarde acabé la carrera, me puse en contacto con el Ministerio de Agricultura para entrar en el departamento de informática. Pero me encontré con que los cursos que yo había estudiado en la academia se basaban en ordenadores obsoletos para sus necesidades de entonces. A través de una recomendación de mi padre -que ya sabía que había hecho oídos sordos a su recomendación- acudí a IBM, y allí me facilitaron unos cursos para ponerme al día. Resultó que el instructor era un compañero de mi promoción de la escuela que trabajaba en esa empresa como becario. Un día, cuando estábamos los dos tomando café en la máquina del pasillo, me sugirió que lo mejor que podía hacer era abandonar la idea de entrar en la administración pública y quedarme en aquella compañía. "Aquí se gana más", me explicó tajante.

Lo demás fue fácil, test de ingreso en la empresa, reciclaje total y absoluto de conocimientos durante varios meses y un destino inesperado a propuesta de mis instructores, el departamento comercial, algo que a mí ni se me había pasado por la imaginación. Nunca, antes de la entrevista en la que me comunicaron su propuesta, que en realidad era una orden indiscutible, había pensado en convertirme en salesman, una profesión muy alejada de lo que yo creía que eran mis capacidades personales. La verdad es que después no me fueron mal las cosas, porque me convertí en un generalista, en un profesional de la visión global de las necesidades de una empresa, en vez de un técnico especializado. Descubrí sin proponérmelo, que las visiones de conjunto se me dan mejor que las concreciones técnicas, algo que nunca antes hubiera imaginado.

Cuento todo esto para insistir en una idea que ya he expuesto en alguna ocasión aquí, la de que la vida es un carrusel de sorpresas, que el destino se va formando a partir de pequeñas casualidades. Como consecuencia de la lectura de un anuncio en un periódico, he trabajado durante treinta años en una actividad que desconocía entonces por completo, por cierto con gran satisfacción personal. Además, no sólo yo, también mis tres hermanos y varios de mis sobrinos.

Quien diga que el destino nos lo trazamos día a día cada uno de nosotros es un ingenuo. Si lo duda, que reconstruya la historia de las circunstancias que lo llevaron a cualquier etapa de su vida. Apuesto a que me dará la razón.

2 de junio de 2024

Recuerdos olvidados 15. Intrusos en el chalé

 


En el verano de 1956, mis padres alquilaron un chalé en Riaza (Segovia), un pueblo relativamente cercano a Madrid, ciudad en la que vivíamos desde hacía un año. Cuando todavía no había cumplido los catorce años y acababa de cursar cuarto de bachillerato, para mí se habían acabado los constantes cambios de lugar y de domicilio que caracterizaron mis primeros años de vida. A partir de entonces ya no me movería de la capital del reino nunca más. Atrás quedaban los años de Tetuán, de Gerona y de Barcelona, con el saldo de tres domicilios distintos y cuatro colegios diferentes. 

El chalé estaba y está situado en una colonia conocida como la del doctor García Tapia, a poco menos de dos kilómetros del centro del pueblo. Al cabo de muchos años he vuelto a ella para recordar aquel verano, pero, como sucede cada vez que intento recuperar algún recuerdo visitando sus escenarios, el complejo residencial estaba completamente desfigurado por el paso del tiempo. La piscina vacía y abandonada, los parterres descuidados y los edificios que rodean el gran recinto ajardinado envejecidos. Sin embargo nuestra casa de aquel verano mantenía su inolvidable silueta, con dos pisos y una torre sobre el segundo, en la que sólo había una habitación, mi dormitorio. Un verdadero lujo para un chico de mi edad.

En esa torre me aislaba cuando me apetecía estar solo. Me había convertido en un asiduo lector de novelas juveniles y no tan juveniles, y aquel lugar era ideal para saborearlas sin que nadie me molestara. Un día, supongo que hacia las 6 o las 7 de la tarde, cuando estaba enfrascado en algún libro de Emilio Salgari o de Julio Verne o de José María Gironella, empecé a oír conversaciones alborotadas alrededor de mi casa. Me asomé y vi que un grupo de personas se aglomeraban a unos metros de distancia y señalaban la puerta de entrada a la vivienda con gestos de preocupación. Salí de la habitación y me asomé al hueco de la escalera. Entonces me pareció que me llegaban algunos susurros de conversación, casi imperceptibles, como si alguien dentro de casa estuviera hablando, pero procurando al mismo tiempo que no se le oyera. Sin embargo, todas las luces estaban apagadas y la casa parecía completamente vacía.

Volví a entrar en mi habitación y me asomé por la ventana un vez más, procurando que no se me viera. De repente me pareció oír entre los murmullos de la gente algo así como “no creo que sean ladrones, seguramente es alguien de la casa”. Entre las personas que se agolpaban abajo estaba nuestra muchacha de servicio, muy alterada, casi llorosa. Un vecino dijo que lo mejor sería avisar a la Guardia Civil, que para eso estaban. Comprendí inmediatamente que lo que sucedía era que algún intruso había entrado en casa y que los susurros que yo había oído eran sus conversaciones. Cerré la puerta de mi habitación con pestillo y me dispuse a esperar en silencio el desenlace de aquella extraña situación. Aunque en un principio había estado a punto de asomarme y avisar a los de abajo que yo estaba allí, opté por guardar silencio, no fuera que los ladrones me gastaran una mala pasada. Mi imaginación desbordada me hacía temer ser objeto de un secuestro o algo peor. Mejor por tanto callar y esperar.

Al cabo de un rato, quizá diez o quince minutos, cuando hasta el momento nadie se había decidido a llamar a la Benemérita, vi a una de mis primas, de aproximadamente mi edad, salir de casa con una amiga, corriendo entre la gente, con las caras cabizbajas, en dirección a sus respectivos domicilios. Los de abajo se quedaron sorprendidos, nadie dijo nada y la concentración empezó a disolverse.

Luego supe que habían entrado en casa creyendo que alguno de nosotros andaría por allí. Habían dejado la puerta abierta, circunstancia que alarmó a nuestra muchacha. Cuando iban a salir, se encontraron con la improvisada aglomeración, oyeron que se creían que se trataba de ladrones y, en vez de salir a cuerpo descubierto para deshacer el equívoco, decidieron quedarse dentro para ver que sucedía, nunca supe si por miedo a las consecuencias de su intrusión o para divertirse a costa del miedo de los vecinos. Después, cuando se dieron cuenta de la que se estaba organizando, optaron por “huir” del alboroto.

Lo curioso es que yo nunca le dije a nadie, ni siquiera a las protagonistas de la anécdota, que había sido testigo mudo de aquel pequeño enredo. Ya he dicho en alguna ocasión que a veces reacciono de forma extraña, puede ser que para darle más emoción a los acontecimientos.

Por cierto, menos mal que la Guardia Civil no estaba a mano, porque en otro caso nadie sabe lo que pudiera haber sucedido. Eran tiempo en los que no se andaban con demasiados remilgos.

29 de mayo de 2024

Qué sería de nosotros si no fuera por ellos

 

El otro día vi una película de nacionalidad belga que me impactó. Su título es “Tori y Lokita”, Palma de Oro en Cannes (2022) entre otros galardones. Se trata de un alegato en defensa de los “sin papeles”, con un argumento que gira en torno a los sufrimientos de un niño y de una adolescente africanos, en mitad de una sociedad, no sólo fría ante su vulnerabilidad, sino además beligerante y abusiva con ellos. Se la recomiendo a todos los amantes del cine con mensaje, advirtiendo de que encoge el alma. Por cierto, abstenerse los que vean a los inmigrantes como peligrosos enemigos de nuestra sociedad.

En mi caso, el mensaje llovía sobre mojado, porque en una reciente estancia hospitalaria en una clínica muy conocida de Madrid, algo más del cincuenta por ciento del personal sanitario auxiliar o subalterno eran extranjeros, hombres y mujeres que han encontrado en España refugio a sus precarias situaciones sociales y económicas anteriores, que han asimilado perfectamente nuestra cultura y que ejercen su profesión con esmero y dignidad. Si no fuera por el deje de alguno de ellos o por el color de la piel de otros, yo no hubiera sido capaz de adivinar su procedencia.

Es cierto que en este caso estoy hablando de personas con situación legalizada, pero es muy posible que llegaran en su momento a España sin papeles o que fueran en su día menores no acompañados. No es fácil llegar a un país europeo con la situación laboral en regla, porque nuestras sociedades mantienen las espadas en alto contra la inmigración. La única forma de abrirse camino aquí es forzando las circunstancias y arriesgando la vida en patera o en cayuco.

La ultraderecha y una gran parte de la derecha conservadora se niegan a aceptar la realidad de que nuestras sociedades no subsistirían si no fuera gracias a la presencia de un buen número de extranjeros en el mundo laboral. He mencionado un ejemplo de personal sanitario, pero todo el mundo come en restaurantes servidos por hispanoamericanos, desayuna en cafeterías con camareros rumanos o toma el aperitivo en terrazas atendidas por subsaharianos. Ayer, sin ir más lejos, cogí un taxi cuyo conductor era ruso. Como es el pan nuestro de cada día, el español medio está acostumbrado a su presencia y trata esta realidad con normalidad; pero la "fachería" propone que se los eche a patadas o a tiros, acusándolos de todas las desgracias habidas y por haber. No son exageraciones mías, porque el otro día le oí decir a un líder de Vox que el ejercito debería intervenir para evitar la "invasión".

Un buen amigo me contaba hace poco una simpática anécdota. Se había cruzado en un viaje con un grupo de africanos alquitranando la carretera y que después, cuando llegó a su destino, se lo había contado a alguien de su entorno personal de claro posicionamiento xenófobo, añadiendo el comentario de “esos son los que te quitan a ti el trabajo”, una buena ironía, didáctica e interesante. Pero mucho me temo que mensajes así sean inútiles, porque el racismo y la xenofobia no nacen en el cerebro, sino en la piel.

Las migraciones se han producido y se seguirán produciendo siempre. Ahora de lo que se trata es de encauzarlas adecuadamente, porque producen beneficios a las sociedades de acogida y resuelven al mismo tiempo la vida de millones de seres humanos. Tiene muy poco sentido oponerse a un fenómeno que contribuye a mejorar la calidad de vida de los ciudadanos de los países de acogida, pero es que además, si no se trata a los que llegan como corresponde a un país civilizado, se puede caer en una flagrante vulneración de los derechos humanos.

De la película que cito arriba no voy a dar más detalles, porque sería hacer "spoiler". Sólo diré algo más, que el que la vea se ponga en la piel de los protagonistas y, si no siente dolor, tristeza y rabia al mismo tiempo, que consulte a un psiquiatra. 

26 de mayo de 2024

Brevedad intelectual y pobreza discursiva

Pensaba yo el otro día que si en estos momentos existiera un premio Nobel o Princesa de Asturias u otro similar en cualquier parte del mundo que galardonara a los que mejor dominan las características con las que he titulado este artículo, el jurado se encontraría con serias dificultades para seleccionar al ganador. Habría tantos candidatos y candidatas con méritos propios para obtener el galardón, que escoger al más meritorio por su parquedad intelectual y por su insuficiencia oratoria resultaría un ejercicio arduo. Por supuesto que yo tengo mis candidatos, como supongo que los tendrá casi todo el que lea estas líneas, pero prefiero no señalar.

Sólo por divagar un rato, y sin otro ánimo que el entretenimiento, repasemos algunos posibles candidatos dentro y fuera de nuestras fronteras. El nombre de Javier Milei, el flamante presidente de la República Argentina, estaría posiblemente entre los mejor clasificados. Claro que en este caso el jurado se encontraría con un serio problema al valorar su oratoria, porque los leones no hablan, sino que rugen. Habría que recurrir a interpretes del lenguaje leonino para descifrar algunos de sus mensajes, sobre todo las expresiones del estilo libertad carajo, no porque no se entienda el significado de cada uno de los vocablos que conforman la elegante expresión, sino porque procedentes de todo un presidente de aquella gran nación resulta bastante incomprensible.

Habría también que atender a los chirridos de su famosa motosierra, porque seguramente los agudos y los graves nos dieran alguna pista sobre su oratoria. Pero, en cualquier caso, donde no creo que los jurados tuvieran dudas es en la brevedad intelectual que le adorna, más parecida a la de un Neandertal que a la de un mandatario del siglo XXI.

Es muy posible que Donald Trump le fuera a la zaga, porque todavía no se le ha oído expresar alguna idea política que vaya más allá del America First, de las instrucciones para construir muros antiinmigración, de las llamadas a la insurrección anticonstitucional y de las acusaciones de senectud a sus contemporáneos. Puede ser, no lo dudo, que en los numerosos juicios por corrupción pendientes se defienda con alguna soltura, aunque seguramente serán sus abogados quienes tengan que sortear los temporales. Por tanto, ni su oratoria ni su escaso bagaje intelectual lo dejarían fuera de concurso.

Pero como no quiero que se me acuse de falta de patriotismo -en estos tiempos hay que andarse con pies de plomo-, he buscado algún candidato español digno de equiparación con los anteriores. No lo he tenido fácil, porque hay tantos que uno corre el riesgo de cometer errores de bulto. Hasta que el otro día oí a Isabel Díaz Ayuso comparar a ETA con Hamás, explicando a su audiencia que cuando se premia al terrorismo se les concede territorios. Quería decir que la banda terrorista vasca había conseguido la autonomía del País Vasco y que con el reconocimiento del estado palestino los de Hamás obtendrían una patria, precisamente en Palestina.

Mencionado una posible candidata española, la pregunta que uno debe hacerse a continuación es cómo puede ser que personajes así puedan ganar sus respectivas elecciones. Yo no lo tengo claro, por lo que dejo la respuesta a los sociólogos y a los psicólogos que son los que de esto entienden.

22 de mayo de 2024

Recuerdos olvidados 14. La escalera de caracol

Quizá sea éste uno de los recuerdos más antiguos que retiene mi memoria, muy difuso por supuesto, pero a pesar de todo con detalles suficientes para poder contarlo aquí. Tenía yo cinco o a lo sumo seis años y acababa de empezar a ir al colegio por primera vez en mi vida. Como por aquel entonces no existían los parvularios, hasta esa edad los juegos infantiles sólo tenían el escenario de nuestras casas o el de los parques a los que nos llevaban. Por eso, el estatus de estudiante de primaria suponía un auténtico cambio de vida. Recreos, pero sobre todo nuevos amigos.

El colegio era el de Nuestra Señora del Pilar de Tetuán, la capital del entonces Protectorado Español de Marruecos, ciudad en la que viví durante los ocho primeros años de mi vida. Recuerdo perfectamente que entre mis compañeros, unos treinta, había media docena de musulmanes, hijos de nativos acomodados que habían optado por darle a sus vástagos una educación española, aunque sin renunciar a su fe musulmana. Diré, como curiosidad, que cuando los españoles nos poníamos de pie para rezar lo que correspondiera al momento, ellos permanecían sentados en sus  pupitres. Un ejemplo de convivencia entre religiones y entre diferentes culturas que por su interés refiero. 

En aquel colegio hice mis primeros amigos. Uno era Jordi, al que, por lo extraño que sonaba su acento a mis oídos y por su nombre, para mí absolutamente desconocido, yo le había adjudicado la nacionalidad inglesa. Hasta que mi padre me sacó del error y me habló por primera vez de Cataluña y de su idioma. Puede que fuera aquella la primera lección que recibí sobre la variedad cultural de España.

Un día Jordi me invitó a pasar la tarde en su casa, un chalé que a mí me parecía enorme, con dos pisos y una torre en una de las esquinas, que confería a la vivienda el aspecto de un castillo. Mis padres me aclararon años después que el dueño de la casa era un conocido hombre de negocios catalán, relacionado con  empresas mineras en El Rif.

Recuerdo que, cuando nos dejaron solos, Jordi y yo empezamos a corretear por su casa, no sé si jugando a indios y vaqueros o a japoneses y americanos, emulando a los héroes de las películas que veíamos en el cine Avenida o en el de la Misión Católica, los dos únicos que yo conocía. Pero lo cierto es que en nuestro inagotable correteo se interponía una escalera de caracol que ascendía hacia la torre, muy estrecha e incómoda, pero incapaz de frenar los ímpetus de Toro Sentado y de David Crockett.

Por supuesto que no recuerdo cómo, pero en alguna de aquellas subidas y bajadas debí de tropezar y caí rodando por las escaleras, magullándome el cuerpo entero, hasta frenar la caída con un seco golpe en la cabeza que, a pesar de la contundencia, no me hizo perder el sentido, aunque es posible que me dejara algo desorientado. Creo que no empecé a llorar hasta que la sangre de la herida de la cabeza llegó a mis ojos. 

Sé que los padres de Jordi me llevaron inmediatamente a la casa de socorro y que avisaron a los míos inmediatamente. Pero esa parte del accidente, las curas y las urgencias, no la recuerdo. Lo que nunca se me olvidará es el comentario de mi padre cuando me vio con la cabeza vendada, porque, una vez comprobado que sólo había sido un susto, le dijo entre dientes a mi madre, "María Jesús, este niño se nos mata un día por una escalera". Parece ser que se refería a mis antecedentes, porque con menos de un año me había escapado en un tacataca del piso donde vivíamos, aprovechando que alguien se había dejado la puerta abierta, hasta recorrer el descansillo y precipitarme por las escaleras. Llovía sobre mojado

Como tacataca hace mucho que no uso y además evito las escaleras de caracol, nunca más me he vuelto a caer como en aquellas dos ocasiones, aunque tropezones haya habido en mi vida alguno que otro, en todos los sentidos de la palabra. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

17 de mayo de 2024

Recuerdos olvidados 13. La sedición de los bocadillos

 

Yo hice la mili cuando ya había cumplido los 25. Estuve pidiendo prórrogas por estudios durante tres o cuatro años y, cuando me quedaban sólo unas cuantas asignaturas para terminar la carrera, no tuve más remedio que dejar de escaquearme y afrontar la realidad de aquella ineludible obligación. El CIR (Centro de Instrucción de Reclutas) número 2, situado entonces cerca de Alcalá de Henares, fue el campamento en el que pasé los tres primeros meses de los doce que permanecí en filas. Orden cerrado, gimnasia, lecciones teóricas y algunas pequeñas maniobras en los alrededores del acuartelamiento constituían nuestro quehacer diario, actividades que no conseguían quitarme de encima el aburrimiento y las ganas de licenciarme cuanto antes. Aunque, todo hay que decirlo, como la memoria se vuelve muy selectiva, ahora sólo recuerdo los buenos momento que pasé allí, porque a esa edad, aun en las peores condiciones, las anécdotas más insignificantes se convierten en epopeyas.

Todos los días, a media mañana, unos camiones nos traían hasta el campo de instrucción bocadillos y cervezas, que devorábamos y bebíamos con fruición y deleite. Con aquella pequeña interrupción se rompía durante unos minutos la monotonía del día, un descanso que disfrutábamos enfrascados en conversaciones para evadir nuestras mentes por un momento de nuestra rutinaria vida castrense. Recuerdo a uno de mis compañeros que me solía decir con cierta sorna, "¡esto es vida, Luis!"

Un día, de repente, cuando a la sombra de un árbol estaba bebiéndome el tercio del día y comiéndome el bocadillo de caballa de rigor, empecé a oír gritos acompasados procedentes de un pequeño grupo de mis compañeros. Agucé el oído y distinguí con nitidez que lo que gritaban aquellas insensatas criaturas, sin saber lo que se nos avecinaba, era, rancho sí, bocadillos no. Pero lo peor fue que, contagiados por la ingenua alegría de los alborotadores, muchos otros se fueron sumando a la algarabía, aporreando las culatas de los mosquetones y organizando sin darse cuenta una auténtica manifestación, nada más y nada menos que en el interior de una instalación militar. Yo les dije a los que me rodeaban, entre ellos mi hermano Manolo, quietos, ni una palabra, que esto no puede acabar bien.

De repente empezaron a sonar los silbatos de los oficiales y de los suboficiales, al mismo tiempo que se oían gritos desaforados de “a formar, a formar, …”. Nuestro capitán, una vez lograda la alineación perfecta de sus soldados, ordenó a seis o siete de nuestra compañía que salieran de la formación y se colocaran frente a nosotros, mirándonos a la cara. A continuación, hizo que se le entregara un bocadillo a cada uno de los elegidos y les obligó a comérselos sin desperdiciar una miga. Después, mientras los obedientes seleccionados iniciaban su patética pantomima, arrancó una arenga amenazadora, en la que la acusación de sedición sonaba amenazadora sobre nuestras cabezas con insistencia. Al rato llegó el comandante del batallón, al que yo no había visto nunca aparecer por allí, y un poco más tarde el teniente coronel jefe de instrucción, un alarde de despliegue de mandos que ponía de manifiesto la importancia que se le estaba dando al incidente.

Lo peor fue que, como estábamos en pleno tardofranquismo y las revueltas estudiantiles se sucedían en las universidades españolas día tras día, el teniente coronel le gritó a nuestro capitán, “Medrano, vigila a los universitarios de tu compañía, porque ninguno es de fiar”. El aludido cruzó sin pestañear una rápida mirada conmigo, mientras yo notaba que se me aceleraba el pulso. Creo que mi hermano y yo éramos los únicos acreedores de esa tremenda acusación.

Las represalias no se hicieron esperar. Durante varios fines de semana estuvimos sin poder salir los fines de semana de permiso y la instrucción se recrudeció hasta límites bastante incómodos. Pero a mí nuestro capitán no me dijo nada, nunca he sabido si porque me consideraba suficientemente cuerdo como para no haberme metido en aquella ingenua y ridícula protesta o porque mi padre era en aquel momento teniente coronel, circunstancia que por supuesto ya me había encargado yo en su momento de que conociera. Vaya usted a saber.

A partir de ese momento no volvieron a oírse gritos de protestas en todo el campamento. No hay nada como zanjar a tiempo los peligrosos intentos de amotinamiento, sobre todo cuando tanto la cervecita como el bocadillo eran un auténtico maná sobrevenido en mitad de la desolación campamental.

13 de mayo de 2024

Causa y efecto. Elecciones catalanas

Como estoy a punto de entrar en un quirófano para que me hagan algún que otro remiendo en la columna vertebral, hoy voy a ser muy breve, ya que no quisiera llegar tarde a la cita. Los médicos son muy suyos y me podría caer una bronca.

De las elecciones catalanas se pueden sacar muchas conclusiones, porque los resultados, en cierto modo esperados, van a obligar a que los políticos hagan encajes de bolillos para formar gobierno. Pero como esta parte, la de las negociaciones entre unos y otros, va a llevar un tiempo largo, ya tendré ocasión de reflexionar aquí sobre lo que vaya ocurriendo. Ahora, en este momento, sólo me interesa resaltar una de las muchas ideas que me han venido a la cabeza después de conocer los resultados, la de que el independentismo ha descendido de manera considerable entre la población, de tal forma que por primera vez desde que recuperamos la democracia los partidos soberanistas suman menos escaños y menos votos que los no soberanistas.

La pregunta que hay que hacerse es qué ha ocurrido. Mi respuesta es clara, la de que a la mayoría de los catalanes le convencen más las políticas conciliadoras propuestas por este PSOE capitaneado por Sánchez, que las represivas e intolerantes propugnadas por los señores Feijóo y Abascal al unísono. Desde mi punto de vista, y a pesar de lo que pronosticaban y siguen pronosticando los agoreros, el ciudadano medio acepta mucho mejor los intentos de diálogo y de acercamiento de posiciones que la intolerancia.

Es verdad, no lo voy a negar, que en octubre del 2018 la situación se había desmadrado, entre otras cosas por unas políticas centralistas que soliviantaron a muchos catalanes. Pero una vez transcurrido el tiempo suficiente, había que cambiar de estilo, con valentía y sin complejos. Era necesario marcar unos límites, que no son otros que el estricto cumplimiento de la legislación vigente, y a partir de ahí intentar llegar a entendimientos. Es un largo recorrido, que de momento no ha hecho más que empezar.

Yo creo que con estos resultados nadie en su sano juicio podrá negar ahora que con diálogos se va a cualquier sitio y con látigos el recorrido es muy corto.

Como no me queda tiempo, de lo demás hablaré otro día.

10 de mayo de 2024

Gritos en el Congreso, tranquilidad en la calle


El otro día estaba yo practicando uno de mis deportes favoritos, tomar el aperitivo en terrazas al aire libre, cuando al contemplar el tranquilo, desenfadado y alegre vagabundeo de la gente a mi alrededor, me dio por pensar en el fuerte contraste que existe entre el ridículo ambiente que se observa entre los políticos y el saludable comportamiento de los ciudadanos de a pie. Parece inconcebible que mientras los próceres parlamentarios se ultrajan en el hemiciclo, se acusan de estar hundiendo al pueblo en la miseria, se inventan bulos e infundios y desinforman en vez de informar, la gente siga viviendo su vida de espaldas al griterío, como si aquello no fuera con ellos.

Sé muy bien que los ciudadanos, al menos muchos de ellos, habrán tomado partido a favor o en contra de las partes que gritan en el parlamento e insultan en los medios de comunicación, y que por consiguiente, en algún momento de su vida, cuando surja una disputa o una simple discusión, manifestarán su descontento o su fervor. Pero ese contagio de la verborrea política se quedará ahí, en unas cuantas diatribas y en quizá unas pocas descalificaciones. Sin embargo, y a pesar del tufo que emana de la clase política, seguirán viviendo sus vidas totalmente ajenos al teatrillo que se interpreta en las instituciones, porque en realidad saben muy bien que no es más que postureo.

Yo siempre he considerado que la inercia social es tan fuerte, que a veces parece que el comportamiento ciudadano nada tenga que ver con lo que se dice y hace en las esferas políticas. Pero como también creo en que esa inercia responde en cada momento a lo que vayan marcando las disposiciones oficiales, es decir las leyes que propone el gobierno y que se se aprueban en el parlamento, me llama la atención  la divergencia entre el insoportable ruido en los estamentos oficiales y la serenidad de la ciudadanía. Supongo que significa que, a pesar del ruido, de los ultrajes y de las mentiras, el ciudadano debe de estar de acuerdo con los resultados de la gobernanza e ignora las patrañas.

Puede ser que lo que suceda es que se haya perdido la confianza en los políticos y el ciudadano piense aquello de tú a lo tuyo, a tus gritos, y yo a lo mío, a seguir viviendo sin tenerte en cuenta. Por eso cada vez se oyen más voces que se quejan de este ambiente, que afean la conducta de nuestros políticos y que piden que cese la traca y la matraca. Pero son peticiones totalmente estériles, porque el problema está en la falta de categoría intelectual de esos líderes que suplen su debilidad dialéctica y discursiva con gritos, con descalificaciones y con infundios. Si el ciudadano oyera debates sobre lo que de verdad le interesa, quizá prestara atención. Pero para oír mediocres sainetes y vulgares vodeviles no tiene tiempo.

Como además no contamos con una clase intelectual a la altura de las circunstancias, sino sólo con falsos pensadores que se han subido al carro de las maledicencias, los vocingleros seguirán gritando, los difamadores mintiendo y los calumniadores inventando historias para no dormir. Con una clase política que se comporta como los gallos en las peleas y una intelectualidad que hace dejación de sus funciones pedagógicas, esto no hay quien lo arregle.

Pero eso sí, los ciudadanos seguiremos viviendo nuestras vidas lo mejor que podamos y los políticos despellejándose entre ellos. Cada uno a lo suyo.

7 de mayo de 2024

Recuerdos olvidados 12. Gritos en la piscina del vecino

 

Durante nuestra primera etapa de casados -desde 1970 a 1976-, alquilábamos durante todo el año un chalé en Galapagar, pequeña localidad de la provincia de Madrid situada a unos cincuenta kilómetros de la capital. Por un precio ligeramente superior al que costaba alquilarlo los tres meses de verano, disponíamos de una segunda vivienda permanente. La casa contaba con una parcela de mil quinientos metros cuadrados, que incluía una pequeña piscina, un buen garaje y una espléndida terraza que se asomaba a la sierra de Guadarrama, con la silueta de los Siete Picos como telón de fondo. Estaba situada en una colonia -Veracruz-, a unos dos kilómetros del pueblo. Era grande, de manera que a nosotros nos sobraba espacio por todas partes. En invierno subíamos a pasar los fines de semana y en verano nos instalábamos allí. Yo, salvo el mes de vacaciones, bajaba todos los días a trabajar a Madrid. 

Como me ha sucedido en alguna otra ocasión en la vida, aquella iniciativa nuestra atrajo la atención de uno de mis hermanos y de varios de nuestros amigos, que poco a poco fueron alquilando otros chalés similares alrededor del nuestro, creando entre todos un ambiente muy agradable. De aquella etapa de nuestras vidas mantengo extraordinarios recuerdos, porque a esa edad de treintañeros todo parece de color de rosa. Mis hijos crecían sanos correteando por la parcela y chapoteando en la piscina, y nosotros no parábamos de organizar fiestas en casa de unos o de otros, hasta el punto de que llegó un momento en el que empezamos a echar de menos un poco de tranquilidad y algo menos de ajetreo. Pero, como he pensado luego muchas veces a lo largo de mi vida, que nos quiten lo "bailao".

Un día estaba jugando al tenis con un amigo -en realidad peloteando- en un trozo de la parcela llano y bien apisonado, aunque pequeño para nuestras pretensiones deportivas. Serían las siete de la tarde y, aunque el sol empezaba a decaer, sudábamos la gota gorda. De repente oímos los dos unos gritos desgarradores de mujer procedentes de un chalé situado a unos trescientos metros del nuestro. Aunque no se entendía lo que decía, parecía evidente que pedía socorro. Soltamos las raquetas y salimos a la carrera hacia el lugar. Cuando llegamos allí, una vez traspasada la puerta del jardín, nos encontramos con una señora de unos treinta y tantos años, guapa y elegante, con una niña en brazos, de aproximadamente dos años de edad, que acababa de sacar de la piscina, ahogada o al menos sin conocimiento.

Como habíamos visto alguna vez hacer en la televisión, sin pensárnoslo dos veces empezamos a hacerle el boca a boca, alternado nuestros esfuerzos y dándole al mismo tiempo masajes en el corazón. Al cabo de unos minutos, que a mí me parecieron toda una eternidad, la niña vomitó aparatosamente, abrió los ojos con un gesto de terror, buscó alrededor con la mirada y empezó a llorar. Nosotros nos miramos con un esbozo de sonrisa en la comisuras de la boca, bajo la impresión de que acabábamos de salvar una vida humana. Todavía recuerdo el sabor a leche agria que dejó la boca de la pequeña en la mía. 

Mientras tanto, alguien había llamado al médico del pueblo, que tardó muy poco en llegar allí. Como era lógico, tomó el control de la situación, nos apartó a los dos y decidió que se avisara a una ambulancia para llevar a la niña al hospital Puerta de Hierro. Mientras tanto ordenó que se le quitara la ropa mojada, algo que a nosotros ni se nos había ocurrido.

Al día siguiente, los padres de la niña vinieron a vernos al chalé con una botella de whisky etiqueta negra en las manos como regalo. Se trataba de un matrimonio chileno exiliado de su país a causa de las medidas nacionalizadoras que se tomaron en aquel país cuando accedió a la presidencia Salvador Allende, sin duda con muy buena posición económica. Todavía recuerdo el Porsche rojo aparcado frente a nuestro jardín y el impresionante Rolex que lucía en la muñeca el padre de la criatura.

Se deshicieron en agradecimientos y nos dijeron que en el hospital les habían pedido que felicitaran a los improvisados socorrista porque no habían encontrado ni una gota de agua en los pulmones de la pequeña. Después nos hicieron una foto, "para que el día de mañana nuestra hija reconozca a sus salvadores". Pero lo que no se me olvidará nunca es que a continuación nos preguntaron sorprendidos cómo habíamos sido capaces de acudir a los gritos de socorro. En Chile, nos explicaron, nadie hubiera movido un dedo por temor a encontrarse con una situación desagradable, quizá con un atracador armado o con un asesino.

Yo no contesté, pero de haberlo hecho le hubiera dicho algo así como que España era un país civilizado, lo que evidentemente hubiera supuesto una impertinencia, un agravio comparativo. A veces es preferible guardar silencio y no dejarse llevar por los sentimientos.

Nunca he vuelto a saber nada de aquella niña, de la que imagino que habrá tenido una vida feliz. Aunque no creo que conserve nuestras fotos. Mejor, porque a mí, si me viera ahora, no me reconocería. Ni yo a ella, claro está, porque andará por los cincuenta y tantos.


3 de mayo de 2024

Recuerdos olvidados 11. Un ligue memorable

Andaría yo entonces por los 17 o quizá los 18 años y acababa de empezar la carrera. Tenía una buena pandilla de amigos y amigas, ellos procedentes de mi etapa escolar y ellas primas, hermanas o vecinas nuestras, jovencitas entre los 15 y los 17 que habíamos ido introduciendo poco a poco en el grupo. Nuestro principal entretenimiento eran aquellos fantásticos guateques de los sesenta, siempre por las tardes, porque eran tiempos de costumbres mojigatas y castidad impuesta, y ellas tenían que estar en casa no más tarde de las diez de la noche. Infringir aquella norma solía ser causa de serias reprimendas.

Uno de mis amigos, antiguo compañero de colegio, con el que luego coincidí en la Escuela de Ingenieros Agrónomos de Madrid y con quien mantengo una buena amistad -Sise, para los amigos-, venía con cierta frecuencia a casa, puede que a revisar juntos apuntes de algún tema que se nos atragantara o quizá a correr por la Casa de Campo por aquello de mens sana y corpore sano. Yo vivía entonces en la calle de Ferraz de Madrid, muy cerca del Paseo de Moret. Enfrente de mi portal había una cafetería que se llamaba Bacuco, entonces muy de moda, frecuentada por estudiantes universitarios residentes en los colegios mayores de alrededor. Allí iban con mucha frecuencia Los Gemelos, aquel conocido dúo que acompañó con sus guitarras a María Dolores Pradera durante sus últimos años. Cuando Sise y yo terminábamos de estudiar o de trotar bajo los pinos cruzábamos a esa cafetería, pedíamos unas cañas y prolongábamos un rato la jornada.

Un buen día, dos chicas, puede ser que tuvieran nuestra misma edad, aunque ya se sabe que ellas a los 18 siempre parecen mucho mayores que ellos, se sentaron a nuestro lado, de manera que no tardamos mucho tiempo en entablar conversación. Residían en un colegio mayor femenino muy cerca de allí, lo que motivó que a partir de ese día volviéramos a vernos de vez en vez en el mismo lugar, siempre a la caída de la tarde, cuando ya habíamos dejado los otros menesteres. Una de ellas, que se llamaba Magdalena y de la que no recuerdo nada más que el nombre, me tenía obnubilado. Un día nos explicaron que iban a pasar un mes en La Granja, para cumplir con aquella obligación de las chicas que se llamaba Servicio Social, y que se alojarían en la residencia de la Sección Femenina.

Sise y yo nos propusimos entonces ir a verlas, Ahorramos algún dinero para pagarnos el autobús y para poder invitarlas a comer, y un domingo nos presentamos en La Granja sin avisar, convencidos de que íbamos a darles una agradable sorpresa y que nos recibirían con los brazos abiertos. Muy mal se nos tenían que dar las cosas para que ese día no triunfáramos. Cuando llegamos al pueblo, observamos desde el primer momento que sus calles estaban inundadas por una marea caqui formada por militares pertenecientes a las llamadas Milicias Universitarias, todos de veintitantos años, con las caras bronceadas como consecuencia de las largas horas de instrucción, luciendo unos elegantes cordones en el pecho, distintivos de sus carreras, lo que nada tenía de particular porque cerca de allí había un campamento dedicado a aquella modalidad del servicio militar.

Cuando llegamos a la puerta de la residencia, preguntamos por ellas. Al cabo de un rato bajaron, con las caras muy serias y casi evitando nuestras miradas, poniendo de manifiesto que nuestra visita las incomodaba. Nos dijeron que deberíamos haberlas avisado, porque habían quedado citadas con unos chicos del campamento y les resultaba imposible salir con nosotros. Nos dieron la mano, salieron de allí, cruzaron la calle, se encontraron con sus flamantes donjuanes y si te he visto no me acuerdo.

Nosotros regresamos a Madrid algo compungidos, aunque a esa edad las contrariedades, incluso las del corazón, se olvidan muy pronto. En cualquier caso, la vida nos había dado a los dos una buena lección, la de que los amores hay que ganárselos con habilidad y nosotros habíamos sido muy torpes, o, dicho de manera algo más vulgar, que en esto de los ligues no se atan los perros con longanizas.

Pero, dicho sea sin presunción, aquel tropiezo no volvió a sucederme nunca más en la vida. O sí, vaya usted a saber.

Aunque de esto quizá hable otro día. O no, porque hay asuntos que por su naturaleza más vale no airear.

 

29 de abril de 2024

Punto y aparte. Otra crónica de urgencia


Tomo el título de esta reflexión de una de las frases de Sánchez en su comparecencia para anunciar su decisión de continuar al frente del ejecutivo, porque quizá haya sido la que más me ha llamado la atención. Aunque la expresión tenga un sentido figurado, el mensaje ha sido claro: sigo, pero de otra manera. Lo que hay que ver ahora es a qué se refiere en concreto, si a un nuevo estilo de gobierno o a una nueva manera de hacer parlamentarismo o a un cambio de guion en las reformas emprendidas o a todo a la vez. Si su meditación ha ido en el sentido de renovar la estrategia, bienvenida sea su decisión de continuar, porque al frentismo “antisanchista” sólo hay una manera de vencerlo, mediante la política. Estaba cayendo en el error del “y tú más”, cuando es evidente que esa actitud sólo sirve para realimentar la bola de la ignominia.

Decía yo en un artículo anterior que su “interregno” respondía a una maniobra política para remover las conciencias de los suyos y las de sus afines. Desde mi punto de vista ese objetivo lo ha cubierto con creces. Muchos progresistas de este país han visto las orejas al lobo y algunos nacionalistas intransigentes han temido que su dimisión diera paso a la alternativa de una reacción que acabaría, no sólo con sus absurdas pretensiones separatistas, sino además con los avances de autogobierno alcanzados hasta la fecha. Junts y ERC seguirán durante la campaña de las elecciones catalanas sin reconocer de manera explícita su disposición a colaborar con el gobierno central, pero no tengo ninguna duda de que tras los comicios el panorama cambiará.

Es pronto para saber qué anida en este momento en la mente de Sánchez. Como supongo que ya estará poniendo en marcha una nueva estrategia, habrá que estar muy atento a los movimientos que a partir de ahora haga el gobierno, porque nos irán dando una idea de por dónde van a ir los cambios. Es más, estoy convencido de que en esta nueva manera de hacer las cosas va a haber urgencia y dinamismo. Tenía yo un amigo, muy castizo él y un tanto ocurrente, que aconsejaba, “no te andes con el bolo colgando que se lo comerán las hormigas”. El bolo puede ser parte de la anatomía del hombre, pero también el comportamiento político. En política hay muchas hormigas y además termitas. La marabunta está ahí amenazante, no sólo en España, sino en el mundo entero. Los poderes fácticos no cesan en sus maniobras, muchas de ellas antidemocráticas, por lo que los responsables políticos deben de estar ojo avizor, sin caer en la provocación.

He oído también la comparecencia de Feijóo y me he quedado perplejo. Los mismos argumentos, las mismas amenazas e idéntica manera de hacer oposición. Ha venido a decir algo así como, ¿quieres guerra?, pues la vas a tener. ¿Sales reforzado de la maniobra?, pues te vamos a machacar. Ni una crítica política ni una idea alternativa. Leña al mono y caiga quien caiga. Es su estilo, el que le dicta su débil bagaje intelectual y discursivo, y ni puede ni sabe salirse del guion. Incluso se ha permitido decir que no va a presentar una moción de censura. ¡Qué cosas! Este país se merece una oposición a la altura de las circunstancias, no ésta.

Supongo que la para mí sorprendente reacción del líder de la oposición ya se habrá dado por descontada en la nueva estrategia de Sánchez, porque se esperaba. Pero, ¡ojo!, que no se vuelva a caer en la provocación. Sólo ofende quien puede. Lo demás son fuegos de artificio.

27 de abril de 2024

Impresiones a vuelapluma. Crónica de urgencia

 

Elijo este título porque de eso se trata, de escribir sobre la marcha, sin meditarlo demasiado y sin vacilaciones. Digo esto, porque hoy voy a escribir sobre el inesperado “interregno” de Sánchez antes de que nadie sepa, ni siquiera sus más inmediatos colaboradores, qué nos va anunciar el presidente del gobierno el próximo lunes. Lo prudente sería esperar para saber a qué atenerse y así opinar sobre seguro y no hacer suposiciones. Pero es que prefiero expresarme ahora, cuando ignoro cuál será su decisión, para soltar mis impresiones a vuelapluma.

Pasado un primer momento de desconcierto, enseguida intenté asimilar la maniobra y me puse a elucubrar. Digo maniobra, no en el sentido peyorativo con el que utilizan la palabra sus encarnizados adversarios, sino porque cualquier movimiento en política merece este nombre. Nadie en su sano juicio puede pensar que Sánchez no sepa qué pretende con esta finta, con este amago de dimisión. Otra cosa es que los demás caigan en las más diversas interpretaciones, desde los que le llaman Pedro I el triste, pasando por los que dicen que a la política hay que llegar llorados, hasta los que lamentan que se haya alcanzado este estado de deterioro de las relaciones institucionales.

Para mí, se trata de una llamada de atención a los suyos, sean éstos los de su propio partido, los del partido con el que gobierna en coalición o los de los partidos llamados de la investidura. Cuando tomó esta decisión, no estaba pensando en la derecha extrema y en la extrema derecha, porque su intransigencia, su manera de hacer oposición las debe de tener muy asumidas. No tenía en mente al adversario, sino el fuego amigo. Con esta maniobra da un aldabonazo en las conciencias de los que no hacen más que poner palos en las ruedas, cuando saben muy bien que la alternativa política no les conviene, o porque su ideología nada tiene que ver con las tesis conservadoras o porque la posibilidad de un gobierno presidido por el tándem Feijóo/Abascal les perjudicaría.

Ahora bien, lo que no sé ni imagino es hasta dónde esta dispuesto Sánchez a llegar. Posibilidades hay varias, desde la dimisión y el consiguiente ahí os quedáis, hasta el anuncio de continuar si a partir de ahora os portáis bien. Yo tengo la impresión de que su espíritu batallador y su coraje político no le van a permitir tirar la toalla. Pero vaya usted a saber, porque la ignominia política, la calumnia, los ataques al entorno familiar, las falsedades y el juego sucio pueden llegar a doblegar las voluntades más firmes.

Para acabar, sólo dos reflexiones. La derecha de este país cuando no puede vencer a la izquierda intenta echarla como sea, sin reparar en medios. La izquierda de este país, dividida en rivalidades estúpidas, le permite a la derecha que en ocasiones se haga con el poder.

Dentro de unos días más, pero ya sobre seguro.

25 de abril de 2024

Conservadores y progresistas

 


No se me escapa que las palabras pueden llegar a convertirse en armas de doble filo y que por tanto hay que tomar precauciones al utilizarlas. Tanto se habla de derechas y de izquierdas, de conservadores y de progresistas, que uno nunca sabe con quién está hablando, si con un rojo matacuras o con un facha meapilas, dichos sean los epítetos anteriores en sentido figurado. Sólo si se presta atención a sus ideas en general uno será capaz de distinguir qué anida de verdad en su cerebro.

Tenía yo un amigo, con el que perdí el contacto hace ya algunos años, que confesaba que era de izquierdas en lo social, pero que su mentalidad era de derechas. Se consideraba progresista, pero rechazaba a las minorías marginadas, a los inmigrantes, a los homosexuales o a los de otras razas distintas a la blanca. Quizá, no lo puedo asegurar, su confusión mental fuera la causa de nuestro posterior distanciamiento, porque yo nunca aceptaré que se considere uno progresista y rechace a los diferentes.

Es verdad que todos, en mayor o menor medida, tenemos en nuestra ideología una mezcla de factores, unos más o menos conservadores y otros menos o más progresistas. Por eso existen los radicalismos y también por eso las actitudes moderadas. Pero una cosa es la composición de la mezcla y otra muy distinta que ésta resulte explosiva o, si se prefiere, adulterada. No se puede ser progresista y racista al mismo tiempo. Es imposible ser de izquierdas y odiar a los homosexuales y a los inmigrantes.

Esto me lleva a una reflexión, la influencia de los esnobismos en las actitudes políticas, tanto en uno de los lados del espectro como en el otro. Hay quien se considera de izquierdas porque imagina que serlo significa rebeldía, inconformismo y modernidad, como los hay que suponen que su adscripción a las derechas les otorga más categoría social. Los primeros presumen de “aggiornamento” e innovación, los segundos creen liberarse de su verdadera situación social mediante el apoyo a las tesis conservadoras. Dos errores y dos “fraudes ideológicos”.

Si a todo lo anterior le añadiéramos el componente religioso, la cosa todavía se complicaría más. No sé dónde está escrito que los conservadores tengan que creer en Dios y los progresistas no. Otra cosa son las actitudes con respecto a las religiones oficiales, la mayoría de las cuales siempre han estado y siguen estando del lado de los conservadores, porque sus jerarquías son las primeras que tienen mucho que conservar y como consecuencia las reivindicaciones sociales les aterran. Nada tiene de particular que en la izquierda haya prevención contra ellas, porque la Historia pone de manifiesto con quién se han ido aliando a lo largo de los siglos.

También hay quien piensa que los ricos tienen que ser necesariamente de derechas y los pobres de izquierdas. No digo que no tenga sentido esta reflexión, pero estoy muy acostumbrado a ver personas de condición humilde que votan a la derecha y, aunque menos frecuente, acomodados con tendencia progresista.

Ser de izquierdas o de derechas, salvo factores del subconsciente distorsionantes, debería suponer una actitud integral ante  la vida. No se puede ser de izquierdas y odiar a los inmigrantes. Como tampoco se entendería bien que un multimillonario de los que nadan en la abundancia acudiera a una manifestación a favor de la subida de impuestos.

Seamos coherentes.