31 de mayo de 2023

Aunque no me gusten los resultados, esto es democracia

Después de barajar varios títulos alternativos al que encabeza este artículo, me he decidido por el que mejor representa lo que siento en estos momentos, porque, aunque no me haya gustado el resultado de las elecciones del domingo pasado, democracia es democracia. Los electores en su conjunto no son estúpidos y, si la tendencia mayoritaria ha sido conservadora, algo habrá hecho mal el bloque progresista y algo bien la derecha. Otra interpretación sería aplicar paños calientes a una realidad palpable.

Por supuesto que tengo mi propia interpretación de los factores que han influido en estos resultados. Por un lado los riesgos que conllevan las alianzas poco fiables a las que se ha visto obligado el gobierno socialista, y, por otro, la fagotización de Ciudadanos por parte del PP. 

La constante rebeldía de Podemos dentro del gobierno, las listas de Bildu con cuarenta exetarras incluidos en ellas, el continuo raca-raca de Esquerra  con la república catalana y otras lindezas no ayudan en nada a crear una imagen de seriedad gubernamental, de sentido de estado. Todo lo contrario, son circunstancias que provocan indignación en los ciudadanos y exponen a los que gobiernan a una fácil crítica de su gestión.

Pero eso ya es agua pasada. Ahora corresponde hacer autocrítica, valorar sin apasionamiento las causas del estrepitoso fracaso y corregir los fallos. Sin embargo, aunque creo que la decisión de Sánchez de convocar elecciones sin pérdida de tiempo es la que corresponde a una situación como ésta, mucho me temo que sus socios sigan mareando la perdiz de sus personalismos, porque, una vez oídas algunas declaraciones de sus más preclaros líderes, tengo la sensación de que algunos no se han dado por aludidos.

Ione Belarra habla ahora de unidad, lo que se me antoja un auténtico sarcasmo después de haber "barrido para casa" durante toda la legislatura y, en consecuencia, haber contribuido de manera muy significativa a hundir al conjunto progresista. Están a punto de desaparecer y todavía sigue agarrada a los viejos clichés que tanto daño han hecho a las esperanzas de las clases más desfavorecidas.

Yolanda Díaz ha movido ficha inmediatamente y ha registrado su nuevo partido, invitando una vez más a Podemos a que se una al proyecto. Algunos de sus socios han salido escaldados de estas elecciones, pero ya se han dado cuenta de que unidos suman más que cada uno por su cuenta. Que Belarra, Montero, Echenique e Iglesias lo entiendan también es harina de otro costal. Hasta ahora, a pesar de sus bienintencionadas propuestas para favorecer a los más desposeídos, su manera de hacer política, entre la hosquedad y la aspereza, ha espantado a muchos votantes de la izquierda moderada y, a la vista de los resultados de estos comicios, también a bastantes de los que hasta ahora los han seguido con ilusión.

El partido socialista tiene que madurar una nueva estrategia. Siempre ha representado los ideales de la izquierda moderada, la de el vísteme despacio que tengo prisa, y se había visto obligado a meterse en un berenjenal muy complicado, en un terreno de arenas movedizas. La repetición de elecciones a las que le obligó en su momento la torpe intransigencia de Podemos bajó significativamente la fuerza parlamentaria de la izquierda en su conjunto y, como consecuencia, el partido socialista ha tenido que recurrir a pactos muy peligrosos; pero también es cierto que si continuara así terminaría hundiéndose con los demás. Y, que nadie lo olvide, el PSOE ha sido el motor de la modernización social de España desde el retorno de la democracia y sigue representando los ideales de una gran parte de los progresistas que prefieren, como decía Unamuno, la gota que horada a la convulsión volcánica.

 

27 de mayo de 2023

Viaje a la Mariña 4. La presencia de los indianos

El cuarto día de nuestro viaje amaneció nublado, pero no llovía. Desde nuestro mirador veíamos la brumosa orilla contraria de la ría, un cielo oscuro y amenazador que a pesar de su aspecto parecía que no se atreviera a soltar su carga de agua. En cualquier caso, no estábamos allí para arredrarnos.

Por eso, nada más desayunar emprendimos la excursión del día, esta vez a Mondoñedo. Este nombre siempre ha sonado en mis pensamientos como un lugar misterioso, de oscuras historias inquisitoriales, de curias influyentes, de creencias arraigadas. Pero, además, por la fama de su catedral, la llamada arrodillada debido a su escasa altura y a sus perfectas proporciones.

Aparcamos junto al impresionante edificio del seminario. Observamos que a su lado había otra construcción no menos interesante, en cuya puerta se observaba un gran movimiento de personas. Entramos creyendo que se trataría de un museo, pero la cancerbera nos cerró el paso aduciendo que aquello era una “pensión de sacerdotes”. De manera que nosotros allí no pintábamos nada. Esto último no lo dijo ella, pero yo sí lo pensé

Hicimos la visita de la basílica y del museo en algo más de una hora, ayudados por nuestras correspondientes audioguías. La sugerente voz del locutor animaba a tomar asiento de vez en vez, contemplar arquitectura y ornamentos, frescos y pinturas. Aunque con modificaciones posteriores, se trata de un templo románico de estrictas proporciones. La girola, amplia y muy bien iluminada, llamaba la atención. Parecía más el pasillo de un palacio que el corredor trasero del altar.

En el museo, me llamó la atención una colección de zapatos arzobispales de vivos colores y recargados ornamentos. Me parecieron propios de una coquetería poco acorde con tan reverendas personas. El claustro, uno más de tantos que hemos visto a lo largo de nuestra vida, era austero, pero no exento de belleza arquitectónica.

Cuando salimos al exterior notamos enseguida que la temperatura había descendido bastante. Un grupo de colegiales de unos diez u once años atendía las explicaciones de su maestro sobre la catedral. Siempre me ha gustado contemplar la enseñanza al aire libre, frente al objeto del temario. A cierta distancia, para no parecer un entremetido, estuve escuchando un rato las palabras del profesor, en un lenguaje sencillo, no exento de cierto academicismo. No es fácil combinar la sencillez con la precisión cultural. Esa es una de las virtudes de la buena pedagogía.

Nos sentamos en una terraza, bajo unos soportales frente a la catedral, y nos tomamos el merecido aperitivo mientras decidíamos dónde comeríamos. En contra de lo que habíamos supuesto, Mondoñedo es un pueblo pequeño, con poca vida ciudadana. Exploramos en un par de restaurantes, pero ninguno de ellos nos gustó, por lo que decidimos volver a Ribadeo, a sólo media hora de distancia. Reservé por teléfono mesa en el “El Lar de Manolo”, un lugar que parecía por las fotos de su web bonito y anunciaba una interesante carta. Además, estaba muy cerca del parador, lo que nos permitiría dejar el coche en su aparcamiento y acercarnos andando.

La verdad es que fue un acierto, porque el ambiente era agradable, el servicio muy profesional y, todo hay que decirlo, comimos muy bien. Después volvimos al parador, bajo un cielo que continuaba amenazando lluvia, aunque sin decidirse.

A las siete de la tarde, con una temperatura bastante baja y por tanto bien abrigados, salimos a recorrer Ribadeo, del que hasta ahora sólo conocíamos los alrededores del parador y la zona portuaria. Fue un paseo largo, a través de un trazado urbano amplio y poco congestionado, con grandes plazas ajardinadas y frondosos parques, y un caserío moderno, nuevo o restaurado. Dedicamos especial atención al barrio de san Roque, en el que se concentra una gran cantidad de palacetes indianos, muchos de ellos divididos en apartamentos. Por lo general, los herederos de aquellos ricos emigrantes que volvieron a su patria después de “hacer las Indias” no han podido mantener los suntuosos patrimonios inmobiliarios de sus abuelos. Los tiempos cambian todo y deshacen fortunas.

Esa noche, la última de nuestra estancia en Ribadeo, cenamos en el parador, recreándonos en el recuerdo de las cosas que habíamos conocido y proyectando nuevas escapadas. Porque mientras la mente no se oscurezca y el cuerpo no se derrumbe, estos viajes revitalizan y llenan de ilusiones. ¡Qué más se puede pedir!

Al día siguiente, el de nuestro regreso, durante el viaje nos cayó a raudales la lluvia que nos había respetado durante nuestra estancia, como si después de haberse contenido tanto tiempo dijera, ¡ya no puedo más!

26 de mayo de 2023

Viaje a la Mariña 3. Asturias, patria querida

El tercer día de nuestro viaje, miércoles 10 de mayo, decidimos cruzar la ría y explorar la zona costera más cercana a Galicia. Nos habían recomendado que visitáramos un cementerio musulmán, que allí llaman de los moros, muy próximo a Luarca, al parecer curioso e interesante. Pero, aunque el GPS nos llevó hasta la puerta, no encontramos la entrada ni un lugar donde aparcar. Desistimos y nos dirigimos directamente al puerto de esta localidad, a la que desde donde estábamos se accedía por una carretera de montaña, que desciende sinuosa y pronunciada directamente hasta las instalaciones portuarias y desde la que se puede contemplar una fantástica perspectiva de esta empinada villa asturiana.

Como no encontrábamos plazas libres en los aparcamientos, nos metimos en los muelles, hasta dar con un hueco. Estaba reservado para residentes, pero, tras una breve negociación con el vigilante, nos permitió, dadas las circunstancias, dejarlo allí durante un rato, con la promesa de cambiarlo antes de comer. Dimos un paseo, localizamos algunos restaurantes, tomamos un aperitivo en la terraza de uno de ellos mientras contemplábamos las maniobras de atraque de un pesquero y el desembarco de la captura del día, y reservamos mesa.

Después cambiamos el coche de lugar. En una zona cercana, al pie de unos enormes acantilados, se extendía a lo largo de una playa un aparcamiento en superficie, con una gran capacidad, pero a pesar de ello casi lleno. Cuando observo estas aglomeraciones me pregunto qué sucederá en época de vacaciones. Paseamos durante un buen rato por las calles más céntricas de Luarca, en las que -¡cómo no!- había mercadillo.

Comimos muy bien, atendidos por una simpática camarera, que además de atenta resultó una buena cicerone. Se llamaba Andrea, era luarquesa y nos amenizó la sobremesa con una detallada exposición de los encantos de su pueblo. Lamentablemente no teníamos tiempo, pero anoté sus recomendaciones para la próxima vez.

A la vuelta, decidimos recorrer la otra orilla de la ría del Eo, es decir la que está enfrente de Ribadeo. Llegamos primero a Castropol, cuya silueta, como ya he dicho, veíamos desde la terraza-mirador de nuestra habitación. Recorrimos su pequeño y bien cuidado puerto deportivo, contemplando la fachada del parador que aparecía frente a nosotros a una distancia de unos cuatrocientos o quinientos metros, la anchura del estuario..

Continuamos hacia el fondo de la ría, atravesamos un pueblo que se llama Vegadeo, muy animado a esas horas de la tarde. Continuamos dando la vuelta al brazo marino, cruzamos el río Eo a la altura de su desembocadura, volvimos a entrar en Galicia y nos dirigimos hacia Ribadeo. Todavía no conocíamos la zona portuaria, que como ya he dicho constituye un barrio algo separado del centro. Aparcamos, esta vez sin problemas, y nos dirigimos a los pantalanes del club náutico. Lo recorrimos, contemplando las cubiertas y los aparejos de docenas de pequeñas y medianas embarcaciones de recreo. Los puertos deportivos, aunque yo no sea aficionado a este deporte, siempre han despertado mi interés, puede ser, no lo niego, porque se me antoje una afición de aventureros.

Nos sentamos en una terraza estratégicamente situada sobre las embarcaciones. Hacía algo de frío, pero íbamos abrigados. Durante algo más de una hora, mientras tomábamos unas apetecibles y tonificantes bebidas, estuvimos contemplando las ajetreadas tareas de mantenimiento de algunos deportistas sobre la cubierta de sus embarcaciones. Tengo un buen amigo chiclanero, amante de la navegación a vela, que se pasa horas y horas a bordo de su velero atracado en el puerto, de la misma manera que yo lo hago a la sombra de una higuera en nuestro huerto de Castellote. La soledad reconfortante, cada uno la busca alrededor de sus aficiones.

Ese día cenamos en el parador.

25 de mayo de 2023

Viaje a la Mariña 2. La Mariña lucense

El segundo día de nuestro viaje, después de considerar varias alternativas entre las excursiones estudiadas de antemano, decidimos recorrer la costa cantábrica hacia el oeste, hasta llegar a O Barqueiro, la pequeña localidad pesquera donde hace años habíamos pasado unos días en otra de nuestras escapadas. Recordábamos aquel lugar con ilusión, porque, además de habernos alojado en uno de esos hoteles que ahora llaman con encanto, habíamos tenido la oportunidad de comer en un restaurante del puerto una merluza exquisita, fresca, recién pescada, de esas que no es fácil encontrar en los mercados de Madrid.

Hicimos una primera parada en Foz, otro puerto pesquero, un lugar que nos había recomendado una simpática recepcionista del parador. Llegamos allí sobre las once y media de la mañana y aparcamos en el puerto. Como a esas horas la marea estaba muy baja, se veía a los barcos atracados en los pantalanes flotantes muy por debajo del nivel de la superficie de los muelles, una curiosa visión que nos llamó la atención porque no estamos acostumbrados a variaciones tan acusadas.

Nos encontramos con un mercadillo, el primero de otros que iríamos descubriendo a lo largo de aquellos días. He leído hace unos días que esta modalidad de mercadeo ambulante ha recobrado pujanza, después de que en algunos lugares estuviera a punto de extinguirse. Lo cuento porque la noticia me llamó la atención.

Desde Foz nos dirigimos a la basílica de San Martiño, otra de las recomendaciones que nos habían hecho en el parador. Situada en el interior y a cierta altura sobre el nivel del mar, llegamos hasta allí a través de una estrecha y tortuosa carretera que discurre entre frondosos bosques, en cuya vegetación no faltaba el eucalipto. Aprovecho para decir que éste es un árbol que detesto, no sólo porque me parezca feo y desangelado, sino porque roba el agua a sus vecinos. Desgraciadamente por aquellas tierras abundan, consecuencia de continuas repoblaciones forestales con ánimos de lucro, debido a la rapidez de su crecimiento y a que de su madera se extraiga la celulosa. Un amigo mío se refería a estos árboles como la especie invasora.

En una bifurcación sin indicaciones, tuvimos que preguntar a una simpática y guapetona guardabosques por la dirección correcta.  Nos indicó que fuéramos a la derecha, pero nos señaló la izquierda. Aclarada la incoherencia entre palabra y gesto, llegamos al lugar.

Se trata de una iglesia de origen prerrománico, con modificaciones posteriores. Como su descripción está en las bibliotecas no voy a entrar en detalles. Pero sí señalar que, cuando entramos, un coro mixto, formado por cuatro mujeres y dos hombres, ensayaba unas curiosas canciones medievales, lo que nos indujo a sentarnos y permanecer allí durante un buen rato. Un espectáculo maravilloso, además de inesperado.

Recorrimos La Mariña lucense por completo, porque O Barqueiro ya está en la provincia de La Coruña. Cruzamos Viveiro, a esa hora del día con un tráfico endiablado. Se trata de una población de cierta entidad, con una viva actividad económica, algo que se observa en el movimiento ciudadano y en los edificios, muchos de ellos de construcción moderna. Pero como la carretera costera la atraviesa, tuvimos que soportar alguna retención.

A la una y media entrábamos en O Barqueiro tratando de localizar tanto nuestro hotel como el restaurante que con tanta ilusión recordábamos. Pero como el tiempo lo cambia todo, nos encontramos con que los dueños ya no eran los mismos, y, lo que es peor, que en la carta no figuraba la deseada merluza. No obstante, como nunca falta un roto para un descosido, a cambio dimos buena cuenta de un magnífico rodaballo, de esos que figurarán en mis recuerdos gastronómicos durante un buen tiempo. Aunque mi pescado favorito sea la merluza, en esta ocasión no la eché de menos.

De vuelta al parador paramos en la playa de Las Catedrales. Parece ser que en las épocas de mayor afluencia es preciso solicitar hora con antelación para visitarla, pero esos días el acceso era libre. Dejamos el coche en una explanada y bajamos por unas escaleras hasta la arena. Soplaba un viento huracanado que casi no dejaba andar. Por eso y porque la arena estaba húmeda y no llevábamos el calzado adecuado, nos limitamos a dar un paseo entre las rocas para por lo menos hacernos una idea de por qué aquel lugar tiene tanta fama. Doy fe de que no es inmerecida. El agua y el viento han modelado las rocas del litoral dándoles formas caprichosa, entre las que no faltan las conocidas ojivas catedralicias.

Regresamos a Ribadeo a la caída de la tarde. Esa noche se celebraba un partido de Champion -Real Madrid contra Manchester City- y el día anterior habíamos reservado una mesa convenientemente situada frente a una pantalla de televisión gigante. Como empezaba a las 9;00, habíamos decidido cenar allí y así matar dos pájaros de un tiro. Pero cuando llegamos la mesa estaba ocupada. Como no soy de los que aceptan con facilidad informalidades de este tipo, discutí con los camareros, con templanza, pero también con insistencia, hasta conseguir que los ocupas se levantaran y nos dejaran la mesa libre. Del partido no voy a hablar porque no toca. A una parte de los lectores de estas ocurrencias no les gusta el futbol, incluso alguno lo odia, y otros muchos no son madridistas. Así es que chitón.

Volvimos al parador dando un paseo y nos acostamos temprano. El cuerpo nos pedía descanso.

24 de mayo de 2023

Viaje a la Mariña 1. Nubarrones en el horizonte

Hace unos años, mi mujer y yo organizamos un viaje a la parte de la costa cantábrica correspondiente a las provincias de Coruña y Lugo. Nos alojamos en un hotel de Porto do Barqueiro, un pequeño pueblo marinero situado muy cerca de Estaca de Bares y del cabo Ortegal. Una de nuestras excursiones fue a Viveiro, lo que nos permitió visitar alguna de las pequeñas localidades de la Mariña Occidental. Recuerdo que ya entonces nos propusimos que más adelante, en otro viaje, recorreríamos también la Central y la Oriental, para así completar nuestras impresiones sobre aquella preciosa costa, hasta entonces desconocida por nosotros.

De ahí que hace unos meses reserváramos cuatro noches en el parador de Ribadeo, la capital de la Mariña occidental, situada a orillas del Eo, un río que marca el límite entre Asturias y Galicia. Las fechas elegidas fueron del 8 al 12 de mayo, desde un lunes hasta un viernes, cuando la primavera ya estuviera algo avanzada y pudiéramos esperar buen tiempo, lo que para nosotros significa sin lluvias, porque el frío no nos asusta. En cualquier caso, ya se sabe que en el norte los riesgos que se corren con la climatología son grandes, aunque siempre habrá paraguas, sombreros de lluvia e impermeables.

Hicimos el viaje en siete horas, con una sola parada para comer. Todo nuestro recorrido fue  por autopistas, la M-30, la del Noroeste, la Ruta de la Plata y la del Cantábrico. A lo largo de aquel recorrido coincidimos con varios convoyes de la UME, señal inequívoca de la alarma que estaba provocando las hasta entonces altas temperaturas y la prolongada sequía. Cruzamos la espectacular cordillera cantábrica, recorrimos la costa occidental de Asturias y entramos en Galicia a través de un impresionante puente que salva la ría del Eo, su ancha desembocadura.  

A las 5.30 de la tarde ya estábamos haciendo check-in en el parador. Cuando llegamos a la habitación nos encontramos con que sólo disponía de una butaca. Llamé a recepción solicitando una segunda y la respuesta fue que nos cambiarían inmediatamente a otra. En quince minutos entrábamos en el que iba a ser nuestro alojamiento durante los cinco días de nuestra estancia. Quien me conoce sabe que la exigencia de disponer de dos cómodos asientos es para mí insoslayable, porque no acepto que una habitación doble no disponga de los mismos.

Creo que salimos ganando, porque esta segunda era mayor que la anterior, con un amplio mirador asomado a la ría, desde el que se contemplaba una magnifica panorámica de la orilla de enfrente, en la que destacaba el pintoresco perfil del pueblo asturiano de Castropol, del que algo diré en el momento oportuno.

Una vez comprobado que todo funcionaba correctamente, desde el baño hasta la wifi, estudiamos los pronósticos del tiempo para confeccionar nuestro plan definitivo. Aunque estaba nublado, ni llovía ni hacía frío; pero ojo con los cambios inesperados porque, como nos diría uno de los recepcionistas del parador, en Galicia llueve por excepción.

Ese día, después de explorar las instalaciones del parador, dimos una vuelta por los alrededores para hacernos idea de dónde estábamos. El centro urbano de Ribadeo está situado en una planicie de cierta altura sobre la ría, de manera que para acceder a las zonas portuarias -comercial y deportiva- hay que descender unas cortas pero empinadas cuestas. La vida ciudadana se concentra en la parte alta, de calles anchas y bien trazadas, con edificios modernos o restaurados, entre los que destacan fantásticas construcciones indianas, vestigios de otros tiempos, de años de emigración en busca de mejor fortuna. Pero de todo esto hablaré en el momento oportuno

Como ese día ya no daba más de sí, y el ajetreo nos había cansado, volvimos al parador, cenamos, vimos un rato la televisión y nos fuimos a la cama, diciéndonos aquello de mañana será otro día.

 

20 de mayo de 2023

Las fobias y los negacionismos viajan juntos

Me he preguntado muchas veces por qué los xenófobos suelen ser al mismo tiempo racistas, homófobos, antifeministas e intolerantes en general. No me resulta fácil encontrar una respuesta a la pregunta, mucho menos cuando descubro que los amigos de las fobias son también negacionistas en cualquiera de sus formas, porque no aceptan que exista desigualdad entre la realidad de los derechos de los hombres y los de las mujeres, porque no creen que se esté produciendo un cambio climático o porque niegan la eficacia de las vacunas. Se trata por tanto de un perfil psicológico que me cuesta mucho catalogar. Suponiendo que se tratara de una paranoia, habría que considerarla multifuncional o, dicho de otra forma, una anomalía que abarcaría un amplio espectro del comportamiento humano.

¿Qué tienen en común todas estas fobias y todos los objetos de los distintos negacionismos? Me lo pregunto porque, si encontráramos algún factor de coincidencia en todas ellas, quizá estuviéramos más cerca de entender las razones de este comportamiento tan peculiar. Pero, como no veo nada que pueda homologar a homosexuales con personas de distinta raza o con extranjeros, empiezo a sospechar que las fobias no proceden del objeto sino de la percepción del sujeto que padece las fobias. Si así fuera, estaríamos ante una anomalía de la personalidad, de mayor o menor gravedad en función de la intensidad del odio. Sí, del odio; porque no perdamos de vista nunca que estar en contra de un colectivo, sin entrar en consideraciones individuales, conlleva este sentimiento de aversión y de repulsa.

Lo del negacionismo irreductible pude que venga del trasfondo de esa anomalía. Porque, puestos a desconfiar de colectivos de manera indiscriminada, no tendría nada de particular que se desconfiara también de las recomendaciones que proceden de los que de una manera u otra defienden el respeto a las minorías discriminadas. Pudiera ser que en la mente de los fóbicos se forme un totum revolutum que dé lugar a que las fobias se acompañen entre ellas y a que además vengan de la mano del negacionismo.

Llegados a este punto, quizá alguno se pregunte que adónde pretendo llegar. Pues bien, lo diré: a la intolerancia como forma de comportamiento, una característica que no es patrimonio ni de la derecha ni de la izquierda, ya que está muy repartida. Lo que sí es cierto es que cuando más cerca se está de los extremos, mayor proclividad se da. El extremismo y la intolerancia también viajan juntos.

Como no pretendo convertir la reflexión de hoy en un alegato político, lo voy a dejar aquí. Relacionar las fobias y los negacionismos con cualquiera de las siglas que circulan por el panorama social español es un ejercicio muy fácil de hacer, por lo que invito a los que lean estas parrafadas a que lo hagan de acuerdo con sus propios criterios. Los míos me han llevado a conclusiones concretas, que hoy no me toca exponer.

16 de mayo de 2023

Déjalo "pa´prao"

Hace unos días me llegó uno de esos rebotes de WhatsApp que circulan por las redes, con el supuesto mensaje de un sabio anónimo: “defiéndete con la sonrisa, ataca con el silencio y vence con la indiferencia”. Yo tenía un amigo, que ya no está entre nosotros -no tan cuerdo y juicioso como el del WA pero más listo que el hambre-, que cuando oía lo que en su opinión era una sandez que no merecía la pena discutir decía: “déjalo pa´prao”, porque mi amigo era muy aficionado a utilizar simpáticas expresiones asturianas. En la vida hay ocasiones en las que lo mejor que se puede hacer es defenderse con la sonrisa, atacar con el silencio y vencer con la indiferencia  o, simplemente, dejarlo "pa´prao".

El esperpéntico affair Bolaños es uno de ellos. Yo en su caso, suponiendo que hubiera ido al espectáculo de la Puerta del Sol, me habría callado y le hubiera ordenado a mi responsable de protocolo que lo dejara "pa´prao". Se había metido en la boca de la loba, en las fauces de la insaciable presidenta de Madrid, sin medir bien hasta dónde es capaz de llegar una dirigente antisistema, populista y separatista a su manera, porque lo que hizo doña Isabel ese día significa que antepone la autonomía que preside a la nación a la que pertenece. Una salida de tono como la de ese día yo no la había visto antes ni en las parodias.

He leído muchas definiciones de populismo. Pero yo me quedo con aquella que lo define como el conjunto de manifestaciones políticas que despiertan el aplauso del populacho, aludiendo con este despectivo nombre a los que carecen de buena formación. Por otra parte, antisistema significa estar en contra de las instituciones, y no se puede negar que cerrar el paso en un acto institucional a un ministro del gobierno entra dentro de esta categoría. Nunca lo había visto hasta ahora, al menos en nuestro entorno, quiero decir en el mundo civilizado. Supongo que en algún rincón del planeta alejado de la civilización y de la cultura se darán estos comportamientos, pero no aquí, entre nosotros.

Pero los populistas tiene adeptos, como los tienen los antisistemas, sobre todo cuando se visten con retoques goyescos y se perfuman a diario. Por eso doña Isabel se recrea en episodios como el de la Puerta del Sol, porque sus consejeros le han enseñado que son muchos los que aplauden sus salidas de tono, sus enfrentamientos con las instituciones y su indisimulada chulería. Porque saben que mientras se habla de estas nimiedades se dejan a un lado las críticas a la gestión de la sanidad, de las listas de espera, de la educación, de las residencias de mayores, de las guarderías y de todo aquello que de verdad interesa a los ciudadanos.

Bolaños se ha equivocado. En vez de dejarlo "pa´prao", ha entrado al trapo y le ha dado cuerda a la señora Díaz Ayuso. Supongo que ésta se habrá frotado las manos, porque debía de estar un poco preocupada porque lo de Doñana le estuviera dando demasiado protagonismo al señor Moreno Bonilla y quitándoselo a ella.

12 de mayo de 2023

Protecionismo social

Quizá sea este asunto, el énfasis que se ponga en proteger a las capas más necesitadas de la sociedad, la característica que señale con mayor nitidez la diferencia entre el progresismo, en sus diferentes intensidades, del conservadurismo, también en las suyas. Un progresista defenderá la puesta en marcha de políticas que protejan a los más vulnerables frente a las crisis y un conservador juzgará dichas políticas como poco adecuadas para la marcha de la economía, cuando no como nefastas.

Hago esta introducción, porque si bien hasta ahora las críticas a la protección social han sido siempre matizadas por los que las pronunciaban para no levantar sospechas de riesgo involucionista o temores ante la posible pérdida de los derechos sociales conseguidos, de un tiempo a esta parte los partidos conservadores y los medios que los aplauden se han quitado la careta para culpar de todos los males económicos al exceso, según ellos, de subvenciones. Ya no dicen aquello de que cuando cada uno se tiene que buscar las habichuelas como pueda se crece más, sino que acusan al proteccionismo social de crear una casta de vagos. No hay fontaneros, ni camareros, ni camioneros, ni albañiles porque los sueldos sean bajos y las condiciones de trabajo muy duras, sino porque la gente prefiere cobrar un subsidio en vez de trabajar.

Todos los 1 de mayo, el día internacional del trabajo, se oyen exageraciones por todas partes, desde los sindicatos, desde las organizaciones empresariales, desde la oposición y desde el gobierno. Es lógico, porque si hay un momento en el que no se puede dejar de arrimar el ascua a la sardina de cada uno es precisamente durante esa jornada, de claro perfil reivindicativo. Yo ya estoy acostumbrado a las hipérboles, a las amenazas y a las acusaciones, de manera que suelo oír los discursos de unos y de otros sin alterarme demasiado.

Pero este año si salté de mi sillón, dicho sea en el sentido figurado, cuando hoy salir de la boca del señor Abascal una frase parecida a ésta: todos "éstos" que se están manifestando hoy se van a enterar -no añadió de lo que vale un peine- cuando nosotros gobernemos, porque los vamos a poner en su sitio. Una chula amenaza, así como suena, sin tapujos.

Lo dicho, se han quitado la careta. Es muy posible que esa frase y otras del mismo estilo que acompañaron su discurso hayan pasado desapercibidas ante la opinión pública, porque son muy pocos los que prestan atención a las estentóreas proclamas del líder de la ultraderecha. Pero a mí me dejó impresionado, porque quizá por primera vez en mi vida oía una expresión de clara discriminación de la clase trabajadora, a la que por cierto pertenecemos o hemos pertenecido casi todos. Claro que él no pretendía referirse a los empleados de las clases medias, a los funcionarios, a los profesionales liberales, a los empleados de banca, sino a los metalúrgicos, a los albañiles, a los mineros, a los campesinos, etc. Lo que sucede es que el subconsciente lo traicionó y metió a todos en ese saco que denominó “éstos”.

Miedo me dan los que tienen como objetivo político meter a la clase trabajadora en cintura.

8 de mayo de 2023

Hablemos del tiempo

Empezaré diciendo que no soy un negacionista del cambio climático. Todo lo contrario, estoy convencido de que, si no se pone freno a los desatinos y a los desmanes, dentro de unos años la humanidad se encontrará con una situación ambiental muy preocupante. Lo que sucede es que, al hilo de esta amenaza, los medios de comunicación se han lanzado a propagar una serie de exageraciones, muchas de las cuales contradicen las realidades estadísticas. Una cosa es advertir de que vamos por mal camino y otra muy distinta asegurar que nunca se habían alcanzado en el mes de abril unas temperaturas como las de este año.

El periodismo cuando encuentra un filón noticiable no deja ni la ganga, dicho sea en el sentido minero de la expresión. A veces porque no tiene otra cosa de la que hablar y en ocasiones porque elucubrar es siempre más sencillo que documentar. La ingenuidad y la falta de conocimientos de muchos consumidores de noticias convierte las del tiempo en información fácil, algo muy del agrado de los periodistas. Es menos comprometido decir que los pantanos se están secando que informar sobre la guerra de Sudán. De lo primero todo el mundo entiende, pero pocos saben ni siquiera dónde está este sufrido país africano.

En tiempos de Franco –hace medio siglo- se hablaba con frecuencia de la pertinaz sequía. Las restricciones de agua eran frecuentes, incluso en ciudades como Madrid o Barcelona. Pero sin necesidad de ir tan lejos, las medidas de ahorro de agua para usos no esenciales han sido muy frecuentes a lo largo de las últimas décadas. Yo recuerdo los jardines de Madrid amarillentos, porque no se podían regar, de la misma manera que no se me olvida como se perdían cosechas enteras por culpa de falta de lluvia en el momento oportuno. ¿Se acuerda alguien ya  de que hace unos años se estuvo a punto de instalar a toda prisa una conducción procedente del Ebro para surtir de agua al área metropolitana de Barcelona?

El verano pasado fue especialmente caluroso, como parece que lo será este año. Pero para mí no es una novedad, porque he vivido muchos meses de julio y agosto con un calor insoportable. Lo que ahora sucede es que como las previsiones meteorológicas son de gran fiabilidad, las noticias sobre el tiempo se anticipan  y las alarmas se exageran y se agrandan. Antes decíamos que el tiempo estaba loco porque en abril hacía calor o porque en septiembre bajaban las temperaturas repentinamente; ahora nos alarmamos porque los periódicos repiten una y otra vez espeluznantes previsiones. Por ejemplo, que en Córdoba se van a alcanzar los 35 grados en abril, como si eso nunca antes hubiera sucedido.

No, no niego el cambio climático, ni que la sequía nos está causando grandes problemas, ni que los polos se están derritiendo. Lo que digo es que se ha creado una sensación de catástrofe medioambiental debido a que hay periodistas que sólo saben hablar del tiempo.

4 de mayo de 2023

El voto inútil

Parece evidente que algunos votantes, llevados por la buena fe de sus arraigadas convicciones, desperdician su voto sin pretenderlo, porque en vez de favorecer a los que tienen la posibilidad de gobernar, y por tanto a los que pueden llevar adelante sus ideas o las muy próximas a las suyas, lo malgastan dispersándolo entre formaciones minoritarias que poco tienen que hacer. Con lo cual, al final, terminan ganando sus adversarios. Porque la aritmética es la aritmética, se ponga uno como se ponga.

Esta idea, la del voto inútil, es válida tanto para la derecha como para la izquierda. Yo recomendaría a los votantes conservadores que centraran su voto en el PP, el único partido de esa parte del espectro político que tiene posibilidades de ocupar el Palacio de la Moncloa, en vez de apoyar a la ultraderecha,  que a pesar de su crecimiento no deja de ser un partido minoritario. De la misma manera que creo que los progresistas deberían apoyar al PSOE, la única opción de izquierdas que que ha gobernado y tiene posibilidades de seguir haciéndolo.

Hasta aquí la teoría. Lo que sucede es que el votante medio es muy amigo de los personalismos, de idolatrar a los líderes y convertirlos en opción política, aunque se sepa de antemano que poco o nada tienen que hacer. En vez de analizar las diferencias de programas entre unos y otros y comprobar que son tan pequeñas que no merece la pena dispersar el voto, muchos se mantienen en la idea de defender exactamente aquello en lo que creen, aunque salgan perjudicados. Esto último lo saben o lo sospechan, pero no se apean de la terquedad de sus convicciones. Como decía el el chiste del baturro, que se aparte el tren.

Mientras que entre los conservadores se ha producido un cierto reagrupamiento al desaparecer prácticamente Ciudadanos, entre los progresistas la división -en algunos casos atomización- continúa. El PSOE mantiene una buena intención de voto, pero, como la dispersión lo perjudica, la izquierda corre el riesgo de ceder el testigo al PP y a Vox, gracias precisamente a la miopía de algunos votantes progresistas.

Las espadas vuelven a estar en alto y la falta de pragmatismo del votante se mantiene a pesar de las evidencias. Todavía me acuerdo del espectáculo tan patético que ofrecieron las distintas fracciones que se formaron a la izquierda del PSOE en las pasadas elecciones andaluzas. Todos veían venir el fracaso y ninguno hizo nada para evitarlo. El resultado fue que salió triunfante el señor Moreno Bonilla, precisamente la opción que ninguno de ellos hubiera querido que ganara.

Después todos se echaron las culpas del desastre, los unos a los otros. Pero la realidad es que, si en esto de la política se pudiera hablar de culpables, los verdaderos responsables serían los que, a pesar de las evidencias aritméticas, a pesar del esperpento de los personalismos y a pesar de reconocer que están favoreciendo al adversario, se mantienen en sus trece por aquello de los matices programáticos. 

Como decía un viejo chiste del inolvidable Forges, van votando ustedes lo que van votando y luego les pasa lo que les pasa.

30 de abril de 2023

Viejas amistades, pero nada peligrosas

Ya he contado aquí en alguna ocasión que hace unos años un antiguo compañero de colegio y yo, en un encuentro después de más de medio siglo sin vernos, nos propusimos localizar y reunir a todos los que pudiéramos de nuestra promoción del Colegio Calasancio de Madrid. Sabíamos de antemano que no iba a ser fácil, entre otras cosas por la dispersión geográfica, por la edad que pesa ya sobre nuestras espaldas y porque ni siquiera conservábamos una lista que contuviera nuestros nombres. La única herramienta a nuestro alcance era la memoria, hasta donde ésta pudiera llegar.

En septiembre de 2019 celebramos una primera comida, a la que acudimos seis de nosotros. Fue, como es fácil de imaginar, un encuentro muy agradable y por supuesto emotivo. Ese día se reforzó entre nosotros la intención de que, a partir de ese grupo, fuéramos creciendo. Ni siquiera la pandemia, que paralizó al mundo entero, fue capaz de frenar nuestras intenciones. Dejamos pasar el año 2020, y a finales del 2021 nos reunimos catorce compañeros, algunos, por cierto, con residencia fuera de Madrid. Aquello empezaba a funcionar.

Pues bien, hace unos días celebramos un nuevo encuentro, ya el sexto, esta vez con dieciocho asistentes. Cuatro, que ya habían acudido a alguna de las anteriores, excusaron su asistencia por distintas razones, dato que doy para demostrar que de aquella quimérica intención de dos ilusos hemos llegado ya a una bonita cifra. Pero, como dicen los contables, suma y sigue.

La verdad es que estas reuniones son verdaderamente satisfactorias, aunque no sea más que porque durante unas horas un grupo de personas, cuyas vidas se han desarrollado por senderos muy distintos, comparten recuerdos, anécdotas y chascarrillos, en una especie de intento de recuperar el pasado, aunque sólo sea con la imaginación. Pero, además, porque al cabo de los años descubrimos que recordamos el colegio con verdadero afecto, con simpatía y hasta con admiración. Puede que se trate de una evocación distorsionada por el paso del tiempo, pero aun así entrañable.

No hace falta que diga que los que allí nos reunimos rondamos los ochenta, una edad que nos ha cambiado a todos, que nos ha llevado por caminos de pensamiento muy distintos. Eso se nota en las conversaciones, porque algunos, llevado por el cándido convencimiento de que todos pensamos igual, intentan sondear las ideas de los demás. Yo en este asunto me encapsulo, cierro las compuertas y tiro balones fuera. No quiero bajo ningún pretexto que las diferencias ideológicas rompan el encanto del momento.

Un auténtico privilegio éste de reunirse con viejos condiscípulos, un verdadero deleite, porque, entre otras cosas, estas reuniones se convierten en un laboratorio de experiencias intelectuales, ya que, no puedo dejar de decirlo, formamos un colectivo con un buen bagaje cultural. Estoy seguro de que nuestro querido colegio Calasancio algo tendrá que ver con ello.

26 de abril de 2023

El cuento de la cocina

Una vez, no hace mucho, me contó un amigo la curiosa y al mismo tiempo esperpéntica historia de la evolución del machismo en su familia. Lo hizo en forma de un relato que llamaba el cuento de la cocina, navegando en las descripciones entre la caricatura y la realidad. Explicaba que uno de sus tatarabuelos no sabía que en su casa hubiera una dependencia que se llamaba cocina. Veía la comida ya servida sobre la mesa del comedor y nunca preguntó que de dónde salían aquellos humeantes platos. Posiblemente, aunque eso no me lo aseguró, creyera que su mujer los traía de fuera ya preparados.

Su bisabuelo, sin embargo, no ignoraba que en todos los hogares que se precien de tal hay una cocina. Lo que sucede es que no sabía dónde estaba ni se interesó nunca por localizarla, porque para esos menesteres de carácter doméstico estaba su mujer.

Su abuelo, sin embargo, no sólo conocía la existencia de la cocina y sabía dónde estaba, sino que además alguna vez entraba en ella, aunque simplemente para curiosear. Veía los pucheros colocados sobre los fuegos y preguntaba qué le habían preparado ese día para comer, porque volvía del trabajo muerto de hambre.

Su padre, dando un paso más, entraba todos los días antes de comer para felicitar a su mujer por su dedicación a los asuntos gastronómicos. Decía a quien le oyera que se había casado con una gran cocinera. El machismo seguía retrocediendo en aquella familia y las mujeres  empezaban a conseguir la consideración que se merecían.

Mi amigo, que como se puede ver en los párrafos anteriores estaba muy preocupado por los derechos de la mujer, sabía dónde se encontraba la cocina, entraba en ella con frecuencia, felicitaba a su mujer, presumía de sus dotes como cocinera y en ocasiones se quedaba un rato junto a la vitrocerámica para charlar con ella. Incluso en alguna contada ocasión ayudaba algo en aquellos trajines de los que poco entendía.

El hijo de mi amigo avanzó aún más, porque había llegado a un pacto tácito con su mujer para, en la medida de lo posible, repartirse equitativamente los trabajos domésticos, no sólo los de la preparación de las comidas diarias, sino también el fregado de platos, la colada, el tendido de la ropa y tantas otras cosas.

De sus nietos no llegamos a hablar, quizá porque todavía no se hubieran emancipado.

Mi amigo es, todo hay que decirlo, muy ocurrente y quizá algo exagerado. Pero cuando me acuerdo de aquella historia veo en ella perfectamente reflejada una triste realidad, la del lento avance para superar los abusos machistas, para conseguir la auténtica igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Es cierto que se avanza cada vez más deprisa, pero no lo es menos que sorteando infinidad de obstáculos de todo tipo, porque el machismo es muy duro de roer.

Como me considero un feminista convencido, que a pesar de todo ha heredado bastantes lastres machistas, de vez en cuando me repito a mí mismo el cuento de la cocina. Creo que se trata de una buena terapia, de un buen examen de conciencia que muchos deberíamos hacer.con frecuencia.

22 de abril de 2023

De Sanxenxo vengo, a Sanxenxo voy

Es éste un tema que ya he tratado aquí en más de una ocasión, el de monarquía o república, no como análisis general o como teoría política, sino intentando reflexionar sobre mi posición al respecto. Esta preocupación no tiene nada de particular si tenemos en cuenta que se trata de un asunto controvertido, sobre todo en un país donde no hay partidos monárquicos ni republicanos de ámbito nacional, sino simplemente simpatizantes o detractores de la monarquía, porque de una manera u otra todos hemos adoptado alguna posición mental al respecto.

La mía está clara. Yo tengo el alma republicana, una manera de expresar que me cuesta mucho asumir el principio de la sucesión dinástica. Dejar a una de las instituciones más representativas de la nación -la jefatura del Estado- en manos del azar genético me parece un anacronismo, algo fuera de lugar. Si además tenemos en cuenta que si estudiamos nuestra Historia sin apasionamiento y con objetividad comprobamos que las distintas dinastías, no sólo no han servido para unir a los españoles, sino en muchos casos para dividirlos y enfrentarlos, para mí la elección está clara.

Ahora bien, donde tengo mis dudas es en la conveniencia o inconveniencia de traer este tema a debate en estos momentos. Nuestro país está muy polarizado, no ahora sino desde siempre. La trayectoria histórica de España ha sido azarosa, con grandes confrontaciones entre las llamadas dos Españas, la de los conservadores y la de los progresistas, la de los absolutistas y la de los liberales, la de los de echar el freno y la de los de pisar el acelerador. Ahora, afortunadamente, esas diferencias están canalizadas a través de un sistema democrático que nos permite vivir en paz, a pesar de los gritos, de los aspavientos y de las exageraciones de los políticos.

Una república supone la elección de su presidente cada cierto tiempo, figura que requiere un alto grado de consenso entre todas las fuerzas parlamentarias, porque, aunque pertenezca a un partido, su responsabilidad está por encima de las opiniones de cada una de las partes. Si algunos no son capaces de renovar un tribunal de justicia cuando corresponde, que sucederá en el momento que tengamos que elegir nada más y nada menos que a la más alta jerarquía del país. Por tanto, pudiera ser que introducir un nuevo elemento de discordia no fuera demasiado útil.

Como resumen, a pesar de que me considero republicano y de que creo que las monarquías son reliquias institucionales del pasado que tarde o temprano desaparecerán, tengo grandes dudas sobre la conveniencia de introducir en estos momentos en el panorama político español un nuevo elemento de discrepancia. Puede ser que lo sensato sea verlas venir y mientras tanto exigir con rotundidad prudencia y honradez a los monarcas y no mirar para otro lado cuando no cumplan con sus obligaciones cívicas e institucionales. 

De manera que, si ha venido el emérito a Sanxenxo a pasearse por sus muelles del brazo de sus amigos, hagamos de tripas corazón, lo que no significa que le aplaudamos. La Casa Real sabrá lo que está haciendo con su futuro inmediato, porque está jugando con fuego. Estos viajes de ostentación millonaria no hacen otra cosa que echar más leña a la hoguera.

18 de abril de 2023

¿Son ideas o son pamplinas?

Me preguntó el otro día un amigo, de los pocos que conservo de la edad escolar, que por qué escribía. No entendía que a estas alturas de mi vida hiciera un esfuerzo de este tipo, que le dedicara tanto tiempo a teclear en un ordenador, para que después aquellas líneas  fueran a ser leídas sólo por unos cuantos lectores. Es cierto que no pretendía quitarle mérito a mi dedicación, pero le resultaba sorprendente que me mantuviera en el empeño de subir a este blog un artículo cada cuatro o cinco días.

Como la pregunta me cogió por sorpresa, improvisé una respuesta: porque me gusta dar salida a las ideas, ya que de otra manera se perderían entre las neuronas, se olvidarían y no servirían para otra cosa que para mantener la mente ocupada durante un breve periodo de tiempo. Posiblemente esta contestación no fuera tan improvisada como he dicho, sino que me saliera en forma de palabras una idea almacenada en mi subconsciente desde hace tiempo.

Porque es verdad que escribo para plasmar ideas. Es un ejercicio que me permite ordenarlas, estructurarlas, analizarlas y, sobre todo, no dejarlas en el olvido. Si además alguien lee lo que escribo, miel sobre hojuelas, porque no voy a caer yo en la hipocresía de decir que me importa un bledo que se lea o no se lea lo que se me ocurre. Por supuesto que me satisface y alegra, entre otras cosas porque me permite compartir lo que pasa por mi cabeza con otros, algo que me produce la impresión, no sé si errónea, de que para algo sirven.

En cualquier caso, lo que sí tengo claro es que se trata de un entretenimiento -algunos lo llaman hobby- del que me costaría mucho prescindir. Sé muy bien que llegará el momento de dejarlo, porque la lucidez tiene fecha de caducidad. Las ideas se secan, el cerebro se mete en círculos viciosos y, si no hay de qué escribir, apaga y vámonos. Pero, mientras tanto, sentarme durante un par de horas al día delante de la pantalla de mi portátil, consultar conceptos, teclear palabras, hilar frases, corregir, rectificar y cuidar el estilo me produce la sensación de que sigo en activo, inmerso en la dinámica del mundo. Ya sé que se trata de una falsa ilusión, pero la creo con tanta firmeza que para mí es como si fuera real.

Todos los días me pregunto cuando dejaré el empeño y también todos los días me contesto que todavía sigo pensando. Dicen que una de las manifestaciones de la sabiduría humana consiste en saber retirarse a tiempo, algo que muy pocos hacen en casi ninguna actividad. La persistencia más allá del límite razonable es patética y ridícula, lo sé. Por eso miro todos los días las estadísticas de entradas al blog -mi modesto índice de audiencia-, por si viera que de repente la cifra se desploma.

Ese día daré la cara y me despediré, aunque sea con tristeza.

14 de abril de 2023

Por ignorancia o por interés

Leí hace mucho tiempo un ensayo sobre el origen de las creencias religiosas, en el que el autor sostenía que todas ellas han nacido de la conjunción de dos fenómenos distintos, por un lado de la necesidad que siente el ser humano de buscar refugio en esquemas mentales sencillos que lo protejan del miedo a lo desconocido y, por otro, de la oportunidad que encuentran algunos al canalizar esos temores en organizaciones que favorezcan sus propios intereses. Los primeros, es decir los creyentes, resuelven de forma sencilla el problema que les plantea la incomprensión de todo aquello que supere su capacidad racional; mientras que los segundos, o sea los organizadores de las religiones -también llamados sacerdotes- sacan rédito, aunque sólo sea porque convierten su labor sacerdotal en modus vivendi.

No recuerdo ni el título de la obra ni el nombre del autor, porque no conservo el libro, algo muy raro en mí ya que soy un bibliófilo empedernido. Pero sí que las reflexiones se extendían en la pormenorizada explicación de lo que el ensayista consideraba incomprensión de los creyentes y oportunismo de los gestores de las organizaciones religiosas.

Llamaba ignorancia a la incapacidad de entender los fenómenos sobre los que todavía la ciencia no tiene explicación. No era una denominación peyorativa, sino descriptiva de la falta de conocimientos en determinadas áreas. Decía, por ejemplo, que se entendía que hombres cultos en el ámbito de las humanidades fueran creyentes, mientras que era muy difícil encontrar investigadores científicos de renombre que se mantuvieran fieles a alguna de las numerosas creencias que en el mundo existen. Ponía ejemplos, muchos, pero creo que no hace falta repetir aquí ninguno, porque todos tenemos varios en nuestras mentes. Como resumen, sostenía que los cercanos a la ciencia buscan explicaciones racionales, en vez de crear figuras espirituales para sustituir a la ignorancia o a la incomprensión.

En cuanto a las organizaciones religiosas, no recuerdo que el autor pretendiera acusar a nadie de nada espurio. Simplemente sostenía que la jerarquización de las organizaciones religiosas, la institucionalización de las creencias y la férrea regulación de las doctrinas se debe a la necesidad de mantener unos statu quo que favorecen a los que se dedican a administrar las religiones. En su opinión, convierten la buena fe de algunos en negocios terrenales.

Recuerdo que a mí aquel ensayo, que debí de leer cuando rondaba los veinte años, me hizo pensar mucho, de manera que estoy convencido que de quellas reflexiones, entre otras muchas posteriores, procede mi agnosticismo, es decir mi inclinación a no creer más que aquello que la ciencia defiende y a no aceptar nada que no esté debidamente avalado por la comunidad científica. Porque además creo que, por muy avanzados que nos creamos, el conocimiento es como un iceberg, del que sólo emerge una parte muy pequeña de su volumen total.

Las creencias religiosas son muy respetables, claro que sí, pero no son ciencia.

10 de abril de 2023

Paz social

Le pregunté el otro día a un joven empresario perteneciente a mi entorno más próximo que cómo veía él la situación de España desde un punto de vista económico. La contestación fue taxativa: muy bien, sobre todo si tenemos en cuenta la que está cayendo. El crecimiento resiste, la inflación se frena, el paro disminuye, las exportaciones aumentan, las inversiones de capitales extranjeros cada vez son mayores y, sobre todo, hay paz social. Los sindicatos, aunque beligerantes, tienen un comportamiento razonable; y las organizaciones empresariales, a pesar de que  parezcan algo hostiles a las políticas del gobierno, porque es lo que les corresponde en el juego de los equilibrios, en el fondo están cómodas con la situación.

En esa conversación estaba presente otra persona de la que yo sabía que era de clara filiación conservadora. Cuando oyó lo anterior, sin pensárselo dos veces, intervino para decir: pero no podemos olvidar lo del "solo sí es sí". No hizo absolutamente ninguna réplica a las consideraciones del primero, pero introdujo una de las consabidas cuñas de lo que a la mayoría de los españoles les preocupa muy poco. El trillado argumentario de lo anecdótico siempre está disponible cuando no se encuentran razonamientos para combatir lo sustancial. Fue una conversación que me ayudó a entender muchas de las cosas que ahora están sucediendo en el escenario político español.

Entre las bondades de la situación, mi interlocutor citó la paz social como uno de sus ingredientes. Como estamos tan acostumbrados a vivir en una sociedad tranquila, donde por lo general las diferencias socio-económicas se dirimen en negociaciones y no quemando coches o destrozando escaparates, la tranquilidad en las calles no nos llama la atención. Ni por contraste con las barbaridades que vemos estos días en Francia, donde algunos todavía no se han enterado de que la Bastilla ya se tomó hace más de dos siglos.

Ni siquiera el índice de paro, que a pesar de la disminución aún continúa siendo preocupante, parece alterar la situación. Posiblemente lo que suceda es que existe una economía sumergida que aminore los efectos del desempleo. No es que esta situación sirva de consuelo, ni mucho menos; pero a la hora de contemplar la realidad de nuestra economía es un factor a tener en cuenta. Si no, estaremos analizando un escenario irreal.

Dicen ahora que la oposición va a basar sus argumentos electorales en criticar al gobierno por la situación del bolsillo de los españoles. Pero yo no me lo creo, porque, aunque falseen las cifras, aunque nieguen la veracidad de los datos como lo están haciendo constantemente, la percepción del español de a pie es que las cosas no van tan mal como ellos dicen. Por eso, mucho me temo que volverán a agarrase a los consabidos tópicos, a descalificaciones que se basen en lo anecdótico y no en lo sustancial.

Como por ejemplo a la ley del “sólo sí es sí”. O a los rocambolescos calificativos de sociocomunistas, bolivarianos, amigos de los terroristas, compadres de los separatistas y otras hierbas aromáticas.

5 de abril de 2023

Costaleros de alquiler

Acabo de leer la curiosa noticia de que algunas conocidas cofradías españolas se plantean recurrir a la contratación de costaleros, porque al parecer cada vez son menos los que se prestan voluntariamente a llevar a hombros los pasos en las procesiones. Dicen que no se está produciendo el tradicional relevo generacional, de manera que o se paga el esfuerzo o se motorizan las procesiones. Al hilo de esta información, se me ocurría pensar que, teniendo en cuenta que se trataría de remuneraciones pequeñas y por tanto poco atractivas para los bolsillos de los españoles, pudiera darse el caso de que al final bajo los tronos sólo hubiera inmigrantes, que si además fueran norteafricanos plantearían una situación inédita, la de ver  representaciones cristianas desfilando sobre  hombros de creyentes musulmanes.

En relación con este asunto, el otro día un amigo me contaba que acababa de visitar a una tía suya, octogenaria y monja de clausura. Ella era la única española en el convento, porque todas las demás procedían o de Hispanoamérica o de Asia. Ya sé que alguno pensará que nada tiene que ver lo uno con lo otro, la falta de costaleros con la disminución de vocaciones religiosas. Pero lo cierto es que se trata de dos visiones distintas de un mismo fenómeno, el del avance del laicismo en la sociedad española.

Utilizo la palabra laicismo en el sentido de independencia o frialdad ante la religión. No quiero entrar en profundidades que pudieran rozar la sensibilidad de los creyentes, porque se trata de un asunto muy delicado y controvertido. Pero lo que no se puede negar es que la sociedad española cada vez está más alejada en su conjunto del hecho religioso. No pretendo decir que exista hostilidad contra la Iglesia, sino simplemente indiferencia.

Creo que nunca hubiera entrado en este tema si no fuera por la noticia de los costaleros de alquiler, que cuando la oí no daba crédito. A mí me parece muy significativa, porque pone de manifiesto que en una sociedad desarrollada cada vez son menos los que están dispuestos a sacrificarse por unas ideas religiosas, lo que significa que el número de indiferentes aumenta día a día. Porque el caso de la monja de clausura, una sola española entre una docena de extranjeras, es algo que también se puede ver en los altares de las iglesias españolas, en los que cada vez hay más extranjeros y menos españoles oficiando misas y pronunciando homilías.

Quizá por eso del avance del laicismo, muchas parejas de hoy deciden no bautizar a sus hijos, cuando hasta hace muy poco nadie se hubiera atrevido a salirse de la costumbre. El otro día vi una película en la que en una comisaría belga le preguntaban durante un interrogatorio a un español que si estaba bautizado. La contestación fue categórica: en España todos estamos bautizados porque es una tradición.

Lo dejo aquí, porque esto de los costaleros ya no da más de sí. Al menos de momento.


1 de abril de 2023

Periodistas papanatas

En el lenguaje habitual, no sólo se cometen incorrecciones sino que además a veces se cae en el papanatismo más ridículo. Cuando la capital de Ucrania siempre se ha llamado en español Kiev, ahora algunos periodistas la llaman Kiv. Como sucede que estas variaciones espontáneas del lenguaje me llaman la atención, he acudido a las hemerotecas -porque Google es un auténtico conjunto de ellas- para averiguar de dónde podría venir el nuevo nombre. Parece ser que Kiev procede del ruso, aunque ellos pronuncian Kíev, y Kiv es la fonética con que los ucranianos pronuncian la palabra Kyiv, el nombre que ellos dan a su capital en su idioma.

La academia de la lengua siempre ha recomendado el uso de la palabra Kiev, de la misma manera que recomienda que no digamos London, sino Londres; ni New York, sino Nueva York; ni Bruxelles, sino Bruselas. Pero hay algunos periodistas que pretenden demostrarnos a todos que saben idiomas, cayendo en un patético papanatismo.

En el caso de Kiev, parece ser que al tratarse de una palabra procedente del ruso, a los ucranianos les gustaría que pronunciáramos Kiv y escribiéramos Kyiv. Pero el uso de los idiomas no es un asunto de patriotismo, sino de tradición oral. Mantengamos el nombre que siempre hemos dado a los nombres geográficos extranjeros y no introduzcamos barbarismos innecesarios, por muchos idiomas que creamos que sabemos.

Hablando de Ucrania, quién nos iba a decir hace poco más de un año que los ucranianos iban a resistir al todopoderoso ejército ruso como lo están haciendo. Todavía siguen en nuestras retinas las imágenes de aquellas columnas de carros de combate avanzando hacia Kiev, cuando nadie dudaba de que la guerra acabaría enseguida, porque parecía imposible resistir una embestida como la que estaba sufriendo el país invadido. Sin embargo, aunque el sufrimiento del pueblo ucraniano esté alcanzando cotas inimaginables, Ucrania, no sólo resiste, sino que además ha neutralizado los avances rusos.

Lo que está sucediendo es que Putin ha quedado en evidencia. El mundo entero está contemplando las debilidades del hasta hace pocos años poderosísimo ejército ruso, incapaz de ganar una guerra convencional. Por eso China, la verdadera potencia rival de Estados Unidos, debe de estar preocupada al comprobar que las flaquezas de Rusia redundan en beneficio de la hegemonía de Washington, lo que podría llevarla a tomar partido a favor de Rusia.

Y esa sí que sería una mala noticia para el mundo libre.

28 de marzo de 2023

¿Por qué lo llaman firmeza cuando sólo es vulgaridad?

Con la pregunta del título me refiero al tono que en los últimos tiempos están empleando algunos de nuestros políticos, un estilo entre malsonante y ordinario, impropio de personas cultas y educadas, que no sólo los descalifica para ejercer funciones públicas, sino que además chirría en los oídos de las personas que dispongan de un mínimo de sensibilidad democrática. Quienes practican esta manera de proceder no necesariamente proceden de las capas menos ilustradas de la sociedad, porque en sobradas ocasiones gozan de cierta formación académica. Lo que sucede es que en estos últimos casos las palabras salen menos estridentes de sus bocas, no por educación, sino por costumbre. Pero la vulgaridad dialéctica, venga de donde venga, no es más que eso, falta de cultura y de educación.

Yo podría llegar a entender haciendo un gran esfuerzo y tapándome la nariz que unas jovencitas, enardecidas por el griterío de una manifestación multitudinaria, se refieran al aborto de la madre de un político con la frivolidad propia de la inmadurez. Pero lo que no me entra en la mollera, y doy fe de que la tengo tolerante, es que una representante del gobierno repita la impertinencia en las redes sociales, como si acabara de descubrir un arma secreta para combatir al adversario o como si creyera que con la bocina de la ordinariez fuera a conseguir votos.

De la misma manera que podría llegar a admitir que los que perdieron las últimas elecciones, llevados por el arrebato inicial de la decepción, por la rabia de la derrota, tildaran en su momento de “okupa” de la Moncloa al presidente del gobierno. Pero que altos representantes conservadores repitan una y otra vez en sede parlamentaria la misma cantinela, resulta tan infantil, tan burdo y tan vulgar que hiere la sensibilidad de las gentes de bien. Como el calificativo de autócrata, repetido una y otra vez, me recuerda a los niños cuando gritan con voz chillona en los recreos aquello de y tú más.

Pero la cosa no queda ahí, porque alusiones a felaciones y a figuras semejantes del rico repertorio de nuestro vocabulario erótico, dirigidas con desfachatez a parlamentarias del signo contrario, han volado entre nosotros como si en vez de en el Congreso de los Diputados estuvieran en el barrio chino de una ciudad portuaria. En este último caso, no sólo hay vulgaridad, sino además machismo, ese monstruo de mil apariencias que siempre se cuela de rondón en las mentes de los pobres de espíritu.

No sé por qué cuento todo esto cuando doy por hecho que la degradación de los usos y costumbres entre nuestros políticos ha llegado a un punto quizá de no retorno. Pero es que cuando leo retazos del diario de sesiones de otros tiempos y contrasto las inteligentes sutilezas de Cánovas, de Sagasta, de Azaña, de Maura o de Gil Robles con lo que se oye ahora, me hago cruces ante el deterioro. Porque lo preocupante no es que los políticos den mal ejemplo, sino que su ordinariez sea el vivo reflejo de la sociedad que los ha formado.

En cualquier caso, no viene de más reflexionar de vez en vez sobre estos aspectos del comportamiento humano, porque la vulgaridad se está extendiendo por todas partes como una auténtica plaga, de la que pocos se libran. Estoy coleccionando mensajes malintencionados y soeces -además de falsos- de WhatsApp, ya que quizá algún día me decida a hacer un estudio minucioso sobre ellos. Pero como además sucede que los autores de los envíos no ocultan su identidad, sino que por el contrario presumen de ella, es posible que este análisis me ayude a sacar conclusiones sobre la sociedad que ha engendrado este tipo de políticos y sobre la influencia de los últimos sobre el conjunto de los ciudadanos, un círculo vicioso de alto riesgo.

No, no es lo mismo firmeza que vulgaridad.

24 de marzo de 2023

Se lo han ganado a pulso

Creo que ya he contado aquí en más de una ocasión que me gusta seguir en directo los grandes debates parlamentarios. Me refiero a las investiduras, a los estados de la nación, a los votos de censura y a los plenos en general. No voy a decir que me enseñen demasiado, ni siquiera que resulten instructivos, pero me entretienen. Puede ser que sea porque siempre espero más de la sapiencia de sus señorías y en esa búsqueda de una pizca de calidad intente encontrar algún resquicio de buena oratoria. No lo sé, pero lo cierto es que si puedo no me pierdo una sesión plenaria.

Por eso esta vez he visto en directo el esperpéntico voto de censura protagonizado por Ramón Tamames a instancias de Vox, una pérdida de tiempo de los unos y los otros, unas intervenciones mitineras más propias de otras latitudes, dicho sea sin ánimo de injuriar a nadie. El candidato, a quien desde el primer momento se le vio incómodo y consultando constantemente el reloj, no debía de dar crédito a lo que estaba sucediendo, porque nadie le había advertido lo que podía suceder. Había llegado allí rodeado de su respetable aureola académica, pero sus siete años de parlamentarismo se le habían olvidado por completo. Incluso llegó a interrumpir la intervención del censurado, alegando que era demasiado larga. Un ridículo parlamentario digno de consideración.

En sus mensajes políticos no voy a entrar, porque, aunque dulcificados por la oratoria universitaria, no eran más que el reflejo del extremismo de la ultraderecha. Bueno, no exactamente, porque ante un reproche que le hicieron sobre la actitud de Vox con respecto al cambio climático, contestó que trataría de convencer a sus patrocinadores de que en eso estaban equivocados. Pero, sin embargo, proclamó que la guerra civil no empezó en el 36 sino en el 34, una manera de justificar el golpe de estado. Los militares sublevados, según su hipótesis, no hicieron otra cosa que intentar devolver la paz al país.

Quién te ha visto y quién te ve. Porque en democracia se puede aceptar que la vida te haga cambiar de parecer, que te deslices hacia tu derecha o hacia tu izquierda. Pero lo que resulta muy difícil de entender es que hayas militado en el Partido Comunista de España, que el franquismo te encarcelara por “rojo” y que ahora defiendas el populismo antisistema de la formación política que el ilustre economista representaba ese día.

Por lo demás, allí cada uno procuró arrimar el ascua a su sardina, porque para eso está diseñado nuestro sistema parlamentario, no para llegar a acuerdos, sino con el objetivo de poner de manifiesto los disensos. Si acaso, el llamado bloque de la investidura tuvo la oportunidad de poner de manifiesto su unidad en lo fundamental y la supo aprovechar. Pedro Sánchez sacó pecho por los logros de su gobierno y Yolanda Díaz presentó su candidatura. 

Cuca Gamarra, la portavoz del PP, intentó desmarcarse de Vox, pero hay que ser muy ingenuo para no darse cuenta de que el pacto entre la derecha y la ultraderecha está cada vez más consolidado, porque se necesitan. Están tan solos en el arco parlamentario, tan ajenos a la realidad de la diversidad de España, que no tienen más remedio que maridar.

No creo que el ilustre candidato a la presidencia del gobierno vuelva a prestarse a una jugada tan patética como resultó la encerrona a la que lo ha llevado la ultraderecha de este país. O sí, porque hasta puede ser que disfrutara al sentirse el centro de atención de toda España. Dicen que está vendiendo su intervención parlamentaria en el mercado de las redes sociales. ¡Qué cosas!