14 de agosto de 2024

Ochocientos artículos

 

Cada cierto tiempo -la última vez fue el 8 de junio de 2023 con un artículo que se titulaba "Siete veces cien"- me asomo a este blog para explicar que he alcanzado una nueva cifra centenaria en el número de artículos publicados, hoy la de ochocientos. 

La verdad es que no sé muy bien por qué celebro los centenarios, aunque no debería descartar que en el fondo haya una pizca de vanidad. En realidad de lo que habría que presumir si se pudiera es de calidad y no de cantidad, pero de eso no me atrevo. Ya lo dicen por ahí, aunque siempre con la boca chica, el tamaño no importa.

Lo cierto es que si celebro estos centenarios es para darme ánimos y no flaquear en el empeño de seguir adelante. Tentaciones de abandonar tengo muchas, porque detrás de cada una de las ocurrencias que aparecen en el blog hay un buen número de horas dedicadas, unas frente al ordenador poniendo orden a las palabras, otras reflexionando sobre el fondo y la forma y no pocas intentando contestar adecuadamente a los comentarios, tanto a los registrados en el blog como a los “off the record”, alguno de estos últimos muy incisivos con algunas de mis ideas. En cualquier caso, aprovecho para decir una vez más que agradezco tanto los benevolentes como los críticos. 

Pero de momento sigo disfrutando con lo que hago, de manera que, aunque sólo sea por egoísmo, no tiro la toalla. Escribir lo que pienso sigue siendo para mí una de las mejores cosas que puedo hacer y, por tanto, cometería un gran error si abandonara, porque perdería una de mis grandes ilusiones. Dejaría además que las inquietudes que me asaltan se pudrieran en mi interior, y ya se sabe que es preciso sanear las heridas del alma para que no se infecten. Para ello, qué mejor que la letra impresa. 

Temas no me faltan, porque el vertiginoso carrusel de la vida nos pone muchos ante los ojos todos los días. Y, si se está atento, cada uno de ellos se convierte en una fuente de inspiración. Puede ser, no lo niego, que lo que para mí es importante para otros no lo sea. Pero cuando escribo, aunque nunca olvido que alguien lo puede leer, lo hago desde mi yo, y ese yo es intransferible.

Tampoco eludo las polémicas, porque expresar ideas de cualquier tipo supone contrastarlas con las de otros y no todos afortunadamente pensamos igual. Hay quien me aconseja que no entre en temas políticos, pero es que resulta que todo, absolutamente todo lo que sucede en la sociedad es política, porque todo es opinable y la política no es otra cosa que el contraste de opiniones. Por tanto, si tengo opiniones y las expongo, entro de lleno en el terreno de la política.

No sé hasta donde llegaré, depende de tantas circunstancias que vaya usted a saber. De lo único que ahora puedo estar seguro es que de momento continúo.

10 de agosto de 2024

Mejor imposible o ladran luego cabalgan

 

La reacción de los partidos de la derecha y ultraderecha de nuestro país, tras la jornada de la sesión de investidura de Salvador Illa, constituye una palpable muestra de que las cosas no han podido irle mejor al gobierno de la nación. En vez de enjuiciar el resultado de la votación que ha convertido al exministro de Sanidad en presidente de la “Generalitat”, han cargado las tintas contra la rocambolesca aparición y posterior fuga de Puigdemont, por supuesto acusando a Pedro Sánchez de la huida, hacedor según ellos de todos los males que nos afligen.

Yo, que suelo asistir desde mi butaca a todos los actos de carácter político con trascendencia nacional que transmitan los medios de comunicación, no me perdí ni un solo detalle de lo sucedido ese día. Vi la esperpéntica aparición del exmandatario catalán en el improvisado escenario que le habían preparado los suyos, sus breves palabras acompañadas de puñetazos en el aire a lo Milei, a su abogado gritándole desde bambalinas “vámonos, vámonos…” y su desaparición al puro estilo escapista. Una patética representación protagonizada por un inseguro y asustado Puigdemont. Patética y además ridícula, por no decir infantil.

En aquel momento deseé que no se le detuviera, porque eso es lo que querían los que pretendían cargarse la investidura de Salvador Illa. Doy por supuesto que los mandos del operativo policial contuvieran a sus subordinados para impedir que las porras, las carreras y la violencia volvieran una vez más a enturbiar las imágenes que iban a dar la vuelta al mundo, como sucedió aquel fatídico octubre de 2017. Si huye que huya, pero ante todo tranquilidad, una decisión sensata y cargada de sentido de la responsabilidad.

Como consecuencia, la jornada parlamentaria se desarrolló con la máxima normalidad democrática. Los políticos catalanes expresaron con total y absoluta libertad lo que sus convicciones les sugerían y la votación final arrojó una victoria del candidato por la mínima, porque en contra votaron todos los grupos separatistas de derechas y de izquierdas, salvo ERC, sumando sus noes a los del PP y a los de Vox. Todos juntos se opusieron y ellos solos fracasaron.

Naturalmente, la señora Gamarra y otros preclaros representantes de la derecha parlamentaria española cargaron contra el presidente Sánchez, porque hablar del éxito de la maniobra diseñada por la Moncloa no les interesaba. Como tampoco mencionar la profunda ruptura del frente separatista que ha campado por sus respetos desde que la dejadez, primero, y la torpeza, después, del gobierno de Rajoy uniera como una piña a ERC y a Junts. Hablar de esto no les interesaba ni les interesa, porque supone aceptar que las políticas de acercamiento a la realidad catalana están teniendo éxito.

Sí, mejor que no le detuvieran en ese momento, porque así el país sigue en calma, y tiempo habrá para poner los puntos sobre la íes. Mientras tanto, ahí quedan la cobardía y el ridículo de un patético personaje que todavía no ha aceptado su absoluto y total fracaso político. Y la rabia indisimulada de los que deseaban la derrota del tándem Sánchez-Illa, aun a costa de que la repetición de elecciones favoreciera a Puigdemont. 

8 de agosto de 2024

La tercera vía: el Estado Federal

 

Si hay un asunto en España que levante ampollas es el de la estructura territorial del Estado y la relación entre sus partes. Las levanta en los dos lados, en el de los que defienden la unidad de la nación, sin aceptar la variedad de sus culturas y antecedentes históricos, y en el de los que persiguen la independencia de su territorio, sin tener en cuenta que llevamos cinco siglos constituyendo un solo país. Por cierto, no me refiero exclusivamente a los círculos políticos, sino también a la ciudadanía en general. Las discusiones sobre este tema suelen convertirse en debates en los que no se admiten posiciones intermedias ni argumentos conciliadores. La inmensa mayoría de los pronunciamientos tiende hacia cualquiera de los dos extremos y permanece inamovible en ellos.

Creo que se trata de un inmenso error colectivo. Para los centralistas a ultranza, porque al negar la existencia de razones que fomentan los movimientos centrífugos, no sólo no hacen absolutamente nada para corregirlos, sino que además los exacerban. Para los separatistas irredentos, porque al intentar romper unilateralmente los lazos de la realidad política española frenan los avances hacia el autogobierno y  provocan la reacción centralista. Nadie gana, todos pierden.

Los políticos, conocedores de esta realidad social, navegan al ritmo que le marcan sus caladeros de votos. Es decir, no sólo son los líderes los que van impartiendo doctrinas centralistas o separatistas, sino que los ciudadanos los llevan en uno u otro sentido. Los partidos políticos, en vez de hacer pedagogía e intentar conciliar posiciones, se adaptan a lo que le pidan sus votantes, porque al fin y al cabo son los que les dan de comer.

Muy pocos dirigentes políticos reconocen este diabólico movimiento de placas tectónicas, que cuando están en equilibrio inestable dan un respiro, pero cuando se ponen en marcha amenazan con destruir la convivencia. La mayoría de ellos, aunque conozca perfectamente la profundidad de la quiebra, en vez de tomar medidas para evitar el choque prefiere mirar para otro lado. Incluso algunos se aprovechan de esta dicotomía para hacer electoralismo, tanto en el bando de los centralistas como en el de los separatistas.

Por eso yo aplaudo cualquier iniciativa política encaminada a poner sobre la mesa esta realidad social, analizarla en profundidad y buscar soluciones pactadas, que, como en cualquier disyuntiva social, nunca satisfarán del todo a las dos partes. Estoy convencido de que, sin vulnerar el mandato constitucional, existe un amplio campo legal para reconciliar las posiciones de unos y de otros.

Si el actual gobierno continua con el proceso que ya ha iniciado de llegar a acuerdos, como espero y deseo, habrá roto esta malévola dinámica, porque significará que es consciente del problema, que no le asusta enfrentarse a él y que está dispuesto a intentar solucionarlo. No es fácil, porque le van a caer pedradas desde uno y otro lado. Pero habrá dado los primeros pasos para resolver el mayor problema político que tiene España, el de la falta de entendimiento entre las distintas partes que componen nuestro país. Habrá avanzado hacia la federalización del Estado, a mi juicio la única solución viable.


4 de agosto de 2024

La difícil tesitura. El palo y la zanahoria

 


Le oí el otro día decir a un agudo y afilado analista político en algún programa de televisión que la relación del PP con Vox solo admite una estrategia, la del palo y la zanahoria. Quería decir, supongo, que aunque debería desmarcarse de sus postulados para no contaminar su imagen, está obligado a mantener lazos amables con los de la ultraderecha. Depende de ellos en tantos lugares, que se encuentra en una diabólica situación, la de tener que bailarles el agua, aun en contra de lo que conviene a sus intereses electorales.

La derecha tradicional española, léase el PP, lo tiene en estos momentos muy difícil. La escisión que se produjo hace ya unos años se veía venir desde mucho antes, porque en aquel partido que fundó Manuel Fraga durante la transición se habían dado refugio, junto a conservadores demócratas, muchos nostálgicos del franquismo. Las tensiones internas eran grandes y el equilibrio se mantenía a duras penas. Hasta que se produjo la explosión y nació Vox.

Las consecuencias de aquella ruptura fueron, por un lado que al PP le había surgido un duro adversario por su derecha y, por otro, que para no perder más votos estaba obligado a endurecer sus postulados, a radicalizarlos, una estrategia forzada que le ha hecho perder apoyos centristas, los de los conservadores demócratas, ciudadanos que no se sienten de izquierdas, pero están muy lejos de la ultraderecha.

En mi opinión, la dirección del PP debería cambiar de estrategia si es que quiere que su partido vuelva a ser alternativa a corto plazo. Cada día que se mantiene en este extraño maridaje los populares pierden votos, los de la derecha moderada. Puede ser que recuperen alguno procedente de Vox, pero el balance resulta negativo para sus intereses electorales. Deberían iniciar el divorcio cuanto antes, porque mantener este matrimonio de conveniencia significa pan para hoy y hambre para mañana. Creo que una posición moderada, completamente alejada de los postulados antisistema de Abascal, le daría a Feijóo un rédito electoral muy significativo, porque los centristas de derechas volverían a sus orígenes.

Pero mucho me temo que la contaminación extremista haya llegado a unos límites muy difíciles de corregir. Son ya bastantes meses mirando por el retrovisor los movimientos de Vox, de manera que los vicios adquiridos se están consolidando. Sólo hay que oír a sus más preclaros portavoces, a Cuca Gamarra y a Miguel Tellado, para comprender que su estrategia como oposición se sigue basando en fábulas y en acusaciones sobre asuntos marginales a la política. Una estrategia improvisada para ocultar que ni tienen programa ni son capaces de encontrar fisuras reales en la acción gubernamental, lo que, como consecuencia, transmite con claridad que no saben cómo combatir la acción política del actual gobierno, 

Pero Feijóo y los suyos sabrán qué hacen. Quién soy yo para dar consejos a nadie.

31 de julio de 2024

Recuerdos olvidados 21. Explorando alcantarillas

 

Cuando viví en Barcelona -entre 1953 y 1955- residíamos en el hospital militar de la ciudad. Por aquel entonces, el enorme recinto hospitalario estaba rodeado de grandes zonas despobladas, en las que los planes urbanísticos de la época ya preveían edificar. De manera que, como anticipo de lo que vendría años después, se había construido el alcantarillado, cuyos pozos de acceso, todavía sin las correspondientes tapaderas o cerramientos, emergían de la superficie a la espera de que se edificase.

Cuando mis amigos y yo descubrimos los accesos y comprobamos que podíamos entrar en la extensa red de pozos y galerías sin que nada ni nadie lo impidiera, lo convertimos en uno de nuestros escenarios de aventuras. Provistos de linternas, que no recuerdo de dónde habíamos sacado, sin planos y sin más guía que nuestro instinto infantil, recorríamos las inacabables galerías en busca de supuestas criaturas ocultas en la profundidad del subsuelo urbano -mejor suburbano-, de tesoros escondidos o de cualquier tipo de sorpresa que nuestra imaginación fuera capaz de concebir. Íbamos siempre en grupo, porque una de nuestras preocupaciones era perdernos, no encontrar la salida y quedarnos atrapados sin que pudieran encontrarnos, ya que nadie conocía nuestra afición a la espeleología.

En una de aquellas incursiones, un día descubrimos rastros de vida humana, alguna manta harapienta, latas de comida y cosas así. Pero, aunque buscamos por las galerías adyacentes, no encontramos a nadie. No obstante, aquel descubrimiento incrementó nuestro interés, que ahora tenía un objetivo concreto, el de encontrar al homo alcantarillae, como así empezamos a denominarlo a propuesta de algún erudito del grupo con vocación de antropólogo.

Pasó mucho tiempo y muchas incursiones antes de que un día, cuando los tres que habíamos bajado a las profundidades del subsuelo -Pepe, Miguel y yo- empezamos a oír unos gritos desgarrados, sin duda una violenta discusión. Nos quedamos petrificados, apagamos las linternas y empezamos a prestar atención a las voces que llegaban hasta nosotros, completamente distorsionadas por el eco que devolvía el laberinto de galerías. Era muy difícil entender lo que decían, pero quedaba muy claro que se trataba de una pelea entre dos o más adultos.

Uno de nosotros, no recuerdo quién, aunque puede que la iniciativa fuera colectiva, propuso que saliéramos de allí por el pozo más cercano, no fuéramos a encontrarnos con una situación desagradable. Cuando lo hicimos, nos encontramos muy lejos de la zona por la que solíamos entrar, al otro lado de la entonces llamada avenida del Hospital Militar, renombrada ahora como avenida de Vallcarca, un lugar también en aquellos tiempos completamente desierto, que el paso del tiempo ha convertido en una poblada zona residencial.

Unos días más tarde, cuando hacíamos planes para volver a entrar en las entrañas de la tierra, Pepe nos dijo que acababa de leer en Lavanguardia la noticia de que, tras una violenta reyerta entre vagabundos que acampaban cerca del hospital militar y que utilizaban el alcantarillado como guarida, había resultado herido por arma blanca un hombre de unos cuarenta años. La Brigada Criminal investigaba el caso y esperaba esclarecer el asunto pronto, aunque se carecía de testigos oculares de los hechos. Uno de nosotros dijo: oculares no, pero auditivos sí.

Nos reímos de la ocurrencia, pero con aquel suceso se acabó para nosotros la espeleología suburbana. Habíamos encontrado al homo alcantarillae, pero no era de fiar en absoluto.

27 de julio de 2024

Recuerdos olvidados 20. Algunos de mis viejos escenarios. Gerona

 

Supongo que no soy la única persona a la que le atrae la idea de regresar de vez en vez a los escenarios de sus correrías infantiles y juveniles, para de esa manera recuperar recuerdos y recrearse con la rememoración de viejas vivencias. Yo siempre he sentido una especial inclinación por volver a lugares que ya apenas ocupan algún lugar muy recóndito en mi memoria, no sólo desfigurados por el paso del tiempo, sino además modificados por esa tendencia tan humana de poner en solfa las disonancias y de pintar de color de rosa lo que quizá sea un poco más obscuro. Pero es que además, a estas alturas de mi vida, con la vertiginosa aceleración del paso del tiempo, se ha incrementado mi interés por recordar lo medio olvidado. Supongo que se trata de un vano intento de volver a vivir algo que ya nunca volverá.

Uno de esos escenarios es la ciudad de Gerona, en la que viví desde los 9 hasta los 11 años, dos cursos consecutivos, uno de ellos, el ingreso al bachillerato (1951-1952), en un internado -Santa María del Collell- del que creo haber traído ya aquí algunos recuerdos; el otro, el primero de bachillerato (1952-1953) del plan de entonces, en un colegio seglar y mixto -academia Cocuard- situado en el casco antiguo de la ciudad del Ter y del Oñar. A los dos he vuelto en varias ocasiones, aunque el internado ya no exista como tal y la academia se haya convertido en un edificio de viviendas. Dos lugares míticos para mí, que con el tiempo han pasado a otros menesteres.

Al internado de Santa María del Collell he vuelto en varias ocasiones. Está situado entre las localidades de Bañolas y Olot, totalmente aislado de la civilización, en mitad de un espeso bosque de robles, de hayas y de castaños. Aunque el conjunto de edificios siga existiendo, ya no funciona como centro de enseñanza, sino como residencia veraniega para jóvenes. En él he vuelto a entrar, pero su estructura ha sufrido tantas modificaciones que nunca he sido capaz de encontrar la habitación que compartí con mi hermano Manolo, aunque sí el corredor en el que estaba situado. Algunos tabiques desaparecidos y otros nuevos han convertido las antiguas celdas de seminaristas, que subsistían en mi época escolar, en grandes dormitorios, muchos de ellos con sacos de dormir esparcidos por el suelo. Quién te ha visto y quién te ve. Lo dicho, el progreso no le tiene ningún respeto a la memoria y así le va a mis recuerdos.

Pero sí he podido recorrer los campos de deportes, la esplanada donde jugaba en los recreos y el aula que me acogió durante todo un curso, ahora convertida en trastero de muebles viejos. Pero por lo menos estaba intacta. A través de los cristales de la puerta pude ver la vieja pizarra y, aunque busqué algún rastro de lo que entonces pude haber escrito en ella, no lo encontré. El tiempo lo borra todo, hasta la lista de cabos de la península ibérica.

Mi segundo año gerundense transcurrió en la capital de la provincia, en nuestro domicilio familiar. El internado se había acabado para nosotros, dejándonos algunos buenos recuerdos en la memoria y mucho frío en los huesos. Teniendo en cuenta la edad que yo tenía entonces, mis recorridos callejeros se limitaban al itinerario comprendido entre mi casa y el colegio, una distancia de quizá dos kilómetros de longitud, que recorría a diario con mi hermano Manolo a pie o en nuestras flamantes bicicletas, porque eran tiempos de tráfico sosegado y tranquilidad en las calles. Sólo los fines de semana modificábamos la rutina, los sábados por las tardes para acudir a alguna sesión continua de cine, de aquellas que en cuatro horas te tragabas dos películas con sus correspondientes noticiarios documentales (NO-DO), y los domingos para ir a misa con mis padres y mis tres hermanos y tomar después el aperitivo con ellos en la Rambla, sin que nunca faltaran las correspondientes aceitunas rellenas y las crujientes patatas fritas, un manjar de dioses. Pero como estas alteraciones del recorrido habitual se ceñían al centro de la ciudad, en realidad yo no conocía Gerona. Ha tenido que ser después, en mis cacerías de recuerdos, cuando de verdad la he conocido, ahora sí en profundidad. 

En una de estas visitas nostálgicas, hace ya unos veinte años, me detuve un día frente al edificio de la calle de Santa Eugenia de Ter donde vivíamos entonces, tratando de reconocer sus detalles. Un señor mayor, que rondaría entonces los ochenta, se colocó junto a mí y me preguntó si buscaba algo. Le expliqué el motivo de mi ensimismada contemplación de aquella fachada y entonces se deshizo en explicaciones sobre el entorno. Se acordaba perfectamente de que allí se alojaron muchos años atrás unas dependencias militares, entre las que estaban las oficinas de mi padre y nuestro domicilio familiar, instalaciones que habían cambiado de uso hacía ya mucho tiempo. Conocía con cierto detalle la evolución sufrida por el entorno a lo largo del último medio siglo transcurrido desde que yo viví allí y me dio una agradable lección sobre las modificaciones sufridas por el barrio desde que yo lo conocí.

Años después intenté repetir la experiencia, pero no encontré a mi alrededor a nadie que hubiera nacido antes de la época de mis recuerdos. El paso de los años pone cada día más difícil encontrar contemporáneos que te ayuden a recuperar el pasado. 

Por eso intento cuidar los recuerdos, aunque estén ya muy olvidados.


22 de julio de 2024

Liturgia y paganismo

 

Hace ya mucho tiempo que llegué a la conclusión de que la iglesia católica ha heredado la forma y el fondo de las costumbres del Imperio Romano. No me refiero al cristianismo en esencia pura, sino a la evolución que ha sufrido su estructura oficial desde el principio y a lo largo de sus veinte siglos de existencia. Desde el título que se otorga a su máximo representante, Sumo Pontífice, hasta muchos de los detalles de su alambicada liturgia proceden de los usos de aquella época, no en vano su organización nació y evolucionó dentro de la cultura de Roma.

Pero es que además su fondo o, dicho de otra manera, su credo ha ido evolucionando desde el monoteísmo indiscutible hacia una manera más o menos encubierta de politeísmo o, si se prefiere, de paganismo. No me refiero sólo al insondable misterio de la Trinidad -tres personas en un solo dios-, sino además a la proliferación de vírgenes y santos, cada uno de ellos con sus fieles y seguidores y con sus parcelas de competencias y responsabilidades. Por no hablar de las distintas jerarquías de ángeles y demonios, entelequias espirituales que introducen o la protección o la amenaza a los hombres. En definitiva, una adaptación del credo monoteísta a la mentalidad pagana, esta última más fácil de entender y asimilar por la mente de muchos creyentes, no sólo de aquella época, también de nuestros tiempos.

Es curioso observar la veneración que provoca algunas de estas pequeñas deidades, casi siempre en detrimento de los genuinos valores cristianos. Creo que no es necesario que entre en detalles, porque el lector de estas líneas sabe muy bien que me estoy refiriendo a romerías, a manifestaciones públicas de representaciones religiosas, a santerías y milagrerías y a histerias colectivas originadas por un fervor, enardecido en ocasiones, que nada tiene que ver con el mensaje evangélico. El folclore popular en simbiosis con paganas interpretaciones de religiosidad.

Lo curioso es observar como la jerarquía eclesiástica no sólo no censura estas manifestaciones de religiosidad, sino que las ampara. Supongo que lo que subyace tras esta permisividad es el convencimiento de que las estrambóticas manifestaciones paganas mantienen la lealtad de fieles que de otra manera se apartarían de la disciplina diocesana, es decir, evita que disminuya el número de fieles. En realidad, esto es lo que ha sucedido desde los orígenes de la extensión del cristianismo por el mundo, la tolerancia de la curia "romana" hacia estas extrañas formas de religiosidad, en definitiva, la adaptación a las costumbres heredadas del Imperio de Roma.

Por eso, lo que sostengo es que estamos ante un deterioro del primitivo espíritu cristiano, consecuencia de que la doctrina que emana de los evangelios nació deformada por las circunstancias de la época, se ha mantenido así a lo largo de su historia sin que se haya hecho nada para evitarlo y permanece como nació. Lo que mantengo es que el espíritu pagano impregna la liturgia cristiana, al menos la católica, apostólica y romana.

16 de julio de 2024

Juicios y prejuicios

 

Hace unos días tuve una conversación con un viejo conocido, intercambio de opiniones que me ha inspirado escribir sobre un tema que siempre he considerado fascinante, el de la influencia de los juicios infundados en nuestro comportamiento habitual. Como suelo hacer cada vez que intento entrar en terrenos resbaladizos, he abierto algunos diccionarios de la lengua española para recordar lo que se entiende por prejuicio y me he encontrado entre otras con la siguiente definición: opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal.

Mi interlocutor de ese día, ante las explicaciones de un tercero que nos comentaba que la catedral de Barcelona es de estilo románico, aunque su fachada sea gótica porque se construyó con posterioridad, interrumpió la conversación para expresar que la citada iglesia era un adefesio. Yo, tras oír la tajante aseveración, y dándome cuenta de que me encontraba ante un prejuicio “anticatalán”, de esos que todo vale para combatir las ideas políticas de otros aunque no venga a cuento, intenté desviar la conversación hacia la “otra catedral” de Barcelona, Santa María del Mar. Pero mi intención resultó inútil, porque el “prejuzgador” metió inmediatamente a esta última en el saco de los adefesios, así, sin más. Se le notaba el pelo de la dehesa a distancia, porque tengo la impresión de que no sabía de qué estábamos hablando.

Esto de los prejuicios es matador. Gente aparentemente seria y que mantiene un comportamiento ciudadano correcto, cuando se deja llevar por los prejuicios se mete en callejones sin salida, en encrucijadas de las que es difícil salir. Posiblemente en la mente del protagonista de esta historia estuviera Puigdemont, el separatismo catalán y, no me extrañaría, la ley de amnistía. Pero en su confusión mental ha metido por en medio a la catedral de Barcelona, que tengo la sensación de que ni conoce.

En este caso se coló además de rondón otro vicio muy extendido, el de las comparaciones odiosas, porque para rematar su juicio –mejor, su prejuicio- mi interlocutor añadió que las de Burgos y León son mucho más bonitas que la de Barcelona. Erre que erre, para que quedara clara su posición.

Los prejuicios no sólo nublan la mente de los “prejuzgadores”, sino que además suele dejar a éstos en muy mala posición. Como dice la definición del diccionario de la Academia, emiten juicios sobre asuntos que conocen mal, por lo que en cuanto se ahonda en su criterio suelen poner en evidencia su ignorancia. Si de verdad conocieran el asunto prejuzgado, posiblemente no se hubieran metido en absurdas opiniones.

En cualquier caso, yo saco otra conclusión, la de que quien acude a estos juicios sobre temas que desconoce persigue el objetivo de descalificar a algo o a alguien con la brocha gorda, porque no se encuentra con capacidad para hacer una crítica razonada. En este caso podía haber entrado en juicios sobre lo que sospecho que cruzaba por su mente, su desacuerdo con las políticas que se están llevando a cabo para resolver la tensión separatista en Cataluña. Peto eso es bastante más complejo que limitarse a decir que la catedral de Barcelona es un adefesio. 


12 de julio de 2024

Fragatas contra cayucos

 


El señor Tellado, don Miguel, portavoz del PP en el Congreso de los Diputados, no es precisamente un político a quien le caracterice la elocuencia. Nadie sabe por qué lo han elegido para desempeñar un puesto de tanta responsabilidad en un partido político, aunque supongo que habrá sido por su discurso hosco y beligerante. Ya se sabe que la política española en estos momentos camina por senderos tramontanos.

Ahora bien, lo que resulta increíble es que a esas características se añada la falta de cultura en materia de defensa nacional, lo que unido a la osadía se convierte en un arma muy peligrosa para quien la usa. El otro día, en no recuerdo qué ocasión, se lució cuando propuso con vehemencia que se enviara a la flota para contener la llegada de cayucos y de pateras, propuesta digna de un análisis minucioso. Veamos pues.

El señor Tellado, don Miguel, no tiene ni idea de lo que es la Armada ni de cuales son sus cometidos. Sólo imaginar que nuestras fragatas, nuestros patrulleros oceánicos y nuestros helicópteros fueran utilizados para detener a estas endebles embarcaciones produce por un lado hilaridad y por otro espanto. ¿Cómo piensa el ilustre parlamentario que deberían operar nuestras fuerzas navales llegado el caso? ¿Abordando al “enemigo” con los equipos operativos de seguridad de Infantería de Marina con los que cuenta cada buque? ¿Lanzándoles misiles Harpoon? ¿Acaso mediante torpedos?

Seguramente el señor Tellado, don Miguel, ni siquiera se ha planteado este pequeño detalle, porque ha dejado muy claro que no tiene demasiados conocimientos en asuntos de defensa, lo que teniendo en cuenta su nivel de responsabilidad llama la atención. Aunque supongo que, como la idea no es más que una improvisación sin fundamento, una ocurrencia, tampoco le ha debido de importar demasiado soltar esta parida, al fin y al cabo una clara imitación de los mensajes que lanza Vox, a cuyos líderes siempre está mirando por el retrovisor, no vaya a quedarse corto.

El asunto de la inmigración es demasiado serio como para andarse con bromas, y ésta es una muy pesada. En vez de colaborar y tratar de llegar a un pacto de estado con el gobierno para encauzar debidamente un problema tan complejo, acude al esperpento, a la demagogia y al populismo. Supongo que en sus propias filas habrá surgido alguna alarma, pero la verdad es que todavía no he oído a ninguno de sus líderes corregir tan gigantesca estulticia.

Lo que sucede es que cuando se ejerce la oposición sin ideas que aportar, simplemente con patadas intelectuales, pasa lo que pasa. Me gustaría oírles decir alguna vez algo que pudiera serle útil a la gobernanza de este país, pero mucho me temo que esto nunca llegara mientras sus portavoces tengan la talla intelectual del señor Tellado, don Miguel.

7 de julio de 2024

También te digo...

 

En alguna otra ocasión he escrito aquí sobre lo que yo denomino virus del lenguaje, latiguillos que nacen en algún momento sin que se conozca su origen y que se propagan con la rapidez de las epidemias virales. Por eso, como resultan perjudiciales para el buen hablar, a mí me llaman la atención y me ponen en guardia para evitar el contagio, cosa que no siempre logro.

El último que he detectado es la expresión también te digo. Se trata de una coletilla que algunos usan para, después de haber dado cualquier tipo de explicación, añadir algo que pudiera contrastar con lo que se acaba de decir. Viene a ser algo así como el sin embargo o el no obstante, dos locuciones cuyo significado es añadir una frase de signo contrario a lo que se acaba de expresar. Por ejemplo, no me encontraba bien, no obstante, acudí a la reunión. O, me encontraba perfectamente, sin embargo decidí no ir. Ahora los contagiados dirían algo así como, me encontraba perfectamente, pero también te digo que no acudí a la reunión.

De manera que, gracias a este nuevo virus, desaparece lo que el bien hablante siempre ha usado, el no obstante y el sin embargo, y aparece el también te digo. Ya he confesado que ignoro su origen, pero no me extrañaría que procediera de algún influencer o de algún presentador famoso o quizá de algún político de los de nuevo cuño. Pero lo cierto es que se ha extendido en poco tiempo, de tal forma que no me extrañaría que hubiera llegado para quedarse entre nosotros.

Hace tiempo se puso de moda el para nada, una manera enfática de decir en absoluto. Como todos los virus lingüísticos, apareció de repente, se instaló entre nosotros y ahí está. La expresión más fea no puede ser, pero en esto del habla hay quienes no distinguen entre bonito y horroroso, entre incorrecto y admisible. Como algunos dicen, se entiende, ¿verdad? Para qué corregirlo, según ellos.

Recuerdo que en una ocasión, durante una reunión de amigos que organizábamos periódicamente con modestas pretensiones culturales, alguien sacó este tema. Se discutió, hubo unanimidad en la vulgaridad de la expresión y, cuando íbamos a cambiar de tema, una de las tertulianas dijo: expresiones como esa yo no las digo para nada, lo que originó una carcajada generalizada, a la que ella se sumó. Es que los virus del lenguaje se contagian con facilidad y calan en la mente sin que uno se dé cuenta. Lo malo es que no hay más vacuna que el interés por hablar bien y ya se sabe que de esto queda poco.

He sacado este tema en cierto modo para hacer una confesión personal, la de que hace unos días, en una conversación telefónica con un buen amigo, me sorprendí a mí mismo repitiendo en varias ocasiones lo de también te digo. Tardé en darme cuenta, lo que demuestra que el contagio empezaba a hacer efecto en mi organismo.

Es verdad que para hablar bien sobran los remilgos. Pero cuidar el estilo y no caer en vulgaridades no es demasiado difícil. Sólo se necesita poner un mínimo de interés. Aunque también te digo que no sé por qué me molesto en tener este tipo de preocupaciones, cuando mucho me temo que al común de los mortales le traiga al pairo.

1 de julio de 2024

Recuerdos olvidados 19. Mi primer verano en Castellote. Viaje a lo desconocido

A finales de junio de 1954, cuando vivíamos en Barcelona y yo acababa de terminar el segundo de bachillerato del plan vigente entonces, mis padres decidieron llevarnos a los cuatro hermanos a veranear a Castellote. A mi madre, en el reparto del patrimonio de mis abuelos, le había correspondido una propiedad que fue durante muchas generaciones la casa solar de la rama Miravete a la que pertenezco. A través de los relatos que me habían hecho, yo imaginaba lo que me iba a encontrar, un gran edificio algo destartalado -durante la guerra civil había sido primero cuartel de milicias republicanas y después de tropas franquistas-, rodeado de huertos que pertenecían a la casa y que explotaba como mediero el “tío” Roque, un campesino del pueblo. Pero en realidad me resultaba muy difícil hacerme una idea de cómo sería aquello, porque mi mente infantil propendía a reproducir algún rancho del western de los que veía en las películas de la época. No conocía el mundo rural español y como consecuencia carecía de elementos de comparación.

En un minibús que alquiló mi padre, viajamos mi madre, las muchachas que teníamos entonces -Salud y Paquita- y los cuatro hermanos, además de un sinfín de maletas y de fardos, no en vano con aquel viaje mis padres pretendían poner en marcha una vivienda que había estado abandonada durante muchos años. Recuerdo que cuando nos adentramos en la complicada orografía del Maestrazgo turolense, yo temía encontrarme con alguna banda de maquis, ya que desde el final de la guerra habían estado campando por aquellos montes a sus anchas. No vi a ningún guerrillero, pero si muchas parejas de la Guardia Civil, "naranjero" al hombro, señal inequívoca de que todavía quedaba alguno por aquellos parajes.

La llegada al pueblo creó una cierta expectación. Por aquel entonces la presencia de oriundos que regresaran después de años de ausencia no era frecuente y a mi familia la conocían todos. En el Caballón -así se llama la plaza de entrada a Castellote-, nos esperaba el “tío” Roque. Los coches no podían subir hasta nuestra casa, de manera que cargó todo nuestro equipaje en dos machos y emprendió la subida, algo que todavía recuerdo como si lo estuviera viendo, porque me resultó un tanto pintoresco. Empezaba a adentrarme en el mundo rural de la época y me quedaban muchos descubrimientos por hacer.

La casa me pareció gigantesca. Acostumbrado a vivir en pisos de ciudad, sus ochocientos metros cuadrados, divididos en cuatro plantas, en la más alta lo que se conocía por graneros y en la más baja -con salida al huerto- las cuadras, desbordaron mis expectativas.  En realidad, como de las dos plantas intermedias -las  habitables en aquel momento- sólo una estaba amueblada, en ella nos instalamos, aunque nadie ni nada me impedía corretear por el resto de la casa, huerto, cuadras, graneros y habitaciones vacías, algunas con las paredes llenas de grafitis soldadescos, no todos con contenido para menores. Recuerdo con nitidez la satisfacción que me produjo encontrarme con un escenario tan enorme para nuestros juegos infantiles, todo además dentro de casa, pero sin que nadie te vigilara.

En aquellos tiempos todavía no había agua corriente en el pueblo ni se habían construido las alcantarillas; de manera que había que traer el agua en cántaros desde la fuente más cercana -los lavaderos- y las aguas negras vertían en una fosa séptica, oculta bajo los sembrados del huerto. Sí había luz eléctrica, pero los apagones eran muy frecuentes. Cualquier inclemencia meteorológica nos dejaba a oscuras, algo que nuestras mentes infantiles disfrutaban. Por cierto, una leyenda que circulaba entonces atribuía los cortes de suministro eléctrico a avisos a distancia de la presencia de maquis. Creo que nunca llegué a creerme este bulo -ahora se dice fake news-, porque con doce años ya era capaz de distinguir la realidad de la fantasía.

Lo cierto es que aquel verano fue uno de los más felices de mi vida. Después se sucederían otros muchos, de manera que años tras año fui siendo testigo de como cambiaba el pueblo y de como aquella casa destartalada se iba convirtiendo con el paso del tiempo en una vivienda confortable. Las nuevas generaciones de la familia, los nietos de mis hermanos y los míos, serían incapaces de entender que lo que ahora disfrutan fuera entonces como era.

Pero lo más importante de lo que sucedió aquel verano es que, gracias a la iniciativa de mis padres, se puso en marcha un proyecto ilusionante, el de que las cuatro ramas de la familia pudiéramos compartir cuando quisiéramos un espacio común. Estoy convencido de que la unión y entendimiento que existe entre los miembros de cada una de las generaciones y entre las tres generaciones actuales entre sí tiene como causa la convivencia que disfrutamos de cuando en cuando en la casa de Castellote.

Por eso me gusta recordarlo, aunque lo tenga algo olvidado.

Nota bene: La foto que acompaña este artículo es de Mariupe Alía, una de las artistas de la familia. En ella se aprecia en el centro nuestra casa, rodeada de árboles. El huerto de entonces se ha convertido en un bonito jardín, con más de treinta y cinco árboles frutales y ornamentales.

28 de junio de 2024

Recuerdos olvidados 18. Es grande ser joven

 

La primera película que recuerdo haber visto en mi vida es la mítica El Mago de Oz. Debía de tener yo seis o a lo sumo siete años de edad, de manera que estamos hablando de 1948 o de 1949. Aquel cambio del negro al color que sucede cuando se inicia la fantasía musical, es decir cuando Doroty empieza a cantar sobre las baldosas amarillas y a soñar con el espantapájaros, el león y el hombre de lata, le causó tal efecto a mi mente infantil, que estuve durante mucho tiempo enamorado de la coloreada protagonista. Cuando rodó la película, en 1937, Judy Garland tenía diecisiete años, algo mayor para mí por aquel entonces, pero es que siempre he sido un poco precoz para estas cosas del corazón. Al cabo de muchos años he vuelto a ver el musical y, como suelo juzgar el cine vintage con cierta benevolencia, debo confesar que a pesar del tiempo transcurrido me gustó. Su protagonista, que murió en 1969, seguía viva en mis recuerdos.

Ya que he empezado a hablar de cine, voy a contar una anécdota escolar que recuerdo como si hubiera sucedido ayer. En 1956 o 1957 se estrenó en España una película que se titulaba Es grande ser joven, con una banda musical muy pegadiza. El argumento giraba alrededor de un profesor de música (John Mills) en un colegio británico, que en sus clases utilizaba métodos muy peculiares, un sistema participativo que contrastaban con la rigurosa disciplina que se observaba en el centro educativo, lo que le causaba enfrentamientos con la dirección, al mismo tiempo que la incondicional adhesión de sus alumnos.

Un día, cuando me dirigía por la tarde al colegio Calasancio de Madrid, me encontré en la esquina de Conde de Peñalver con Ortega y Gasset -entonces Lista- con un grupo de compañeros que, como yo, se dirigían a reemprender las clases interrumpidas a la hora de comer. En aquellos tiempos no se había implantado todavía la jornada continuada y por consiguiente no funcionaban los comedores escolares. Salvo los internos y los mediopensionistas, los demás comíamos cada uno en su casa.

El contagio de la banda musical de Es grande ser joven se había extendido de tal manera, que casi sin darme cuenta, de repente me vi participando en una coral callejera, formada por mis compañeros de clase. No cantábamos, porque aquella música no tenía letra, sólo tarareábamos aporreando nuestras carteras a modo de baterías musicales improvisadas. La gente nos miraba y sonreía al pasar a nuestro lado, lo que posiblemente nos animara a continuar con el improvisado espectáculo.

Cuando llegó la hora, todos juntos sin disimulos nos dirigimos hacia la puerta del colegio, a unos cien metros de nuestro improvisado escenario. Pero a medida que íbamos entrando, el padre prefecto, el David,, acompañado de algún que otro cazador de alumnos rebeldes nos iba apartando de los demás, obligándonos a todos a formar una fila, la de los castigados por “sedición”. Es muy posible que si hubiéramos entrado por separado, si nuestra ingenuidad no hubiera sido tanta, los laceros con sotana no hubieran sido capaces de distinguir a unos de otros y nos hubiéramos librado de los castigos que se sucedieron a continuación durante varias semanas.

Algunos de los que participaron en aquella sonada entraron al colegio por otra puerta, como si todo aquello no fuera con ellos, y se libraron de las represalias. ¿Los más listos? Puede ser. Aunque a mí entonces me parecieran unos esquiroles insolidarios.

En aquella ocasión aprendí dos cosas que luego, a lo largo de la vida, me han sido muy útiles. La primera, que hay que huir de los tumultos gratuitos, de las manifestaciones que no tengan un propósito concreto; la segunda, que si por alguna razón te has visto envuelto en una de ellas sepárate del grupo en cuanto puedas y procura pasar desapercibido. 


24 de junio de 2024

El difícil equilibrio de poderes


Leí el otro día una interesante anécdota. Parece ser que cuando Margaret Thatcher desempeñaba el cargo de primera ministra del Reino Unido, se produjeron grandes debates sobre la conveniencia o inconveniencia de enviar la flota a las Malvinas para recupera el territorio que había invadido Argentina. La mayoría de las objeciones eran de carácter técnico, porque algunos altos mandos de las fuerzas armadas consideraban un error intentarlo. Después, una vez decidida la intervención por parte del poder ejecutivo, uno de aquellos generales críticos se atrevió a decirle a la mandataria británica que no estaba de acuerdo con la decisión tomada. La respuesta inmediata de la Dama de Hierro fue: “¿y…?”.

La anécdota que acabo de mencionar viene a cuento del debate abierto ahora en España sobre la posición de algunos juristas en contra de la llamada ley de amnistía, propuesta por el poder ejecutivo y aprobada por el legislativo por mayoría absoluta. Si unos cuantos jueces y fiscales se manifiestan en contra de su articulado, habrá que contestarles como contestó la Thatcher a su general, porque el poder judicial no puede interferir las decisiones políticas, de la misma manera que los estados mayores están obligados a obedecer las órdenes que les dicte su gobierno.

Otra cosa será que intervenga el Tribunal Constitucional y considere que existe algún aspecto de la ley que vulnera los principios constitucionales y, como consecuencia, el gobierno se vea obligado a modificar la redacción actual. Pero si eso no sucede, las opiniones personales de los jueces no son más que eso, opiniones personales, por mucha que sea la honorabilidad que emane de sus figuras. Precisamente en eso consiste el tan renombrado principio de la separación de poderes.

Yo diría que, a pesar de las dificultades que en ocasiones surgen para mantener este principio en el que se basa el funcionamiento de la democracia, aquí, en España, funciona. Es cierto que en ocasiones se producen roces y fricciones, pero suelen ser a nivel personal, casi nunca nunca institucional. Es verdad también que algunos intentan desde la política manejar el poder judicial a su conveniencia, como por ejemplo el flagrante caso del bloqueo a la renovación del Consejo General del Poder Judicial, mezquina maniobra de la oposición a la que estamos asistiendo desde hace años. Pero, a pesar de estas disfunciones, insisto, el equilibrio se mantiene.

Nuestra democracia no sólo es joven, sino que además nació sin grandes rupturas a partir de una dictadura muy consolidada, circunstancia que tiene el valor de que entonces no se produjeran tensiones sociales, pero el inconveniente de que muchos vicios de la época anterior prevalecen. La judicatura, aunque ya no queden juristas procedentes del franquismo, mantiene en su seno cierta melancolía autoritaria, aunque no como institución sino a título personal. Pero en democracia la corriente arrastra a las partes, por mucha resistencia que se ponga a los avances. No olvidemos nunca que, además del sistema de recursos judiciales ante instancias superiores, está Europa, una garantía más de que no es posible sacar los pies del plato.

En cualquier caso, a esos jueces y fiscales que critican a título personal la aprobación de algunas leyes habrá que contestarles, cuando levanten la voz, lo que le dijo Margaret Thatcher al militar de alta graduación: ¿y…? Se quedarán sin respuesta a la pregunta.

19 de junio de 2024

Recuerdos olvidados 17. El Semíramis. Prisioneros de guerra

 

El 2 de abril de 1954, cuando yo todavía no había cumplido los 12 años de edad, cursaba tercero de bachillerato del plan de entonces y vivía con mis padres y hermanos en el hospital militar de Barcelona, atracó en el puerto de la Ciudad Condal un buque de bandera liberiana, procedente de Odesa, el Semíramis, con cerca de trescientos repatriados españoles procedentes de la Unión Soviética, después de que hubieran permanecido prisioneros en los campos de concentración de aquel país desde que cayeron prisioneros durante la Segunda Guerra Mundial. La mayoría de ellos habían combatido como voluntarios, encuadrados en la llamada División Azul.

Como es de suponer, aquel hecho constituyó un gran acontecimiento. El régimen de Franco se encargó de rodear los actos del recibimiento de esplendor y de emoción, al mismo tiempo que todas las emisoras de radio del país acaparaban la audiencia transmitiendo a todas horas proclamas de fervor patriótico. Recuerdo que yo contemplaba todo aquello con la indiferencia propia de un niño que no acababa de entender del todo a cuento de qué tanto alboroto, a pesar de que las lágrimas que veía a mi alrededor llamaran mi atención. 

Muchos de aquellos repatriados fueron enviados directamente al hospital militar para ser sometidos a un reconocimiento médico, lo que me permitió vivir muy de cerca escenas que ni las cámaras del No-Do ni las plumas de los periodistas pudieron recoger, el deambular de aquellos cuerpos famélicos por los jardines que rodeaban mi casa, a la espera de que se les diera el alta y pudieran regresar de una vez por todas a sus hogares. 

Mi amigo Pepe, mayor que yo -por aquel entonces debía de tener 15 o 16 años-, me propuso que entrevistáramos a alguno de los que permanecían hospitalizados, con el propósito de que nuestro trabajo se publicara en la revista mensual del colegio donde estudiábamos, el de La Salle Josepets, uno de los muchos a los que asistí cuando cursaba las enseñanzas primaria y secundaria. Ser hijo de militar conlleva un cierto nomadismo, prefiero pensar que enriquecedor.

Recuerdo perfectamente el nombre y los apellidos del entrevistado, pero no los voy a citar por aquello del respeto a la intimidad. Digamos que se llamaba José. Era gallego y rondaría los cuarenta, aunque su extrema delgadez y la tristeza de sus ojos le hacían parecer mucho mayor. Estaba deseando volver a su casa, pero los médicos lo retenían mientras se recuperaba de algún achaque. Nos contó múltiples anécdotas, tanto de los combates durante la guerra contra los soviéticos a orillas del Volchof, como de la dura etapa de cautiverio en un gulag soviético. Aquellas entrevistas se prolongaron durante varios días, hasta el punto de que Pepe y yo llegamos a trabar una buena amistad con el hospitalizado. Llenamos hojas y hojas con preguntas y respuestas, muchas más de las que hubieran sido necesarias para nuestro propósito.

Una vez pulido el texto y pasado a limpio, decidimos entregárselo al hermano director del colegio, con el orgullo propio de dos buenos alumnos preocupados por algo más que aprender las lecciones de nuestros respetivos cursos. Pero, una vez leído, recibimos un categórico no por respuesta, sin más explicaciones que la de que todo aquello era absolutamente ajeno a las preocupaciones del colegio, que nos centráramos en nuestros estudios y que nos olvidáramos de veleidades periodística.

Con el tiempo llegué a entender perfectamente las razones de la rotunda negativa que recibimos. En una revista escolar, poco sentido tenía publicar las impresiones de un prisionero de guerra en la Unión Soviética. Pero creo que en aquel momento, cuando el director del colegio nos dio con la puerta en las narices, dicho sea en sentido figurado, sentí la frustración propia del escritor al que las editoriales le rechazan la publicación de su novela. Supongo que no tardaría mucho en superar el disgusto, porque a esa edad las contrariedades no hacen mella. Pero en aquel momento hubiera prendido fuego al colegio. 

Es posible, no lo sé, que de aquella rotunda negativa de hace tantos años proceda la innegable satisfacción que luego he sentido cada vez que alguno de mis escritos ha visto la luz. Haber trabajado en un proyecto literario durante tanto tiempo, convencido de que nuestras preguntas y las respuestas del entrevistado se publicarían en una revista, había creado en mi ánimo unas expectativas que luego se vieron frustradas en un instante. 

De todo se aprende en la vida, hasta de la incomprensión literaria.

16 de junio de 2024

El desplome de la izquierda radical

 

Soy de la opinión de que el nacimiento de Podemos dañó a la izquierda en su conjunto y creo que ahora, con su caótica evolución de divisiones sucesivas y amalgamas forzadas, continúa perjudicándola. No voy a negar que en su momento el PSOE necesitara un cierto revulsivo que lo sacara del aletargamiento, pero la manera con la que los del 15 de Mayo irrumpieron en la política nacional, atacando al partido socialista y a todos los que no comulgaran con sus ideas redentoras, dividió a los progresistas y, como consecuencia, perjudicó el avance de las reformas de carácter social. Yo en su momento opiné que cuando la pólvora ya está inventada tiene poco sentido volver a inventarla. En aquel momento vaticiné que los emergentes tenían poco recorrido. Hoy Ciudadanos está totalmente fuera de juego y Podemos desangrándose poco a poco.

El resultado de las elecciones europeas ha puesto varias cosas en evidencia. Son tantas, que no voy a entrar hoy en detalles. Pero sí señalaré que los 22 escaños del PP y los 20 del PSOE apuntan hacia una vuelta del bipartidismo, otro de mis vaticinios de entonces. El estigma de la ultraderecha, reforzado ahora con la estrafalaria aparición en escena de Se acabó la fiesta, está ahí, pero en cierto modo contenida por la victoria de los populares y la resistencia de los socialistas. Por otro lado, la izquierda radical se ha pegado un batacazo, tanto el Podemos original como su escisión Sumar. Estos últimos, además, han dejado a dos de sus socios, Izquierda Unida y Más Madrid, fuera del congreso europeo, algo que verdaderamente sorprende. Los independentistas catalanes salen tocados, con lo que vamos a ver que sucede con la estabilidad del gobierno central.

Pero de todo ello lo que a mí como socialdemócrata más me preocupa es la división de la izquierda a la izquierda del PSOE, una situación que los está llevando a la insignificancia política, cuando decían que llegaban para acelerar las políticas progresistas. Seguir creyendo que la radicalidad izquierdista es la panacea universal resulta demencial, sobre todo cuando las derechas y las ultraderechas avanzan por toda Europa. Pero lamentablemente los personalismos de algunos de sus líderes y la miopía de una cierta capa del progresismo, que prefiere las etéreas reivindicaciones utópicas a la gobernanza real moderada, no parece que vaya a cambiar, para regocijo de los conservadores que junto a sus adláteres de la ultraderecha siguen avanzando.

En los partidos situados a la izquierda del PSOE se han empezado a producir dimisiones, junto a promesas de hacer autocrítica. Pero si uno analiza estos movimientos internos con detenimiento, observará que no son más que pequeñas maniobras para salvar los muebles de la inundación, para sobrevivir. No se ve preocupación por el daño causado, sólo inquietud por las posiciones personales de sus líderes. Alegrarse por mantenerse a flote, como le he oído decir a alguna dirigente de Podemos, es una demostración de lo que realmente pasa por su subconsciente. Ni una sola lamentación por haber dejado el terreno abierto a los partidos conservadores para que recuperen el poder y vuelvan a sus políticas neoliberales.

Lamentablemente esta situación no parece tener solución a corto plazo. De manera que, aunque el gobierno de coalición intentará sobrevivir hasta agotar la legislatura, mucho me temo que la radicalidad y la utopía reformadora hayan vuelto una vez más a detener el progreso, una auténtica paradoja, un verdadero sinsentido. ¡Cuándo aprenderán!

10 de junio de 2024

La masacre de Gaza

Cuando estaba escogiendo título para este artículo, he dudado entre las palabras genocidio y masacre. Pero, como parece que el significado de la primera implica ciertas consideraciones propias del derecho internacional, me he decidido por la segunda: matanza de personas, por lo general indefensas, producida por ataque armado o causa similar.

Lo de Gaza es difícil de asimilar por cualquier mente bien nacida o simplemente civilizada. Es tal la brutalidad, que sus efectos sobre la conciencia supera los umbrales de tolerancia de la indignación, quiero decir que es imposible sentir más rabia, más tristeza y más estupefacción. Cuando escribo esto, el número de muertos por los ataques israelíes supera los 38.000, entre ellos más de 4.000 niños. Ahora bien, como la barbaridad continua sin freno, es posible que cuando le dé al enter para publicarlo estas cifras se hayan quedado cortas.

Antes de seguir diré que los ataques de Hamás contra Israel en octubre fueron puro terrorismo, por tanto totalmente injustificados. Mi condena por aquello es absoluta, porque los asesinatos y los secuestros no tienen nunca justificación. Ahora bien, al terrorismo no se le puede combatir con más de lo mismo, porque, además de resultar una medida completamente ineficaz, sitúa a los justicieros al mismo nivel que a los ajusticiados. Si a esto le añadimos la indiscriminación, el ensañamiento y la impunidad con los que está actuando un estado supuestamente democrático contra una población indefensa, la situación no admite ninguna justificación moral.

Aunque sé muy bien que en política determinados movimientos son más simbólicos que efectivos, yo aplaudo las medidas diplomáticas que ha tomado el gobierno español, reconocimiento del estado palestino y apoyo al proceso judicial del tribunal de La Haya. Desde mi punto de vista, es lo mínimo que un país democrático puede hacer. Guardar silencio ante esta masacre es apoyar indirectamente a sus causantes. Una cosa es la prudencia política y otra muy distinta mirar hacia otro lado cuando la barbarie es generalizada.

A mí me sorprende la actitud pusilánime de la oposición en nuestro país. No me refiero a Vox, de la que ya no me sorprende nada, sino al PP actual, al de Feijóo. Dónde, me pregunto, han dejado los valores del humanismo cristiano que tantas veces invocan. Está claro que la razón de su actitud se basa en hacer lo contrario de lo que haga su adversario político, en esa actitud empecinada de achacar todos los males del universo a Sánchez. Si éste reconoce a Palestina, nosotros quietos, que no se mueva nadie. Si el gobierno español apoya el proceso judicial del tribunal internacional, nosotros chitón, ni una palabra.

Lo peor de todo esto es que la escalada del terrorismo en aquella zona del planeta, tanto el perpetrado por bandas organizadas como el cometido por estados reconocidos, continúa. Esta guerra empezó cuando yo no tenía todavía uso de razón y mucho me temo que mis nietos no lleguen a ver nunca la paz en aquellas tierras. Pero es que la torpeza de un gobierno ultraderechista como el de Netanyahu es tan descomunal, que no puede entenderse si no se tiene en cuenta su propia inseguridad política al frente de Israel.

Lamentablemente esto no ha hecho más que empezar.

6 de junio de 2024

Recuerdos olvidados 16. Un anuncio de periódico providencial

 

Cuando estaba acabando la carrera, leí un día en el periódico ABC un anuncio de una academia de informática. El reclamo consistía en proponer la solución de un test más enrevesado que difícil y asegurar que quien fuera capaz de resolverlo tenía capacidad para programar ordenadores. Me puse a ello, lo resolví en unos minutos y concluí que aquello estaba hecho para mí.

En realidad, yo en aquel momento no sabía qué eran los ordenadores, más allá de la idea de que resolvían en poco tiempo procedimientos de gestión que de otra manera requerirían esfuerzos mucho mayores. Estoy hablando de mediados de los sesenta del siglo pasado, cuando aquí, en España, todavía se hablaba de computadoras o de IBM´s. Ni en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Agrónomos me habían hablado de ellos ni en mi círculo de amigos y compañeros existía inquietud alguna al respecto. Sin embargo, yo imaginaba que aquellos conocimientos podrían ser un buen complemento para la carrera que estaba a punto de terminar.

Le propuse a mi padre que me pagara la matricula en aquel centro de formación para conseguir un diploma de programador y así entrar en aquel para mí desconocido mundo. Pero su respuesta fue que no le parecía bien que hiciera nada que pudiera distraerme de mi obligación principal, la de acabar la carrera. Como consideré que ese esfuerzo adicional no me iba a quitar demasiado tiempo, ante su negativa me puse a dar clases particulares de matemáticas y física a universitarios principiantes y, con lo que ganaba, me pagué la academia sin que nadie se enterara.

Cuando obtuve el diploma y más tarde acabé la carrera, me puse en contacto con el Ministerio de Agricultura para entrar en el departamento de informática. Pero me encontré con que los cursos que yo había estudiado en la academia se basaban en ordenadores obsoletos para sus necesidades de entonces. A través de una recomendación de mi padre -que ya sabía que había hecho oídos sordos a su recomendación- acudí a IBM, y allí me facilitaron unos cursos para ponerme al día. Resultó que el instructor era un compañero de mi promoción de la escuela que trabajaba en esa empresa como becario. Un día, cuando estábamos los dos tomando café en la máquina del pasillo, me sugirió que lo mejor que podía hacer era abandonar la idea de entrar en la administración pública y quedarme en aquella compañía. "Aquí se gana más", me explicó tajante.

Lo demás fue fácil, test de ingreso en la empresa, reciclaje total y absoluto de conocimientos durante varios meses y un destino inesperado a propuesta de mis instructores, el departamento comercial, algo que a mí ni se me había pasado por la imaginación. Nunca, antes de la entrevista en la que me comunicaron su propuesta, que en realidad era una orden indiscutible, había pensado en convertirme en salesman, una profesión muy alejada de lo que yo creía que eran mis capacidades personales. La verdad es que después no me fueron mal las cosas, porque me convertí en un generalista, en un profesional de la visión global de las necesidades de una empresa, en vez de un técnico especializado. Descubrí sin proponérmelo, que las visiones de conjunto se me dan mejor que las concreciones técnicas, algo que nunca antes hubiera imaginado.

Cuento todo esto para insistir en una idea que ya he expuesto en alguna ocasión aquí, la de que la vida es un carrusel de sorpresas, que el destino se va formando a partir de pequeñas casualidades. Como consecuencia de la lectura de un anuncio en un periódico, he trabajado durante treinta años en una actividad que desconocía entonces por completo, por cierto con gran satisfacción personal. Además, no sólo yo, también mis tres hermanos y varios de mis sobrinos.

Quien diga que el destino nos lo trazamos día a día cada uno de nosotros es un ingenuo. Si lo duda, que reconstruya la historia de las circunstancias que lo llevaron a cualquier etapa de su vida. Apuesto a que me dará la razón.

2 de junio de 2024

Recuerdos olvidados 15. Intrusos en el chalé

 


En el verano de 1956, mis padres alquilaron un chalé en Riaza (Segovia), un pueblo relativamente cercano a Madrid, ciudad en la que vivíamos desde hacía un año. Cuando todavía no había cumplido los catorce años y acababa de cursar cuarto de bachillerato, para mí se habían acabado los constantes cambios de lugar y de domicilio que caracterizaron mis primeros años de vida. A partir de entonces ya no me movería de la capital del reino nunca más. Atrás quedaban los años de Tetuán, de Gerona y de Barcelona, con el saldo de tres domicilios distintos y cuatro colegios diferentes. 

El chalé estaba y está situado en una colonia conocida como la del doctor García Tapia, a poco menos de dos kilómetros del centro del pueblo. Al cabo de muchos años he vuelto a ella para recordar aquel verano, pero, como sucede cada vez que intento recuperar algún recuerdo visitando sus escenarios, el complejo residencial estaba completamente desfigurado por el paso del tiempo. La piscina vacía y abandonada, los parterres descuidados y los edificios que rodean el gran recinto ajardinado envejecidos. Sin embargo nuestra casa de aquel verano mantenía su inolvidable silueta, con dos pisos y una torre sobre el segundo, en la que sólo había una habitación, mi dormitorio. Un verdadero lujo para un chico de mi edad.

En esa torre me aislaba cuando me apetecía estar solo. Me había convertido en un asiduo lector de novelas juveniles y no tan juveniles, y aquel lugar era ideal para saborearlas sin que nadie me molestara. Un día, supongo que hacia las 6 o las 7 de la tarde, cuando estaba enfrascado en algún libro de Emilio Salgari o de Julio Verne o de José María Gironella, empecé a oír conversaciones alborotadas alrededor de mi casa. Me asomé y vi que un grupo de personas se aglomeraban a unos metros de distancia y señalaban la puerta de entrada a la vivienda con gestos de preocupación. Salí de la habitación y me asomé al hueco de la escalera. Entonces me pareció que me llegaban algunos susurros de conversación, casi imperceptibles, como si alguien dentro de casa estuviera hablando, pero procurando al mismo tiempo que no se le oyera. Sin embargo, todas las luces estaban apagadas y la casa parecía completamente vacía.

Volví a entrar en mi habitación y me asomé por la ventana un vez más, procurando que no se me viera. De repente me pareció oír entre los murmullos de la gente algo así como “no creo que sean ladrones, seguramente es alguien de la casa”. Entre las personas que se agolpaban abajo estaba nuestra muchacha de servicio, muy alterada, casi llorosa. Un vecino dijo que lo mejor sería avisar a la Guardia Civil, que para eso estaban. Comprendí inmediatamente que lo que sucedía era que algún intruso había entrado en casa y que los susurros que yo había oído eran sus conversaciones. Cerré la puerta de mi habitación con pestillo y me dispuse a esperar en silencio el desenlace de aquella extraña situación. Aunque en un principio había estado a punto de asomarme y avisar a los de abajo que yo estaba allí, opté por guardar silencio, no fuera que los ladrones me gastaran una mala pasada. Mi imaginación desbordada me hacía temer ser objeto de un secuestro o algo peor. Mejor por tanto callar y esperar.

Al cabo de un rato, quizá diez o quince minutos, cuando hasta el momento nadie se había decidido a llamar a la Benemérita, vi a una de mis primas, de aproximadamente mi edad, salir de casa con una amiga, corriendo entre la gente, con las caras cabizbajas, en dirección a sus respectivos domicilios. Los de abajo se quedaron sorprendidos, nadie dijo nada y la concentración empezó a disolverse.

Luego supe que habían entrado en casa creyendo que alguno de nosotros andaría por allí. Habían dejado la puerta abierta, circunstancia que alarmó a nuestra muchacha. Cuando iban a salir, se encontraron con la improvisada aglomeración, oyeron que se creían que se trataba de ladrones y, en vez de salir a cuerpo descubierto para deshacer el equívoco, decidieron quedarse dentro para ver que sucedía, nunca supe si por miedo a las consecuencias de su intrusión o para divertirse a costa del miedo de los vecinos. Después, cuando se dieron cuenta de la que se estaba organizando, optaron por “huir” del alboroto.

Lo curioso es que yo nunca le dije a nadie, ni siquiera a las protagonistas de la anécdota, que había sido testigo mudo de aquel pequeño enredo. Ya he dicho en alguna ocasión que a veces reacciono de forma extraña, puede ser que para darle más emoción a los acontecimientos.

Por cierto, menos mal que la Guardia Civil no estaba a mano, porque en otro caso nadie sabe lo que pudiera haber sucedido. Eran tiempo en los que no se andaban con demasiados remilgos.

29 de mayo de 2024

Qué sería de nosotros si no fuera por ellos

 

El otro día vi una película de nacionalidad belga que me impactó. Su título es “Tori y Lokita”, Palma de Oro en Cannes (2022) entre otros galardones. Se trata de un alegato en defensa de los “sin papeles”, con un argumento que gira en torno a los sufrimientos de un niño y de una adolescente africanos, en mitad de una sociedad, no sólo fría ante su vulnerabilidad, sino además beligerante y abusiva con ellos. Se la recomiendo a todos los amantes del cine con mensaje, advirtiendo de que encoge el alma. Por cierto, abstenerse los que vean a los inmigrantes como peligrosos enemigos de nuestra sociedad.

En mi caso, el mensaje llovía sobre mojado, porque en una reciente estancia hospitalaria en una clínica muy conocida de Madrid, algo más del cincuenta por ciento del personal sanitario auxiliar o subalterno eran extranjeros, hombres y mujeres que han encontrado en España refugio a sus precarias situaciones sociales y económicas anteriores, que han asimilado perfectamente nuestra cultura y que ejercen su profesión con esmero y dignidad. Si no fuera por el deje de alguno de ellos o por el color de la piel de otros, yo no hubiera sido capaz de adivinar su procedencia.

Es cierto que en este caso estoy hablando de personas con situación legalizada, pero es muy posible que llegaran en su momento a España sin papeles o que fueran en su día menores no acompañados. No es fácil llegar a un país europeo con la situación laboral en regla, porque nuestras sociedades mantienen las espadas en alto contra la inmigración. La única forma de abrirse camino aquí es forzando las circunstancias y arriesgando la vida en patera o en cayuco.

La ultraderecha y una gran parte de la derecha conservadora se niegan a aceptar la realidad de que nuestras sociedades no subsistirían si no fuera gracias a la presencia de un buen número de extranjeros en el mundo laboral. He mencionado un ejemplo de personal sanitario, pero todo el mundo come en restaurantes servidos por hispanoamericanos, desayuna en cafeterías con camareros rumanos o toma el aperitivo en terrazas atendidas por subsaharianos. Ayer, sin ir más lejos, cogí un taxi cuyo conductor era ruso. Como es el pan nuestro de cada día, el español medio está acostumbrado a su presencia y trata esta realidad con normalidad; pero la "fachería" propone que se los eche a patadas o a tiros, acusándolos de todas las desgracias habidas y por haber. No son exageraciones mías, porque el otro día le oí decir a un líder de Vox que el ejercito debería intervenir para evitar la "invasión".

Un buen amigo me contaba hace poco una simpática anécdota. Se había cruzado en un viaje con un grupo de africanos alquitranando la carretera y que después, cuando llegó a su destino, se lo había contado a alguien de su entorno personal de claro posicionamiento xenófobo, añadiendo el comentario de “esos son los que te quitan a ti el trabajo”, una buena ironía, didáctica e interesante. Pero mucho me temo que mensajes así sean inútiles, porque el racismo y la xenofobia no nacen en el cerebro, sino en la piel.

Las migraciones se han producido y se seguirán produciendo siempre. Ahora de lo que se trata es de encauzarlas adecuadamente, porque producen beneficios a las sociedades de acogida y resuelven al mismo tiempo la vida de millones de seres humanos. Tiene muy poco sentido oponerse a un fenómeno que contribuye a mejorar la calidad de vida de los ciudadanos de los países de acogida, pero es que además, si no se trata a los que llegan como corresponde a un país civilizado, se puede caer en una flagrante vulneración de los derechos humanos.

De la película que cito arriba no voy a dar más detalles, porque sería hacer "spoiler". Sólo diré algo más, que el que la vea se ponga en la piel de los protagonistas y, si no siente dolor, tristeza y rabia al mismo tiempo, que consulte a un psiquiatra. 

26 de mayo de 2024

Brevedad intelectual y pobreza discursiva

Pensaba yo el otro día que si en estos momentos existiera un premio Nobel o Princesa de Asturias u otro similar en cualquier parte del mundo que galardonara a los que mejor dominan las características con las que he titulado este artículo, el jurado se encontraría con serias dificultades para seleccionar al ganador. Habría tantos candidatos y candidatas con méritos propios para obtener el galardón, que escoger al más meritorio por su parquedad intelectual y por su insuficiencia oratoria resultaría un ejercicio arduo. Por supuesto que yo tengo mis candidatos, como supongo que los tendrá casi todo el que lea estas líneas, pero prefiero no señalar.

Sólo por divagar un rato, y sin otro ánimo que el entretenimiento, repasemos algunos posibles candidatos dentro y fuera de nuestras fronteras. El nombre de Javier Milei, el flamante presidente de la República Argentina, estaría posiblemente entre los mejor clasificados. Claro que en este caso el jurado se encontraría con un serio problema al valorar su oratoria, porque los leones no hablan, sino que rugen. Habría que recurrir a interpretes del lenguaje leonino para descifrar algunos de sus mensajes, sobre todo las expresiones del estilo libertad carajo, no porque no se entienda el significado de cada uno de los vocablos que conforman la elegante expresión, sino porque procedentes de todo un presidente de aquella gran nación resulta bastante incomprensible.

Habría también que atender a los chirridos de su famosa motosierra, porque seguramente los agudos y los graves nos dieran alguna pista sobre su oratoria. Pero, en cualquier caso, donde no creo que los jurados tuvieran dudas es en la brevedad intelectual que le adorna, más parecida a la de un Neandertal que a la de un mandatario del siglo XXI.

Es muy posible que Donald Trump le fuera a la zaga, porque todavía no se le ha oído expresar alguna idea política que vaya más allá del America First, de las instrucciones para construir muros antiinmigración, de las llamadas a la insurrección anticonstitucional y de las acusaciones de senectud a sus contemporáneos. Puede ser, no lo dudo, que en los numerosos juicios por corrupción pendientes se defienda con alguna soltura, aunque seguramente serán sus abogados quienes tengan que sortear los temporales. Por tanto, ni su oratoria ni su escaso bagaje intelectual lo dejarían fuera de concurso.

Pero como no quiero que se me acuse de falta de patriotismo -en estos tiempos hay que andarse con pies de plomo-, he buscado algún candidato español digno de equiparación con los anteriores. No lo he tenido fácil, porque hay tantos que uno corre el riesgo de cometer errores de bulto. Hasta que el otro día oí a Isabel Díaz Ayuso comparar a ETA con Hamás, explicando a su audiencia que cuando se premia al terrorismo se les concede territorios. Quería decir que la banda terrorista vasca había conseguido la autonomía del País Vasco y que con el reconocimiento del estado palestino los de Hamás obtendrían una patria, precisamente en Palestina.

Mencionado una posible candidata española, la pregunta que uno debe hacerse a continuación es cómo puede ser que personajes así puedan ganar sus respectivas elecciones. Yo no lo tengo claro, por lo que dejo la respuesta a los sociólogos y a los psicólogos que son los que de esto entienden.